La rebelión de los objetos

dormitorio

“Son las siete de la mañana. Es horra de levantarrse. Tienes que ir a trabajarr…”

Le tiro la almohada al despertador, pero sigue hablando desde el suelo, con su desagradable voz metálica y su acento alemán.

“¿Acaso carreces por completo de prrincipios morales?”

Acabo dándome por vencido y me dispongo a ducharme.

“Buenos Días, mi señor; No hay nada como el agua caliente para empezar el día”

En cambio, la ducha tiene la buena costumbre de hacerme la pelota. Le pido 10 minutos de sauna, seguidas de agua fría y masaje.

Evito cuidadosamente a la báscula porque sé que me va a echar otra bronca.

Cuando entro en la cocina me recibe una algarabía de sonidos. La cafetera está echando humo en anticipación y el tostador no puede parar de dar chispazos de emoción.

“¡Café calentito!” “¡Tostadas!”

Las dos sillas comienzas su habitual pelea para ver en cuál de las dos me siento.

“¡Me toca a mi!” “¡No, a mí!”

“Creí que ya habíamos zanjado esta cuestión: los días pares a la derecha ¿qué día es hoy?”

“¡Ventiuno!” “¡Ventidós!”

El reloj de la pared indica que estamos a 22 de abril, pero ¡horror! ya son las nueve menos cuarto. Un segundo después aparece la hora correcta -siete y media- junto con otro mensaje: Ja ja ja.

Cuando acabo el desayuno, la nevera me informa que los contramuslos de pollo llevan 3 días y deberían ser cocinados con carácter urgente. Al mismo tiempo, la lavadora y la secadora han empezado un dúo “Colada, colada, no la dejes para mañana… no la dejes para mañana”.

Algunas veces pienso que las cosas  han ido demasiado lejos, pero qué puedo hacer. Les he cogido cariño a mis electrodomésticos.

Material awarenes in everday life. J.Pierce (2009).

7 comentarios

Archivado bajo Filosofía, Medio Ambiente

7 Respuestas a “La rebelión de los objetos

  1. Pingback: La rebelión de los objetos (un día cualquiera) [humor]

  2. caminante

    Que fumastes anoche para haberte levantado adorando a los electrodomesticos?

  3. Te insisto Pablo: Necesitas unas vacaciones 😛

  4. Jo tío, que casa más guachi tienes. ¿Te has leido el manual del despertador? Me juego lo que quieras a que puedes elegir una sugerente y melódica voz de mujer caribeña. Fijo.🙂

  5. No me sorprendería que el navegador, un día de estos, dijese algo como “a la derecha he dicho, idiota”. Hasta ahora ha sido bastante educado, pero nunca se sabe.

    Eso sí, le he puesto voz de mujer. Era superior a mis fuerzas conducir con un tío al lado dándome órdenes todo el rato. Bastante he tenido ya con padre, hermanos, novios y amigos varios intentando explicarme que la derecha y la izquierda son cosas distintas. Sólo me faltaba ya la maquinita.

  6. Esto me recuerda bastante a algunos relatos de Philip K. Dick, en los que los electrodomesticos hablan y protestan… Incluso las puertas. Ahora no recuerdo el nombre de ninguno para citarlo, pero tal vez alguien sí se acuerde ^^U

  7. Al leer esta entrada, me he acordado de un poema de Saiz de Marco titulado “Cosas” . Amí me gusta. Es así:

    La calle en que jugué de niño. Entonces fue ocre y terrosa. Ahora, en cambio, se exhibe gris y asfaltada.

    La perdiz disecada en el aparador del salón. Con sus plumas, su pico, sus alas. ¿Por qué no anda? ¿Por qué no vuela?

    El libro tan raído con las Rimas de Bécquer. ¿Cómo pueden no decirme nada, si con 14 años me emocionaban tanto?

    Los fósiles. Los animales de piedra. Trilobites, amonites, criaturas extinguidas, ¿dónde estáis ahora?

    Los baobabs del Principito. Esos árboles que no he visto nunca. Oí que crecen en Madagascar. Pero ¿realmente quiero verlos, o prefiero soñarlos?

    El doble disco de vinilo. Serrat cantando a Machado, Alberti, Hernández, León Felipe. Acabó rayado de tanto ponerlo. Ahora leo esos versos y resuenan con música.

    La mesa de noche de mi padre. Él ya no está, pero abrir sus cajones sigue siendo un ultraje.

    Los pelos que crecen en la nariz, en las orejas… quizá para recordarme el simio (o el sitio) del que vengo.

    El espejo que me ponen en la peluquería para verme por detrás. Un espejo reflejado en otro espejo. Una nuca, una espalda…: ellas también son yo.

    Los ojos de pez en el supermercado. Ojos que no me ven pero me acusan. Y tengo que mirar hacia otro sitio.

    Las viejas fotos del álbum. Mi padre de niño. Mi madre de niña. Mis abuelos de niños… Así que ellos también…

    Aquellas llaves que absurdamente he ido guardando. Llaves pequeñas y grandes. Llaves inútiles. Tantas llaves para abrir cerraduras que no existen.

    Los desiertos, los cactus, las chumberas…, que me gustan y no sé por qué.

    Esa casa rodeada de árboles que veo tantas veces y en tantos sitios (desde el autobús, desde el coche, desde el tren…). Esa casa, blanca y sencilla, con hiedra adherida a sus paredes. Esa casa en la que nunca he estado pero en la que siempre querría estar.

    El teclado desgastado por las yemas de mis dedos.

    Las letras, que representan sonidos. Los sonidos, que representan objetos. Símbolos de símbolos dispuestos en hileras. En parte existentes y en parte imaginarios. ¿Qué sería yo sin ellos?

    Cosas. Objetos.

    Objetidad. Cosidad. Realidad.

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