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La paradoja del dolor

He aquí la paradoja: el dolor intenso y continuado es seguramente una de las experiencias más horribles por las que se puede pasar y, al mismo tiempo, el dolor es tu amigo porque te avisa de que hay algún proceso en marcha sumamente negativo para tu integridad corporal y para tu supervivencia. Por ejemplo, la señorita C (un personaje frecuente en los libros de texto de Psicología) no podía percibir dolor alguno ¿qué suerte, no? Pues no. La señorita C podía estar charlando tranquilamente en la cocina mientras su mano se freía inadvertidamente en una sartén; la señorita C casi se arranca la lengua de un mordisco sin darse cuenta, y así un largo etcétera. La señorita C murió a los 29 años después de múltiples traumas en la piel y los huesos. Por otro lado, millones de personas sufren jaquecas recurrentes e incapacitantes, que constituyen un problema médico en sí, y no por ser el síntoma de algún otro mal subyacente. En estos casos el síntoma es la enfermedad y el dolor el mal a combatir.
El utilitarismo, que en mi opinión es la filosofía moral más avanzada que tenemos, nos induce a maximizar la felicidad y a minimizar el dolor, afirmando implícitamente que el dolor es malo o por lo menos, aquello que produce dolor debe ser evitado. Algunos filósofos utilitaristas, Peter Singer a la cabeza, afirman que la consideración de minimizar el dolor no debe limitarse a los humanos sino a todos los seres “sentientes”. No es la capacidad de hablar, ni la de razonar lo que hace a un ser vivo digno de consideración moral, sino su capacidad de sufrir. El dolor no es menos desagradable y traumático por el hecho de que quien lo sufra tenga una limitada capacidad cognitiva. Independientemente de que estemos de acuerdo o no con esta perspectiva “animalista”, esta cuestión nos lleva a una pregunta interesante: cómo podemos estar seguros de si otro ser vivo puede sentir dolor, sobre todo si se trata de un miembro de otra especie y no puede decírnoslo alto y claro. En este punto el filósofo moral tiene que pedir ayuda al biólogo.
El biólogo nos dice que el primer requisito consiste en tener un sistema nervioso. Los humanos tenemos varios tipos de sensores en la piel y en los órganos internos (corpúsculos de Pacini, discos de Merkel, terminaciones de Ruffini…) que pueden detectar presiones, temperaturas y otras circunstancias potencialmente peligrosas. No tiene sentido hablar de dolor en bacterias, hongos, plantas y otros eucariotas considerados “inferiores”. Las plantas no sufren dolor a pesar de que algunas personas afirman todo tipo de cosas raras al respecto; eso sí, las plantas perciben muchas cosas (luz, temperatura, gravedad, presencia de patógenos e insectos, agua y nutrientes en el suelo, días más cortos o más largos…) pero eso es otro cantar. Por otro lado, existen pocas dudas de que mamíferos y aves son perfectamente capaces de sentir dolor de forma similar a la nuestra (por supuesto es imposible comprender plenamente la experiencia subjetiva de otro ser vivo, sea éste un murciélago o un filósofo ). Algunos partidarios de las corridas de toros han argumentado que estos animales no sufren dolor durante la lidia. El argumento es sumamente endeble y ha sido refutado para el caso específico de los toros durante la corrida. Si los mamíferos pueden sufrir y las plantas no ¿en qué grupo taxonómico comienza esta capacidad? La pregunta es relevante no sólo desde el punto de vista de la zoología sino que además, obviamente, tiene consecuencias éticas.
Un grupo de animales donde tiene sentido que nos hagamos esta pregunta es el de los peces; seres con los que solemos empatizar muy poco y que nos causan escasos remordimientos cuando nos los comemos o los pescamos. En general, los pescadores son considerados (y se consideran ellos mismos) en una categoría muy distinta de las cazadores. Estos últimos matan a seres (relativamente) inteligentes y (a veces) adorables como por ejemplo los ciervos o los zorros. Así que la caza es una actividad mucho más cuestionada que la pesca desde un punto de vista ético. Es imposible que la muerte violenta de un besugo nos afecte de la misma manera que la de una cría de foca. Pero para que nuestra coherencia fuera total tendríamos que estar seguros de que el besugo es un ser menos “sentiente” que la cría de foca. Reconozco que la matanza de besugos no va a generar muchos titulares, al menos de momento, pero ¿qué nos dice el biólogo del potencial sufrimiento del besugo?
Los peces obviamente tienen un sistema nervioso bien desarrollado. También se sabe que poseen abundantes terminaciones nerviosas en la boca, así que es seguro que pueden percibir el anzuelo que se clava. Sin embargo, esto no es suficiente. La percepción del daño no implica necesariamente que haya una experiencia dolorosa. Para esto necesitaríamos algo más: que se produjera una “representación mental” del dolor, lo que corresponde aproximadamente con el sentido habitual del término “sufrimiento”. Esto es particularmente relevante para la práctica de la pesca sin muerte. Los pescadores de esta modalidad dicen que esta actividad es “impecable” desde el punto de vista ético y medioambiental. Cómo no, algunos animalistas aducen que se produce un daño innecesario a los peces. Nos vemos obligados a reformular la pregunta: ¿sufren las truchas al ser pescadas y devueltas al río?
Victoria Braithewaite, una profesora de la Universidad de Pennsylvania afirma que así es (http://www.psu.edu/dept/braithwaite/victoria.html) después de largos años investigando este asunto. Durante años los científicos creían que los peces no pueden sufrir porque carecen de amígdala, la estructura cerebral que en mamíferos almacena información relevante sobre experiencias notablemente malas o buenas y que es indispensable para aportar un contenido emocional a la percepción de estímulos. Pero hace unos años los zoólogos descubrieron una estructura equivalente en los peces, lo cual cambia por completo la cuestión. El equipo de Braithewaite comenzó inyectando una pequeña cantidad de ácido en el labio de los peces y puso en evidencia una conducta típica de animales que sufren: se frotaban el labio insistentemente y no mostraban interés por la comida (frente a individuos de control que no mostraban esta conducta). Seguidamente los investigadores diseñaron un test que permitiera poner en evidencia si los peces tratados por ácido estaban o no en un “estado mental perturbado” que pudiéramos catalogar como “doliente”. Para ello entrenaban a los peces en una especie de laberinto construido en la pecera; en uno de los puntos clave, donde el pez tenía que decidir entre dos posibles caminos, colocaban un estímulo nuevo. La reacción normal en un pez sano consistía en detenerse ante el nuevo objeto y nadar rápidamente hacia el lado correcto, sin perder contacto visual con el objeto. Sin embargo, los individuos que estaban bajo la influencia del dolor ignoraban el peligro potencial de forma significativa. Esta diferencia en lo que puede considerarse una conducta normal sugiere que los peces objetos del experimento experimentan una representación mental del dolor que interfiere con sus capacidades. En definitiva, los peces pueden sufrir.
Aunque estos datos son sugestivos, seguramente no son suficientes para zanjar completamente la cuestión. Para empezar, no es seguro que la inyección con ácido sea equivalente al efecto del anzuelo, aunque es posible que así sea. En otro orden de cosas, es posible aceptar la validez científica de estos resultados y no aceptar la conclusión de que es éticamente incorrecto pescar con caña. Se puede argumentar que el dolor que sufren los peces está justificado por el placer que la pesca reporta a los humanos que la practican. En cualquier caso, es importante que seamos capaces de separar los hechos (que los peces son capaces de sufrir) con los valores (si es no moralmente correcto hacer sufrir a los peces).

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¿Quién sabe contar?

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Es evidente que uno de los conceptos esenciales de las matemáticas es el de “número”; no obstante, éste resulta muy difícil de definir. La mayoría de los libros de texto soslaya esta cuestión o admite que se trata de un concepto “intuitivo” y que no precisa de definición, ya que resulta “evidente por sí mismo”. Por cierto, la definición que a mí me dieron en el bachillerato (lo que tienen en común dos conjuntos coordinables) es completamente falaz (conjuntos coordinables son aquellos que tienen el mismo número de elementos).

Es posible que los matemáticos consideren así zanjada la cuestión, pero para los psicólogos evolucionistas (y los biólogos en general), admitir que el concepto sea intuitivo es tan sólo el comienzo de la historia ¿compartimos con otras especies este capacidad? ¿tiene valor adaptativo? Curiosamente, en las últimas semanas se han publicado varios trabajos relativos a esta cuestión  ¿quién sabe contar?

Uno.- Los peces. Las hembras del pez mosquito son capaces de contar (dentro de ciertos límites) el número de colegas que nadan a su alrededor, de acuerdo con un trabajo que se publicará próximamente en la revista Cognition. Según los autores del trabajo, para estos animales el tamaño del banco es un factor de protección, de aquí que hayan aprendido a seleccionar el grupo de compañeros exclusivamente en función de su tamaño numérico. En los experimentos, prefirieron los grupos de tres individuos frente a los de dos, y a los de ocho frente a cuatro.

Dos.-Las abejas. En este caso, los experimentadores entrenaron a un grupo de abejas haciéndolas pasar por un túnel, en cuya salida había una señal dibujada, p.e. dos puntos azules. De ahí pasaban a una cámara con dos posibles salidas, si escogían la que tenía la misma marca que la de la entrada ¡bingo! recibían un premio. Pueden contar hasta 3.  Gross et al., PLoS ONE .

Tres.- Los bebés humanos. Veronique Izard y sus colaboradores mostraron a una serie de bebés de 4 días de edad secuencias con un cierto número de formas en una pantalla; a la vez eran expuestos a un número de sílabas habladas. Cuando ambos números coincidían, los bebés mantuvieron la mirada en la pantalla un tiempo significativamente más largo que en el caso contrario (Izard at al., PNAS).

Cuatro.- !Los pollitos recién nacidos! pueden distinguir conjuntos de dos o de tres objetos. Incluso son capaces de percibir operaciones simples de aritmética (Rugani et al., Proceeding of the Royal Society B).

Cinco.- ¡¡Las bacterias!! Aunque no se trata de bacterias normales, sino de cepas modificadas mediante ingeniería genética, en las cuales  se ha introducido un circuito genético que les permite “contar” hasta 3 pulsos de azúcar. Al tercero, la bacteria produce una proteína fluorescente, mostrando a los investigadores que ha realizado correctamente la operación. Estas cepas con un contador incorporado podrían ayudar a la monitorización de toxinas en el medio (Friedland et al., Science).

También se han descrito habilidades numéricas en chimpancés, delfines, ratas, salamandras e incluso alumnos de la LOGSE.


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El perspicaz pájaro burlón

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Los habitantes de las ciudades suelen prestar bastante poca atención a la (escasa) bio-diversidad que los rodea. Personalmente, no comparto este desinterés. Por ejemplo, cuando llegan los vencejos a finales de marzo, me parece una noticia importante que debería aparecer en los periódicos locales. En algunos casos, la indiferencia es sustituida por una mal disimulada inquina, p.e. las palomas son consideradas “ratas con alas”.

Independientemente de los gustos de cada cual, hay que reconocer que las especies capaces de medrar en hábitats urbanos suelen demostrar una notable flexibilidad de conducta y capacidad de adaptación.

Uno de los ejemplos más notables es el “mocking bird” (Mimus polyglottos), un ave exclusiva del continente americano y que no tiene un nombre común en español; de manera que lo llamaremos por su traducción literal: pájaro burlón. El nombre obedece a su costumbre de imitar el canto de otras especies y ejecutarlo de forma repetida, como si se estuviera riendo de los demás. Si alguien tiene interés en escuchar su canto: aquí.

El pájaro burlón no se limita a mofarse, sino que además demuestra una capaz cognitiva notable para un ave, de acuerdo con un trabajo muy reciente publicado en PNAS  (Levey et al. (2009))

Parece claro que los burlones son muy sensibles ante cualquier cosa que ocurra cerca de sus nidos. Si una persona se acerca demasiado, amenazan al intruso gritos de alarma. Lo realmente sorprendente es que también son capaces de reconocer individualmente a las personas que se acercan al nido y distinguir entre simples paseantes y amenazas potenciales. Los investigadores idearon un dispositivo experimental en el que había “intrusos” (personas que se acercaban al nido más de lo que los padres consideraron razonable) y “paseantes” (personas que se mantuvieron  dentro de una distancia de seguridad). Los burlones aprendían a distinguirlos con tan sólo dos exposiciones de 30 segundos. No está mal.

Esta capacidad refleja una flexibilidad de conducta que posiblemente resulta crucial para colonizar el hábitat urbano.

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