De “Cheetah” a “Lucy” (2)

El propósito de esta serie de posts es hacer un rápido resumen de lo que sabemos en la actualidad sobre el origen del hombre, haciendo énfasis en los factores que posiblemente dieron lugar a la hominización y soslayando un poco la montaña de nombres científicos y detalles paleontológicos. No obstante, antes de empezar se impone discutir una cuestión que, aunque resulte evidente, se olvida con frecuencia:

la evolución humana no empieza en el momento en que nuestro linaje se separa del linaje del chimpancé, sino mucho antes. Nuestro parentesco con los simios se basa en que compartimos un antecesor común en una fecha relativamente reciente, pero todos los mamíferos descendemos de algún animal que vivió hace unos 260 millones de años, y asimismo el antecesor común de todos los vertebrados debió aparecer hace unos 460. Nuestros auténticos ‘primeros padres’ fueron organismos unicelulares que aparecieron hace unos 3.500 millones de años. Esto no es una cuestión puramente retórica, ya que los humanos actuales retenemos características que surgieron en etapas muy tempranas. Por ejemplo, para muchos de los genes que codifican las enzimas básicas del metabolismo es posible encontrar genes equivalentes en las bacterias.

Si nos fijamos en la evolución del cerebro, llegamos exactamente a la misma idea. El cerebro humano no surgió de la nada, sino de la modificación de un cerebro de primate, el cual surgió a partir del cerebro básico de los mamíferos, etc…El neurólogo Paul MacLean ha formulado la hipótesis, controvertida y provocativa, del ‘cerebro triuno’. En esencia, lo que dice este investigador es que el cerebro humano no es uno, sino tres, cada uno de los cuales corresponde a una etapa distinta de la evolución y que, en la actualidad, los tres cerebros operan como si fueran ordenadores interconectados, aunque cada uno conserva su forma particular de inteligencia, memoria y ‘subjetividad’.

El primer cerebro, según MacLean, es el ‘reptiliano’, formado por cerebelo y el bulbo raquídeo. Este cerebro controla muchas de las funciones básicas ‘autónomas’, como el latido del corazón y algunos aspectos básicos de la conducta, como la agresión o el instinto de supervivencia. En los reptiles, este es el cerebro predominante y sólo permite unos patrones de conducta rígidos, siendo el aprendizaje algo relativamente poco importante. El segundo cerebro es el ‘mamífero’ formado por el ‘sistema límbico’. Este nombre, algo pasado de moda entre los neurobiólogos, se refiere a un conjunto de estructuras cerebrales implicadas difusamente en el control de las emociones. Según la hipótesis de MacLean, este cerebro es el que domina muchas de nuestras motivaciones básicas y tendencias instintivas, relacionadas con la alimentación y la conducta sexual. Este cerebro permite etiquetar cualquier información con un sentimiento positivo y negativo, lo cual es esencial para el proceso de toma de decisiones. Naturalmente, el cerebro mamífero se encuentra totalmente interconectado con el tercer cerebro, el cual es específicamente humano (aunque su desarrollo comienza en los primates). El tercer cerebro incluye las cortezas cerebrales y algunas áreas subcorticales, y sería el asiento de la razón y el pensamiento abstracto. La mayoría de los expertos coincide en que muchas de las estructuras presentes en el cerebro humano aparecieron en etapas muy anteriores de la evolución, sin embargo, no está tan claro que pueda hacerse una nítida distinción en los tres ‘cerebros’ que propone MacLean, aunando aspectos fisiológicos, evolutivos y de conducta. En definitiva, esta hipótesis hace una simplificación excesiva, en opinión de muchos neurobiólogos, aunque probablemente útil.

Los primates forman un orden, dentro de los mamíferos, que nos incluye a nosotros, junto con los monos y lemures. Si nos vamos un poco más lejos, nuestros parientes más cercanos son las tupayas, también llamadas ‘musarañas arborícolas’, unas humildes criaturas que habitan en bosques de Sudamérica. Parientes más lejanos, son los llamados ‘lemures planeadores’ de Asia, los cuales poseen un pliegue en la piel que une las extremidades superiores e inferiores, y esto les permite ‘planear’ algunos metros cuando se lanzan desde los árboles. El siguiente orden en cercanía es el de los quirópteros: los murciélagos y vampiros. En general, los primates somos criaturas ágiles y diestras. La mayoría vive en habitats forestales y esto conlleva una posición más o menos erguida y una cierta destreza manual, que permita agarrar firmemente las ramas. Relacionado con esto, ningún primate tiene garras o pezuñas, sino uñas planas y ‘manos’ que permiten la manipulación de objetos. Otra característica de este grupo es la visión binocular y tricomática, esto es, la capacidad de ver en tres dimensiones en una gran parte del campo visual y de distinguir los colores. Se supone que estas características se desarrollaron por las ventajas que ofrecían a la hora de encontrar y recolectar frutos maduros, que seguramente constituían uno de los alimentos fundamentales en este grupo de animales.


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Archivado bajo Animales, Evolución, Genes, Psicología

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