Equilibrio puntuado y Evolución del Lenguaje

 

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A finales del siglo XIX, el lingüista August Schleicher propuso la idea –tomada directamente de Darwin- de que los idiomas evolucionaban de forma parecida a las especies de seres vivos. Sin duda, se trata de una idea terriblemente atractiva, casi podríamos calificarla de “romántica”. En cambio, a los lingüistas (ortodoxos) nunca les ha hecho demasiada gracia. Es bien conocido que en 1866, la ‘Societé de Linguistique de Paris’ prohibió a sus miembros investigar, o incluso discutir sobre los orígenes del lenguaje. Al parecer, los venerables directores de esta venerable institución consideraron que el tema era, al mismo tiempo, imposible de investigar y terriblemente atractivo, por lo que pensaban que sólo podía engendrar ‘especulaciones inútiles’ entre sus miembros.

 

Pese a la polémica, las comparaciones entre la evolución de los genes y la evolución de las lenguas han sido un tema recurrente en las últimas décadas, debido –en buena parte- a los trabajos de Joseph Greenberg y Luca Cavalli-Sforza (Cavalli-Sforza et al., 1994). En los años sesenta del pasado siglo, el lingüista norteamericano Greenberg propuso una controvertida clasificación de las familias de lenguas de América y Africa. Greenberg reprochaba a sus colegas el ser excesivamente conservadores a la hora de estimar el posible origen común entre lenguas distantes. Por ejemplo, en el caso de América (Greenberg, 1987), propuso tres familias de lenguas: la amerindia (que comprende la mayoría de los idiomas de los nativos americanos del Norte y del Sur), la Na-Dene y la Esquimo-Aleutiana (estas últimas sólo se hablan en puntos de Canadá, Alaska y el suroeste de USA). La polémica se debía a que la mayoría de los lingüistas no reconocía el origen común de las lenguas amerindias (sí de las otras familias). Sin embargo, estudios genéticos (posteriores a Greenberg) han demostrado que todos los indígenas que hablan esta familia de lenguas tienen un origen genético común y son descendientes de uno (o pocos) grupos no demasiado numerosos que cruzaron el estrecho de Behring hace unos 12.000 años (Wallace and Torroni, 1992). Por tanto, es muy probable que esta población fundadora hablase una sola lengua, lo que apoya la teoría de Greenberg. Sin embargo, sus detractores no niegan esta posible origen común, lo que niegan es la validez de los métodos lingüísticos para aseverar dicho origen.

 

En cualquier caso, parece claro que “genes” y “lenguas” pueden proporcionar información valiosa sobre nuestro pasado remoto, con la importante ventaja de que ambas fuentes son completamente independientes, por lo que los resultados podrían “validarse” (hasta cierto punto) entre una y otra. Obviamente, ambos métodos tienen limitaciones y no todo el mundo está de acuerdo con las conclusiones (particularmente en el caso de las lenguas).

 

Dado lo controvertido del tema, confieso que me ha impresionado el artículo que se publicó recientemente en Science por el equipo que dirige Mark Pagel, de la universidad de Reading, en Reino Unido (Atkinson et al., 2008). En él, no sólo da por buena la idea de que las lenguas evolucionan de forma similar a las especies de seres vivos, sino que se mete de lleno en otra de las más vivas polémicas de la biología evolutiva: la teoría del equilibrio puntuado. Según esta teoría, propuesta por Niles Eldredge y Stephan Jay Gould (Eldredge and Gould, 1997), las especies no evolucionan de forma continua sino en cortos periodos de rápido cambio, seguidos por largos periodos de “estasis” en las que prácticamente no se produce cambio alguno. La teoría ha recibido críticas de varios autores, particularmente Richard Dawkins y Daniel Dennett (pero este tema supera los límites del presente post, así que habrá que dejarlo para otro día).

 

La principal conclusión del trabajo de Science es que los lenguajes evolucionan también de forma “puntuada”, es decir, la mayoría de los cambios se producen en periodos relativamente cortos adyacentes a los “nodos”, o sea, a los puntos de divergencia entre dos lenguas. Para llegar a esta conclusión, los investigadores construyeron primero “árboles filogenéticos” en varias familias de lenguas, en particular la familia indoeuropea, la austronésica y la bantú. Dentro de estas tres familias, la topología del árbol, es decir, la manera en que se conectan las diferentes ramas está bastante clara. Posteriormente analizaron si los cambios de vocabulario se producían cerca de los nodos o no. La hipótesis resultó ser correcta: la mayoría de los cambios tenían lugar cerca de los puntos de ramificación. De manera que las lenguas, según los autores, tendrían una tendencia general a divergir (en su vocabulario esencial) en una primera fase de formación, para luego entrar un periodo de relativa estabilidad, donde la divergencia es más lenta. Los autores achacan este hecho al deseo de los hablantes de una lengua recién surgida a afirmar su identidad de grupo, haciendo patente las diferencias con la lengua de la que proceden. Serían pues, razones culturales e incluso “políticas” las responsables.

 

Sin duda, se trata de un trabajo extremadamente interesante y provocador. Parte de la “transgresión” se debe a que sus autores proceden de la biología y de la bioinformática y no de un departamento de lingüística pura y dura (aunque tienen una larga experiencia en el estudio de la evolución del lenguaje). Conviene mencionar que desde el punto de vista de un bioinformático, la evolución de las secuencias de DNA y la evolución del las palabras son problemas muy, muy relacionados. Aunque tal vez los lingüistas ortodoxos no estén muy de acuerdo. Como se sabe, la cuestión de las “tribus académicas” sigue siendo un material inflamable. También hay que decir que el trabajo es tan conciso que realmente no hay forma de saber cómo están hechos los análisis. Habrá que esperar para saber si este punto de vista acaba siendo aceptado o no.

 

En todo caso, la explicación de los autores coincide con la idea intuitiva y generalmente aceptada de que el lenguaje constituye una de las principales señas de identidad de los grupos humanos: Si no hablas como nosotros no eres uno de los nuestros.

 

Atkinson, Q.D., Meade, A., Venditti, C., Greenhill, S.J., and Pagel, M. (2008) Languages evolve in punctuational bursts. Science 319: 588.

Cavalli-Sforza, L.L., Menozzi, P., and Piazza, A. (1994) The History and Geography of Human Genes: Princeton University Press.

Eldredge, N., and Gould, S.J. (1997) On punctuated equilibria. Science 276: 338-341.

Greenberg, J.H. (1987) Language in the Americas: Stanford University Press.

Wallace, D.C., and Torroni, A. (1992) American Indian prehistory as written in the mitochondrial DNA: a review. Hum Biol 64: 403-416.

14 comentarios

Archivado bajo Evolución, Lenguaje

14 Respuestas a “Equilibrio puntuado y Evolución del Lenguaje

  1. El rano verde

    A pesar de que el cladograma es espantoso y tiene bastantes errores de bulto (no tienes más que ver la posición relativa del portugués y el resto de las lenguas peninsulares) , la idea es interesante.

    Pero ojo, con muchos matices. Está claro que las lenguas evolucionan, y que conceptos como el equilibrio puntuado o la deriva genética son perfectamente aplicables. Pero los marcos evolutivos son distintos.

    Me explico. Un tiranosaurio perfectamente adaptado a su medio puede evolucionar muy poco si ese medio ambiente no cambia, pero en el marco de las sociedades humanas desde hace 40.000 años el medio social está en constante cambio, y ninguna lengua conocida (ni siquiera el vasco) deja de evolucionar constantemente. El equilibrio puntuado lingüístico habría que entenderlo como aceleraciones y desaceleraciones dentro de un proceso de cambio constante, mucho más rápido que a escala biológica.

    No hay más que ver la cara del abuelo cuando le empiezan a hablar de ipod, bluethoot, factory, messenger y demás jerga. Claro, que él también te puede contar lo que era una senara, un trillo o una romana. 🙂

  2. Sólo una aclaración, el cladograma no tiene nada que ver con el artículo de Science. Lo he puesto aquí como mera ilustración.
    Evidentemente, las lenguas evolucionan a su paso, generalmente más rápido que las especies de seres vivos, pero no siempre. P.e. la evolución de algunos virus puede ser muy rápida.
    Un saludo

  3. aloe

    Parece claro que cualquier proceso evolutivo, tomado en abstracto, tiene leyes comunes con los demás. Mientras haya “descendencia con modificación”, y algún criterio en marcha que privilegie algunos cambios sobre otros. Me parece.
    En muchas otras cosas, los procesos de evolución cultural y los biológicos han de ser distintos, por la razón de que el “lamarckismo” sí es cierto en el cambio cultural, por decirlo metafóricamente. Un pueblo puede perder su lengua y adoptar otra traída por pueblos geneticamente distantes, sin mayor problema (es decir, con problemas de aculturación, pero sin más obstáculos que la resistencia cultural). Las lenguas pueden “hibridarse” de maneras mucho más flexibles que los genomas. E incluso surgir casi “ex novo” en dos generaciones, a partir de cualquier colección rudimentaria de retazos.
    Hace años leí algunos textos de Cavalli-Sforza sobre el tema, y creo que no prestó suficiente atención a esto, que limita bastante las conclusiones que saquemos sobre la genealogía de las poblaciones, en ausencia de datos históricos sobre ellas. Recuerdo haberlo pensado en sus esquemas o mapas sobre Europa, donde las lenguas indoeropeas reinan casi sin competencia, a pesar de que son posteriores a las poblaciones, pues el indoeuropeo no debe tener mucho maś de 6000 años y su expansión europea mucho menos. En la península iberica, por ejemplo, hace dos mil años debían hablarse mayormente lenguas no indoeuropeas, (ninguna lo era salvo las célticas), cuyas familias han desaparecido (aunque algunas estarían emparentadas con familias que subsisten hoy). Lo mismo debía pasar en otras partes de Europa. Como sé muy poco de historia no europea, me temo que pase lo mismo con sus mapas de otras regiones del planeta.
    Aun así, es un tema precioso y muy interesante.
    Y aun así, es asombroso el grado de pervivencia cultural de rasgos identificables que permitan (a veces) hacer árboles genealógicos de miles de años con datos solo culturales.
    De la cultura humana, tan asombroso es cuánto puede durar y pervivir sin más base que la tradición cultural como lo rápido que puede cambiar. Probablemente el lenguaje es un ámbito privilegiado para visualizar esto, puesto que es universal, tiene una tendencia a conservarse tan fuerte por ser tan imprescindible, y en gran medida no lo hace por voluntad deliberada de los hablantes, sino como parte de la socialización temprana de los niños. Yo creo que hay otros rasgos culturales que tienden a pervivir, aunque sea medio sumergidos, mucho más de lo que creemos, aunque sean mucho más difíciles de distinguir en el embrollo que es la cultura humana.

  4. Tienes razón. De hecho, los datos genéticos indican que la población europea actual es, en su mayor parte, descendiente de los habitantes del Paleolítico. Obviamente, han sido gentes de otras tierras los que han traído muchas cosas, como la agricultura /lenguas diferentes.
    Por cierto, algunos investigadores creen que es posible “rescatar” algunas palabras de la lengua original de los humanos (otros no están de acuerdo en absoluto). Según los primeros, la palabra “dedo” era “tik”.

  5. aloe

    Una lengua común a todos los humanos sapiens deberia remontarse al menos cien mil años. No me lo creo, simplemente. He leído elucubraciones más o menos bien fundadas sobre raíces comunes a las lenguas amerindias y sus parientes asiáticas (eso del grupo “nostrático” que creo que es invento de Cavalli-Sforza). Eran bastante tenues, discutibles y limitadas a unas pocas palabras, y se remontarían, por lo que sabemos, a unos quince mil años o como mucho algo más. De ahí a cien mil años va mucho.
    Me llama la atención por qué se buscan las raíces comunes de las palabras, cuando la sintaxis cambia menos que el vocabulario. Parecería más lógico buscar aspectos comunes de la sintaxis, que tienen que haber pervivido más.
    O no. Alguna razón debe haber. Quizá la propia arbitrariedad del significado de las palabras da pistas más fiables que las semejanzas sintácticas, que al fin y al cabo pueden ser convergencias, ya que el repertorio de reglas sintácticas puede estar mucho más determinado genéticamente y no tener esa variabilidad exuberante de los lexicos. Me suena haber leído que las palabras susceptibles de haber sido onomatopéyicas en su origen, se consideran pistas menos fiables (como “mamá” o “ay”), por la probabilidad de que las semejanzas sean sólo convergencias. Quiźa sea el mismo problema.

  6. Hay aspectos en los que las lenguas pueden evolucionar como las especies: el aislamiento geográfico, la deriva, incluso la selección, ya que nuevas situaciones seleccionan nuevos conceptos y una sociedad compleja hace posible una cultura que requiere una sintaxis compleja. También los préstamos entre lenguas pueden ser similares a genes que saltan de una bacteria a otra en plásmidos.

    Pero lo que se dice de equilibrio interrumpido se puede explicar como en las especies, en situaciones ambientales muy cambiantes. Todas las lenguas cambian aleatoriamente, como por mutaciones. La llamada “ley de Grimm” afecta no a palabras sino a las consonantes en determinadas posiciones pero no lo hace por nada determinado. “Pater” dio “Fater” en las lenguas germánicas, pero no en las latinas o célticas. Sólo que aquí no hay selección sino simple deriva.

    Y esos procesos de cambio serán más rápidos en periodos de turbulencias, cuando las tradiciones culturales quedan rotas. El español no ha variado apenas desde que se fijó una norma escrita y hay unas clases cultas que mantienen la norma. Pero cuando el latín dejó de ser la lengua de una minoría culta y gobernante cada lugar sufrió su propia evolución.

    Al final se añade esa característica de marcado de grupo de la lengua. Tenemos que en la Hispania romana se debió de hablar un latín vulgar más o menos homogéneo, quizá influido por las zonas de Italia de donde procedían los romanos colonizadores o por las lenguas del substrato prerromano. Pero, por ejemplo, los grupos consonánticos cl o pl evolucionaron de forma distinta en diferentes regiones, clavis dio chave, llave o clau, planum o pluvia dieron chao, chuva, llano, lluvia o pla, pluia. Y así con otros casos fonéticos y algunos gramaticales. Pero dejan de ser dialectos del latín vulgar cuando dejan de ser mutuamente inteligibles o pasan a ser unas normas diferenciadas que exigen que pronuncies de una manera y no de otra.

    Pero no me creo que sea fácil ir hacia atrás y reconstruir el pasado. Con el indoeuropeo tenemos textos de miles de años, como los hititas o los micénicos y se puede saber algo, pero con lenguas sin escritura no creo que se pueda.

    surscrd

  7. Olmo

    Estoy de acuerdo en que un proceso relativamente similar al de la evolución de las especies se aplica a los lenguajes: el aislamiento y la separacion geográfica producen divergencias, mientras que la unión promueve la cohesión y la selección.

    En ese sentido posiblemente estemos ante el momento de mayor ‘unión geográfica’ con la llegada de internet o, en la unión europea, por aspectos políticos.

    Aún así, considerar la lengua como un ‘producto de mercado’ que ha de ser pulido y mejorado para hacerlo más atractivo es casi un sacrilegio.

    En mi opinión, ha llegado el momento de acicalar nuestra lengua (simplificando su ortografía), pues en mi opinión, internet no dejará lengua con cabeza :).

  8. Una diferencia importante es que en la evolución de las lenguas no hay nada parecido al concepto de “adaptación al medio ambiente” (¿o sí?). Las lenguas evolucionan más bien por dinámicas internas: un cambio en una parte de un idioma -cierta pronunciación, por ejemplo- obliga a los hablantes a modificar otra parte -para evitar ambigüedades-, pero la lengua no evoluciona para adaptarse a nada exterior a ella (bueno, hay que crear neologismos para nombrar entidades nuevas, pero un neologismo vale tanto como otro alternativo, no es una “adaptación” mejor).

    Esta diferencia puede producir, a su vez, importantes diferencias en la dinámica evolutiva.

  9. Hola Jesús,
    Totalmente de acuerdo. Creo que se debe considerar que la analogía entre evolución de genes y evolución de lenguajes es, más que nada, una metáfora.
    Por otro lado, la mayoría de los cambios en la secuencia del ADN son “neutrales” (ni mejoran ni empeoran la supervivencia/reproducción de quien los tiene). Al mismo tiempo, los cambios en el lenguaje no son exactamente aleatorios, sino más bien responden a causas complejas.
    Un saludo

  10. Creo que sí se puede hablar, al menos como analogía, de selección al crear conceptos. Los sinónimos serían mutaciones neutras pero claro que las lenguas avanzan.

    La gente de menor cultura apenas usa las subordinaciones. Y, verdaderamente, explicar el pensamiento de Aristóteles con 500 palabras sería complicado.

    Creo que la lengua sí debe adaptarse a lo exterior. Por ejemplo, cuando hablamos de si la derivada era algo existente o algo meramente nominal la idea iba por ahí. La realidad, la idea, la palabra, deben ir ligadas y si hay avance en el conocimiento es porque se descubren hechos nuevos que se expresan con conceptos nuevos y palabras nuevas. Y no sólo sustantivos sino formas gramaticales más complicadas.

    Fíjese la murga que da la idea de implicación material.

    Un saludo.

    surscrd

  11. Dedo=”tik” es, según Greenberg, común a sus familias amerindia y euroasiática, que incluye la indoeuropea. La familia nostrática es originalmente de Pedersen en 1903 y retomada por los lingüistas soviéticos Ilich-Svitych y Dolgopolsky (hoy israelí) en los años 60.

  12. Ups, no sólo en esas dos. En ocho familias de doce:

    >…As you no doubt noticed in your examination of Table 10, no less than eight of the twelve families show traces of tik ‘finger,one,’ namely, Nilo-Saharan (B), Niger-Kordofanian (C), Afro-Asiatic (D), Eurasiatic (G), Dene-Caucasian (H), Austric (I), Indo-Pacific (J) and Amerind (L).” ~Merritt Ruhlen, The Origin of Language, (New York: John Wiley and Sons, 1994), p. 115

  13. Hola Marzo,
    Según tengo entendido, la hipótesis del dedo viene de Merritt Ruhlen y se basa justamente en la similitud de la palabra en muchas familias de lenguajes. La mayoría de los lingüistas no aceptan ese tipo de aproximaciones. En cualquier caso, se trata de una especulación imposible de comprobar hoy por hoy.
    Un saludo

  14. Hola, Pablo.

    Confieso que mis comentarios anteriores han sido fruto de un recuerdo de haber leído lo de “tik” en un artículo de Investigación y Ciencia sobre las hipotéticas superfamilias lingüísticas, hace tal vez quince o veinte años, y algunos minutos de Google; yo no soy lingüista. Sé que la mayor parte de los profesionales no aceptan las hipótesis de los “euroasiticistas”, ni siquiera las de los nostraticistas, que son más conservadores (todo es relativo).

    Pero el argumento de Greenberg y Ruhlen y demás en favor de su método (primero se comparan lenguas para ver cuáles se parecen entre sí, para reconstruir los antepasados comunes hay que suponer primero qué lenguas son sus descendientes) no me parece en absoluto absurdo.

    Por cierto, respecto a la observación de Aloe de que la sintaxis cambia menos que el vocabulario: no estoy nada seguro. Yo no juraría que en las lenguas romances quede más sintaxis latina que vocabulario latino, o en el inglés más sintaxis anglosajona que vocabulario anglosajón; sin ir más lejos, en ambos casos se ha perdido casi toda la declinación (salvo en los pronombres personales y el genitivo sajón). O los tiempos verbales latinos (de los anglosajones no sé nada). También hay partes del vocabulario que cambian menos que otras.

    Saludos

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