Archivo diario: 23 febrero , 2008

las chicas guapas piden la Luna

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La cuestión del “dimorfismo psicológico”, esto es, que algunas diferencias entre hombres y mujeres relativas a inclinaciones o capacidades puedan tener origen biológico, ha sido tratada varias veces en este blog (https://pablorpalenzuela.wordpress.com/2007/12/14/escasez-de-mujeres-y-mercado-matrimonial/). Invariablemente ha generado controversia (aunque siempre civilizada y razonada, es verdad). Vuelvo a la carga para comentar el último trabajo de David Buss (Buss, 2008), uno de los pioneros en los estudios sobre este tema desde el lado de la psicología evolucionista.

Para evitar polémicas (aunque supongo que esto es imposible) permítanme decir algunas cosas obvias. Evidentemente, las diferencias de género son siempre de naturaleza estadística, por lo que no nunca está justificado generalizar (“las mujeres son…o los hombres son…”). Las diferencias son, en realidad, pequeñas cuando las comparamos con las semejanzas (nuestra especie no procede de Venus ni de Marte, sino de África). Evidentemente, el “condicionamiento” social existe y es difícil separar éste de los posibles factores biológicos. Evidentemente, el discurso “biologicista” ha sido empleado interesadamente para justificar el “status quo” y no voy a negar que las mujeres han sufrido (y sufren) discriminaciones injustas.

Sin embargo creo que existen buenas razones para afrontar la cuestión de las diferencias de género. En primer lugar está mi profunda convicción de que “no hay nada sagrado” y que todo lo que sea abordable experimentalmente debe someterse a los rigores del escrutinio de la evidencia empírica. En segundo lugar, creo que los “hechos” no tienen por qué condicionar nuestros “valores” y cualquier cosa que nos diga la biología (si es que llegamos alguna conclusión) no va a dictaminar qué es y qué no es moralmente correcto. Ya somos mayorcitos. No pasa nada por reconocer que somos (algo) diferentes (si consideramos que la evidencia es concluyente).

El trabajo en cuestión parte de un hecho que el autor considera suficientemente probado: que los principales criterios de elección de pareja en los hombres son el aspecto físico y la edad de las potenciales parejas. En cambio, las  mujeres parecen tener criterios de elección más complejos (y ciertamente, más juiciosos), tales como inteligencia, sentido del humor, estatus, buen carácter y… sí, también aspecto físico. De nuevo, no quiere decir que estas cosas tengan importancia cero para todos los hombres, sino que para la mayoría de los tíos, el aspecto físico es tremendamente importante y para la mayoría de las mujeres, no tanto. Ante la posible avalancha de críticas, voy a refrenar cualquier opinión personal y limitarme a citar algunas referencias bibliográficas sobre el tema (Botwin et al., 1997; Buss, 1989; Buss and Schmitt, 1993; Buss, 1995, 2000; Hill, 1945).

La pregunta que intenta contestar Donald Buss es simple: si la belleza femenina es de capital importancia, cabe pensar que las mujeres que puntúen “alto” en este capítulo deberían ser más exigentes en cuanto a las características de sus potenciales parejas. Para contestar a esta pregunta,  este investigador seleccionó un panel de aproximadamente 100 mujeres, que llevaban casadas menos de un año y, mediante una extensa serie de cuestionarios y entrevistas, estimó concienzudamente cuáles eran los criterios que empleaban las mujeres para seleccionar una posible pareja (evidentemente, los habían puesto en práctica recientemente, así que debían tener el tema bastante fresco). Estos indicadores se clasificaron en cuatro categorías: 1) Posibles indicadores de “buenos genes”, como masculinidad, buen tipo, forma física e inteligencia; 2) posibles indicadores de “recursos”, como capacidad económica, nivel de estudios o ambición; 3) posibles indicadores como “buen padre”, como afabilidad, inteligencia y estabilidad emocional o interés por los niños; y 4) posibles indicadores como “buen compañero”, tales como lealtad, devoción y demostraciones de afecto.

Por otra parte, un panel independiente de hombres evaluó la belleza física de las participantes, con la finalidad de buscar correlaciones entre los criterios expresados respecto a los requisitos de la pareja potencial y las puntuaciones obtenidas por las mujeres. Los resultados fueron bastante elocuentes (aunque tal vez, algo predecibles). En la mayoría de los criterios considerados como deseables se encontró una correlación con el atractivo físico de la mujer. La explicación, obvia, es que las mujeres físicamente atractivas son conscientes de su alto estatus en el mercado matrimonial y, consecuentemente, sólo se conforman con parejas que tengan características muy deseables (con arreglo a sus criterios).

Hay que decir que este no es el único estudio que se hecho sobre este tema y, en general, parece haber resultados coincidentes. Lo que sí era nuevo en este trabajo es que la evaluación del atractivo físico de las mujeres lo hacía un panel externo (en otros estudios se daba por buena la propia opinión de la interesada).

Una de las pocas características deseables que no mostró una correlación positiva fue la “inteligencia”, a pesar de que se supone que dicha característica constituye un excelente indicador de “buenos genes”. Ojo, este resultado no quiere decir que las mujeres atractivas no la valoren; quiere decir que no lo hacen en mayor medida que las mujeres menos atractivas. La interpretación de este hecho es difícil, según los propios autores. Así pues, me voy a atrever a sugerir una posible explicación: es probable que las mujeres menos atractivas rebajen sus estándares con respecto a muchas de las características consideradas como deseables, excepto en el caso de la inteligencia. Esto podría significar que la inteligencia no es negociable. Pase que el marido no sea guapo ni famoso pero, por favor, que no sea un imbécil (esta idea no está apoyada por ninguna evidencia experimental, obviamente).

La conclusión (que posiblemente ya sabíamos antes de leer el artículo):

Las chicas guapas piden la Luna (y hacen bien).

Botwin, M.D., Buss, D.M., and Shackelford, T.K. (1997) Personality and mate preferences: five factors in mate selection and marital satisfaction. J Pers 65: 107-136.

Buss, D.M. (1989) Conflict between the sexes: strategic interference and the evocation of anger and upset. J Pers Soc Psychol 56: 735-747.

Buss, D.M., and Schmitt, D.P. (1993) Sexual strategies theory: an evolutionary perspective on human mating. Psychol Rev 100: 204-232.

Buss, D.M. (1995) Psychological sex differences. Origins through sexual selection. Am Psychol 50: 164-168; discussion 169-171.

Buss, D.M. (2000) Desires in human mating. Ann N Y Acad Sci 907: 39-49.

Buss, D.M. (2008) Attractive women want it all: good genesecominc investment, parenting proclivities, and economical commitment. Evolutionary Psychology 6: 134-146.

Hill, R. (1945) Campus values in mate selection. Journal of Home Econmics 31: 772-775.

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