Cinco amigos

Como cada mañana, Isaac se dirige a su trabajo por el bonito paseo peatonal jalonado de cedros que conduce a la Universidad. Siguiendo una costumbre muy arraigada, ha desayunado en un Café de estilo ‘jamaicano’, ladrillo visto y mobiliario entre rural y exótico, de los que han proliferado en la ciudad en los últimos años. Es una fresca y agradable mañana; el relativamente suave invierno de Madrid está llegando a su fin, como anuncian los cerezos en flor y las estridentes forsitias. Isaac aprieta el paso y comienza a anticipar mentalmente su jornada de trabajo. Tendrá que terminar el informe del Proyecto que ya debía haber entregado y enviar a publicar de una vez ese manuscrito que le trae a maltraer. En perspectiva se abre una dura, intensa, provechosa, inacabable y, al mismo tiempo satisfactoria semana de trabajo. Al llegar a su despacho se encuentra una nota de Ana, una de sus estudiantes pre-doctorales. “Te han estado llamando; parecía urgente.” Le dice. “No ha dejado ningún recado; volverá a llamar.” Ligeramente perturbado, entra en su despacho y enciende el ordenador. ¿Quién será? Ante la inutilidad de hacer cábalas, opta por revisar sus mensajes de correo electrónico. A los cinco minutos suena el teléfono e Isaac se apresura a contestar.

“Isaac, soy Alejandro.” “¿Alejandro?” “Sí, tío;¿ no te acuerdas de mí?” La voz suena inmensamente familiar y al mismo tiempo, lejana, como si viniera de un tiempo y un lugar remoto. “¡Claro, claro! ¡Alejandro! ¿Cómo estás?” “Yo, bien; ¿sabes lo de Félix y Jose Luis?”

¡Muertos! La noticia le deja anonadado. Hace cinco minutos se aprestaba a afrontar una nueva semana laboral y ahora le persiguen fantasmas del pasado.

Le sorprende no sentir ninguna emoción. Ni pena ni alegría, nada. Esto le hace sentirse incómodo y le lleva a una reflexión aun más incómoda ¿cómo ha podido olvidarse tan rápido de sus amigos? Eran inseparables en el Instituto y mantuvieron una estrecha relación durante los años de Universidad. De pronto, Isaac lo recuerda como si hubiera sucedido ayer. Al acabar las clases del último curso se fueron a cenar a aquel restaurante de la Dehesa de la Villa, para celebrarlo y despedirse hasta después de las vacaciones. Juraron que nunca perderían el contacto, y sin embargo eso es lo que sucedió casi de inmediato. “Han pasado veinte años” piensa Isaac, “y apenas he vuelto a acordarme de ellos”.

Alejandro aparece enseguida en un 4×4 rojo brillante; se baja de un salto y abraza a Isaac. Es evidente que se conserva en buena forma: delgado, rápido, desinhibido. “Tienes buen aspecto”, dice Isaac. “No puedo decir lo mismo” Contesta Alejandro, pero sonríe para paliar el efecto de la grosería que acaba de decir. Por el camino, Alejandro pone a su antiguo amigo al corriente de los trágicos acontecimientos, mientras conduce a una velocidad a todas luces excesiva. Las cosas les iban muy mal a los dos, aunque por razones bien distintas. José Luis se había hecho cargo del restaurante al morir sus padres. Como negocio iba estupendamente, pero esta actividad resultaba peligrosa para él. Siempre había sido un chico gordo, aunque esto no le había impedido llevar una vida más o menos normal. En el restaurante, la comida resultaba una tentación constante e irresistible. Después de todo era su trabajo; tenía que probar el género y asegurar la calidad de la cocina. Y las sobras; ¿cómo iba a tirar un solomillo de 60 euros el kilo? De forma lenta, pero imparable, José Luis fue ganado peso. Sólo serían 4 o 5 kilos al año, pero en 20 años pesaba 190 kilos. No es que fuera gordo. No es que fuera obeso. José Luis era una montaña humana. Naturalmente, esto afectaba a su vida en muchos aspectos. Tenía que dormir en un sofá porque en la cama se ahogaba con su propio peso. Tenía que ducharse sentado en una silla de plástico dentro de la ducha. Tampoco podía estar mucho tiempo de pie, porque sus articulaciones empezaban a protestar. Por supuesto, su vida sexual era inexistente. José Luis empezó a deprimirse. Paradójicamente, su restaurante iba viento en popa. Tal vez su extremada gordura era inapropiada para cualquier otro trabajo, pero resultaba ventajosa para éste. Sus clientes le trataban siempre con gran simpatía, mezclada también con algo de temor por encontrarse ante la presencia de un ‘monstruo’.

Por el contrario, Félix estaba prácticamente en los huesos y su problema no era la comida, sino la bebida. En los viejos tiempos Félix siempre estaba dispuesto a salir de copas y siempre era el último en retirarse. Además, el alcohol no parecía afectar demasiado a su conducta. Isaac no recordaba haberle visto, lo que se dice borracho, aunque no era nada raro que tuviera la lengua pastosa y los ojos enrojecidos. En todo caso, en aquella época no parecía que Félix tuviera un problema grave. De hecho, durante bastantes años se las arregló para compatibilizar una vida profesional exitosa como diseñador gráfico, con la ingestión de cantidades fabulosas de todo tipo de vinos y licores. Seguramente, el hecho de no tener que someterse a un horario de trabajo formal y de tener un círculo de relaciones algo bohemio, le permitió mantener una apariencia de normalidad que hubiera sido imposible en otro caso. Cuando Félix cumplió 38 años, su cuerpo comenzó a decir basta. Primero, le salieron unas horribles manchas rojas en la piel con aspecto de araña. A ello siguió un constante malestar estomacal y diarreas interminables. Más tarde, empezó a sentirse muy cansado a todas horas. Su relación con el alcohol también cambió; ahora cualquier cantidad le dejaba completamente incapacitado. Siempre se había retrasado algo en sus entregas, pero en esta fase le resultaba imposible trabajar y no tardó en perder a todos sus clientes. A estas alturas, Félix era muy consciente de que su hábito había ido demasiado lejos; el problema es que cuando intentaba dejarlo empezaban a sucederle cosas realmente horribles: temblores incontrolables, voces extrañas y una espantosa sensación de angustia.

José Luis le ayudó mucho. Era el único de sus antiguos amigos que no se había desvanecido en el aire. Fue José Luis quien le llevó al hospital prácticamente inconsciente y quien le ingresó en un centro de desintoxicación y quien le dio un trabajo caritativo en el restaurante. Seguramente, ayudando a su amigo José Luis se sentía útil y paliaba así sus propios problemas. Sin embargo, la única solución conocida para el alcoholismo es la abstinencia total, y esto no parecía estar al alcance de Félix. Los dos últimos años habían sido una sucesión de recaídas y vueltas-a-empezar. Así hasta el viernes pasado, cuando Félix y José Luis se salieron de la carretera en un puerto de montaña y se precipitaron a un vacío de 30 metros. “¿Se sabe quién conducía?” pregunta Isaac. “Creo que Félix.” “¿Había bebido?” “Por supuesto.” “¿Accidente o suicidio?” “Qué importa ya.”

El tanatorio está poco concurrido a estas horas y no resulta difícil encontrar la sala donde están los cadáveres. A Isaac, aficionado al humor negro, los tanatorios siempre le han recordado a los aeropuertos: los monitores anuncian la sala de embarque y la hora a la que partirá el último viaje del finado. Encuentran a algunos familiares y a algún empleado del restaurante. Han tenido suerte: están a punto de realizar la incineración. La pequeñez de la comitiva hace la situación aun más patética. Los empleados de la funeraria tienen que hacer un esfuerzo sobrehumano para levantar el féretro de José Luis. En ese momento, Alejandro cree reconocer a un individuo que se aleja furtivamente. Corre tras él y le sujeta del brazo. “¡Enrique! Ya te querías escapar de nosotros.” El gesto envarado de Enrique indica que eso es exactamente lo que estaba tratando de hacer. Sin embargo, cuando Alejandro e Isaac le saludan con efusión, éste parece genuinamente contento. Tras unas frases convencionales, Alejandro propone ir a comer al restaurante de la Dehesa de la Villa que frecuentaban veinte años atrás, y así recordar viejos tiempos. Enrique parece un poco incómodo pero no se atreve a decir que no. Alejandro insiste: “Tenéis que contarme todo lo que habéis hecho estos años. Vamos. Tenemos mucho de que hablar.”

Para Alejandro, acabar la Universidad fue una verdadera liberación. La monótona sucesión de clases, semestres y exámenes le resultaba insoportable. Con una mochila, billetes de avión abiertos y algo de dinero, se lanzó a recorrer el mundo. En Afganistán estuvo a punto de ser asesinado por un marido celoso; subió al Kilimanjaro en medio de un ataque de malaria y tuvo un inolvidable encuentro con un oso ‘grizzlie’en California. Nunca miró atrás ni echó de menos su ambiente. Cuando se le acabó el dinero y tenía casi agotadas las hojas de su pasaporte, supo que era el momento de volver. Viajar se había convertido en una rutina. De vuelta en España, se puso a trabajar como monitor de deportes de riesgo. Esquí libre, puenting, barranquismo… En su primera expedición al Himalaya estuvo a punto de perder una pierna por congelación. Eso fue un aviso. La perspectiva de quedar impedido para siempre le asustó; tal vez era lo único que podía asustarle. Decide aprovechar su experiencia y montar su propia agencia de viajes especializada en turismo de aventura. Empieza de cero y tiene que hacer de todo, pero eso es precisamente lo que le gusta. El tiempo y el lugar han resultado propicios y su empresa empieza a crecer y crecer. Nuevos retos: la atracción del negocio, el mercado, el beneficio. El dinero está bien, pero no es lo más importante. Lo que le gusta es el riesgo. Es una sensación menos física que hacer rafting por el Bio-Bio, pero igualmente excitante. Naturalmente, en estos veinte años ha tenido más multas de tráfico y más aventuras sexuales de las que puede recordar.

La historia de Isaac es bien distinta. Para él la Universidad fue un fácil paseo, si acaso demasiado fácil. Se merendó los cinco cursos de Ciencias Físicas sin pestañear. Sus frecuentes juergas y salidas nocturnas no le impidieron acabar con un expediente cuajado de matrículas de honor. Al acabar, el cuerpo le pedía más. Consigue una beca Fullbright para hacer la tesis en el prestigioso Instituto de Tecnología de Massachussets. Los tres primeros meses son de relativa zozobra. Tiene que acostumbrarse al inglés y, por primera vez en su vida, se pregunta si esto le vendrá demasiado grande. La respuesta es que ni grande ni pequeño: como un traje a medida. No es un paseo militar, como sus estudios en Madrid, pero tampoco le resulta difícil. Al final se gradúa con honores y en el momento de partir le conocen por su nombre todos los camareros de Harvard Square. ¿Y luego? Podía haber encontrado trabajo en una universidad americana, pero no acaba de acostumbrarse al modo de vida de ese país y opta por volver a la Complutense. En conclusión: no puede quejarse. Las cosas le van bien, o al menos todo lo bien que pueden ir. A veces se arrepiente de no haberse quedado en USA. Su trabajo en España está lastrado por mil factores invisibles: la inercia del sistema, el desinterés de sus estudiantes, el alejamiento de los ‘círculos de poder’ de la ciencia…

Enrique era, con diferencia, el más tímido y retraído del grupo. Ya en el colegio le resultaba muy difícil desenvolverse en las fiestas de cumpleaños y, no digamos, en los campamentos de verano, a los que le obligaban a ir y que él odiaba con todas sus fuerzas. No obstante, a los veinte años, en un ambiente de camaradería y arropado por su grupo de amigos juerguistas, este aspecto de su personalidad pasa casi desapercibido. Sin embargo, el tema chicas lo lleva fatal. El temor a ser rechazado es tan fuerte que le impide afrontar una cita en condiciones. Al acabar la carrera, Enrique decide concentrarse en lo que le parece el objetivo principal de su vida: asegurarse el porvenir haciéndose funcionario. A ello se pone, encerrándose 60 horas semanales para preparar una oposición a inspector de Hacienda. Tres años estudiando no le resultan un castigo muy duro, comparado con el maravilloso premio de tener un trabajo asegurado de por vida. Aprueba con un excelente número y pronto adquiere fama de trabajador metódico y eficaz. Siempre parece estar de mal humor y manifiesta una hostilidad contra el mundo en general y contra los defraudadores en particular. Dado que estas son cualidades deseables en un inspector de Hacienda, empieza a vislumbrar una buena carrera en la Administración. Sin embargo, un pequeño incidente frustra estas expectativas. En un momento dado, decide empapelar a un ‘pez gordo’ cuyas actividades delictivas son más que evidentes. En una semana negra tiene que afrontar presiones de sus superiores, anónimos amenazantes y una campaña de calumnias en marcha. Demasiado para Enrique, el cual opta por un destino eminentemente técnico sin apenas responsabilidad.

Los tres brindan por la memoria de sus amigos muertos y se prometen que volverán a verse pronto (aunque esta vez ya todos saben que no lo harán). Alejandro vuelve a llevar a Isaac a la Universidad; Enrique ha insistido en tomar un taxi. Cuando se despiden, y ya a punto de reintegrarse en su vida cotidiana, un pensamiento asalta la cabeza de Isaac. Los cinco fueron al mismo colegio y compartieron multitud de experiencias y valores; ¿qué fuerza misteriosa les hizo tan diferentes y de una manera tan consistente? Por desgracia, sus extensos conocimientos de Física cuántica y Matemáticas no le permiten, ni remotamente, contestar a esta pregunta.

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2 comentarios

Archivado bajo Genes, Inteligencia, Psicología

2 Respuestas a “Cinco amigos

  1. Realmente de tango y contundente como estos. Lo bueno es que su lectura lleva a pensar si no en las causas si en el contexto que las hace fructiferas…

  2. Omar L.

    mmmm…. me trae mucha nostalgia el otro dia me encontre con un compañero de colegio, y se nota q no es el mismo que conociste cuando niño… mmm, bueno seguramente todos los sentimientos tengan explicaciones cientificas, pero lo cierto es que no es lo que nos llega… lo que nos llega es la vivencia y no la explicacion…

    por mucho que sepamos que nos sentimos triste por falta por ejemplo de endorfinas o lo que sea, nos sentimos tristes igual…

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