Archivo diario: 1 marzo , 2008

¿A quién beneficia que la inteligencia sea heredable?

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Uno de los argumentos empleados por los ‘ambientalistas’ más fervientes reza más o menos así: incluso si fuera cierto que el CI está condicionado por los genes, esta información no debería hacerse pública ya que podría emplearse para justificar la discriminación; los científicos que han hecho estos trabajos son terriblemente ingenuos al pensar que dicha información no es un bomba en manos de desaprensivos. La cuestión es: ¿a quién beneficia que la inteligencia sea heredable?

Así planteada, la pregunta pone el dedo en la llaga de la cuestión. En principio, lo que los científicos tratan de hacer es ‘averiguar cómo son las cosas’, independientemente de a quién beneficien o perjudiquen. Se supone, por lo tanto, que la información beneficia a todo el mundo y que siempre es mejor saber que no saber. ¿Es eso cierto? ¿Sería mejor no saber algunas cosas? Se trata de un argumento filosófico que tiene profundas implicaciones sociales y morales. Y creo que el argumento tiene un punto de razón y que debería, al menos, ser considerado. Sería posible declarar una moratoria sobre este tipo de estudios, al menos hasta que la Humanidad hubiera evolucionado lo suficiente en un sentido moral. Sin embargo, esto puede plantear problemas peores que los que trata de resolver ¿Qué ‘organismo’ sería el encargado de decretar el ‘embargo intelectual’ de ésta (y posiblemente otras) áreas de conocimiento?

No se trata de Ciencia-Ficción: esto ha llegado a proponerse seriamente. Sin embargo, no puede descartarse que, una vez puesto en marcha, este ‘organismo’ se convirtiera en una especie de Inquisición en un sentido bastante literal, ya que justamente la Inquisición se encargaba de este tipo de cosas. Recordemos el lío en que se metió Galileo Galilei por afirmar que la Tierra se mueve. Los beneficios sociales de ‘no investigar ciertas cosas’ quizá serían mucho menores que los costes de vivir bajo el dominio intelectual de una especie de ‘Gran Hermano’.

La alusión a la famosa novela de George Orwell es oportuna. Todo el mundo sabe que el ‘Gran Hermano’ es un trasunto del dictador Josef Stalin y eso es exactamente lo que hizo Stalin, abolir por decreto la Teoría darwinista de la Evolución y apoyar institucionalmente una versión de la Teoría de Lamarck, parcheada por un oportunista sin escrúpulos llamado Trofim Denisovich Lysenko.

Lysenko era un oscuro profesor de agronomía interesado en mejorar los rendimientos en el cultivo del trigo. En 1927 publicó un (aparentemente) revolucionario sistema para manejar las cosechas, basado en sembrar semillas de trigo que habían sido sometidas a bajas temperaturas. Lysenko llamó a este fenómeno ‘yarovizatsiya’ (vernalización). Nada raro hasta ahora, excepto el hecho de que el descubrimiento lo había realizado otra persona. Sin embargo, Lysenko fue mucho más lejos. Estos someros datos le llevaron a re-interpretar la Teoría de la Evolución y la Genética. Según Lysenko, Darwin y Mendel estaban equivocados: son las condiciones ambientales las que determinan la evolución. Los caracteres que observamos en los seres vivos son producto de su ambiente. Evidentemente, esto ‘tocaba un tecla’ en el régimen Stalinista. La teoría de Darwin fue condenada por ‘burguesa’, incluso la genética desapareció de la Unión Soviética y muchos afamados investigadores desaparecieron en los gulags. Esto causó un daño considerable a la Biología en Rusia, aunque hay que reconocer que esto es una gota de agua en el océano de horrores que fue la dictadura estalinista. Si hay que elegir entre que la ‘información peligrosa’ fluya libremente o que esté bajo el control de un ‘inquisidor’, la respuesta es clara: la información siempre es menos peligrosa que los inquisidores.

Con todo, decretar una moratoria sobre el tema es un solución intelectualmente más honrada que la de negar la posibilidad de que los genes influyan en el CI, en contra de una evidencia experimental bastante considerable a estas alturas. De todas formas, el núcleo de la cuestión es otro. La ética debe basarse en principios, no en hechos empíricos. Que todos los humanos sean merecedores de derechos y de una consideración digna, es una cuestión de principio; no se justifica porque los humanos sean o no, de determinada manera.

Está muy claro que nadie va a beneficiarse por el hecho de ignorar la evidencia y pretender que los genes no tienen ninguna influencia sobre la inteligencia humana. Es mucho mejor aceptar que cada persona es diferente y que posee talentos innatos, aunque cada cual tendrá que trabajar para desarrollarlos. Eso implica también que el talento puede estar desigualmente repartido, igual que la estatura y la belleza. El declarar que los humanos somos iguales no equivale a afirmar que seamos idénticos, sino que deberíamos ser iguales ante la ley. Justamente, el reconocer que los humanos tenemos diferentes capacidades y necesidades es un requisito imprescindible para todo el mundo pueda recibir un trato equivalente. En la práctica, esta línea de pensamiento nos llevaría a aceptarnos como somos y aceptar a los demás aunque no sean absolutamente perfectos. Al fin y al cabo, todos somos hijos de Eva (mitocondrial).

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