Archivo diario: 10 noviembre , 2008

Por qué los animales importan

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En mis clases de una asignatura titulada “Bases bioquímicas de la alimentación animal”, suelo hacer un debate con los alumnos sobre la espinosa cuestión del bienestar animal y las incómodas consecuencias que se derivarían (para los productores de carne) de mejorar el tratamiento que habitualmente se da a los animales domésticos. Lo normal es que se forme (espontáneamente) un grupo de “defensores” de los animales (típicamente liderado por una chica de procedencia urbana) frente a los que opinan que el punto de vista del animal nunca debería interferir con sistema productivo (tìpicamente liderado por un chico de procedencia rural). El debate lo repito cada año y generalmente, los pro-animales son más numerosos, al menos nominalmente, y cada año acaba sin que se alcance un consenso. No pretendo que este pequeño “experimento” tenga valor estadístico alguno, pero sí me permite pulsar la opinión al respecto, aunque sea con una muestra de individuos muy reducida y no-aleatoria.

Con frecuencia, los “anti-animalistas” manifiestan una sensación de ultraje: ¿cómo es posible que a alguien le preocupe los derechos de los animales? La idea les resulta obviamente ridícula, sin que sea necesario darle más vueltas. Conviene recordar que los reformistas del pasado también tuvieron que enfrentarse a algo parecido cuando cuestionaron cosas que –en aquella época- eran generalmente aceptadas, como la esclavitud o la negación de derechos políticos a las mujeres. Cuando Mary Wollstonecraft publicó en 1792 su “Vindication of the Rights of Woman”, el académico Thomas Taylor trató de refutar sus argumentos llevándolos un paso más lejos: si el argumento de igualdad se puede aplicar a las mujeres, ¿por qué no a los perros o a los gatos?

Seguramente parte del problema procede de nuestra trayectoria intelectual. En Europa Occidental, la tradición filosófica judeo-cristiana ha tendido a exagerar las diferencias entre los humanos y el resto de las especies, en línea con la creencia de que los humanos tienen alma y los otros animales no. Incluso en la actualidad, las encuestas realizadas revelan que los fundamentalistas cristianos son los que, por término medio, rechazan con más virulencia la noción de continuidad entre las especies y armonía con la naturaleza. En el siglo XVII, Descartes sostenía la visión ‘mecanicista’ de que los animales eran algo así como ‘zombies’ o ‘autómatas’, simples máquinas desprovistas de deseos o impulsos. De esta visión se seguía que era éticamente correcto maltratarlos, ya que no eran ‘seres sentientes’.

Otra razón esgrimida contra los animales es lo que podríamos llamar “el argumento de incompatibilidad”: al preocuparnos por los animales estamos dejando de hacerlo por algunos humanos, lo cual es moralmente repugnante. Personalmente creo que el argumento no es cierto (aunque puede serlo en el caso de algunos extremistas). Simplemente no es cierto que las personas más preocupadas por el bienestar animal lo estén menos por el bienestar humano. Más bien se trata de aspectos diferentes de la misma cosa: la preocupación por el sufrimiento en seres sentientes, independientemente de la especie a la que pertenezcan.

También tenemos el “argumento de inconsistencia”: no tiene sentido condenar las corridas de toros y no la caza en general; no tiene sentido condenar la experimentación animal y seguir consumiendo carne. Creo que la refutación de este argumento es evidente.

La cuestión de los “derechos de los animales” es bastante complicada, por lo que no puede ser tratada en un post con la profundidad que se merece. Así pues, remito al lector interesado a dos libros clave (Midgley, 1984; Singer, 1975). Pero no quiero dejar de señalar que al reclamar derechos para los animales no queremos decir que éstos sean iguales que nosotros, lo cual es patentemente falso. Somos nosotros, y no el resto de las especies, los que podemos tomar decisiones morales. Pero los sujetos de tales decisiones no tienen por qué ser solamente “seres racionales”. Por la misma razón, los niños pequeños o individuos que sufren un retraso mental severo no están desprovistos de protección aunque no se les reconoce los mismos derechos que al resto de los ciudadanos.

Lo importante no es si lo animales piensan como nosotros (cosa que evidentemente no hacen).

Lo importante es saber si sufren.

Midgley, M. (1984) Animals and why they matter. Athens: University of Georgia Press.

Singer, P. (1975) Animal liberation : a new ethics for our treatment of animals. New York: New York review : distributed by Random House.

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