De ‘Cheetah’ a ‘Lucy’ (1)

En una bonita tarde de primavera de 1998, me encontraba visitando con mi familia el Zoo de Madrid. Lo de llevar a los niños al Zoo, es una especie de obligación que tienen todos los padres en estos tiempos. A nosotros, estas visitas nos suscitaban sentimientos ambivalentes. Por un lado, no cabe duda que algunos animales se adaptan mal a la cautividad y muestran una conducta extraña y probablemente patológica. Recuerdo un zorro que corría sin parar, trazando un círculo alrededor de su pequeña jaula. No creo que sea caer en el antropomorfismo el pensar que este animal está sometido a un continuo estrés. En cambio, otras especies parecen adaptarse bien a estas condiciones y se comportan con bastante naturalidad. No puedo negar que mis favoritos absolutos son los primates y la razón, evidente, es su conspicuo parecido con los humanos. Aquella tarde nos detuvimos un buen rato en el foso de los macacos. Se trata de un amplio recinto excavado, rodeado por una ría, en el que un grupo numeroso de macacos puede moverse y trepar con bastante libertad. En un momento dado, todos los monos empezaron a aullar, presos de gran excitación. El culpable de este alboroto era un pavo real, de los que pululan libremente por todo el Zoo, el cual se había caído accidentalmente en el foso de los macacos. Éstos reaccionaron con prontitud ante la ‘amenzaza’, de una forma que me pareció inquietantemente humana. Las hembras se llevaron a las crías a la zona más alejada de donde se encontraba el pavo real, mientras que varios machos lo rodeaban y acosaban. Los macacos se comportaban como hampones, aunque mantenían una prudente distancia con el ave. Para entonces, estaba claro que el pobre pavo no tenía ninguna gana de pelear y que si no salía de allí era porque tenía un ala inutilizada. Mientras tanto, los espectadores humanos permanecíamos como hipnotizados ante un espectáculo que podía acabar siendo sangriento. Creo recordar que alguien avisó a los encargados por su teléfono móvil; pero los minutos pasaban sin que nadie apareciera y la situación del pavo real se iba haciendo cada vez más desesperada. El círculo se iba cerrando y los ataques de los macacos, generalmente por la espalda, eran cada vez más frecuentes. Al final, el incidente se saldó sin que hubiera que lamentar daños materiales ni personales. En un desesperado esfuerzo, el pavo real consiguió emprender un torpe vuelo, aterrizando a salvo a pocos metros de donde nos encontrábamos. Acabé la visita francamente impresionado por la coordinación y la cohesión que mostraron los macacos ante lo que, presumiblemente, percibían como una amenaza.

La similitud de aspecto y de comportamiento que existe entre los grandes simios, como el chimpancé, y los humanos es tan notoria que a ningún observador se le puede pasar por alto. De hecho, el propio Linneo colocó al chimpancé dentro del género Homo. Sin embargo, ni al gran naturalista ni a sus predecesores (hasta Darwin) se le ocurrió que la explicación más sencilla de este hecho es que ‘el hombre desciende del mono’, o dicho más correctamente, humanos y chimpancés descendemos de un antecesor común relativamente próximo. Darwin tenía claro que el origen simiesco del hombre era algo que podía deducirse directamente de su teoría de la evolución, y también que este era uno de los aspectos más conflictivos de la misma. Una cosa es aceptar que dos animales, digamos caballo y burro, desciendan de un antecesor común y otra muy distinta es aplicarnos esta misma lógica. De hecho, Darwin soslayó el tema en “On the Origin of the species”, aunque posteriormente lo abordó de manera explícita en “The descendent of Man…”. Naturalmente, la idea fue inicialmente ridiculizada y a la postre, admitida, aunque a regañadientes. Según una anécdota contada muchas veces, poco después de la publicación de este libro, una dama victoriana le comentaba a una amiga: “querida, esperemos que el señor Darwin esté equivocado, pero si no lo está, esperemos que no se entere todo el mundo”.

Sin embargo, hoy podemos estar seguros de que los chimpancés y los humanos tuvimos un antecesor común en un pasado reciente (en términos paleontológicos). La fecha exacta es incierta, pero el consenso entre los expertos se inclina en la actualidad por unos seis millones de años ¿Cómo podemos estar tan seguros? Las pruebas que tenemos son indirectas, ya que no podemos viajar al pasado y grabar un video para ver lo que pasó. No obstante, las pruebas son abrumadoras y no hay nadie en la actualidad que desafíe seriamente esta idea, con excepción de algunos grupos religiosos fundamentalistas. Esta certeza se basa en tres tipos de argumentos.

Primero. La anatomía comparada muestra muy claramente que los humanos somos muy similares a los chimpancés, variando sólo en pequeños detalles, como las proporciones de brazos y piernas, la ausencia de pelo, la posición erguida y el tamaño del cerebro. Si un científico extraterrestre se encargara de ‘clasificarnos’ nos colocaría cerca del chimpancé, tal como hizo Linneo; quizás no dentro del mismo género, pero bastante cerca.

Segundo. El registro fósil nos muestra que han existido formas intermedias entre el hombre y los demás simios, lo que confirma que las características humanas fueron adquiridas gradualmente, a lo largo de varios millones de años. Esta es una prueba muy importante a favor de Darwin, porque cuando formuló su hipótesis estos fósiles no habían sido descubiertos. Podría decirse que la aparición de tales fósiles era una predicción de la teoría evolutiva, la cual se ha cumplido plenamente aunque el registro fósil no sea tan rico y constante como nos gustaría.

Tercero. La Biología Molecular nos permite comparar muchos de nuestros genes con los de las demás especies, por lo que es posible medir el grado de parentesco evolutivo. El resultado coincide en general bastante bien con las expectativas de la zoología y la paleontología (aunque a veces hay ciertas discrepancias). Nuestros genes son muy parecidos a los del chimpancé y bastante (aunque en menor grado) a los de gorilas, orangutanes, etc… Hay que señalar que este tipo de evidencia es totalmente independiente de la que nos suministran los fósiles.

3 comentarios

Archivado bajo Animales, Evolución, Genes, Psicología

3 Respuestas a “De ‘Cheetah’ a ‘Lucy’ (1)

  1. roberasturias

    Desde el debate de 1860 entre Huxley y el obispo Wilberforce seguimos en lo mismo: frente a las evidencias científicas, la cerrazón de una fe mal entendida.

    Por cierto, la anécdota que cuentas ocurrió en este debate, y la dama victoriana era la mujer de un obispo, presente en este mismo lugar.

    Y una anéctoda más (contada mil veces, claro) del debate:

    – Por favor, profesor Huxley, contésteme: ¿Se considera usted descendiente de mono por parte de abuelo o de abuela?

    El auditorio prorrumpió en aplausos. Se dice que Huxley murmuró: “El Señor lo ha puesto en mis manos”.

    Perdona por la digresión.

  2. Uno podría pensar que con el paso de los años las evidencias (y realidades) científicas tienen que sobrepasar el peso de la religión. Pero desgraciadamente nos encontramos con estos debates aún en nuestros días.

    Si de admirar es el indudable aporte científico de Darwin, no lo es menos su capacidad para soportar las mofas y despropósitos de la gente con la que le tocó vivir. No le entendían o no lo querían hacer, pero se burlaban de él. El despropósito de aquellos días, aún tiene sus ecos hoy, no tenemos que ir más lejos de a un supermercado para ver la etiqueta del anís del mono.

    Saludos desde el cerebro

  3. Parasite,
    ya comenté contigo mi visión de estos asuntos, pero me reiteraré desde otro ángulo diciendo que si eso que dices es obviamente “un fenómeno” observable, lo suyo para “un científico” es considerarlo objeto de estudio y no “lamentarse” por su existencia. Supongo que podríamos “lamentarnos” por ejemplo de que el universo esté en expasión o que el Sol esté condenado…
    Incluso, estudiar ese fenómeno conjuntamente con los concatenados al mismo, como… precisamente… el deseo de los espíritus científicos de combatir los embates de la religión en su conjunto y en sus diversas manifestaciones. Es decir, estudiar… la lucha política que tiene lugar entre los contendientes para explicar tanto una cosa como la otra, en fin, el fenómeno en su conjunto.
    Sin duda, es lógico que para unos lo central sea combatir “contenidos” antinómicos. Y reconozco que para mí lo antinómico son el conjunto de los contendientes en este campo. Pero… just in case, por si alguno quisiera desertar y “sumarse” a una postura que sólo puede llamarse filosófica (en sentido literal me refiero), ahí lo vuelvo a sostener.
    Un saludo afectuoso.

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