Archivo diario: 20 febrero , 2008

Equilibrio puntuado y Evolución del Lenguaje

 

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A finales del siglo XIX, el lingüista August Schleicher propuso la idea –tomada directamente de Darwin- de que los idiomas evolucionaban de forma parecida a las especies de seres vivos. Sin duda, se trata de una idea terriblemente atractiva, casi podríamos calificarla de “romántica”. En cambio, a los lingüistas (ortodoxos) nunca les ha hecho demasiada gracia. Es bien conocido que en 1866, la ‘Societé de Linguistique de Paris’ prohibió a sus miembros investigar, o incluso discutir sobre los orígenes del lenguaje. Al parecer, los venerables directores de esta venerable institución consideraron que el tema era, al mismo tiempo, imposible de investigar y terriblemente atractivo, por lo que pensaban que sólo podía engendrar ‘especulaciones inútiles’ entre sus miembros.

 

Pese a la polémica, las comparaciones entre la evolución de los genes y la evolución de las lenguas han sido un tema recurrente en las últimas décadas, debido –en buena parte- a los trabajos de Joseph Greenberg y Luca Cavalli-Sforza (Cavalli-Sforza et al., 1994). En los años sesenta del pasado siglo, el lingüista norteamericano Greenberg propuso una controvertida clasificación de las familias de lenguas de América y Africa. Greenberg reprochaba a sus colegas el ser excesivamente conservadores a la hora de estimar el posible origen común entre lenguas distantes. Por ejemplo, en el caso de América (Greenberg, 1987), propuso tres familias de lenguas: la amerindia (que comprende la mayoría de los idiomas de los nativos americanos del Norte y del Sur), la Na-Dene y la Esquimo-Aleutiana (estas últimas sólo se hablan en puntos de Canadá, Alaska y el suroeste de USA). La polémica se debía a que la mayoría de los lingüistas no reconocía el origen común de las lenguas amerindias (sí de las otras familias). Sin embargo, estudios genéticos (posteriores a Greenberg) han demostrado que todos los indígenas que hablan esta familia de lenguas tienen un origen genético común y son descendientes de uno (o pocos) grupos no demasiado numerosos que cruzaron el estrecho de Behring hace unos 12.000 años (Wallace and Torroni, 1992). Por tanto, es muy probable que esta población fundadora hablase una sola lengua, lo que apoya la teoría de Greenberg. Sin embargo, sus detractores no niegan esta posible origen común, lo que niegan es la validez de los métodos lingüísticos para aseverar dicho origen.

 

En cualquier caso, parece claro que “genes” y “lenguas” pueden proporcionar información valiosa sobre nuestro pasado remoto, con la importante ventaja de que ambas fuentes son completamente independientes, por lo que los resultados podrían “validarse” (hasta cierto punto) entre una y otra. Obviamente, ambos métodos tienen limitaciones y no todo el mundo está de acuerdo con las conclusiones (particularmente en el caso de las lenguas).

 

Dado lo controvertido del tema, confieso que me ha impresionado el artículo que se publicó recientemente en Science por el equipo que dirige Mark Pagel, de la universidad de Reading, en Reino Unido (Atkinson et al., 2008). En él, no sólo da por buena la idea de que las lenguas evolucionan de forma similar a las especies de seres vivos, sino que se mete de lleno en otra de las más vivas polémicas de la biología evolutiva: la teoría del equilibrio puntuado. Según esta teoría, propuesta por Niles Eldredge y Stephan Jay Gould (Eldredge and Gould, 1997), las especies no evolucionan de forma continua sino en cortos periodos de rápido cambio, seguidos por largos periodos de “estasis” en las que prácticamente no se produce cambio alguno. La teoría ha recibido críticas de varios autores, particularmente Richard Dawkins y Daniel Dennett (pero este tema supera los límites del presente post, así que habrá que dejarlo para otro día).

 

La principal conclusión del trabajo de Science es que los lenguajes evolucionan también de forma “puntuada”, es decir, la mayoría de los cambios se producen en periodos relativamente cortos adyacentes a los “nodos”, o sea, a los puntos de divergencia entre dos lenguas. Para llegar a esta conclusión, los investigadores construyeron primero “árboles filogenéticos” en varias familias de lenguas, en particular la familia indoeuropea, la austronésica y la bantú. Dentro de estas tres familias, la topología del árbol, es decir, la manera en que se conectan las diferentes ramas está bastante clara. Posteriormente analizaron si los cambios de vocabulario se producían cerca de los nodos o no. La hipótesis resultó ser correcta: la mayoría de los cambios tenían lugar cerca de los puntos de ramificación. De manera que las lenguas, según los autores, tendrían una tendencia general a divergir (en su vocabulario esencial) en una primera fase de formación, para luego entrar un periodo de relativa estabilidad, donde la divergencia es más lenta. Los autores achacan este hecho al deseo de los hablantes de una lengua recién surgida a afirmar su identidad de grupo, haciendo patente las diferencias con la lengua de la que proceden. Serían pues, razones culturales e incluso “políticas” las responsables.

 

Sin duda, se trata de un trabajo extremadamente interesante y provocador. Parte de la “transgresión” se debe a que sus autores proceden de la biología y de la bioinformática y no de un departamento de lingüística pura y dura (aunque tienen una larga experiencia en el estudio de la evolución del lenguaje). Conviene mencionar que desde el punto de vista de un bioinformático, la evolución de las secuencias de DNA y la evolución del las palabras son problemas muy, muy relacionados. Aunque tal vez los lingüistas ortodoxos no estén muy de acuerdo. Como se sabe, la cuestión de las “tribus académicas” sigue siendo un material inflamable. También hay que decir que el trabajo es tan conciso que realmente no hay forma de saber cómo están hechos los análisis. Habrá que esperar para saber si este punto de vista acaba siendo aceptado o no.

 

En todo caso, la explicación de los autores coincide con la idea intuitiva y generalmente aceptada de que el lenguaje constituye una de las principales señas de identidad de los grupos humanos: Si no hablas como nosotros no eres uno de los nuestros.

 

Atkinson, Q.D., Meade, A., Venditti, C., Greenhill, S.J., and Pagel, M. (2008) Languages evolve in punctuational bursts. Science 319: 588.

Cavalli-Sforza, L.L., Menozzi, P., and Piazza, A. (1994) The History and Geography of Human Genes: Princeton University Press.

Eldredge, N., and Gould, S.J. (1997) On punctuated equilibria. Science 276: 338-341.

Greenberg, J.H. (1987) Language in the Americas: Stanford University Press.

Wallace, D.C., and Torroni, A. (1992) American Indian prehistory as written in the mitochondrial DNA: a review. Hum Biol 64: 403-416.

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