Archivo diario: 6 mayo , 2009

Lo que mata y lo que engorda

carne

“Eres lo que comes”

Quizá la sentencia vaya demasiado lejos, pero no cabe duda que a la mayoría de nosotros nos importa bastante lo que comemos. La lista de razones es larga y complicada. Para empezar están las innatas: p.e. la preferencia por sabores dulces sobre amargos. A estas se superponen nuestros condicionantes culturales, así como los tabúes y prohibiciones en cada caso. Luego viene el gusto de cada cual, influido por las experiencias personales, las modas y, también, las recomendaciones de los nutrólogos. A estas alturas,  me resulta muy difícil saber por qué odio el huevo duro y en cambio me encanta la ensaladilla rusa.

En los últimos años la corrección política ha llegado a nuestra dieta. Todos sabemos que  la bollería industrial y las grasas animales son nutricionalmente incorrectas y que las frutas y verduras todo lo contrario. Los nutrólogos han llegado a convencernos (al menos en teoría) de que nuestra salud depende en buena parte de lo que comamos (otra cosa es aplicarlo). Sin embargo, este tipo de experimentos son francamente difíciles de realizar, ya que cada persona es un caso diferente; y todas estas diferencias, tanto genéticas como ambientales,  dan lugar a “confounding effects” ¿Cuánto tiempo de vida pierdo si me pongo morado a tarta? Dificil saberlo ¿Y si como la tarta y luego corro 1 hora? Igualmente difícil.

En esta difícil coyuntura, me ha resultado particularmente interesante un artículo reciente en el European Journal of Nutrition. El estudio es fruto de la colaboración entre científicos del prestigioso Instituto Karolinska de Estocolmo y de la Universidad de Varsovia, y su objetivo ha sido estudiar la relación entre la “calidad” de la dieta y la mortalidad general, cardiovascular y oncológica. En este caso, el término “calidad” no se refiere a tomar jamón ibérico y “mi-cuit” en el desayuno, sino  todo lo contrario: cosas tales como el brócoli crudo, salvado de trigo y zumo de pomelo.

Para abordar este ambicioso objetivo, los investigadores  tuvieron que empezar por inventarse una medida de la calidad de la dieta y para ello emplearon dos parámetros: RFS y no-RFS. El primero (Recommended Food Score) recoge el nivel de alimentos recomendados, o sea, si comemos mucha fruta y verdura, cereales, pescado azul, alimentos light y cosas así tendríamos una puntuación alta en RFS. Obviamente, no-RFS es una medida de todo lo prohibido (embutidos, carne roja, quesos, bollería industrial…). Es posible analizar un dieta dada y asignar puntos en ambas categorías, lo que permite al final determinar el nivel de ambos parámetros.

Los datos se obtuvieron mediante encuestas en una cohorte de unos 40.000 suecos de 45-79 años (varones) durante los años 1997-1998. Después, los investigadores esperaron pacientemente a que algunos de los encuestados se murieran y apuntaron con diligencia la causa de la muerte. Al cabo de unos diez años, el número de muertos era bastante satisfactorio como para procesar los datos. Esto se hizo empleando sofisticados modelos estadísticos de análisis multi-variante, que intentan -precisamente- eliminar los factores de confusión. Finalmente, el ordenador escupió los datos de la figura adjunta.

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Mi interpretación de los datos es la siguiente. Comer alimentos “prohibidos” tuvo una influencia negativa en el sentido de disminuir la probabilidad de muerte, pero muy poquito.La diferencia entre una dieta alta y media en no-RFS fue menor del 1%. Lo curioso es que las supervivencia de la dieta media y baja en no-RFS era prácticamente la misma. Eso significa que el esfuerzo de voluntad para no comer prácticamente nada de los alimentos prohibidos no era recompensado, ya que los que consumían de forma moderada se morían igual que los “más virtuosos”.

En el gráfico de las RFS, las cosas son algo distintas. La diferencia en supervivencia entre los que comen cosas buenas y los que no, es bastante más amplia (como del 8%). Puede parecer poco, pero tener una probabilidad anual de morir un 8% más alta no es del todo despreciable.

Esto en cuanto a la mortalidad general. Cuando se descompone en causas se observa que la mortalidad por enfermedades cardiovasculares responde bien al esquema comentado. Sin embargo, la mortalidad por cáncer no se vio afectada por el tipo de dieta.

O sea, que comer fruta y verdura tiene un efecto positivo y, sin embargo, los alimentos no recomendados tuvieron un efecto negativo mucho más modesto. La conclusión, según estos datos, sería desayunar jamón ibérico (sin pasarse) y fruta además.

Bien, como es posible que algún experto en Nutrición me acuse de promocionar el hedonismo gastronómico, déjenme precisar que yo no les estoy recomendando nada. Tampoco puedo asegurar que el estudio esté bien hecho ni que no contradiga otros estudios (cosa que de hecho ocurre). Debo decir que las conclusiones de los autores del trabajo están enunciadas de una manera bastante más “correcta”. Traduzco literalmente:

En conclusión, este estudio indicó que una dieta que incluía gran variedad de alimentos recomendados [ …] estuvo asociada a una menor mortalidad general y cardiovascular, mientras que la dieta con consumo frecuente de alimentos no recomendados […] se asoció a una mayor mortalidad general y cardio-vascular.

Ustedes verán

Kaluza, J., Hakansson, N., Brzozowska, A., and Wolk, A. (2009) Diet quality and mortality: a population-based prospective study of men. Eur J Clin Nutr 63: 451-457

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