Archivo diario: 7 febrero , 2010

Apartad del poder a los adictos al poder

En 1997, una repentina (aunque no demasiado virulenta) epidemia de meningitis en la Comunidad de Madrid causó considerable alarma entre los padres con hijos en edad escolar. La autoridades sanitarias no eran en aquel momento partidarias de la vacunación masiva de toda la población escolar, aunque más tarde cambiaron de opinión (estas decisiones son difíciles de tomar y la información en el momento de tomarlas nunca es completa). El caso es que, en medio de este revuelo, los ciudadanos de a pie nos enteramos de que el entonces Presidente del Congreso de los Diputados (Federico Trillo) había utilizado el coche oficial y el médico oficial del Congreso para vacunar a sus hijos.

Supongo que no debería escandalizarme por algo así. Evidentemente, la anécdota refleja la catadura moral del personaje, pero cosas peores hemos visto en ese mismo personaje y en otros (del mismo y de otros partidos). La infatigable doble moral de muchos políticos es un tema recurrente en las cabeceras de los periódicos. Más allá del rechazo, me asalta la curiosidad por el mecanismo psicológico subyacente ¿Es una cuestión de simple cara dura o realmente creen que sus actos se rigen por un rasero diferente al del resto de la población? Me alegra ver que esta cuestión haya atraído la atención de los científicos profesionales…y la respuesta (a juzgar por un número limitado de estudios) es que, efectivamente, el poder corrompe, pero sólo a aquellos que creen merecerlo.

El estudio (aquí), publicado por Joris Lammers (Universidad de Tillburg) y colaboradores, explora esta cuestión por el método de inducir (priming) una sensación de poder en los sujetos del estudio, por ejemplo pidiéndoles que recuerden una situación así, para después evaluar su comportamiento moral en determinadas situaciones. Por ejemplo, en un estudio se realizó el “priming” en dos grupos aleatorios, uno de alto poder y otro de bajo. Después cada uno de los grupos se dividió en otros dos. A uno de ellos se le pasó un cuestionario en el que evaluaban hasta qué punto consideraban inmoral “inflar” los gastos en un viaje de trabajo; el otro grupo participó en un juego de dados, en el que la puntuación que sacaban podía convertirse en un pequeño premio en metálico (los dados se tiraben en un cubículo privado y el sujeto comunicaba el resultado al experimentador).

En el caso del cuestionario, el grupo de los poderosos valoró peor que el de los desvalidos el hacer trampas en las cuentas, pero -y esto es lo interesante- las mismas personas hicieron más trampa que el otro grupo al reportar (a su favor) el resultado de los dados. En otras palabras, la mera alusión a una situación de poder hacía a las personas más proclives a hacer trampas y a censurar las trampas ajenas.

Otro estudio similar, sin embargo, sugiere que esta tendencia a comportarse de forma hipócrita no ocurre en todos los casos , sino en aquellos individuos que piensan que han adquirido “legítimamente” tal poder. Curiosamente, los individuos que pensaban que “no se lo merecían”, tendían a ser más exigentes consigo mismo que con otras personas. En vez de de actuar hipócritamente lo hacían hipércritamente (el palabro es de los autores).

Me consta que tal cosa es imposible, pero ¿habría alguna forma de lograr que accedieran a puestos de poder personas que realmente no quieren ejercerlo y se avienen por puro sentido del deber?

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