Los orígenes de la moral y la cultura

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Sin duda, “moral” y “cultura” son dos características eminentemente humanas. No es que estén totalmente ausentes en otras especies, pero entre los Homo sapiens han alcanzado muchísima más importancia y complejidad. No cabe duda de que ambas características han evolucionado en nuestra en especie y por tanto, deben tener una base biológica (que me perdonen lo ambientalistas fanáticos). Tampoco puede negarse la más que probable co-evolución entre genes y cultura (que me perdonen los biologicistas radicales). En cualquier caso, estoy seguro de que los dos artículos publicados en el último número de Science sobre el origen de (respectivamente) moral y cultura va a dar mucho que hablar a todos los interesados por estas cuestiones.

En ambos artículos, los autores llegan a explicaciones sorprendentes, atrevidas, contra-intuitivas y políticamente incorrectas, aunque (y esto es lo importante) las apoyan con datos y modelos matemáticos. No obstante, no creo que las dos cuestiones se vayan a zanjar aquí, sino más bien lo contrario. Entrando en materia, la hipótesis de Samuel Bowles (Bowles, S. 2009) afirma que el origen de la cooperación y la camaradería entre los humanos estriba justamente en…¡la guerra! Y para apoyar esta hipótesis ha “resucitado” una de las teorías más descalificadas en Biología Evolutiva en los últimos tiempos: la selección de grupo. Se trata, pues, de un tabú encima de un sacrilegio. Sin inmutarse, Bowles afirma que en el conflicto inter-tribal prolongado y letal puede promover la selección de genes “altruistas”. Pero antes de seguir comentando el artículo, conviene dar un pequeño rodeo.

Para empezar, la hipótesis de Bowles se mete de lleno en un pozo de “incorrección política”. Hasta hace pocos años, el Modelo Estándar en Ciencias Sociales favorecía la idea de Rousseau del “Buen salvaje” (el hombre es bueno por Naturaleza pero la sociedad lo hace malo), por lo que la mera sugerencia de que esta actividad forma parte de nuestro pasado evolutivo basta (o bastaba) para ser declarado indeseable. Aunque sea doloroso, hay que reconocer que el “Mito del Buen Salvaje” es notoriamente falso, como han puesto de relieve estudios antropológicos recientes. Por ejemplo, el arqueólogo Lawrence Keeley ha estimado la tasa de homicidios en diferentes sociedades. Veamos los datos: el récord de violencia lo tienen los legendarios jíbaros de Perú, donde cerca del 60% de los varones son víctimas de homicidio a manos de sus congéneres. Entre los yanomami, la tasa de homicidios varían entre el casi 40% de los ‘belicosos’ shamatari y el 20% de los más ‘pacíficos’ namowei. La mayor parte de las culturas estudiadas, procedentes sobre todo de Sudamérica y Nueva Guinea oscilaba entre estos valores. Incluso entre los pacíficos !Kung, el homicidio es más frecuente que entre los barrios considerados peligrosos de Los Ángeles. En contraste, la frecuencia de muerte por homicidio en Europa y Estados Unidos durante el siglo XX no pasa del 1%, y eso que incluye dos guerras mundiales con ‘armas de destrucción masivas’ y otros conflictos armados. En la actualidad y en algunos países, como Japón, la tasa frecuencia de homicidio es inferior al 0.1%, 100 veces menor que en la mayoría de los cazadores-recolectores y 600 veces menor que entre los jíbaros. O sea, que podemos reconocer que nuestro pasado evolutivo está plagado de conflictos inter-tribales, frecuentemente letales, sin hacer por ello una apología de la violencia y sin afirmar que ésta es inevitable. Pero los datos son los datos.

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El segundo berenjenal en el que se mete Bowles estriba en tratar de resucitar la teoría de selección de grupo, según la cual en animales sociales la unidad básica sobre la que opera la selección natural es el grupo, no el individuo. Por ejemplo, si pensamos en una manada de lobos, en una banda de macacos o en una bandada de grajillas, ninguno de estos animales puede sobrevivir por su cuenta, de manera que su destino individual se encuentra inevitablemente unido al del grupo. Si éste tiene éxito, aumentará de tamaño y si no lo tiene desaparecerá; por tanto, la selección natural puede mantener conductas que favorezcan al grupo en conjunto, aunque sean negativas para el animal que las ejecuta. Por poner un símil futbolístico, la selección natural estaría operando con equipos y no con jugadores individuales. Esta teoría es considerada poco plausible ya que incluso un flujo de genes moderado entre los grupos destruiría rápidamente las diferencias genéticas necesarias para que la teoría funcione; la mayoría de los biólogos acepta hoy día que la selección natural transcurre fundamentalmente a nivel de individuo.

Pero no todo el mundo está de acuerdo. Algunas publicaciones recientes han reabierto el debate al afirmar que, en algunos casos muy determinados, la selección de grupos puede ser importante. En este caso, Bowles hace una hipótesis realmente atrevida: que la estructura poblacional de los cazadores-recolectores del Paleolítico pudo permitir la selección (vía grupo) de genes que favorecen conductas altruistas. Bien es verdad que el modelo asume que la guerra entre tribus era frecuente y que ésta suponía un coste notable en vidas en todos los casos y, muy particularmente para los vencidos. Importa señalar que Bowles también admite la posibilidad de que el altruísmo se deba no sólo a los genes, sino a la aparición de memes relacionados con este tipo de conducta. Tanto los genes como los rasgos culturales son heredables (aunque no de la misma forma) y están sometidos al proceso evolutivo. El trabajo de Bowles se ha basado en datos arqueológicos previos según los cuales, como promedio, la guerra causó el 14-16% de las muertes en sociedades de cazadores-recolectores, tanto históricas como recientes. De acuerdo con el modelo matemático de Bowles, el coste de perder un conflicto armado es lo suficientemente alto como para equilibrar los riesgos individuales de la guerra, particularmente si el grupo es relativamente endógamo y sus miembros comparten muchos alelos comunes. Es evidente que construir un modelo matemáticamente correcto no es suficiente por sí mismo para demostrar una hipótesis. Y la validación de este modelo es, al menos, complicada. Los aficionados a las discusiones tendrán un filón aquí.

Además, el modelo deja algunos cabos sueltos. Muy notablemente no distingue entre los sexos a pesar de que las consecuencias de la guerra eran generalmente muy diferentes en cada caso; p.e. las mujeres no solían participar directamente y en caso de derrota podían ser “absorbidas” por los vencedores (eufemismo para “violación sistemática, esclavitud y eventual integración tras varias generaciones). El problema es que el apareamiento entre los hombres del grupo vencedor y las mujeres del vencido tendería a diluir los genes altruistas, y no a concentrarlos. Bowles argumenta que a pesar de todo, el modelo predice la selección de genes altruistas, aunque de forma más lenta respecto a la alternativa radical de liquidar a todos los vencidos.

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El segundo trabajo, firmado por Powell y colaboradores (Powell et al., 2009), aborda el misterio del rápido desarrollo de la tecnología y el arte en el Paleolítico superior (hace unos 45.000 años) a pesar de que los humanos genéticamente modernos habían surgido en África en un periodo muy anterior (tema tratado aquí recientemente). Según estos autores, el factor clave para que se produjera el Gran Salto Adelante fue la densidad demográfica. Por supuesto, las capacidades cognitivas necesarias va estaban allí, pero sin este elemento clave todavía podríamos estar empleando una tecnología no muy diferente de la del neanderthal.

Thomas y colaboradores también se basan en modelos matemáticos que tratan de explicar el patrón de “idas y venidas” en la aparición de la moderna cultura y tecnología. Aunque los humanos aparecimos hace 150-200.000 años, los primeros vestigios de cultura moderna (tales como collares, arpones, o el empleo de pigmentos) aparece brevemente en Africa hace unos 90.000 años. Después estos vestigios desaparecen y no volverán hasta la Edad de Oro del Paleolítico superior europeo, alrededor de 35.000 BC y coincidiendo con las pinturas rupestres del Cantábrico. La idea central de estos investigadores es que es necesario un número mínimo de personas para mantener tal nivel de conocimientos y destrezas en una población. Si no se alcanza el mínimo, la capacidad tecnológica tiende a fluctuar. Es posible que algunos avances se pierdan por que sus poseedores desparezcan sin trasmitirlos. Además, el avance tecnológico es más rápido cuando hay más personas tratando de resolver los mismos problemas. El modelo matemático establecido sugiere que cuando el número de grupos que interaccionan llega a 50, la capacidad tecnológica no aumenta con el número de grupos, sino con la densidad de población. Los autores sugieren que la tímida “revolución africana” de hace 90.000 años se vio truncada por una disminución de la población debida –seguramente- a un cambio climático.

Curiosamente, ambos trabajos plantean escenarios de evolución humana bien distintos, incluso contrapuestos. Por un lado, los humanos debían masacrarse unos a otros con frecuencia para ser altruistas; por otro lado, habría sido necesario la interacción cooperativa y el intercambio entre grupos humanos bastante amplios para que pudiera surgir la cultura moderna ¿O tal vez no? Una vez leí que durante la Guerra Civil española los soldados de las trincheras organizaban intercambios entre los dos bandos; tabaco por papel de fumar (vale lo de matarse unos a otros, pero… ¿quedarse sin fumar?).

Somos animales complicados.

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22 comentarios

Archivado bajo Animales, Antropología, Arqueología, Arte, Biología, Endogamia, Evolución, Genes, Paleontología, Psicología, Psicología Evolucionista, Violencia

22 Respuestas a “Los orígenes de la moral y la cultura

  1. Aloe

    Yo creo que el conflicto humano, intra-grupo e inter-grupo, tendería a resolverse por migración mientras hubo adonde migrar. (Pero lo digo sin siquiera un modelo matemático que echarme a la cara, o sea, pura especulación, salvo el hecho indiscutible de la expansión continua de sapiens una vez salió de Africa y los modelos de migración que parece que siguió).
    Y que la guerra por tanto se intensificó cuando -y en dónde- la migración era ya difícl o imposible por la saturación demográfica del territorio accesible.
    Eso significaría que la frecuencia e intensidad de la guerra entre los recolectores estudiados en la época moderna no tendría por qué ser representativa: se hizo cuando todo el mundo estaba ya poblado y cuando además las poblaciones recolectoras sufrían en general bastante presión sobre su territorio por parte de sus vecinos agricultores o de los Estados reclamantes del poder terrritorial.

    La relación de la tecnología (y el conocimiento en general) con la demografía es particularmente fascinante y compleja, porque al fin y al cabo va en las dos direcciones: cada innovación tecnológica (o muchas de ellas) permiten o implican una densidad demográfica mayor. Eso no sólo es cierto del paso recolector-agricultor, sino dentro de las sociedades recolectoras: la posibilidad de navegar, de conservar alimentos, de abrigarse mejor para el frío, de cazar de nuevas maneras, de curar enfermedades o accidentes… tienen influencia en la misma dirección.
    Además, la suposición automática de que las sociedades antiguas no controlaban el número de niños que nacían o criaban tampoco tiene por qué ser cierta, y de hecho se sabe de sociedades recolectoras modernas donde no lo es.
    Otra tercera influencia de la acumulación cultural y la mejora tecnológica es la más que probable disminución a lo largo de nuestra historia de la precariedad de la existencia, tanto individual como del grupo. Me parece probable que hubiera un aumento, lento pero persistente, de la seguridad de la vida frente a depredadores, accidentes, hambrunas o inclemencias, gracias a la acumulación y “afinación” del conocimiento. (De modo que, de paso, para postular lo de “o vamos en la misma cuerda o seremos ahorcados por separado” como dijo Franklin, no hacía falta que la guerra fuera omnipresente en las primeras decenas de miles de años de la especie).

    Por otra parte, sigo diciendo que las hipótesis basadas en lo que “no se ha encontrado” son necesariamente muy débiles.
    No sé si te acuerdas, pero alguna vez he defendido (sin siquiera matemáticas, así que como mero brindis al sol) la posibilidad de que la interacción cultura-selección natural hiciera posible la selección de grupo. Como no tengo tabúes ni sacrilegios que evitar, dado que no tengo reputación que perder, no me resulta difícil de concebir, pero lo de la guerra como motor principal me parece más plausible como fenómeno de los últimos 10.000 años (simplificando) que de los cien mil anteriores.

    No hace ni falta decirlo, me ha interesado mucho esta entrada, y seguro que le daré unas cuantas vueltas más. Aunque normalmente no están a mi alcance, a lo peor incluso hago alguna gestión para leer los artículos que reseñas. Así que gracias.

  2. Pingback: Los orígenes de la moral y la cultura

  3. ¿No parece un error el hecho de cifrar entre el 14 y el 16 el porcentaje de muertes debidas a la guerra en sociedades cazadoras-recolectoras y entre un 20 y un 60 por ciento, según la belicosidad de la etnia, el porcentaje de muertes a manos de un congénere? Según estos datos, la mejor manera de acabar con un grupo o etnia enemigos es llevarse bien con ellos y dejar que se maten entre sí ¿?.

  4. Tal y como se comenta, los datos mandan: la violencia intergrupal es un aspecto universal e intrínseco de la naturaleza humana. Sin embargo la hipótesis de Bowles tropieza con la misma dificultad de cualquier hipótesis seleccionista-grupal: cómo precisamente terminan genéticamente codificadas conductas como el belicismo, o el altruismo, en tanto que éstas se constituyen de un complejidad neuropsicológica que parece inconcebible poder reducirse a uno ni varios genes (de hecho, la sola codificación de una de estas conductas podría significar emplear enormes porciones del genoma humano). No parece que el belicismo intergrupal sea un factor causal del altruismo por el solo hecho de que en un pasado histórico hayan habido más conflictos intergrupales. Por otro lado, ambas conductas opuestas pueden en sí mismas rastrearse en chimpancés por ejemplo.

    Constituyentes neurocognitivos del altruismo y de la moral como la empatía o la ToM y en un nivel más básico la agencia intencional o el reconocimiento de rostros, en sí mismos no lucen como mecanismos reductibles a la regulación genética. Cada uno está a su vez sistemáticamente estructurado por diversas funciones y capacidades neurales cuya activación y desarrollo co-depende de la estimulación externa. El aspecto genético, según los datos actuales, aquí se limita a determinar ciertos patrones básicos de conexiones entre neurocircuitos, el grado de neuroplasticidad o la producción de neurotransmisores claves en diversas funciones. Aunque evidentemente las conductas complejas del hombre están así vinculadas a la regulación genética y por tanto a los cambios selectivos en el genoma, la propia activación de tales mecanismos y la modulación de la interconexión entre las diversas áreas neurales que los estructuran se vincula en cambio a la interacción con el medio ambiente, los diversos aspectos del desarrollo, la exposición a determinados contextos ambientales y el aprendizaje. Los subproductos de tal sistema genes-neuroplasticidad-sociocultura pueden ser impredecibles desde una perspectiva puramente geneticista.

    El belicismo intergrupal paleolítico podría reflejar cierta respuesta conductual a ciertas presiones intergrupales o medioambientales. Pero aún considerando el hecho de que efectivamente existen intercambios intergrupales en pleno estado de guerra, parece poco probable que los conflictos por sí mismos hayan propiciado la configuración de los correlatos neurocognitivos de la conducta altruista en el genoma.

    Saludos

  5. morsa

    interesante la reflexión. Qué pena no tener a ambas partes a la vez para debatir las posturas, aunque replicar no está nada mal…

    ha sido un buen post, aunque un poco largo, pero no ha estado mal. Y además ha sido gracioso, algunas veces me he reido.

  6. Hola Miski,
    Imagino que “muerte a manos de un congénere” incluyo a individuos de dentro y fuera del grupo.

  7. Interesantísima y fructífera información y muy buenos comentarios. Gracias.

    Un apunte a bote pronto para Aloe: creo que el “mundo real” que los hombres siempre pudieron considerar como tal era el que los rodeaba y por eso no habría hecho falta que hubiesen desbordes demográficos. Las migraciones no serían electivas sino forzadas por las circunstancias hambientales e incluso el resultado de guerras o expulsiones y hasta de meras casualidades (extravíos, persecuciones…). La guerra por el territorio “real” (conocido) o debidas a “invaciones” aleatorias como las que he mencionado por ejemplo, serían, desde mi punto de vista y en coincidencia con los estudios referenciados, lo primero, lo principal. No sé si la selección es o no “de grupo”, ni me convence mucho lo de los “memes”, pero sí creo que los grupos son la referencia única, la “humanidad real” y los territorios ocupados son “el mundo real”. En este sentido, los datos que se van poniendo al descubierto avalan una idea más precisa de la conducta humana y permiten una sociología dilucidatoria al respecto.
    En fin, gracias y un saludo.

  8. Quisiera agregar un dato respecto a lo que dije sobre que el belicismo no tendría una relación causal con el altruismo. Se trata de un estudio que encontró una relación entre el dimorfismo sexual (humano) y las bases neuroanatómicas del altruismo, específicamente mayor cantidad de materia gris en regiones frontales correlacionadas con el «cerebro social» en mujeres que en hombres. «Estos resultados sugieren que los factores sexualmente dimórficos pueden afectar el neuro-desarrollo de aquellas regiones del ‘cerebro social’, lo que lleva una cooperatividad superior en las mujeres» (Yamasue et al. 2008). Vuelvo a agregar mi comentario sobre el grado de influencia que pudiera tener el material genético en la regulación del neuro-desarrollo aquí relevante.

    Este dato pudiera ser usado a favor de Bowles aunque muy especulativamente, en el sentido de que si en un estado de guerra las mujeres son conservadas por los vencedores (p.ej. para fines en última instancia reproductivos), podría así conservarse y propagarse el material neuro-genético asociado al altruismo, pero el belicismo vuelve a aparecer como no-causal en sí mismo, entre tanto que el seleccionismo-grupal sería irrelevante. Más plausible resulta pensar que el altruismo podría sencillamente derivar de la relación madre-hijo (por tanto es el cerebro femenino el más altruista.)

    Saludos

  9. Aloe

    Carlos S, no entiendo muy bien tu comentario, pero lo de la percepción del “mundo real” como limitante de la migración no lo veo. Por mucho que el mundo real sea para cada uno el mundo que conoce, en las decenas de miles de años que duró la colonización del planeta por sapiens necesariamente hubo muchos grupos que tenían a su (relativo) alcance territorio menos poblado o no poblado (por sapiens). Esto dejaría de ser cierto poco a poco en las áreas más antigua y densamente pobladas, desde luego, salvando el hecho de que una tecnología nueva podía eventualmente abrir un nuevo territorio o acrecentar el rendimiento de uno anteriormente poco productivo (como el ahumado del salmón o la navegación en canoa, digamos).
    Lo de ser expulsado o escaparse de la persecución como motivo de migración es más o menos lo que yo decía. No pretendía que la agresividad fuera inexistente o algo así, y que todas los conflictos se acabaran educadamente echando suertes a ver quien tenía que largarse veinte kilómetros más lejos (aunque es perfectamente concebible, porque de hecho está documentado, que determinadas culturas desarrollen rituales de negociación y limitación del conflicto, con reglas para ver quien pierde y quien gana sin que muera demasiada gente).

  10. Leyendo en la entrada del blog que “en animales sociales la unidad básica sobre la que opera la selección natural es el grupo, no el individuo”, se me ocurre recordar que las hormigas dan su vida por su patria el hormiguero.

    Y llegado el caso, las abejas dan su vida por su patria la colmena. (Las abejas no pican para defenderse; de hecho mueren después de picar. Pican para defender la colmena.)

    “Todo por la patria”, podría ser su lema.

    Pero ninguna hormiga da su vida por todas las hormigas del mundo. Ni ninguna abeja ofrece su vida por todas las abejas del planeta.

    Como aquellos pilotos mártires que en Japón llamaron Kamikazes, las abejas y hormigas pueden tener comportamientos que entre humanos calificaríamos de “heroicos”. Es decir, pueden inmolarse. Pero sólo por su colmena, sólo por su hormiguero.

    De igual modo, muchos humanos han sacrificado su vida por la patria (su tribu, su hormiguero, su colmena), pero nunca o muy insólitamente lo han hecho por la humanidad en su conjunto.

    Tengo la impresión de que, también en esto, somos y seguimos siendo esclavos de los instintos tribales.

    (Perdonad el comentario de una persona que no es experta en estos temas. Pero no me resigno a participar, aunque sea para que me corrijáis, ya que aprendo mucho visitando este blog.)

  11. Hola Emilia,
    La diferencia (clave) en el caso de los insectos sociales es que en esas especies sólo un individuo se reproduce, de manera que el conjunto se asemeja más (desde el punto de vista genético) a un individuo único que a un grupo.
    Puesto que las hormigas y abejas (obreras) no se reproducen no están sujetas a selección natural, aunque sí lo está la colmena/hormiguero y por tanto la reina.

  12. Bueno, Aloe, es una hipótesis que no tiene por qué ser de aplicación absolutamente general. Sin duda habría de todo, pero lo de la presión demográfica… en un mundo tan ancho… me parece poco imaginable. Incluso teniendo a la vista “otros horizontes”, la tendencia es a luchar por lo que ya se tiene. Decenas de miles de años después de aquellos tiempos tan simples… ha sobrevivido esa actitud no-migratoria en los judios-alemanes, por ejemplo, a los que acabaron llendo a buscar por no irse (la mayoría) a “otro lado”.
    Un placer y hasta otra.

  13. Aloe

    Carlos S., la presión demográfica es algo muy relativo. Depende (asi a lo gordo) de la capacidad de sustentación del entorno dada una tecnología determinada. La economía recolectora satura el territorio con densidades de población que a nosotros nos parecen bajas.
    Que no hubo presión demográfica durante la mayor parte de la vida de nuestra especie es precisamente lo que yo digo: no la había mientras (y en donde) había territorio libre relativamente al alcance.
    Y creo firmemente que la omnipresencia e intensidad de la guerra (o lo contrario) estaba muy relacionada con esto.
    En cuanto al apego de la gente a su tierra, comunidad y modo de vida… existe, ciertamente, como también existe el impulso de emigrar para escapar de un peligro grave o de la miseria. Los judíos son ejemplo de ambas cosas, precisamente, o si no ya me dirás que hacía una etnia semita en Europa Central, para empezar. Las colonizaciones de América (la primera y la de los últimos siglos por los europeos) también son otro ejemplo de lo mismo.
    Por otro lado, los recolectores eran en general más o menos nómadas, aunque en general moviéndose en distancias no muy grandes y haciendo rcorridos periódicos (anualmente, por ejemplo). Su “patria” no era necesariamente de cincuenta kilómetros cuadrados (por lo que se ha estudiado modernamente, es normal la relación entre grupos vecinos, por intercambio de bienes, exogamia, festivales religiosos y demás), ni las migraciones eran mucho más lejos (probablemente y por lo general) que moverse a distancia de una o varias jornadas a pie.
    Hoy en día, un grupo compuesto por unas cuantas bandas de decenas de personas que en total sumen unos cuantos centenares, no es una sociedad, no es autosuficiente en ningún sentido, y puesto que no hay tierras libres, no tiene por otra parte ninguna posibilidad de refundarse en otro sitio. Pero ambas cosas sí eran posibles durante la mayor parte de nuestra historia. Emigrar es ahora incrustarse peor o mejor en otra sociedad ya hecha, y buscarse la vida allí con un bagaje cultural propio más o menos inadecuado (desde la costumbres hasta la lengua).

  14. Sí, de acuerdo, es bastante relativo. En el fondo debieron pasar muchas cosas. Un apunte sobre los judíos o más bien una pregunta: ¿llegaron a Europa Central (y a España), “huyendo de algo”, “buscando algo nuevo” o expulsados? Y sin duda, el afincamiento como tendencia pesa desde un principio, creo, siendo tal vez lo que hace que la mayoría de los nómadas primitivos se asienten. Los que han seguido siéndolo, parece incluso que se debería también a sentirse vinculados a “su mundo”, como el desierto, lo que impide o no justifica asentarse sino mejor “seguir deamubulando” dentro del “propio mundo”.
    En todo caso, ahora que le he dado unas vueltas al correr de la pluma, la excepción parecería confirmar la regla, ¿no?
    Un tema interesante en todo caso.
    Un saludo y gracias por las ampliaciones que tan bien me vienen.

  15. Lorenzo

    Hola, hacía tiempo que no volvía por aquí.

    Creo que Bowles comete el error típico de todos aquellos que resucitan la “selección de grupo”, con D.S. Wilson a la cabeza. Por selección de grupo se entendía (Wynne-Edwards) que la unidad de selección era el grupo o población de individuos, y no los individuos mismos (y menos todavía sus genes). Es decir, que la unidad básica de la selección natural es la población de individuos, para los seleccionistas de grupo. Por ejemplo, uno de los preceptos básicos de la selección de grupo es que las poblaciones ajustan su tamaño para adaptarse al medio. Los individuos reducen su fecundidad para no cargar en exceso el entorno en el que viven, por ejemplo.

    El problema con este tipo de argumentos ya se encargó de describirlo ampliamente George C. Williams en Adaptation and Natural Selection, en 1966. Williams afirma que la selección de grupo es posible, e incluso puede que sea lo que mantiene la existencia de tantas especies sexuadas, pero que en general es un proceso débil comparado con la selección a nivel genético.

    Lo que Wilson y compañía han hecho con su “selección de grupo” es otra cosa distinta, a mi parecer: confunden selección de grupo con selección para la vida en grupo. La selección para la vida en grupo puede perfectamente explicarse desde un enfoque seleccionista genético, no grupal. El comportamiento altruista, la capacidad de formación de coaliciones y alianzas, mecanismos para castigar a aquellos que incumplen los pactos, etc. se han explicado desde una óptica de selección no grupal desde hace décadas.

    La hipótesis que maneja Bowler puede ser interesante en términos teóricos, pero no es necesario invocar una “selección de grupo”, máxime cuando se utiliza el término de manera errónea.

    Un saludo.

  16. Hola Lorenzo,
    Yo creo que la hipótesis de Bowles se refiere a un caso muy particular, el de la la evolución del altruismo en Homo sapiens. Como cualquier hipótesis, es cuestionable, pero me parece que habría que entrar en los detalles del modelo para hacerlo ¿no?

  17. Aloe

    Vuelvo a leer la entrada y veo que Bowles, según tu resumen, tiene en cuenta, para calcular el porcentaje de muertes violentas, tanto los datos modernos como los arqueológicos. Si esos datos fueran incontestables, significaría que efectivamente la guerra fue una causa principal y habitual de muerte también entre los sapiens antiguos.
    Me cuesta sin embargo aceptar que tengamos suficientes restos de sapiens prehistóricos para hacer una inferencia estadística válida. Sin contar el sesgo que puede producir el propio hecho de los enterramientos de guerreros muertos como especiales (todos juntos y con un estilo particular más cuidadoso, por ejemplo) y otros sesgos posibles, está la consideración fundamental de que decir “arqueológico” y “antiguo” tanto se puede referir a la edad del bronce como a hace setenta mil años, y no hay motivo para suponer (todo lo contrario) que la frecuencia e intensidad de la guerra permanecieran constantes en todo ese tiempo.
    Con eso no pretendo que la frecuencia de la violencia entre nuestros antepasados fuera “de natural” la del Japón moderno, o algo así. Que fue relativamente alta, al menos en algunas circunstancias o con alguna frecuencia, es seguramente cierto.

    Entiendo, por otro lado, que la consideración de la guerra como motor principal de la selección de rasgos altruistas es más o menos aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid: es decir, aprovechando que le parece que los datos abonan la alta frecuencia de la muerte por esa causa.
    Teniendo en cuenta que la gente se muere en cualquier caso, si no es de eso es de otra cosa, le “valdría” lo mismo postular otra causa, con tal de que causara alta mortalidad y frente a la cual la cooperación y el altruismo fueran valiosos: los depredadores, las hambrunas, la orfandad o lo que fuera.
    Dado que los depredadores, la hambrunas y la orfandad fueron sin duda graves y frecuentes, como otras contingencias de una vida habitualmente insegura, la verdad es que “la guerra como causa del altruismo” es como pegar dos sillas para que se sostengan: si tienen cuatro patas, deberían poder sostenerse por separado, y unirlas no aporta gran cosa, salvo lo chocante del resultado.

    Más interesante me parece la otra hipótesis de la selección de grupo, teniendo en cuenta que la “selección cultural” es por excelencia de grupo, por su propias características. Otra cosa es modelizar de forma plausible cómo pasa la selección cultural de grupo a los genes de ese grupo, sin lo cual no hay selección natural que valga.

    En cuanto a la dificultad de la necesaria diferencia de tratamiento de la mortalidad por guerra entre hombres y mujeres, quizá tenga algún sentido la consideración siguiente: con tal de que sobrevivan al menos unos pocos hombres de un grupo, la reproducción de éste está asegurada (salvo tabúes culturales que lo impidan), porque depende del número de mujeres, no del número de hombres.

    (Quizá eso requiera alguna condición adicional, como que la aportación de los hombres al sustento del grupo no sea imprescindible para sobrevivir, o que los ataques no sean tan frecuentes y feroces como para impedir que un grupo con pocos hombres sobreviva una generación.)

  18. jose

    En los grandes simios ya hay demostraciones claras tanto de matanzas inter tribales como de altruismo, empatía, imitación y colaboración. Parece una herencia común.

    Respecto a la selección de grupo, me gustaría poder leer el trabajo original para enterarme de los detalles mecánicos, la “chicha” grumosa y viscosa, para enterarme de cómo se produce realmente esa selección.

  19. José Manuel

    Jose, creo que la selección de grupo se basa en dos premisas sencillas y muy razonables.

    Los genes de los individuos son, de por sí, egoístas. Pero para que los genes se puedan desarrollar y supervivir necesitan una normas (reglas morales), que son más complicadas matemáticamente de lo que parecen. A saber: el egoísmo gana al altruismo dentro del grupo. Los grupos altruistas ganan a los grupos egoístas. A eso le podemos llamar canon moral biológico. No sé si me explico…

  20. Richywam

    Yo creo que está claro que tantoViolencia/belicismo como Cooperación/altruismo han sido en algún momento beneficiosas para el grupo (ergo para el individuo tambien) sea de humanos, simios o musarañas, por eso somos capaces de ambas. En ese sentido ambas son genéticas, ambas conductas debieron quedar codificadas en algun cuello de botella en un punto muy remoto del árbol primate (o anterior, vaya usted a saber). Somos capaces de ser violentos y matar en detrminadas circunstancias y tambien somos capaces de cooperar por el beneficio del grupo y ser altruistas. En determinadas circunstancias habrá sido más beneficiosa, para la reproduccion del grupo o del del individuo, una actitud violenta y en otros una actitud cooperativa.
    A mi lo de Bowles este me suena raro, estoy de acuerdo con aloe, y particularmente si creo en la selección de grupo, ya que no excluye la individual que es por la que pasa la genética (cuanto más numeroso sea el grupo, más posibilidades individuales a la larga).

    Que grande Blog, Lo he descubierto hace muy poco y estoy encantado. Gracias

  21. Richywam

    En un post titulado”estamos preparados para la guerra”de la biblia del emprendedor, he leido este comentario, que se me antoja muy apropiado aqui tambien:

    María
    Noviembre 27, 2006 a las 6:38 pm

    La Psicología Evolucionista también explica el altruismo y el altruismo recíproco o egoismo adaptativo (lo de tu rascas mi espalda y yo rasco la tuya). Yo creo que los humanos desarrollamos una doble tendencia al individualismo y al intercambio, a la guerra que como dices estrecha vínculos con el grupo, vínculos internos, pero también una tendencia a buscar alianzas con otros para defendernos de terceros… no sé si no es un pelín exagerado lo de “preparados para la guerra”. Yo creo que “preparados para lo que venga: la paz o la guerra”.

  22. Hola Rychywam,
    Totalmente de acuerdo. No solamente hemos heredado “bajos instintos”.
    Un saludo

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