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La explosión de hace 10.000 años

Los tiempos deben estar cambiando, porque hace unos años este libro hubiera desatado un huracán de críticas y, sin embargo, ha pasado relativamente desapercibido (o al menos no se ha montado un cirio demasiado grande) ¿La razón? Sus autores, Cochran y Harpending, abren uno de los “melones” más temidos de la Biología/Psicología, el de las (supuestas) diferencias cognitivas entre grupos étnicos.

Pero empecemos por el principio. La tesis fundamental del libro es que la evolución humana no se ha detenido en los últimos milenios, sino que por el contrario, se ha acelerado con la llegada de la civilización y el progreso. Los autores sostienen que las nuevas condiciones de vida creadas por el desarrollo de la agricultura -primero- y por la creación de los estados  -después- crearon nuevas presiones selectivas en las poblaciones humanas. Esta idea no es, en sí misma, particularmente revolucionaria; lo que es difícil es presentar evidencia experimental sólida que la avale. Sin duda, los autores hacen un esfuerzo por argumentar bien sus tesis aunque, en mi opinión, éstas son de momento hipótesis cuya confirmación empírica queda bastante lejos. Hay que reconocer también que los autores son bastante honrados en ese sentido: dicen claramente cuándo están especulando y cuándo sus afirmaciones están bien sustentadas.

En esencia, Cochran y Harpending lanzan tres (arriesgadas) ideas a la palestra. La primera es que los humanos modernos (cro-magnon) que reemplazaron en Europa a los neanderthales debieron adquirir de éstos algunos alelos mediante un proceso conocido como introgresión. Dichos genes habrían permitido a los cro-magnones adaptarse a las duras condiciones europeas durante la última glaciación. La idea no es disparatada. Por ejemplo, se ha visto que el color del pelaje de los lobos de Alaska y Canadá se debe en cierta medida a un fenómeno de introgresión (más info). Sin embargo, los datos genéticos obtenidos hasta el momento muestran que cro-magnones y neanderthales permanecieron genéticamente separados. Es posible que en el futuro nuevos datos cambien el panorama, pero en este momento esta evidencia es inexistente (véase).

La segunda hipótesis tiene que ver con la aparición de la tolerancia a lactosa en nuestra especie. Este tema ha sido tratado otras veces en este blog (aquí). Los autores van un poco más lejos y afirman que la aparición de esta mutación que permite a los adultos ingerir leche, constituyó una ventaja determinante para los pueblos indoeuropeos hasta el punto de ser la causa de que la migración indo-europea tuviera lugar. De nuevo, es posible que haya sido así pero los datos en los que se basa la hipótesis son todavía insuficientes.

Por último, nos vamos a la hipótesis más controvertida de todas: según los autores, los judíos ashkenazi se vieron obligados a dedicarse a profesiones relacionadas con la banca y las finanzas de forma casi exclusiva durante la Edad Media; debido a esta presión selectiva, los ashkenazi serían más inteligentes que otros grupos étnicos. Los autores emplean el número de premios Nobel conseguidos por individuos con esta ascendencia en el último siglo.

Este tipo de controversias siempre suponen una especie de raya en la arena: hay que estar en contra o a favor. Así que voy a definirme: me niego a aceptar rayas en la arena. Por un lado, creo que los argumentos empleados por los autores son insuficientes (aunque presentan su caso de forma convincente). Sería necesario encontrar alelos claramente ligados a la inteligencia (entendida como IQ, lo que tiene una evidente limitación) y luego demostrar que en determinados grupos étnicos dichos alelos son más frecuentes que en otros. A día de hoy, los datos no son conclusivos ni mucho menos.

Por otra parte, me parece posible que una hipótesis de este tipo llegue a estar fuertemente apoyada por los datos algún (¿acaso no hay poblaciones genéticamente más altas que otras?). Cuando eso ocurra, estoy dispuesto a dejarme convencer, porque creo que la ciencia es mucho más importante y menos dañina a largo plazo que la corrección política (más sobre esto).

Pero ese día no ha llegado.

PS. Sobre la evolución de la especie humana en la actualidad hablaremos otro día

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¿Quién sabe contar?

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Es evidente que uno de los conceptos esenciales de las matemáticas es el de “número”; no obstante, éste resulta muy difícil de definir. La mayoría de los libros de texto soslaya esta cuestión o admite que se trata de un concepto “intuitivo” y que no precisa de definición, ya que resulta “evidente por sí mismo”. Por cierto, la definición que a mí me dieron en el bachillerato (lo que tienen en común dos conjuntos coordinables) es completamente falaz (conjuntos coordinables son aquellos que tienen el mismo número de elementos).

Es posible que los matemáticos consideren así zanjada la cuestión, pero para los psicólogos evolucionistas (y los biólogos en general), admitir que el concepto sea intuitivo es tan sólo el comienzo de la historia ¿compartimos con otras especies este capacidad? ¿tiene valor adaptativo? Curiosamente, en las últimas semanas se han publicado varios trabajos relativos a esta cuestión  ¿quién sabe contar?

Uno.- Los peces. Las hembras del pez mosquito son capaces de contar (dentro de ciertos límites) el número de colegas que nadan a su alrededor, de acuerdo con un trabajo que se publicará próximamente en la revista Cognition. Según los autores del trabajo, para estos animales el tamaño del banco es un factor de protección, de aquí que hayan aprendido a seleccionar el grupo de compañeros exclusivamente en función de su tamaño numérico. En los experimentos, prefirieron los grupos de tres individuos frente a los de dos, y a los de ocho frente a cuatro.

Dos.-Las abejas. En este caso, los experimentadores entrenaron a un grupo de abejas haciéndolas pasar por un túnel, en cuya salida había una señal dibujada, p.e. dos puntos azules. De ahí pasaban a una cámara con dos posibles salidas, si escogían la que tenía la misma marca que la de la entrada ¡bingo! recibían un premio. Pueden contar hasta 3.  Gross et al., PLoS ONE .

Tres.- Los bebés humanos. Veronique Izard y sus colaboradores mostraron a una serie de bebés de 4 días de edad secuencias con un cierto número de formas en una pantalla; a la vez eran expuestos a un número de sílabas habladas. Cuando ambos números coincidían, los bebés mantuvieron la mirada en la pantalla un tiempo significativamente más largo que en el caso contrario (Izard at al., PNAS).

Cuatro.- !Los pollitos recién nacidos! pueden distinguir conjuntos de dos o de tres objetos. Incluso son capaces de percibir operaciones simples de aritmética (Rugani et al., Proceeding of the Royal Society B).

Cinco.- ¡¡Las bacterias!! Aunque no se trata de bacterias normales, sino de cepas modificadas mediante ingeniería genética, en las cuales  se ha introducido un circuito genético que les permite “contar” hasta 3 pulsos de azúcar. Al tercero, la bacteria produce una proteína fluorescente, mostrando a los investigadores que ha realizado correctamente la operación. Estas cepas con un contador incorporado podrían ayudar a la monitorización de toxinas en el medio (Friedland et al., Science).

También se han descrito habilidades numéricas en chimpancés, delfines, ratas, salamandras e incluso alumnos de la LOGSE.


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El perspicaz pájaro burlón

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Los habitantes de las ciudades suelen prestar bastante poca atención a la (escasa) bio-diversidad que los rodea. Personalmente, no comparto este desinterés. Por ejemplo, cuando llegan los vencejos a finales de marzo, me parece una noticia importante que debería aparecer en los periódicos locales. En algunos casos, la indiferencia es sustituida por una mal disimulada inquina, p.e. las palomas son consideradas “ratas con alas”.

Independientemente de los gustos de cada cual, hay que reconocer que las especies capaces de medrar en hábitats urbanos suelen demostrar una notable flexibilidad de conducta y capacidad de adaptación.

Uno de los ejemplos más notables es el “mocking bird” (Mimus polyglottos), un ave exclusiva del continente americano y que no tiene un nombre común en español; de manera que lo llamaremos por su traducción literal: pájaro burlón. El nombre obedece a su costumbre de imitar el canto de otras especies y ejecutarlo de forma repetida, como si se estuviera riendo de los demás. Si alguien tiene interés en escuchar su canto: aquí.

El pájaro burlón no se limita a mofarse, sino que además demuestra una capaz cognitiva notable para un ave, de acuerdo con un trabajo muy reciente publicado en PNAS  (Levey et al. (2009))

Parece claro que los burlones son muy sensibles ante cualquier cosa que ocurra cerca de sus nidos. Si una persona se acerca demasiado, amenazan al intruso gritos de alarma. Lo realmente sorprendente es que también son capaces de reconocer individualmente a las personas que se acercan al nido y distinguir entre simples paseantes y amenazas potenciales. Los investigadores idearon un dispositivo experimental en el que había “intrusos” (personas que se acercaban al nido más de lo que los padres consideraron razonable) y “paseantes” (personas que se mantuvieron  dentro de una distancia de seguridad). Los burlones aprendían a distinguirlos con tan sólo dos exposiciones de 30 segundos. No está mal.

Esta capacidad refleja una flexibilidad de conducta que posiblemente resulta crucial para colonizar el hábitat urbano.

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Genes y Memes

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Aunque pueda parecer lo contrario, una de las motivaciones principales de este blog es refutar la dicotomía Naturaleza vs Crianza. En el momento en el que nos tragamos este cuento y empezamos a argumentar a favor o en contra de alguna de las dos posturas la hemos fastidiado irremediablemente. Es cierto que me han acusado de biologicista algunas veces y ninguna de ambientalista; pero también es cierto que nadie entre los primeros niega la influencia de la educación y bastantes entre los segundos niegan la influencia genética (afortunadamente, cada vez son menos).

Pero el objetivo no es llegar a un conciliador “empate y todos contentos”, sino identificar los genes implicados, los mecanismos bioquímicos y neurológicos que están detrás de esos genes y (más importante) qué cosas pueden cambiarse y cuáles son las estrategias óptimas de aprendizaje. El primer paso consiste en abandonar para siempre el maniqueísmo genes/educación. Los siguientes pasos requieren ir a los detalles…

La imagen adjunta es un mapa de la “calidad del cableado” de un cerebro, esto es, una medida de la cantidad de conexiones en distintas partes del mismo (1, lóbulo parietal; 2, cuerpos callosos, 3, lóbulo frontal; 4, lóbulo temporal; y 5, corteza visual) empleando una técnica denominada HARDI. Se trata de una variante de la Resonancia Magnética, capaz de mostrar la cantidad de agua que difunde a través de la materia blanca; esta medida está relacionada con la integridad de las vainas de mielina y esto a su vez con la rapidez del impulso nervioso. La imagen puede considerarse, pues, como un mapa de la velocidad mental.

Cuando Paul Thomson y sus colegas de la Universidad de California aplicaron esta técnica a un conjunto de gemelos idénticos y no-idénticos pudieron comprobar que esta característica tenía un importante componente genético (el trabajo aquí).


Estos investigadores estimaron la importancia del componente genético en el 85,100,65,45 y 76% respectivamente para las áreas 1-5. Por otro lado, la integridad de la mielina en esas áreas está correlacionada con las puntuaciones en los test de inteligencia.

Pero el que esta característica se herede genéticamente no significa que no pueda cambiarse; de hecho, los científicos creen que la integridad de la mielina es una diana susceptible de manipulación, al contrario que otras, como la cantidad de materia gris. El identificar los genes responsables y estudiarlos a nivel bioquímico tal vez permita desarrollar nuevas terapias frente a enfermedades como el autismo o la esclerosis múltiple, o simplemente, mejorar la capacidad cognitiva de las personas (podemos preguntarnos si esto último es o no deseable). En todo caso, todavía estamos bastante lejos de cualquier aplicación práctica de este tipo.

En otro trabajo parecido, publicado esta semana en Science, un grupo de la Universidad de Aachen (Alemania) empleó la resonancia magnética funcional (fMRI) para estudiar cómo diferentes individuos emplean distintas estrategias mentales cuando son confrontados con tareas complejas. De nuevo, al estudiar gemelos idénticos y fraternos observaron que la tendencia a emplear una estrategia determinada tenía una heredabilidad el 60-90%.


En el otro lado de la (falsa) polémica, tenemos este artículo publicado en el Journal of Neuroscience.


Para este trabajo se seleccionó (aleatoriamente) a un grupo de 15 colegiales de 6 años de edad y se los “sometió” a un entrenamiento musical moderado (consistente en lecciones semanales de teclado). Al cabo de tan sólo 15 meses, los investigadores comprobaron mediante escáner que se habían producido cambios estructurales en el cerebro de los chicos musicalmente entrenados, y no en el grupo de control. Adicionalmente, este entrenamiento estaba correlacionado con mejoras cognitivas en tareas relacionadas (capacidad de recocer melodías y coordinación manual) pero no en actividades no relacionadas, como la aritmética.

No todo el mundo puede ser un Mozart, pero incluso los genios tienen que practicar.

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Nacidos para la fiesta

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Es evidente que hay personas tremendamente sociales y otras que no lo son tanto. Entendámonos, todos los humanos somos bastante sociales comparados con las especies realmente solitarias. Este hecho en sí mismo clama por una explicación biológica. Los únicos humanos que podríamos considerar verdaderamente no-sociales serían los autistas y el autismo está considerado (con lógica) una enfermedad y no simplemente un tipo de personalidad “diferente”. No debería extrañarnos que el autismo tenga una importante base genética, como demuestran los estudios con gemelos idénticos.

Pero dentro de las “personas normales” existe una gran variabilidad individual en este carácter. De nuevo, la sospecha de que los genes tienen algo que ver está justificada. Más difícil es pasar de la sospecha a la demostración. Sin embargo, Nicholas Christakis, de la Harvard Medical School, y sus colaboradores han dado un paso importante en este sentido a juzgar por el artículo recientemente publicado en la prestigiosa revista PNAS.

Muy sucintamente, lo que hacen los autores del artículos son dos cosas. En primer lugar, establecen una forma objetiva de medir la sociabilidad de los individuos. Para ello analizaron las redes sociales de un buen número de adolescentes y contaron el número de veces en que un individuo particular era citado como “amigo cercano”. En segundo lugar, estudiaron estas redes sociales en el contexto genético, esto es, estudiando gemelos idénticos/gemelos no-idénticos. El resultado, no por esperable menos importante, fue que la posición de cada persona en las redes sociales en un carácter genéticamente heredable en buena medida.

¿Cómo pueden los genes determinar nuestro lugar en una red social? Los genes pueden tener una gran influencia sobre el tipo de personalidad y ésta es clave para determinar si estamos en el centro en los bordes del universo social. Este conexión entre genes -> neurotransmisores -> conducta la hemos visto ya varias veces (p.e. Serotonina y control de las emociones y Polimorfismo genético ligado a la aversión al riesgo). De nuevo, no quiere decir esto que con los genes esté todo el pescado vendido. Muy probablemente, si exponemos a un adolescente a experiencias particularmente traumáticas es probable que su personalidad se aleje bastante de un hermano gemelo criado en un ambiente normal.

Algunos científicos le han buscado una explicación “adaptativa” a este fenómeno, según la cual el hecho de estar en el centro de la red tendría ventajas (p.e. mayor cooperación de otros individuos) e inconvenientes (p.e. mayor probabilidad de contraer enfermedades infecciosas). La variabilidad individual que se observa sería el resultado de dichas presiones selectivas. Personalmente no estoy convencido. Un carácter puede manifestar variación individual en una población y ser más o menos “neutral” con respecto a la selección natural.

Nadie duda (entre los biólogos evolutivos) que la selección natural sea una pieza clave, pero no es la única ni lo ve todo. Y desde luego, no podemos invocarla siempre sin pruebas.

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Los soldados listos mueren antes

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En un post reciente (“cerebro y pelotas”) comentaba la correlación encontrada entre el cociente de inteligencia (IQ en ingés) y la calidad del semen. Algunos comentaron (algo airados) que correlación no implica causalidad… y tienen toda la razón. No obstante, hay que reconocer que algunas veces existe una relación causal entre dos variables correlacionadas, por lo que el identificar estos casos no deja de tener interés, siempre que se mantenga la debida cautela. Podríamos decir que las correlaciones son potencialmente interesantes.

Hoy quiero comentar un artículo donde encuentran otra correlación entre el IQ y otra variable, aun más surrealista (si se quiere) que la del post mencionado. En este artículo, también en la revista Intelligence descubren que entre los soldados escoceses que lucharon en la Segunda Guerra Mundial, los que tenían un IQ más alto sobrevivieron con menor frecuencia que sus compañeros menos aventajados.

El estudio en sí es bastante sencillo, aunque su interpretación no lo sea tanto. Había datos disponibles del IQ (a los 11 años) de varios miles de soldados escoceses, de los cuales murieron 491. El IQ medio global era de 97.4, pero entre los muertos la media era de 100.8. Los soldados listos cayeron en mayor proporción.

A primera vista puede parecer un poco raro. Podemos suponer que cualquier soldado está interesado en resolver el problema de sobrevivir y se supone que la inteligencia consiste en resolver bien los problemas (por supuesto, la relación entre IQ e inteligencia es fuente de eternas discusiones). Seguramente las cosas son más complicadas.

Admitiendo que los datos sean correctos (y no hay razón para dudarlo) la interpretación es un campo legítimo de especulación. Los autores del trabajo sugieren que las armas y las tácticas de la Segunda Guerra Mundial requirieron (acaso por primera vez) que los combatientes tuvieran una mayor capacidad cognitiva que en otros conflictos. Por lo tanto, los individuos con mayor IQ tendían a ser destinados al frente mientras que los de menor IQ tenían mayor probabilidad de quedarse limpiando las letrinas.

Otra posibilidad es que los individuos con mayor IQ también tuvieran una mayor capacidad de liderazgo, lo que podía llevarles a situaciones más peligrosas.

¿Alguna teoría favorita?

El trabajo aquí

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La píldora de la inteligencia

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Si pudiera aumentar su inteligencia tomando una píldora ¿lo haría?

Esta es la interesante pregunta que plantea un equipo de notables científicos en el último número de la revista Nature (“Hacia el uso responsable de medicamentos que mejoran la capacidad cognitiva”). La pregunta no es retórica ni una cuestión de ciencia-ficción, ya que diversas drogas con capacidad de aumentar la capacidad cognitiva (eso sí, de forma modesta) ya están siendo utilizadas, y de forma masiva, en algunos campus universitarios. La píldora de la inteligencia ya está aquí.

Las más empleadas son el modalfinil, el ritalin y el adderall. La primera se emplea para combatir los efectos de problemas tales como la apnea del sueño y la narcolepsia. Las otras dos se utilizan para tratar la hiperactividad, sobre todo en niños y jóvenes. Los autores estiman que en algunas universidades de USA, aproximadamente un 25% de los alumnos las utilizan.

Los firmantes del artículo se refieren a tres cuestiones relacionadas con el uso de dichas sustancias.

La primera es la cuestión de la seguridad. No parece ser un problema muy grave, al menos en el caso de las sustancias mencionadas. Todas han pasado controles exhaustivos y son recetadas con mucha frecuencia (sobre todo las dos últimas). Cierto que no hay demasiados estudios sobre los efectos a largo plazo y cierto también que sus efectos no han sido estudiados en individuos sanos. Pero ninguna de estas objeciones parece demasiado grave.

La segunda es la cuestión de la libertad. Irónicamente, los soldados estadounidenses pueden ser obligados a consumir modalfinil si sus superiores consideran que su trabajo requiere imperiosamente un estado de máxima alerta. Podría darse el caso que directores de algunos colegios, deseosos de que sus alumnos tuvieran buena puntuación en tests estatales les obligaran a tomar esta sustancia antes del examen.

La tercera es la cuestión de la justicia. Si los exámenes son “competitivos”, p.e. pruebas de acceso en la universidad, o en oposiciones, los que no tomen estas sustancias estarían en inferioridad de condiciones ¿no?

No creo que estas preguntas tengan todavía una respuesta clara. Más bien se trataría de generar un debate en la sociedad para ver si se llega a algún tipo de consenso. Evidentemente, son preguntas que se nos plantean como consecuencia de los avances en Biología y que son completamente nuevas. En cierto modo, este debate está relacionado con el del uso de drogas modificadoras del humor (“¿Más placebo y menos Prozac?”).

En el influyente libro de Francis Fukuyuma (“Our post-human future”, Profile Books, 2003), este autor arremete contra el uso de este tipo de sustancias, alegando que atentan contra el concepto tradicional de “ser humano”. Lo que dice Fukuyuma es que emplear una píldora para mejorar el carácter (prozac) o la inteligencia (modalfinil) es “trampa” y debería estar regulado (léase, prohibido). Los autores del artículo de Nature son menos beligerantes. Más bien piensan que si una píldora puede aumentar nuestra capacidad cognitiva y su uso es razonablemente seguro, ¿por qué no hacerlo? En todo caso, nos lo podríamos plantear.

Me pregunto si en el próximo examen que haga tendré que someter a los alumnos a un control anti-doping.

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Justicia para los perros

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Los científicos ya sabían que algunos primates tienen un agudo sentido de la justicia (“El origen de la justicia”). Recientemente, han averiguado que los perros también pueden sentir envidia y reaccionan negativamente cuando perciben que son peor tratados que otros (lo que los dueños de perros sabían desde hace mucho).

En este artículo de la revista PNAS (el artículo aquí, pero requiere suscripción), los investigadores enseñaron a varios perros el viejo truco de extender la pata; y los perros obedecían por el mero hecho de complacer a los humanos, sin que hubiera que darles recompensa alguna. Sin embargo, cuando en una segunda fase los experimentadores empezaron a dar a algunos un trozo de pan o una salchicha, en presencia de un perro al que no habían dado nada, la cosa cambiaba radicalmente. El animal agraviado empezaba a mostrar síntomas de envidia (o si no quieren ir demasiado lejos, a negarse a colaborar en el juego, bostezar y rascarse).

Se ha sugerido que este sentido del “juego limpio” es importante para que se desarrolle algún tipo de cooperatividad en animal sociales y los lobos, antecesores de los perros, son animales francamente sociales y su forma de caza requiere una intensa coordinación de los animales que participan.

Los científicos quieren ahora repetir el experimento con lobos, lo cual es muy razonable desde el punto de vista científico, aunque yo no querría sufrir la ira de un lobo envidioso.

Sólo les falta hablar.

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Cerebro y pelotas

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Si hay algún tema espinoso y políticamente incorrecto, ese es el de la base genética del IQ. De acuerdo, “inteligencia” no es lo mismo que “IQ”, pero este último constituye la mejor aproximación que tenemos para la primera. El tema ha sido tratado (aquí) y me he llevado bastantes broncas (estoy dispuesto a seguir hablando del asunto, pero prefiero no repetirme mucho).

Todavía más incorrecto es afirmar que existe una relación entre el tamaño de la cabeza y el IQ del individuo que la lleva puesta. Reconozco que la idea puede parecer una broma, y sin embargo, la correlación entre una y otra cosa es del 40% y parece ser muy consistente. Además, se ha visto que el IQ está correlacionado con mayor esperanza de vida. Las razones que hay por debajo no están claras. Es posible que los tipos listos tomen decisiones más juiciosas (no fumar, hacer ejercicio, comer mucha fruta), pero también es posible que exista una correlación entre el factor general de inteligencia (llamado g) y la salud general de un individuo. Más aun, es posible que exisita una relación entre g y f, siendo este último la fitness de un individuo, o sea la capacidad de sobrevivir y reproducirse.

El artículo que quiero comentar en este post, y que se publicará próximamente en la revista Intelligence, va todavía más lejos en cuanto a incorrección política. Su principal conclusión es que existe una correlación entre el IQ de un individuo y diversas medidas relacionadas con la calidad ¡de su semen! (evidentemente, este estudio se realizó únicamente con hombres).

Aunque puede parecer que la hipótesis es completamente disparatada, los autores están tratando de contrastar una hipótesis anterior más general, formulada por Geoffrey Miller y que trata de explicar por qué los humanos somos tan inteligentes (pueden insertar aquí el chiste fácil). Según la hipótesis de Miller, la inteligencia sería un handicap “zahaviano”, esto es, un indicador de que el individuo posee “buenos genes”, lo cual se reflejaría en un buen estado de salud y, claro, en un una buena calidad del semen. Si añadimos que la inteligencia es un factor de atractivo sexual, al elegir a los potenciales compañeros sexuales en función de su inteligencia, estaríamos eligiendo a la vez “buenos genes”. Del mismo modo, se piensa que el pavo real capaz de sobrevivir con ese pedazo de cola tiene que gozar de buena salud y otras características favorables; de aquí que a las hembras les resulte atractiva. La inteligencia humana y la cola del pavo real serían, pues, consecuencias de la “selección sexual” (la otra gran idea de Darwin).

Para este trabajo, Rosalind Arden del King’s College de Londres, empleó datos  procedentes de soldados americanos que habían estado en la guerra del Vietnam. Estos “voluntarios retrospectivos” habían sido estudiados a conciencia en diversos aspectos de su salud física y mental; incluyendo, claro, tests de inteligencia y calidad de esperma. Y sí, en la muestra de 425 casos se encontró una correlación positiva entre ambas cosas. De manera que los chicos más listos también tenían más “soldaditos”. Lo mejor de dos mundos.

No cabe duda de que esta pieza de evidencia experimental está en consonancia con la hipótesis de Miller, pero dado que el propio Miller es uno de los co-autores, estaría más tranquilo si otros laboratorios siguen encontrando pruebas en este sentido.

PS También se ha visto que los individuos de mayor IQ tienen menor probabilidad de ir a la cárcel. No sé si es porque se portan mejor o porque  les pillan con más dificultad.

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Inteligencia animal

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La cuestión de la inteligencia de los animales conlleva un problema filosófico difícil ¿Cómo podemos saber si otras especies son inteligentes? El filósofo Wittgenstein decía que si un león hablara no podríamos entenderle. Personalmente no estoy muy de acuerdo. Si un león hablara sería difícil de entender, pero probablemente menos difícil que entender a una cobra o un escarabajo. Presumo de entender bastante bien a mi perro, y un perro es tan diferente de un humano como un león. El problema estriba justamente en que resulta casi imposible evitar un sesgo antropomórfico a la hora de juzgar las capacidades mentales de otras especies.

Veamos un ejemplo. El ‘cascanueces’ (Nucifraga caryocactes) es un ave que vive en bosques de coníferas de la Europa Central. Esta especie entierra con frecuencia piñones en lugares determinados con objeto de consumirlos posteriormente. Experimentos cuidadosos han demostrado que no es que los entierre de forma masiva y luego los encuentre por azar (como ocurre con las ardillas). Si se eliminan elementos característicos del paisaje que le sirven de referencia, como piedras o árboles, la eficacia de recuperación de los piñones baja enormemente. El cascanueces tiene una capacidad impresionante para recordar los lugares donde guarda el botín. Alrededor de 30.000 sitios diferentes puede almacenar en su cerebro, del tamaño aproximado de una nuez. A mí me resulta difícil encontrar mi cartera en muchas ocasiones, por lo que debo ser un completo estúpido a ojos de un cascanueces.

Tradicionalmente, el concepto de inteligencia ha puesto el énfasis en la adaptación al medio, pero eso no resulta demasiado satisfactorio si no precisamos un poco más. Los mejillones están bien adaptados a su medio y no solemos considerarlos muy inteligentes. Esto nos lleva a una idea interesante: los animales han desarrollado diferentes tipos de inteligencia para resolver problemas específicos de su hábitat. Por otra parte, algunos especialistas en Inteligencia Artificial han propuesto la siguiente definición. La inteligencia consiste en: i) especificar un conjunto de fines; ii) evaluar la situación presente y estimar cómo se desvía de los fines propuestos; y iii) aplicar un conjunto de operaciones destinadas a disminuir esta diferencia. Una consecuencia que se deduce de esta definición es que el mero concepto de inteligencia carece de sentido sin una especificación precisa de los fines. Por lo tanto, para evaluar la inteligencia de otras especies, sería necesario conocer cuáles son éstos. Esto puede parecer una postura antropomórfica, pero no lo es. Es imposible entender la conducta de un animal sin asumir que éste tiene ‘objetivos’.

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Genes y conducta social

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Este blog no podía dejar de comentar el hecho de que la revista Science haya dedicado un número especial a la “Genética de la Conducta” (aquí), sin duda uno de “nuestros temas favoritos”. Espero que a estas alturas el tema pueda ser tratado con cierta tranquilidad ¿hemos superado ya el determinismo genético y la terriblemente errónea dicotomía Naturaleza-Crianza?

Para empezar, no cabe duda de que los genes tienen una poderosa influencia sobre nuestras vidas, nuestra personalidad, nuestras capacidades y nuestra predisposición a padecer ciertas enfermedades. Multitud de estudios de gemelos idénticos y estudios de adopción, repetidos muchas veces, en muchos países lo atestiguan. Sin embargo, en muy pocos casos la determinación genética pasa del 50% (al menos en los que se refiere a características relacionadas con la conducta social), lo que deja un amplio margen para la influencia del ambiente.

Sin embargo, un descubrimiento inesperado es que la influencia del llamado “ambiente compartido” (lo que solemos llamar influencia familiar) resulta ser muy baja o despreciable en la determinación de muchas características psicológicas. Esto entra en conflicto con las “teorías de socialización” desarrolladas a partir de Freud y que siguen siendo influyentes, sobre todo en determinadas disciplinas. Esto significa que las influencias ambientales operan de forma que los hermanos pueden acabar siendo tan distintos como los miembros de otra familia. Contrariamente a lo que pueda parecer, de aquí no se deduce que la educación no sea importante (es clave) ni que los padres no tengan influencia sobre los hijos (pero tal vez no de la forma que solíamos pensar).

Tampoco se debe olvidar que los genes no determinan directamente la conducta. Los genes fabrican proteínas (en general) que pueden determinar la existencia y propiedades de circuitos cerebrales, los cuales sí intervienen en la conducta. En la mayoría de los casos, un rasgo psicológico parece estar mediado por varios genes y, análogamente, los genes que intervienen en la conducta suelen afectar a numerosos aspectos de la misma. Así que no existe propiamente un “gen del divorcio” o un gen de las “matemáticas”, aunque a veces resulte conveniente ( o simplemente cómodo) utilizar este tipo de etiquetas.

Otra idea importante (repetida muchas veces en este blog) es que genes, cerebro
y ambiente constituyen una carretera de doble vía, particularmente en lo que se refiere a la conducta social. Algunos genes pueden influir inicialmente en la personalidad del individuo, pero al mismo tiempo, la información procedente del ambiente social modifica al propio cerebro, cambiando los niveles de neurotransmisores, conexiones sinápticas, etc. lo cual puede cambiar a su vez la expresión de ciertos genes. Esto determina cambios en la conducta del individuo, lo cual -de nuevo-puede modificar su ambiente social. Y así sucesivamente.

Superada la absurda polémica Naturaleza-Crianza, ahora lo que importa son los detalles: ¿cuáles son los genes? ¿cómo funcionan? ¿cómo interaccionan con el ambiente?

Como individuos tenemos que aprender a vivir con los genes que hemos recibido (así como con la educación que hemos recibido) y tratar de sacar el máximo partido a ambos. Eso también significa aceptar nuestras limitaciones. En este sentido, la Genética puede ayudarnos a conocernos mejor.

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La política del chimpancé

Mi amigo y colega bloguero Jesús Zamora Bonilla me envió el otro día una especie de “desafío” consistente en “salvar” un libro entre todos los que haya uno leído. Me he pasado unos días dándole vueltas al asunto y al final opté por hacer una aproximación sentimental al problema. Recorrí con la vista mi biblioteca tratando de analizar los sentimientos que me provocaban los libros. El corazón manda.

Y el ganador ha sido este que ven en portada: “La Política del chimpancé” de Frans de Waals (Traducido al español: “La Política de los Chimpancés. El poder y el sexo entre los simios”, de Frans de Waal (Alianza Editorial).

La “política” surge entre los animales sociales cuando 2 o más individuos forman una coalición para lograr -típicamente- comida o ventajas reproductivas. Entre los gorilas no existe la política. Un sólo macho “acapara” a un grupo de hembras y las “defiende” frente a otros machos. Sólo el vencedor se reproduce. Entre los chimpancés las cosas son bastante más complicadas. Los chimpancés forman grupos claramente jerarquizados y los machos dominantes son los que más se reproducen. Pero para alcanzar la (evolutivamente) envidiable posición de macho dominante, no sólo cuenta la fuerza física. Más importante aun es la capacidad de formar alianzas con otros individuos del grupo. El libro cuenta las intrigas de tres chimpancés, Yeroen, Nikkie y Luit para llegar al poder.

Curiosamente, hasta que lo leí pensaba que el libro que más me había influido era “El Príncipe” de Macchiavello. Y, de alguna manera, ambos están relacionados. Cuando lees el de Frans de Waals entiendes el otro en toda su dimensión. No pretendo con esto quitar mérito al genial escritor italiano. Pero las bases de “El Príncipe” llevan millones de años desarrollándose en nuestros linaje.

El libro contiene una maravillosa combinación de dos cosas difícilmente combinables. Por un lado, es un “cuaderno de campo” que resume largos años de investigación etológicas. Nos cuenta los hechos de forma precisa y directa. Por eso resulta tan creíble. Por otra parte, contiene una historia apasionante de amor, odio, poder y celos. Casi diría que es una especie de culebrón. No cuento más para no estropear el final.

He leído críticas al trabajo de de Waals acusándole de antropomorfismo, es decir, interpretar la conducta de los animales atribuyéndolos pensamientos e intenciones humanas. No es así. Los etólogos pueden confundirse al interpretar la conducta de los animales, pero ésta es imposible de entender si no admitimos que los animales tienen “fines”. De hecho, el mero concepto de “conducta” no tiene sentido sin esto. El mejillón que abre o cierra su concha tiene “fines” (aunque por supuesto no sea “consciente” de ello).

Lo verdaderamente extraordinario es que los chimpancés tengan fines tan parecidos a los nuestros.


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Cinco amigos

Como cada mañana, Isaac se dirige a su trabajo por el bonito paseo peatonal jalonado de cedros que conduce a la Universidad. Siguiendo una costumbre muy arraigada, ha desayunado en un Café de estilo ‘jamaicano’, ladrillo visto y mobiliario entre rural y exótico, de los que han proliferado en la ciudad en los últimos años. Es una fresca y agradable mañana; el relativamente suave invierno de Madrid está llegando a su fin, como anuncian los cerezos en flor y las estridentes forsitias. Isaac aprieta el paso y comienza a anticipar mentalmente su jornada de trabajo. Tendrá que terminar el informe del Proyecto que ya debía haber entregado y enviar a publicar de una vez ese manuscrito que le trae a maltraer. En perspectiva se abre una dura, intensa, provechosa, inacabable y, al mismo tiempo satisfactoria semana de trabajo. Al llegar a su despacho se encuentra una nota de Ana, una de sus estudiantes pre-doctorales. “Te han estado llamando; parecía urgente.” Le dice. “No ha dejado ningún recado; volverá a llamar.” Ligeramente perturbado, entra en su despacho y enciende el ordenador. ¿Quién será? Ante la inutilidad de hacer cábalas, opta por revisar sus mensajes de correo electrónico. A los cinco minutos suena el teléfono e Isaac se apresura a contestar.

“Isaac, soy Alejandro.” “¿Alejandro?” “Sí, tío;¿ no te acuerdas de mí?” La voz suena inmensamente familiar y al mismo tiempo, lejana, como si viniera de un tiempo y un lugar remoto. “¡Claro, claro! ¡Alejandro! ¿Cómo estás?” “Yo, bien; ¿sabes lo de Félix y Jose Luis?”

¡Muertos! La noticia le deja anonadado. Hace cinco minutos se aprestaba a afrontar una nueva semana laboral y ahora le persiguen fantasmas del pasado.

Le sorprende no sentir ninguna emoción. Ni pena ni alegría, nada. Esto le hace sentirse incómodo y le lleva a una reflexión aun más incómoda ¿cómo ha podido olvidarse tan rápido de sus amigos? Eran inseparables en el Instituto y mantuvieron una estrecha relación durante los años de Universidad. De pronto, Isaac lo recuerda como si hubiera sucedido ayer. Al acabar las clases del último curso se fueron a cenar a aquel restaurante de la Dehesa de la Villa, para celebrarlo y despedirse hasta después de las vacaciones. Juraron que nunca perderían el contacto, y sin embargo eso es lo que sucedió casi de inmediato. “Han pasado veinte años” piensa Isaac, “y apenas he vuelto a acordarme de ellos”.

Alejandro aparece enseguida en un 4×4 rojo brillante; se baja de un salto y abraza a Isaac. Es evidente que se conserva en buena forma: delgado, rápido, desinhibido. “Tienes buen aspecto”, dice Isaac. “No puedo decir lo mismo” Contesta Alejandro, pero sonríe para paliar el efecto de la grosería que acaba de decir. Por el camino, Alejandro pone a su antiguo amigo al corriente de los trágicos acontecimientos, mientras conduce a una velocidad a todas luces excesiva. Las cosas les iban muy mal a los dos, aunque por razones bien distintas. José Luis se había hecho cargo del restaurante al morir sus padres. Como negocio iba estupendamente, pero esta actividad resultaba peligrosa para él. Siempre había sido un chico gordo, aunque esto no le había impedido llevar una vida más o menos normal. En el restaurante, la comida resultaba una tentación constante e irresistible. Después de todo era su trabajo; tenía que probar el género y asegurar la calidad de la cocina. Y las sobras; ¿cómo iba a tirar un solomillo de 60 euros el kilo? De forma lenta, pero imparable, José Luis fue ganado peso. Sólo serían 4 o 5 kilos al año, pero en 20 años pesaba 190 kilos. No es que fuera gordo. No es que fuera obeso. José Luis era una montaña humana. Naturalmente, esto afectaba a su vida en muchos aspectos. Tenía que dormir en un sofá porque en la cama se ahogaba con su propio peso. Tenía que ducharse sentado en una silla de plástico dentro de la ducha. Tampoco podía estar mucho tiempo de pie, porque sus articulaciones empezaban a protestar. Por supuesto, su vida sexual era inexistente. José Luis empezó a deprimirse. Paradójicamente, su restaurante iba viento en popa. Tal vez su extremada gordura era inapropiada para cualquier otro trabajo, pero resultaba ventajosa para éste. Sus clientes le trataban siempre con gran simpatía, mezclada también con algo de temor por encontrarse ante la presencia de un ‘monstruo’.

Por el contrario, Félix estaba prácticamente en los huesos y su problema no era la comida, sino la bebida. En los viejos tiempos Félix siempre estaba dispuesto a salir de copas y siempre era el último en retirarse. Además, el alcohol no parecía afectar demasiado a su conducta. Isaac no recordaba haberle visto, lo que se dice borracho, aunque no era nada raro que tuviera la lengua pastosa y los ojos enrojecidos. En todo caso, en aquella época no parecía que Félix tuviera un problema grave. De hecho, durante bastantes años se las arregló para compatibilizar una vida profesional exitosa como diseñador gráfico, con la ingestión de cantidades fabulosas de todo tipo de vinos y licores. Seguramente, el hecho de no tener que someterse a un horario de trabajo formal y de tener un círculo de relaciones algo bohemio, le permitió mantener una apariencia de normalidad que hubiera sido imposible en otro caso. Cuando Félix cumplió 38 años, su cuerpo comenzó a decir basta. Primero, le salieron unas horribles manchas rojas en la piel con aspecto de araña. A ello siguió un constante malestar estomacal y diarreas interminables. Más tarde, empezó a sentirse muy cansado a todas horas. Su relación con el alcohol también cambió; ahora cualquier cantidad le dejaba completamente incapacitado. Siempre se había retrasado algo en sus entregas, pero en esta fase le resultaba imposible trabajar y no tardó en perder a todos sus clientes. A estas alturas, Félix era muy consciente de que su hábito había ido demasiado lejos; el problema es que cuando intentaba dejarlo empezaban a sucederle cosas realmente horribles: temblores incontrolables, voces extrañas y una espantosa sensación de angustia.

José Luis le ayudó mucho. Era el único de sus antiguos amigos que no se había desvanecido en el aire. Fue José Luis quien le llevó al hospital prácticamente inconsciente y quien le ingresó en un centro de desintoxicación y quien le dio un trabajo caritativo en el restaurante. Seguramente, ayudando a su amigo José Luis se sentía útil y paliaba así sus propios problemas. Sin embargo, la única solución conocida para el alcoholismo es la abstinencia total, y esto no parecía estar al alcance de Félix. Los dos últimos años habían sido una sucesión de recaídas y vueltas-a-empezar. Así hasta el viernes pasado, cuando Félix y José Luis se salieron de la carretera en un puerto de montaña y se precipitaron a un vacío de 30 metros. “¿Se sabe quién conducía?” pregunta Isaac. “Creo que Félix.” “¿Había bebido?” “Por supuesto.” “¿Accidente o suicidio?” “Qué importa ya.”

El tanatorio está poco concurrido a estas horas y no resulta difícil encontrar la sala donde están los cadáveres. A Isaac, aficionado al humor negro, los tanatorios siempre le han recordado a los aeropuertos: los monitores anuncian la sala de embarque y la hora a la que partirá el último viaje del finado. Encuentran a algunos familiares y a algún empleado del restaurante. Han tenido suerte: están a punto de realizar la incineración. La pequeñez de la comitiva hace la situación aun más patética. Los empleados de la funeraria tienen que hacer un esfuerzo sobrehumano para levantar el féretro de José Luis. En ese momento, Alejandro cree reconocer a un individuo que se aleja furtivamente. Corre tras él y le sujeta del brazo. “¡Enrique! Ya te querías escapar de nosotros.” El gesto envarado de Enrique indica que eso es exactamente lo que estaba tratando de hacer. Sin embargo, cuando Alejandro e Isaac le saludan con efusión, éste parece genuinamente contento. Tras unas frases convencionales, Alejandro propone ir a comer al restaurante de la Dehesa de la Villa que frecuentaban veinte años atrás, y así recordar viejos tiempos. Enrique parece un poco incómodo pero no se atreve a decir que no. Alejandro insiste: “Tenéis que contarme todo lo que habéis hecho estos años. Vamos. Tenemos mucho de que hablar.”

Para Alejandro, acabar la Universidad fue una verdadera liberación. La monótona sucesión de clases, semestres y exámenes le resultaba insoportable. Con una mochila, billetes de avión abiertos y algo de dinero, se lanzó a recorrer el mundo. En Afganistán estuvo a punto de ser asesinado por un marido celoso; subió al Kilimanjaro en medio de un ataque de malaria y tuvo un inolvidable encuentro con un oso ‘grizzlie’en California. Nunca miró atrás ni echó de menos su ambiente. Cuando se le acabó el dinero y tenía casi agotadas las hojas de su pasaporte, supo que era el momento de volver. Viajar se había convertido en una rutina. De vuelta en España, se puso a trabajar como monitor de deportes de riesgo. Esquí libre, puenting, barranquismo… En su primera expedición al Himalaya estuvo a punto de perder una pierna por congelación. Eso fue un aviso. La perspectiva de quedar impedido para siempre le asustó; tal vez era lo único que podía asustarle. Decide aprovechar su experiencia y montar su propia agencia de viajes especializada en turismo de aventura. Empieza de cero y tiene que hacer de todo, pero eso es precisamente lo que le gusta. El tiempo y el lugar han resultado propicios y su empresa empieza a crecer y crecer. Nuevos retos: la atracción del negocio, el mercado, el beneficio. El dinero está bien, pero no es lo más importante. Lo que le gusta es el riesgo. Es una sensación menos física que hacer rafting por el Bio-Bio, pero igualmente excitante. Naturalmente, en estos veinte años ha tenido más multas de tráfico y más aventuras sexuales de las que puede recordar.

La historia de Isaac es bien distinta. Para él la Universidad fue un fácil paseo, si acaso demasiado fácil. Se merendó los cinco cursos de Ciencias Físicas sin pestañear. Sus frecuentes juergas y salidas nocturnas no le impidieron acabar con un expediente cuajado de matrículas de honor. Al acabar, el cuerpo le pedía más. Consigue una beca Fullbright para hacer la tesis en el prestigioso Instituto de Tecnología de Massachussets. Los tres primeros meses son de relativa zozobra. Tiene que acostumbrarse al inglés y, por primera vez en su vida, se pregunta si esto le vendrá demasiado grande. La respuesta es que ni grande ni pequeño: como un traje a medida. No es un paseo militar, como sus estudios en Madrid, pero tampoco le resulta difícil. Al final se gradúa con honores y en el momento de partir le conocen por su nombre todos los camareros de Harvard Square. ¿Y luego? Podía haber encontrado trabajo en una universidad americana, pero no acaba de acostumbrarse al modo de vida de ese país y opta por volver a la Complutense. En conclusión: no puede quejarse. Las cosas le van bien, o al menos todo lo bien que pueden ir. A veces se arrepiente de no haberse quedado en USA. Su trabajo en España está lastrado por mil factores invisibles: la inercia del sistema, el desinterés de sus estudiantes, el alejamiento de los ‘círculos de poder’ de la ciencia…

Enrique era, con diferencia, el más tímido y retraído del grupo. Ya en el colegio le resultaba muy difícil desenvolverse en las fiestas de cumpleaños y, no digamos, en los campamentos de verano, a los que le obligaban a ir y que él odiaba con todas sus fuerzas. No obstante, a los veinte años, en un ambiente de camaradería y arropado por su grupo de amigos juerguistas, este aspecto de su personalidad pasa casi desapercibido. Sin embargo, el tema chicas lo lleva fatal. El temor a ser rechazado es tan fuerte que le impide afrontar una cita en condiciones. Al acabar la carrera, Enrique decide concentrarse en lo que le parece el objetivo principal de su vida: asegurarse el porvenir haciéndose funcionario. A ello se pone, encerrándose 60 horas semanales para preparar una oposición a inspector de Hacienda. Tres años estudiando no le resultan un castigo muy duro, comparado con el maravilloso premio de tener un trabajo asegurado de por vida. Aprueba con un excelente número y pronto adquiere fama de trabajador metódico y eficaz. Siempre parece estar de mal humor y manifiesta una hostilidad contra el mundo en general y contra los defraudadores en particular. Dado que estas son cualidades deseables en un inspector de Hacienda, empieza a vislumbrar una buena carrera en la Administración. Sin embargo, un pequeño incidente frustra estas expectativas. En un momento dado, decide empapelar a un ‘pez gordo’ cuyas actividades delictivas son más que evidentes. En una semana negra tiene que afrontar presiones de sus superiores, anónimos amenazantes y una campaña de calumnias en marcha. Demasiado para Enrique, el cual opta por un destino eminentemente técnico sin apenas responsabilidad.

Los tres brindan por la memoria de sus amigos muertos y se prometen que volverán a verse pronto (aunque esta vez ya todos saben que no lo harán). Alejandro vuelve a llevar a Isaac a la Universidad; Enrique ha insistido en tomar un taxi. Cuando se despiden, y ya a punto de reintegrarse en su vida cotidiana, un pensamiento asalta la cabeza de Isaac. Los cinco fueron al mismo colegio y compartieron multitud de experiencias y valores; ¿qué fuerza misteriosa les hizo tan diferentes y de una manera tan consistente? Por desgracia, sus extensos conocimientos de Física cuántica y Matemáticas no le permiten, ni remotamente, contestar a esta pregunta.

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¿A quién beneficia que la inteligencia sea heredable?

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Uno de los argumentos empleados por los ‘ambientalistas’ más fervientes reza más o menos así: incluso si fuera cierto que el CI está condicionado por los genes, esta información no debería hacerse pública ya que podría emplearse para justificar la discriminación; los científicos que han hecho estos trabajos son terriblemente ingenuos al pensar que dicha información no es un bomba en manos de desaprensivos. La cuestión es: ¿a quién beneficia que la inteligencia sea heredable?

Así planteada, la pregunta pone el dedo en la llaga de la cuestión. En principio, lo que los científicos tratan de hacer es ‘averiguar cómo son las cosas’, independientemente de a quién beneficien o perjudiquen. Se supone, por lo tanto, que la información beneficia a todo el mundo y que siempre es mejor saber que no saber. ¿Es eso cierto? ¿Sería mejor no saber algunas cosas? Se trata de un argumento filosófico que tiene profundas implicaciones sociales y morales. Y creo que el argumento tiene un punto de razón y que debería, al menos, ser considerado. Sería posible declarar una moratoria sobre este tipo de estudios, al menos hasta que la Humanidad hubiera evolucionado lo suficiente en un sentido moral. Sin embargo, esto puede plantear problemas peores que los que trata de resolver ¿Qué ‘organismo’ sería el encargado de decretar el ‘embargo intelectual’ de ésta (y posiblemente otras) áreas de conocimiento?

No se trata de Ciencia-Ficción: esto ha llegado a proponerse seriamente. Sin embargo, no puede descartarse que, una vez puesto en marcha, este ‘organismo’ se convirtiera en una especie de Inquisición en un sentido bastante literal, ya que justamente la Inquisición se encargaba de este tipo de cosas. Recordemos el lío en que se metió Galileo Galilei por afirmar que la Tierra se mueve. Los beneficios sociales de ‘no investigar ciertas cosas’ quizá serían mucho menores que los costes de vivir bajo el dominio intelectual de una especie de ‘Gran Hermano’.

La alusión a la famosa novela de George Orwell es oportuna. Todo el mundo sabe que el ‘Gran Hermano’ es un trasunto del dictador Josef Stalin y eso es exactamente lo que hizo Stalin, abolir por decreto la Teoría darwinista de la Evolución y apoyar institucionalmente una versión de la Teoría de Lamarck, parcheada por un oportunista sin escrúpulos llamado Trofim Denisovich Lysenko.

Lysenko era un oscuro profesor de agronomía interesado en mejorar los rendimientos en el cultivo del trigo. En 1927 publicó un (aparentemente) revolucionario sistema para manejar las cosechas, basado en sembrar semillas de trigo que habían sido sometidas a bajas temperaturas. Lysenko llamó a este fenómeno ‘yarovizatsiya’ (vernalización). Nada raro hasta ahora, excepto el hecho de que el descubrimiento lo había realizado otra persona. Sin embargo, Lysenko fue mucho más lejos. Estos someros datos le llevaron a re-interpretar la Teoría de la Evolución y la Genética. Según Lysenko, Darwin y Mendel estaban equivocados: son las condiciones ambientales las que determinan la evolución. Los caracteres que observamos en los seres vivos son producto de su ambiente. Evidentemente, esto ‘tocaba un tecla’ en el régimen Stalinista. La teoría de Darwin fue condenada por ‘burguesa’, incluso la genética desapareció de la Unión Soviética y muchos afamados investigadores desaparecieron en los gulags. Esto causó un daño considerable a la Biología en Rusia, aunque hay que reconocer que esto es una gota de agua en el océano de horrores que fue la dictadura estalinista. Si hay que elegir entre que la ‘información peligrosa’ fluya libremente o que esté bajo el control de un ‘inquisidor’, la respuesta es clara: la información siempre es menos peligrosa que los inquisidores.

Con todo, decretar una moratoria sobre el tema es un solución intelectualmente más honrada que la de negar la posibilidad de que los genes influyan en el CI, en contra de una evidencia experimental bastante considerable a estas alturas. De todas formas, el núcleo de la cuestión es otro. La ética debe basarse en principios, no en hechos empíricos. Que todos los humanos sean merecedores de derechos y de una consideración digna, es una cuestión de principio; no se justifica porque los humanos sean o no, de determinada manera.

Está muy claro que nadie va a beneficiarse por el hecho de ignorar la evidencia y pretender que los genes no tienen ninguna influencia sobre la inteligencia humana. Es mucho mejor aceptar que cada persona es diferente y que posee talentos innatos, aunque cada cual tendrá que trabajar para desarrollarlos. Eso implica también que el talento puede estar desigualmente repartido, igual que la estatura y la belleza. El declarar que los humanos somos iguales no equivale a afirmar que seamos idénticos, sino que deberíamos ser iguales ante la ley. Justamente, el reconocer que los humanos tenemos diferentes capacidades y necesidades es un requisito imprescindible para todo el mundo pueda recibir un trato equivalente. En la práctica, esta línea de pensamiento nos llevaría a aceptarnos como somos y aceptar a los demás aunque no sean absolutamente perfectos. Al fin y al cabo, todos somos hijos de Eva (mitocondrial).

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las chicas guapas piden la Luna

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La cuestión del “dimorfismo psicológico”, esto es, que algunas diferencias entre hombres y mujeres relativas a inclinaciones o capacidades puedan tener origen biológico, ha sido tratada varias veces en este blog (https://pablorpalenzuela.wordpress.com/2007/12/14/escasez-de-mujeres-y-mercado-matrimonial/). Invariablemente ha generado controversia (aunque siempre civilizada y razonada, es verdad). Vuelvo a la carga para comentar el último trabajo de David Buss (Buss, 2008), uno de los pioneros en los estudios sobre este tema desde el lado de la psicología evolucionista.

Para evitar polémicas (aunque supongo que esto es imposible) permítanme decir algunas cosas obvias. Evidentemente, las diferencias de género son siempre de naturaleza estadística, por lo que no nunca está justificado generalizar (“las mujeres son…o los hombres son…”). Las diferencias son, en realidad, pequeñas cuando las comparamos con las semejanzas (nuestra especie no procede de Venus ni de Marte, sino de África). Evidentemente, el “condicionamiento” social existe y es difícil separar éste de los posibles factores biológicos. Evidentemente, el discurso “biologicista” ha sido empleado interesadamente para justificar el “status quo” y no voy a negar que las mujeres han sufrido (y sufren) discriminaciones injustas.

Sin embargo creo que existen buenas razones para afrontar la cuestión de las diferencias de género. En primer lugar está mi profunda convicción de que “no hay nada sagrado” y que todo lo que sea abordable experimentalmente debe someterse a los rigores del escrutinio de la evidencia empírica. En segundo lugar, creo que los “hechos” no tienen por qué condicionar nuestros “valores” y cualquier cosa que nos diga la biología (si es que llegamos alguna conclusión) no va a dictaminar qué es y qué no es moralmente correcto. Ya somos mayorcitos. No pasa nada por reconocer que somos (algo) diferentes (si consideramos que la evidencia es concluyente).

El trabajo en cuestión parte de un hecho que el autor considera suficientemente probado: que los principales criterios de elección de pareja en los hombres son el aspecto físico y la edad de las potenciales parejas. En cambio, las  mujeres parecen tener criterios de elección más complejos (y ciertamente, más juiciosos), tales como inteligencia, sentido del humor, estatus, buen carácter y… sí, también aspecto físico. De nuevo, no quiere decir que estas cosas tengan importancia cero para todos los hombres, sino que para la mayoría de los tíos, el aspecto físico es tremendamente importante y para la mayoría de las mujeres, no tanto. Ante la posible avalancha de críticas, voy a refrenar cualquier opinión personal y limitarme a citar algunas referencias bibliográficas sobre el tema (Botwin et al., 1997; Buss, 1989; Buss and Schmitt, 1993; Buss, 1995, 2000; Hill, 1945).

La pregunta que intenta contestar Donald Buss es simple: si la belleza femenina es de capital importancia, cabe pensar que las mujeres que puntúen “alto” en este capítulo deberían ser más exigentes en cuanto a las características de sus potenciales parejas. Para contestar a esta pregunta,  este investigador seleccionó un panel de aproximadamente 100 mujeres, que llevaban casadas menos de un año y, mediante una extensa serie de cuestionarios y entrevistas, estimó concienzudamente cuáles eran los criterios que empleaban las mujeres para seleccionar una posible pareja (evidentemente, los habían puesto en práctica recientemente, así que debían tener el tema bastante fresco). Estos indicadores se clasificaron en cuatro categorías: 1) Posibles indicadores de “buenos genes”, como masculinidad, buen tipo, forma física e inteligencia; 2) posibles indicadores de “recursos”, como capacidad económica, nivel de estudios o ambición; 3) posibles indicadores como “buen padre”, como afabilidad, inteligencia y estabilidad emocional o interés por los niños; y 4) posibles indicadores como “buen compañero”, tales como lealtad, devoción y demostraciones de afecto.

Por otra parte, un panel independiente de hombres evaluó la belleza física de las participantes, con la finalidad de buscar correlaciones entre los criterios expresados respecto a los requisitos de la pareja potencial y las puntuaciones obtenidas por las mujeres. Los resultados fueron bastante elocuentes (aunque tal vez, algo predecibles). En la mayoría de los criterios considerados como deseables se encontró una correlación con el atractivo físico de la mujer. La explicación, obvia, es que las mujeres físicamente atractivas son conscientes de su alto estatus en el mercado matrimonial y, consecuentemente, sólo se conforman con parejas que tengan características muy deseables (con arreglo a sus criterios).

Hay que decir que este no es el único estudio que se hecho sobre este tema y, en general, parece haber resultados coincidentes. Lo que sí era nuevo en este trabajo es que la evaluación del atractivo físico de las mujeres lo hacía un panel externo (en otros estudios se daba por buena la propia opinión de la interesada).

Una de las pocas características deseables que no mostró una correlación positiva fue la “inteligencia”, a pesar de que se supone que dicha característica constituye un excelente indicador de “buenos genes”. Ojo, este resultado no quiere decir que las mujeres atractivas no la valoren; quiere decir que no lo hacen en mayor medida que las mujeres menos atractivas. La interpretación de este hecho es difícil, según los propios autores. Así pues, me voy a atrever a sugerir una posible explicación: es probable que las mujeres menos atractivas rebajen sus estándares con respecto a muchas de las características consideradas como deseables, excepto en el caso de la inteligencia. Esto podría significar que la inteligencia no es negociable. Pase que el marido no sea guapo ni famoso pero, por favor, que no sea un imbécil (esta idea no está apoyada por ninguna evidencia experimental, obviamente).

La conclusión (que posiblemente ya sabíamos antes de leer el artículo):

Las chicas guapas piden la Luna (y hacen bien).

Botwin, M.D., Buss, D.M., and Shackelford, T.K. (1997) Personality and mate preferences: five factors in mate selection and marital satisfaction. J Pers 65: 107-136.

Buss, D.M. (1989) Conflict between the sexes: strategic interference and the evocation of anger and upset. J Pers Soc Psychol 56: 735-747.

Buss, D.M., and Schmitt, D.P. (1993) Sexual strategies theory: an evolutionary perspective on human mating. Psychol Rev 100: 204-232.

Buss, D.M. (1995) Psychological sex differences. Origins through sexual selection. Am Psychol 50: 164-168; discussion 169-171.

Buss, D.M. (2000) Desires in human mating. Ann N Y Acad Sci 907: 39-49.

Buss, D.M. (2008) Attractive women want it all: good genesecominc investment, parenting proclivities, and economical commitment. Evolutionary Psychology 6: 134-146.

Hill, R. (1945) Campus values in mate selection. Journal of Home Econmics 31: 772-775.

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La desmesura de Gould

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Reseña: “La falsa medida del hombre” Stephen Jay Gould. Drakontos Bolsillo. Editorial Critica. Barcelona octubre 2007

A primera vista puede parecer extraño dedicarse a reseñar un libro publicado hace más de 25 años, no obstante, en el caso de “La falsa medida del hombre” existen dos razones poderosas. La primera es su reciente re-edición en Drakontos Bolsillo en octubre de 2007; la segunda es que el mencionado libro sigue teniendo una notable influencia, sobre todo dentro de las ciencias sociales. Al parecer, todavía hay muchas personas que opinan, como hacía el psicólogo León Kamin en 1974 que “no existe ningún dato que pudiera llevar a una persona prudente a aceptar la hipótesis de que las puntuaciones de los test de inteligencia sean heredables en alguna medida” (Kamin, 1974). Es más, se tiene la falsa impresión de que la cuestión quedó zanjada definitivamente tras el libro de Gould y que existe un consenso entre los expertos con respecto a este punto. Nada más lejos de la realidad. El consenso es justamente el contrario: que la “inteligencia” es, en buena medida, heredable por vía genética. “La falsa medida del hombre” no sólo está terriblemente obsoleto, sino que contiene altas dosis de “deshonestidad intelectual”. Paradójicamente, creo que la mayor parte de lo que dice Gould en este libro es cierto y está justificado; el problema radica justamente en las cosas que omite. Admito que son acusaciones graves, de modo que voy a explicarlas despacio.

 

El primer problema (y principal) es que Gould ignora descaradamente la evidencia experimental que no cuadra con su argumentación. De hecho, ignora todo el campo de investigación denominado “genética del la conducta”. El desarrollo de este campo es bastante reciente, pero ya existía cuando Gould publicó su segunda edición en 1996. Por poner un ejemplo, no se menciona el famoso estudio de Minnesotta sobre gemelos criados aparte, que se publicó en la prestigiosa revista Science (Bouchard Jr. et al., 1990); así como tampoco aparece el no menos famoso estudio sobre el Proyecto de Adopción de Colorado, iniciado en 1974 (Plomin and DeFries, 1983). De hecho, entre las casi 200 citas bibliográficas del libro no hay literalmente ninguna posterior a 1990. De modo que Gould se pone a analizar el tema de la herencia de la inteligencia ¡y no cita ninguno de los trabajos sobre el asunto publicados entonces! Si no se considera ético que un científico manipule o invente los datos, tampoco debería considerarse ético que un divulgador ignore la montaña de evidencia experimental que no cuadra con sus opiniones. No cabe duda de que este increíble sesgo al elegir las fuentes constituye un acto de manipulación, y es casi con seguridad un acto de “deshonestidad intelectual” (alternativamente, podríamos pensar que Gould no se molestó en consultar la bibliografía reciente, lo cual no es mucho mejor).

 

¿Qué es lo que hace, pues, Gould a lo largo de su libro? Hacer una crítica demoledora y, en mi opinión, justificada de la infamante doctrina denominada Darwinismo Social, preconizada, entre otros por H. Spencer y F. Galton. El Darwinismo Social justificaba el racismo y las desigualdades sociales de la época victoriana basándose en un supuesto paralelismo con “la supervivencia del más fuerte”. Sin duda, esta doctrina constituyó un completo desastre intelectual y moral y sus argumentos eran bastante débiles desde el punto de vista científico. Gould tiene razón en su crítica en la mayoría de las cosas que dice sobre este punto (aunque no en todas, por ejemplo, se mofa de la correlación entre CI y tamaño del cráneo a pesar de que este es un hecho bien probado experimentalmente). Sin embargo, de aquí no sigue que la inteligencia no pueda ser (en parte) genéticamente heredable y que el estudio de esta cuestión implique necesariamente un posicionamiento ideológico, tal como afirma Gould repetidamente.

 

Aparte de ignorar la evidencia que no le conviene, Gould objeta el uso del CI empleando dos argumentos: 1) que el CI es demasiado simplista para captar el concepto de inteligencia; y 2) que el denominado factor g es un “constructo” matemático carente de significado biológico. Examinemos ambos argumentos por separado.

 

El test de inteligencia fue inventado por el psicólogo y educador francés Alfred Binet[1] a principios del siglo XX. Su objetivo no era medir la inteligencia sino evaluar el desarrollo intelectual de los escolares. Para ello diseñó una batería de pruebas de dificultad creciente; la puntuación obtenida en estas pruebas se comparaba con la puntuación media que sacaban los niños de la misma edad, lo que permitía evaluar el adelanto o retraso en el desarrollo del niño, de aquí que se calculara como un ‘cociente’. Binet trabajó largos años buscando preguntas que tuvieran validez general para escolares de diversa procedencia y ambiente social. Sus fines eran prácticos y humanitarios: pretendía mejorar el sistema educativo. En aquella época era normal juntar en la misma aula escolares de edades muy diferentes y los que mostraban alguna anomalía en el desarrollo, por ejemplo, lo que hoy catalogaríamos como autistas o hiperactivos, eran frecuentemente catalogados como ‘imbéciles’ y privados de toda educación.

El test de inteligencia cayó en desuso en Europa, pero fue rescatado del olvido por psicólogos americanos, si bien con fines diferentes a los originales. El método fue adaptado y refinado por científicos de la Universidad de Stanford y desde entonces es conocido como el método ‘Stanford-Binet’. Curiosamente, uno de los fines para el que se utilizó fue para la organización del ejército americano durante las dos Guerras Mundiales. Las autoridades militares lo emplearon extensamente como uno de los criterios esenciales para asignar ‘destino’ a los soldados recién reclutados. Desde entonces, el test de inteligencia se ha convertido en una herramienta importante, tanto en la Academia como en Psicología de empresa. Prácticamente todo el mundo pasa por él en algún momento de su vida. No puede extrañarnos que el CI haya sido objeto de duras críticas. La primera, el hecho de no ser ‘culturalmente neutral’; esto es, que el tipo de preguntas favorezca a personas acostumbradas a realizar tareas similares, digamos de ‘papel y lápiz’ y de tipo abstracto. Por ejemplo, un estudio realizado con niños semi-abandonados en Brasil, los famosos ‘meninos da rua’, mostró que aunque éstos eran analfabetos y no sabían hacer cálculos aritméticos sobre el papel, tenían una gran capacidad para hacerlos ‘de cabeza’, pues se ganaban la vida vendiendo en puestos callejeros. Otro ejemplo; es sabido que hombres y mujeres tienden a puntuar de forma diferente en distintas pruebas, por esa razón el peso relativo de estas pruebas ha sido ‘ajustado’ para que la puntuación media sea la misma en ambos sexos. De aquí puede concluirse que el ‘peso’ relativo de las pruebas es, en cierto modo arbitrario.

En definitiva, el CI no lo es todo. Seguramente, muchas capacidades cognitivas humanas (inteligencia emocional, creatividad) se escapan a este índice. Y sin embargo, sería un error pensar que el CI es completamente inservible. Para empezar, constituye una medida estandarizada, sistemática y generalmente aceptada por los psicólogos. Tendrá limitaciones, pero nadie ha propuesto una alternativa mejor. El CI es el mejor indicador disponible para medir la capacidad cognitiva general de la población. Para seguir, el CI constituye un índice estable a lo largo de la vida del individuo y con una importante capacidad predictiva. Un amplio estudio (Deary et al., 2004) de una cohorte de 500 personas durante 68 años encontró una correlación de 0.66 entre los CIs de la misma persona medidos a los 11 y a los 79 años . Más importante aun es el hecho de que el CI constituye el mejor predictor conocido de éxito académico (Neisser et al., 1996) y uno de los mejores del éxito profesional (Schmidt and Hunter, 1998). Si el CI no vale para nada, tendríamos que pensar que nuestro sistema educativo tampoco. Además, existe una relación estadísticamente significativa entre el CI de una persona y los años que ésta vive (Whalley and Deary, 2001) (aunque las razones que explican esto último no están claras). Ninguna persona prudente afirmaría hoy día que el CI no tiene ninguna validez para medir la capacidad cognitiva de las personas.

 

El segundo argumento empleado por Gould tiene que ver con el empleo de una técnica estadística denominada “Análisis de Factores”. Los estudios en Psicometría han podido demostrar la existencia de un factor de inteligencia general, denominado g. Este factor no representa ninguna habilidad mental particular, es tan sólo un ente matemático que refleja el hecho de que las personas que puntúan alto en ciertas pruebas –digamos de habilidad verbal- también suelen puntuar alto en las demás pruebas. Esto refleja a su vez la existencia de una capacidad cognitiva general, la llamada ‘inteligencia general’ o, abreviadamente g. La existencia de este factor g tiene gran importancia para los científicos porque contribuye a ‘validar’ lo que miden los test de inteligencia. A pesar de los que diga Gould, el hecho de que capacidades mentales muy diversas y, en principio independientes, muestren una alta correlación, sugiere que g es algo real y constituye una herramienta valiosa. La existencia de g como ente matemático sugiere, aunque no demuestra, que este factor tiene una existencia real en los genes y en la estructura del cerebro.De modo que el problema de la “cosificación” del factor g, de la que se queja repetidamente Gould, difícilmente constituye un problema. Genuínamente, g es una hipótesis que habrá que contrastar. Tendrán que ser la Neurobiología y la Genética las que digan finalmente si g tiene un asiento en nuestro cerebro y nuestro genoma. Es posible que el concepto de “inteligencia” sea nebuloso, como afirma Gould, pero tanto los estudios sobre CI como el concepto de g lo hacen un poco menos nebuloso y más inteligible. Conviene destacar además que la existencia de este factor único, subyacente a todos los dominios cognitivos, constituye uno de los hallazgos más repetibles y repetidos en la historia de la Psicología.

 

La búsqueda de los genes que afectan a la inteligencia equivale a buscar los ‘genes de g’. A pesar de que a esta empresa se han dedicado un buen número de laboratorios de ‘primera’, los resultados están muy lejos de proporcionar una respuesta. Se ha encontrado un cierto número de genes candidatos tanto por asociación con retraso mental y demencia, como por asociación con inteligencia en personas sanas (en realidad, la asociación se estable con determinados alelos de genes que tienen polimorfismo). Entre los hallazgos más prometedores está el gen de la apoliproteína E (asociado a una forma de demencia), así como una asociación entre la dislexia y una región del cromosoma 6 (Plomin, 1999). Otros genes candidatos prometedores son un receptor colinérgico-muscarínico (Commings et al., 2003) y el gen de la catepsina D (Payton et al., 2003). Asimismo, hay pruebas de la asociación entre el gen que codifica la catecol-O-metil-esterasa y las capacidades cognitivas de tipo prefrontal/ejecutivo (Winterer and Goldman, 2003). Está claro que todavía no conocemos la base genética de la inteligencia, no obstante, es pronto para darse por vencido, ya que están surgiendo nuevas herramientas para estudiar el problema.

 

Existen buenas razones para creer que estos genes actúan de forma cuantitativa, esto es, que dicho carácter está determinado por un cierto número de genes, de los cuales coexisten diversas variantes en la población. El resultado es que los individuos no pueden clasificarse de acuerdo a distinciones de tipo blanco/negro, sino que el valor de la variable se distribuye de acuerdo con una curva normal. Estos genes cuantitativos (técnicamente QTL) deben ser los responsables de las variaciones observadas (o más correctamente, del componente genético de la misma). No debe descartarse que se produzcan descubrimientos espectaculares en este campo en un futuro próximo.

 

La cuestión de la heredabilidad de la inteligencia (o mejor dicho, del CI) ha sido objeto de un intenso estudio en las últimas tres décadas, realizado a través de proyectos de gran envergadura. A menudo, la recopilación de los datos requirió muchos años de esfuerzo continuado. En octubre de 1990 se publicó en la prestigiosa revista Science (Bouchard Jr. et al., 1990) un artículo que resumía las investigaciones de muchos años, el denominado ‘estudio de Minnesota’, y que significó el punto de inflexión en este campo. El estudio incluía 56 pares de gemelos idénticos criados aparte, a los que se había sometido a una extensa batería de pruebas, incluyendo la medida del CI. Éste se ha sumado a un buen número de estudios existentes, entre los que se debe destacar al Proyecto de Adopción de Colorado (Plomin and DeFries, 1983). A diferencia del estudio de Minnesota, éste último se basa en la comparación, durante un largo intervalo de tiempo, entre hijos biológicos y adoptados. Un artículo de revisión publicado en 1997 recogía un total de 212 estudios sobre esta materia (Devlin et al., 1997). Existe un amplio consenso entre los expertos con respecto a la alta heredabilidad del CI. Con todo, estas investigaciones no están exentas de posibles críticas y limitaciones, pero lo que no es admisible es ignorarlas.

 

La conclusión inescapable es que Gould hizo trampas y antepuso una ideología mal entendida a la honestidad intelectual. Admitir que el CI es, en parte, heredable y que éste tiene algo que ver con la inteligencia no significa adscribirse a una ideología racista ni de derechas, ni mucho menos abogar por la reducción de políticas sociales (más sobre esto en: https://pablorpalenzuela.wordpress.com/2007/10/18/todos-somos-negros/) No quiero decir con esto que la totalidad de la obra de Gould, como paleontólogo y divulgador científico, carezca de valor. Eso es una historia diferente y requería un análisis diferente. Pero por la “La falsa medida del hombre” se merece un rapapolvo.

 

 

 

 

Bouchard Jr., T.J., Lykken, D.T., McGue, M., Segal, N.L., and Tellegen, A. (1990) Sources of human psychological differences: the Minnesota study of twins reared apart. Science 250: 223-229.

Commings, D.E., Wu, S., and Rostamkhani, M.e.a. (2003) Role of the cholinergic muscarinic 2 receptor (CHRM2) gene in cognition. Molecular Psychiatry 8: 10-13.

Deary, I.J., Whiteman, M.C., Starr, J.M., Whalley, L.J., and Fox, H.C. (2004) The impact of chilhood intelligence on later life: following up the Scottish mental Surveys of 1932 and 1947. Intelligence 32: 130-147.

Devlin, B., Daniels, M., and Roeder, K. (1997) The heritability of IQ. Nature 388: 468-471.

Kamin, L. (1974) The Science and Politics of IQ. New York: Potomac.

Neisser, I.J., Boodoo, G., and Bouchard, T.J. (1996) Intelligence: knowns and unknowns. American Psychologist 51: 77-101.

Payton, A., Holland, F., and Diggle, P.e.a. (2003) Cathepsin D exon 2 polymorphism associated with general intelligence in a healthy older population. Molecular Psychiatry 8: 1-5.

Plomin, R., and DeFries, J.C. (1983) The Colorado Adoption Project. Child Development 54: 276-289.

Plomin, R. (1999) Genetics and general cognitive ability. Nature 402(supp): c25-c29.

Schmidt, F.L., and Hunter, J.E. (1998) The validity and utility of selection methods in personnel psychology: practical and theoretical implications of 85 years of research findings. Psychology Bulletin 124: 262-274.

Whalley, L.J., and Deary, I.J. (2001) Longitudinal cohort study of childhood IQ and survival up to age 76. British Medical Journal 322: 1-5.

Winterer, G., and Goldman, D. (2003) Genetics of human prefrontal function. Brain Res Brain Res Rev 43: 134-163.

 

 


[1] Una revisión de los trabajos de Binet en: Wolf, T.H. (1961) “An individual who made a difference” American Psychologist 16:245-248

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