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Chimpancés belicosos

La existencia de las “guerras de chimpancés” supusieron un “schock “para la comunidad científica, más tarde llevado a la literatura por William Boyd en su famosa novela “Brazzaville beach“. Desde entonces, las pruebas sobre esta conducta han ido acumulándose y ya nadie en su sano juicio podría negarla (negacionista hay siempre, claro).  Lo más terrorífico es la “actitud deliberada” de los chimpancés cuando inician un raid: caminando en fila india, en silencio, deteniéndose de vez en cuando. Resulta muy difícil pensar que los chimpancés no sepan a lo que van, aunque lo hagan a su manera no verbal. La idea de intencionalidad me parece irrestible aquí.

El estilo de lucha suele ser bastante cobarde y, característicamente, esta actividad está limitada casi exclusivamente a los machos. Un vez iniciado el raid, los asaltantes atacan preferentemente a individuos aislados, sobre todo si son jóvenes, o a grupos muy inferiores numéricamente. Cuando las cosas están equilibradas, es frecuente que el ataque se aborte. Este estilo también es característico de las guerras entre cazadores-recolectores, donde las “batallas” son algo bastante más infrecuente que las simples emboscadas. Lo que no estaba demasiado claro hasta ahora era la motivación de estos ataques ¿Qué pretenden conseguir los atacantes, hembras o territorio?

Un artículo reciente publicado en Current Biology parece inclinar la cuestión hacia esto último. Los investigadores realizaron un meticuloso seguimiento de un grupo de chimpancés en el  Parque Nacional Kibale (Uganda) durante casi 10 años. Comprobaron, que los machos atacaban ferozmente a las hembras que se encontraban en su camino y que las supervivientes nunca se integraron en el grupo vencedor ni se aparearon con ellos. Además, la mayoría de los incidentes se produjeron en una zona “fronteriza” entre dos grupos. De manera que la motivación parece más inmobiliaria que sexual. Sin embargo, al aumentar su territorio y sus recursos alimenticios, es esperable que los machos vencedores atraigan más hembras y se reproduzcan más.

Los datos también indican que los chimpancés son incluso más belicosos que las tribus humanas más belicosas, a juzgar por la frecuencia de asesinatos. El equipo de Mitani encontró una frecuencia de homicidios un 50% superior a la encontrada en sociedades agrícolas pre-estatales, y unas 17 veces superior que las típicas de los cazadores-recolectores. Aunque no conviene generalizar. Es posible que el grupo de Kibale sean equivalentes a los jíbaros entre los chimpancés.

Está claro que la guerra en los humanos tiene profundas raíces biológicas. Eso no quiere decir que sea algo aceptable ni inevitable, pero sí que el condicionamiento de la conducta tiene que trabajarse a tope para mantenernos en un estado de relativo pacifismo.

El artículo: mitani_2010

Más info en este blog

Un vídeo de una partida de guerra

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Los últimos torturadores

Durante la Edad Media, los espectáculos en los que se torturaban animales eran muy frecuentes en toda Europa: peleas de perros, gallos, ratas y, por supuesto, corridas de toros. En Inglaterra eran muy populares las llamadas bull-baitings en las que se torturaba a los toros con la ayuda de perros especialmente adiestrados. También había bear-baitings, aunque los osos eran mucho más escasos y difíciles de mantener. Naturalmente, eran otros tiempos. Las ejecuciones públicas y los Autos de Fé constituían un entretenimiento popular muy apreciado. La última ejecución pública en Madrid tuvo lugar en 1890.

A partir del siglo XVIII las ideas de los filósofos de la Ilustración fueron calando poco a poco en la sociedad, y este tipo de actos empezaron a ser considerados brutales e inaceptables. En Inglaterra fueron abolidos en el siglo XIX, de manera que el debate que está empezando a producirse estos días en España sobre la abolición de las corridas de toros lleva un retraso de más de un siglo con respecto al resto de Europa. La única razón que nos hace especiales a los españoles es que somos los únicos que permitimos que la tortura de un animal sea un espectáculo público. Hace doscientos años lo hacía todo el mundo.

Es evidente que la “tradición” no puede invocarse como un argumento suficiente en sí mismo para defender la salvajada que suponen las corridas ¿Acaso no es tradicional la ablación femenina en muchos países africanos? ¿O en “sati”, esa costumbre hindú de quemar a la viuda en la pira del marido? Seguramente, las peleas de gladiadores se habrían considerado parte de la “tradición hispano-romana”. Aunque no lo parezca, el mundo ha evolucionado bastante en el sentido moral, para lo cual ha sido necesario romper con diversas “tradiciones”. La afirmación de que “los toros son cultura” juega con el doble significado de la palabra. Por un lado, cualquier cosa que ocurra con frecuencia en una sociedad puede considerarse parte de su cultura. Por otra parte, el término tiene una connotación positiva de “actividades de orden superior que ennoblecen a quienes las practican” como el arte, la literatura o la ciencia. Si se acepta que “los toros son cultura” podríamos aplicar el mismo argumento a la violencia machista, y ¿quién va a negar que el machismo tiene una larga tradición en España?

Algunos pro-taurinos argumentan que no tiene sentido prohibir las corridas si no se prohíben también las matanzas de focas o la caza en general. El argumento viene a reconocer que sí, que las corridas son una burrada pero también hay otras burradas. Por las mismas, si a alguien le acusan de un crimen podría defenderse diciendo que… ¡más crímenes cometió Hitler! Y es muy posible que también deberían prohibirse otras atrocidades. Pero eso es un asunto completamente distinto.

La posible extinción del toro de lidia es otro de los argumentos comúnmente empleados para defender el tinglado taurino, aunque  tampoco es un argumento válido. El toro de lidia es una raza de una especie doméstica (Bos taurus) y naturalmente, el número de ejemplares depende de las decisiones que tomen los humanos al respecto. Su extinción, si se prohibieran las corridas no sería inevitable (aunque la conservación tendría un coste). El caso quedaría englobado en la problemática general de conservar la biodiversidad de animales y plantas domésticas que caen en desuso. Un problema sin duda urgente y que afecta a especies tan emblemáticas como el burro. Análogamente, las dehesas dedicadas a la ganadería brava no tendrían por qué convertirse al instante en urbanizaciones o centros comerciales. Deberían ser protegidas debido a la riqueza de estos ecosistemas, pero sin duda, otras formas de aprovechamiento, respetuosas con el medio  son posibles.

Algunos pro-taurinos radicales han llegado a argumentar que los toros no sufren, a pesar de que la violencia y crueldad de la “fiesta” es evidente. Existen razones neurológicas para pensar que sí lo hacen. Para empezar, su sistema límbico es muy parecido al nuestro. Para seguir, el dolor tiene un fuerte valor adaptativo en los animales superiores. Curiosamente, no aparece ningún trabajo de investigación publicado sobre este tema en PubMed, la principal base de datos de investigaciones biomédicas. Búsqueda en PubMed (aquí)

En resumen, las corridas de toros hacen un espectáculo de la tortura de un animal capaz de sufrir y son por lo tanto una “salvajada” doble, por la tortura en sí y por el hecho de hacer un espectáculo público de ello y (frecuentemente) televisado. Al elevarlo a la categoría de Bien de Interés Cultural, nuestros gobernantes han dado un paso más en la “apología de la tortura”, hurtando además un debate público que debería producirse con urgencia.

Hace doscientos años todo el mundo en Europa hacía estas cosas. Ahora sólo las hacemos los españoles. Somos los últimos torturadores. Un dudoso honor.

Más info:

“¡Vivan los animales!”J. Mosterín. 1998. Editorial Debate. Madrid.

“Animal Liberation” P. Singer. 1975. Ed. Harper Collins. New York.

“Animals and why they matter” M. Midgley. 1983. University of Georgia Press. Athens, US.

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Matanza de Atocha: el DNA dice que no fue ETA

atocha

Me ha parecido curioso que los medios españoles no hayan comentado este artículo publicado en PLoS acerca de la infausta “matanza” de Atocha. En cualquier caso, no es mi intención rescatar la rocambolesca polémica en la que nos vimos inmersos durante meses, sino comentar una importante  aplicación forense de la Biología Molecular. El artículo en cuestión presenta nuevas pruebas que indican que los autores del atentado eran de origen magrebí.

Justamente, lo novedoso del método es la capacidad de discriminar el origen étnico a partir de muestras biológicas. Sin duda,  un tema espinoso y puede ser polémico en el futuro. Con esta técnica los investigadores podrían deducir algunas características de los sospechosos, aunque no fuera posible identificarlos individualmente. En este caso, la característica que se consideraba relevante era el origen geográfico. En otros casos, lo que podría importar si el sospechoso es pelirrojo o tiene los ojos verdes.

En general, los métodos que se emplean para determinar el ancestro de un individuo se basan en marcadores del DNA mitocondrial o del cromosoma Y, pero aquí los investigadores tenían que afinar un poco más, ya que ha existido intercambio genético entre España y el Norte de Africa en los últimos siglos de magnitud no despreciable. El método, puesto a punto por un laboratorio de la Universidad de Santiago de Compostela, se denomina ” ancestry-informative-marker single nucleotide polymorphism (AIM-SNP)” y para llevarlo a cabo ha sido necesario emplear tanto herramientas de Biología Molecular como de Biología Computacional. Esto es cada vez más frecuente. La Biología no será una ciencia exacta pero cada vez es más dependiente de la Estadística y la Informática.

En primer lugar, los científicos investigaron 34 SNPs, es decir, puntos de la secuencia de DNA donde es frecuente que se presente variación en una sola base. Las muestras a analizar tenían orígenes diversos, como por ejemplo, restos de un cepillo de dientes encontrado en la casa de Leganés, que los análisis convencionales no habían logrado emparejar con el DNA de ningún sospechoso. Pero hacía falta un grupo de control y para ello se tomaron muestras de individuos procedentes de España y de Marruecos, cuya ascendencia no tuviera dudas. Los donantes (anónimos) fueron informados de los objetivos de la investigación.

Estos últimos datos se introdujeron en un “clasificador bayesiano”, un método estadístico inteligente que, como su nombre indica sirve para clasificar cosas. Aunque no sean demasiado conocidos por el gran público, los métodos de clasificación tienen múltiples utilidades. Un ejemplo, supongamos que  el Servicio de Estudios de un banco quiere construir un “clasificador” que le permita predecir qué clientes tienen mayor probabilidad de ser morosos. Para ello necesita la mayor cantidad de posible de datos históricos acerca de clientes que han pagado puntualmente y de aquellos que no lo han hecho. El sistema emplea estos datos para construir una fórmula de clasificación, que empleará sobre los aplicantes a créditos nuevos. Algunos factores (p.e. el hecho de tener un trabajo fijo) son obvios, pero otros no tanto. Una compañía europea descubrió hace algunos años que las personas que poseen un coche de color rojo tienen una probabilidad más alta de ser morosos en créditos hipotecarios  (no me pregunten por qué). El problema es que a usted le podrían denegar un crédito por la absurda razón de que su coche sea de este color. La polémica está servida.

En el caso que nos ocupa, los datos que se introdujeron en el sistema eran los SNPs procedentes de estos individuos “control” de ascendencia conocida (España/Marruecos). Con este “conjunto de entrenamiento” la máquina construyó una fórmula que permitiría asignar la ascendencia de los individuos cuyas muestras  procedían de los atentados. La fórmula debe “validarse” empleando un subconjunto de los datos del grupo de control que no se usaron para construirla. Pasado este punto, y comprobado que la fórmula funcionaba correctamente, se introdujeron en el clasificador los datos de las muestras del atentado… y se apretó la tecla.

El clasificador contestó que de las 7 muestras, 4 eran claramente de origen norteafricano y las otras probablemente también, aunque el origen europeo o mixto no puede descartarse totalmente.

Phillips et al. 2009

PS Los comentartios son bienvenidos, pero por favor, no vamos a volver a la la discusión cansina sobre si fue ETA o no.

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Los orígenes de la moral y la cultura

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Sin duda, “moral” y “cultura” son dos características eminentemente humanas. No es que estén totalmente ausentes en otras especies, pero entre los Homo sapiens han alcanzado muchísima más importancia y complejidad. No cabe duda de que ambas características han evolucionado en nuestra en especie y por tanto, deben tener una base biológica (que me perdonen lo ambientalistas fanáticos). Tampoco puede negarse la más que probable co-evolución entre genes y cultura (que me perdonen los biologicistas radicales). En cualquier caso, estoy seguro de que los dos artículos publicados en el último número de Science sobre el origen de (respectivamente) moral y cultura va a dar mucho que hablar a todos los interesados por estas cuestiones.

En ambos artículos, los autores llegan a explicaciones sorprendentes, atrevidas, contra-intuitivas y políticamente incorrectas, aunque (y esto es lo importante) las apoyan con datos y modelos matemáticos. No obstante, no creo que las dos cuestiones se vayan a zanjar aquí, sino más bien lo contrario. Entrando en materia, la hipótesis de Samuel Bowles (Bowles, S. 2009) afirma que el origen de la cooperación y la camaradería entre los humanos estriba justamente en…¡la guerra! Y para apoyar esta hipótesis ha “resucitado” una de las teorías más descalificadas en Biología Evolutiva en los últimos tiempos: la selección de grupo. Se trata, pues, de un tabú encima de un sacrilegio. Sin inmutarse, Bowles afirma que en el conflicto inter-tribal prolongado y letal puede promover la selección de genes “altruistas”. Pero antes de seguir comentando el artículo, conviene dar un pequeño rodeo.

Para empezar, la hipótesis de Bowles se mete de lleno en un pozo de “incorrección política”. Hasta hace pocos años, el Modelo Estándar en Ciencias Sociales favorecía la idea de Rousseau del “Buen salvaje” (el hombre es bueno por Naturaleza pero la sociedad lo hace malo), por lo que la mera sugerencia de que esta actividad forma parte de nuestro pasado evolutivo basta (o bastaba) para ser declarado indeseable. Aunque sea doloroso, hay que reconocer que el “Mito del Buen Salvaje” es notoriamente falso, como han puesto de relieve estudios antropológicos recientes. Por ejemplo, el arqueólogo Lawrence Keeley ha estimado la tasa de homicidios en diferentes sociedades. Veamos los datos: el récord de violencia lo tienen los legendarios jíbaros de Perú, donde cerca del 60% de los varones son víctimas de homicidio a manos de sus congéneres. Entre los yanomami, la tasa de homicidios varían entre el casi 40% de los ‘belicosos’ shamatari y el 20% de los más ‘pacíficos’ namowei. La mayor parte de las culturas estudiadas, procedentes sobre todo de Sudamérica y Nueva Guinea oscilaba entre estos valores. Incluso entre los pacíficos !Kung, el homicidio es más frecuente que entre los barrios considerados peligrosos de Los Ángeles. En contraste, la frecuencia de muerte por homicidio en Europa y Estados Unidos durante el siglo XX no pasa del 1%, y eso que incluye dos guerras mundiales con ‘armas de destrucción masivas’ y otros conflictos armados. En la actualidad y en algunos países, como Japón, la tasa frecuencia de homicidio es inferior al 0.1%, 100 veces menor que en la mayoría de los cazadores-recolectores y 600 veces menor que entre los jíbaros. O sea, que podemos reconocer que nuestro pasado evolutivo está plagado de conflictos inter-tribales, frecuentemente letales, sin hacer por ello una apología de la violencia y sin afirmar que ésta es inevitable. Pero los datos son los datos.

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El segundo berenjenal en el que se mete Bowles estriba en tratar de resucitar la teoría de selección de grupo, según la cual en animales sociales la unidad básica sobre la que opera la selección natural es el grupo, no el individuo. Por ejemplo, si pensamos en una manada de lobos, en una banda de macacos o en una bandada de grajillas, ninguno de estos animales puede sobrevivir por su cuenta, de manera que su destino individual se encuentra inevitablemente unido al del grupo. Si éste tiene éxito, aumentará de tamaño y si no lo tiene desaparecerá; por tanto, la selección natural puede mantener conductas que favorezcan al grupo en conjunto, aunque sean negativas para el animal que las ejecuta. Por poner un símil futbolístico, la selección natural estaría operando con equipos y no con jugadores individuales. Esta teoría es considerada poco plausible ya que incluso un flujo de genes moderado entre los grupos destruiría rápidamente las diferencias genéticas necesarias para que la teoría funcione; la mayoría de los biólogos acepta hoy día que la selección natural transcurre fundamentalmente a nivel de individuo.

Pero no todo el mundo está de acuerdo. Algunas publicaciones recientes han reabierto el debate al afirmar que, en algunos casos muy determinados, la selección de grupos puede ser importante. En este caso, Bowles hace una hipótesis realmente atrevida: que la estructura poblacional de los cazadores-recolectores del Paleolítico pudo permitir la selección (vía grupo) de genes que favorecen conductas altruistas. Bien es verdad que el modelo asume que la guerra entre tribus era frecuente y que ésta suponía un coste notable en vidas en todos los casos y, muy particularmente para los vencidos. Importa señalar que Bowles también admite la posibilidad de que el altruísmo se deba no sólo a los genes, sino a la aparición de memes relacionados con este tipo de conducta. Tanto los genes como los rasgos culturales son heredables (aunque no de la misma forma) y están sometidos al proceso evolutivo. El trabajo de Bowles se ha basado en datos arqueológicos previos según los cuales, como promedio, la guerra causó el 14-16% de las muertes en sociedades de cazadores-recolectores, tanto históricas como recientes. De acuerdo con el modelo matemático de Bowles, el coste de perder un conflicto armado es lo suficientemente alto como para equilibrar los riesgos individuales de la guerra, particularmente si el grupo es relativamente endógamo y sus miembros comparten muchos alelos comunes. Es evidente que construir un modelo matemáticamente correcto no es suficiente por sí mismo para demostrar una hipótesis. Y la validación de este modelo es, al menos, complicada. Los aficionados a las discusiones tendrán un filón aquí.

Además, el modelo deja algunos cabos sueltos. Muy notablemente no distingue entre los sexos a pesar de que las consecuencias de la guerra eran generalmente muy diferentes en cada caso; p.e. las mujeres no solían participar directamente y en caso de derrota podían ser “absorbidas” por los vencedores (eufemismo para “violación sistemática, esclavitud y eventual integración tras varias generaciones). El problema es que el apareamiento entre los hombres del grupo vencedor y las mujeres del vencido tendería a diluir los genes altruistas, y no a concentrarlos. Bowles argumenta que a pesar de todo, el modelo predice la selección de genes altruistas, aunque de forma más lenta respecto a la alternativa radical de liquidar a todos los vencidos.

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El segundo trabajo, firmado por Powell y colaboradores (Powell et al., 2009), aborda el misterio del rápido desarrollo de la tecnología y el arte en el Paleolítico superior (hace unos 45.000 años) a pesar de que los humanos genéticamente modernos habían surgido en África en un periodo muy anterior (tema tratado aquí recientemente). Según estos autores, el factor clave para que se produjera el Gran Salto Adelante fue la densidad demográfica. Por supuesto, las capacidades cognitivas necesarias va estaban allí, pero sin este elemento clave todavía podríamos estar empleando una tecnología no muy diferente de la del neanderthal.

Thomas y colaboradores también se basan en modelos matemáticos que tratan de explicar el patrón de “idas y venidas” en la aparición de la moderna cultura y tecnología. Aunque los humanos aparecimos hace 150-200.000 años, los primeros vestigios de cultura moderna (tales como collares, arpones, o el empleo de pigmentos) aparece brevemente en Africa hace unos 90.000 años. Después estos vestigios desaparecen y no volverán hasta la Edad de Oro del Paleolítico superior europeo, alrededor de 35.000 BC y coincidiendo con las pinturas rupestres del Cantábrico. La idea central de estos investigadores es que es necesario un número mínimo de personas para mantener tal nivel de conocimientos y destrezas en una población. Si no se alcanza el mínimo, la capacidad tecnológica tiende a fluctuar. Es posible que algunos avances se pierdan por que sus poseedores desparezcan sin trasmitirlos. Además, el avance tecnológico es más rápido cuando hay más personas tratando de resolver los mismos problemas. El modelo matemático establecido sugiere que cuando el número de grupos que interaccionan llega a 50, la capacidad tecnológica no aumenta con el número de grupos, sino con la densidad de población. Los autores sugieren que la tímida “revolución africana” de hace 90.000 años se vio truncada por una disminución de la población debida –seguramente- a un cambio climático.

Curiosamente, ambos trabajos plantean escenarios de evolución humana bien distintos, incluso contrapuestos. Por un lado, los humanos debían masacrarse unos a otros con frecuencia para ser altruistas; por otro lado, habría sido necesario la interacción cooperativa y el intercambio entre grupos humanos bastante amplios para que pudiera surgir la cultura moderna ¿O tal vez no? Una vez leí que durante la Guerra Civil española los soldados de las trincheras organizaban intercambios entre los dos bandos; tabaco por papel de fumar (vale lo de matarse unos a otros, pero… ¿quedarse sin fumar?).

Somos animales complicados.

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La verdad sobre Cenicienta

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Es un hecho conocido y bastante generalizado que los padres se preocupan por el bienestar de sus hijos y que están normalmente dispuestos a hacer grandes sacrificios en este sentido. Es un hecho también que se trata de una relación asimétrica donde, en general los padres dan y los hijos reciben. No quiero decir que los hijos no quieran a los padres, sobre todo cuando son pequeños, sino que las acciones beneficiosas se producen predominantemente en una dirección. A los padres les cuesta poco ser generosos y comprensivos con su descendencia.

Es posible que esto le parezca simplemente algo natural y que no requiere de más explicación. Por supuesto que se trata de algo natural, pero este término no nos proporciona una explicación suficiente. Ya hemos visto que los cuidados parentales son corrientes en aves y mamíferos, pero bastante raros en el resto de los animales. Por ejemplo, la mayoría de los reptiles se limita a poner sus huevos en un lugar a apropiado y ‘desearle suerte’ a su descendencia ¿Por qué nos resulta tan fácil querer a nuestros hijos?

La hipótesis más plausible es que esta conducta está pre-programada en el cerebro humano. El hecho de que el cariño y la preocupación por los hijos sea un hecho universal y ocurra en todas las culturas conocidas sugiere que tiene una fuerte base biológica. Tal vez si nuestro antecesor directo fuese una especie de reptil pensáramos de otra manera.

En todo caso, una predicción razonable a partir de la Biología Evolutiva es que los padres se preocupan más por sus hijos biológicos que por los hijos de su pareja. Esta hipótesis puede contrastarse empíricamente y eso es lo que han intentado los psicólogos canadienses Martin Daly y Margo Wilson. Estos investigadores razonaron que si existía un mecanismo innato de preferencia hacia los hijos biológicos, los casos de maltrato se darían con menor frecuencia en esta circunstancia, por tanto su hipótesis podía contrastarse empleando las estadísticas existentes sobre maltrato infantil. Sus resultados fueron concluyentes.

El maltrato infantil en las sociedades estudiadas (USA y Canadá) es un fenómeno poco frecuente, pero cuando el niño convive con sus padres biológicos es aun más infrecuente. Y no se trata de una diferencia pequeña o poco significativa. El hecho de que un niño conviva con un adulto que no es su padre biológico aumenta entre 70 y 100 veces la probabilidad de que sufra maltrato con consecuencias mortales. En cierto modo, el estudio de Daly y Wilson constituye una confirmación del cuento de Cenicienta (de hecho, estos autores escribieron un libro sobre este tema titulado “The Truth about Cinderella”). Y no hace falta decir que la palabra ‘padrastro’ o ‘madrasta’ tiene una fuerte connotación negativa en castellano. Una vez más, los psicólogos evolucionistas se afanan por probar lo que es de dominio público.

Los resultados de estos investigadores han sido repetidos en países y contextos sociales muy diferentes con resultados similares: los padrastros siempre son mucho más peligrosos para los niños que sus padres biológicos. Por ejemplo, el antropólogo alemán Eckart Voland descubrió que la mortalidad infantil en este país durante la Edad Media aumentaba si el niño era criado por sólo uno de sus progenitores, pero la mortalidad aumentaba aun más, y esto es realmente significativo, si este progenitor volvía a casarse. Entre los cazadores-recolectores Ache de Paraguay, el 19 % de los niños criados por sus padres biológicos muere antes de cumplir los 15 años; sin embargo, este porcentaje se eleva al 43% cuando son criados por su madre y un padrastro. Otro estudio realizado en Finlandia puso de manifiesto que un 3.7% de las niñas que habían convivido con un padre no-biológico manifestaron haber sufrido abusos sexuales de éste, frente al 0.2% en el caso del padre biológico.

El mensaje claro y simple que arrojan estos estudios es que criar a los hijos supone una carga muy importante para cualquier adulto. Por lo tanto, tiene sentido que la selección natural haya perfilado nuestras motivaciones psicológicas de manera que los cuidados parentales no sean asignados arbitrariamente a cualquier niño, sino de forma discriminada, de manera que se maximice el beneficio reproductivo de quien realiza la inversión. Estos mecanismos constituirían la base biológica del amor de los padres hacia sus hijos, un fenómeno que se observa en prácticamente todas las sociedades.

Margo, D, and Wilson, M. “The Truth about Cinderella” Yale University Press, 1999

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Ambiente degradado, conducta degradada

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En los años 80, George Kelling, de la Universidad de Rutgers, lanzó la idea denominada (más tarde) el “efecto ventana rota”. La idea es bien simple: el hecho de ver una ventana rota u otro signo de vandalismo nos predispone a cometer otros actos incivilizados. Dicho y hecho; el entonces alcalde de Nueva York Rudi Giuliani inició una vigorosa política de tolerancia cero con respecto a los delitos menores o actos vandálicos con la esperanza de disminuir el número de delitos (grandes o pequeños).

La idea aparentemente funcionó. Al menos, los niveles de delincuencia en Nueva York disminuyeron notablemente en esos años y otras muchas ciudades han tratado de seguir este ejemplo. Sin embargo, no todo el mundo está convencido de que exista una relación causa-efecto entre un ambiente degradado y una conducta degradada. Otras causas son posibles y se han propuesto varias: mejor situación económica, nuevas leyes, incluso la eliminación del plomo en la gasolina; todos estos factores también concurrieron al mismo tiempo que la disminución de la delincuencia en esta ciudad.

Personalmente, estaba convencido de que el efecto ventana rota funciona, desde que empecé a trabajar en el laboratorio para mi tesis doctoral. Descubrí que si una poyata estaba inmaculadamente limpia tendía a permanecer así; mientras que si estaba desordenada y sucia los usuarios siguientes solían aumentar la suciedad y el desorden. Naturalmente, no se me ocurrió ponerle un nombre ni generalizarlo a la conducta anti-social en las calles, así que no puedo clamar ningún crédito por ello.

No obstante, una cosa es “estar personalmente convencido” de algo y otra es tener evidencia experimental al respecto. Análogamente, la policía no sólo tiene que estar convencida de la culpabilidad del acusado, tiene que presentar pruebas ante un tribunal. Y esto es justamente lo que ha hecho un equipo de la Universidad de Groningen (Holanda), en una interesante publicación aparecida el pasado viernes en la revista Science (Keizer et al., 2008).

Los investigadores idearon una serie de ingeniosos experimentos, en cierto modo parecidos a las situaciones de “cámara oculta”, en las que incitaban a los transeúntes a cometer delitos menores, mientras observaban su comportamiento. Lo más importante es que la situación podía transcurrir en un ambiente “normal” o “degradado”, según lo preparasen los científicos. En un experimento colocaban panfletos de propaganda en las bicicletas aparcadas en un callejón. Como no había papeleras, los infortunados ciclistas sólo tenían dos opciones: o tirar el panfleto o llevárselo. En condiciones normales, un 33% lo tiraron al suelo (nunca hubiera pensado una cosa así de los civilizados holandeses); pero cuando el callejón estaba cubierto de graffitis el porcentaje ascendió al 69%.

En otro experimento colocaron un billete de 5 euros asomando claramente en el buzón de una casa. En condiciones ordenadas, el 13% se llevó el billete. Cuando el buzón estaba cubierto de graffitis, lo hizo el 27%. Incluso si el buzón estaba limpio pero había basura alrededor, el porcentaje de ladrones llegó al 25%.

Una golondrina no hace verano y un paper no suele zanjar una cuestión, pero se diría que las decisiones morales pueden estar muy influidas por el entorno.

Al menos en Holanda.

Keizer, K., Lindenberg, S., and Steg, L. (2008) The Spreading of Disorder. Science.

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La política del chimpancé

Mi amigo y colega bloguero Jesús Zamora Bonilla me envió el otro día una especie de “desafío” consistente en “salvar” un libro entre todos los que haya uno leído. Me he pasado unos días dándole vueltas al asunto y al final opté por hacer una aproximación sentimental al problema. Recorrí con la vista mi biblioteca tratando de analizar los sentimientos que me provocaban los libros. El corazón manda.

Y el ganador ha sido este que ven en portada: “La Política del chimpancé” de Frans de Waals (Traducido al español: “La Política de los Chimpancés. El poder y el sexo entre los simios”, de Frans de Waal (Alianza Editorial).

La “política” surge entre los animales sociales cuando 2 o más individuos forman una coalición para lograr -típicamente- comida o ventajas reproductivas. Entre los gorilas no existe la política. Un sólo macho “acapara” a un grupo de hembras y las “defiende” frente a otros machos. Sólo el vencedor se reproduce. Entre los chimpancés las cosas son bastante más complicadas. Los chimpancés forman grupos claramente jerarquizados y los machos dominantes son los que más se reproducen. Pero para alcanzar la (evolutivamente) envidiable posición de macho dominante, no sólo cuenta la fuerza física. Más importante aun es la capacidad de formar alianzas con otros individuos del grupo. El libro cuenta las intrigas de tres chimpancés, Yeroen, Nikkie y Luit para llegar al poder.

Curiosamente, hasta que lo leí pensaba que el libro que más me había influido era “El Príncipe” de Macchiavello. Y, de alguna manera, ambos están relacionados. Cuando lees el de Frans de Waals entiendes el otro en toda su dimensión. No pretendo con esto quitar mérito al genial escritor italiano. Pero las bases de “El Príncipe” llevan millones de años desarrollándose en nuestros linaje.

El libro contiene una maravillosa combinación de dos cosas difícilmente combinables. Por un lado, es un “cuaderno de campo” que resume largos años de investigación etológicas. Nos cuenta los hechos de forma precisa y directa. Por eso resulta tan creíble. Por otra parte, contiene una historia apasionante de amor, odio, poder y celos. Casi diría que es una especie de culebrón. No cuento más para no estropear el final.

He leído críticas al trabajo de de Waals acusándole de antropomorfismo, es decir, interpretar la conducta de los animales atribuyéndolos pensamientos e intenciones humanas. No es así. Los etólogos pueden confundirse al interpretar la conducta de los animales, pero ésta es imposible de entender si no admitimos que los animales tienen “fines”. De hecho, el mero concepto de “conducta” no tiene sentido sin esto. El mejillón que abre o cierra su concha tiene “fines” (aunque por supuesto no sea “consciente” de ello).

Lo verdaderamente extraordinario es que los chimpancés tengan fines tan parecidos a los nuestros.


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