Archivo diario: 10 diciembre , 2008

Los beneficios del castigo

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Aunque a veces no lo parezca, los humanos tenemos una notable tendencia a cooperar para lograr objetivos que se perciben como buenos para todos. Algunos científicos opinan que esta tendencia a la cooperación fue uno de los pilares de nuestro éxito como especie, cuando salimos de África hace unos 50.000 años y nos extendimos por todo el planeta. Sin embargo, es frecuente que la cooperación sea costosa, por lo que puede ser interesante para un individuo “escaquearse” del trabajo sucio y gozar de todos modos de los beneficios. El problema entonces es que si un porcentaje significativo se escaquea, y a estos individuos les va bien, pronto el trabajo en común resultará muy perjudicial para los que siguen haciéndolo, hasta que eventualmente cese.

Sin embargo, si los que compiten por recursos no son personas individuales, sino grupos humanos; es razonable pensar que los grupos donde la cooperación se mantenga serán más eficaces y puede que acaben prevaleciendo sobre los grupos que se comporten de forma “individualista”. Esto es lo que se ha denominado “selección de grupo”, una teoría que está en horas bajas dentro de la Biología Evolutiva, pero que tal vez sea aplicable en algunas situaciones particulares. En concreto, se ha propuesto modelos así para explicar la evolución de la cooperación en humanos (Boyd et al., 2003).

¿Cómo se mantiene la cooperación dentro del grupo? Según Simon Gätcher, de la Universidad de Nottingham, la respuesta está en el “castigo”, o dicho de forma más técnica en la “reprocidad fuerte”, que es la tendencia que tienen algunas personas a castigar a aquellos que se saltan las reglas, incluso si no les perjudica directamente. Gätcher sostiene que los grupos muy cohesionados y cooperativos no pueden permitirse el lujo de que algunos individuos velen más por sus intereses particulares. Esto está de acuerdo con la intuición. Pensemos en grupos muy aislados y cohesionados, por ejemplo, los Amish de Estados Unidos; es lógico pensar que la presión social para que nadie se salte las reglas es bastante fuerte.

Sin embargo, en algunos experimentos de “simulación”, en las que un grupo de voluntarios “juega” con las reglas que ponen los investigadores para ver cómo se comportan a lo largo del juego, se había visto que el castigo tenían efectos negativos o irrelevantes sobre el grado de cooperación. No obstante, Gätcher afirma en su último trabajo (Gachter et al., 2008) que el problema radica en el plazo temporal. Si el juego se repite un número pequeño de veces (10 o menos), los efectos del castigo son pequeños o contraproducentes; sin embargo, en plazos más largos(más de 50 repeticiones), se observa un aumento marcado de la cooperación. Estos resultados apoyan un modelo de selección de grupo en el que se produzca cooperación y castigo. No obstante, este tipo de simulaciones proporcionan -en el mejor de los casos- tan sólo una prueba circunstancial.

Boyd, R., Gintis, H., Bowles, S., and Richerson, P.J. (2003) The evolution of altruistic punishment. Proc Natl Acad Sci U S A 100: 3531-3535.

Gachter, S., Renner, E., and Sefton, M. (2008) The Long-Run Benefits of Punishment. Science 322: 1510.

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