Archivo mensual: junio 2009

Desastre en Lascaux

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Constituyen una de las primeras obras de Arte (con mayúscula) conocidas, han sobrevivido más de 16.000 años y están a punto de perderse definitivamente. Se trata de las super-famosas pinturas rupestres de Lascaux (Francia).

Los culpables directos son diversos microorganismos que habitan (hoy día) en la cueva y que proceden en su mayor parte de los fluidos corporales de los visitantes. La responsabilidad civil de esta situación corresponde a los conservadores de la cueva, según un artículo reciente publicado en la revista Naturwissenshaften (premio si lo pronuncia bien a la primera) El resumen aquí

Según los autores, el “manejo” de la cueva ha sido un catálogo de despropósitos. Las bacterias empezarona llegar en los años 40, con las miriadas de visitantes que entraban a diario. El empleo de aire acondicionado y las nuevas condiciones de iluminación modificaron la mricrobiota de la cueva de forma radical, según Cesareo-Saiz Jiménez del Instituto Nacional de Agrobiología y Recursos Naturales de Sevilla, y responsable del trabajo.

En 2001 hizo su aparición un hongo Fusarium solani, famoso por ser una importante plaga del cultivo de patatas. Entre 2001 y 2004 se aplicó fungicida “a carros” para combatir el hongo, lo que no hizo sino empeorar las cosas. Los científicos están ahora estudiando la posibilidad de emplear agua oxigenada para eliminar la materia orgánica de la que se alimentan hongos y bacterias.

¿La solución más práctica? Cerrar la cueva al públic0 y hacer una réplica exacta en una cueva cercana.

Sí, ya sé. No es lo mismo.

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Grasa de la buena

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Tejido adiposo marrón (en negro) tal como aparece en un PET-CT scan realizado en condiciones de frío (derecha) o a temperatura ambiente (izquierda).

Recuerdo bien la historia de la “grasa parda” de los libros de texto de Bioquímica.  Para los que no hayan tenido el placer de cursar esta asignatura, valga este pequeño resumen. En los mamíferos existen dos tipos básicos de tejido adiposo, el blanco (normal) y el marrón. La diferencia fundamental está en que el primero simplemente acumula grasas y el segundo las quema para producir calor. Las células del tejido marrón, además de acumular grasa, tienen una gran abundancia de mitocondrias que funcionan a modo de pequeñas estufas. En el metabolismo normal, la oxidación delas grasas permite obtener energía química en forma de ATP, pero en este tejido existe una proteína llamada “termogenina” que desacopla la producción de ATP con oxidación. El resultado es que las grasas se “queman sin más” y la energía acaba convirtiéndose en calor, lo cual es precisamente la función de este tejido.

Según los libros, esta especie de “manta térmica” está presente en los bebés humanos y en algunas especies de mamíferos en estado adulto, pero -categóricamente- no en los humanos adultos. Esta actividad parece ser importante para supervivencia de los mamíferos recién nacidos, muchos de los cuales carecen de pelo. Al parecer, los osos polares adultos emplean este sistema para sobrevivir en el Ártico en vez de hibernar.

Pues bien, parece que habrá que cambiar todos los libros de texto, de acuerdo con un artículo publicado en abril en el New England Journal of Medicine (el resumen aquí).

En estudios previos se habían examinado los escáner (PET-CT) de unos 2000 individuos, por razones que nada tenían que ver con la grasa parda, pero encontraron que este tejido estaba presente en un pequeño porcentaje de los pacientes. Sin embargo, la forma habitual de realizar estas pruebas hacía invisible la grasa parda; básicamente, ésta no se ve a temperatura ambiente (22º C), pero es claramente visible a temperatura algo menor (16º), tal como se aprecia en la foto adjunta.

Cuando se realizó el experimento en las condiciones apropiadas, en la mayoría de los individuos apareció grasa parda. Lo importante, sin embargo, es que la cantidad y actividad de este tejido estaba negativamente relacionado con la obesidad. O sea, a mayor cantidad de tejido adiposo normal menor cantidad del pardo. Este hallazgo abre nuevas preguntas. Es posible que la grasa parda, al ser un quemador de calorías, ayude a los individuos delgados a mantener su peso. alternativamente, también es posible que en individuos obesos el aislamiento térmico que proporciona el tejido adiposo normal sea suficiente, por lo que el marrón se atrofiaría.

Las aplicaciones prácticas están todavía bastante lejos, pero tal vez algún día sea posible estimular la actividad del tejido marrón. Así, bastaría poner el aire acondicionado a tope para mantenerse delgado ¡vaya chollo!

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Chocolate en peligro

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En los últimos tiempos, parece que las catástrofes se ciernen sobre nosotros. El cambio climático expandirá los desiertos e inundará las zonas bajas; la gripe A y luego la gripe aviar causarán millones de muertos; y la crisis económica… ¡Uf! La crisis económica.

En este blog no nos tomamos estas cosas en broma ni tampoco en serio. El objetivo es tratar de evaluar la mejor evidencia científica disponible, con independencia de que los medios de comunicación sean más o menos alarmistas o tengan intereses de algún tipo. Por supuesto, este objetivo es sumamente difícil de cumplir con nuestros pobres medios materiales (esencialmente un ordenador portátil y acceso a algunas revistas científicas). Pero merece la pena intentarlo.

Lo malo es que el tema de hoy se refiere a una amenaza muy real y de consecuencias verdaderamente graves para muchos humanos; se trata  del virus CSSV. Este patógeno puede hacer algo mucho peor que barrernos de la faz de la tierra: puede dejarnos sin chocolate.

El así llamado “cacao swollen shoot virus” infecta los árboles de cacao y está haciendo estragos en los principales países productores. Por ejemplo, en Costa de Marfil, se estima que un tercio de la cosecha se perderá esta año. Y como a perro viejo todo son pulgas, un hongo (Crinipellis perniciosa) está haciendo lo propio en las plantaciones de Brasil.

En el caso de la enfermedad africana, es muy posible que el modo de producción haya contribuído al problema. Originalmente, los árboles de cacao se plantaban junto a otros árboles que proporcionaban algo de sombra, lo que resulta beneficioso para el cultivo. Al parecer, este sistema también proporcionaba protección frente a otras amenazas. En los últimos años, la intensificación del cultivo ha llevado a plantar cacao en “monocultivo” y es muy posible que en las nuevas circuntancias los insectos que transmiten el virus tengan mejor acceso a los árboles del cacao.

Podría decirse que la “avaricia rompe el saco”, pero hay que reconocer que que la mayoría de los productores de cacao son agricultores pobres, los cuales reciben típicamente una parte muy pequeña del precio de venta final. De lo que no hay duda es de que tienen un problema.

Algunos laboratorios se han puesto en marcha para estudiarlo. El genoma del virus se ha secuenciado y el genoma del propio cacao están en proceso. Seguramente se encontrarán genes de resistencia y alguna manera de utilizarlos en campo. Entretanto, tal vez sería una buena idea volver a cultivar el cacao junto con “árboles protectores”.

Por último, si es usted adicto al chocolate quizá debería pensar en hacerse con una pequeña reserva para el año próximo.

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Cats

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Hace unas semanas fuí con mi familia de excursión al famoso Torcal de Antequera (Málaga) y  aparte de disfrutar del impresionante paisaje kárstico y de los no menos impresionantes ejemplares de Capra hispanica, presenciamos algo verdaderamente asombroso.

Nos cruzamos con un grupo de escolares que estaban, a la sazón, comiéndose un bocadillo. De repente, un revuelo. Gritos de excitación. El causante era un zorro joven atraído por el olor de la comida y que, de hecho, no se fue sin ganarse un buen bocado. Por lo que yo había leído sobre esta especie, esto es algo bastante raro. Se supone que los zorros son huidizos y es muy difícil mantenerlos en cautividad (entre otras cosas, porque viven en un estado de permanente terror). No obstante, en los años 50s, el científico ruso D. Belyaev inició un proyecto de mejora genética que culminó con la creación de una raza de zorro domesticada (más info aquí), pero el proceso llevó casi 50 años de cruces selectivos. Aparentemente, este mismo proceso está en marcha en el Torcal de Antequera, con la diferencia de que está sucediendo de manera espontánea. Los zorros se domestican solos.

Aquí una foto, para que me crean.

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Pero no era mi intención dedicar este post al zorro, sino a otro caso de animal que al parecer también se domesticó solo: el gato.

Tradicionalmente se pensaba que el gato había sido domesticado en el antiguo Egipto, pero una serie de estudios recientes (basados en evidencia arqueológica y genética) indican que probablemente ocurrió en el Oriente Próximo y en una fecha muy anterior: unos 10.000 años.

Hasta hace poco, el origen de los gatos era un misterio difícil de romper. Lógicamente deriva del gato montés Felis silvetris, pero ¿de qué población exactamente? Como en muchas otras ocasiones, el análisis del DNA mitocondrial nos ha dado una respuesta clara. Cuando se compararon las secuencias de  mitocondrias procedentes de cientos de gatos domésticos y de las cinco subespecies conocidas de gato silvestre, los árboles filogenéticos agruparon a todos los gatos domésticos con F. silvestris lybica; una subespecie que habita en Oriente Próximo y Medio.

Sin embargo, en cuanto a la fecha de domesticación, el reloj molecular no nos permite afinar mucho más allá de unos 10.000 años. En cambio, la arqueología acude ahora en nuestra ayuda. En 2004 se encontró un esqueleto de un  gato de unos ocho meses de edad (en la misma orientación que el esqueleto humano) en un enterramiento de la isla de Chipre de unos 9.500 años de antigüedad. Esto sugiere una relación especial entre ambos.

La verdad es que -a priori- el gato no es buen candidato para la domesticación. En primer lugar (en su estado salvaje) es un cazador solitario y territorial; la mayoría de las especies domesticadas son sociales y típicamente jerárquicas (lo que facilita el proceso, ya que los humanos juegan el papel de individuos alfa). En segundo lugar, es exclusivamente carnívoro, con muy poca capacidad de utilizar alimentos vegetales.

La hipótesis más probable (en línea con lo que también debió ocurrir en el caso del perro) es que los gatos se domesticaran solos. Los excedentes de grano en los primeros asentamientos agrícolas debieron atraer a un gran número de ratones. Y seguramente los ratones atrajeron a los gatos. En cuanto a los humanos, lo más probable es que los tolerasen, ya que poco daño podían hacer, y en cambio comían ratones y serpientes de vez en cuando. Así debió domesticarse el gato.

¿Domesticado? No tan deprisa. La verdad es que no lo están totalmente , ya que suelen sobrevivir y reproducirse sin intervención directa de los humanos. Todo el que haya convivido con uno, sabe que un gato es un espíritu libre.

Cuando las técnicas neolíticas empezaron a expandirse, los gatos domésticos viajaron con ellas. Las autoridades del Antiguo Egipto, que realmente (y literalmente)  los adoraban, prohibieron su exportación; una medida que naturalmente no tuvo éxito. Así, los gatos se expandieron con el imperio romano y a través de las rutas comerciales con China. También se sabe que Colón llevaba algún gato en las carabelas.

A diferencia del perro, el gato no ha pasado por un proceso de selección artificial demasiado exigente. Los perros llevan milenios siendo seleccionados para determinadas funciones (pastor, guardián, cazador). No así los gatos que, como todo el mundo sabe, resulta imposible entrenarlos (no porque no sean inteligentes sino más bien por ser muy reacios a aceptar órdenes). Prueba de ello es la enorme diversidad fenotípica en los perros (compárese un San Bernardo y un chihuahua) que no se produce en los gatos. Si acaso, es posible que hayan sido “seleccionados” para resultar estéticamente agradables a los humanos (¿no son irresistibles de pequeños?). La cría y selección en serio no ha tenido lugar hasta periodos muy recientes.

El inicio de la agricultura supuso una revolución en toda regla, no sólo para los humanos, sino para otras muchas especies, ya que se generaron cambios radicales en los ecosistemas. Eso debió suponer un desastre para algunas y un oportunidad para otras, como nuestros domésticos amigos. Es evidente, que todo esto aceleró la evolución en algunos casos. En las últimas décadas, los cambios en los ecosistemas han sido también tan radicales que muchas especies se han puesto contra las cuerdas (o se han extinguido directamente). En cambio otras (las menos)  se están adaptando, como parece que está haciendo el simpático zorrito del Torcal de Antequera.

The Evolution of House Cats
Genetic and archaeological findings hint that wildcats became house cats earlier–and in a different place–than previously thought
By Carlos A. Driscoll, Juliet Clutton-Brock, Andrew C. Kitchener and Stephen J. O’Brien

Scientific American, June 2009

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El bosque ignorado

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No es que los árboles no les dejasen ver el bosque, es que no vieron ni el bosque ni los árboles. La especie de la foto corresponde a un árbol de hasta 6 metros de alto y que acaba de ser descubierto por los botánicos, que lo han denominado Acacia fumosa.

La descripción de una nueva especie no es en sí mismo algo especialmente raro. Todos los años se descubren una 10.000, de las cuales más de 2.000 suelen ser plantas con flor. Sólo en África se describe una nueva planta (como promedio) cada día ¿Por qué tanto alboroto por la Acacia fumosa? Lo normal es que las nuevas especies sean poco abundantes y su hábitat esté restringido a unos pocos lugares (cuya localización se suele mantener secreta). Sin embargo, este árbol cubre una superficie nada menos que  de unos 8.000 Km cuadrados, equivalente a toda la Comunidad de Madrid.

¿Cómo es posible que a los botánicos se les pasara por alto una cosa así? Hay que decir, en su descargo, que esta especie habita en la región etíope de Ogaden; una zona árida, pobre y poco poblada. Además, la guerrilla independentista (Frente Nacional de Liberación de Ogaden) lleva varios años activa en la zona y viajar por ella se ha convertido en algo bastante peligroso.

Naturalmente, este árbol no era desconocido para los escasos habitantes de Ogadén, pero ni siquiera tiene un nombre vernáculo, ni parece que tenga tampoco ningún aprovechamiento particular. No obstante, siendo el árbol dominante en una zona árida, no cabe duda de que esta especie tiene una enorme importancia ecológica. A falta de otra utilidad para los humanos, sus flores de color rosa deben dar un aspecto imponente al paisaje durante algunas semanas.

Aunque  la descripción de esta especie se hizo en 2008, la noticia ha saltado a los “medios” después de que apareciera un artículo en Science (aquí)

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Los orígenes de la moral y la cultura

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Sin duda, “moral” y “cultura” son dos características eminentemente humanas. No es que estén totalmente ausentes en otras especies, pero entre los Homo sapiens han alcanzado muchísima más importancia y complejidad. No cabe duda de que ambas características han evolucionado en nuestra en especie y por tanto, deben tener una base biológica (que me perdonen lo ambientalistas fanáticos). Tampoco puede negarse la más que probable co-evolución entre genes y cultura (que me perdonen los biologicistas radicales). En cualquier caso, estoy seguro de que los dos artículos publicados en el último número de Science sobre el origen de (respectivamente) moral y cultura va a dar mucho que hablar a todos los interesados por estas cuestiones.

En ambos artículos, los autores llegan a explicaciones sorprendentes, atrevidas, contra-intuitivas y políticamente incorrectas, aunque (y esto es lo importante) las apoyan con datos y modelos matemáticos. No obstante, no creo que las dos cuestiones se vayan a zanjar aquí, sino más bien lo contrario. Entrando en materia, la hipótesis de Samuel Bowles (Bowles, S. 2009) afirma que el origen de la cooperación y la camaradería entre los humanos estriba justamente en…¡la guerra! Y para apoyar esta hipótesis ha “resucitado” una de las teorías más descalificadas en Biología Evolutiva en los últimos tiempos: la selección de grupo. Se trata, pues, de un tabú encima de un sacrilegio. Sin inmutarse, Bowles afirma que en el conflicto inter-tribal prolongado y letal puede promover la selección de genes “altruistas”. Pero antes de seguir comentando el artículo, conviene dar un pequeño rodeo.

Para empezar, la hipótesis de Bowles se mete de lleno en un pozo de “incorrección política”. Hasta hace pocos años, el Modelo Estándar en Ciencias Sociales favorecía la idea de Rousseau del “Buen salvaje” (el hombre es bueno por Naturaleza pero la sociedad lo hace malo), por lo que la mera sugerencia de que esta actividad forma parte de nuestro pasado evolutivo basta (o bastaba) para ser declarado indeseable. Aunque sea doloroso, hay que reconocer que el “Mito del Buen Salvaje” es notoriamente falso, como han puesto de relieve estudios antropológicos recientes. Por ejemplo, el arqueólogo Lawrence Keeley ha estimado la tasa de homicidios en diferentes sociedades. Veamos los datos: el récord de violencia lo tienen los legendarios jíbaros de Perú, donde cerca del 60% de los varones son víctimas de homicidio a manos de sus congéneres. Entre los yanomami, la tasa de homicidios varían entre el casi 40% de los ‘belicosos’ shamatari y el 20% de los más ‘pacíficos’ namowei. La mayor parte de las culturas estudiadas, procedentes sobre todo de Sudamérica y Nueva Guinea oscilaba entre estos valores. Incluso entre los pacíficos !Kung, el homicidio es más frecuente que entre los barrios considerados peligrosos de Los Ángeles. En contraste, la frecuencia de muerte por homicidio en Europa y Estados Unidos durante el siglo XX no pasa del 1%, y eso que incluye dos guerras mundiales con ‘armas de destrucción masivas’ y otros conflictos armados. En la actualidad y en algunos países, como Japón, la tasa frecuencia de homicidio es inferior al 0.1%, 100 veces menor que en la mayoría de los cazadores-recolectores y 600 veces menor que entre los jíbaros. O sea, que podemos reconocer que nuestro pasado evolutivo está plagado de conflictos inter-tribales, frecuentemente letales, sin hacer por ello una apología de la violencia y sin afirmar que ésta es inevitable. Pero los datos son los datos.

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El segundo berenjenal en el que se mete Bowles estriba en tratar de resucitar la teoría de selección de grupo, según la cual en animales sociales la unidad básica sobre la que opera la selección natural es el grupo, no el individuo. Por ejemplo, si pensamos en una manada de lobos, en una banda de macacos o en una bandada de grajillas, ninguno de estos animales puede sobrevivir por su cuenta, de manera que su destino individual se encuentra inevitablemente unido al del grupo. Si éste tiene éxito, aumentará de tamaño y si no lo tiene desaparecerá; por tanto, la selección natural puede mantener conductas que favorezcan al grupo en conjunto, aunque sean negativas para el animal que las ejecuta. Por poner un símil futbolístico, la selección natural estaría operando con equipos y no con jugadores individuales. Esta teoría es considerada poco plausible ya que incluso un flujo de genes moderado entre los grupos destruiría rápidamente las diferencias genéticas necesarias para que la teoría funcione; la mayoría de los biólogos acepta hoy día que la selección natural transcurre fundamentalmente a nivel de individuo.

Pero no todo el mundo está de acuerdo. Algunas publicaciones recientes han reabierto el debate al afirmar que, en algunos casos muy determinados, la selección de grupos puede ser importante. En este caso, Bowles hace una hipótesis realmente atrevida: que la estructura poblacional de los cazadores-recolectores del Paleolítico pudo permitir la selección (vía grupo) de genes que favorecen conductas altruistas. Bien es verdad que el modelo asume que la guerra entre tribus era frecuente y que ésta suponía un coste notable en vidas en todos los casos y, muy particularmente para los vencidos. Importa señalar que Bowles también admite la posibilidad de que el altruísmo se deba no sólo a los genes, sino a la aparición de memes relacionados con este tipo de conducta. Tanto los genes como los rasgos culturales son heredables (aunque no de la misma forma) y están sometidos al proceso evolutivo. El trabajo de Bowles se ha basado en datos arqueológicos previos según los cuales, como promedio, la guerra causó el 14-16% de las muertes en sociedades de cazadores-recolectores, tanto históricas como recientes. De acuerdo con el modelo matemático de Bowles, el coste de perder un conflicto armado es lo suficientemente alto como para equilibrar los riesgos individuales de la guerra, particularmente si el grupo es relativamente endógamo y sus miembros comparten muchos alelos comunes. Es evidente que construir un modelo matemáticamente correcto no es suficiente por sí mismo para demostrar una hipótesis. Y la validación de este modelo es, al menos, complicada. Los aficionados a las discusiones tendrán un filón aquí.

Además, el modelo deja algunos cabos sueltos. Muy notablemente no distingue entre los sexos a pesar de que las consecuencias de la guerra eran generalmente muy diferentes en cada caso; p.e. las mujeres no solían participar directamente y en caso de derrota podían ser “absorbidas” por los vencedores (eufemismo para “violación sistemática, esclavitud y eventual integración tras varias generaciones). El problema es que el apareamiento entre los hombres del grupo vencedor y las mujeres del vencido tendería a diluir los genes altruistas, y no a concentrarlos. Bowles argumenta que a pesar de todo, el modelo predice la selección de genes altruistas, aunque de forma más lenta respecto a la alternativa radical de liquidar a todos los vencidos.

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El segundo trabajo, firmado por Powell y colaboradores (Powell et al., 2009), aborda el misterio del rápido desarrollo de la tecnología y el arte en el Paleolítico superior (hace unos 45.000 años) a pesar de que los humanos genéticamente modernos habían surgido en África en un periodo muy anterior (tema tratado aquí recientemente). Según estos autores, el factor clave para que se produjera el Gran Salto Adelante fue la densidad demográfica. Por supuesto, las capacidades cognitivas necesarias va estaban allí, pero sin este elemento clave todavía podríamos estar empleando una tecnología no muy diferente de la del neanderthal.

Thomas y colaboradores también se basan en modelos matemáticos que tratan de explicar el patrón de “idas y venidas” en la aparición de la moderna cultura y tecnología. Aunque los humanos aparecimos hace 150-200.000 años, los primeros vestigios de cultura moderna (tales como collares, arpones, o el empleo de pigmentos) aparece brevemente en Africa hace unos 90.000 años. Después estos vestigios desaparecen y no volverán hasta la Edad de Oro del Paleolítico superior europeo, alrededor de 35.000 BC y coincidiendo con las pinturas rupestres del Cantábrico. La idea central de estos investigadores es que es necesario un número mínimo de personas para mantener tal nivel de conocimientos y destrezas en una población. Si no se alcanza el mínimo, la capacidad tecnológica tiende a fluctuar. Es posible que algunos avances se pierdan por que sus poseedores desparezcan sin trasmitirlos. Además, el avance tecnológico es más rápido cuando hay más personas tratando de resolver los mismos problemas. El modelo matemático establecido sugiere que cuando el número de grupos que interaccionan llega a 50, la capacidad tecnológica no aumenta con el número de grupos, sino con la densidad de población. Los autores sugieren que la tímida “revolución africana” de hace 90.000 años se vio truncada por una disminución de la población debida –seguramente- a un cambio climático.

Curiosamente, ambos trabajos plantean escenarios de evolución humana bien distintos, incluso contrapuestos. Por un lado, los humanos debían masacrarse unos a otros con frecuencia para ser altruistas; por otro lado, habría sido necesario la interacción cooperativa y el intercambio entre grupos humanos bastante amplios para que pudiera surgir la cultura moderna ¿O tal vez no? Una vez leí que durante la Guerra Civil española los soldados de las trincheras organizaban intercambios entre los dos bandos; tabaco por papel de fumar (vale lo de matarse unos a otros, pero… ¿quedarse sin fumar?).

Somos animales complicados.

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El perspicaz pájaro burlón

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Los habitantes de las ciudades suelen prestar bastante poca atención a la (escasa) bio-diversidad que los rodea. Personalmente, no comparto este desinterés. Por ejemplo, cuando llegan los vencejos a finales de marzo, me parece una noticia importante que debería aparecer en los periódicos locales. En algunos casos, la indiferencia es sustituida por una mal disimulada inquina, p.e. las palomas son consideradas “ratas con alas”.

Independientemente de los gustos de cada cual, hay que reconocer que las especies capaces de medrar en hábitats urbanos suelen demostrar una notable flexibilidad de conducta y capacidad de adaptación.

Uno de los ejemplos más notables es el “mocking bird” (Mimus polyglottos), un ave exclusiva del continente americano y que no tiene un nombre común en español; de manera que lo llamaremos por su traducción literal: pájaro burlón. El nombre obedece a su costumbre de imitar el canto de otras especies y ejecutarlo de forma repetida, como si se estuviera riendo de los demás. Si alguien tiene interés en escuchar su canto: aquí.

El pájaro burlón no se limita a mofarse, sino que además demuestra una capaz cognitiva notable para un ave, de acuerdo con un trabajo muy reciente publicado en PNAS  (Levey et al. (2009))

Parece claro que los burlones son muy sensibles ante cualquier cosa que ocurra cerca de sus nidos. Si una persona se acerca demasiado, amenazan al intruso gritos de alarma. Lo realmente sorprendente es que también son capaces de reconocer individualmente a las personas que se acercan al nido y distinguir entre simples paseantes y amenazas potenciales. Los investigadores idearon un dispositivo experimental en el que había “intrusos” (personas que se acercaban al nido más de lo que los padres consideraron razonable) y “paseantes” (personas que se mantuvieron  dentro de una distancia de seguridad). Los burlones aprendían a distinguirlos con tan sólo dos exposiciones de 30 segundos. No está mal.

Esta capacidad refleja una flexibilidad de conducta que posiblemente resulta crucial para colonizar el hábitat urbano.

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