Archivo diario: 14 septiembre , 2008

Generación espontánea (2)

Nuestra historia continúa en la ciudad holandesa de Delft. Es fácil imaginar la escena, basta pensar en alguno de los maravillosos cuadros de la pintura flamenca de la época. El cuadro representa a don Antón van Leeuwenhoek, maestro pulidor de lentes, comerciante de telas y alto funcionario del Ayuntamiento de Delft. El maestro es un hombre alto y rubio de unos 40 años. Sabemos que es un hombre de gran inteligencia y que sus contemporáneos le tienen en gran estima. Huérfano desde los 16 años, ha sido capaz de labrarse un porvenir con sus propias fuerzas. Primero, como aprendiz en un comercio de telas. Más tarde en su propio establecimiento, que administra con eficacia y acierto. Unos años después, el Consejo de Síndicos le pide que participe en la administración de la ciudad, labor que acepta y a la que dedica buena parte de su energía.

Sin embargo, no es esto lo más importante. Lo que de verdad apasiona a Leeuwenhoek, es el arte de construir lentes y en esto es un consumado maestro; seguramente uno de los mejores de su tiempo. Las lentes de aumento son una herramienta esencial para un comerciante de telas y esta demanda ha favorecido el desarrollo de una tecnología compleja. Pulir las lentes es una labor sumamente delicada. Después hay que montarlas en un bastidor de metal y un delicado tornillo permitirá ajustar la distancia del objeto a la lente, posibilitando el enfoque de la imagen. El cuadro nos muestra algunas lentes terminadas y numerosas herramientas empleadas en el proceso, con el característico amor al detalle de los pintores flamencos. Sin embargo, no puede decirse que la escena sea completamente cotidiana; la mirada agitada del maestro, el gesto de su joven aprendiz, nos indican que el momento representado es muy especial. El maestro acaba de terminar de pulir una lente y se apresura a probar su funcionamiento. Al parecer, un trabajo excelente. En ese momento, una mosca se posa justo encima. Irritado, el maestro la atrapa con un rápido movimiento y ya va arrojarla al suelo cuando una idea le cruza por la cabeza ¿Por qué no utilizar la lente para observar la mosca? A mediados del siglo XVII esta idea es completamente ridícula; las lentes sirven para mirar telas, no moscas. Pero Leeuwenhoek es un hombre especial, capaz de pensar de forma diferente a sus contemporáneos. Coloca la mosca en el microscopio y ajusta el tornillo con delicadeza. Lo que ve le llena de sorpresa. Con el aumento, la mosca no parece una mosca, sino un terrible monstruo de ojos saltones y extraños apéndices que mueve sin cesar.

El maestro está muy excitado. En las siguientes horas va a mantener una actividad frenética observando con la lente los objetos más variados. De pronto, se le ocurre una idea aun más absurda que la primera. Coloca en el microscopio una gota del agua sucia del jarrón que contiene unas flores marchitas ¿qué puede haber en una gota de agua, excepto agua? Sin embargo, cuando logra enfocar lo que aparece le hiela la sangre en las venas ¡El agua está rebosante de vida! Extraños animales que no pueden verse a simple vista, que se mueven y que poseen las más variadas formas. Todo un mundo microscópico que hasta ahora había pasado inadvertido. Nadie en el mundo, en todos los siglos de historia, había imaginado la existencia de este mundo microscópico. Este es el momento que ha representado nuestro artista imaginario.

Afortunadamente, Leeuwenhoek no se llevó su secreto a la tumba, sino que escribió a la Royal Society inglesa sobre su hallazgo, y aunque no resultó fácil, acabaron creyéndole y eligiéndole miembro de la Sociedad. Leeuwenhoek es considerado, con justicia, el fundador de la Microbiología.

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