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Los orígenes de la moral y la cultura

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Sin duda, “moral” y “cultura” son dos características eminentemente humanas. No es que estén totalmente ausentes en otras especies, pero entre los Homo sapiens han alcanzado muchísima más importancia y complejidad. No cabe duda de que ambas características han evolucionado en nuestra en especie y por tanto, deben tener una base biológica (que me perdonen lo ambientalistas fanáticos). Tampoco puede negarse la más que probable co-evolución entre genes y cultura (que me perdonen los biologicistas radicales). En cualquier caso, estoy seguro de que los dos artículos publicados en el último número de Science sobre el origen de (respectivamente) moral y cultura va a dar mucho que hablar a todos los interesados por estas cuestiones.

En ambos artículos, los autores llegan a explicaciones sorprendentes, atrevidas, contra-intuitivas y políticamente incorrectas, aunque (y esto es lo importante) las apoyan con datos y modelos matemáticos. No obstante, no creo que las dos cuestiones se vayan a zanjar aquí, sino más bien lo contrario. Entrando en materia, la hipótesis de Samuel Bowles (Bowles, S. 2009) afirma que el origen de la cooperación y la camaradería entre los humanos estriba justamente en…¡la guerra! Y para apoyar esta hipótesis ha “resucitado” una de las teorías más descalificadas en Biología Evolutiva en los últimos tiempos: la selección de grupo. Se trata, pues, de un tabú encima de un sacrilegio. Sin inmutarse, Bowles afirma que en el conflicto inter-tribal prolongado y letal puede promover la selección de genes “altruistas”. Pero antes de seguir comentando el artículo, conviene dar un pequeño rodeo.

Para empezar, la hipótesis de Bowles se mete de lleno en un pozo de “incorrección política”. Hasta hace pocos años, el Modelo Estándar en Ciencias Sociales favorecía la idea de Rousseau del “Buen salvaje” (el hombre es bueno por Naturaleza pero la sociedad lo hace malo), por lo que la mera sugerencia de que esta actividad forma parte de nuestro pasado evolutivo basta (o bastaba) para ser declarado indeseable. Aunque sea doloroso, hay que reconocer que el “Mito del Buen Salvaje” es notoriamente falso, como han puesto de relieve estudios antropológicos recientes. Por ejemplo, el arqueólogo Lawrence Keeley ha estimado la tasa de homicidios en diferentes sociedades. Veamos los datos: el récord de violencia lo tienen los legendarios jíbaros de Perú, donde cerca del 60% de los varones son víctimas de homicidio a manos de sus congéneres. Entre los yanomami, la tasa de homicidios varían entre el casi 40% de los ‘belicosos’ shamatari y el 20% de los más ‘pacíficos’ namowei. La mayor parte de las culturas estudiadas, procedentes sobre todo de Sudamérica y Nueva Guinea oscilaba entre estos valores. Incluso entre los pacíficos !Kung, el homicidio es más frecuente que entre los barrios considerados peligrosos de Los Ángeles. En contraste, la frecuencia de muerte por homicidio en Europa y Estados Unidos durante el siglo XX no pasa del 1%, y eso que incluye dos guerras mundiales con ‘armas de destrucción masivas’ y otros conflictos armados. En la actualidad y en algunos países, como Japón, la tasa frecuencia de homicidio es inferior al 0.1%, 100 veces menor que en la mayoría de los cazadores-recolectores y 600 veces menor que entre los jíbaros. O sea, que podemos reconocer que nuestro pasado evolutivo está plagado de conflictos inter-tribales, frecuentemente letales, sin hacer por ello una apología de la violencia y sin afirmar que ésta es inevitable. Pero los datos son los datos.

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El segundo berenjenal en el que se mete Bowles estriba en tratar de resucitar la teoría de selección de grupo, según la cual en animales sociales la unidad básica sobre la que opera la selección natural es el grupo, no el individuo. Por ejemplo, si pensamos en una manada de lobos, en una banda de macacos o en una bandada de grajillas, ninguno de estos animales puede sobrevivir por su cuenta, de manera que su destino individual se encuentra inevitablemente unido al del grupo. Si éste tiene éxito, aumentará de tamaño y si no lo tiene desaparecerá; por tanto, la selección natural puede mantener conductas que favorezcan al grupo en conjunto, aunque sean negativas para el animal que las ejecuta. Por poner un símil futbolístico, la selección natural estaría operando con equipos y no con jugadores individuales. Esta teoría es considerada poco plausible ya que incluso un flujo de genes moderado entre los grupos destruiría rápidamente las diferencias genéticas necesarias para que la teoría funcione; la mayoría de los biólogos acepta hoy día que la selección natural transcurre fundamentalmente a nivel de individuo.

Pero no todo el mundo está de acuerdo. Algunas publicaciones recientes han reabierto el debate al afirmar que, en algunos casos muy determinados, la selección de grupos puede ser importante. En este caso, Bowles hace una hipótesis realmente atrevida: que la estructura poblacional de los cazadores-recolectores del Paleolítico pudo permitir la selección (vía grupo) de genes que favorecen conductas altruistas. Bien es verdad que el modelo asume que la guerra entre tribus era frecuente y que ésta suponía un coste notable en vidas en todos los casos y, muy particularmente para los vencidos. Importa señalar que Bowles también admite la posibilidad de que el altruísmo se deba no sólo a los genes, sino a la aparición de memes relacionados con este tipo de conducta. Tanto los genes como los rasgos culturales son heredables (aunque no de la misma forma) y están sometidos al proceso evolutivo. El trabajo de Bowles se ha basado en datos arqueológicos previos según los cuales, como promedio, la guerra causó el 14-16% de las muertes en sociedades de cazadores-recolectores, tanto históricas como recientes. De acuerdo con el modelo matemático de Bowles, el coste de perder un conflicto armado es lo suficientemente alto como para equilibrar los riesgos individuales de la guerra, particularmente si el grupo es relativamente endógamo y sus miembros comparten muchos alelos comunes. Es evidente que construir un modelo matemáticamente correcto no es suficiente por sí mismo para demostrar una hipótesis. Y la validación de este modelo es, al menos, complicada. Los aficionados a las discusiones tendrán un filón aquí.

Además, el modelo deja algunos cabos sueltos. Muy notablemente no distingue entre los sexos a pesar de que las consecuencias de la guerra eran generalmente muy diferentes en cada caso; p.e. las mujeres no solían participar directamente y en caso de derrota podían ser “absorbidas” por los vencedores (eufemismo para “violación sistemática, esclavitud y eventual integración tras varias generaciones). El problema es que el apareamiento entre los hombres del grupo vencedor y las mujeres del vencido tendería a diluir los genes altruistas, y no a concentrarlos. Bowles argumenta que a pesar de todo, el modelo predice la selección de genes altruistas, aunque de forma más lenta respecto a la alternativa radical de liquidar a todos los vencidos.

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El segundo trabajo, firmado por Powell y colaboradores (Powell et al., 2009), aborda el misterio del rápido desarrollo de la tecnología y el arte en el Paleolítico superior (hace unos 45.000 años) a pesar de que los humanos genéticamente modernos habían surgido en África en un periodo muy anterior (tema tratado aquí recientemente). Según estos autores, el factor clave para que se produjera el Gran Salto Adelante fue la densidad demográfica. Por supuesto, las capacidades cognitivas necesarias va estaban allí, pero sin este elemento clave todavía podríamos estar empleando una tecnología no muy diferente de la del neanderthal.

Thomas y colaboradores también se basan en modelos matemáticos que tratan de explicar el patrón de “idas y venidas” en la aparición de la moderna cultura y tecnología. Aunque los humanos aparecimos hace 150-200.000 años, los primeros vestigios de cultura moderna (tales como collares, arpones, o el empleo de pigmentos) aparece brevemente en Africa hace unos 90.000 años. Después estos vestigios desaparecen y no volverán hasta la Edad de Oro del Paleolítico superior europeo, alrededor de 35.000 BC y coincidiendo con las pinturas rupestres del Cantábrico. La idea central de estos investigadores es que es necesario un número mínimo de personas para mantener tal nivel de conocimientos y destrezas en una población. Si no se alcanza el mínimo, la capacidad tecnológica tiende a fluctuar. Es posible que algunos avances se pierdan por que sus poseedores desparezcan sin trasmitirlos. Además, el avance tecnológico es más rápido cuando hay más personas tratando de resolver los mismos problemas. El modelo matemático establecido sugiere que cuando el número de grupos que interaccionan llega a 50, la capacidad tecnológica no aumenta con el número de grupos, sino con la densidad de población. Los autores sugieren que la tímida “revolución africana” de hace 90.000 años se vio truncada por una disminución de la población debida –seguramente- a un cambio climático.

Curiosamente, ambos trabajos plantean escenarios de evolución humana bien distintos, incluso contrapuestos. Por un lado, los humanos debían masacrarse unos a otros con frecuencia para ser altruistas; por otro lado, habría sido necesario la interacción cooperativa y el intercambio entre grupos humanos bastante amplios para que pudiera surgir la cultura moderna ¿O tal vez no? Una vez leí que durante la Guerra Civil española los soldados de las trincheras organizaban intercambios entre los dos bandos; tabaco por papel de fumar (vale lo de matarse unos a otros, pero… ¿quedarse sin fumar?).

Somos animales complicados.

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Parentesco entre esposos y crecimiento demográfico

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Es un hecho indiscutible que la “fertilidad” (número de hijos por mujer), ha disminuido en prácticamente todos los países durante las últimas décadas. Para explicar este hecho se han propuesto varias teorías, todas ellas basadas en cambios en las condiciones sociales. Una posibilidad (que parece evidente) es que la disminución del número de hijos sea consecuencia directa de las mayores facilidades de control que ofrecen los métodos anticonceptivos modernos. Otras explicaciones se basan en la necesidad de tener hijos para que éstos se ocupen de los padres en sociedades donde no existe un sistema de pensiones ni seguridad social. Sin embargo nunca había oído de ninguna teoría que explicase el declive de la fertilidad en función de causas biológicas, y más concretamente genéticas, pero esto es justo lo que hace un provocador artículo publicado recientemente en Science (Helgason et al., 2008).

 

Los autores se han basado en DeCode, la base de datos que contiene datos médicos, genealógicos y genéticos de los habitantes de Islandia (véase: https://pablorpalenzuela.wordpress.com/2008/02/06/gripe-espanola-en-islandia-no-fueron-los-genes/). Esta colección de datos es absolutamente excepcional porque es enormemente completa y porque la sociedad islandesa está considerada como una de las más homogéneas del planeta, tanto desde el punto de vista genético como social. De modo que constituye una especie de “experimento nacional en genética humana”, ya que permite buscar correlaciones entre variaciones genéticas y otros factores, como susceptibilidad a enfermedades. En este caso, lo que han encontrado los investigadores es una asociación estadística entre el grado de parentesco entre los esposos y la fertilidad del matrimonio. Esta asociación –inesperada- resulta ser enormemente “fuerte”, desde el punto de vista estadístico, lo que lleva a los autores a afirmar que este fenómeno puede explicar (en buena parte) la observada disminución de fertilidad en todo el planeta.

 

La conclusión es algo “contra-intuitiva”. Es bien sabido que la excesiva consanguinidad tiene efectos negativos, ya que aumenta las posibilidades de que mutaciones deletéreas presentes en ambos progenitores produzcan enfermedades genéticas en la descendencia (más sobre esto en:https://pablorpalenzuela.wordpress.com/2007/11/09/las-malhadadas-novias-taiwanesas/). Sin embargo, también es posible que la excesiva exogamia tenga consecuencias negativas, en el sentido de que disminuyan el nivel de fertilidad. Los autores sugieren que esto se debe a la rotura de complejos génicos que se han adaptado mediante co-evolución (aunque expresan esta idea de forma bastante vaga, puede suponerse que algunos alelos tienen interacciones negativas y que por ello se han seleccionado “conjuntos” de alelos entre los cuales no se producen tales interacciones). Estos conjuntos de alelos se romperían en los cruzamientos entre progenitores muy alejados genéticamente, pero no lo harían si el grado de parentesco entre los mismos fuese mayor. En definitiva, según esta hipótesis existe un grado de parentesco entre esposos óptimo, para el cual la fertilidad es máxima. En concreto, los resultados del trabajo sugieren que este nivel óptimo se produce entre primos en tercer o cuarto grado. Si el nivel de parentesco es menor, la fertilidad disminuye.

 

Y esto es justamente lo que ha sucedido en casi todo el planeta en la transición de las típicas sociedades rurales a las sociedades modernas. En las primeras, las posibilidades de elección de pareja eran más reducidas y los matrimonios solían realizarse entre localidades geográficamente cercanas, lo que también supone un alto grado de parentesco genético. En las sociedades urbanas, dicho “patrón” se rompe. En las ciudades las posibilidades de emparejamiento con personas más lejanas (genéticamente) aumenta enormemente y este factor sería fundamental, según los autores del artículo, para explicar el fenómeno.

 

Es posible que los partidarios de las explicaciones culturales frente a las biológicas protesten. Desde luego, mi opinión es que aun es pronto para aceptar la hipótesis de este trabajo y se impone mantener una mentalidad abierta al respecto. Los autores argumentan que la correlación entre fertilidad y parentesco es robusta y detectable a lo largo de toda la serie temporal examinada (1800-1965),  la cual precede al uso generalizado de la píldora anticonceptiva.

 

Los datos islandeses permiten estudiar la relación entre parentesco genético y fertilidad durante varias generaciones. Seguramente, el dato más contundente es el que aparece en el gráfico adjunto, sacado del trabajo, y que representa en el eje vertical el número de “nietos por pareja” y en el eje horizontal el grado de parentesco. El primer nivel (a la izquierda) corresponde a los primos en segundo grado, y así sucesivamente (tercer, cuarto, quinto grado…) hasta el último nivel (a la derecha) que corresponde a un grado de parentesco equivalente a primos en octavo grado o menor. Los datos son bastante elocuentes.

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Naturalmente, los islandeses han experimentados los cambios asociados a la modernización como muchos otros países. Entonces ¿cómo afirman los autores que el cambio en la fertilidad no es consecuencia de dichos cambios sociales y culturales? El argumento clave es que la asociación es clara tanto al principio como al final del periodo de estudio. Esto es, lo que han visto es que tanto en las condiciones sociales de 1800 como en las de 1965, la fertilidad varía con el parentesco de forma parecida a la de la figura. Es un argumento poderoso, pero ¿definitivo? Más bien, serán necesarios otros estudios para determinar hasta qué punto la disminución del parentesco genético es responsable de la bajada en fertilidad.

 

Conviene decir que las explicaciones “sociales” se han basado siempre en correlaciones menos controladas que las de este trabajo. Por ejemplo, la siguiente figura muestra una relación negativa entre el nivel de estudios de la madre y el número de hijos en algunos países ((Roodman, 1999) página 345). No niego que pueda existir una relación causa efecto entre ambas (y es posible que así sea), pero existen multitud de factores sociales y genéticos operando a la vez. En todo caso, estos datos no son incompatibles con la hipótesis formulada por Helgason y colaboradores. Con la modernización se producen numerosos cambios sociales en paralelo con la modificación del patrón de parentesco entre esposos; de modo que encontraríamos correlaciones entre baja fertilidad y diversos factores. Correlación no implica causa-efecto.

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Helgason, A., Palsson, S., Guöbjartsson, D.F., Kristjansson, P., and Stefansson, K. (2008) An association between the kinship and fertility of human couples. Science 319: 813-816.

Roodman, D.M. (1999) La construcción de una sociedad sostenible: Icaria editorial.

 

 

 

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Las malhadadas novias taiwanesas

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A finales del siglo XIX los antropólogos cayeron en la cuenta de que la mayoría de las sociedades tienen algún tipo de tabú relativo al incesto. La (poco plausible) explicación al uso fue que las propias sociedades se habían impuesto una especie de “cuarentena” genética para evitar los problemas asociados a largo plazo con la endogamia. Por entonces, el investigador Edvard Westermarck propuso que tendencia a evitar el incesto podría tener una base biológica/instintiva más que cultural. Esta teoría implica dos cosas: una es la capacidad de identificar qué individuos están genéticamente relacionados con uno mismo. La otra es una aversión innata a aparearse con ellos.

Es un hecho conocido que el cruzamiento entre parientes cercanos, la denominada endogamia, hace que los descendientes sean homocigotos para muchos de los genes y de aquí se deriva una posibilidad mayor de que aparezcan enfermedades hereditarias, cuyos síntomas sólo se manifiestan si un individuo posee dos copias del gen defectuoso. Estas enfermedades son, en general bastante raras, pero se calcula que cualquier individuo elegido al azar presenta varios de estos defectos genéticos. Es cierto que lo más probable es que dichos defectos no se manifiesten en la descendencia, excepto si se da la desgraciada circunstancia que nuestra pareja presente defectos genéticos exactamente en el mismo gen. La probabilidad de que esto ocurra aumenta enormemente en los cruzamientos consanguíneos. Por otra parte, se ha comprobado en numerosas ocasiones y especies que los individuos cuyos progenitores están genéticamente alejados presentan características ventajosas. Este fenómeno se denomina ‘vigor híbrido’ y sus causas no han sido totalmente explicadas hasta el momento.

A priori, la hipótesis de Westermarck se basa en tres hechos relativamente probados. El primero es que dicho tabú es un ‘universal’, una característica común a la inmensa mayoría de las sociedades estudiadas. En segundo lugar, muchas especies de animales, y entre ellos la mayoría de los primates, tienen mecanismos que favorecen la exogamia. En tercer lugar, ya se ha mencionado las desventajas genéticas que se derivan de una excesiva consanguinidad.

¿Cómo podríamos reconocer a nuestros parientes cercanos? Westermarck sugirió que se trata de un mecanismo ‘dependiente del ambiente’ similar al fenómeno de “imprinting” que describió (mucho después) Konrad Lorenz. Consideremos el siguiente ejemplo. Cuando una cabra pare a un cabritillo es indispensable que los dos animales estén juntos durante un periodo crítico de unas pocas horas. Durante ese corto intervalo, la cabra está sensibilizada y ‘reconoce’ al animal que tiene delante como su descendencia. Si nos llevamos a la cría y la mantenemos alejada durante unas horas, la madre nunca la reconocerá como suya y evitará cualquier intento por parte de ésta de amamantarse. Por el contrario, es posible ‘engañar’ a la cabra para que adopte como suyo un cachorro de otra especie y lo ‘críe’, siempre que el contacto se produzca durante este periodo crítico. Se sabe que la sustancia desencadenante de este vínculo es la hormona oxitocina, que a su vez es la sustancia que controla la dilatación del útero durante el parto. De una forma simplificada podríamos decir que el ‘programa’ que tiene pre-grabado la cabra es el siguiente: ‘si tienes contacto con un cachorro bajo el efecto de la oxitocina, entonces ese es tu hijo; cuídalo’. En condiciones normales, el ‘programa’ consigue que la cabra cuide efectivamente de su descendencia.

La hipótesis de Westermarck [1] ha recibido un cierto apoyo experimental a partir de los estudios de Wolf[2] sobre las ‘malhadadas novias taiwanesas’. En la sociedad tradicional de Taiwán estaba muy arraigada la costumbre de los matrimonios simpua, concertados desde la infancia. En estos casos, la novia se trasladaba a vivir con sus futuros suegros, de manera que los novios se criaban juntos como si fuesen hermanos. Lo que se encontró es que estos matrimonios en los que los novios se habían criado juntos (antes de los tres años) eran estadísticamente más desgraciados (mayor frecuencia de adulterio, mayor número de matrimonios no consumados y mayor conflictividad) que aquellos en que los novios se conocieron poco antes de la boda. Esto va contra la intuición. En principio, parece lógico pensar que el hecho de que los novios se conozcan desde hace largos años debería ser un factor favorable a la estabilidad de la pareja, y no al contrario. De forma análoga al ejemplo anterior de la cabra, el programa que tendríamos grabado en nuestro cerebro sería algo así como: ‘si conoces a un individuo de diferente sexo desde la infancia, probablemente es tu hermano/a: no te aparees con él/ella ’.

Los datos procedentes de los matrimonios taiwaneses concuerdan con los obtenidos de los ‘kibutz’ israelíes de los años sesenta, donde los niños eran cuidados de forma comunal. Al llegar a adultos, éstos raramente elegían pareja dentro del kibutz.

También se ha señalado que el incesto entre hermanos es un suceso relativamente raro en nuestra sociedad y que el mero hecho de que exista un ‘prejuicio social’ en contra no justifica por sí solo la baja frecuencia con que se produce. También existe una norma social que prohíbe el adulterio, en algunos países bajo pena de muerte, y en cambio este hecho es sumamente frecuente en la mayoría de las sociedades. Es verdad que resulta sospechosa la facilidad que tenemos los humanos para cumplir con el tabú del incesto.

El hecho de que la atracción sexual entre hermanos sea un suceso raro en la inmensa mayoría de los casos, habla a favor de que esta conducta tenga una base biológica y sea una buena candidata de constituir una ‘adaptación’, no obstante, la evidencia acumulada todavía no puede considerarse totalmente conclusiva.

 


[1] Westermark, E. “History of Human Mating” Macmillan, 1891

[2] Wolf, A.P. “Sexual attraction and childhood association: a Chinese brief for Edward Westernack” Stanford University Press, 1995

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