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El hombre que susurraba a las gallinas

Si colocamos a un grupo de gallinas ‘desconocidas’ en un mismo corral, observaremos la siguiente conducta. Al principio, los animales se muestran frecuentemente agresivos unos con otros. Se producen numerosas ‘peleas’ a picotazos, en general poco cruentas. Sin embargo, a medida que va pasando el tiempo las peleas son menos frecuentes. Lo que se observa es que las gallinas han establecido un ‘rango’ que determina exactamente el orden de dominancia. Si aparece comida, el animal dominante tiene preferencia para picar, luego lo hará el siguiente y luego el siguiente hasta el último. Como es lógico, lo que determina el rango de cada individuo es el resultado de las diferentes confrontaciones en la fase inicial. De alguna forma, cada uno ‘sabe’ las posibilidades que tiene de ganar una pelea, lo que permite que se vaya directamente al resultado, ahorrándose la agresión propiamente dicha. Los experimentos realizados, en los que se sacaba a un animal del grupo y se le volvía a introducir después de un intervalo, indican que éstos recuerdan la jerarquía aproximadamente dos semanas. Se ha comprobado que si se altera artificialmente el orden social, los animales crecen más lentamente y ponen menos huevos.

Este fenómeno, el orden de picoteo en las gallinas, fue descrito por primera vez en 1922 por el científico sueco Thorleif Schjelderup-Ebbe[1]. Resulta curioso que esta conducta pasara desapercibida durante los miles de años anteriores, en los cuales los humanos y las gallinas han tenido una estrecha convivencia. Está claro que el comportamiento de estos animales no suscitó demasiado interés hasta que este investigador comenzó sus experimentos. Al parecer, Schjelderup-Ebbe era un verdadero enamorado de las gallinas desde su más tierna infancia, y cuentan que su madre le hizo construir un gallinero en su casa para que pudiera observarlas a placer.

El orden de picoteo ha sido observado en centenares de especies de aves y mamíferos. Dado que los mamíferos no picotean, los científicos prefieren utilizar el término ‘jerarquía’ para nombrar el fenómeno, del cual existen numerosas formas y variantes, aunque la idea básica es la misma en todos los casos: algunos animales dominan sobre otros. Por ejemplo, entre los machos de rata común (Rattus norvegicus) existen sólo dos clases: los dominantes y los dominados[2]. Los primeros, llamados alfa, son animales de aspecto fuerte y no suelen tener signos de lesiones. Estos machos se comportan de forma más confiada, se mueven libremente sin ser molestados y atacan a los intrusos si penetran en su territorio. No son frecuentes las peleas cruentas entre machos alfa, aunque sí las posturas de amenaza y algunos enfrentamientos. Los machos beta se retiran cuando aparecen los alfa, no atacan a los intrusos y se comportan ‘amigablemente’ entre ellos.

La existencia de sistemas de jerarquía suele ir acompañada de pautas de amenaza y sumisión, los cuales constituyen verdaderos códigos de comunicación entre animales y permiten ahorrarse los verdaderos actos de agresión. El suizo R. Schenkel [3]estudió a mediados del siglo XX los códigos de pelea de los lobos (Canis lupus). Los animales de rango superior tienen una postura de agresión característica, con la cola levantada y las patas tiesas, mientras el animal gruñe y levanta el labio superior descubriendo sus caninos. Los animales subordinados adoptan posturas de sumisión agachando las orejas y llevando ‘el rabo entre las piernas’. No es infrecuente observar estas pautas de comportamiento en los perros domésticos.


[1] Schjeldrup-Ebbe, T. (1922) “ Beiträge zur Social-psychologie des Haushuhns” Z Psicol. 88:226-

[2] Barnett, S.A. “La conducta de los animales y del hombre” Alianza Editorial p.192.1972

[3] Schenkel, R. (1947) “Ausdrucks-studien an Wolfen” Behaviour 1:81-129

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El perspicaz pájaro burlón

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Los habitantes de las ciudades suelen prestar bastante poca atención a la (escasa) bio-diversidad que los rodea. Personalmente, no comparto este desinterés. Por ejemplo, cuando llegan los vencejos a finales de marzo, me parece una noticia importante que debería aparecer en los periódicos locales. En algunos casos, la indiferencia es sustituida por una mal disimulada inquina, p.e. las palomas son consideradas “ratas con alas”.

Independientemente de los gustos de cada cual, hay que reconocer que las especies capaces de medrar en hábitats urbanos suelen demostrar una notable flexibilidad de conducta y capacidad de adaptación.

Uno de los ejemplos más notables es el “mocking bird” (Mimus polyglottos), un ave exclusiva del continente americano y que no tiene un nombre común en español; de manera que lo llamaremos por su traducción literal: pájaro burlón. El nombre obedece a su costumbre de imitar el canto de otras especies y ejecutarlo de forma repetida, como si se estuviera riendo de los demás. Si alguien tiene interés en escuchar su canto: aquí.

El pájaro burlón no se limita a mofarse, sino que además demuestra una capaz cognitiva notable para un ave, de acuerdo con un trabajo muy reciente publicado en PNAS  (Levey et al. (2009))

Parece claro que los burlones son muy sensibles ante cualquier cosa que ocurra cerca de sus nidos. Si una persona se acerca demasiado, amenazan al intruso gritos de alarma. Lo realmente sorprendente es que también son capaces de reconocer individualmente a las personas que se acercan al nido y distinguir entre simples paseantes y amenazas potenciales. Los investigadores idearon un dispositivo experimental en el que había “intrusos” (personas que se acercaban al nido más de lo que los padres consideraron razonable) y “paseantes” (personas que se mantuvieron  dentro de una distancia de seguridad). Los burlones aprendían a distinguirlos con tan sólo dos exposiciones de 30 segundos. No está mal.

Esta capacidad refleja una flexibilidad de conducta que posiblemente resulta crucial para colonizar el hábitat urbano.

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