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La mujer sin miedo

Podemos llamarla Sara Martin. Es unamujer de mediana edad y por su aspecto diríamos que es una persona completamente normal. Excepto por un importante detalle: Sara es incapaz de tener miedo.

Sara padece el (rarísimo) síndrome de Urbach-Wiethe. Durante su adolescencia esta enfermedad destruyó dos estructuras simétricas del cerebro del tamaño de una nuez, denominadas amígdalas. Debido a este daño cerebral,es incapaz de asociar determinadas memorias con emociones negativas, de ahí que estímulos que deberían resultarle negativos (porque son peligrosos) le resulten irresistiblemente atractivos; p.e. insiste en tocar a la mamba del zoo.

El caso de Sara ha sido estudiado por un equipo de neurobiólogos y los resultados se publicaron en el número de enero de Current Biology. En estudios anteriores se había visto que este tipo de pacientes era incapaaz de reconocer emociones negativas en las expresiones faciales de otras personas (p.e. tus invitados están a punto de vomitar y tú crees que les ha encantado la cena). En el caso de Sara, los autores han podido hacer pruebas mucho más variadas e inusuales.

Por ejemplo, Sara declaró que no tenía miedo a hablar en público, de la muerte, de la taquicardia o de ser juzgado negativamente por otras personas. En otro experimento, se llevaron a Sara al parque de atracciones y se partió de risa en la “La Casa Encantada”; asímismo, “visionó” varias películas de terror, con interés pero sin el menor atisbo de miedo.

Estarán de acuerdo conmigo en que el conjunto de cosas que le asustan a uno es algo muy personal. Coincidiría con Sara en cuanto a la mayoría de estas cosas: “La Casa Encantada”, las películas de terror, elmiedo a hablar en público, a la taquicardia y a que te juzguen mal. Por supuesto, tengo mi lista personal de terrores, pero obviamente no estoy dispuesto a revelarla.

¿La ausencia de miedo es una bendición o un castigo? Yo diría que, en general, más bien lo último. Algo parecido ocurre con las personas que no pueden sentir dolor y pueden fácilmente freírse la mano en aceite hirviendo sin darse cuenta o sacarse un ojo porque se les ha metido un mosquito. Análogamente, la capacidad de clasificar algunas memorias como emocionalmente negativas nos ayuda o construir un mapa del mundo en el que sabemos lo que tenemos que evitar y a quiénes tenemos que evitar. Es casi seguro, que esta capacidad es adaptativa y que los portadores del gen defectuoso no dejarían muchos descendientes en las sociedades de cazadores recolectores de las que procedemos.

Feinstein J.S et al. (2011) Current Biology 21:34-38

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Hablar con los muertos

Ser enterrado vivo es, sin ningún género de duda, el más terrorífico extremo que jamás haya caído en suerte a un simple mortal.

Así expresaba Edgar Alan Poe una de sus más terribles pesadillas en su famoso relato “El entierro prematuro”. Al parecer, el miedo a ser enterrado vivo era algo corriente en la época victoriana e incluso se diseñaban ataúdes con “medidas de seguridad” para que el infortunado pudiera pedir auxilio en tal caso.  En nuestros días, este miedo parece haber disminuido mucho o al menos no es un tema que esté particularmente de modoa Y sin embargo, en la actualidad podría existir un situación similar, padecida por miles de personas en todo el mundo, y que es aun más terrorífica. Al fin y al cabo, el enterrado vivo moriría a las pocas horas de asfixia, mientras que en el otro caso puede prolongarse años o incluso décadas.

Imaginemos la situación. Tenemos un accidente de coche y nos “despertamos” en la cama de un hospital. El problema es que no podemos movernos, ni hablar, ni abrir los ojos, ni realizar ningún tipo de acción. Los médicos certifican que estamos en “estado vegetativo” (E.V.) y ahí nos quedamos, ni vivos ni muertos… pero somos conscientes de lo que nos está pasando. Los años van pasando; nos tratan como si estuviéramos muertos. pero estamos ahí, encerrados en nuestro propio cuerpo.

Hasta hace poco, se suponía que los pacientes en estado vegetativo estaban completamente inconscientes. Podía debatirse si tenía o no sentido mantenerlos en este estado, pero nadie dudaba de su incapacidad para pensar o sentir. Sin embargo, según trabajos recientes de varios equipos de neuro-biólogos, la realidad es mucho más aterradora. Algunos pacientes parecen mantener al menos un cierto grado de consciencia y los investigadores han sido capaces de comunicarse con ellos.

Para ello conectaron a un número de pacientes en E.V.a un escáner cerebral, lo que les permitía observar qué áreas particulares se activaban cuando les hacían determinadas preguntas. Para responder “sí” los pacientes debían pensar en “jugar al tenis”;  para responder “no” debían pensar en “estar andando por su casa”. Las áreas cerebrales que se activan en cada caso son muy diferentes y fácilmente distinguibles en el escáner.

Los familiares de los pacientes certificaron luego que las respuestas eran correctas (información que no tenían los médicos durante el experimento). Por ejemplo, uno de ellos fue capaz de contestar que el nombre de su padre era Thomas.

Desgraciadamente, esta técnica es muy cara y difícil de realizar, por lo que no puede constituir un medio de comunicación rutinario. Los científicos están trabajando en desarrollar un método que pueda aplicarse más fácilmente. Es evidente, que las consecuencias de estos experimentos son muy perturbadoras para la práctica clínica.

La “vida” y la “consciencia” no son cuestiones de blanco o negro. Más sobre el tema  aquí

“Willful Modulation of Brain Activity in Disorders of Consciousness.”
Monti, Martin M., Vanhaudenhuyse, Audrey, Coleman, Martin R., Boly, Melanie, Pickard, John D., Tshibanda, Luaba, Owen, Adrian M., Laureys, Steven.
N Engl J Med Published online 3 February 2010.
DOI: 10.1056/NEJMoa0905370

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La explosión de hace 10.000 años

Los tiempos deben estar cambiando, porque hace unos años este libro hubiera desatado un huracán de críticas y, sin embargo, ha pasado relativamente desapercibido (o al menos no se ha montado un cirio demasiado grande) ¿La razón? Sus autores, Cochran y Harpending, abren uno de los “melones” más temidos de la Biología/Psicología, el de las (supuestas) diferencias cognitivas entre grupos étnicos.

Pero empecemos por el principio. La tesis fundamental del libro es que la evolución humana no se ha detenido en los últimos milenios, sino que por el contrario, se ha acelerado con la llegada de la civilización y el progreso. Los autores sostienen que las nuevas condiciones de vida creadas por el desarrollo de la agricultura -primero- y por la creación de los estados  -después- crearon nuevas presiones selectivas en las poblaciones humanas. Esta idea no es, en sí misma, particularmente revolucionaria; lo que es difícil es presentar evidencia experimental sólida que la avale. Sin duda, los autores hacen un esfuerzo por argumentar bien sus tesis aunque, en mi opinión, éstas son de momento hipótesis cuya confirmación empírica queda bastante lejos. Hay que reconocer también que los autores son bastante honrados en ese sentido: dicen claramente cuándo están especulando y cuándo sus afirmaciones están bien sustentadas.

En esencia, Cochran y Harpending lanzan tres (arriesgadas) ideas a la palestra. La primera es que los humanos modernos (cro-magnon) que reemplazaron en Europa a los neanderthales debieron adquirir de éstos algunos alelos mediante un proceso conocido como introgresión. Dichos genes habrían permitido a los cro-magnones adaptarse a las duras condiciones europeas durante la última glaciación. La idea no es disparatada. Por ejemplo, se ha visto que el color del pelaje de los lobos de Alaska y Canadá se debe en cierta medida a un fenómeno de introgresión (más info). Sin embargo, los datos genéticos obtenidos hasta el momento muestran que cro-magnones y neanderthales permanecieron genéticamente separados. Es posible que en el futuro nuevos datos cambien el panorama, pero en este momento esta evidencia es inexistente (véase).

La segunda hipótesis tiene que ver con la aparición de la tolerancia a lactosa en nuestra especie. Este tema ha sido tratado otras veces en este blog (aquí). Los autores van un poco más lejos y afirman que la aparición de esta mutación que permite a los adultos ingerir leche, constituyó una ventaja determinante para los pueblos indoeuropeos hasta el punto de ser la causa de que la migración indo-europea tuviera lugar. De nuevo, es posible que haya sido así pero los datos en los que se basa la hipótesis son todavía insuficientes.

Por último, nos vamos a la hipótesis más controvertida de todas: según los autores, los judíos ashkenazi se vieron obligados a dedicarse a profesiones relacionadas con la banca y las finanzas de forma casi exclusiva durante la Edad Media; debido a esta presión selectiva, los ashkenazi serían más inteligentes que otros grupos étnicos. Los autores emplean el número de premios Nobel conseguidos por individuos con esta ascendencia en el último siglo.

Este tipo de controversias siempre suponen una especie de raya en la arena: hay que estar en contra o a favor. Así que voy a definirme: me niego a aceptar rayas en la arena. Por un lado, creo que los argumentos empleados por los autores son insuficientes (aunque presentan su caso de forma convincente). Sería necesario encontrar alelos claramente ligados a la inteligencia (entendida como IQ, lo que tiene una evidente limitación) y luego demostrar que en determinados grupos étnicos dichos alelos son más frecuentes que en otros. A día de hoy, los datos no son conclusivos ni mucho menos.

Por otra parte, me parece posible que una hipótesis de este tipo llegue a estar fuertemente apoyada por los datos algún (¿acaso no hay poblaciones genéticamente más altas que otras?). Cuando eso ocurra, estoy dispuesto a dejarme convencer, porque creo que la ciencia es mucho más importante y menos dañina a largo plazo que la corrección política (más sobre esto).

Pero ese día no ha llegado.

PS. Sobre la evolución de la especie humana en la actualidad hablaremos otro día

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¡Al fin libres!

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Me parece evidente que los humanos tomamos decisiones a diario y, de vez en cuando, tomamos decisiones realmente importantes para nuestra vida (y esas decisiones son, al menos en parte, conscientes) ¿Debería comprar un piso ahora? ¿Me cambio de trabajo? Con frecuencia este proceso es bastante penoso y torturado. Simulamos una y otra vez las posibles consecuencias de cada posible modo de acción. Sin duda, nuestro pasado, nuestro carácter, y la opinión de personas cercanas constituyen condicionantes fuertes, pero también es evidente que decidimos y ¡ay de aquel que no tome decisiones!

Curiosamente, los filósofos nos han dado la vara con el “problema del libre albedrío” durante siglos ¿existe?¿no existe?¿somos libres? Lo del libre albedrío puedo entenderlo en un contexto cristiano. Si Dios nos ha creado y es infinitamente sabio, Él sabe que (algunos) vamos a pecar y a condenarnos; dado que es  moralmente discutible crear criaturas para que vayan directamente al infierno ¿cómo puede ser Él al mismo tiempo infinitamente bondadoso? Entiendo que Tomás de Aquino se comiera el tarro ante una contradicción así. Los no-creyentes no tenemos ese problema.

Pero en los últimos 30 años han surgido unos extraños defensores del determinismo, que no son filósofos cristianos sino ¡neurobiólogos ateos! La cosa tiene su origen en un experimento realizado por Benjamin  Libet en 1983. El experimento transcurrió más o menos así: a un sujeto experimental (típicamente (¡ay!) un estudiante universitario) lo sentaron en una silla con el cráneo repleto de electrodos y le dijeron que moviera el dedo en el momento que él quisiera. El punto clave es que unas décimas antes de que el movimiento se produjera, los aparatos detectaban una señal. Puesto que la señal precedía a la decisión, Libet y sus colaboradores concluyeron que la propia decisión de mover el dedo no podía tomarla la consciencia, sino alguna parte del inconsciente.

Sin duda, el experimento es interesante ya que sabemos muy poco del proceso neurológico subyacente a la toma de decisiones. Pero lo que ha generado mucha controversia, y con razón, es su conclusión: la libertad no existe. Para empezar, no hay ninguna evidencia de que la señal que  precedía al movimiento (denominada RP) representara la decisión propiamente dicha. Podría ser una simple pre-alerta; para que mi cerebro tome una decisión tiene que “encenderse” alguna parte del mismo y al “encenderse” emite una señal, que es la que captaba Libet y colaboradores.

Sin embargo, disponemos ahora de nueva evidencia experimental que parece contradecir la interpretación de Libet. Jeff Miller y Judy Trevena, de la Universidad de Otago (Dunedin, Nueva Zelanda) decidieron repetir el experimento, pero añadiendo un pequeño matiz. Colocaron los electrodos en el cráneo del sujeto de experimentación y le pidieron que moviera un dedo; pero esta vez le dijeron que no tomara la decisión hasta oir un pitido. Si la interpretación de Libet era correcta, la señal debería ser mayor cuando se produjera la decisión del movimiento. En cambio, estos investigadores, encontraron que la RP era exactamente igual, independientemente de que hubiera movimiento o no. Miller y Trevena interpretan esta RP como una mera señal de que el cerebro está poniendo atención y no como un reflejo del acto mismo de tomar una decisión (Consciousness and Cognition, DOI:10.1016/j concog.2009.08.006).

Naturalmente, no todo el mundo está de acuerdo con esta nueva interpretación.Y hay bastantes más experimentos cuyos datos señalan en una u otra dirección, dependiendo de quién los interprete. Me temo que habrá polémica para rato.

Debo señalar que la cuestión que aquí se comenta no es exactamente una discusión puramente científica, desde el momento en que junta un experimento en neurobiología (Brain, vol 106. p623) con un concepto filosófico (libertad/libre albedrí0), el cual requeriría una definición más precisa para poderlo contrastar experimentalmente. Desde mi punto de vista, el hecho de que un agente (cualquiera de nosotros) sea capaz de anunciar a priori que va a realizar una acción (mover un dedo) y sea posible comprobar a posteriori que la acción se realiza (efectivamente, he movido el dedo), debería ser suficiente para garantizar el libre albedrío. Para mí esta es, de hecho, una buena definición de “libertad”.

Mi certeza de que podemos decidir algunas cosas (aunque la mayoría sean triviales) no quita que estudiar el fenómeno neurológico de toma de decisiones sea enormemente interesante. No sería raro que dicho proceso fuera en parte inconsciente; cuando uno toma una decisión no tiene ni idea de lo que ocurre dentro de su cabeza, pero de ahí no se deduce que la libertad no exista.Y para demostrarlo, me voy  a tomar ahora mismo un helado de chocolate (que no de vainilla) porque me da la gana.

Más info

PS Agradezco al profesor Francisco Rubia y a Alvaro Cortina y demás miembros de la tertulia Unamuno-Prim por las interesantes discusiones generadas sobre este tema los dos últimos martes

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Genes y Memes

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Aunque pueda parecer lo contrario, una de las motivaciones principales de este blog es refutar la dicotomía Naturaleza vs Crianza. En el momento en el que nos tragamos este cuento y empezamos a argumentar a favor o en contra de alguna de las dos posturas la hemos fastidiado irremediablemente. Es cierto que me han acusado de biologicista algunas veces y ninguna de ambientalista; pero también es cierto que nadie entre los primeros niega la influencia de la educación y bastantes entre los segundos niegan la influencia genética (afortunadamente, cada vez son menos).

Pero el objetivo no es llegar a un conciliador “empate y todos contentos”, sino identificar los genes implicados, los mecanismos bioquímicos y neurológicos que están detrás de esos genes y (más importante) qué cosas pueden cambiarse y cuáles son las estrategias óptimas de aprendizaje. El primer paso consiste en abandonar para siempre el maniqueísmo genes/educación. Los siguientes pasos requieren ir a los detalles…

La imagen adjunta es un mapa de la “calidad del cableado” de un cerebro, esto es, una medida de la cantidad de conexiones en distintas partes del mismo (1, lóbulo parietal; 2, cuerpos callosos, 3, lóbulo frontal; 4, lóbulo temporal; y 5, corteza visual) empleando una técnica denominada HARDI. Se trata de una variante de la Resonancia Magnética, capaz de mostrar la cantidad de agua que difunde a través de la materia blanca; esta medida está relacionada con la integridad de las vainas de mielina y esto a su vez con la rapidez del impulso nervioso. La imagen puede considerarse, pues, como un mapa de la velocidad mental.

Cuando Paul Thomson y sus colegas de la Universidad de California aplicaron esta técnica a un conjunto de gemelos idénticos y no-idénticos pudieron comprobar que esta característica tenía un importante componente genético (el trabajo aquí).


Estos investigadores estimaron la importancia del componente genético en el 85,100,65,45 y 76% respectivamente para las áreas 1-5. Por otro lado, la integridad de la mielina en esas áreas está correlacionada con las puntuaciones en los test de inteligencia.

Pero el que esta característica se herede genéticamente no significa que no pueda cambiarse; de hecho, los científicos creen que la integridad de la mielina es una diana susceptible de manipulación, al contrario que otras, como la cantidad de materia gris. El identificar los genes responsables y estudiarlos a nivel bioquímico tal vez permita desarrollar nuevas terapias frente a enfermedades como el autismo o la esclerosis múltiple, o simplemente, mejorar la capacidad cognitiva de las personas (podemos preguntarnos si esto último es o no deseable). En todo caso, todavía estamos bastante lejos de cualquier aplicación práctica de este tipo.

En otro trabajo parecido, publicado esta semana en Science, un grupo de la Universidad de Aachen (Alemania) empleó la resonancia magnética funcional (fMRI) para estudiar cómo diferentes individuos emplean distintas estrategias mentales cuando son confrontados con tareas complejas. De nuevo, al estudiar gemelos idénticos y fraternos observaron que la tendencia a emplear una estrategia determinada tenía una heredabilidad el 60-90%.


En el otro lado de la (falsa) polémica, tenemos este artículo publicado en el Journal of Neuroscience.


Para este trabajo se seleccionó (aleatoriamente) a un grupo de 15 colegiales de 6 años de edad y se los “sometió” a un entrenamiento musical moderado (consistente en lecciones semanales de teclado). Al cabo de tan sólo 15 meses, los investigadores comprobaron mediante escáner que se habían producido cambios estructurales en el cerebro de los chicos musicalmente entrenados, y no en el grupo de control. Adicionalmente, este entrenamiento estaba correlacionado con mejoras cognitivas en tareas relacionadas (capacidad de recocer melodías y coordinación manual) pero no en actividades no relacionadas, como la aritmética.

No todo el mundo puede ser un Mozart, pero incluso los genios tienen que practicar.

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Serotonina y conducta gregaria

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Aunque las cosas no suelen ser “blanco o negro”, podemos clasificar a los animales en solitarios y sociales sin equivocarnos mucho. Existen pocas dudas de que en ambos tipos de conducta los genes juegan un papel importante, aunque en la mayoría de los casos no sepamos cuáles son esos genes ni cuál es el mecanismo de acción. Las grajillas siempre van juntas, los petirrojos nunca. La hipótesis más plausible para explicar este tipo de diferencias pasa por genes y neurotransmisores. Esta semana me he encontrado con un artículo relacionado con este tema en una especie poco habitual en este blog: la langosta del desierto(Schistocerca gregaria).

Se trata de un animal realmente curioso. Durante la mayor del tiempo es un bicho grisáceo, que vive una existencia gris y solitaria en regiones desérticas, volando fundamentalmente de noche y evitando a sus congéneres. Sin embargo, cuando una temporada excepcionalmente lluviosa hace aumentar la población de langostas, su conducta cambia de repente y entra en fase gregaria. Los insectos adquieren una tonalidad amarilla brillante y van en grupos que pueden llegar a los mil millones de individuos. Estas nubes de langosta pueden migrar miles de kilómetros y devastar regiones enteras. Quien ha visto una no lo olvida.

Se sabe que este cambio de conducta es muy complejo y que hay unos 500 genes implicados. Lo que han descubierto Michael Ainstey y sus colaboradores es que el cambio en la concentración de un neurotransmisor basta para transformar un solitario saltamontes en una plaga de proporciones bíblicas. Y ese neurotransmisor es…¡la serotonina! Una vieja conocida nuestra (véase, por ejemplo, Serotonina y control de las emociones y Cuanto más dinero más sexo.)

El proceso puede resumirse más o menos así: durante la fase solitaria, las langostas escasean y se evitan mutuamente. En condiciones climáticas favorables, la densidad aumenta y los estímulos resultantes (visuales, olfativos, mecánicos) inducen la liberación de serotonina en los ganglios torácicos; presumiblemente, esta molécula promueve la conducta gregaria modulando selectivamente determinados circuitos neuronales. Seguramente, las langostas adquieren otros mensajeros químicos a partir de las nuevas condiciones sociales, incluyendo los que provocan el llamativo cambio de color. Finalmente, nuevas condiciones ambientales, como la falta de comida, promueven la migración en masa.

Lo que más me impresiona es que la misma molécula que regula el comportamiento gregario en este insecto sea también una de las piezas clave en la modulación de la conducta social de animales superiores, incluidos nosotros. Esto nos dice que las bases químicas y neurológicas de la conducta son enormemente antiguas y que los mismos elementos han sido “reclutados” por el proceso evolutivo para resolver problemas distintos pero relacionados, como la conducta social de las langostas y la nuestra. La idea no es nueva, pero impresiona.

Serotonin Mediates Behavioral Gregarization Underlying Swarm Formation in Desert Locusts

Michael L. Anstey, Stephen M. Rogers, Swidbert R. Ott, Malcolm Burrows, and Stephen J. Simpson (30 January 2009)
Science 323 (5914), 627.
[DOI: 10.1126/science.1165939]

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Efectos similares de la cocaína en abejas y humanos

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La Biología Evolutiva suele entrar en conflicto con un punto de vista muy arraigado de entender a los seres vivos, denominado esencialismo. Esta idea, cuyo origen se encuentra en Aristóteles y Platón, consideraba que los seres vivos poseen algunas características esenciales que no pueden ser cambiadas. Veamos un ejemplo. Si pintamos a una cebra de color gris se puede parecer a un burro; sin embargo, no se convierte en burro, ya que ‘por dentro’ es una cebra, de la misma manera que no podemos convertir un pedazo de cobre en oro, simplemente bañándolo en oro. El problema de esta doctrina filosófica es su falta de definición ¿cuáles son las características esenciales que hacen que una cebra sea una cebra? Ni Aristóteles ni Platón podían contestar a esta pregunta

Actualmente sustituimos este punto de vista por otro de tipo poblacional. Lo que en realidad existe son poblaciones de cebras, las cuales poseen características que nos permiten distinguirlas de otras especies, como los burros. Pero al mismo tiempo, las cebras individuales también tienen ciertas características que nos permiten distinguirlas entre ellas. Donde Platón y Aristóteles veían categorías disjuntas y bien delimitadas la Biología actual ve variaciones graduales. Si pudiéramos retroceder en el tiempo, estas diferencias se harían más y más borrosas hasta desaparecer.

Si comparamos a los insectos con los humanos, las diferencias morfológicas y cognitivas son más que evidentes. Sin embargo, una de las sorpresas que nos ha deparado la Biología en los últimos años ha sido comprobar que también tenemos muchos elementos comunes. La mosca del vinagre (Drosophila melanogaster) y nosotros tenemos aproximadamente un 60% de los genes en común (no son idénticos, pero están claramente relacionados con los nuestros). Muchos genes “maestros” que controlan diferenciación de las células en el desarrollo del embrión están conservados y tienen funciones “equivalentes” en insectos y mamíferos. Las principales rutas bioquímicas son, asimismo, idénticas y, por supuesto, compartimos el mismo código genético. Todas estas semejanzas son fácilmente explicables admitiendo que los insectos y los humanos tuvimos un antecesor común (hará unos 500 millones de años) y son muy difíciles de explicar de otro modo (aparte del consabido deus ex machina).

A pesar de todo esto, reconozco que me ha dejado impresionado el artículo publicado en el Journal of Experimental Biology, según el cual las abejas bajo la influencia de la cocaína tienen cambios en la conducta increíblemente parecidos a los que se observan en humanos cuando consumen esta droga.

En este trabajo, los científicos de la Universidad de Macquarie en Sydney (Australia) se dedicaron a aplicar pequeñas cantidades de cocaína en la espalda de las abejas mientras se encontraban recolectando néctar. Normalmente, estos animales ejecutan una especie de “danza” que informa a sus congéneres sobre la calidad y ubicación del alimento. Observaron que las abejas colocadas se mostraban mucho más comunicativas: sus danzas eran mucho más frecuentes e intensas que las de las abejas en estado normal.

Cuando los científicos interrumpieron el suministro de cocaína, las abejas mostraron síntomas de estar pasando el mono. Por ejemplo, comprobaron que los animales podían aprender a distinguir entre dos estímulos olfativos siempre que tuvieran su dosis. Cuando les faltaba la droga, su capacidad de aprender caía en picado.

Naturalmente, la adicción a esta sustancia es mucho más compleja en humanos, pero no deja de sorprendernos las similitudes encontradas. De hecho, los insectos ya están siendo empleados como animales modelo para estudiar los efectos de las drogas, en particular para entender qué genes son activados o desactivados por efecto de estas sustancias y durante el síndrome de abstinencia.

Nuestro sistema nervioso es muy distinto del de las abejas pero estos resultados nos hablan de un origen común y de importantes similitudes en su funcionamiento básico.

“Los invertebrados como modelos para estudiar la adicción a drogas”

“Las abejas sucumben a la tentación de la cocaína”

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