Archivo mensual: octubre 2008

El secreto del amor: reirse de uno mismo

La risa (y en sentido amplio, el sentido del humor) parecen ser una característica específicamente humana, presente en todas las épocas y las culturas. Sin embargo, sabemos bastante poco de su origen. Buscar un sentido evolutivo/adaptacionista puede provocar algún levantamiento de ceja en este blog (ya estamos otra vez con la cantarina de siempre), de modo que voy a abstenerme de expresar ninguna opinión vehemente al respecto. Lo que sí me permito resaltar es que si algo es específicamente humano y culturalmente universal, es razonable suponer que ha aparecido en algún momento de nuestra evolución como especie. La explicación “biologicista” al uso afirma que el humor es un “handicap zahaviano”, esto es, un indicador de que quien lo posee tiene también otras características deseables y por ello “buenos genes” (como la cola del pavo real). De aquí que el sentido del humor resulte atractivo sexualmente y, por tanto, que se mantenga en nuestra especie.

Personalmente creo que esta explicación (aunque no es imposible) presenta bastantes lagunas. En cualquier caso, las relaciones entre el humor y el atractivo sexual han sido bastante bien estudiadas y, en general, se piensa que efectivamente existe una relación entre ambas. Estos estudios también encontraron que las mujeres prefieren hombres con sentido del humor y los hombres prefieren mujeres que respondan a su sentido del humor (lo que no deja en muy buen lugar al sexo masculino). El tema ha sido tratado algunas veces (aquí) y lo dejo ya para no aburrir.

En un trabajo reciente publicado en Evolutionary Psychology, llevan la cuestión un poco más lejos, al investigar qué tipo de sentido del humor resulta más atractivo. El trabajo se basa en el tipo de diseño experimental al uso: se “engancha” a un grupo de estudiantes universitarios (a cambio de dinero o créditos académicos) y se los expone a diferentes tipos de humor (mediante una grabación realizada por una persona de sexo opuesto). Después se pasa una encuesta para que valoren el grado de “atractivo” de los mismos. La conclusión (no esperada) es que para las mujeres resultan más atractivos los tipos que se ríen de sí mismos (self-deprecating humour). en definitiva, el tipo de humor que utilizaba Hugh Grant para ligarse a Julia Roberts en la película Notting Hill. En los participantes masculinos no se observó dicho efecto. El trabajo en cuestión aquí.

A mí me parece estupendo que se hagan experimentos de este tipo en condiciones controladas rigurosamente. No obstante, en la valoración de esta evidencia es donde creo que debemos andar con pies de plomo y también creo que este es un tema de legítimo debate (con la participación a los que no nos dedicamos a hacer este tipo de estudios). Para empezar, la muestra de población elegida es cualquier cosa menos representativa de la población general del planeta: un país, una edad, un entorno cultural relativamente homogéneo. En segundo lugar, los datos de este estudios (y muchos otros) se basan en encuestas. Así que habrá que contemplar la posibilidad de que estas no reflejen por completo la realidad. Es posible que los sujetos mientan conscientemente (aunque no haya una razón aparente para ello), y también es posible que contesten lo que crean que quieren oír los investigadores. Aunque no se les explique de antemano cuál es la hipótesis a constrastar, tampoco es descartable que los participantes “jueguen” con los experimentadores.

Muy posiblemente, los autores del estudio son conscientes de las limitaciones del método. Cuando el tema se comenta en los medios de comunicación es fácil que las cosas se simplifiquen o se tergiversen. En particular, la conclusión de este trabajo me parece especialmente difícil de generalizar. Hay cosas que resultan graciosas en un idioma y no en otro. Más aún, el efecto “atractivo” del humor contra uno mismo no tiene porque funcionar en otra cultura (incluso, si siguiera teniendo gracia). Todavía más, en el estudio sólo se observa un efecto cuando lo emplean individuos de alto estatus. Y sabemos, a través de otros muchos trabajos, que un estatus alto resulta sexualmente atractivo. De manera que si un individuo de alto estatus es capaz de reírse de sí mismo está demostrando además un notable grado de auto-confianza. Es posible que el mensaje sea en realidad “soy tan guay que incluso soy capaz de reírme de mí mismo”.

Por último, invocar a la selección sexual tiene un problema adicional en este caso. No hay pruebas convincentes de que el “sentido del humor” sea heredable genéticamente. De hecho, los estudios de gemelos idénticos que tantas sorpresas nos han dado, en el sentido de mostrar que muchas características humanas tienen heredabilidades altas, indican que el sentido del humor no es una de ellas. Al parecer, esta característica depende puramente del ambiente social, como el idioma que hablamos o nuestros gustos musicales.

Y quiero acabar el post con una pequeña encuesta a los lectores: ¿les parece a ustedes atractivo el sentido del humor (y en particular, el reírse de uno mismo)? Si recibo muchas respuestas igual puedo escribir un artículo y enviarlo a Evolutionary Psychology.

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Bio-humor

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Intolerancia a lactosa y evolución humana

En 1903 el filósofo George Edward Moore le puso el nombre de “falacia naturalista” a la creencia de que “todo lo natural es necesariamente bueno”. Esta creencia sigue teniendo adeptos, con independencia de que resulte difícil saber con exactitud qué es “natural” o “artificial” (incluso qué es “bueno” o “malo”). He oído versiones de la “falacia” en frases tales como “el hombre es el único mamífero que consume leche en estado adulto”, dando a entender que esta costumbre es “anti-natural” y, por ello, perjudicial para la salud.

En el caso del consumo de leche por individuos adultos, las cosas son bastante más complejas, a varios niveles. En primer lugar, hay indicios de que la capacidad para digerir lactosa más allá del periodo de lactancia es una adaptación (una mutación que ha sido objeto de selección natural). En segundo lugar, no todos los humanos tienen esta capacidad. De hecho, los últimos estudios demuestran que la mayoría no la tiene. En cualquier caso, se trata de uno de los pocos ejemplos bien fundamentados de evolución genética (relativamente) reciente en poblaciones humanas y pone de manifiesto las complejas interacciones entre genes y cultura.

La lactosa, el principal carbohidrato de la leche, es en realidad un disacárido (compuesto por una molécula de glucosa y otra de galactosa). Para poder digerirlo es necesaria una enzima, lactasa, que rompe el enlace entre los dos componentes. Para un mamífero lactante, la ausencia de esta enzima equivale (en general) a una condena a muerte. A medida que el animal se va desarrollando, la producción de lactasa en el organismo se va haciendo menos abundante, hasta desaparecer. En general, a los mamíferos adultos les sienta mal la lactosa, provocando una serie de problemas digestivos, relativamente leves, pero lo bastante molestos como par hacer muy difícil el consumo de leche. Estos síntomas (diarrea, flatulencia) es lo que se conoce como intolerancia a la lactosa.

Hasta hace poco tiempo se pensaba que la capacidad de producir lactasa en la edad adulta era una capacidad única de los humanos. Estudios realizados a partir de los años sesenta pusieron de manifiesto que, en realidad, sólo algunos humanos adultos son tolerantes. Este rasgo presenta mucha variabilidad en las distintas poblaciones. La tolerancia es muy frecuente en Europa Central y en regiones cuya población procede en buena parte de esta zona. En Holanda, prácticamente todo el mundo es tolerante y en Japón, prácticamente nadie. El mapa adjunto nos muestra a grandes rasgos la distribución de este rasgo (el porcentaje de intolerancia).

El gen de la lactasa está situado en el cromosoma 2. El alelo dominante LCT*P (lactosa persistente) es responsable de que la enzima se siga produciéndose en la edad adulta. Curiosamente, la enzima en sí es idéntica en individuos tolerantes o intolerantes: la diferencia radica en la regulación del gen (su persistencia más allá de la lactancia). La tolerancia a lactosa es frecuente en poblaciones con una larga tradición en el uso de leche y productos lácteos. Los individuos tolerantes europeos han heredado (de un antecesor común) un fragmento de DNA de tamaño respetable, que incluye al gen de la lactasa y bastantes más. Esto constituye un indicio de selección reciente, ya que de no ser así, los procesos de recombinación génica tienden a disminuir el tamaño de un fragmento de estas características. Los análisis genéticos sugieren que este bloque empezó a ser abundante entre 20.000 y 2.000 años antes del presente. Algunos autores han asociado esta diferencia genética a la denominada “Cultura de los Vasos de Embudo” y que floreció en Europa del Norte y Central entre el 4000 y el 2800 BC. Aunque se sabe poco de esta cultura, no hay dudas de que conocía y practicaba la ganadería.

La hipótesis que se baraja (llamada hipótesis histórico-cultural) (Bersaglieri et al., 2004) afirma que ha habido una fuerte presión selectiva en estas poblaciones a favor del alelo LCT*P. De paso, la selección favoreció a genes que se encontraban físicamente cerca de éste y que seguramente no producen ninguna ventaja al individuo que los posee (a estos genes se los conoce como autoestopistas). En poblaciones no-ganaderas la distribución de los alelos no persistentes puede explicarse por deriva genética. Esta hipótesis está reforzada por los datos procedentes de África, donde en algunas culturas ganaderas (p.e. watutsi) la tolerancia es bastante frecuente, aunque es rara en la mayoría de los africanos. Parece tratarse de una mutación diferente a LCT*P, por lo que estaríamos hablando de un proceso de convergencia.

Este asunto de la tolerancia a lactosa nos sugiere una serie de cosas. La primera es que la evolución de los humanos no parece que se haya detenido en los últimos 50.000 años. La segunda es cambios culturales (el invento de la ganadería) pueden propiciar cambios genéticos y que tales procesos pueden ocurrir en distintas poblaciones de forma independiente. No puede dejar de mencionarse que en algunas culturas con larga tradición ganadera (p.e. Asia Central) la intolerancia a lactosa es frecuente. Esto parece ir contra la hipótesis discutida, pero hay que tener en cuenta que el uso muchos productos lácteos (queso, yogur) no contienen lactosa (ya que ésta es consumida por los microorganismos durante su fabricación). En estas culturas ganaderas, un nuevo invento (el yogur) pudo anular la ventaja que tenían los individuos tolerantes.

Algunas veces genes y memes van de la mano.

Bersaglieri, T., Sabeti, P.C., Patterson, N., Vanderploeg, T., Schaffner, S.F., Drake, J.A., Rhodes, M., Reich, D.E., and Hirschhorn, J.N. (2004) Genetic signatures of strong recent positive selection at the lactase gene. Am J Hum Genet 74: 1111-1120.

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Mujeres bellas, hombres generosos

¿Alguna vez le ha dejada una propina a todas luces excesiva a una camarera atractiva? De acuerdo con algunos investigadores, estos actos de “generosidad conspicua” están destinados a impresionar a miembros del sexo opuestos y constituyen un “display” de apareamiento muy similar al del pavo real cuando extiende su prodigiosa cola. No me entiendan mal. La propina no tiene la función de comprar literalmente los favores de la camarera. Aunque el sexo de pago es frecuente en algunas especies (incluida la nuestra), aquí el mensaje es más bien “soy un tipo generoso y guay: elígeme”. Según la Biología Evolutiva, estas señales se explican en función de la teoría de la selección sexual (la otra gran idea de Darwin) y que ya ha sido tratada varias veces ene este blog, por ejemplo aquí y aquí.

Un estudio muy interesante publicado en Evolutionary Psychology se ha ocupado de estudiar las diferencias entre la generosidad masculina y femenina. La idea es justamente contrastar la hipótesis de que en los hombres la generosidad suele ir ligada a un deseo de “presumir” y por tanto, actúa como una señal de apareamiento. En este trabajo, realizado por Wendy Iredale y Mark Van Vugt, de la Universidad de Kent, UK, intervinieron 90 voluntarios, 45 de cada sexo. Primero participaban en un juego (un tanto amañado) en el que acababan ganando 24 libras (las ganancias aun siendo modestas eran reales). Al acabar se les pedía que donaran una cierta cantidad para fines benéficos. El punto clave del experimento consistía en que en el momento en que debían tomar esta decisión podía ocurrir (aleatoriamente) que estuviesen solos, en presencia de un observador del mismo sexo o del sexo opuesto. Finalmente, se les pedía que valorasen el grado de atractivo de la persona que estaba en la habitación.

Tal como se maliciaban los científicos, los hombres fueron significativamente más generosos cuando había una mujer en la habitación. Y esta generosidad se correlacionaba con el grado de atractivo de la mujer. Este efecto no se dio entre las mujeres, a las cuales no parecía afectar la presencia de otra persona, del mismo sexo o no, atractiva o no.

El trabajo puede encontrarse aquí.

Estos resultados no implican que las mujeres sean menos generosas que los hombres, pero sugieren que dichas “generosidades” pueden responder a estímulos diferentes.

En otro estudio anterior, Mulcahy[1] observó a las personas que daban limosna a un mendigo y entrevistó a las parejas mixtas en las que el hombre había dado el dinero. Lo que encontró es que los hombres eran mucho más proclives a dar cuando su relación con la chica estaba iniciándose que cuando era una relación bien establecida. Según este investigador, el acto de dar limosna no era sólo una acción altruista, sino que tenía también la importante función de impresionar a la pareja y demostrarle que él era una persona generosa y de buenos sentimientos.

Como dice un proverbio alemán “Tue Gutes und rede darüber”. “Haz el bien y cuéntaselo a todo el mundo”.


[1] Mulcahy NJ (1999) “Altruism toward beggars as a human mating strategy” MSc thesis, University of Liverpool.

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Niveles de organización

Aunque el mecanicismo sea aceptado por la mayoría de los biólogos hoy día, esta doctrina ha recibido una crítica que no podemos pasar por alto. Para explicar este argumento necesitamos recurrir primero a un concepto esencial en Biología, la idea de que los seres vivos poseen una estructura jerárquica organizada en niveles de organización. Yendo de lo grande a lo pequeño, observamos todas las formas de vida de la Tierra coexisten dentro de hábitats definidos, denominados ecosistemas, dentro de los cuales hay poblaciones de distintas especies. Cada población está formada por individuos y dentro de éstos podemos distinguir una estructura corporal a simple vista. Con mayor nivel de amplificación, distinguimos aparatos, órganos, tejidos y células. La célula constituye claramente la unidad funcional de los seres vivos, pero en su interior podemos distinguir varias estructuras sub-celulares, que están compuestas por moléculas. Las moléculas por átomos, los átomos por partículas sub-atómicas como electrones y neutrones y éstas por quarks. Lo que hay en el interior de los quarks no lo sabemos, pero según una teoría física no contrastada (y muy difícil de entender) la última división de la materia está constituida por cuerdas diminutas, las cuales vibran a ciertas frecuencias y estas vibraciones explican las propiedades de la materia y la energía. Según este esquema, la vida se asimila a una gran muñeca rusa.

Esta digresión viene a cuento porque los niveles de organización mencionados constituyen a su vez disciplinas de estudio. Por ejemplo, el biólogo molecular se ocupa preferentemente de los cambios que se producen en las moléculas en el interior de la célula, mientras que un ecólogo podría interesarse por los cambios que se producen en la población de una determinada especie. En cierto modo, esta distinción se hace por conveniencia. Resulta muy difícil abordar problemas científicos si no elegimos a priori el ámbito en el que se van a mover nuestras observaciones. Idealmente, la explicación completa de un fenómeno requeriría unir cadenas de explicaciones realizadas a diferentes niveles. Por ejemplo, si estamos interesados en estudiar un virus que afecta a las focas en el mar del Norte, podemos mirar los cambios que se producen en el interior de la célula infectada, los daños que se perciben en determinados tejidos, la alteración de órganos vitales de la foca, y también cuánto ha disminuido la población de focas a causa del virus y cómo ha afectado esto, por ejemplo, a las poblaciones de peces que constituyen sus presas. En principio, querríamos saberlo todo y para ello necesitaríamos un equipo de expertos eficaces y dispuestos a intercambiar información (no es tarea fácil, créanme).

El argumento contra el mecanicismo se basa en que las propiedades de un sistema en un nivel de organización no pueden ser enteramente explicadas en términos del nivel de organización inferior, ya que requieren esquemas conceptuales propios. Reconozco que la frase anterior es algo oscura y me apresuro a poner algunos ejemplos. Si queremos describir inteligentemente una catedral gótica no podremos hacerlo exclusivamente en función de las propiedades de las rocas que la componen. Estas propiedades pueden ayudarnos a entender algunas de las características de la catedral, tal vez el color, o tal vez el grosor de algunos muros pueda explicarse por la resistencia mecánica de la piedra. En todo caso, una explicación satisfactoria necesitará tener en cuenta factores históricos, como el desarrollo de los estilos artísticos y de la tecnología de la época.

Otro ejemplo; por lo que sabemos las neuronas son esenciales para el pensamiento consciente de los humanos; no es extraño que se esté dedicando tanto esfuerzo para entender su funcionamiento. Sin embargo, algunas de estas células pueden cultivarse en una placa de Petri; parece claro que las neuronas aisladas en una placa no son capaces de pensar; el pensamiento surge después de la integración de las neuronas en el nivel de organización superior. Por lo tanto, los procesos mentales no pueden explicarse exclusivamente en términos de neuronas. Tendremos que conocer también cómo éstas se ensamblan en estructuras cerebrales, las cuales serán capaces de interactuar y podemos suponer que el conjunto sea responsable del acto de pensar. En definitiva, entender los procesos mentales requiere desarrollar esquemas conceptuales que se apoyan, pero son diferentes, a aquellos que explican el comportamiento de las neuronas individuales.

En Biología, es frecuente que cuando pasamos a un nivel superior de organización, aparezcan propiedades que no son predecibles por el nivel de organización que se encuentra más abajo. A esta propiedad se le ha denominado emergencia y (cómo no) también ha sido objeto de una enconada polémica. A algunos mecanicistas, la idea les parece una forma semioculta de vitalismo y, recíprocamente, muchos vitalistas la consideran toscamente mecanicista. Polémicas aparte, es preciso reconocer que para explicar un fenómeno a determinado nivel tendremos que resolver problemas intrínsecos de nuestro nivel de organización, así como (idealmente) encontrar conexiones con los niveles superior e inferior. Que esto merezca o no el nombre de emergencia es, tal vez, una cuestión de nomenclatura. En todo caso, la idea resulta útil.

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El tamaño sí importa

Una de los argumentos empleados por los creacionistas para negar la Evolución es que no es fácil probar que el cambio evolutivo esté produciéndose en el presente. Desde luego, el argumento es completamente naïve. Equivale a afirmar que las estrellas son pequeñas porque parecen pequeñas. Normalmente, la historia evolutiva de las especies transcurre en millones (o cientos de millones) de años. Y, naturalmente, nuestras intuiciones no están preparadas para lidiar con una escala temporal así.

Sin embargo, hay algunos casos bien documentados en los que se ha podido pillar a la Evolución in fraganti. En el mundo de los microorganismos, tales casos son sumamente corrientes. Dentro de los insectos tenemos el famoso asunto de la Biston betularia, esa polilla de Inglaterra cuyo color cambió del blanco al gris a medida que los troncos de los abedules también se volvían también grises por efecto de la contaminación.

En el número de septiembre de la revista Evolution (Parzer and Moczek, 2008) tenemos otro bonito ejemplo de especiación en tiempo real entre escarabajos coprófagos de la especie Ontaphagus taurus. Esta especie es originaria de Italia, pero en los últimos años se ha expandido enormemente debido a la acción humana. El género Onthophagus tiene 2.400 especies conocidas, lo que sugiere que hay algo en la biología de estos animales que los hace particularmente proclives a generar nuevas especies.

La (fascinante) observación que hacen los autores del artículo es que parece existir un balance entre el tamaño de los cuernos y el aparato genital (en los machos) y que es, precisamente, este proceso el que parece acelerar la divergencia en especies diferentes. Las razones de este hecho no están completamente claras. Los investigadores suponen que se trata de un “compromiso” (trade-off) sobre el uso de los recursos disponibles, en este caso la energía de la que dispone la larva para desarrollar el cuerpo de un animal adulto.

Vayamos un poco más despacio. Estos insectos se alimentan de excrementos procedentes (generalmente) de grandes herbívoros. Sin ser exactamente insectos sociales, los individuos suelen agruparse en torno a su fuente de alimentación. Para poder aparearse, los machos pelean por el acceso a las hembras, y aquí un par de buenos “cuernos” constituye una ayuda inestimable. El tamaño importa.

Pero el que mucho abarca poco aprieta. Los investigadores han encontrado una correlación inversa entre el tamaño de las defensas y el tamaño de los genitales. Y aquí viene el punto clave. Si la densidad de población es alta, el ser un buen luchador puede no constituir un gran beneficio. En ese caso, un individuo con cuernos pequeños (mal luchador) pero con grandes genitales (buen amante) puede tener una apreciable ventaja, ya que es relativamente fácil aparearse con hembras que no están siendo “guardadas”. El tamaño sigue importando.

Dependiendo de las condiciones, la selección natural puede beneficiar a individuos con distintos tamaños de cuernos (y por tanto, de genitales). El tamaño de los genitales femeninos también sufre entonces presión selectiva (por razones obvias). Una vez que la población entra un callejón evolutivo de este tipo, la separación en una nueva especie puede ocurrir con mucha rapidez. Sin duda, el tamaño del aparato genital constituye una eficaz barrera reproductiva. Los autores del artículo han estudiado diversas poblaciones de este insecto y han podido constatar que lo que era hace 50 años una sola especie está a punto de convertirse en cuatro.

Si esto ocurre en medio siglo, qué no ocurrirá en cientos de millones de años.

Parzer, H.F., and Moczek, A.P. (2008) Rapid antagonistic coevolution between primary and secondary sexual characters in horned beetles. Evolution 62: 2423-2428.

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Mecanicismo vs Vitalismo

Aun a riesgo de generalizar demasiado, puede decirse que las personas que han abordado el estudio de los seres vivos lo han hecho utilizando dos aproximaciones radicalmente distintas: el vitalismo y el mecanicismo (hay algunas posturas intermedias, pero es mejor no liarse ahora). Según el vitalismo, los seres vivos poseen un tipo de fuerza misteriosa, elusiva e inmaterial, denominada fuerza vital. Esta ‘entidad especial’ es la que confiere a los seres vivos sus propiedades. El vitalismo dominó el pensamiento biológico durante varios siglos y no está totalmente muerto; de vez en cuando resurge con una formulación ligeramente distinta. En particular, cuando se pretende explicar alguna actividad biológica ‘superior’, como la consciencia o la capacidad de razonamiento humana, es probable que alguien saque a relucir argumentos de tinte vitalista. En cualquier caso, es necesario hacer dos comentarios sobre esta doctrina filosófica. El primero es que no aporta ninguna explicación sobre el funcionamiento de los seres vivos; simplemente se limita a declarar que no son explicables. El segundo es que no tiene ninguna base empírica: no tenemos ninguna constancia de que la fuerza vital exista; de hecho, según los vitalistas, ésta es indetectable por sí misma, al estar intrínsecamente unida a los procesos vitales que alimenta.

El mecanicismo representa, naturalmente, la postura contraria y constituye, naturalmente, la postura oficial de este blog. Los seres vivos están formados de materia y energía, igual que los seres inertes; por lo tanto son explicables, en principio, en términos físico-químicos. Esto no quiere decir que la explicación sea fácil; en la mayoría de los casos no lo es, sólo que si persistimos en el intento, eventualmente llegaremos a ella. Evidentemente, el mecanicismo se encuentra perfectamente asimilado en la Biología moderna, mientras que el vitalismo es, sencillamente incompatible con ésta. No es de extrañar que el vitalismo sea una doctrina filosófica en retirada. En las últimas décadas, el avance espectacular de la Biología Molecular ha consistido justamente en esto: explicar más y más fenómenos vitales empleando términos y herramientas de la Física y la Química.

La polémica entre vitalismo y mecanicismo ha estado dando vueltas durante siglos, con buenos argumentos en cada uno de los bandos (quiero decir, argumentos elegantemente construidos). Independientemente de cómo fuera el curso de esta batalla, la ciencia ha tenido que ponerse del lado mecanicista. Esto puede parecer una postura dogmática, pero en realidad se trata de un imperativo lógico: la ciencia tiene que hacer como si las cosas fueran explicables por causas naturales. Sencillamente, sin esta suposición es imposible el avance científico. En el caso hipotético de que un fenómeno no fuera explicable por causas naturales (conste que yo no lo creo), por ejemplo un fenómeno para-normal, la ciencia fracasaría en el intento de explicar el fenómeno. Mala suerte. Pero durante el proceso tendría que hacer como si el fenómeno fuera explicable.

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