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Los orígenes de la moral y la cultura

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Sin duda, “moral” y “cultura” son dos características eminentemente humanas. No es que estén totalmente ausentes en otras especies, pero entre los Homo sapiens han alcanzado muchísima más importancia y complejidad. No cabe duda de que ambas características han evolucionado en nuestra en especie y por tanto, deben tener una base biológica (que me perdonen lo ambientalistas fanáticos). Tampoco puede negarse la más que probable co-evolución entre genes y cultura (que me perdonen los biologicistas radicales). En cualquier caso, estoy seguro de que los dos artículos publicados en el último número de Science sobre el origen de (respectivamente) moral y cultura va a dar mucho que hablar a todos los interesados por estas cuestiones.

En ambos artículos, los autores llegan a explicaciones sorprendentes, atrevidas, contra-intuitivas y políticamente incorrectas, aunque (y esto es lo importante) las apoyan con datos y modelos matemáticos. No obstante, no creo que las dos cuestiones se vayan a zanjar aquí, sino más bien lo contrario. Entrando en materia, la hipótesis de Samuel Bowles (Bowles, S. 2009) afirma que el origen de la cooperación y la camaradería entre los humanos estriba justamente en…¡la guerra! Y para apoyar esta hipótesis ha “resucitado” una de las teorías más descalificadas en Biología Evolutiva en los últimos tiempos: la selección de grupo. Se trata, pues, de un tabú encima de un sacrilegio. Sin inmutarse, Bowles afirma que en el conflicto inter-tribal prolongado y letal puede promover la selección de genes “altruistas”. Pero antes de seguir comentando el artículo, conviene dar un pequeño rodeo.

Para empezar, la hipótesis de Bowles se mete de lleno en un pozo de “incorrección política”. Hasta hace pocos años, el Modelo Estándar en Ciencias Sociales favorecía la idea de Rousseau del “Buen salvaje” (el hombre es bueno por Naturaleza pero la sociedad lo hace malo), por lo que la mera sugerencia de que esta actividad forma parte de nuestro pasado evolutivo basta (o bastaba) para ser declarado indeseable. Aunque sea doloroso, hay que reconocer que el “Mito del Buen Salvaje” es notoriamente falso, como han puesto de relieve estudios antropológicos recientes. Por ejemplo, el arqueólogo Lawrence Keeley ha estimado la tasa de homicidios en diferentes sociedades. Veamos los datos: el récord de violencia lo tienen los legendarios jíbaros de Perú, donde cerca del 60% de los varones son víctimas de homicidio a manos de sus congéneres. Entre los yanomami, la tasa de homicidios varían entre el casi 40% de los ‘belicosos’ shamatari y el 20% de los más ‘pacíficos’ namowei. La mayor parte de las culturas estudiadas, procedentes sobre todo de Sudamérica y Nueva Guinea oscilaba entre estos valores. Incluso entre los pacíficos !Kung, el homicidio es más frecuente que entre los barrios considerados peligrosos de Los Ángeles. En contraste, la frecuencia de muerte por homicidio en Europa y Estados Unidos durante el siglo XX no pasa del 1%, y eso que incluye dos guerras mundiales con ‘armas de destrucción masivas’ y otros conflictos armados. En la actualidad y en algunos países, como Japón, la tasa frecuencia de homicidio es inferior al 0.1%, 100 veces menor que en la mayoría de los cazadores-recolectores y 600 veces menor que entre los jíbaros. O sea, que podemos reconocer que nuestro pasado evolutivo está plagado de conflictos inter-tribales, frecuentemente letales, sin hacer por ello una apología de la violencia y sin afirmar que ésta es inevitable. Pero los datos son los datos.

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El segundo berenjenal en el que se mete Bowles estriba en tratar de resucitar la teoría de selección de grupo, según la cual en animales sociales la unidad básica sobre la que opera la selección natural es el grupo, no el individuo. Por ejemplo, si pensamos en una manada de lobos, en una banda de macacos o en una bandada de grajillas, ninguno de estos animales puede sobrevivir por su cuenta, de manera que su destino individual se encuentra inevitablemente unido al del grupo. Si éste tiene éxito, aumentará de tamaño y si no lo tiene desaparecerá; por tanto, la selección natural puede mantener conductas que favorezcan al grupo en conjunto, aunque sean negativas para el animal que las ejecuta. Por poner un símil futbolístico, la selección natural estaría operando con equipos y no con jugadores individuales. Esta teoría es considerada poco plausible ya que incluso un flujo de genes moderado entre los grupos destruiría rápidamente las diferencias genéticas necesarias para que la teoría funcione; la mayoría de los biólogos acepta hoy día que la selección natural transcurre fundamentalmente a nivel de individuo.

Pero no todo el mundo está de acuerdo. Algunas publicaciones recientes han reabierto el debate al afirmar que, en algunos casos muy determinados, la selección de grupos puede ser importante. En este caso, Bowles hace una hipótesis realmente atrevida: que la estructura poblacional de los cazadores-recolectores del Paleolítico pudo permitir la selección (vía grupo) de genes que favorecen conductas altruistas. Bien es verdad que el modelo asume que la guerra entre tribus era frecuente y que ésta suponía un coste notable en vidas en todos los casos y, muy particularmente para los vencidos. Importa señalar que Bowles también admite la posibilidad de que el altruísmo se deba no sólo a los genes, sino a la aparición de memes relacionados con este tipo de conducta. Tanto los genes como los rasgos culturales son heredables (aunque no de la misma forma) y están sometidos al proceso evolutivo. El trabajo de Bowles se ha basado en datos arqueológicos previos según los cuales, como promedio, la guerra causó el 14-16% de las muertes en sociedades de cazadores-recolectores, tanto históricas como recientes. De acuerdo con el modelo matemático de Bowles, el coste de perder un conflicto armado es lo suficientemente alto como para equilibrar los riesgos individuales de la guerra, particularmente si el grupo es relativamente endógamo y sus miembros comparten muchos alelos comunes. Es evidente que construir un modelo matemáticamente correcto no es suficiente por sí mismo para demostrar una hipótesis. Y la validación de este modelo es, al menos, complicada. Los aficionados a las discusiones tendrán un filón aquí.

Además, el modelo deja algunos cabos sueltos. Muy notablemente no distingue entre los sexos a pesar de que las consecuencias de la guerra eran generalmente muy diferentes en cada caso; p.e. las mujeres no solían participar directamente y en caso de derrota podían ser “absorbidas” por los vencedores (eufemismo para “violación sistemática, esclavitud y eventual integración tras varias generaciones). El problema es que el apareamiento entre los hombres del grupo vencedor y las mujeres del vencido tendería a diluir los genes altruistas, y no a concentrarlos. Bowles argumenta que a pesar de todo, el modelo predice la selección de genes altruistas, aunque de forma más lenta respecto a la alternativa radical de liquidar a todos los vencidos.

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El segundo trabajo, firmado por Powell y colaboradores (Powell et al., 2009), aborda el misterio del rápido desarrollo de la tecnología y el arte en el Paleolítico superior (hace unos 45.000 años) a pesar de que los humanos genéticamente modernos habían surgido en África en un periodo muy anterior (tema tratado aquí recientemente). Según estos autores, el factor clave para que se produjera el Gran Salto Adelante fue la densidad demográfica. Por supuesto, las capacidades cognitivas necesarias va estaban allí, pero sin este elemento clave todavía podríamos estar empleando una tecnología no muy diferente de la del neanderthal.

Thomas y colaboradores también se basan en modelos matemáticos que tratan de explicar el patrón de “idas y venidas” en la aparición de la moderna cultura y tecnología. Aunque los humanos aparecimos hace 150-200.000 años, los primeros vestigios de cultura moderna (tales como collares, arpones, o el empleo de pigmentos) aparece brevemente en Africa hace unos 90.000 años. Después estos vestigios desaparecen y no volverán hasta la Edad de Oro del Paleolítico superior europeo, alrededor de 35.000 BC y coincidiendo con las pinturas rupestres del Cantábrico. La idea central de estos investigadores es que es necesario un número mínimo de personas para mantener tal nivel de conocimientos y destrezas en una población. Si no se alcanza el mínimo, la capacidad tecnológica tiende a fluctuar. Es posible que algunos avances se pierdan por que sus poseedores desparezcan sin trasmitirlos. Además, el avance tecnológico es más rápido cuando hay más personas tratando de resolver los mismos problemas. El modelo matemático establecido sugiere que cuando el número de grupos que interaccionan llega a 50, la capacidad tecnológica no aumenta con el número de grupos, sino con la densidad de población. Los autores sugieren que la tímida “revolución africana” de hace 90.000 años se vio truncada por una disminución de la población debida –seguramente- a un cambio climático.

Curiosamente, ambos trabajos plantean escenarios de evolución humana bien distintos, incluso contrapuestos. Por un lado, los humanos debían masacrarse unos a otros con frecuencia para ser altruistas; por otro lado, habría sido necesario la interacción cooperativa y el intercambio entre grupos humanos bastante amplios para que pudiera surgir la cultura moderna ¿O tal vez no? Una vez leí que durante la Guerra Civil española los soldados de las trincheras organizaban intercambios entre los dos bandos; tabaco por papel de fumar (vale lo de matarse unos a otros, pero… ¿quedarse sin fumar?).

Somos animales complicados.

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Dominancia masculina y éxito reproductivo

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Uno de los temas calientes de la Psicología Evolucionista (y recurrente en este blog) es el de las diferencias entre hombres y mujeres. No voy a repetir aquí toda la retahíla de post anteriores, sino comentar un artículo reciente que –en mi opinión-tiene una importancia capital para sostener el edifico de la PE. En apariencia, no se diría que el trabajo tenga tanta importancia. Se limita a demostrar que en una población de chimpancés existe una clara correlación entre el “rango” que ocupa un macho en la jerarquía del grupo y su éxito reproductivo.

El tema no es nuevo en absoluto. Desde hacía mucho tiempo se suponía que tal correlación era cierta. Sin embargo, una cosa es suponer y otra muy distinta probar. En este caso, los investigadores estudiaron a una población de chimpancés en la reserva de Gombe (Tanzania) durante 22 años, estableciendo claramente quiénes eran los machos dominantes así como la paternidad de todas las crías nacidas en ese periodo. Los resultados mostraron sin ambigüedad las ventajas reproductivas que tiene para un chimpancé ser dominante, aunque también mostraron que no es una cuestión de blanco/ negro. Los machos de bajo rango también ser reprodujeron. No es el primer trabajo que publica unos resultados similares, pero sí uno de los más completos realizados en chimpancés salvajes.

Nosotros somos diferentes de los chimpancés, pero también hemos evolucionado en grupos donde existe una jerarquía. Diversos estudios en cazadores-recolectores modernos también indicaron una relación entre jerarquía y éxito reproductivo. El problema es que la inmensa mayoría de las sociedades de cazadores-recolectores que existieron en el pasado han desaparecido en la actualidad, por lo que es imposible contrastar esta hipótesis de forma general.

Las consecuencias de este hecho siguen estando presentes (y de qué modo) en la sociedad actual. Si los machos dominantes siempre se han reproducido más, habrán dejado una generosa ración de sus genes para las siguientes generaciones, incluyendo aquellos genes que favorecen en desarrollo de personalidades dominantes. Cabe esperar que los machos actuales de nuestra especie sigan tratando de ser dominantes y ocupar altas posiciones en la jerarquía (cualquiera que sea), aunque en la actualidad el proceso no esté necesariamente ligado a la reproducción.

Entender este hecho no implica aceptarlo, al contrario, es el primer paso para cambiarlo.

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La primera huella del hombre

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Un equipo científico describe en el último número de Science el descubrimiento de huellas humanas en Ileret (Kenia) con una antigüedad de aproximadamente 1.5 millones de años. No son las más antiguas que se conocen; las famosas “pisadas de Lucy” en Laetoli (Tanzania) tienen 3.5 millones de años. Sin embargo, éstas últimas corresponden a un diminuto (o diminuta) Australophithecus afarensis mientras que las primeras corresponden a alguno de los primeros representantes del género Homo. Por ello pueden considerarse propiamente como las primeras huellas humanas de las que se tiene noticia.

Los investigadores han comparado las huellas de Ileret con las de Laetoli empleando herramientas estadísticas sofisticadas. La principal conclusión es que las pisadas de los primeros Homo son difícilmente distinguibles de las de los humanos actuales, pero muy diferentes de las de Laetoli y de las de los chimpancés actuales. El dedo gordo es más corto y tiene una posición paralela a los otros, mientras que en el chimpancé está torcido hacia fuera. Además, las huellas de Ileret muestran que el “puente” del pie ya existía hace 1.5 millones de años.

El hallazgo es particularmente importante dado que nuestra forma de caminar erecta constituye una de las adaptaciones más características del ser humano. Podría decirse que las huellas encontradas en Kenya son lo más parecido a una “conducta fosilizada”.

M. R. Bennett et al., Science 323, 1197 (2009).

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¿Kilos de más? Culpa a tus ancestros

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¿Tiene problemas de sobrepeso? ¿Una comida suculenta constituye una tentación irresistible? Según el antropólogo William Leonard, de la Universidad de Illinois, USA, la causa está en ciertos cambios metabólicos que tuvieron lugar en la evolución humana, unos dos millones de años atrás.

Por entonces, el linaje que lleva al género Homo se había separado de los australopitecinos. Al mismo tiempo se produjo una notable expansión del tamaño del cerebro y la aparición de las primeras “economías de cazadores-recolectores”. Tener un cerebro grande tiene sus ventajas –qué duda cabe- pero sale caro en términos energéticos. Los humanos gastamos aproximadamente un 25% de la energía en reposo para abastecer al cerebro; bastante más que otros primates (8-10%) u otros mamíferos (3-5%). Para mantener un órgano tan costoso, nuestros antecesores tuvieron que pasarse a dietas más ricas en energía, y de aquí nuestra tendencia innata a ponernos morados.

Para los cazadores-recolectores, el ansia por dietas hipercáloricas rara vez constituye un problema. En estas sociedades, las personas tienen que recorrer una media de 12 Km diarios a pie para conseguir alimento. A nosotros nos basta llamar a tele-pizza.

El cambio a un estilo de vida realmente sedentario se ha producido en las últimas décadas y con él los consabidos problemas de obesidad, diabetes y enfermedades cardio-vasculares.

Así que podemos culpar a nuestros antepasados por nuestros problemas presentes. Alternativamente, podemos hacer ejercicio todos los días.

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Nacidos para la fiesta

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Es evidente que hay personas tremendamente sociales y otras que no lo son tanto. Entendámonos, todos los humanos somos bastante sociales comparados con las especies realmente solitarias. Este hecho en sí mismo clama por una explicación biológica. Los únicos humanos que podríamos considerar verdaderamente no-sociales serían los autistas y el autismo está considerado (con lógica) una enfermedad y no simplemente un tipo de personalidad “diferente”. No debería extrañarnos que el autismo tenga una importante base genética, como demuestran los estudios con gemelos idénticos.

Pero dentro de las “personas normales” existe una gran variabilidad individual en este carácter. De nuevo, la sospecha de que los genes tienen algo que ver está justificada. Más difícil es pasar de la sospecha a la demostración. Sin embargo, Nicholas Christakis, de la Harvard Medical School, y sus colaboradores han dado un paso importante en este sentido a juzgar por el artículo recientemente publicado en la prestigiosa revista PNAS.

Muy sucintamente, lo que hacen los autores del artículos son dos cosas. En primer lugar, establecen una forma objetiva de medir la sociabilidad de los individuos. Para ello analizaron las redes sociales de un buen número de adolescentes y contaron el número de veces en que un individuo particular era citado como “amigo cercano”. En segundo lugar, estudiaron estas redes sociales en el contexto genético, esto es, estudiando gemelos idénticos/gemelos no-idénticos. El resultado, no por esperable menos importante, fue que la posición de cada persona en las redes sociales en un carácter genéticamente heredable en buena medida.

¿Cómo pueden los genes determinar nuestro lugar en una red social? Los genes pueden tener una gran influencia sobre el tipo de personalidad y ésta es clave para determinar si estamos en el centro en los bordes del universo social. Este conexión entre genes -> neurotransmisores -> conducta la hemos visto ya varias veces (p.e. Serotonina y control de las emociones y Polimorfismo genético ligado a la aversión al riesgo). De nuevo, no quiere decir esto que con los genes esté todo el pescado vendido. Muy probablemente, si exponemos a un adolescente a experiencias particularmente traumáticas es probable que su personalidad se aleje bastante de un hermano gemelo criado en un ambiente normal.

Algunos científicos le han buscado una explicación “adaptativa” a este fenómeno, según la cual el hecho de estar en el centro de la red tendría ventajas (p.e. mayor cooperación de otros individuos) e inconvenientes (p.e. mayor probabilidad de contraer enfermedades infecciosas). La variabilidad individual que se observa sería el resultado de dichas presiones selectivas. Personalmente no estoy convencido. Un carácter puede manifestar variación individual en una población y ser más o menos “neutral” con respecto a la selección natural.

Nadie duda (entre los biólogos evolutivos) que la selección natural sea una pieza clave, pero no es la única ni lo ve todo. Y desde luego, no podemos invocarla siempre sin pruebas.

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Retratos de familia

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Koobi Fora, Kenia 1.750.000 años antes del presente.

Este Homo habilis lleva varios días sin comer. Los leones han abatido una presa y el olor de la carne resulta irresistible. No obstante, sabe bien lo que le pasa a los que molestan a los leones. También sabe que se irán tarde o temprano. Tal vez le de tiempo a llegar antes que las hienas…

Retrato: The Last Humans. G.J.Sawyer and V. Deak. 2007. Yale University Press.

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El gen del “culo inquieto”

Jaimito no para. No deja de moverse. No aguanta 5 minutos delante del televisor. No soporta las normas. No acaba los deberes. Contesta antes de que termines la pregunta. Pierde constantemente lápices y cuadernos en el cole. Jaimito padece un trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH). Se calcula que aproximadamente un 5% de los niños lo tienen y lógicamente suele traer de cabeza a los padres.

¿Cuál es la causa? ¿Una educación inapropiada? Como dice el chiste: “Pobre Jaimito, viene de una familia destrozada”. “No me extraña, Jaimito puede destrozar a cualquier familia”. A riesgo de ganarme la enemistad de algunos profesionales de la Psicología, debo decir que no hay pruebas contundentes de que el “estilo parental” sea la causa (aunque seguramente puede empeorar las cosas). Por el contrario, hay una evidencia considerable que apunta a factores genéticos (Bellgrove and Mattingley, 2008). Curiosamente, si uno navega por páginas de psicología, verá que en la mayoría de los casos esta evidencia se omite o se desconoce. Un ejemplo: aquí

Esta enfermedad probablemente representa la máxima expresión de un rasgo psicológico denominado ‘búsqueda de novedad’. Las personas que dan puntuaciones altas en este carácter suelen mostrar un marcado gusto por la novedad y amor al riesgo. Se trata de personas excitables, impulsivas, a veces desordenadas, incluso extravagantes. Son dadas a explorar y corren el peligro de aburrirse con rapidez. Este rasgo puede expresarse de diferentes maneras; a veces se da una preferencia por las sensaciones físicas, como sucede en los deportes de aventuras y otras actividades arriesgadas. Saltar en parapente, deslizarse por pendientes vírgenes en el esquí extremo o, más modestamente, montarse en la montaña rusa del parque de atracciones. También puede manifestarse en el gusto por los viajes exóticos, la exploración de nuevas culturas o probar diferentes tipos de cocina. Lógicamente, este rasgo afecta marcadamente a la forma en que una persona se desenvuelve en su trabajo. Los `buscadores de novedad’ suelen manifestar una tendencia hacia a la innovación, un periodo de atención corto y gustan de tomar decisiones rápidas. Son ‘hombres’ de acción. En el ejército podrían ser buenos comandos, pero malos centinelas. También les van los trabajos de tipo ejecutivo, pero resultan pésimos contables.

En las relaciones de pareja este rasgo también tiene consecuencias. En general, tienden a ser desinhibidos e infieles. No es extraño que la tasa de divorcio sea más alta entre estos individuos que en la media de la población. Y tampoco es extraño que las parejas en que ambos difieran mucho en este rasgo sean muy problemáticas. “Cariño, no me estarás diciendo en serio que quieres volver a veranear en Murcia, ¿no?”. El famoso estudio de gemelos de Minnesota (y otros similares) indican que la heredabilidad de este rasgo es de aproximadamente el 60% y que el ambiente familiar influye poco o nada (Bouchard, 1994).

Sabemos algo (aunque no todo) sobre los genes responsables de la variabilidad que se observa en las personas y cuáles son los mecanismos que nos predisponen a desarrollar una personalidad de este tipo. Los datos apuntan claramente a un sospechoso: la dopamina. Este compuesto es un neurotransmisor: una molécula que actúa como mensajero químico en el cerebro, y está implicada (entre otras cosas) en los circuitos cerebrales del placer. La dopamina es liberada después de un orgasmo, una comida deliciosa o de ‘esnifar’ cocaína. En la enfermedad de Parkinson, caracterizada por temblores incontrolables, se produce una disminución de las células que producen esta sustancia, y la personalidad de los que la sufren se torna más seria, tranquila y taciturna. Recientemente, se ha descubierto que el gen D4DR, que codifica un receptor de dopamina, puede estar relacionado con este rasgo (Ebstein et al., 1996). El hallazgo es particularmente excitante porque apunta hacia un mecanismo bioquímico que bien pudiera explicarnos su función. La unión de la dopamina con su receptor específico constituye el primer paso para la acción de esta neurotransmisor. En concreto, lo que se ha visto es que la longitud de la proteína del receptor está correlacionada con la intensidad de este rasgo psicológico.

El TADH constituye un inconveniente serio en la mayoría de las culturales actuales, pero ¿siempre ha sido así? ¿Es posible que los alelos largos del gen D4DR y el tipo de personalidad que propicia represente una ventaja en otras condiciones? Hace unos años, un equipo de investigadores se preguntó si los alelos largos serían más abundantes en poblaciones que todavía practican un tipo de vida nómada. Y ¡Bingo! Encontraron una fuerte correlación entre ambas (Chen C. et al., 1999): cuantos más Km recorría una etnia en el estudio, mayor abundancia de alelos largos.

La hipótesis, pues, es que el tipo de personalidad asociado al TDAH podría ser una ventaja en sociedades nómadas, donde no hay escuelas, ni normas rígidas y los individuos se mueven en grandes extensiones de terreno. Para contrastar esta hipótesis, Dan Eisenberg y sus colaboradores, de la Universidad de Illinois, USA, se fijaron en una tribu de pastores nómadas de Kenia, los Ariaal (en la foto). En concreto, en dos poblaciones de esta tribu: una que mantiene el modo de vida tradicional y otra que se “asentó” hace unos treinta y cinco años. Encontraron que aproximadamente el 20% de los individuos (en ambas poblaciones) poseían alelos largos. La diferencia radicaba en que, en la población nómada estos mismos individuos estaban mejor nutridos que el resto de la población, mientras que en la población sedentaria ocurría exactamente lo contrario (Eisenberg et al., 2008) ¿Cuál es la explicación? No está clara. Tal vez, estos alelos permiten utilizar la comida más eficientemente en ciertas condiciones o tal vez, el tipo de personalidad típica de los alelos largos resulta más exitosa en condiciones de nomadismo. En cualquier caso, los datos sugieren que estos individuos podrían estar en ventaja o desventaja dependiendo del tipo de sociedad en el que vivan.

Seguramente, el término conducta apropiada es relativo. Entiendo que los padres de niños con este tipo de problema no tienen fácil reconvertirse al nomadismo, pero quizá hay que pensar que el sistema de escolarización que tenemos (clases, horarios, normas, disciplina) significa una verdadera pesadilla para algunos chicos.

Bellgrove, M.A., and Mattingley, J.B. (2008) Molecular genetics of attention. Ann N Y Acad Sci 1129: 200-212.

Bouchard, T.J., Jr. (1994) Genes, environment, and personality. Science 264: 1700-1701.

Chen C., Burtonb, M., Greenbergerc E., and Dmitrievac J. (1999) Population Migration and the Variation of Dopamine D4 Receptor (DRD4) Allele Frequencies Around the Globe. Evolution and Human Behavior 20: 309-324.

Ebstein, R.P., Novick, O., Umansky, R., Priel, B., Osher, Y., Blaine, D., Bennett, E.R., Nemanov, L., Katz, M., and Belmaker, R.H. (1996) Dopamine D4 receptor (D4DR) exon III polymorphism associated with the human personality trait of Novelty Seeking. Nat Genet 12: 78-80.

Eisenberg, D.T., Campbell, B., Gray, P.B., and Sorenson, M.D. (2008) Dopamine receptor genetic polymorphisms and body composition in undernourished pastoralists: an exploration of nutrition indices among nomadic and recently settled Ariaal men of northern Kenya. BMC Evol Biol 8: 173.

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