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Gripe A: la conjura de los necios

En las últimas semanas hemos asistido al linchamiento moral de la Organización Mundial de la Salud  (y otras instituciones) por su recomendación a los gobiernos de adquirir suficientes dosis de vacunas con el único objetivo (supuestamente) de favorecer los intereses de algunas compañías farmacéuticas. La cuestión se ha comentado en todos los medios de comunicación y está empezando a adquirir un tinte “conspiracionista” preocupante. En concreto, se afirman dos cosas, que deben analizarse separadamente:

A) Que algunos expertos exageraron los riesgos de la gripe A y que esto benefició económicamente a algunas compañías.

B) Que los mismos expertos habían recibido dinero (de forma directa o indirecta) de esas mismas compañías.

La afirmación A es falsa. La decisión de declarar la pandemia y recomendar la vacuna era la única racional. La gripe es un asunto serio; en un año normal causa una mortalidad considerable y la pandemia de 1918 ha sido la peor de la historia en número de muertos. Los datos en abril de 2009 sugerían que el virus de la gripe A tenía una tasa de mortalidad elevada. Además, no se puede predecir la evolución de un virus a los seis meses, que es lo que se tarda en producir una vacuna. Por otro lado, las vacunas constituyen un método terapéutico generalmente seguro (aunque no totalmente exento de riesgos).

Más aun, la gripe A no ha sido tan leve como se suele pensar. De acuerdo con un trabajo publicado recientemente el PloS, si nos fijamos en el número de años de vida perdidos y no sólo en el número de muertos (véase el gráfico), la pandemia de 2009 fue mucho peor que un año de gripe estacional severa, incluso peor que la gripe de 1968. Ello es debido a que la edad media de los fallecidos en 2009 ha sido de 37 años, mientras que en la gripe estacional la media es de 76. El trabajo aquí.

No obstante, es perfectamente posible que la afirmación B sea cierta. A la vista del cariz que estaban tomando las cosas no es raro que las compañías quisieran sacar tajada o al menos asegurarse una porción. Por lo que es  posible (e incluso hay indicios serios) de que se hayan producido casos de conducta poco apropiada. Esto es lamentable se debería tratar de evitar en el futuro. No voy a discutir los detalles porque el punto clave, en mi opinión es que de la afirmación B no se desprende directamente la validez de A.  Si el virus hubiera evolucionado hacia mayor virulencia y no se hubieran tomado medidas, habría que oír  las críticas furibundas, tal vez de los mismos que ahora critican las medidas contrarias.

Además, las acusaciones de haber recibido dinero deben ponerse en perspectiva. No es lo mismo un pago directo que el hecho de que una compañía financie una investigación. En algún caso, las acusaciones se basaban en que algunos expertos habían participado en conferencias (y cobrado por ello) financiadas por las compañías farmacéuticas. Hay que decir que la inmensa mayoría de los congresos en Biomedicina son hoy por hoy financiados en parte por éstas.

Es muy probable que el debate que se está llevando a cabo en los medios esté llegando a conclusiones totalmente erróneas. El problema no es que se emplease dinero público en producir unas vacunas que no llegaron a utilizarse. Eso es exactamente lo que ocurre la mayoría de las veces que contratamos un seguro. El problema es que no disponemos de métodos de producción de vacunas a gran escala que sean lo suficientemente rápidos para responder a la aparición de nuevas cepas.

Lo que no suelen comentar los periódicos en que en Europa Occidental la responsabilidad de producir vacunas recae exclusivamente en compañías privadas. De modo que inevitablemente tendrá que derivarse un beneficio económico del hecho de acometer la producción de estos fármacos porque, nos guste o no, las compañías privadas necesitan tener algún beneficio por lo que hacen. Esto no tiene por qué ser así necesariamente. Los gobiernos podrían crear y financiar instituciones que tuvieran los medios y la capacidad de ocuparse de este tipo de tareas. Eso eliminaría la sospecha permanente del “beneficio económico” en una situación de emergencia y daría mayor margen de maniobra a los gobiernos a la hora de manejar estas crisis. Lo que no está garantizado es que fueran más eficaces y menos costosas que las compañías privadas.

La pandemia de gripe A de 2009 resultó más leve de lo que al principio parecía y debemos alegrarnos por ello. Sin embargo, sería un error pensar que la próxima nueva cepa de virus que surja va a ser también relativamente benigna. Puede que lo sea o puede que no.

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Desastres naturales y Percepción del riesgo

tornado

Siempre me ha parecida curiosa la fascinación que tenemos los humanos con las grandes catástrofes. Me explico: se cae un avión en Barajas y los periódicos se pasan meses hablando de ello. Sin embargo, se produce un número equivalente de víctimas en las carreteras españolas en aproximadamente 20 días. Y nadie habla de ello.

No le estoy echando la culpa a los periodistas, ni mucho menos. Cualquier noticia que se repite de forma habitual deja de ser noticia. Es posible que los humanos tengamos un “sesgo innato” en este sentido (aunque no he leído ningún estudio serio). Sea como sea, el resultado es que la exposición a determinadas imágenes catastróficas en los medios de comunicación puede sesgar nuestra percepción del riesgo hacia las grandes catástrofes. Si de verdad queremos evaluar el riesgo de distintos factores es mejor echarle una fría mirada a los datos.

Y eso es lo que han hecho los autores de este interesante artículo publicado en el International Journal of Health Geographics: contar pacientemente el número de muertos en desastres naturales desde 1970 a 2004. El trabajo contiene datos exclusivamente de USA (una pena que no dispongamos de datos similares en Europa). Pues bien, ¿qué tipo de desastre natural dirían que conlleva más riesgo? ¿Los terremotos de California? ¿Los huracanes del Caribe?

Negativo. El mayor “asesino” es el calor (responsable del 19% de las víctimas) y el siguiente el frío (con un 18%); en tercer lugar estarían los rayos (11%). En cambio, las víctimas combinadas de terremotos, huracanes e incendios apenan llegan al 5%. El truco probablemente radica en que en los tres primeros casos se producen eventos muy frecuentes con pocas víctimas y en los tres últimos ocurre lo contrario.

Un estudio complementario consistiría en contar el impacto que tienen estos tipos de desastres naturales en los medios de comunicación. Probablemente no coincida con las estadísticas de víctimas.

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