Archivo diario: 26 enero , 2009

Bacterias gorronas

bacteria

Esta semana ha aparecido una noticia acerca de mis amigas las bacterias que no quiero dejar de comentar, y tiene que ver con la “vida social” de estos seres. El concepto puede parecer un poco raro (¿cómo es posible que las bacterias tengan vida social y yo no?). Y sin embargo existe. Aunque las células bacterianas individuales compiten fieramente por los nutrientes en momentos de abundancia, para sobrevivir en condiciones duras (que son las más frecuentes) suelen depender de la cooperación entre ellas.

Por ejemplo, tienen que “ponerse de acuerdo” para formar “biofilms”: una especie de estructura pluricelular que les permite fijarse a superficies sólidas. También tienen que “ponerse de acuerdo” para efectuar un movimiento de migración en masa denominado “swarmming”.Para este tipo de acciones, las bacterias tienen que comunicarse, y no en un sentido metafórico sino literal, así que le podemos quitar las comillas al ponerse de acuerdo. La comunicación se produce frecuentemente a través de unas sustancias (homoserín-lactonas) que son producidas y excretadas por las células bacterianas. Al mismo tiempo, las bacterias perciben la concentración de homoserín-lactonas que hay a su alrededor, con lo que adquieren una información precisa sobre la densidad de congéneres en el espacio circundante. No es extraño que estos sistemas se hayan denominado “quorum sensing”. Si, efectivamente, hay quórum, las bacterias desencadenan una respuesta adecuada.

¡Qué bonito! Las bacterias hablan entre ellas y cooperan. Lo malo es que este sistema sale caro en términos de energía: hay que sintetizar estas moléculas y enviarlas al exterior. Y de aquí surge el problema de toda actividad cooperativa en cualquier sociedad (humana o no): el problema de los gorrones. ¿Qué pasa si una bacteria individual se ahorra el esfuerzo pero se aprovecha de las ventajas? Pues que se reproduce más deprisa que las bacterias decentes, lo que resta eficacia al conjunto. En el caso de una bacteria patógena, el resultado bien puede ser una menor capacidad para producir enfermedad en el hospedador.

En este trabajo, presentado por Stuart West en un meeting de la Royal Society of London, los científicos encontraron que al co-infectar a hospedadores (ratones) con una mezcla de dos cepas de Pseudomonas aeruginosa (una decente y otra gorrona) la infección era mucho más leve que al infectar sólo con bacterias cooperativas ¿Podrían emplearse estas bacterias tramposas para combatir enfermedades?

Este tipo de fenómenos sugiere que antes de que surgieran los seres pluricelulares propiamente dichos, los antecesores de las bacterias llevaban mucho tiempo “ensayando” diversos tipos de estructuras cooperativas. Un animal pluricelular puede considerarse un caso extremo de cooperación celular.

Natura non facit saltum

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