Archivo diario: 21 julio , 2008

Sexo en las aulas

Aprovechando que el calor reina en todo el Hemisferio norte, quiero desenterrar el tórrido tema de las “preferencias de apareamiento” en nuestra especie. Dicho en cristiano, qué es lo que nos hace encontrar sexualmente atractivas a determinadas personas. El tema es espinoso, además de tórrido, y me ha costado alguna que otra “bronca”, por decir que estas preferencias no son iguales en hombres y en mujeres. Naturalmente, no es que lo diga yo. Lo dicen muchísimas publicaciones (en revistas internaciones y con revisores) (más info aquí), lo que tampoco significa que haya que creerlas a pies juntillas, pero sí que habrá que leérselas para poder rebatirlas.

Los estudios han encontrado repetidas veces que los hombres valoran más la belleza física y la juventud en sus potenciales parejas que las mujeres. La parte de la juventud se explicaría, en términos evolutivos, en función de la rápida disminución del potencial reproductivo de las mujeres después de los treinta y tantos. La parte de la belleza física es un poco más misteriosa, ya que nuestros parientes cercanos no son tan escrupulosos. En general, un chimpancé macho se apareará con cualquier hembra en celo (si puede) y un gorila acogerá con gusto a cualquier hembra en su harén. La explicación de este hecho no está muy clara aun. Seguramente, implica que en las condiciones de relativa monogamia típicas de nuestra especie, la elección de pareja la realizan ambos sexos. Pero antes de entrar en posibles explicaciones, tendríamos que dar por sentado que el fenómeno (criterios de elección diferenciales) existe en realidad.

Dicho sea de paso, siempre he pensado que la fijación de los hombres con el “físico” es un pelín ridícula en estos tiempos (“Pasaré el resto de mi vida contigo por tu boquita de piñón” ??!!! ) independientemente de que tenga o no una base biológica.

¿De qué otras maneras podríamos investigar esta hipótesis (a parte de hacer encuestas)?

A Satoshi Kanazawa, un investigador de la prestigiosa London School of Economics, se le ocurrió una forma. Si la preferencia por mujeres jóvenes está profundamente grabada en la psique masculina –pensó Kanazawa- el contacto frecuente con mujeres jóvenes podría tener un efecto negativo en los hombres, en el sentido de percibir a su pareja como menos deseable. En un trabajo previo se había comprobado que si los hombres ojeaban un Playboy antes de contestar un cuestionario, declararon estar menos satisfechos con su pareja que los del grupo de control (a los cuales, imagino, les darían una revista de numismática o algo así). Si esto es lo que ocurre simplemente por echar un vistazo al Playboy, qué no pasará con la exposición cotidiana a mujeres jóvenes de carne y hueso.

La respuesta obvia, cuenta Kanawaza, era investigar una profesión donde se produjera tal contacto y ver si la frecuencia de divorcio era mayor que en otros trabajos. Y la profesión obvia número uno era el mundo del espectáculo. Demasiado obvia, pensó este investigador ¿quién va a financiar un estudio para averiguar si los actores de Hollywood se divorcian con mayor frecuencia que el resto de la población? La siguiente profesión –en obviedad- era la de profesor de universidad o bachillerato.

Kanazawa y sus colaboradores realizaron cerca de 33.000 entrevistas y, después de tener en cuenta numerosos factores que podrían inducirlos a error (edad, nivel de educación, nivel económico y otros conocidos por tener influencia sobre el estatus marital), llegaron a la conclusión de que, en efecto, los profesores tenían una probabilidad sustancialmente mayor que otras profesiones de divorciarse o de seguir solteros. Es importante decir que entre sus compañeras de profesión no se producía tal efecto (Es cierto que ha habido algunas historias aireadas por la prensa de profesoras que acaban teniendo un lío con un alumno, pero a pesar de las publicidad, son menos del 10%)

Según Kanawaza, los profesores no eran en absoluto conscientes de este fenómeno. Ninguno pensaba algo así como “Ahí está otra vez ese “bombón” de cuarto curso; evidentemente, mi “señora” no puede compararse con ella”. Y sin embargo, el contacto visual con el “bombón” de cuarto curso acaba produciendo la suficiente insatisfacción como para erosionar sus relaciones de pareja.

(el artículo en cuestión aquí)

No todo el mundo está de acuerdo. Algunos críticos han señalado que los profesores de dicho estudio tendrían que ser realmente estúpidos para preferir “sueños eróticos” a una pareja real. A lo que Kanawaza responde que el objetivo de su trabajo no era determinar si los hombres son, o no, estúpidos.

Evidentemente, se trata de un solo estudio. Ahora llega el momento de sacar el tópico ese de “… serán necesarias otras investigaciones para zanjar esta cuestión…”. Entretanto, y dado que el divorcio es económicamente gravoso, yo voy a pedir a mi universidad un plus de peligrosidad.

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