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Infanticidas condicionales y el “efecto Bruce”

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Seguramente usted ha contemplado miles de asesinatos en la pantalla (basta ver un ratito la tele), sin embargo, es improbable que en esa misma pantalla haya visto muchas escenas explícitas de infanticidio. Quiero decir, en plan bestia, recreándose en los detalles. Naturalmente. la imagen de un adulto cargándose a un niño pequeño da muy mal rollo y sería considerado “hard core”. El infanticidio es tabú.Y sin embargo ha estado presente en todas las sociedades pasadas y presentes. Pero no es mi inteción hablar hoy de este fenómeno en nuestra especie sino en otros mamíferos.

Resulta que en muchas especies de mamíferos, el infanticidio es muy, muy frecuente, tal como demostró un largo y meticuloso estudio publicado en Science (el trabajo aquí). Un caso bien estudiado es el de los monos langures (Semnopithecus), un género que habita en la India y muchas áreas de la cordillera del Himalaya. Naturalmente, la matanza de crías no es el resultado de una conducta caprichosa, sino que es una estrategia deliberada. Los perpetradores son siempre machos y las víctimas nunca son los hijos biológicos de éstos. Cuando un grupo de machos se apodera de un grupo de hembras, desplazando a los anteriores machos dominantes, comienza la matanza sistemática de las crías. Por supuesto, las madres se resisten todo lo que pueden. Nada es más contrario a los intereses reproductivos de una madre que la destrucción de su crianza. El problema es que el tiempo juega en contra de la cría; tarde o temprano el macho asesino encontrará una oportunidad.

Por mucho que esta conducta ofenda nuestras convicciones morales, constituye una buena estrategia reproductiva para los machos. Evidentemente, los perpetradores no pueden ser los padres biológicos; la muerte de las crías acelerará el siguiente celo de las hembras y los nuevos dominadores tendrán la opción de aparearse y engendrar ellos nuevas crías. Crimen perfecto. El problema es que (en la medida en que esta conducta está controlada por genes, y debe estarlo) la reacción de las hembras perpetúa el instinto infanticida en los machos. En buena lógica ellas no deberían aparearse con los asesinos de sus hijos. Y sin embargo eso es precisamente lo que hacen , porque las hembras tienen que atender a sus intereses reproductivos aquí y ahora, y no pueden permitirse el lujo de hacer una huelga sexual como las mujeres de Lisístrata. Es una pena que las crías hayan sido asesinadas pero eso ya no tiene remedio y hay que mirar hacia adelante. Un comentario. Esto no tienen nada que ver con el bien de la especie. Tiene que ver con que los intereses reproductivos de ambos sexos son en este caso muy diferentes hasta el punto de chocar de manera dramática. La lista de infanticidas es larga. Ocurre, por ejemplo, entre los leones y los gorilas. En estos últimos se han dado cifras de hasta un 14% de mortalidad en las crías a manos de machos externos al grupo y entre los langures tan altas como el 33%.

Las hembras de langur no pueden, la mayoría de las veces, salvar a sus crías. Sin embargo, si aparece un grupo de machos deambulando, se ha visto que las hembras tienden a solicitar sus atenciones y a aparearse con ellos, incluso hembras que ya están preñadas, lo que a primera vista no tiene mucho sentido. Es posible que la conducta de estas hembras sea “preventiva”. Si la banda de machos deambulantes llega a desplazar a los residentes, éstos no podrán estar seguros de que las crías no son suyas si se han apareado previamente. Si las hembras no pueden evitar el infanticidio, al menos pueden manipular la información que tienen los machos acerca de la paternidad de las crías. Y esto es clave. Conductas similares han sido descritas en chimpancés. Por ejemplo, cuando los científicos del famoso bosque de Gombe pudieron estudiar la paternidad de las crías mediante análisis del DNA, descubrieron que una alta proporción de padres eran individuos externos al grupo y completamente desconocidos incluso para los científicos, que seguían a los chimpancés 24/7. Y mira por dónde, que un buen número de hembras se las ha  arreglado para despistar a los machos residentes, y a los científicos, con objeto de realizar actividades extracurriculares con machos desconocidos ¿Se trata de una estrategia de prevención de infanticidios o es mera atracción por lo desconocido?

Debora Cantoni y Richard Brown (el trabajo aquí) estudiaron a una especie de ratón californiano que nos proporciona una historia mucho más constructiva. En esta especie los dos sexos trabajan hombro con hombro para sacar adelante a las crías. Los machos son fieles (por lo que sabemos) y pueden estar razonablemente seguros de su paternidad, ya que no dejan a la hembra ni a sol ni a sombra y practican el sexo cientos de veces al día. Y claro, en esas condiciones uno puede estar seguro. Ni que decir tiene que aquí el infanticidio es impensable. Y la virtud es recompensada: el porcentaje de supervivencia de las crías es cuatro veces mayor que en especies que practican la crianza monoparental. No todos los roedores son así ni mucho menos. Y lo que resulta fascinante son las variaciones entre especies en la conducta de los machos a este respecto. Más aun, en algunos casos empezamos a conocer los fundamentos genéticos y moleculares del este comportamiento y tiene que ver con la distribución de los receptores de la hormona vasopresina en el cerebro de los machos. Sí señores, sí. La distribución de estas proteínas cerebrales es lo que separa a un padre amantísimo de un incurable Don Juan. Pero  eso es tema para otro post.

En las especies con machos desaprensivos, el problema no se limita a la falta de colaboración de éstos, sino -una vez más- a sus intentos pertinaces de controlar la reproducción de las hembras por la vía del infanticidio. De nuevo, la pregunta clave para el ratón infanticida es: ¿es mío o no? Para resolver este conudro algunas especies han desarrollado una estrategia curiosa. Por defecto, un macho devora a cualquier cría que se encuentre, pero si se aparéa con alguna hembra, se pone en marcha un reloj biológico que inhibe esta conducta durante 21 días. Pasado este plazo, retornará a sus hábitos caníbales. La cosa es que al cabo de 21 días las crías que haya podido engendrar estarán criadas, destetadas y emancipadas y si se encuentra con alguna ¡seguro que no es mía! ¡me la como! Evidentemente, el ratón macho no necesita tener una idea explícita de su estrategia reproductiva. Lo único que necesita es una inquina sin límites contra todas las crías a menos que se haya apareado dentro del plazo de seguridad. La Naturaleza es sabia.

De nuevo, las ratonas necesitan estrategias para contrarestar esto, o al menos para limitar los daños. Necesitan saber qué machos tienen altas probabilidades de devorar a su prole y cuáles están dentro del periodo de gracia. En otras especies, no todos los machos son infanticidas (sólo los machos alfa) y el resto es más o menos de fiar. Tener esta información es de capital importancia. En este sentido, la hembra puede verse en la necesidad de decidir si merece la pena o no seguir invirtiendo recursos en la crianza. Si la probabilidad de que ésta acabe en el estómago de algún macho es muy alta, a lo mejor merece la pena abandonar y esperar a que las circunstancias mejoren para reproducirse. Y aquí es donde entra el efecto Bruce, así nombrado por su descubridora, la zoóloga británica Hilda Margaret Bruce. Lo que observó esta científica es que las hembras inducían una reabsorción de los embriones si eran expuestas de forma persistente al olor de ratones macho distintos del padre biológico. Puede pensarse que el efecto Bruce es una estrategia defensiva frente al más que probable infanticidio de la camada no-nacida. Resulta irónico que en esta especie las hembras provoquen el aborto de toda la camada en aras de maximizar su eficacia reproductiva a largo plazo. Así que en esta especie, “pro-choice” es “pro-vida”. Las cosas son complicadas.

 

 

 

 

 

 

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Chimpancés belicosos

La existencia de las “guerras de chimpancés” supusieron un “schock “para la comunidad científica, más tarde llevado a la literatura por William Boyd en su famosa novela “Brazzaville beach“. Desde entonces, las pruebas sobre esta conducta han ido acumulándose y ya nadie en su sano juicio podría negarla (negacionista hay siempre, claro).  Lo más terrorífico es la “actitud deliberada” de los chimpancés cuando inician un raid: caminando en fila india, en silencio, deteniéndose de vez en cuando. Resulta muy difícil pensar que los chimpancés no sepan a lo que van, aunque lo hagan a su manera no verbal. La idea de intencionalidad me parece irrestible aquí.

El estilo de lucha suele ser bastante cobarde y, característicamente, esta actividad está limitada casi exclusivamente a los machos. Un vez iniciado el raid, los asaltantes atacan preferentemente a individuos aislados, sobre todo si son jóvenes, o a grupos muy inferiores numéricamente. Cuando las cosas están equilibradas, es frecuente que el ataque se aborte. Este estilo también es característico de las guerras entre cazadores-recolectores, donde las “batallas” son algo bastante más infrecuente que las simples emboscadas. Lo que no estaba demasiado claro hasta ahora era la motivación de estos ataques ¿Qué pretenden conseguir los atacantes, hembras o territorio?

Un artículo reciente publicado en Current Biology parece inclinar la cuestión hacia esto último. Los investigadores realizaron un meticuloso seguimiento de un grupo de chimpancés en el  Parque Nacional Kibale (Uganda) durante casi 10 años. Comprobaron, que los machos atacaban ferozmente a las hembras que se encontraban en su camino y que las supervivientes nunca se integraron en el grupo vencedor ni se aparearon con ellos. Además, la mayoría de los incidentes se produjeron en una zona “fronteriza” entre dos grupos. De manera que la motivación parece más inmobiliaria que sexual. Sin embargo, al aumentar su territorio y sus recursos alimenticios, es esperable que los machos vencedores atraigan más hembras y se reproduzcan más.

Los datos también indican que los chimpancés son incluso más belicosos que las tribus humanas más belicosas, a juzgar por la frecuencia de asesinatos. El equipo de Mitani encontró una frecuencia de homicidios un 50% superior a la encontrada en sociedades agrícolas pre-estatales, y unas 17 veces superior que las típicas de los cazadores-recolectores. Aunque no conviene generalizar. Es posible que el grupo de Kibale sean equivalentes a los jíbaros entre los chimpancés.

Está claro que la guerra en los humanos tiene profundas raíces biológicas. Eso no quiere decir que sea algo aceptable ni inevitable, pero sí que el condicionamiento de la conducta tiene que trabajarse a tope para mantenernos en un estado de relativo pacifismo.

El artículo: mitani_2010

Más info en este blog

Un vídeo de una partida de guerra

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Humancé: híbrido de humano y chimpancé

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La mañana del 28 de febrero de 1927, el científico ruso Ilya Ivanovich Ivanov se encontraba en la estación experimental de Kindia, en la Guinea francesa (hoy República de Guinea) con una importante misión que le había encomendado el propio Stalin: crear el primer híbrido entre humano y chimpancé.

Probablemente no se encontraba de muy buen humor. Ivanov era un científico de reconocido prestigio. Su laboratorio había sido pionero en la puesta a punto de diversos de métodos de inseminación artificial y había logrado crear animales híbridos de cebra y caballo (entre otros éxitos), cosa que se creía imposible entonces. Y sin embargo, esos estúpidos funcionarios franceses le estaban poniendo las cosas difíciles. Tenía que actuar de tapadillo, como si fuera un criminal y si descubrían sus verdaderas intenciones podría tener un problema serio. Por otra parte, si no conseguía llevar a cabo su misión, las cosas también podían ponerse muy mal cuando volviera a Rusia. Stalin no tenía fama de ser muy comprensivo con los que fracasaban.

En esta tesitura, el doctor Ivanov se enjuagó el sudor, echó una mirada de reojo y procedió a insertar un instrumento metálico diseñado por él mismo, en la vagina de una de las dos hembras de chimpancé que habían sido capturadas y transportadas bajo su supervisión. Debe señalarse que el esperma (humano) no era suyo, sino de un donante no identificado. Ilya tenía que trabajar deprisa y en condiciones que no eran las ideales. Los dos intentos de inseminación fracasaron. Meses después volvió a intentarlo con otra hembra distinta. De nuevo, fracaso.

¿Por qué querría Stalin crear un híbrido de humano y chimpancé? Obviamente, es imposible saberlo. Las malas lenguas aseguran que su intención era crear una raza de super-guerreros: feroces en la guerra y obedientes en la paz (lo que le evitaría, supuestamente, tener que recurrir a las deportaciones masivas y a los campos de concentración). Según otra teoría (igualmente infundada), la creación de tal híbrido tendría un valor simbólico: mostrar los avances de la Biología soviética y fastidiar a los occidentales de orientación religiosa y, muy particularmente, al Papa.

Fracasado el primer intento, Ivanov no se dio por vencido: tenía un plan B. De vuelta en Rusia se dispuso a intentar el cruce recíproco, inseminar a una mujer con semen de un simio. Sorprendentemente, no le resultó difícil encontrar una voluntaria, a pesar de que ésta fue informada de la naturaleza del experimento y de las severas medidas de aislamiento a las que tendría que someterse. Faltaba el donante. En este caso, se trató de un orangután llamado “Tarzán”. Para bien o para mal, el experimento tuvo que suspenderse por la inesperada muerte de Tarzán debido a una fulminante hemorragia cerebral. Podemos estar seguros de que Ivanov, un hombre muy persistente, hubiera seguido intentándolo. Sin embargo, Ilya cayó en desgracia y fue detenido y condenado al exilio en Kazajstán. Murió un año después.

 Pero los experimentos de Ivanov, aunque éticamente cuestionables, plantean una interesante pregunta: ¿sería posible? Sin poder estar absolutamente seguros, la respuesta es –en principio- sí. La cercanía genética entre humanos y chimpancés es muy alta. La secuencia de los genes de estas dos especies tiene (en promedio) una similitud del 98% . Los caballos y los burros se cruzan con facilidad y aunque no sé exactamente cuál diferencia genética entre estas dos, no creo que sea muy diferente del 98% anterior. En cualquier caso, nadie sabe cuál es el “umbral” de diferencia a partir del cual la hibridación es imposible. Esta no es una ciencia exacta.

 Suele citarse el hecho de que existe una diferencia en el número de cromosomas entre el hombre (46) y en el chimpancé (48), por lo que probablemente el híbrido no sería fértil. No obstante, esto no representa una barrera absoluta. Además, el cromosoma 2 humano deriva de una fusión de dos cromosomas que no se produjo en el linaje del chimpancé. Por ello, es posible que los dos cromosomas correspondientes del chimpancé (2a y 2b) pudieran aparearse durante la meiosis con el cromosoma 2 humano, lo que resolvería el problema (o al menos lo paliaría). Otra “solución” consistiría en la duplicación del genoma completo del híbrido, dando lugar a un alo-poliploide genéticamente estable. Naturalmente, todo esto es una mera posibilidad.

 Otra pregunta, igualmente interesante, es si sería ético crear a este híbrido. Muchas personas piensan no sólo que no sería ético, sino que podría calificarse de acto abominable. La hostilidad a este tipo de experimentos suele ir de la mano de las ideas religiosas. La tradición filosófica judeo-cristiana ha tendido a exagerar las diferencias entre los humanos y el resto de las especies, en línea con la creencia de que los humanos tienen alma y los otros animales no. Por otra parte, la superación de la barrera de especie por métodos artificiales es algo que siempre ha generado mucha hostilidad entre los cristianos.

En cambio, algunos grupos relacionados con el activismo pro-animal contemplan esta ida (la del híbrido) con cierto entusiasmo. La mera existencia del humancé pondría de manifiesto la fragilidad de las barreras de especie y forzaría a los gobiernos a obrar en consecuencia ¿Qué derechos tendría el humancé? Las autoridades se verían obligadas a legislarlos.

Desde mi punto de vista (materialista/naturalista/utilitarista) no creo que la creación del humancé fuera una buena idea, aunque no por las mismas razones que los grupos religiosos. En el caso de que fuera posible, nadie podría garantizar al humancé una buena vida ¿Tendría que vivir confinado? ¿Sufriría discriminación? ¿Podría recibir tratamiento médico adecuado? ¿Estarían los bancos dispuestos a concederle una tarjeta de crédito?

Aunque no existe constancia de que el híbrido sea posible, el humancé no ha dejado nunca de aparecer en las cabeceras de los tabloides, junto con “Big Foot” y las consabidas apariciones de Elvis, así que –de momento- tendremos que dejarlo en el reino de los seres imaginarios. Pero, ¿se imaginan al primer humancé, Kalashnikov al hombro (proporcionado por los activistas de PETA *), defendiendo a las últimas poblaciones de chimpancés en la reserva de Gombe?

¡Menuda película harían en Holywood!

 

* Personas por la Ética en el Trato de los Animales

Boese, A. (2009). “Elephants on acid and other bizarre experiments”.p. 15-18. Pan Macmillan.

Rossiianov, K. (2002). “Beyond species: Ilya Ivanov and his experiments on cross-breeding humans with anthropoid apes” Science in Context 15:277-316.

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Los testículos del gorila

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El gorila (Gorilla gorilla) habita en bosques del África ecuatorial. Es un animal diurno y fundamentalmente terrestre (los jóvenes trepan con frecuencia a los árboles, pero no así los adultos). Su dieta es estrictamente vegetariana a base de hojas, tallos y tubérculos, por lo que pasa gran parte del día procurándose el alimento. Al anochecer, los gorilas construyen una especie de ‘nido’ con ramas y hojas para pasar la noche. Los gorilas viven en grupos familiares estables de entre 6 y 20 individuos, compuestos por un macho adulto (a veces dos), varias hembras y algunos machos jóvenes. Este tipo de organización en ‘harén’, donde un macho tiene acceso exclusivo a varias hembras, es bastante común entre los mamíferos. Lo encontramos por ejemplo, en muchas especies de focas, morsas y leones marinos, así como entre los cérvidos. El harén representa el arquetipo de estrategia reproductiva asimétrica entre machos y hembras. Es evidente que el macho dominante, con acceso exclusivo a varias hembras, tiene una alta probabilidad de tener muchos descendientes; pero por cada uno de éstos afortunados existen varios machos que no tienen acceso a ninguna y sus perspectivas reproductivas son, obviamente, malas. En el caso del gorila, éstos viven como individuos solitarios o forman pequeños grupos de ‘solteros’. Podemos imaginar que estos individuos estarán al acecho por si el macho dominante da algún signo de debilidad, ya que la recompensa –en términos darwinianos- es enorme.

Con sus 200 kg de peso, el gorila macho es un animal realmente impresionante. Paradójicamente, sus testículos son ridículamente pequeños: cinco veces menores (en relación al tamaño) que los de su pariente el chimpancé. La explicación evolutiva de este hecho tiene que ver con las costumbres sexuales de ambas especies. Los chimpancés son promiscuos. Cuando las hembras están en celo (lo que resulta evidente por el enrojecimiento de la vulva) se aparean con varios machos del grupo, aunque los que ocupan un lugar alto en la jerarquía tienen acceso preferente (esto es, se aparean cuando las probabilidades de que se produzca la fecundación son más altas). En concordancia con estas características, el dimorfismo sexual es menos acusado que en el gorila y el tamaño de los testículos comparativamente mayor. Para un chimpancé macho el tamaño corporal no representa una ventaja tan grande como para un gorila macho, ya que no tiene un harén que defender. Por otra parte, un tamaño corporal grande tiene sus desventajas: se necesita mucha comida para mantenerlo y hace difícil subir a los árboles. Además, dada la promiscuidad de la especie, todos los machos tienen garantizado cierto acceso a las hembras. Esto implica que la competencia se produce, en parte, en el interior de la vagina de éstas, ya que los machos que produzcan más y mejores espermatozoides tienen más posibilidades de dejar descendientes. Esto ha debido favorecer un aumento del tamaño relativo de los testículos y del tamaño del espermatozoide.

Aunque en teoría los humanos somos una especie monógama (o ligeramente polígama), el tamaño de nuestros testículos es intermedio entre los del gorila y chimpancé.


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Estoy planeando tirarte piedras

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Se llama Santino, tiene 30 años y odia a las personas.

Tal vez no lo falte razón. Santino es un chimpancé del zoo de Furuvik (Suecia) y a pesar de que las instalaciones en las que habita son de primera, es posible que su vida sea muuuuy abuuuurrida. Luego están esos tipos mirándole como si no tuviesen otra cosa que hacer. Santino los detesta y empezó a tirarles piedras cuando era un chimpancé adolescente.

Pero no es el hecho en sí de arrojar piedras a los visitantes lo que le está haciendo famoso, sino más bien el modo de hacerlo (podría decirse que es un verdadero modus operandi). Santino recolecta su munición del foso que rodea la zona. Generalmente por las mañanas, cuando todavía no ha empezado a llegar la gente. Lo más notable, es que mientras se hace con los proyectiles parece estar  completamente calmado y pacífico. Sus movimientos son lentos y deliberados. Ningún asomo de ira o temor en su ánimo (de momento).

Pero cuando llegan los visitantes la cosa cambia. Santino se muestra cada vez más agitado y empieza a lanzar piedras a diestro y siniestro  e incluso -si puede- grandes pedazos de cemento. Los administradores del zoo no están muy tranquilos con esta costumbre y han colocado carteles de advertencia y vallas en algunos lugares.

Las actividades “preparatorias” de Santino han sido grabadas en video en numerosas ocasiones. Resulta muy difícil explicar esta conducta sin admitir que este chimpancé  tiene capacidad de planear la acción y anticipar los acontecimientos. Incluso ha llegado a hacer varios “arsenales” en lugares estratégicos desde los cuales lanza sus ataques.

No es la primera vez que se describe una conducta planeada en el chimpancé, pero hasta ahora se trataba de observaciones esporádicas. El trabajo ha sido publicado recientemente en la revista Current Biology y la comunidad de primatólogos está muy excitada.

No puedo dejar de identificarme con Santino; yo también querría tirarles piedras.

El trabajo aquí.

Proyecto Gran Simio

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