El verdugo de Skinner

Algunos días, cuando salgo del laboratorio, me voy a pasear por el mínimo y recoleto “Vilas Zoo”, situado al oeste de la ciudad de Madison, muy cerca del arboreto. Lo que más me gusta es quedarme observando a nuestros parientes cercanos (en este caso, un grupo de chimpancés y una pareja de orangutanes). Fue precisamente en este lugar donde el psicólogo Harry Harlow inició sus experimentos con crías de macaco, que acabarían destronando al “conductismo” como teoría psicológica imperante (en USA) y, en definitiva, cambiando algunas ideas importantes y generalmente aceptadas sobre cómo tratar a nuestras propias crías. Hoy damos por sentado que los niños necesitan el cariño de sus padres y familiares, pero hace menos de 100 años los expertos advertían que “un exceso de afecto” podía tener consecuencias desastrosas sobre el carácter de los niños. Harry Harlow fue un científico brillante (aunque sus experimentos no estaban exentos de crueldad) y contribuyó a cambiar esta idea.

La idea básica del conductismo era que la psicología debe ocuparse sólo de fenómenos observables, esto es la conducta, y excluir por completo ideas, emociones o la experiencia subjetiva. Esta escuela surgió, en parte, como reacción al ‘estructuralismo’, el cual concebía la Psicología como la ciencia de la ‘vida mental’ y empleaba como herramienta principal la ‘introspección’, o sea, la observación y análisis de la propia mente. Los conductistas consideraban que la introspección es totalmente inaceptable como método de investigación ‘serio’ y conminaban a los demás psicólogos a ‘romper con los conceptos trasnochados y comenzar una nueva vía’. Para John B. Watson, sin duda el fundador de esta escuela, la ‘consciencia’ era un concepto inútil e imposible de definir y constituía un mero sinónimo del término ‘alma’. Había que desterrar por completo la introspección y basar los estudios psicológicos exclusivamente en la evidencia experimental, de forma similar a lo que hacen los físicos y químicos.

En su formulación inicial, hay que conceder que este punto de vista no dejaba de tener algunas cosas a su favor. Es cierto que el estructuralismo representaba una escuela de pensamiento francamente ‘filosófica’ y que la introspección es una herramienta ‘imposible’ para hacer experimentos precisos y repetibles. Por otra parte, los conductistas moderados no negaban la realidad de la experiencia subjetiva, sólo mantenían que era imposible estudiarla científicamente. En cambio, los conductistas radicales iban bastante más lejos. Sin duda el miembro más destacado de los radicales, y en cierto modo su ‘cabecilla’ fue Burrhus Frederic Skinner, quien dominó por completo la Psicología americana hasta los años 60s. En palabras de Skinner; “la cuestión no es saber si los animales piensan, la cuestión es saber si el hombre lo hace”.

Para Skinner, cualquier conducta podía explicarse mediante los principios de ‘estímulo-respuesta’ y ‘condicionamiento operante’[1]. Según esto, creencias y deseos no tenían nada que ver con la conducta. Para Skinner, los animales (y también el humano) emiten una respuesta frente a un estímulo, bien porque previamente existía un reflejo condicionado, o bien porque la respuesta era recompensada en presencia del estímulo. Se pensaba que conductas complejas en humanos también podían explicarse por ese procedimiento. Por ejemplo, Skinner sostenía que un concepto nebuloso, como el de ‘peligro’ constituía una especie de ‘estímulo’, el cual producía una ‘respuesta’, por ejemplo, de huida. En realidad, se trata de una explicación bastante hueca, ya que la capacidad de responder a un conjunto complejo de señales, interpretadas como ‘peligro’, es el enigma que queremos resolver y no la solución al problema.

El programa experimental de los conductistas se basaba en colocar animales en cajas y ‘enseñarles’ a responder a ciertos estímulos, por ejemplo luces, sonidos o pequeñas descargas eléctricas, de modo que respondieran apretando botones o palancas o artefactos similares. Para ello se emplearon diversas especies de animales, frecuentemente ratas y palomas, por la facilidad de su cría. Los conductistas creían que el cerebro de los animales funciona de manera similar en todas las especies, por lo que resultaba irrelevante la elección de la misma. Por otra parte, nunca consideraron las observaciones de algunos críticos, sobre el hecho de emplear un ambiente sumamente artificial y simplificado. Una rata colocada en una ‘caja de Skinner’ podía, sin duda, aprender a asociar estímulos y acciones, pero ¿no era ese un repertorio muy limitado de las conductas normales en una rata?

Ahora nos parece evidente que el conductismo se salió de madre. Su dogmatismo resulta asombroso, teniendo en cuenta que nadie tenía explicaciones satisfactorias para las cuestiones que estaban investigando, por lo que resultaba elemental mantener una ‘mentalidad abierta’ al respecto. Más aun, Skinner y sus colegas estaban convencidos de la aplicabilidad de sus resultados a los humanos y, de hecho, sus teorías fueron muy influyentes en el sistema educativo de USA. El propio Skinner diseñó una ‘cuna’ artificial, que controlaba la temperatura y mecía al bebé a determinados intervalos. Incluso llegó a emplear esta cuna para criar a su propia hija, lo que contemplamos ahora con horror, aun reconociendo la coherencia interna del personaje. Watson sugirió la idea de electrificar todos los objetos de la casa que no debieran tocar los niños, de manera que las descargas eléctricas (presumiblemente inocuas) enseñasen a los infantes qué cosas no debían ser tocadas. Los conductistas estaban convencidos de que la mayoría de los problemas sociales podían resolverse mediante un ‘condicionamiento’ adecuado, lo que Skinner llamaba ‘ingeniería de la conducta’. Dado que, en el fondo, el conductismo opinaba que los animales (incluido el humano) son meros autómatas, el control de la conducta mediante el ‘correcto entrenamiento’ se convertía en un objetivo central de la educación. Después de todo, los niños no se convertían en seres más libres si no se los condicionaba (ya que según ellos, no existe tal cosa); más bien, rechazar la idea del control de la conducta humana por ‘métodos científicos’ constituía una falta de responsabilidad y una amenaza para la sociedad, ya que los jóvenes acabarían siendo condicionados por ‘asociaciones’ estímulo-respuesta incorrectas y perniciosas. En definitiva, el conductismo poseía el dogmatismo y la retórica necesaria para haberse convertido en una pesadilla al estilo del Gran Hermano de Orwell. Hubo suerte y no sucedió así.

Otro ejemplo del posicionamiento de los conductistas en el tema educativo es la denominada ‘bravata de Watson’. Traduzco literalmente sus palabras. “Dadme 12 niños saludables y bien formados y permitidme que sean educados enteramente bajo mi influencia; garantizo que puedo entrenar a cualquiera de ellos para que se convierta en el tipo de ‘especialista’ que digamos: médico, abogado, artista, comerciante, incluso mendigo o ladrón, y todo ello con entera independencia de sus talentos, tendencias, habilidades, vocación u origen racial”. Por supuesto, se trata de una fanfarronada. Watson no tenía pruebas sólidas en que basar sus palabras. No sé ustedes, pero, en todo caso, yo no le habría confiado la educación de mis hijos. Por cierto, Watson fue un adolescente violento, un marido infiel y un padre dominante, y (posiblemente) tuvo mucho que ver en el suicidio de uno de sus hijos.

A la ‘caída’ del conductismo contribuyó de forma importante el trabajo de un joven investigador de la Universidad de Madison: Harry Harlow[2]. Harry había iniciado un experimento de cría artificial de macacos; los pequeños monos eran criados por ‘madres artificiales’, una especie de tosco muñeco de alambre cuya forma recordaba vagamente al de una hembra de macaco. No obstante, estas ‘madres’ tenían un dispositivo que proporcionaba comida a los pequeños, por lo que éstos no debían tardar en asociar a la ‘madre de alambre’ con la ‘comida’, o al menos esa era la predicción de los conductistas. No obstante, Harlow observó que los macacos criados en estas condiciones manifestaban ciertas carencias cuando llegaban adultos, en particular en su capacidad de interaccionar con sus congéneres. Tal vez, pensó Harlow, a los cachorros criados por las madres de alambre les faltaba algo. Esto le llevó a preguntarse qué factor era más importante para las crías de macacos criadas en cautividad, si el ‘tacto’ de la madre o el hecho de que proporcionase ‘comida’. Para contestar a esta pregunta colocó grupos de bebés macacos en jaulas al ‘cuidado’ de dos tipos de ‘madre’ artificial. La primera estaba hecha de alambre y tenía un dispositivo que alimentaba a la cría, como en el caso anterior; la segunda estaba forrada de tela, pero no ofrecía alimento alguno. Según la teoría conductista, la cuestión estaba clara: los jóvenes macacos no tardarían en ‘asociar’ a la madre de alambre con la comida y pronto la preferirían. Lo que ocurrió fue todo lo contrario: los monitos preferían a la madre de tela y hacían rápidas incursiones en la otra para beberse el biberón. La conclusión que parece inevitable es que no sólo de leche viven los pequeños monos y que el mínimo ‘calor’ que proporcionaba la madre de tela resultaba muy preferible. En definitiva, el cerebro del macaco debe contener una noción ‘innata’ sobre cómo es una madre y el muñeco de tela se parecía más a ésta. Por el contrario, les resultó imposible ‘aprender’ a preferir a la madre de alambre, en flagrante oposición a las teorías conductistas.


[1] Skinner, B.F. Behavior of organisms” Appleton-Century-Crofts, New York. 1958

[2] Harlow, H.F. (1958) “The Nature of Love” American Psychologist, 13: 573-685

13 comentarios

Archivado bajo Animales, Evolución, Filosofía, Genes, Psicología

13 Respuestas a “El verdugo de Skinner

  1. Pingback: El verdugo de Skinner

  2. Genial el artículo. Te ha quedado muy logrado. Había leído “Walden Dos” y me interesaron mucho las teorías conductistas. No sabía que habían sido refutadas.

  3. No hay de qué. Siempre es un placer aprender algo más de psicología.

  4. Ben

    Ja ja ja ja!!!

  5. g.

    odio a skinner y odio el conductismo :@

  6. g.

    muy buen articulo btw

  7. pus llo no se tanto de estas cosas pero muy buen comentario y gracias pues con esro pude aser la tarea y me sirvuio muncho okis

    chao:) 😛

  8. Pingback: Cómo aterrorizar a un bebé (manual conductista) « La lógica del titiritero

  9. Gracias por la inf, conocía el párrafo célebre de Watson pero desconocía su triste contexto familiar.
    Saludos desde Monclova

  10. diosateo

    Me acabas de estropear una de mis películas favoritas: “La Naranja Mecánica”.

    Un saludo 🙂

    Nota del webmaster: Mira que lo siento

  11. Dios ateo

    “Nota del webmaster: Mira que lo siento”

    ¬_¬

  12. hutz_lionel

    Hola muy buenas, creo que has cometido varios errores en tu entrada.

    Dices: “creencias y deseos no tenían nada que ver con la conducta”

    Skinner dice varias veces que creencias, pensamientos, ideas, deseos, razones, intereses, motivaciones… son CONDUCTA. Ademas dice que siguen las mismas reglas que la conducta visible.

    Sobre el experimento de Harry Harlow evidentemente se nota que no has leído nada de Skinner. Skinner siempre, repito siempre dijo que el comportamiento de un organismo depende tanto del ambiente como de su genética.

    Dices que Skinner es el más radical de los conductistas radicales. De nuevo te vuelves a confundir ya que en este caso el nombre “radical” no se tomo para decir que estaba obsesionado con la conducta y que negaba la mente (cosa que es mentira) sino que radical significa que “va a la raíz”. Según Skinner lo que definía el conductismo radical era la búsqueda de la raíz de la conducta. En vez de considerar que la conducta es causada por dioses, fantasmas, influencias de las estrellas… el busca la raíz o causa de las conductas.

    Y bueno, solamente recomiendo que el quiera criticar algo, ya sea a Skinner o a cualquier otro que simplemente LEA antes de nada. Es muy fácil encontrar críticas a Skinner en internet donde el 99 por ciento de la gente que las escribe no ha leido un solo libro suyo.

    Nota del webmaster:
    Cito textualmente (la itálicas son mías):
    One of the diffuculties [to understand human behavior] is that all of what is called behavioral science continues to trace to states of mind, feeling, traits of character, human nature and son on.
    B. F. Skinner (1971) Beyond freedom and Dignity. p.24. Hackett Publishing Company Inc., Indiana, USA

    No hace falta decir nada más

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