Archivo diario: 4 octubre , 2008

El tamaño sí importa

Una de los argumentos empleados por los creacionistas para negar la Evolución es que no es fácil probar que el cambio evolutivo esté produciéndose en el presente. Desde luego, el argumento es completamente naïve. Equivale a afirmar que las estrellas son pequeñas porque parecen pequeñas. Normalmente, la historia evolutiva de las especies transcurre en millones (o cientos de millones) de años. Y, naturalmente, nuestras intuiciones no están preparadas para lidiar con una escala temporal así.

Sin embargo, hay algunos casos bien documentados en los que se ha podido pillar a la Evolución in fraganti. En el mundo de los microorganismos, tales casos son sumamente corrientes. Dentro de los insectos tenemos el famoso asunto de la Biston betularia, esa polilla de Inglaterra cuyo color cambió del blanco al gris a medida que los troncos de los abedules también se volvían también grises por efecto de la contaminación.

En el número de septiembre de la revista Evolution (Parzer and Moczek, 2008) tenemos otro bonito ejemplo de especiación en tiempo real entre escarabajos coprófagos de la especie Ontaphagus taurus. Esta especie es originaria de Italia, pero en los últimos años se ha expandido enormemente debido a la acción humana. El género Onthophagus tiene 2.400 especies conocidas, lo que sugiere que hay algo en la biología de estos animales que los hace particularmente proclives a generar nuevas especies.

La (fascinante) observación que hacen los autores del artículo es que parece existir un balance entre el tamaño de los cuernos y el aparato genital (en los machos) y que es, precisamente, este proceso el que parece acelerar la divergencia en especies diferentes. Las razones de este hecho no están completamente claras. Los investigadores suponen que se trata de un “compromiso” (trade-off) sobre el uso de los recursos disponibles, en este caso la energía de la que dispone la larva para desarrollar el cuerpo de un animal adulto.

Vayamos un poco más despacio. Estos insectos se alimentan de excrementos procedentes (generalmente) de grandes herbívoros. Sin ser exactamente insectos sociales, los individuos suelen agruparse en torno a su fuente de alimentación. Para poder aparearse, los machos pelean por el acceso a las hembras, y aquí un par de buenos “cuernos” constituye una ayuda inestimable. El tamaño importa.

Pero el que mucho abarca poco aprieta. Los investigadores han encontrado una correlación inversa entre el tamaño de las defensas y el tamaño de los genitales. Y aquí viene el punto clave. Si la densidad de población es alta, el ser un buen luchador puede no constituir un gran beneficio. En ese caso, un individuo con cuernos pequeños (mal luchador) pero con grandes genitales (buen amante) puede tener una apreciable ventaja, ya que es relativamente fácil aparearse con hembras que no están siendo “guardadas”. El tamaño sigue importando.

Dependiendo de las condiciones, la selección natural puede beneficiar a individuos con distintos tamaños de cuernos (y por tanto, de genitales). El tamaño de los genitales femeninos también sufre entonces presión selectiva (por razones obvias). Una vez que la población entra un callejón evolutivo de este tipo, la separación en una nueva especie puede ocurrir con mucha rapidez. Sin duda, el tamaño del aparato genital constituye una eficaz barrera reproductiva. Los autores del artículo han estudiado diversas poblaciones de este insecto y han podido constatar que lo que era hace 50 años una sola especie está a punto de convertirse en cuatro.

Si esto ocurre en medio siglo, qué no ocurrirá en cientos de millones de años.

Parzer, H.F., and Moczek, A.P. (2008) Rapid antagonistic coevolution between primary and secondary sexual characters in horned beetles. Evolution 62: 2423-2428.

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