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Ciento nueve premios Nobel contra Greenpeace

Ciento nueve premios Nobel se reunieron el otro día y escribieron un manifiesto durísimo contra la organización ecologista Greenpeace (cualquiera puede sumarse aquí). Estamos de acuerdo con muchas de vuestras reivindicaciones -vienen a decir los laureados- en particular con la importancia de atajar el cambio climático, pero en el tema de los transgénicos os habéis pasado  unos cuantos pueblos. Y el problema no es sólo que os paséis la evidencia científica por ahí abajo, sino que la irracional campaña anti-transgénicos se ha convertido en un obstáculo para la lucha contra la malnutrición: si dejarais que se cultivara arroz dorado (rico en pro-vitamina A) habría muchos menos niños ciegos… ergo sois culpables de crímenes contra la Humanidad. Greenpeace ya ha respondido de forma bastante virulenta, por boca de su portavoz Wilhelmina Pelegrina. La mantenemos y no la enmendamos. Los ecologistas tenemos razón y los laureados no sabéis de qué están hablando. Los transgénicos son malos. Fin de la cita.

Vayamos al grano. Los científicos tienen razón. Las plantas transgénicas son tan seguras como las convencionales; posiblemente más, porque han pasado unos controles super-estrictos y super-costosos. Después de 25 años y millones de hectáreas cultivadas nadie ha podido demostrar que los transgénicos causen el menor daño a las personas o al medio ambiente. La tecnología del DNA recombinante nunca ha perjudicado a nadie. Bueno, a Bill Clinton sí, pero eso es otra historia. El tema ha sido estudiado hasta la saciedad y empieza a aburrir. Los transgénicos son seguros. Fin de la cita.

Hace unas semanas contactó conmigo un periodista que estaba escribiendo un artículo sobre este tema (el artículo aquí). Pregunta: si los transgénicos son seguros por qué tienen tanto rechazo. Respuesta: no tengo ni idea. Eso se lo tienes que preguntar a los científicos sociales y la pregunta es “si los transgénicos son demostrablemente seguros, por qué lo anti-transgénicos han ganado la batalla mediática”. La gente cree en cosas muy raras. Algunos, incluso creen en Dios. O sea, que el proceso de formar opiniones no parece ser estrictamente racional. La emotividad cuenta. Si nos presentan una buena historia con un Malo de película (Monsanto) que conspira para hacerse con el control de la Humanidad a través de la Agricultura y que es muy, muy poderoso. Esa historia es irresistible. Yo no estoy diciendo que el comportamiento de Monsanto sea modélico. Las compañías grandes tienden a hacer de las suyas si les dejan, ya sea Monsanto o Google o Microsoft. Pero eso no tiene nada que ver con los transgénicos. No vamos a estar en contra de los ordenadores porque Microsoft abuse de su posición.

Y, sí, el mundo es injusto. Hay muchas personas que nacen en una situación de pobreza y están jodidas. Y habría que ayudarlas, pero de verdad, no en plan retórico. Seguramente Monsanto tiene una posición de cuasi-monopolio que habría que revisar. Pero de esto no se sigue que la Biotecnología sea mala. Todo lo contrario, la Biotecnología es buena, y segura y la necesitamos, además de otras muchas cosas. Para luchar contra la pobreza necesitamos que no haya guerras, que los gobiernos no sean corruptos y administren sabiamente el dinero, que las instituciones del ramo (FMI, Banco Mundial, FAO, ONU, etc…) hagan bien su trabajo, que las compañías mineras no interfieran con los gobiernos en países en desarrollo (diamantes, coltán…), que los aranceles agrícolas no machaquen a los países pobres, que las armas no se vendan descontroladamente, que las grandes potencias no apoyen a gobiernos infames por intereses estratégicos… y también que los científicos desarrollen nuevas variedades de plantas más productivas, más resistentes a enfermedades y con mejores características nutritivas. La Biotecnología podría contribuir a esto último (si la dejan), aunque por supuesto no es LA SOLUCION. Pero es que cuando un problema es complejo no hay nada que sea LA SOLUCION. Como mucho, hay cosas que pueden contribuir a LA SOLUCION. Y la Biotecnología es una de ellas. Si la dejan.

Como el arroz dorado. Un arroz transgénico que contiene cantidades muy considerables de beta-caroteno, por eso tiene un color dorado. Su consumo podría mejorar la situación de muchas personas, porque la deficiencia en esta sustancia es frecuente y produce ceguera. Greenpeace se ha opuesto con uñas y dientes porque no es LA SOLUCION, dicen, la SOLUCION es que todo el mundo tenga una dieta rica y variada y no que tengan que consumir un cultivo transgénico. Pero mientras esta solución ideal no llega, lo siento, tendréis que quedaros ciegos o ver cómo vuestros hijos se quedan ciegos.  Greenpeace va un paso más allá y dice que no se ha demostrado que el beta-caroteno del arroz dorado se convierta en vitamina A en el organismo del consumidor. Lo que pasa es que el beta-caroteno de cualquier fuente (p.e. las zanahorias) se convierte en vitamina en el organismo de cualquier humano que lo consuma. Es como si obligaran a demostrar que el Viagra funciona en Bhutan. La Madre que los parió.

Lo que tendrían que hacer los de Greenpeace está clarísimo. Reconocer que se han equivocado, que la evidencia sobre la seguridad de los transgénicos es apabullante y que la Biotecnología debería aplicarse cuanto antes a conseguir nuevas variedades que CONTRIBUYAN a mejorar la vida de las personas ¿Es tan difícil rectificar? Y dicho esto, seguir presionando para que se afronten los verdaderos problemas medioambientales, que son muchos y muy serios. Y seguramente los 109 laureados (y la inmensa mayoría de la comunidad científica) estarán codo con codo en esa lucha.

Pero lo que ocurre de momento es todo lo contrario. Los activistas se han convertido en políticos profesionales. Mal asunto.

 

 

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La paradoja del dolor

He aquí la paradoja: el dolor intenso y continuado es seguramente una de las experiencias más horribles por las que se puede pasar y, al mismo tiempo, el dolor es tu amigo porque te avisa de que hay algún proceso en marcha sumamente negativo para tu integridad corporal y para tu supervivencia. Por ejemplo, la señorita C (un personaje frecuente en los libros de texto de Psicología) no podía percibir dolor alguno ¿qué suerte, no? Pues no. La señorita C podía estar charlando tranquilamente en la cocina mientras su mano se freía inadvertidamente en una sartén; la señorita C casi se arranca la lengua de un mordisco sin darse cuenta, y así un largo etcétera. La señorita C murió a los 29 años después de múltiples traumas en la piel y los huesos. Por otro lado, millones de personas sufren jaquecas recurrentes e incapacitantes, que constituyen un problema médico en sí, y no por ser el síntoma de algún otro mal subyacente. En estos casos el síntoma es la enfermedad y el dolor el mal a combatir.
El utilitarismo, que en mi opinión es la filosofía moral más avanzada que tenemos, nos induce a maximizar la felicidad y a minimizar el dolor, afirmando implícitamente que el dolor es malo o por lo menos, aquello que produce dolor debe ser evitado. Algunos filósofos utilitaristas, Peter Singer a la cabeza, afirman que la consideración de minimizar el dolor no debe limitarse a los humanos sino a todos los seres “sentientes”. No es la capacidad de hablar, ni la de razonar lo que hace a un ser vivo digno de consideración moral, sino su capacidad de sufrir. El dolor no es menos desagradable y traumático por el hecho de que quien lo sufra tenga una limitada capacidad cognitiva. Independientemente de que estemos de acuerdo o no con esta perspectiva “animalista”, esta cuestión nos lleva a una pregunta interesante: cómo podemos estar seguros de si otro ser vivo puede sentir dolor, sobre todo si se trata de un miembro de otra especie y no puede decírnoslo alto y claro. En este punto el filósofo moral tiene que pedir ayuda al biólogo.
El biólogo nos dice que el primer requisito consiste en tener un sistema nervioso. Los humanos tenemos varios tipos de sensores en la piel y en los órganos internos (corpúsculos de Pacini, discos de Merkel, terminaciones de Ruffini…) que pueden detectar presiones, temperaturas y otras circunstancias potencialmente peligrosas. No tiene sentido hablar de dolor en bacterias, hongos, plantas y otros eucariotas considerados “inferiores”. Las plantas no sufren dolor a pesar de que algunas personas afirman todo tipo de cosas raras al respecto; eso sí, las plantas perciben muchas cosas (luz, temperatura, gravedad, presencia de patógenos e insectos, agua y nutrientes en el suelo, días más cortos o más largos…) pero eso es otro cantar. Por otro lado, existen pocas dudas de que mamíferos y aves son perfectamente capaces de sentir dolor de forma similar a la nuestra (por supuesto es imposible comprender plenamente la experiencia subjetiva de otro ser vivo, sea éste un murciélago o un filósofo ). Algunos partidarios de las corridas de toros han argumentado que estos animales no sufren dolor durante la lidia. El argumento es sumamente endeble y ha sido refutado para el caso específico de los toros durante la corrida. Si los mamíferos pueden sufrir y las plantas no ¿en qué grupo taxonómico comienza esta capacidad? La pregunta es relevante no sólo desde el punto de vista de la zoología sino que además, obviamente, tiene consecuencias éticas.
Un grupo de animales donde tiene sentido que nos hagamos esta pregunta es el de los peces; seres con los que solemos empatizar muy poco y que nos causan escasos remordimientos cuando nos los comemos o los pescamos. En general, los pescadores son considerados (y se consideran ellos mismos) en una categoría muy distinta de las cazadores. Estos últimos matan a seres (relativamente) inteligentes y (a veces) adorables como por ejemplo los ciervos o los zorros. Así que la caza es una actividad mucho más cuestionada que la pesca desde un punto de vista ético. Es imposible que la muerte violenta de un besugo nos afecte de la misma manera que la de una cría de foca. Pero para que nuestra coherencia fuera total tendríamos que estar seguros de que el besugo es un ser menos “sentiente” que la cría de foca. Reconozco que la matanza de besugos no va a generar muchos titulares, al menos de momento, pero ¿qué nos dice el biólogo del potencial sufrimiento del besugo?
Los peces obviamente tienen un sistema nervioso bien desarrollado. También se sabe que poseen abundantes terminaciones nerviosas en la boca, así que es seguro que pueden percibir el anzuelo que se clava. Sin embargo, esto no es suficiente. La percepción del daño no implica necesariamente que haya una experiencia dolorosa. Para esto necesitaríamos algo más: que se produjera una “representación mental” del dolor, lo que corresponde aproximadamente con el sentido habitual del término “sufrimiento”. Esto es particularmente relevante para la práctica de la pesca sin muerte. Los pescadores de esta modalidad dicen que esta actividad es “impecable” desde el punto de vista ético y medioambiental. Cómo no, algunos animalistas aducen que se produce un daño innecesario a los peces. Nos vemos obligados a reformular la pregunta: ¿sufren las truchas al ser pescadas y devueltas al río?
Victoria Braithewaite, una profesora de la Universidad de Pennsylvania afirma que así es (http://www.psu.edu/dept/braithwaite/victoria.html) después de largos años investigando este asunto. Durante años los científicos creían que los peces no pueden sufrir porque carecen de amígdala, la estructura cerebral que en mamíferos almacena información relevante sobre experiencias notablemente malas o buenas y que es indispensable para aportar un contenido emocional a la percepción de estímulos. Pero hace unos años los zoólogos descubrieron una estructura equivalente en los peces, lo cual cambia por completo la cuestión. El equipo de Braithewaite comenzó inyectando una pequeña cantidad de ácido en el labio de los peces y puso en evidencia una conducta típica de animales que sufren: se frotaban el labio insistentemente y no mostraban interés por la comida (frente a individuos de control que no mostraban esta conducta). Seguidamente los investigadores diseñaron un test que permitiera poner en evidencia si los peces tratados por ácido estaban o no en un “estado mental perturbado” que pudiéramos catalogar como “doliente”. Para ello entrenaban a los peces en una especie de laberinto construido en la pecera; en uno de los puntos clave, donde el pez tenía que decidir entre dos posibles caminos, colocaban un estímulo nuevo. La reacción normal en un pez sano consistía en detenerse ante el nuevo objeto y nadar rápidamente hacia el lado correcto, sin perder contacto visual con el objeto. Sin embargo, los individuos que estaban bajo la influencia del dolor ignoraban el peligro potencial de forma significativa. Esta diferencia en lo que puede considerarse una conducta normal sugiere que los peces objetos del experimento experimentan una representación mental del dolor que interfiere con sus capacidades. En definitiva, los peces pueden sufrir.
Aunque estos datos son sugestivos, seguramente no son suficientes para zanjar completamente la cuestión. Para empezar, no es seguro que la inyección con ácido sea equivalente al efecto del anzuelo, aunque es posible que así sea. En otro orden de cosas, es posible aceptar la validez científica de estos resultados y no aceptar la conclusión de que es éticamente incorrecto pescar con caña. Se puede argumentar que el dolor que sufren los peces está justificado por el placer que la pesca reporta a los humanos que la practican. En cualquier caso, es importante que seamos capaces de separar los hechos (que los peces son capaces de sufrir) con los valores (si es no moralmente correcto hacer sufrir a los peces).

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El código de barras de la vida

Aunque no puedo considerarme un biólogo de campo, puedo identificar la mayoría de las plantas comunes, así como la gran mayoría de las aves, siempre que no saquen muy lejos de mi pueblo. Por el contrario, en mis (escasos) viajes a zonas tropicales me he sentido totalmente perdido y abrumado por la ingente biodiversidad que no podía identificar. Al parecer, incluso los expertos que trabajan en zonas tropicales se sienten así; a pesar de acumular un conocimiento ingente, la biodiversidad natural les sigue sobrepasando.

Parece lógico que los biólogos estén buscando una forma rápida y fácil de identificar cualquier ser vivo en este planeta. Y la analogía obvia es el código de barras. Con este aparentemente simple artefacto es posible identificar al instante cualquier objeto de un supermercado ¿No se podría construir algo así para los seres vivos?

El aparatito, un poco al estilo de las películas clásicas de ciencia ficción, no dejaría de tener alguna utilidad práctica. Podríamos visualizarlo como una especie de teléfono móvil con una pequeña entrada por la que se introduce una muestra biológica de cualquier tipo. Segundos después nos responde con el nombre y la información básica del animal, planta o microorganismo correspondiente. Si me pica una garrapata en Estados Unidos, tendré interés en saber si esa especie transmite o no la enfermedad de Lyme. Si encuentro una muda de serpiente en mi casa en Australia, necesitaré saber si es una especie venenosa. Más aun, el inspector de aduanas podría decir si determinada partida contiene una planta invasora o una plaga potencial.

La fabricación de un aparato así no está tan lejos de lo que podría pensarse, gracias a una inciativa denominada BOLD Systems (Barcode Of Life Data) y su mayor adalid es Paul Herbert de la Universidad de Guelph en Canada. La idea básica es escontrar un sólo gen presente en todas las criaturas vivas que posea  la “cantidad adecuada” de variación. Bastaría entonces secuenciar dicho gen y podríamos deducir directamente la especie correspondiente. El gen que ha propuesto Herbert y colaboradores es el de la citocromo c oxidasa (COI) mitocondrial. Este grupo de investigadores ha estudiado esta secuencia en más de 13.000 especies de animales en las bases de datos y han llegado a la conclusión de que la divergencia dentro de la misma especie es menor del 1% mientras que entre especies distintas es mayor de 2%. Esto permite trazar una línea clara entre ambos casos.

El cacharro Identificador Automático Universal de Especies (marca ACME), aunque parezca algo fantástico, no es la parte más difícil del proyecto y al parecer, ya hay algunas compañías trabajando en ello. La parte más difícil está en construir la base de datos, es decir, en obtener de forma sistemática la secuencia COI en, literalmente, millones de muestras biológicas “bien clasificadas”. Se tratade un esfuerzo considerable y la idea no deja de tener sus detractores. Algunos expertos afirman que en la práctica habría muchas situaciones en las que el barcoding daría un resultado incierto. Otros señalan el alto coste que tendría el proyecto.

Lo que sí es cierto es que en campos donde es casi imposible emplear caracteres morfológicos para consturir taxonomías, p.e. hongos o bacterias, una estrategia de tipo barcoding se está imponiendo. Por ejemplo, en los hongos se emplean fundamentalmente dos “genes” ITS (realmente un fragmento intermedio entre genes de RNA) y el de la beta tubulina. En taxonomía bacteriana se suele emplear el RNA ribosómico 16S, (al que tampoco le faltan detractores).

En cualquier caso, creo que una iniciativa de este tipo justifica su coste, por el avance que supondría en la catalogación de la biodiversidad en el planeta, en el que se calcula que habitan 10 millones de especies sólo de animales. Muchas se están extinguiendo antes de que lleguemos a saber de su existencia.

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Biodiversidad en peligro

En los próximos meses, a menos que alguien lo impida, se producirá la mayor pérdida (evitable) de biodiversidad ocurrida en  los últimos 50 años, y esto sucederá – paradójicamente – en el así declarado año de la Biodiversidad.

No se trata de un enclave de la selva amazónica o de la sabana africana. El lugar se encuentra del término municipal de San Petersburgo y contiene una de las colecciones de germoplasma mayores del mundo, incluyendo más de 4000 variedades de “frutas del bosque” (grosella, arándano, fresa).

La pérdida de razas y variedades de animales y plantas domésticos no suele ocupar titulares en los periódicos, pero supone una pérdida grave no sólo por la disminución de la biodiversidad (algo negativo en sí mismo), sino porque estas variedades, seleccionadas a lo largo de los siglos, pueden tener una importancia capital en un futuro próximo, cuando la agricultura tenga que adaptarse a un planeta más cálido.

La estación experimental Pavlosk contiene la colección iniciada por el grandísimo genetista ruso Nikolai Vavilov, considerado el padre de la Mejora Genética Vegetal. Vavilov fue, además un mártir de la causa, ya que murió por defender la Genética, una pseudociencia burguesa durante la dictadura de Stalin.

Desafortunadamente, los terrenos que ocupa la estación van a ser destinados a una operació inmobiliaria de gran envergadura. Lo peor es que la cosa tendría arreglo, en principio. Trasladar la colección no es tarea fácil, pero podría abordarse, aunque hacen  falta medios y voluntad política. Hasta ahora, el tándem Putin/Medvedev ha desoído todos los llamamientos nacionales e internacionales al respecto.

En teoría, trasladar una colección de semillas parece sencillo pero no lo es. Muchas de las variedades tienen que conservarse como plantas adultas, de las que se obtienen estaquillas. En otros casos, las semillas tienen una viabilidad limitada y no admiten congelación. Buena parte de la colección tiene que ser sembrada periódicamente para su mantenimiento. Por otro lado, las regulaciones en sanidad vegetal hacen difícil su traslado rápido a otros países.

Si se produce la muerte anunciada de la colección será un acto de barbarie comparable a la destrucción de los Budas de Afganistán, sólo que más estúpido, dado el enorme valor económico potencial de la misma.

Los buldozers esperan.

Para enviar cartas de protesta al gobierno ruso  aquí

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Movimiento perpetuo

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Uno de los pasatiempos históricos de los físicos ha sido el llamado “móvil perpetuo de primera especie”, esto es, un artilugio que una vez puesto en marcha pudiera seguir funcionando eternamente. Naturalmente, esto viola el Primer Principio de la Termodinámica, una ley que ha sido contrastada experimentalmente miles de veces. La imposibilidad de este artilugio no ha impedido que proliferen diseños encaminados a este fin, la mayor parte en broma, como esta copa de auto-llenado.

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Pues bien, el ingenio que aparece en la foto superior no es un móvil perpetuo,  pero se parece bastante. Se trata de un avión que funciona con energía solar obtenida en las placas que lleva en sus alas. Dado que si subimos a suficiente altura siempre hace sol, este avión podría volar indefinidamente sin tener que bajar a repostar.

Por supuesto, hay alguna limitación adicional. Por ejemplo ¿qué pasa cuando se hace de noche? En principio, puede almacenar suficiente energía de día para seguir volando hasta el día siguiente, aunque si las condiciones meteorológicas se ponen difíciles durante la noche podría quedarse sin batería.

La siguiente limitación es el factor humano. El único piloto que puede viajar en la cabina tiene que dormir de vez en cuando y -cabe suponer- acabará hartándose de volar y decidirá aterrizar en alguna parte.

Por último, el avión ha sido probado sólo en simulaciones de ordenador, de manera que todavía no se conocen sus verdaderas limitaciones.

Con todo, hay que reconocer que la idea es muy atractiva y que implica llevar la tecnología al extremo. Increíblemente, el motor eléctrico que emplea tiene una potencia similar al de una motocicleta y aun así es capaz de despegar por sí mismo y volar a la modesta velocidad de 70 Km/h, sin gastar energía no-renovable ni añadir un gramo de CO2 a la atmósfera. En contraste, un avión comercial normal carga 80 Tm de fuel, cada una de las cuales supone 3.2 Tm de CO2.

El primer vuelo está previsto para finales del 2009 y si todo va bien se construirá otro prototipo bi-plaza, con el que los pilotos  Bertrand Piccard Y André Borschberg planean atravesar el Atlántico.

No parece fácil que este invento vaya a tener aplicación en la aviación comercial, al menos de momento.

¿Para cuándo el avión híbrido solar-pedales?

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Chocolate en peligro

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En los últimos tiempos, parece que las catástrofes se ciernen sobre nosotros. El cambio climático expandirá los desiertos e inundará las zonas bajas; la gripe A y luego la gripe aviar causarán millones de muertos; y la crisis económica… ¡Uf! La crisis económica.

En este blog no nos tomamos estas cosas en broma ni tampoco en serio. El objetivo es tratar de evaluar la mejor evidencia científica disponible, con independencia de que los medios de comunicación sean más o menos alarmistas o tengan intereses de algún tipo. Por supuesto, este objetivo es sumamente difícil de cumplir con nuestros pobres medios materiales (esencialmente un ordenador portátil y acceso a algunas revistas científicas). Pero merece la pena intentarlo.

Lo malo es que el tema de hoy se refiere a una amenaza muy real y de consecuencias verdaderamente graves para muchos humanos; se trata  del virus CSSV. Este patógeno puede hacer algo mucho peor que barrernos de la faz de la tierra: puede dejarnos sin chocolate.

El así llamado “cacao swollen shoot virus” infecta los árboles de cacao y está haciendo estragos en los principales países productores. Por ejemplo, en Costa de Marfil, se estima que un tercio de la cosecha se perderá esta año. Y como a perro viejo todo son pulgas, un hongo (Crinipellis perniciosa) está haciendo lo propio en las plantaciones de Brasil.

En el caso de la enfermedad africana, es muy posible que el modo de producción haya contribuído al problema. Originalmente, los árboles de cacao se plantaban junto a otros árboles que proporcionaban algo de sombra, lo que resulta beneficioso para el cultivo. Al parecer, este sistema también proporcionaba protección frente a otras amenazas. En los últimos años, la intensificación del cultivo ha llevado a plantar cacao en “monocultivo” y es muy posible que en las nuevas circuntancias los insectos que transmiten el virus tengan mejor acceso a los árboles del cacao.

Podría decirse que la “avaricia rompe el saco”, pero hay que reconocer que que la mayoría de los productores de cacao son agricultores pobres, los cuales reciben típicamente una parte muy pequeña del precio de venta final. De lo que no hay duda es de que tienen un problema.

Algunos laboratorios se han puesto en marcha para estudiarlo. El genoma del virus se ha secuenciado y el genoma del propio cacao están en proceso. Seguramente se encontrarán genes de resistencia y alguna manera de utilizarlos en campo. Entretanto, tal vez sería una buena idea volver a cultivar el cacao junto con “árboles protectores”.

Por último, si es usted adicto al chocolate quizá debería pensar en hacerse con una pequeña reserva para el año próximo.

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Cats

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Hace unas semanas fuí con mi familia de excursión al famoso Torcal de Antequera (Málaga) y  aparte de disfrutar del impresionante paisaje kárstico y de los no menos impresionantes ejemplares de Capra hispanica, presenciamos algo verdaderamente asombroso.

Nos cruzamos con un grupo de escolares que estaban, a la sazón, comiéndose un bocadillo. De repente, un revuelo. Gritos de excitación. El causante era un zorro joven atraído por el olor de la comida y que, de hecho, no se fue sin ganarse un buen bocado. Por lo que yo había leído sobre esta especie, esto es algo bastante raro. Se supone que los zorros son huidizos y es muy difícil mantenerlos en cautividad (entre otras cosas, porque viven en un estado de permanente terror). No obstante, en los años 50s, el científico ruso D. Belyaev inició un proyecto de mejora genética que culminó con la creación de una raza de zorro domesticada (más info aquí), pero el proceso llevó casi 50 años de cruces selectivos. Aparentemente, este mismo proceso está en marcha en el Torcal de Antequera, con la diferencia de que está sucediendo de manera espontánea. Los zorros se domestican solos.

Aquí una foto, para que me crean.

zorro

Pero no era mi intención dedicar este post al zorro, sino a otro caso de animal que al parecer también se domesticó solo: el gato.

Tradicionalmente se pensaba que el gato había sido domesticado en el antiguo Egipto, pero una serie de estudios recientes (basados en evidencia arqueológica y genética) indican que probablemente ocurrió en el Oriente Próximo y en una fecha muy anterior: unos 10.000 años.

Hasta hace poco, el origen de los gatos era un misterio difícil de romper. Lógicamente deriva del gato montés Felis silvetris, pero ¿de qué población exactamente? Como en muchas otras ocasiones, el análisis del DNA mitocondrial nos ha dado una respuesta clara. Cuando se compararon las secuencias de  mitocondrias procedentes de cientos de gatos domésticos y de las cinco subespecies conocidas de gato silvestre, los árboles filogenéticos agruparon a todos los gatos domésticos con F. silvestris lybica; una subespecie que habita en Oriente Próximo y Medio.

Sin embargo, en cuanto a la fecha de domesticación, el reloj molecular no nos permite afinar mucho más allá de unos 10.000 años. En cambio, la arqueología acude ahora en nuestra ayuda. En 2004 se encontró un esqueleto de un  gato de unos ocho meses de edad (en la misma orientación que el esqueleto humano) en un enterramiento de la isla de Chipre de unos 9.500 años de antigüedad. Esto sugiere una relación especial entre ambos.

La verdad es que -a priori- el gato no es buen candidato para la domesticación. En primer lugar (en su estado salvaje) es un cazador solitario y territorial; la mayoría de las especies domesticadas son sociales y típicamente jerárquicas (lo que facilita el proceso, ya que los humanos juegan el papel de individuos alfa). En segundo lugar, es exclusivamente carnívoro, con muy poca capacidad de utilizar alimentos vegetales.

La hipótesis más probable (en línea con lo que también debió ocurrir en el caso del perro) es que los gatos se domesticaran solos. Los excedentes de grano en los primeros asentamientos agrícolas debieron atraer a un gran número de ratones. Y seguramente los ratones atrajeron a los gatos. En cuanto a los humanos, lo más probable es que los tolerasen, ya que poco daño podían hacer, y en cambio comían ratones y serpientes de vez en cuando. Así debió domesticarse el gato.

¿Domesticado? No tan deprisa. La verdad es que no lo están totalmente , ya que suelen sobrevivir y reproducirse sin intervención directa de los humanos. Todo el que haya convivido con uno, sabe que un gato es un espíritu libre.

Cuando las técnicas neolíticas empezaron a expandirse, los gatos domésticos viajaron con ellas. Las autoridades del Antiguo Egipto, que realmente (y literalmente)  los adoraban, prohibieron su exportación; una medida que naturalmente no tuvo éxito. Así, los gatos se expandieron con el imperio romano y a través de las rutas comerciales con China. También se sabe que Colón llevaba algún gato en las carabelas.

A diferencia del perro, el gato no ha pasado por un proceso de selección artificial demasiado exigente. Los perros llevan milenios siendo seleccionados para determinadas funciones (pastor, guardián, cazador). No así los gatos que, como todo el mundo sabe, resulta imposible entrenarlos (no porque no sean inteligentes sino más bien por ser muy reacios a aceptar órdenes). Prueba de ello es la enorme diversidad fenotípica en los perros (compárese un San Bernardo y un chihuahua) que no se produce en los gatos. Si acaso, es posible que hayan sido “seleccionados” para resultar estéticamente agradables a los humanos (¿no son irresistibles de pequeños?). La cría y selección en serio no ha tenido lugar hasta periodos muy recientes.

El inicio de la agricultura supuso una revolución en toda regla, no sólo para los humanos, sino para otras muchas especies, ya que se generaron cambios radicales en los ecosistemas. Eso debió suponer un desastre para algunas y un oportunidad para otras, como nuestros domésticos amigos. Es evidente, que todo esto aceleró la evolución en algunos casos. En las últimas décadas, los cambios en los ecosistemas han sido también tan radicales que muchas especies se han puesto contra las cuerdas (o se han extinguido directamente). En cambio otras (las menos)  se están adaptando, como parece que está haciendo el simpático zorrito del Torcal de Antequera.

The Evolution of House Cats
Genetic and archaeological findings hint that wildcats became house cats earlier–and in a different place–than previously thought
By Carlos A. Driscoll, Juliet Clutton-Brock, Andrew C. Kitchener and Stephen J. O’Brien

Scientific American, June 2009

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El bosque ignorado

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No es que los árboles no les dejasen ver el bosque, es que no vieron ni el bosque ni los árboles. La especie de la foto corresponde a un árbol de hasta 6 metros de alto y que acaba de ser descubierto por los botánicos, que lo han denominado Acacia fumosa.

La descripción de una nueva especie no es en sí mismo algo especialmente raro. Todos los años se descubren una 10.000, de las cuales más de 2.000 suelen ser plantas con flor. Sólo en África se describe una nueva planta (como promedio) cada día ¿Por qué tanto alboroto por la Acacia fumosa? Lo normal es que las nuevas especies sean poco abundantes y su hábitat esté restringido a unos pocos lugares (cuya localización se suele mantener secreta). Sin embargo, este árbol cubre una superficie nada menos que  de unos 8.000 Km cuadrados, equivalente a toda la Comunidad de Madrid.

¿Cómo es posible que a los botánicos se les pasara por alto una cosa así? Hay que decir, en su descargo, que esta especie habita en la región etíope de Ogaden; una zona árida, pobre y poco poblada. Además, la guerrilla independentista (Frente Nacional de Liberación de Ogaden) lleva varios años activa en la zona y viajar por ella se ha convertido en algo bastante peligroso.

Naturalmente, este árbol no era desconocido para los escasos habitantes de Ogadén, pero ni siquiera tiene un nombre vernáculo, ni parece que tenga tampoco ningún aprovechamiento particular. No obstante, siendo el árbol dominante en una zona árida, no cabe duda de que esta especie tiene una enorme importancia ecológica. A falta de otra utilidad para los humanos, sus flores de color rosa deben dar un aspecto imponente al paisaje durante algunas semanas.

Aunque  la descripción de esta especie se hizo en 2008, la noticia ha saltado a los “medios” después de que apareciera un artículo en Science (aquí)

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La rebelión de los objetos

dormitorio

“Son las siete de la mañana. Es horra de levantarrse. Tienes que ir a trabajarr…”

Le tiro la almohada al despertador, pero sigue hablando desde el suelo, con su desagradable voz metálica y su acento alemán.

“¿Acaso carreces por completo de prrincipios morales?”

Acabo dándome por vencido y me dispongo a ducharme.

“Buenos Días, mi señor; No hay nada como el agua caliente para empezar el día”

En cambio, la ducha tiene la buena costumbre de hacerme la pelota. Le pido 10 minutos de sauna, seguidas de agua fría y masaje.

Evito cuidadosamente a la báscula porque sé que me va a echar otra bronca.

Cuando entro en la cocina me recibe una algarabía de sonidos. La cafetera está echando humo en anticipación y el tostador no puede parar de dar chispazos de emoción.

“¡Café calentito!” “¡Tostadas!”

Las dos sillas comienzas su habitual pelea para ver en cuál de las dos me siento.

“¡Me toca a mi!” “¡No, a mí!”

“Creí que ya habíamos zanjado esta cuestión: los días pares a la derecha ¿qué día es hoy?”

“¡Ventiuno!” “¡Ventidós!”

El reloj de la pared indica que estamos a 22 de abril, pero ¡horror! ya son las nueve menos cuarto. Un segundo después aparece la hora correcta -siete y media- junto con otro mensaje: Ja ja ja.

Cuando acabo el desayuno, la nevera me informa que los contramuslos de pollo llevan 3 días y deberían ser cocinados con carácter urgente. Al mismo tiempo, la lavadora y la secadora han empezado un dúo “Colada, colada, no la dejes para mañana… no la dejes para mañana”.

Algunas veces pienso que las cosas  han ido demasiado lejos, pero qué puedo hacer. Les he cogido cariño a mis electrodomésticos.

Material awarenes in everday life. J.Pierce (2009).

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Elogio de la roña

manos_sucios

Reconozco que soy un tipo un tanto guarro para los estándares modernos. Entiéndanme, suelo ducharme todos los días, pero podría pasar sin ello sin demasiado sufrimiento. Tampoco soy excesivamente escrupuloso en cosas tales como beber a morro y compartir la botellas con otros humanos (algo inevitable, por otra parte, si sales al campo). Y creo que para hacer (casi) cualquier cosa uno tiene que mancharse las manos.

Estas costumbres no concuerdan bien con los tiempos que vivimos, donde parece que se ha declarado una guerra sin cuartel a la suciedad de todo tipo. Tenga cuidado, señora, las bacterias acechan en su cocina, en el cuarto de baño, en el jardín, en la calle, en los pomos de las puertas, en la ropa…

Aparentemente, nos hemos creído el mensaje y lo estamos aplicando con inusitada eficacia. El otro día mientras hacía la compra en el súper, encontré un producto (Amukina, se llama) para lavar las verduras y eliminar todo tipo de gérmenes. El producto en cuestión era bastante caro, a pesar de que se trata de una solución diluída  de hipoclorito sódico (lejía), que cualquiera puede preparar en su caso por un precio 100 veces menor.

Pero el problema no es el precio de la amukina, sino la obsesión malsana que tenemos con la limpieza. Créanme, acabar con las bacterias no sólo es imposible sino que intentarlo es contraproducente. La falta de suciedad puede perjudicar su salud y la de los demás. Y esto no lo digo sólo porque sea un guarro, sino porque además existen razones muy sólidas que lo apoyan. Veamos dos.

1) El exceso de limpieza puede provocar enfermedades alérgicas. Las alergias han aumentado mucho en los últimos años y la hipótesis más aceptada para explicar este hecho se basa justamente en que nuestros sistemas inmunológicos no están los suficientemente estimulados (por vivir en un ambiente demasiado limpio) y acaban “sobre-reaccionando” frente a proteínas inofensivas, como las que tiene el polen de gramíneas o los ácaros del polvo.

2) El uso excesivo de  desinfectantes domésticos puede estar contribuyendo a la generación de bacterias resistentes a desinfectantes. Cada año tiramos por la pila toneladas de productos desinfectantes domésticos, particularmente compuestos cuaternarios de amonio. Buena parte de estos productos, aunque muy diluídos, acaba en los suelos agrícolas. Justamente ahí está el problema; las concentraciones bajas proporcionan el ambiente óptimo para favorecer la selección de bacterias resistentes a los mismos, las cuales (lógicamente) se multiplican más rápido que los genotipos sensibles. Una vez generada la resistencia, los genes que la provocan pueden pasar de una especie bacteriana a otra, incluyendo a aquellas con son patógenas de humanos. El salto de los suelos agrícolas a la cadena alimentaria no es demasiado difícil.

Las bacterias no son seres primitivos, como solemos pensar, sino seres altamente evolucionados después de miles de millones de años de pelear  contra condiciones adversas y de competir ferozmente con sus congéneres. Por otra parte, la inmensa mayoría de las bacterias no nos causa ningún daño. Tiene sentido que evitemos el contacto con las bacterias peligrosas, pero tratar de evitar el contacto con todas las bacterias es totalmente insensato.

Gaze WH. 2008. Is pollution driving antibiotic resistance? Planet Earth (quarterly magazine of the Natural Environment Research Council), Winter 2008, p14-15.

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Cambio climático: de mal en peor


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El pasado mes de marzo tuvo lugar el Congreso Mundial sobre Cambio Climático, en el que se reunieron unos 2000 científicos de todo el mundo. El mensaje que nos envían los participantes es muy claro: malas noticias. Los datos muestran sin ningún tipo de ambigüedad que el calentamiento está aquí y que las peores predicciones del IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change) puede que se hayan quedado cortas. En Junio se publicará el libro de resúmenes del Congreso y tendremos más detalles, pero para que vayamos digiriendo la cosa, las malas noticias pueden resumirse así:

1) La predicción hecha en 2006 de un aumento de temperatura de 2C para el 2100 es casi con seguridad errónea. Parece probable que el aumento sea de 4C, tal vez 6.

2) El hielo de los polos (particularmente el Ártico) está fundiéndose más rápido de lo previsto, lo que significa un aumento correspondiente en el nivel medio de los océanos. El verdadero problema es que este proceso de fusión provoca cambios que, a su vez, incrementan la velocidad de fusión. En primer lugar, al desaparecer el hielo la superficie del planeta absorbe mucho más calor (el hielo refleja el 90% de la luz solar). Además, una vez que comienza el deshielo, la entrada de agua por las grietas que se forman contribuye a que la se funda más deprisa.

3) Otro círculo vicioso como el descrito parece estar en marcha en el Ártico. El permafrost, suelo helado permanentemente, está dejando de estarlo; al descongelarse, el suelo libera grandes cantidades de carbono a la atmósfera. Más CO2, más calentamiento, más deshielo del permafrost…

¿Las consecuencias? Olvídense de los osos polares. Con una subida de 4C los problemas van a afectar a todo el planeta. Cientos de millones de personas verán cómo sus hogares peligran por la subida del nivel del mar, el rendimiento de las cosechas puede disminuir un 15-35% y la disponibilidad de agua en el Sur de África y el Mediterráneo puede verse afectada. Según los expertos, un aumento de 5-6 C provocaría una catástrofe mundial, con hambrunas y cientos de millones de desplazados. Nunca hemos experimentado una cosa así.

La pregunta del millón ¿si las cosas están tan claras (negacionistas aparte), por qué no se hace algo? La respuesta es que seguramente no basta con reciclar los tetrabriks y echarle bio-diesel al coche; para llegar a una situación de sostenibilidad tendríamos que cambiar radicalmente nuestro modo de vida, la estructura de las ciudades, la forma de producción y de transporte. Y además tendríamos que hacerlo de forma coordinada todos los habitante del planeta (o al menos la mayoría) ¿Cómo podríamos llegar a un acuerdo con la tremenda desigualdad actual?

Un estadounidense medio produce emisiones de CO2 unas 200 veces mayores que un habitante Chad (las emisiones per capita de los diferentes países pueden consultarse aquí) ¿Quién le va a decir a los africanos, a los chinos, a los hindúes que no pueden industrializarse para proteger el clima? No creo que sea fácil convencerlos (con toda la razón).

Aunque hubiese voluntad política para arreglar las cosas, seguiría siendo bastante difícil. Haría falta una hoja de ruta global que fuera lo suficientemente “justa” para recibir el apoyo de la mayoría de los países y lo suficientemente “radical” para que pudiera funcionar. En mi opinión, esto es bastante improbable.

¿Se acabó la fiesta?

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El incidente Carrington

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En una soleada mañana, a finales del verano de 1859, el astrónomo Richard Carrington se encontraba estudiando unas manchas solares, en su (bien equipado) observatorio privado. En ese momento, según su propio relato, sucedió un hecho sin precedentes: las manchas solares se convirtieron en una inmensa bola de fuego que sobresalía en la superficie del Sol. El astrónomo, consciente de que estaba asistiendo a un suceso realmente notable, corrió a buscar a un testigo. Por desgracia, cuando regresó al observatorio la mancha incandescente casi había desaparecido. Unos minutos después, un torbellino de plasma chocaba contra el campo magnético de la Tierra, lo que provocaría en los días sucesivos auroras boreales, que pudieron observarse en latitudes nunca vistas.

En España, el diario El Clamor Público comentaba este hecho en su edición del 6 de septiembre (puede consultarse online  aquí). Las auroras boreales eran tan intensas que se podía leer un libro de letra pequeña en plena noche. El temporal magnético duró unos cuantos días y cesó tan misteriosamente como había comenzado. En general, los efectos no fueron demasiado adversos excepto en un importante detalle: las líneas de telégrafo quedaron inutilizadas durante varios días.

¿Qué ocurriría si se repitiese este fenómeno hoy día? Según un estudio de la NASA, los efectos serían devastadores ya que, paradójicamente, el mundo que habitamos es muchísimo más sensible a este tipo de perturbaciones magnéticas. Tratemos de imaginarlo.

La cosa empezaría posiblemente un día de primavera o de otoño, digamos, cerca del anochecer. Las luces de las auroras boreales (o australes) nos dejarían maravillados y saldríamos a la calle a contemplarlas. De repente –ping- se va la luz. Improvisamos una cena a la luz de las velas, todavía encandilados con la belleza del meteoro.

A la mañana siguiente, el suministro eléctrico no se ha restablecido. Hay pocas noticias. La tele no funciona y la radio (de pilas) hace unos ruidos extraños. Por inercia nos empeñamos en ir a trabajar, lo que no resulta ser una buena idea: los semáforos están apagados y hay un atasco de narices. De todas maneras, sin luz, ni teléfono ni ordenadores, tampoco hay gran cosa que hacer.

Regresamos a nuestra casa (atasco de nuevo) y la situación empieza a resultar irritante. Los alimentos de la nevera y el congelador están empezando a estropearse. Y seguimos sin noticias. Las auroras boreales siguen ahí, pero ya no nos parecen tan bonitas. Se ven algunas columnas de humo negro en el horizonte; corren de rumores de que varios aviones se estrellaron la noche pasada. Nos las arreglamos para preparar la comida utilizando un aparato de camping-gas.

Al día siguiente, los nervios están a flor de piel. Para colmo de males, tampoco hay agua. Sin electricidad, las estaciones de bombeo no funcionan y cuando se acaban los depósitos locales no pueden rellenarse. No podemos ducharnos, ni lavar la ropa y…¿qué vamos a beber? Decidimos ir al centro de la ciudad a ver si nos enteramos de algo, pero el depósito del coche está casi vacío. Al llegar a la gasolinera nos llevamos otro disgusto: se les ha acabado el combustible y tampoco llegan los camiones cisterna.
¿Qué está pasando?

Para empezar, las partículas procedentes del Sol han inhabilitado temporalmente la radio y el GPS, provocando bastantes accidentes aéreos. Pero este no es –ni por asomo- lo más grave. La variación brusca del campo magnético de la Tierra tiene un curioso efecto: toda la red eléctrica se ha convertido en un gigantesco generador, lo que a su vez ha provocado la fusión del núcleo de los trasformadores. Esta avería es imposible de reparar, hay que cambiar el transformador. Pero aquí viene el verdadero problema: se ha fundido la mayoría de los trasformadores del planeta y sólo hay un pequeño número en reserva. Habrá que construir transformadores nuevos. Y aquí viene el segundo problema: es muy difícil hacer esto si no hay corriente eléctrica en ningún sitio. La luz no va a volver en bastante tiempo.

Cierto, los hospitales y algunos edificios importantes disponen de generadores eléctricos y pueden seguir operando (bajo mínimo) durante unas 72 horas. Pasado este tiempo ¡adiós medicina moderna! Tampoco es posible mantener el suministro de alimentos o medicinas en las grandes ciudades. Las personas dependientes de medicamentos (p.e. insulina) serán los primeros en tener un verdadero problema. Al cabo de tres días una marea individuos asustados y confundidos sale de las ciudades como una mancha de aceite en busca de bebida y comida.

Bien, el relato es clavado a una película de ciencia-ficción, pero ¿hasta qué punto se trata de un peligro real? Según el informe de la NASA, una tormenta magnética comparable al incidente Carrington tendría consecuencias terribles, dado que nos hemos vuelto muy, muy dependientes de algunas tecnologías, como la red eléctrica, la radio o el GPS. Paradójicamente, los efectos serían mucho peores en países desarrollados situados en latitudes altas y comparativamente leves en sitios como Sudán o Nueva Guinea.

Es cierto que no estamos preparados para un hecho así ¿Y cómo íbamos a estarlo? Es muy difícil que los gobiernos o las empresas estén dispuestos a gastar fuertes sumas para prevenir una catástrofe que no ha ocurrido jamás y que probablemente no ocurra en los próximos años. La buena noticia es que algunos estudios sugieren que fenómenos de la magnitud del Carrington suceden una vez cada 500 años, aunque esta estadística es muy poco fiable. Pero no se preocupen. Ni este año, ni el que viene está previsto que haya una gran actividad solar.

El próximo año con actividad solar intensa será el 2012.

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Sembrando la mar

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IOF, Iron Ocean Fertilization. La idea es –en principio- sencilla. Se sabe que la disponibilidad de hierro es uno de los principales factores que limitan el crecimiento del plancton marino. Ergo, si pudiéramos aumentar la concentración de este elemento, el crecimiento resultante de estos microorganismos retiraría CO2 de la atmósfera. El CO2 fijado de esta forma no es devuelto enteramente al ciclo del carbono; una parte (entre el 20 y el 30%) se hunde en el mar a profundidades lo bastante grandes como para que lo pueda ser reutilizado por otros seres vivos. Este CO2 se deposita en el fondo donde queda efectivamente “secuestrado” a efectos de cambio climático. C.q.d.

Como pueden imaginarse, la idea no es tan sencilla y parece que la polémica está servida. Y aunque aun es pronto para decirlo, los contedientes parecen ser científicos, por un lado y ecologistas por otro. Hay que decir que ambos “colectivos” se han mostrado de acuerdo en algunas cuestiones y no en otras (aunque en el caso de los científicos no existe algo parecido a un portavoz oficial). Por ejemplo, la mayoría de los científicos piensa que el cambio climático constituye un problema serio, que las capturas de pesca son generalmente excesivas, y que no es una buena idea utilizar antibióticos en las granjas ganaderas. En cambio, existe un razonable consenso respecto a la no-peligrosidad de las plantas genéticamente modificadas y la relativa seguridad de las centrales nucleares modernas.

Los datos presentados un artículo publicado la semana pasada en Nature, realizado por investigadores de 11 Instituciones diferentes, se basan en un caso de fertilización natural en las islas Crozet (Suráfrica), donde un volcán proporciona hierro a las aguas circundantes en la parte Sur pero no en la Norte. Según los científicos, la diferencia de magnitud en el proceso de secuestro de carbono es lo bastante grande como para pensar que el método podría tener un impacto considerable sobre el nivel mundial de CO2 si se implementara a gran escala.

Los críticos argumentan que existen demasiadas incertidumbres al respecto como para que el riesgo sea aceptable. Para los ecologistas, el principio de precaución exige no continuar en esa dirección, hasta el punto de proponer una moratoria que impida los experimentos de fertilización a pequeña escala, los cuales permitirían obtener información sobre la efectividad y las posibles consecuencias del método. Irónicamente, el volcán de las islas Crozet añade hierro en cantidades muy superiores a las propuestas por los experimentadores, sin que se le pueda achacar ningún perjuicio en el ecosistema antártico.

Personalmente, creo que es demasiado pronto para tomar una postura sobre este asunto, por lo que sería partidario de continuar con la experimentación a pequeña escala. El problema es que “experimentos” como este los estamos haciendo inintencionadamente todos los días a escala mucho mayor. Nunca en la historia del planeta se han utilizado tantos combustibles fósiles, ni ha habido más de 6.000 millones de habitantes, ni tantos aviones por la estratosfera, etc.. Para mí es evidente que vivimos en un mundo no-sostenible, pero el verdadero reto consiste en encontrar formas de salir de esta situación sin volver a la Alta Edad Media.

Nuestro mundo es un autobús cuesta abajo y sin frenos, pero saltar en marcha no en una opción.

El trabajo aquí

Informe de Greenpeace iron_fertilisation_critique

Respuesta al informe de Greenpeace: climos_response_to_greenpeace_oif_may2008_final


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Especie extinguida y resucitada (por unos segundos)

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Se llamaba Celia. En enero de 2000 un árbol se desplomó accidentalmente sobre ella aplastándole el cráneo. La noticia recorrió los telediarios. Con Celia desaparecía el último bucardo del Pirineo (Capra pyrenaica pyrenaica). Todas las personas de buen corazón sacamos el pañuelo y derramamos unas lagrimitas ese día.

Sin embargo, no estaba todo perdido. Científicos del CITA (Centro de Investigación y Tecnología Agraria) de Aragón habían tomado muestras de tejido (de la propia Celia) y las habían conservado congeladas. A partir de estas células, los investigadores pudieron recrear un embrión de bucardo (o algo parecido) empleando una técnica similar a la utilizada en el caso de la famosa Dolly. En esencia, se combina una célula enucleada de cabra doméstica a la cual se le inserta el núcleo de una célula de bucardo. Así obtuvieron unos 1000 embriones, de los cuales 30 fueron implantados en cinco cabras. Un embrión logró llegar a término y nació.

Desgraciadamente, el animal sólo sobrevivió unos pocos segundos, debido a que sus pulmones no estaban bien desarrollados, al parecer, un problema frecuente en los intentos de clonar animales. Con todo, los investigadores del equipo lo consideran un éxito –si bien parcial. Hay esperanzas de que en los próximos intentos logren animales viables.

Probablemente algunas personas estarán en contra de este tipo de iniciativas, por aquello de que la clonación de cualquier ser vivo siempre desata polémicas. A mi personalmente no produce ningún problema, al menos este caso. El bucardo del Pirineo se extinguió por razones absolutamente artificiales: exceso de caza. Las medidas de protección empezaron a tomarse mucho más tarde de lo que era elemental hacer (hacia 1973 cuando la población ya estaba muy mermada). Me parece razonable emplear métodos artificiales para enmendar el entuerto.

Sin embargo, no estoy seguro de que la repoblación con los (posibles) clones de Celia sea la mejor estrategia para recuperarla. En primer lugar, al menos un macho tendrá que venir necesariamente de otra subespecie. En segundo lugar, una población con muy poca variabilidad genética es -en principio- muy susceptible a enfermedades y parásitos. Tal vez una estrategia mixta que emplease individuos de otras subespecies y los animales procedentes de la clonación podría funcionar. Si la clasificación en especies es controvertida en muchos casos, la distinción entre “subespecies” lo es mucho más.

La otra subespecie ibérica (Capra pyrenaica hispanica) está consiguiendo expandirse por el Sistema Central sin demasiada ayuda (basta con no dispararla). En la sierra Guadarrama me topo con estos animales con cierta frecuencia. Seguramente también podría establecerse en las montañas del Pirineo. Después de todo ambas subespecies son (eran) muy cercanas genéticamente. Lo raro es que se suelen emplear nombres diferentes (bucardo/cabra montés).

¿Qué hay en un nombre?

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Árboles abolidos

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Un trabajo publicado en Science nos informa de que los bosques del oeste de Estados Unidos y Canadá están en apuros (el trabajo aquí). Al parecer, la tasa de mortalidad de los árboles ha pasado del 1% al 2% en apenas dos décadas. Una diferencia así puede parecer pequeña, pero piensen en términos financieros; si uno tiene mucho dinero, no es lo mismo que rente un 1% que un 2%. A largo plazo, la diferencia es enorme.

El aumento de mortalidad se correlaciona con el aumento de la temperatura en la zona. Correlación es correlación, ni más ni menos. Es posible que en zonas áridas el problema radique en el estrés hídrico que se produce en verano. En zonas húmedas, otros factores pueden entrar en juego; por ejemplo, si las temperaturas invernales son muy suaves, determinadas plagas o enfermedades de los árboles pueden verse favorecidas. Los científicos reconocen que existen muchos elementos desconocidos en este asunto.

Una vez más, la razón de fondo parece ser el calentamiento global; una vez más, es muy difícil hacer predicciones acerca de las causas concretas y la intensidad del fenómeno.

Me complace ver que en esta ocasión, existe en España una iniciativa similar para vigilar los daños que se producen en nuestros bosques (Red de daños).

Pido la paz y la palabra

“Árboles abolidos,
volveréis a brillar
al sol. Olmos sonoros, altos
álamos, lentas encinas,
olivo
en paz,
árboles de una patria árida y triste,
entrad
a pie desnudo en el arroyo claro,
fuente serena de la libertad”
(Blas de Otero)

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Vegetarianismo y sostenibilidad ambiental

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La mayoría de los vegetarianos evita comer carne por razones éticas. Según ellos no es aceptable quitarle la vida a un animal para alimentarse existiendo otras alternativas. Personalmente, no acabo de compartir este punto de vista (pese a mi admiración por Peter Singer). Los animales domésticos son muy diferentes de sus antecesores salvajes y, en general, no pueden sobrevivir fuera de su asociación con los humanos. Tampoco tendría sentido criarlos como mascotas. Y la extinción no me parece un destino demasiado bueno. Otra cosa es la forma en que éstos sean tratados. En este sentido, creo que los animales importan y que hay muchas cosas que mejorar. No obstante, el hecho de “cambiar” los recursos del animal (incluso su vida) por alimento, cuidado y un trato aceptable me parece un buen “deal”, aunque imagino que puede ser difícil ponerse de acuerdo en definir “trato aceptable”.

Pero no son razones éticas las que me llevan a revisar este tema sino de otro tipo. El hecho es que una retirada “juiciosa” en la producción y consumo de carne podría tener efectos beneficiosos (y de gran magnitud) en el medio ambiente, en el problema del Hambre y en la salud de los humanos. Por el contrario, el mantener las cosas como están acabará incrementando estos problemas. Vayamos a los hechos.

El primer punto de mi razonamiento se basa enteramente en un informe publicado por la FAO, “La larga sombra de la ganadería: cuestiones medioambientales y opciones”. Supongo que la mayoría de ustedes no querrá leerse sus más de 500 páginas, pero no cuesta demasiado echarle un vistazo a las conclusiones. En todo caso, considero a la FAO una institución seria y una fuente de información fiable (aunque lamentablemente no ha conseguido acabar con el Hambre en el mundo).

Las conclusiones del informe son demoledoras. La ganadería extensiva es responsable de un 18% de los gases implicados en el calentamiento global y una de las causas principales de erosión, eutrofización y contaminación microbiológica. Más aun, también es una de las principales amenazas a la bio-diversidad ya que requiere alrededor del 30% de las tierras cultivables para la producción de alimentos para el ganado. La ganadería intensiva no le va a la zaga (aunque su impacto en el calentamiento global es menor), aun así, los productos agrícolas empleados en la producción de piensos (cereales y leguminosas, principalmente) compiten con las calorías y proteínas necesarias para la alimentación humana. No olvidemos que es muchísimo más eficaz el empleo directo de alimentos vegetales que dárselos de comer al ganado. En definitiva, la ganadería es uno de los grandes problemas ambientales y como la población sigue creciendo y la tendencia a consumir productos cárnicos también sigue en aumento, lo más probable es que el problema empeore.

La segunda parte de mi razonamiento se basa en los libros de texto de nutrición (p.e.). En los países ricos el consumo de productos animales es nutricionalmente incorrecto y una de las causas principales de enfermedades no-transmisibles (obesidad, diabetes, enfermedades cardio-vasculares, gota, ciertos tipos de cáncer). Contrariamente a lo que se suele pensar, una dieta vegetariana (si está bien pensada) puede suministrar todos los nutrientes y vitaminas necesarios, sin grasas saturadas ni colesterol. Así mismo, existen fuentes de proteína vegetal que pueden sustituir sin problemas a las de origen animal. No quiero decir con esto que cualquier dieta vegetariana sea beneficiosa y, de hecho el vegetarianismo estricto se enfrenta a algunos problemas (subsanables) como la dificultad de obtener vitamina B12.

Sin embargo, no estoy propugnando una eliminación completa e inmediata de la ganadería. Medidas de este tipo también ocasionarían graves problemas. Para empezar, muchas personas en los países pobres se beneficiarían si tuvieran mayor acceso a algunos productos animales (especialmente, muchos niños tendrían que beber más leche). Además, la ganadería constituye el sustento de un numero altísimo de ganaderos pobres (unos 1000 millones, nada menos) y ciertas formas de ganadería están tan imbricadas en la cultura que su abandono podría tener consecuencias catastróficas.

Por el contrario, un abandono (paulatino y parcial) de los productos cárnicos en países ricos tendría un efecto positivo sobre la salud de la población, sobre el medio ambiente y sobre la demanda de cereales y leguminosas, lo que ayudaría a bajar los precios de los alimentos básicos. Sin duda, también se generarían problemas en el ajuste.

Como muchas otras personas, estoy convencido de que vivimos en un mundo insostenible. La solución es –desde luego- difícil pero pasa por evaluar con cuidado los efectos de nuestro modo de vida y pensar alternativas que tengan sentido.

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Otra vez a vueltas con los transgénicos

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Acabo de volver de un Congreso en Tenerife, donde he tenido una “agarrada” con un investigador del CSIC bastante conocido por su condena sin paliativos a los cultivos transgénicos. Naturalmente respondí y la cosa acabó siendo bastante desagradable, aunque anecdótica. En el mundo de la agricultura orgánica, el discrepar sobre este tema te puede convertir instantáneamente en un “fascista defensor de las multinacionales”, lo que no es el caso. Me defino como vagamente de izquierdas y no estoy en la nómina de nadie (excepto de mi Universidad) ¿Alguna vez se han enfrentado a un auditorio hostil (al menos así lo percibía yo)? Es algo más duro de lo que parece.

La cosa es en realidad bastante sencilla. El hecho de introducir un fragmento de DNA en un planta no es, en principio, ni bueno ni malo. Las consecuencias dependen del gen introducido y eso hay que estudiarlo caso por caso. En el caso de las plantas transgénicas, el registro es muchísimo más riguroso que las variedades convencionales, las cuales también pueden tener uno o muchos genes procedentes de otras variedades o especies.

Estoy de acuerdo, no obstante, que el mercado mundial de semillas está dominado por un pequeño número de grandes empresas y esta situación puede provocar problemas. Estaría 100% de acuerdo en exigir cambios en este sentido y, posiblemente, también en las leyes internacionales que permiten patentar genes. Lo que no entiendo es lo de “disparar” contra esta tecnología. Me parece un error grave por 3 razones:

La primera es que se renuncia a una tecnología necesaria para seguir mejorando las plantas cultivadas más allá de las técnicas convencionales (que están dando muestras de agotamiento). La población mundial todavía va a aumentar bastante en los próximos años y las buenas tierras de cultivos son limitadas (si no queremos cargarnos todo vestigio dse vida silvestre). Por cierto, los precios de los cereales han subido mucho en los últimos 2 años (aunque esta tendencia parece que está cambiando con la crisis), comiéndose los avances de los años anteriores en las lucha contra el hambre.

La segunda es que no estoy seguro de que la oposición frontal a los transgénicos perjudique realmente a las grandes compañías. Los enormes costes y dificultades que conlleva el registro de estas variedades (en buena parte exageradas) impiden a las compañías pequeñas entrar en este mercado. Es posible que los ecologistas le estén regalando la tecnología a Monsanto.

La tercera y principal razón es que la campaña mediática contra los cultivos transgénicos está plagada de mentiras y medias verdades. A pesar de su mala fama, esta tecnología es extraordinariamente segura y los riesgos son en gran medida inventados o exagerados. Ninguna persona ha muerto o su salud se ha visto perjudicada por este motivo. Tampoco se ha podido detectar un daño ecológico real, excepto la tautológica “contaminación por transgénicos”.

Personalmente, no acepto que me mientan o me intenten manipular, ni siquiera por una buena causa.

Dicho esto, me apresuro a añadir que los ecologistas tienen razón en el punto esencial de que los problemas medioambientales tienen una importancia extraordinaria.

Seguimos necesitando un ecologismo basado en la evidencia

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¿Pezqueñines?

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Todo el mundo conoce (al menos en España) la campaña “pezqueñines no, gracias” para concienciar sobre el respeto de las tallas mínimas de las diferentes especies de pescados. No es mi propósito cuestionar esta medida, que supongo tiene sentido desde el punto de vista ecológico, sino comentar un artículo reciente publicado en PNAS (Biro and Post, 2008), según el cual la aplicación de tallas mínimas en la pesca puede tener un efecto perverso sobre la evolución de las especies de peces.

 

La hipótesis que los autores tratan de contrastar es que cuando se produce una selección por tamaño, o sea cuando se descarta a los ejemplares pequeños, no estamos dejando fuera sólo a los individuos jóvenes (pezqueñines propiamente dichos) sino que estamos dando una ventaja selectiva a los individuos de crecimiento lento. Evidentemente, un pez puede ser pequeño porque es joven o porque crece despacio. Más interesante aun, los autores plantean que en estos casos también estaríamos seleccionando indirectamente a individuos de carácter más tímido, ya que “rápido crecimiento” y “carácter atrevido” suelen estar relacionados: para crecer deprisa hay que comer más y eso exige una conducta más decidida (y peligrosa).

 

Para testar la hipótesis, los autores realizaron un experimento en una situación bastante realista. Para ello, lograron de forma artificial una abundante población de truchas en dos lagos pequeños de Canadá. Dicha población estaba formada por dos genotipos bien diferenciados: uno de crecimiento rápido y conducta más atrevida (empleado en piscifactorías) y otro de crecimiento lento y conducta más cauta (de procedencia silvestre). Después sometieron a las poblaciones a una fuerte presión pesquera empleando la técnica del trasmallo. Este arte de pesca consiste en una serie de redes paralelas de diferentes tamaños, en las que los peces se quedan atrapados por las agallas y no pueden salir. Una característica de este tipo de redes es que resulta muy selectiva en cuanto al tamaño: los peces demasiado grandes no pueden entrar y los demasiado pequeños pasan si problemas.

 

Los investigadores hicieron recuentos diarios de las capturas y vieron cómo el genotipo de crecimiento rápido caía atrapado con una frecuencia mucho mayor que el otro. La mala noticia es que estos resultados sugieren que el respeto de las talas mínimas puede no evitar la sobreexplotación de los genotipos de crecimiento rápido.

 

Cabe argumentar, sin embargo, que el experimento sigue realizándose sobre una población artificial compuesta por dos genotipos muy distintos (que además podrían diferir en otros muchos caracteres). Un estudio más cuidadoso (y mucho más difícil) debería hacerse sobre una población “natural” donde los caracteres varían de forma más o menos continua. También debería emplear varios artes de pesca para poder generalizar los resultados.

 

Bienaventurados los peces pequeños y tímidos, porque ellos caerán menos en la red

 

 

 

 

 

Biro, P.A., and Post, J.R. (2008) Rapid depletion of genotypes with fast growth and bold personality traits from harvested fish populations. Proc Natl Acad Sci U S A 105: 2919-2922.

 

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¿A quién beneficia que la inteligencia sea heredable?

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Uno de los argumentos empleados por los ‘ambientalistas’ más fervientes reza más o menos así: incluso si fuera cierto que el CI está condicionado por los genes, esta información no debería hacerse pública ya que podría emplearse para justificar la discriminación; los científicos que han hecho estos trabajos son terriblemente ingenuos al pensar que dicha información no es un bomba en manos de desaprensivos. La cuestión es: ¿a quién beneficia que la inteligencia sea heredable?

Así planteada, la pregunta pone el dedo en la llaga de la cuestión. En principio, lo que los científicos tratan de hacer es ‘averiguar cómo son las cosas’, independientemente de a quién beneficien o perjudiquen. Se supone, por lo tanto, que la información beneficia a todo el mundo y que siempre es mejor saber que no saber. ¿Es eso cierto? ¿Sería mejor no saber algunas cosas? Se trata de un argumento filosófico que tiene profundas implicaciones sociales y morales. Y creo que el argumento tiene un punto de razón y que debería, al menos, ser considerado. Sería posible declarar una moratoria sobre este tipo de estudios, al menos hasta que la Humanidad hubiera evolucionado lo suficiente en un sentido moral. Sin embargo, esto puede plantear problemas peores que los que trata de resolver ¿Qué ‘organismo’ sería el encargado de decretar el ‘embargo intelectual’ de ésta (y posiblemente otras) áreas de conocimiento?

No se trata de Ciencia-Ficción: esto ha llegado a proponerse seriamente. Sin embargo, no puede descartarse que, una vez puesto en marcha, este ‘organismo’ se convirtiera en una especie de Inquisición en un sentido bastante literal, ya que justamente la Inquisición se encargaba de este tipo de cosas. Recordemos el lío en que se metió Galileo Galilei por afirmar que la Tierra se mueve. Los beneficios sociales de ‘no investigar ciertas cosas’ quizá serían mucho menores que los costes de vivir bajo el dominio intelectual de una especie de ‘Gran Hermano’.

La alusión a la famosa novela de George Orwell es oportuna. Todo el mundo sabe que el ‘Gran Hermano’ es un trasunto del dictador Josef Stalin y eso es exactamente lo que hizo Stalin, abolir por decreto la Teoría darwinista de la Evolución y apoyar institucionalmente una versión de la Teoría de Lamarck, parcheada por un oportunista sin escrúpulos llamado Trofim Denisovich Lysenko.

Lysenko era un oscuro profesor de agronomía interesado en mejorar los rendimientos en el cultivo del trigo. En 1927 publicó un (aparentemente) revolucionario sistema para manejar las cosechas, basado en sembrar semillas de trigo que habían sido sometidas a bajas temperaturas. Lysenko llamó a este fenómeno ‘yarovizatsiya’ (vernalización). Nada raro hasta ahora, excepto el hecho de que el descubrimiento lo había realizado otra persona. Sin embargo, Lysenko fue mucho más lejos. Estos someros datos le llevaron a re-interpretar la Teoría de la Evolución y la Genética. Según Lysenko, Darwin y Mendel estaban equivocados: son las condiciones ambientales las que determinan la evolución. Los caracteres que observamos en los seres vivos son producto de su ambiente. Evidentemente, esto ‘tocaba un tecla’ en el régimen Stalinista. La teoría de Darwin fue condenada por ‘burguesa’, incluso la genética desapareció de la Unión Soviética y muchos afamados investigadores desaparecieron en los gulags. Esto causó un daño considerable a la Biología en Rusia, aunque hay que reconocer que esto es una gota de agua en el océano de horrores que fue la dictadura estalinista. Si hay que elegir entre que la ‘información peligrosa’ fluya libremente o que esté bajo el control de un ‘inquisidor’, la respuesta es clara: la información siempre es menos peligrosa que los inquisidores.

Con todo, decretar una moratoria sobre el tema es un solución intelectualmente más honrada que la de negar la posibilidad de que los genes influyan en el CI, en contra de una evidencia experimental bastante considerable a estas alturas. De todas formas, el núcleo de la cuestión es otro. La ética debe basarse en principios, no en hechos empíricos. Que todos los humanos sean merecedores de derechos y de una consideración digna, es una cuestión de principio; no se justifica porque los humanos sean o no, de determinada manera.

Está muy claro que nadie va a beneficiarse por el hecho de ignorar la evidencia y pretender que los genes no tienen ninguna influencia sobre la inteligencia humana. Es mucho mejor aceptar que cada persona es diferente y que posee talentos innatos, aunque cada cual tendrá que trabajar para desarrollarlos. Eso implica también que el talento puede estar desigualmente repartido, igual que la estatura y la belleza. El declarar que los humanos somos iguales no equivale a afirmar que seamos idénticos, sino que deberíamos ser iguales ante la ley. Justamente, el reconocer que los humanos tenemos diferentes capacidades y necesidades es un requisito imprescindible para todo el mundo pueda recibir un trato equivalente. En la práctica, esta línea de pensamiento nos llevaría a aceptarnos como somos y aceptar a los demás aunque no sean absolutamente perfectos. Al fin y al cabo, todos somos hijos de Eva (mitocondrial).

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Las cangrejas vírgenes de Madagascar

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¿Para qué existe el sexo? La pregunta puede parecer obvia pero no lo es en absoluto. Es evidente que todas las especies necesitan alguna manera de reproducirse pero de aquí no se sigue que el sexo sea necesario. A priori, la reproducción asexual tiene ventajas. Para empezar, no es necesario encontrar a un individuo de sexo opuesto y convencerle de que se aparee contigo; para seguir, nuestra descendencia asexual tendría el 100% de nuestros genes y no el 50% actual. Un gen que indujera un modo de reproducción asexual lograría –en principio- más copias de sí mismo en la siguiente generación.

 

La pregunta sigue siendo una de las más debatidas de la Biología y ya ha sido tratada en este blog en anteriores ocasiones (véase: https://pablorpalenzuela.wordpress.com/2007/03/27/sexo-hasta-en-la-sopa-2/). El caso es que a finales de 2007 no tenemos una respuesta enteramente satisfactoria. Hasta hace poco, los biólogos pensaban que de la reproducción sexual se derivan ventajas evolutivas porque incrementa la variabilidad genética y así las poblaciones pueden adaptarse mejor a futuros cambios en su hábitat. En definitiva, la reproducción sexual tendría lugar “por el bien de la especie”.El problema es que las cosas no funcionan así. Para que un carácter sea seleccionado (sobre todo si es un carácter costoso, como en este caso) sus poseedores tienen que tener alguna ventaja aquí y ahora. El razonamiento anterior implicaba que la selección natural debía anticiparse al futuro: seleccionar un carácter costoso e inútil (en este momento) para lograr alguna ventaja en el futuro. Esto es sencillamente imposible.

 

La mejor explicación que tenemos para la existencia del sexo es la denominada hipótesis de la “La Reina de Corazones” (por aquel personaje de Alicia en el País de las Maravillas). Según ésta, la ventaja se deriva del hecho de que la descendencia esté constituida por individuos diferentes (la ventaja radica en el mero hecho de ser diferente). La razón de esto tiene que ver con la frecuencia de enfermedades y la “carrera de armamentos” entre patógenos y hospedadores de la que se hablaba en el post anterior. Podemos aclarar esta cuestión con una imagen; resulta útil pensar en los microorganismos patógenos como en una banda ‘hackers’ empeñados en entrar en el ‘ordenador’ de nuestro organismo. Para ello tienen que conseguir una serie de contraseñas que les faciliten el acceso. Se trata de algo más que una simple metáfora, ya que los patógenos frecuentemente reconocen algunas moléculas concretas de nuestras células para lograr su entrada y supervivencia en las mismas. Por tanto, si todos los individuos fuéramos muy parecidos genéticamente, para los microbios resultaría muy fácil atacarnos: una vez que uno de ellos hubiera conseguido las ‘claves’, éstas serían aplicables al resto de los individuos de la población y caeríamos como chinches. En estas circunstancias, el mero hecho de ser diferente constituye una ventaja esencial. La variabilidad genética que se crea en cada generación obliga a los patógenos a ‘encontrar’ de nuevo las contraseñas para penetrar en el organismo. El hecho de tener un modo de reproducción sexual equivale a ‘cambiar las cerraduras’ en cada generación, lo que hace el trabajo un poco más difícil a los microorganismos patógenos. Esta diferencia no es trivial.

 

Aunque la hipótesis de la Reina de Corazones “suena convincente”, el someterla a contraste experimental es otro cantar. Sin embargo es posible que Julia Jones, de la Universidad de Bangor (Reino Unido), haya encontrado un buen modelo experimental: el cangrejo de río de marmóreo, al que llamaremos familiarmente “la cangreja de Madagascar”. Al igual que su pariente, el cangrejo de río americano, esta especie está provocando una verdadera invasión en diferentes ecosistemas de la isla. Pero, a diferencia de su primo americano, esta especie ha resultado ser asexual. En consecuencia, las cangrejas permanecen vírgenes y se clonan a sí mismas en cada generación.

 

Si la hipótesis de la Reina de Corazones es cierta, este súbito incremento de la población no debería durar mucho. Sin duda, la reproducción asexual es más rentable a corto plazo, pero a la larga, acabará encontrándose con un patógeno letal que se pondrá las botas en una población con escasísima diversidad genética. Uno de los problemas asociados al cangrejo americano es que trasmite una grave enfermedad fúngica a la cual es él mismo resistente. Los expertos predicen que será esta enfermedad la que ponga fin a la expansión de la cangreja de Madagascar. De manera que tenemos una especie de experimento en marcha: la ascensión del sexual cangrejo de río americano, el cual ya está haciendo estragos en los ríos y arrozales de la península ibérica, vs la dispersión de la cangreja virgen de Madagascar, cuyo momento de gloria se presume efímero. De lo contrario, será la propia cabeza de la Reina de Corazones la que peligre.

 

 

 

 

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Ecologismo basado en la evidencia

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A finales de 2001 la prestigiosa editorial Cambridge publicó la traducción al inglés del libro “The eskeptical environmentalist” (1) el cual desató una agria polémica en los medios de comunicación que todavía colea. Su autor, Bjorn Lomborg era entonces un joven Profesor Ayudante del Departamento de Estadística de la Universidad de Aarhus en Dinamarca, y un completo desconocido en círculos científicos relacionados con el medio ambiente. La polémica se debe, claro está, a que en sus 500 páginas y cerca de 3000 referencias bibliográficas, Lomborg cuestiona ferozmente muchos de los argumentos esgrimidos por los ecologistas (y algunos científicos) acerca de la gravedad de la crisis ecológica a nivel planetario. La salud del Planeta no es tan buena como debiera, dice Lomborg, pero no es tan mala como dicen. “El ecologista escéptico” es una especie de bomba en el corazón del ecologismo.
Esencialmente, el libro puede dividirse en tres partes bien definidas. En la primera el autor analiza un buen número de afirmaciones proclamadas por grupos ambientalistas (Greenpeace, Worldwatch Institute) o por científicos bien conocidos (E.O. Wilson, S. Pinn, D. Pimentel), acerca de la inminencia de la crisis ecológica global. El abanico de temas es muy amplio: la extinción de especies, la desaparición de los bosques, los efectos de la contaminación sobre la salud humana, etc. Lomborg denomina la “Letanía” a este conjunto de afirmaciones (un comentario detallado del libro de Lomborg ya se ha publicado en otra parte (2), por lo que no tiene sentido extenderse aquí). No puede negarse que el autor demuestra de forma convincente que muchas de las afirmaciones generalmente aceptadas no están fundamentadas por datos o, peor aun, son el producto del masajeo o la manipulación de los mismos. En la segunda parte, Lomborg sustenta la tesis de que la situación global ha mejorado (sin que ello quiera decir que sea buena). Una cuestión importante aquí es que el autor se centra sobre todo en indicadores del bienestar de la población, tales como la esperanza de vida, el hambre o la educación. Es cierto que en las últimas décadas el bienestar de la población ha aumentado en casi todas las regiones (excepto en Africa sub-sahariana). Por ejemplo, la esperanza de vida ha aumentado en casi todos los países (3), el hambre ha disminuido mucho en términos relativos (% de malnutridos) y algo en términos absolutos (4). Incluso, la pobreza ha disminuido a escala global según algunos estudios (5). De nuevo, los datos le dan razón, aunque es importante señalar que Lomborg se centra sobre el bienestar de los humanos, mientras que el análisis sobre la salud de los ecosistemas es casi inexistente. Lo que Lomborg quiere decir aquí es que los efectos positivos del desarrollo económico sobre el bienestar de la población han sido, hasta ahora, cuantitativamente más importantes que los efectos negativos. En la tercera parte el autor se propone contestar a una pregunta mucho más difícil: ¿es posible que la prosperidad aumente a medio o largo plazo? En definitiva, ¿es nuestra sociedad sostenible? Aquí es donde los argumentos de Lomborg resultan mucho más cuestionables. En primer lugar, simplifica mucho la situación refiriéndose sólo a tres aspectos: calentamiento global, biodiversisad y contaminación química. En segundo lugar, emplea los mismos argumentos que en la parte 2. Viene a decir, que si hemos mejorado hasta ahora probablemente mejoraremos en el futuro. Se trata de un argumento ingenuo; de la misma manera, el cerdo podría pensar que el granjero va alimentarle indefinidamente. La cuestión de la sostenibilidad no puede abordarse sólo desde la óptica de lo que ha ocurrido en los últimos años. Es innegable que el planeta está sufriendo una transformación sin precedentes, por lo que nuestra experiencia previa puede ser engañosa. Un ejemplo: el calentamiento global del planeta se predijo en los años 50 y esta predicción se basaba en el conocimiento del comportamiento de los gases en la atmósfera y no en la evidencia empírica de que la Tierra se estuviera calentando. Dicha evidencia sólo existe desde hace muy poco tiempo.
Las conclusiones del libro de Lomborg han sido violentamente rechazadas por grupos ecologistas y, lógicamente, por muchos de los aludidos. Réplicas y contra-réplicas han llenado las columnas de periódicos y revistas, así como foros y grupos de noticias en internet. Sin embargo, la mayoría de las críticas se basan en el “argumento de autoridad” o en el “argumento de utilización”. El argumento de autoridad se basa en que Lomborg carece de prestigio científico, es un desconocido en este campo (ni siquiera tenía una plaza fija en la universidad) por lo tanto, no se debe dar crédito a lo que dice. La falacia de este razonamiento es evidente y no necesita más comentarios. Según el argumento de utilización, habría que oponerse a estas tesis aunque fueran ciertas, ya que pueden ser utilizadas para inducir al relajamiento en la defensa del medio ambiente. Este argumento es todavía peor que el primero. Lo que nos debiera preocupar de las tesis de Lomborg es precisamente si son o no ciertas, no el hecho de que puedan ser utilizadas interesadamente. Es evidente que en un ambiente de confrontación las partes interesadas utilizarán todos los argumentos que encuentren a su alcance para apoyar sus posturas. Eso es inevitable y en todo caso, lo que debería denunciarse sería precisamente la utilización inapropiada. Por otro lado, la aceptación acrítica de enunciados falsos, aunque sea por una buena causa, constituye un modo de proceder peligroso. Que los gurús del ecologismo mientan para favorecer su propia agenda es del todo inaceptable, de la misma manera que es inaceptable que lo hagan las compañías acerca de los posibles riesgos medioambientales de sus actividades.
El último episodio de este culebrón ha sido el informe del “Comité Nacional de Etica” de Dinamarca acusando a Lomborg de no cumplir con los “estándares de buena práctica científica”, el cual ha vuelto a abrir la polémica y ha sido muy celebrado por algunos medios de comunicación . Sin embargo, dicho informe presenta numerosas lagunas. En primer lugar, no entra a discutir los puntos concretos en los que el autor está cometiendo algún tipo de falsedad, sino que se limita a dar por buenos sin más muchos de los argumentos de los críticos de Lomborg. Para ello emplea repetidas veces el argumento de autoridad. Más aun, el informe no indica en absoluto qué metodología debería emplearse en un estudio de este tipo. Por otra parte, Lomborg emplea únicamente datos publicados en la literatura científica, por lo que es imposible que haya podido falsearlos, y si no se trata de datos falsos ¿qué hace el Comité de Etica juzgando opiniones? No es extraño que muchos científicos de a pie salieran en defensa de Lomborg y hayan calificado el informe como un ejercicio de “caza de brujas”.
¿Queremos decir con esta que la Ciencia y la Tecnología son las únicas herramientas relevantes para afrontar el problema ecológico? En absoluto. La cuestión fundamental sería distinguir entre los hechos que están apoyados por la evidencia empírica y las posibles políticas diseñadas para enmendar los desaguisados ambientales. Una pregunta como, por ejemplo, cuántos recursos económicos deben sacrificarse por conservar el medio ambiente es algo que trasciende el análisis científico y no puede resolverse sin un planteamiento ideológico. Cuánto nos importa la Naturaleza y cuánto estamos dispuestos a pagar por ello es algo que debería decidir la sociedad en conjunto, no sólo los científicos (ni para el caso, los ecologistas). Una vez establecidos los parámetros básicos, la Ciencia y la Tecnología pueden sugerir alternativas sobre cómo emplear los recursos con mejores resultados para el medio ambiente. Ejemplo de buen hacer es el trabajo del IPCC (International Panel for Climate Change), el cual ha desarrollado diversos escenarios que representan alternativas a la forma en que se maneje las emisiones por CO2 (6). Dichos escenarios están bien fundamentados por los mejores modelos disponibles de predicción, pero la valoración de los beneficios y perjuicios de cada escenario no corresponde a este organismo.
En definitiva, lo que ha hecho este autor es poner en el tapete internacional una cuestión importantísima y frecuentemente ignorada: que las políticas destinadas a contrarrestar la degradación del medio ambiente tienen que estar basadas en la mejor evidencia disponible (aunque, como ocurre con frecuencia, no sea fácil sacar conclusiones) y deben estar sometidas a un análisis de coste-beneficio (como cualquier otra medida política). En este sentido, puede afirmarse que “El ecologista escéptico” contribuye positivamente al debate. Aunque personalmente discrepo de muchas de las conclusiones del autor, considero esencial que el punto de partida del debate ambiental sea la mejor evidencia científica disponible y que se exija a todas las partes (ecologistas, políticos, empresarios, ciudadanos en general) un mínimo de rigor y respeto a la verdad (aunque se trate de una verdad necesariamente incompleta y supeditada a ulteriores investigaciones). Resulta lamentable que esta postura sea minoritaria dentro del panorama del ecologismo actual, el cual parece haber sido secuestrado por fundamentalistas. Los ciudadanos preocupados por la sostenibilidad del mundo en que vivimos, y que consideren que conservar la Naturaleza es importante, pero que no estén dispuesto a pasar por una taquilla ideológica ni corear consignas construidas por gurús invisibles, deberían encontrar un cauce para su movilización social. Hace falta un Ecologismo basado en la evidencia.

(1) Bjørn Lomborg “The Skeptical Environmentalist: Measuring the real state of the world” Cambridge University Press 2001. 515 pp.
(2) Rodríguez-Palenzuela, P y García Olmedo, F (2002) “El caso Lomborg” Revista de Libros.65: 54-57.
(3) United Nations Human Development Report 2001. Making new technologies work for human development. diana.moli@undp.org
(4) FAO. “The state of Food Insecurity in the World 2001”. http://www.fao.org
(5) X. Sala-i-Martín. “The world distribution of income (estimated from Individual Country Distributions). First Draft, May 2, 2002. Columbia University/Universidad Pompeu Fab
(6) . Climate Change 2007;http://www.ipcc.ch/

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