Archivo diario: 6 marzo , 2009

¿Experimentan las aves placer sensorial?

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Esta es la atrevida pregunta que se hace Michel Cabanac, de la Universidad de Laval en Canadá y nos cuenta en una artículo reciente en la revista Evolutionary Psychology. Debo decir en primer lugar en que a mí el artículo me ha parecido bastante confuso en su planteamiento y conclusiones, pero al mismo tiempo nos cuenta una historia fascinante.

La pregunta lleva largo tiempo rodando entre los filósofos con formulaciones ligeramente distintas. Por ejemplo, el filósofo Thomas Nagel se preguntaba ¿Cómo es ser un Murciélago? La pregunta es bastante retórica a menos que dispongamos de un sistema experimental para avanzar. Y eso es justamente lo que ha conseguido Cabanac (o al menos, él lo cree así). La aproximación que ha elegido este investigador es tan simple que produce cierto estupor: para saber cómo piensa un animal lo que hay que hacer es enseñarle primero a hablar y después preguntárselo.

Como modelo experimental eligieron a Aristóteles, un ejemplar de loro gris (Psittacus erythacus) y procedieron a enseñarle a hablar (en francés) siguiendo el clásico método triangular: dos personas hablaban entre ellas y sólo miraban a Aristóteles cuando pronunciaba palabras de forma correcta (o al menos entendible). De esta forma, el bueno de Aristóteles aprendió unas cuantas palabras que le permitían conseguir juguetes, “donne bouchon” (dame el corcho), o la atención del experimentador, “donne gratte” (ráscame). En el estado 3, la palabra “bon” se añadió al limitado vocabulario de Aristóteles. Cabanac decía bon cuando le daba al loro el objeto/estímulo pedido, el cual –presumiblemente- le resultaba agradable. Aristóteles empezó a transferir la palabra bon a otros estímulos y a emplear frases cortas como “yaourt bon” (yogur bueno). Finalmente, Aristóteles llegó a transferir el concepto a objetos tales como las pasas (raisin bon), una asociación que el experimentador asegura que nunca hizo.

A partir de este uso del vocabulario (por otra parte limitado) y, sobre todo, a la capacidad de transferir un adjetivo a otras palabras, Cabanac concluye que las aves (al menos Aristóteles) tienen la capacidad de experimentar placer sensorial.

Cabanac acaba el artículo agradeciendo la paciencia de su mujer al permitir que realizase estos experimentos en su casa. En esto blog nos solidarizamos con ella.

Felicitaciones, Madame Cabanac.

El artículo aquí.

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