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Tomates transgénicos que previenen el cáncer

tomato

La noticia no es exactamente fresca. Lleva un par de semanas circulando por periódicos y otros medios de comunicación. Para mí, lo sorprendente de esta noticia es que no debería ser noticia en absoluto. Para explicarme mejor, un pequeño resumen del tema. Un grupo de investigadores del John Innes Centre en Norwich (UK), dirigido por Cathie Martin (a la que he tenido el placer de conocer en una ocasión), ha creado una nueva variedad de tomates, introduciendo un gen procedente de otra planta. El gen en concreto permite una mayor acumulación de unas sustancias denominadas antocianinas, muy frecuentes en los vegetales. Las antocianinas son responsables de colores morados y azules, como los que se encuentran en los arándanos o las moras. En este caso, le dan una curiosa colaración morada al tomate.

Se sabe, desde hace bastante tiempo, que las antocianinas tienen efectos anti-oxidantes y que su consumo puede prevenir diversos tipos de cáncer. De hecho, esta es una de las razones por las que se recomienda que frutas y verduras constituyan una parte importante de la dieta.

Cuando se emplearon los tomates morados para alimentar ratones, se vio que éstos desarrollaban cáncer en menor proporción que los ratones control, alimentados con tomates convencionales.

No pretendo minimizar este trabajo, ni mucho menos. Creo que es un trabajo valiente y que debía hacerse.

Pero vamos a ver.

Se sabía que las antocianinas previenen el cáncer.

Se sabía que el gen en cuestión incrementa la cantidad de antocianinas.

Introducir nuevos genes en tomate es una técnica estándar hoy en día.

¿No era el resultado previsible? ¿Donde está la noticia? Seguramente, la noticia está en que en “el estado de opinión” que se ha creado, se espera que cualquier planta transgénica sea peligrosa. La clave del error está en la brutal generalizaciónen torno a la palabra “transgénico”: los efectos dependen exclusivamente del gen (o genes) introducidos.

Curiosamente, en una famosa encuesta sobre percepción del público de los cultivos transgénicos se hicieron las siguientes preguntas:

a) ¿Usted cree los tomates transgénicos tienen genes?

b) ¿Y los tomates normales?

Más de la mitad de los encuestados contestaron “sí” y “no” respectivamente.

Volveremos sobre el tema

El trabajo (aquí)está publicado on-line en Nature Biotechnology y no es accesible sin una suscripción a la revista.

PS Esta post está dedicado a oidun, que ya ha sacado el tema en su blog

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De ‘Cheetah’ a ‘Lucy’ (1)

En una bonita tarde de primavera de 1998, me encontraba visitando con mi familia el Zoo de Madrid. Lo de llevar a los niños al Zoo, es una especie de obligación que tienen todos los padres en estos tiempos. A nosotros, estas visitas nos suscitaban sentimientos ambivalentes. Por un lado, no cabe duda que algunos animales se adaptan mal a la cautividad y muestran una conducta extraña y probablemente patológica. Recuerdo un zorro que corría sin parar, trazando un círculo alrededor de su pequeña jaula. No creo que sea caer en el antropomorfismo el pensar que este animal está sometido a un continuo estrés. En cambio, otras especies parecen adaptarse bien a estas condiciones y se comportan con bastante naturalidad. No puedo negar que mis favoritos absolutos son los primates y la razón, evidente, es su conspicuo parecido con los humanos. Aquella tarde nos detuvimos un buen rato en el foso de los macacos. Se trata de un amplio recinto excavado, rodeado por una ría, en el que un grupo numeroso de macacos puede moverse y trepar con bastante libertad. En un momento dado, todos los monos empezaron a aullar, presos de gran excitación. El culpable de este alboroto era un pavo real, de los que pululan libremente por todo el Zoo, el cual se había caído accidentalmente en el foso de los macacos. Éstos reaccionaron con prontitud ante la ‘amenzaza’, de una forma que me pareció inquietantemente humana. Las hembras se llevaron a las crías a la zona más alejada de donde se encontraba el pavo real, mientras que varios machos lo rodeaban y acosaban. Los macacos se comportaban como hampones, aunque mantenían una prudente distancia con el ave. Para entonces, estaba claro que el pobre pavo no tenía ninguna gana de pelear y que si no salía de allí era porque tenía un ala inutilizada. Mientras tanto, los espectadores humanos permanecíamos como hipnotizados ante un espectáculo que podía acabar siendo sangriento. Creo recordar que alguien avisó a los encargados por su teléfono móvil; pero los minutos pasaban sin que nadie apareciera y la situación del pavo real se iba haciendo cada vez más desesperada. El círculo se iba cerrando y los ataques de los macacos, generalmente por la espalda, eran cada vez más frecuentes. Al final, el incidente se saldó sin que hubiera que lamentar daños materiales ni personales. En un desesperado esfuerzo, el pavo real consiguió emprender un torpe vuelo, aterrizando a salvo a pocos metros de donde nos encontrábamos. Acabé la visita francamente impresionado por la coordinación y la cohesión que mostraron los macacos ante lo que, presumiblemente, percibían como una amenaza.

La similitud de aspecto y de comportamiento que existe entre los grandes simios, como el chimpancé, y los humanos es tan notoria que a ningún observador se le puede pasar por alto. De hecho, el propio Linneo colocó al chimpancé dentro del género Homo. Sin embargo, ni al gran naturalista ni a sus predecesores (hasta Darwin) se le ocurrió que la explicación más sencilla de este hecho es que ‘el hombre desciende del mono’, o dicho más correctamente, humanos y chimpancés descendemos de un antecesor común relativamente próximo. Darwin tenía claro que el origen simiesco del hombre era algo que podía deducirse directamente de su teoría de la evolución, y también que este era uno de los aspectos más conflictivos de la misma. Una cosa es aceptar que dos animales, digamos caballo y burro, desciendan de un antecesor común y otra muy distinta es aplicarnos esta misma lógica. De hecho, Darwin soslayó el tema en “On the Origin of the species”, aunque posteriormente lo abordó de manera explícita en “The descendent of Man…”. Naturalmente, la idea fue inicialmente ridiculizada y a la postre, admitida, aunque a regañadientes. Según una anécdota contada muchas veces, poco después de la publicación de este libro, una dama victoriana le comentaba a una amiga: “querida, esperemos que el señor Darwin esté equivocado, pero si no lo está, esperemos que no se entere todo el mundo”.

Sin embargo, hoy podemos estar seguros de que los chimpancés y los humanos tuvimos un antecesor común en un pasado reciente (en términos paleontológicos). La fecha exacta es incierta, pero el consenso entre los expertos se inclina en la actualidad por unos seis millones de años ¿Cómo podemos estar tan seguros? Las pruebas que tenemos son indirectas, ya que no podemos viajar al pasado y grabar un video para ver lo que pasó. No obstante, las pruebas son abrumadoras y no hay nadie en la actualidad que desafíe seriamente esta idea, con excepción de algunos grupos religiosos fundamentalistas. Esta certeza se basa en tres tipos de argumentos.

Primero. La anatomía comparada muestra muy claramente que los humanos somos muy similares a los chimpancés, variando sólo en pequeños detalles, como las proporciones de brazos y piernas, la ausencia de pelo, la posición erguida y el tamaño del cerebro. Si un científico extraterrestre se encargara de ‘clasificarnos’ nos colocaría cerca del chimpancé, tal como hizo Linneo; quizás no dentro del mismo género, pero bastante cerca.

Segundo. El registro fósil nos muestra que han existido formas intermedias entre el hombre y los demás simios, lo que confirma que las características humanas fueron adquiridas gradualmente, a lo largo de varios millones de años. Esta es una prueba muy importante a favor de Darwin, porque cuando formuló su hipótesis estos fósiles no habían sido descubiertos. Podría decirse que la aparición de tales fósiles era una predicción de la teoría evolutiva, la cual se ha cumplido plenamente aunque el registro fósil no sea tan rico y constante como nos gustaría.

Tercero. La Biología Molecular nos permite comparar muchos de nuestros genes con los de las demás especies, por lo que es posible medir el grado de parentesco evolutivo. El resultado coincide en general bastante bien con las expectativas de la zoología y la paleontología (aunque a veces hay ciertas discrepancias). Nuestros genes son muy parecidos a los del chimpancé y bastante (aunque en menor grado) a los de gorilas, orangutanes, etc… Hay que señalar que este tipo de evidencia es totalmente independiente de la que nos suministran los fósiles.

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Perros

Hace aproximadamente 15.000 años, los hielos que cubrían gran parte de Europa y Asia empezaron a retroceder debido a un calentamiento global. Naturalmente, esto supuso un gran cambio para todos los seres vivos. Para los humanos no fue un mal cambio. La retirada de los hielos permitió una expansión hacia el Norte de las poblaciones que habitaban justo en los bordes del cinturón de hielo, tales como las del sur de Francia y la Cornisa Cantábrica. Al mismo tiempo, el alargamiento de la estación favorable pudo contribuir a que se formaran asentamientos humanos más o menos permanentes en Europa y Asia. Cabe pensar que este cambio también traería nuevos retos a nuestros antecesores. Por ejemplo, las grandes migraciones de mamíferos, como el caribú, probablemente sufrirían grandes alteraciones, privando a los humanos de un recurso importante y seguro. Por lo que sabemos, fue en aquella época y en algún lugar del Asia Central donde se produjo la domesticación del perro. No podemos estar completamente seguros, pero nuestra mejor hipótesis para explicar lo sucedido se basa en que una población de lobos se domesticó a sí misma, al tratar de aprovechar el alimento de los vertederos humanos.

Los asentamientos humanos semi-permanentes constituían también un vertedero semi-permanente, lo cual debería ser una tentación para animales hambrientos. El lobo es un cazador social, capaz de adaptarse a numerosos hábitats. Es fácil imaginar que estos animales estuvieran siempre merodeando cerca de los poblados a la espera de ‘pillar’ algo de comida. También es fácil imaginar que los humanos los mantuvieran a raya. Los lobos son animales muy agresivos y la convivencia con humanos resulta francamente difícil. En la actualidad, los lobos que viven en cautividad son manejados por cuidadores especializados; los lobeznos tienen que acostumbrarse a la presencia humana antes de que el cachorro abra los ojos, o de otro modo jamás tolerarán su presencia; y a pesar de ello, los cuidadores de lobos siempre tienen alguna cicatriz. En definitiva, no resulta plausible la idea de que algún cachorro de lobo pudiera ser ‘adoptado’ por una tribu humana. A las pocas semanas, la ‘bolita’ de pelo se transformaría en una bestia peligrosa. Las cosas tuvieron que ocurrir de otro modo.

La hipótesis más probable[1] es que una población de lobos comenzara a especializarse en obtener alimento preferentemente de los vertederos humanos, dejando la caza en segundo plano. El proceso es en realidad bastante lógico. Sabemos que la mayoría de los lobos son agresivos y huidizos, pero es razonable pensar que este rasgo presente cierta variabilidad; es decir, algunos lobos serán más confiados y menos propensos a huir. Éstos tendrían alguna ventaja a la hora de aprovechar la comida en los vertederos. Un lobo confiado tarda más en salir huyendo, y cuando lo hace corre menos tiempo, lo cual le hace mucho más eficaz a la hora de aprovechar ese tipo de alimento. En definitiva, la personalidad ‘huidiza’ es buena para el lobo ‘cazador’, ya que disminuye la posibilidad de ser cazado, pero es mala para el lobo `basurero’, ya que disminuye la posibilidad de aprovechar una buena fuente de comida. En esas condiciones, algunos lobos fueron haciéndose más y más mansos, por un proceso de selección natural (o casi natural); y así ocuparon un ‘nicho ecológico’ nuevo asociado al hombre. Una vez iniciado, el proceso no tenía marcha atrás. El lobo basurero sólo podía extinguirse o domesticarse.

En esta primera fase de domesticación, podemos suponer que el tipo de asociación entre lobo y hombre era lo que los biólogos denominan comensalismo. El lobo se beneficiaba y al humano no debía afectarle ni para bien ni para mal. Aunque se trata de una hipótesis, tenemos bastante evidencia indirecta que la apoya. En primer lugar, los estudios de ADN sugieren que la domesticación tuvo lugar justo al final de la glaciación, hace unos 15.000 años, y que ocurrió probablemente en Asia Central. Estos estudios también sugieren que la domesticación ocurrió una sola vez, ya que todos los perros modernos parecen descender de una pequeña población de lobos. Otro dato: los perros del continente americano descienden del mismo tronco que los europeos y no de poblaciones de lobos americanos. Esto significa que cuando se produjo la colonización de América por poblaciones humanas procedentes de Asia, éstas llevaron consigo a ‘sus’ perros.

Otra línea de evidencia que apoya esta hipótesis se basa en los fascinantes experimentos del científico ruso Dimitri Belyaev[2]. Durante casi 100 años, los zorros han sido criados en Rusia en condiciones de semi-libertad con objeto de aprovechar su piel. Es bien sabido que el zorro es un animal huidizo y que se adapta mal a la cautividad, donde presenta frecuentemente conductas agresivas o ‘psicóticas’. Por ello, Belyaev inició un experimento de ‘Mejora Genética’encaminado a seleccionar zorros más dóciles y manejables. Esto no resultó difícil, ya que algunos animales manifestaban inicialmente estas características. Tras 18 generaciones, Belyaev logró en efecto, una estirpe de zorros marcadamente mansos; los cuales no huían del hombre, sino que recibían a sus cuidadores ¡moviendo la cola! No obstante, los zorros mansos exhibían una serie de características adicionales. Por ejemplo, tenían frecuentemente ‘manchas’ y ‘pintas’ blancas, tenían las orejas caídas, emitían sonidos perrunos e incluso, respondían a su nombre. Además, el estro no se ajustaba a las estaciones, por lo que podían reproducirse en cualquier época del año. Parece probable que todas estas características sean una consecuencia indirecta de la selección por el carácter ‘mayor mansedumbre’. Más aun, los zorros ‘mansos’ tenían niveles más altos del neurotransmisor serotonina[3]. Esta molécula puede inhibir algunos tipos de agresión y los niveles de serotonina son más altos en el cerebro de los individuos (humanos) que están tomando el fármaco antidepresivo Prozac. Es cierto que el zorro es una especie diferente al lobo, pero el paralelismo no deja de sorprendernos.

La última prueba indirecta de esta hipótesis la tenemos delante de nuestras narices. Basta con observar nuestro entorno inmediato para percatarnos que muchas especies de animales están acostumbrándose a aprovechar la comida de los vertederos humanos; y cuando esto ocurre las poblaciones de estas especies suben como la espuma. Por ejemplo, las gaviotas se han convertido en habituales en grandes zonas de la Meseta Central en España. En contra de la popular canción de Joaquín Sabina, ser una gaviota en Madrid es un hecho corriente, de hecho hay muchísimas en invierno. Probablemente, lo mismo ocurre con el espectacular aumento de la cigüeña blanca y el milano real.

De la primera asociación perro-hombre, de tipo comensal, se debió pasar a una asociación ‘mutualista’, donde ambas partes se vieran beneficiadas. Es posible que la primera contribución del perro/lobo al bienestar del poblado consistiera en actuar como ‘centinela’ ya que alertaría con sus ladridos/aullidos de la presencia de otros animales. Aunque no sabemos cómo ocurrió, es un hecho que los perros han sido seleccionados en todas las culturas humanas, con objeto de servir específicamente para diversos fines: perro pastor, perro de trineo, perro de caza, etc. El escritor romano Catón nos describe, hacia el año 150 AC, las cualidades ideales que debe tener un perro guardián. Es perfectamente posible que este proceso de selección ocurriera de forma inconsciente por parte de los humanos, ya que hace miles de años, no sabíamos que la ‘conducta’ pudiera heredarse genéticamente.

Hay que destacar pues, que el perro ha sido sometido a un proceso extraordinario de ‘manipulación genética’, y esta selección se ha producido sobre características morfológicas y también [4]de conducta. Ningún otro mamífero ha sido sometido a un ‘experimento’ similar. El estudio de razas seleccionadas para exhibir determinadas conductas podría enseñarnos algunas cosas sobre las complejas interacciones entre genes, ambiente y comportamiento. Por ejemplo, los pointer tienen un rasgo distintivo, denominado “parada”: el animal que detecta una presa se queda inmóvil, en una pose característica, indicando al cazador en qué dirección debe apuntar. Este rasgo se hereda genéticamente; está grabado de alguna forma en el circuito neuronal del animal y no puede ser aprendido. Sólo cuando un animal exhibe la “parada” puede el adiestrador refinarlo mediante entrenamiento. Los criadores y aficionados a los perros están familiarizados con el hecho de que el ‘carácter’de los animales se hereda genéticamente y que existen razas con distintos temperamentos. Todo el mundo sabe que la mayoría de los ‘golden retriever’ son afables y los ‘pitbull’ no.

Este post esta dedicado a mi querido Argo (en la foto).


[1] Coppinger, R. and Smith, C.K. (1983) “The domestication of evolution” Environ.Conser.10:283-292

[2] Belyaev, D.K. (1979) “Destabilizing selection as a factor in domestication” J. Hered. 70:301-308

[3] Popova, N.K., Voitenko, N.N., and Trut, F.N. (1975) “Changes in serotonin and 5-hydroindolacetic acid content in the brain of silver foxes under selection for behavior” Proc. Acad.Sci. USSR 233:1498-1500

[4] Frank, H. and Frank, M.G. (1982) “On the effects of domestication on canine social development and behaviour” Appl. Anim. Ethol. 8: 507-525

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