Reseña: El Mito de la Educación

A medida que avanza este blog, la polémica genes vs educación resulta irrelevante, o aun peor, cansina. Por supuesto, los genes cuentan. Elíjase un ambiente lo bastante homogéneo y los efectos de los genes aflorarán. Por supuesto, el ambiente cuenta. Elíjanse ambientes culturalmente muy distintos y las consecuencias se harán patentes. Ya estamos aburridos de esto. Lo que queremos saber es cuáles son los genes implicados y cómo actúan. Y sobre todo, queremos saber cuáles son los factores ambientales relevantes. Los estudios de heredabilidad son bastante inútiles para ambos fines. En el caso de los genes, la caza ya está en marcha y aunque de momento no ha sido tan fructífera como se esperaba, tenemos que darle algún tiempo. En el caso de los factores ambientales, la situación es más complicada. Hemos visto que, en la mayoría de los caracteres estudiados, cerca de la mitad de la varianza se debía a factores ambientales únicos, pero no tenemos nada claro cuáles son estos factores. En la opinión de los autores de estos estudios, tal cosa resulta un misterio. Para explicarlo, llegan a insinuar que los padres no se esfuerzan lo suficiente en la educación de los hijos, lo cual se encuentra a una distancia de tres micras de decir que la educación no tiene ninguna influencia. Transcribo textualmente:

Nuestros resultados, así como los de otros grupos, no implican que la educación carezca de efectos a largo plazo. La increíble similitud de los gemelos criados aparte en sus actitudes sociales (p.e. conservadurismo y religiosidad) no muestran que los padres no puedan influir sobre estos rasgos, muestran simplemente que esta influencia no suele producirse en la mayoría de los casos.

(Bouchard et al., 1990 Science 250:223-229)

Estos investigadores tienen que hilar muy fino. No es que no se pueda influir sobre los hijos, es que los padres no se lo toman en serio. Parece como si estuvieran haciendo un esfuerzo denodado por salvar los muebles, esto es, nuestra querida y arraigada noción de que los padres son importantes en determinar la personalidad de los hijos. Un punto de vista mucho más radical, y en cierto modo, incendiario es el de la psicóloga Judith Rich Harris, presentado en su libro “El Mito de la Educación[1]. Harris afirma a grandes rasgos tres cosas: 1) que los miles de estudios de ‘socialización’, cuyo fin es identificar la efectividad de diferentes ‘estilos de crianza’, son básicamente inválidos; 2) que los padres tienen una influencia escasa o nula sobre la personalidad de los hijos, tal como se deduce de los estudios de gemelos y de adopción; y 3) que la socialización de los niños y jóvenes se produce a través del contacto con sus amigos. Serían pues, los colegas los verdaderos padres y maestros.

En la primera parte de su libro, Harris, ataca sin piedad los métodos empleados en los estudios de socialización, los cuales se realizarían más o menos así: se elige un niño dentro de una familia y se analiza tanto el ‘estilo de crianza’ como la personalidad/inteligencia del niño; se realizan suficientes observaciones de manera que se pueda encontrar alguna correlación entre ambas cosas. Típicamente, estos estudios encuentran que las personas inteligentes y sensatas, capaces de controlar su vida, y que educan ‘bien’ a sus hijos, tienen, en general, hijos, inteligentes y sensatos y capaces de controlar su vida (y a la inversa). De aquí concluyen que ‘las buenas prácticas educativas tienen efectos positivos sobre la personalidad’ ¿Es eso cierto? Debería serlo, miles de psicólogos y educadores no pueden estar equivocados. Lo están, afirma Harris, estos científicos están llevando sus conclusiones mucho más lejos de los que permitirían los datos. En primer lugar, estos estudios no permiten distinguir los efectos genéticos de los educativos. Pudiera ocurrir que las personas inteligentes y equilibradas tengan hijos con estas características, debido a que les transmiten sus genes. De hecho, cuando se diseña el estudio para distinguir este tipo de efectos, como ocurre con los gemelos criados aparte, lo que se ve es que la educación tiene poca influencia.

Harris emplea otros argumentos adicionales. El primero es que el ‘estilo de crianza’ es característico de cada cultura. Por ejemplo, en USA los ‘asiáticos’ suelen emplear un estilo de crianza más autoritario que los ‘blancos’, a pesar de los cual no se ha detectado un efecto negativo en la personalidad (y de hecho su media del CI es más alta). Por otro lado, el estilo educativo ha cambiado en los últimos años en muchos países, haciéndose menos autoritario y más ‘correcto’ ¿dónde están los beneficios de estos cambios? Harris apunta la idea de que cada sociedad tiene su Mito de la Educación, es decir, un estilo de crianza socialmente aceptado, aunque no necesariamente el mejor ni el único posible.

Otro argumento se basa en la falta de efectos detectables en las familias no convencionales. Si el papel de los padres es fundamental, qué ocurrirá si no hay padre o si ambos ‘esposos’ son del mismo sexo u otras combinaciones por el estilo. La respuesta es: nada. Los hijos de madres solteras, de parejas homosexuales o de padres divorciados no son significativamente distintos del resto de los niños, de acuerdo con muchos trabajos. Sin olvidar que el proceso de ‘educación’ es una carretera de doble vía. Solemos asumir que la influencia va de padres a hijos, pero también fluye en sentido contrario. Un niño de carácter muy difícil va a generar respuestas negativas de sus padres, lo que se traduce un ambiente emocional y educativo peor. Como dice el viejo chiste: “Pobre Jaimito, viene de una familia destrozada”. “No me extraña; Jaimito puede destrozar a cualquier familia.”

Más razones esgrimidas por Harris. El sistema educativo tradicional de las clases altas europeas y americanas consistía en minimizar el contacto de padres e hijos, ‘encasquetando’ la educación de la prole a niñeras, institutrices o colegios internos. Y sin embargo, los hijos de las clases acomodadas se convertían en adultos muy parecidos a sus padres y enseguida adquirían su acento y, casi siempre, sus gustos sofisticados.

En definitiva, lo que Judith Harris dice es: “¡Oigan, el Emperador está desnudo, y si tienen alguna duda, no le pregunten a los sastres!” Hay que decir que esta investigadora estaba completamente fuera del ‘sistema’ cuando publicó sus trabajos; de hecho, no pertenecía a ninguna universidad y su trabajo remunerado consistía en escribir libros de texto de Psicología. Por tanto, podemos pensar que se encontraba aislada del adoctrinamiento y fuera de los círculos de intereses que existen en todas las disciplinas. Ella no tenía nada que perder por ‘tocar el silbato’.

En la segunda parte del libro la cosa cambia completamente, y hay que decir que resulta muy poco convincente. Harris no presenta pruebas concluyentes con las que sostener su teoría. Ya sabemos que los ‘amigos’ son importantes para niños y adolescentes. Tenemos mucha evidencia anecdótica respecto a la importancia de los grupos, pero lo que se exigía aquí era ir más allá de la anécdota. El problema de fondo es que no está nada claro de qué está hablando Harris. Bien puede ser cierto que el grupo de amigos constituya una influencia cultural importante y explique por qué los jóvenes se vistan de determinada manera o se hagan ‘piercing’; pero eso no es lo que estábamos tratando de averiguar. La pregunta se refería a características de la personalidad medibles mediante tests. Harris no presenta, por ejemplo, datos de correlación en el CI de los grupos de colegas o si pertenecer a determinada ‘tribu urbana’ sea la causa de que tu personalidad evolucione en determinado sentido. Se limita a dar argumentos que simplemente ‘suenan bien’, pero no ‘suenan mejor’ que la vieja idea de que la influencia de los padres es decisiva.

Lo cierto es que la mayoría de las personas piensa intuitivamente que el argumento de Harris debe ser equivocado; los padres tienen que importar. E importan, pero ¿para qué importan? Quizá el problema esté en que cuando nos referimos a la influencia de los padres estemos hablando de muchas cosas diferentes. Claramente, los padres proveen cuidados, apoyo emocional, educación formal y otras experiencias educativas y recreativas; imponen un determinado nivel de disciplina, pueden transmitir valores culturales y conocimientos prácticos y poseen cierta influencia sobre el ambiente social en el que se mueven sus hijos; por si fuera poco, les dejan su dinero y propiedades en herencia. Todas estas cosas afectan a la vida de los hijos, lo que no está tan claro es que afecten a su personalidad o a su inteligencia. Lo que podría esperarse de este proceso educativo es que los niños crezcan relativamente sanos (si nada se tuerce), que se integren en la vida social del barrio/colegio, que adquieran información y habilidades y, tal vez, ciertos valores culturales. Por ejemplo, la mayoría de los judíos ortodoxos son hijos de judíos ortodoxos; el ‘credo’ que uno adopta es un valor cultural (aunque el nivel de religiosidad tiene influencia de los genes). Sin embargo, esto no es generalizable a cualquier carácter. En general, no pensamos que la elevada estatura de algunas personas se deba a que de pequeño le obligaban a comer, digamos, hígado de cerdo (y hacemos bien en no creerlo); a pesar de que la alimentación puede influir en la estatura, una vez que el niño en crecimiento tiene una alimentación adecuada, el que sea alto o bajo depende más que nada de sus genes. Análogamente, no hay ninguna razón para pensar que características psicológicas como la tendencia a la ‘búsqueda de novedad’ o a la ‘evitación del daño’ sea consecuencia de un programa educativo concreto.

En resumen, los estudios de gemelos y las observaciones de Judith Harris han puesto el dedo en la llaga acerca de lo que sabemos realmente: ¿en qué rasgos de la conducta tienen los padres influencia? ¿Cómo afecta una infancia ‘dura’ al desarrollo de la personalidad? ¿Cómo debería manejarse la desigualdad natural? No parece que tengamos una respuesta contundente a estas preguntas. Por desgracia, nadie tiene una receta infalible para conseguir hijos listos y equilibrados. Y sin embargo, culpar a los padres por nuestros defectos y limitaciones constituye una conveniente forma de auto-justificarse.


[1] Harris, J, “The Nurture Assumtion: why children turn out the way they do” Free Press, New York. 1998. Edición española: “El Mito de la Educación” Debolsillo, Barcelona. 1999

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11 comentarios

Archivado bajo Evolución, Filosofía, Genes, Psicología, Reseña

11 Respuestas a “Reseña: El Mito de la Educación

  1. Tengo un amigo con el que una vez discutíamos sobre cuerpo y alma, algo que la tradición europea nos ha inculcado como cosas separadas. Me preguntó:

    – ¿Dónde está la mente?
    – En el cerebro – respondí.
    – ¿Y el cerebro qué es? Cuerpo, ¿verdad? Pues eso…

    Creo que los mayores avances que se lograrán en psicología vendrán de mano de la biología y neurología, de la misma manera que la biología echa por tierra creencias firmes en otros campos como la paleontología y la antropología.

    Y, yéndome por las ramas… Tengo una hija de diez años, y ya a los dos aproximadamente, su carácter mostraba rasgos del que tiene ahora, y ya puedo preveer qué clase de persona será de mayor. Muchos padres con los que hablo opinan lo mismo.
    Sí, también creo que los padres influyen más bien poco en la personalidad. Creo que la educación únicamente brinda opciones, no trayectorias. Si un niño aprede de sus padres que robar es malo, habrá menos posibilidades de que de mayor sea un ladrón a otro al quenunca se lo dijeron…

  2. Me ha gustado mucho el artículo…

    Yo la verdad es que de la psicología… me creo más bien poquito… es más una filosofía que una ciencia empírica…

    Es una pena que seamos incapaces de medir determinadas cosas y no podamos crear entornos iguales en lo “psicológico” para ver como influyen determinados genes…

  3. Muchas veces y en unos cuántos sitios he manifestado el valor positivo que para mí representa este libro al que le he dedicado varios posts especialmente en torno al aspecto que más me ha servido y que creo más novedoso tal como es tratado por Harris: la grupalidad. Me alegro de que vuelva a ser puesto aquí sobre la mesa. Sin duda, Harris, como pasó con Darwin, demuestra “relativamente”, pero lo importante creo que es que abra las ventanas del pensamiento un enfoque que contribuye a mi criterio a ver las cosas de un modo más simple (con menos justificaciones y más integrador). Como le pasa a todo el mundo, cuando se tiene un enfoque “revelador” se cae en un cierto “dogmatismo” (mencioné esto en una crítica a Harris acerca de su teoría del color de la piel blanca), algo que sin embargo nos permite avanzar (lo que por el contrario el relativismo dificulta u obstaculiza): no nos queda sino tomar ciertos “hallazgos” como “certezas” y así sucesivamente. Creo que Harris nos provee de evidencias considerables que afirman la base grupal de las conductas humanas. En algún lugar del libro señala la diferencia que se produce en la educación cuando el maestro se convierte en parte del grupo del alumno y cuando no sucede así. Y lo mismo pasa cuando trata de la influencia del “grupo de padres” y hasta cuando considera el mundo entero de hecho como parte del grupo del sujeto… a través del televisor. Es obvio que muchas cosas formarían en cada momento “el grupo de referencia” y que hay que observar todos los fenómenos posibles de influencia exitentes en un momento y espacio dados, un espacio y un tiempo que, por ejemplo, han ido ampliándose a lo largo de la Historia gracias al crecimiento de la información disponible y a la vez reduciéndose gracias a acciones de “gran hermano” y “seudoculturales”… etc., etc., etc. En fin, no hay una receta inmediata, pero sí hay enfoques que contribuyen a que vayamos más lejos.
    Creo que lo mejor sería que cada uno lo leyera y lo elaborara por sí mismo. Eso sí, con el mayor grado de apertura y desprejuicio.

  4. Conocí este libro a través de Pinker y su Tábula Rasa y me sorprendieron algunas de sus conclusiones. Después he leído algunas cosas al respecto y no me parecen tan descabelladas sus ideas. Lo de la influencia de los pares no me parece tan decisivo, pero esa es una opinión porque no tengo datos al respecto.

    Dice Oidun en uno de los comentarios que la psicología es más una filosofía que una ciencia empírica y no estoy de acuerdo. Su base inicial puede ser filosófica pero hoy día se hace mucha investigación, y muy buena en psicología, y no tiene nada que desmerecer a la que se hace en el campo de las neurociencias (y yo no creo ser sospechoso porque estoy en este último campo).

    Un saludo.

  5. Aplaudo que el mensaje de J.Harris aparezca en un blog como éste. La realidad es que este libro (que yo recomiendo de lectura quasi-obligatoria en mis clases de psicologia), y su segunda parte “Nor two alike” son, especialmente el primero, un ejemplo de como los desarrollos de la Psicologia como ciencia (en todas sus facetas pero especialmente también en la metodológica) SI son capaces de enseñarnos algo nuevo acerca de la naturaleza humana. Los argumentos de Harris nos aportan numerosas ideas para explicar el desarrollo de la individualidad cambiando muchos “mitos” sobre el desarrollo humano y el papel de la educación en la formación de la personalidad.
    Algunos de los comentarios del texto publicado en el “blog” son debatibles (heredabilidad, influencia paterna,…) pero en general estoy de acuerdo con ellos y también en la importancia del libro. En mi opinión lo que destacaría de esta obra es que el sujeto es el propio guia y director de su desarrollo, quien marca el destino de su personalidad mediante las elecciones que dia a dia hace del entorno donde quiere vivir y, obviamente, aprender a ser como será.
    Saludos
    Antonio

  6. Hola a todos, me parece un tema muy actual y debe continuar en investigación. Hay que mirarlo desde todos los lentes posibles. Filosofía, ciencia, Psicología.
    Saludos.
    Angélica

  7. Pablo, excelente reseña del libro de Harris. Se trata de un libro que supuso una dura crítica a muchos de los estudios centrados en analizar la influencia de la socialización familiar sobre el desarrollo infantil, y que tuvo mucha repercusión, sobre todo porque provenía de una figura desconocida en los ambientes acedémicos. Yo leí un artículo que publicó Harris en 1995 y me impactó bastante.
    Harris hizo que nos pusiéramos las pilas y aumentásemos el rigor metodológico en nuestros estudios. También contribuyó a disminuir algo el rechazo hacia la consideración de que hay factores genéticos implicados en el desarrollo humano y comportamiento.
    Hoy, 10 años después, tenemos suficientes datos que indican que los padres influyen mucho en sus hijos. Tal vez no demasiado en aspectos centrales de la personalidad, pero sí en muchos rasgos comportamentales e intelectuales.

    De los argumentos de Harris que recoges en tu post, el más débil tal vez sea el referido a que los niños pueden desarrollarse bien en familias diferentes. Habría que puntualizar, en familias diferentes pero siempre que esa familia le ofrezca todo lo que un niño necesita: afecto, supervisión, estimulación, etc. Otros argumentos tampoco son mucho más sólidos, por ejemplo, aunque el contexto cultural pueda moderar la relación entre estilo parental y ajuste o desarrollo infantil, hay muchos datos que indican que el estilo democrático (authoritative) es el más eficaz en todas las culturas, incluso en la asiática.

    Steven Pinker recoge las críticas de Harris en su obra “La Tabula Rasa”, y las aumenta, a mi juicio de forma desmesurada.

    Un saludo

  8. Hola Alfredo,
    completamente de acuerdo.
    Un saludo

  9. carmen

    He trabajado de cerca con gravísimos lesionados medulares que sufren enormes y durísimos cambios en su entorno o ambiente. Mi experiencia es que, pasado el trauma inicial (lo que generalmente lleva un periodo de “duelo” de entre 1 y 2 años), estas personas, sin excepción, vuelven a mostrar los mismos rasgos de personalidad que tenían antes del accidente. El peso de la genética no se puede variar.

    Saludos,
    Carmen

  10. Curro

    Una pregunta ingenua, de un psicólogo ingenuo.
    ¿No será que esa influencia grupal de los iguales viene de que evolutivamente en la historia del hombre los niños se han criado en grupos de iguales supervisados por algunos adultos? El entorno de referencia es el de los iguales desde nuestro origen, debido al coste tan elevado de la crianza. Es algo que ha cambiado en nuestra época (no hace mucho, 20, 30 años). Ahora los niños son centro de atención, y los padres por lo general están centrados en ellos. Por ello, pasan menos tiempo criándose entre iguales sin el constante amparo de los padres.
    Y pregunto también: ¿cambiará esto en algo esa tendencia grupal?
    Por último, el área próxima de desarrollo de Vygotski y su relación con el hecho educativo de que un niño entiende mejor ciertas explicaciones de un igual o un niño algo mayor que de un adulto (lenguaje próximo, conceptualización cercana…), ¿no guarda obviamente relación con esta visión?
    ¿Qué pensáis?
    P.D.: muy buena y orientativa la reseña. He adquirido el libro y me dispongo a leerlo, pero reconozco que la idea me crea cierto sarpullido. Mi impresión (no es más que eso) es que siempre hay una tendencia pendular, posiblemente sana, que en este caso iría de lo ambiental y la influencia paterna hacia el hecho genético y la influencia grupal. Pero la verdad científica es eso, la verdad que tenemos a nuestro alcance. Otra cosa es que no haya tanta verdad científica, sino indicios, como al parecer indica el autor de este blog. A ver qué me parece.

  11. Javi

    Expongo unas citas extraídas del libro en las que no queda tan claro que lo que se haga en casa no tenga consecuencias, porque si bien aceptamos que la personalidad proviene de la genética y de la sociabilización dentro del grupo de iguales, lo cual me parece acertado, también me parece que la primera infancia (de 0 a 3 años) va a influir en cómo lleguen los niños a su grupo de iguales, y, si tienen opción, elegirán dónde situarse, como bien dice la autora en ciertas ocasiones, aunque en las conclusiones y en el capítulo de qué deben hacer los padres obvia.

    “El trabajo de profesor es mucho más difícil, me parece, cuando sus estudiantes proceden de clases socioeconómicas muy distintas. Un niño nacido en un hogar donde el único material de lectura es el reverso de la caja de cereales del desayuno, y donde la televisión se enciende al amanecer y se apaga a medianoche, va a llegar a la escuela con una actitud muy diferente hacia la lectura del que ha nacido en una casa llena de libros y de revistas. Un niño nacido de padres educados en la universidad va a tener un punto de vista muy diferente, sobre la importancia de la educación —de la normalidad del hecho de tener que pasar el primer cuarto de tu vida yendo a la escuela—, de aquel que haya nacido de padres que abandonaron los estudios. Los niños llevan con ellos esas actitudes al grupo de compañeros y si sus actitudes son compartidas por la mayoría de sus compañeros ellos se quedarán en él. Es probable que el ambiente de la clase sea propenso a la lectura en una escuela de un barrio homogéneo, donde todas las casas están llenas de libros y de revistas. Es probable que sea ¿qué? ¿A quién le importa todo eso en una escuela que está en un barrio donde la lectura es algo que se hace solamente por necesidad y nunca por placer? Y una escuela a disposición de ambos barrios es probable que se divida en grupos de chicos con culturas opuestas.”

    “Los niños llevan a su grupo de compañeros las actitudes y las conductas que aprenden en casa, y si esas actitudes y conductas son semejantes, lo más probable es que el grupo de compañeros las haga suyas.”

    “Los chicos a los que les va bien la escuela son menos propensos a fumar o a quebrantar las leyes. Los chicos a los que se les abraza y mima, tienden a ser más agradables que aquellos a los que se les azota.”

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