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Bacterias gorronas

bacteria

Esta semana ha aparecido una noticia acerca de mis amigas las bacterias que no quiero dejar de comentar, y tiene que ver con la “vida social” de estos seres. El concepto puede parecer un poco raro (¿cómo es posible que las bacterias tengan vida social y yo no?). Y sin embargo existe. Aunque las células bacterianas individuales compiten fieramente por los nutrientes en momentos de abundancia, para sobrevivir en condiciones duras (que son las más frecuentes) suelen depender de la cooperación entre ellas.

Por ejemplo, tienen que “ponerse de acuerdo” para formar “biofilms”: una especie de estructura pluricelular que les permite fijarse a superficies sólidas. También tienen que “ponerse de acuerdo” para efectuar un movimiento de migración en masa denominado “swarmming”.Para este tipo de acciones, las bacterias tienen que comunicarse, y no en un sentido metafórico sino literal, así que le podemos quitar las comillas al ponerse de acuerdo. La comunicación se produce frecuentemente a través de unas sustancias (homoserín-lactonas) que son producidas y excretadas por las células bacterianas. Al mismo tiempo, las bacterias perciben la concentración de homoserín-lactonas que hay a su alrededor, con lo que adquieren una información precisa sobre la densidad de congéneres en el espacio circundante. No es extraño que estos sistemas se hayan denominado “quorum sensing”. Si, efectivamente, hay quórum, las bacterias desencadenan una respuesta adecuada.

¡Qué bonito! Las bacterias hablan entre ellas y cooperan. Lo malo es que este sistema sale caro en términos de energía: hay que sintetizar estas moléculas y enviarlas al exterior. Y de aquí surge el problema de toda actividad cooperativa en cualquier sociedad (humana o no): el problema de los gorrones. ¿Qué pasa si una bacteria individual se ahorra el esfuerzo pero se aprovecha de las ventajas? Pues que se reproduce más deprisa que las bacterias decentes, lo que resta eficacia al conjunto. En el caso de una bacteria patógena, el resultado bien puede ser una menor capacidad para producir enfermedad en el hospedador.

En este trabajo, presentado por Stuart West en un meeting de la Royal Society of London, los científicos encontraron que al co-infectar a hospedadores (ratones) con una mezcla de dos cepas de Pseudomonas aeruginosa (una decente y otra gorrona) la infección era mucho más leve que al infectar sólo con bacterias cooperativas ¿Podrían emplearse estas bacterias tramposas para combatir enfermedades?

Este tipo de fenómenos sugiere que antes de que surgieran los seres pluricelulares propiamente dichos, los antecesores de las bacterias llevaban mucho tiempo “ensayando” diversos tipos de estructuras cooperativas. Un animal pluricelular puede considerarse un caso extremo de cooperación celular.

Natura non facit saltum

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Ambiente degradado, conducta degradada

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En los años 80, George Kelling, de la Universidad de Rutgers, lanzó la idea denominada (más tarde) el “efecto ventana rota”. La idea es bien simple: el hecho de ver una ventana rota u otro signo de vandalismo nos predispone a cometer otros actos incivilizados. Dicho y hecho; el entonces alcalde de Nueva York Rudi Giuliani inició una vigorosa política de tolerancia cero con respecto a los delitos menores o actos vandálicos con la esperanza de disminuir el número de delitos (grandes o pequeños).

La idea aparentemente funcionó. Al menos, los niveles de delincuencia en Nueva York disminuyeron notablemente en esos años y otras muchas ciudades han tratado de seguir este ejemplo. Sin embargo, no todo el mundo está convencido de que exista una relación causa-efecto entre un ambiente degradado y una conducta degradada. Otras causas son posibles y se han propuesto varias: mejor situación económica, nuevas leyes, incluso la eliminación del plomo en la gasolina; todos estos factores también concurrieron al mismo tiempo que la disminución de la delincuencia en esta ciudad.

Personalmente, estaba convencido de que el efecto ventana rota funciona, desde que empecé a trabajar en el laboratorio para mi tesis doctoral. Descubrí que si una poyata estaba inmaculadamente limpia tendía a permanecer así; mientras que si estaba desordenada y sucia los usuarios siguientes solían aumentar la suciedad y el desorden. Naturalmente, no se me ocurrió ponerle un nombre ni generalizarlo a la conducta anti-social en las calles, así que no puedo clamar ningún crédito por ello.

No obstante, una cosa es “estar personalmente convencido” de algo y otra es tener evidencia experimental al respecto. Análogamente, la policía no sólo tiene que estar convencida de la culpabilidad del acusado, tiene que presentar pruebas ante un tribunal. Y esto es justamente lo que ha hecho un equipo de la Universidad de Groningen (Holanda), en una interesante publicación aparecida el pasado viernes en la revista Science (Keizer et al., 2008).

Los investigadores idearon una serie de ingeniosos experimentos, en cierto modo parecidos a las situaciones de “cámara oculta”, en las que incitaban a los transeúntes a cometer delitos menores, mientras observaban su comportamiento. Lo más importante es que la situación podía transcurrir en un ambiente “normal” o “degradado”, según lo preparasen los científicos. En un experimento colocaban panfletos de propaganda en las bicicletas aparcadas en un callejón. Como no había papeleras, los infortunados ciclistas sólo tenían dos opciones: o tirar el panfleto o llevárselo. En condiciones normales, un 33% lo tiraron al suelo (nunca hubiera pensado una cosa así de los civilizados holandeses); pero cuando el callejón estaba cubierto de graffitis el porcentaje ascendió al 69%.

En otro experimento colocaron un billete de 5 euros asomando claramente en el buzón de una casa. En condiciones ordenadas, el 13% se llevó el billete. Cuando el buzón estaba cubierto de graffitis, lo hizo el 27%. Incluso si el buzón estaba limpio pero había basura alrededor, el porcentaje de ladrones llegó al 25%.

Una golondrina no hace verano y un paper no suele zanjar una cuestión, pero se diría que las decisiones morales pueden estar muy influidas por el entorno.

Al menos en Holanda.

Keizer, K., Lindenberg, S., and Steg, L. (2008) The Spreading of Disorder. Science.

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