Archivo diario: 13 febrero , 2008

La desmesura de Gould

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Reseña: “La falsa medida del hombre” Stephen Jay Gould. Drakontos Bolsillo. Editorial Critica. Barcelona octubre 2007

A primera vista puede parecer extraño dedicarse a reseñar un libro publicado hace más de 25 años, no obstante, en el caso de “La falsa medida del hombre” existen dos razones poderosas. La primera es su reciente re-edición en Drakontos Bolsillo en octubre de 2007; la segunda es que el mencionado libro sigue teniendo una notable influencia, sobre todo dentro de las ciencias sociales. Al parecer, todavía hay muchas personas que opinan, como hacía el psicólogo León Kamin en 1974 que “no existe ningún dato que pudiera llevar a una persona prudente a aceptar la hipótesis de que las puntuaciones de los test de inteligencia sean heredables en alguna medida” (Kamin, 1974). Es más, se tiene la falsa impresión de que la cuestión quedó zanjada definitivamente tras el libro de Gould y que existe un consenso entre los expertos con respecto a este punto. Nada más lejos de la realidad. El consenso es justamente el contrario: que la “inteligencia” es, en buena medida, heredable por vía genética. “La falsa medida del hombre” no sólo está terriblemente obsoleto, sino que contiene altas dosis de “deshonestidad intelectual”. Paradójicamente, creo que la mayor parte de lo que dice Gould en este libro es cierto y está justificado; el problema radica justamente en las cosas que omite. Admito que son acusaciones graves, de modo que voy a explicarlas despacio.

 

El primer problema (y principal) es que Gould ignora descaradamente la evidencia experimental que no cuadra con su argumentación. De hecho, ignora todo el campo de investigación denominado “genética del la conducta”. El desarrollo de este campo es bastante reciente, pero ya existía cuando Gould publicó su segunda edición en 1996. Por poner un ejemplo, no se menciona el famoso estudio de Minnesotta sobre gemelos criados aparte, que se publicó en la prestigiosa revista Science (Bouchard Jr. et al., 1990); así como tampoco aparece el no menos famoso estudio sobre el Proyecto de Adopción de Colorado, iniciado en 1974 (Plomin and DeFries, 1983). De hecho, entre las casi 200 citas bibliográficas del libro no hay literalmente ninguna posterior a 1990. De modo que Gould se pone a analizar el tema de la herencia de la inteligencia ¡y no cita ninguno de los trabajos sobre el asunto publicados entonces! Si no se considera ético que un científico manipule o invente los datos, tampoco debería considerarse ético que un divulgador ignore la montaña de evidencia experimental que no cuadra con sus opiniones. No cabe duda de que este increíble sesgo al elegir las fuentes constituye un acto de manipulación, y es casi con seguridad un acto de “deshonestidad intelectual” (alternativamente, podríamos pensar que Gould no se molestó en consultar la bibliografía reciente, lo cual no es mucho mejor).

 

¿Qué es lo que hace, pues, Gould a lo largo de su libro? Hacer una crítica demoledora y, en mi opinión, justificada de la infamante doctrina denominada Darwinismo Social, preconizada, entre otros por H. Spencer y F. Galton. El Darwinismo Social justificaba el racismo y las desigualdades sociales de la época victoriana basándose en un supuesto paralelismo con “la supervivencia del más fuerte”. Sin duda, esta doctrina constituyó un completo desastre intelectual y moral y sus argumentos eran bastante débiles desde el punto de vista científico. Gould tiene razón en su crítica en la mayoría de las cosas que dice sobre este punto (aunque no en todas, por ejemplo, se mofa de la correlación entre CI y tamaño del cráneo a pesar de que este es un hecho bien probado experimentalmente). Sin embargo, de aquí no sigue que la inteligencia no pueda ser (en parte) genéticamente heredable y que el estudio de esta cuestión implique necesariamente un posicionamiento ideológico, tal como afirma Gould repetidamente.

 

Aparte de ignorar la evidencia que no le conviene, Gould objeta el uso del CI empleando dos argumentos: 1) que el CI es demasiado simplista para captar el concepto de inteligencia; y 2) que el denominado factor g es un “constructo” matemático carente de significado biológico. Examinemos ambos argumentos por separado.

 

El test de inteligencia fue inventado por el psicólogo y educador francés Alfred Binet[1] a principios del siglo XX. Su objetivo no era medir la inteligencia sino evaluar el desarrollo intelectual de los escolares. Para ello diseñó una batería de pruebas de dificultad creciente; la puntuación obtenida en estas pruebas se comparaba con la puntuación media que sacaban los niños de la misma edad, lo que permitía evaluar el adelanto o retraso en el desarrollo del niño, de aquí que se calculara como un ‘cociente’. Binet trabajó largos años buscando preguntas que tuvieran validez general para escolares de diversa procedencia y ambiente social. Sus fines eran prácticos y humanitarios: pretendía mejorar el sistema educativo. En aquella época era normal juntar en la misma aula escolares de edades muy diferentes y los que mostraban alguna anomalía en el desarrollo, por ejemplo, lo que hoy catalogaríamos como autistas o hiperactivos, eran frecuentemente catalogados como ‘imbéciles’ y privados de toda educación.

El test de inteligencia cayó en desuso en Europa, pero fue rescatado del olvido por psicólogos americanos, si bien con fines diferentes a los originales. El método fue adaptado y refinado por científicos de la Universidad de Stanford y desde entonces es conocido como el método ‘Stanford-Binet’. Curiosamente, uno de los fines para el que se utilizó fue para la organización del ejército americano durante las dos Guerras Mundiales. Las autoridades militares lo emplearon extensamente como uno de los criterios esenciales para asignar ‘destino’ a los soldados recién reclutados. Desde entonces, el test de inteligencia se ha convertido en una herramienta importante, tanto en la Academia como en Psicología de empresa. Prácticamente todo el mundo pasa por él en algún momento de su vida. No puede extrañarnos que el CI haya sido objeto de duras críticas. La primera, el hecho de no ser ‘culturalmente neutral’; esto es, que el tipo de preguntas favorezca a personas acostumbradas a realizar tareas similares, digamos de ‘papel y lápiz’ y de tipo abstracto. Por ejemplo, un estudio realizado con niños semi-abandonados en Brasil, los famosos ‘meninos da rua’, mostró que aunque éstos eran analfabetos y no sabían hacer cálculos aritméticos sobre el papel, tenían una gran capacidad para hacerlos ‘de cabeza’, pues se ganaban la vida vendiendo en puestos callejeros. Otro ejemplo; es sabido que hombres y mujeres tienden a puntuar de forma diferente en distintas pruebas, por esa razón el peso relativo de estas pruebas ha sido ‘ajustado’ para que la puntuación media sea la misma en ambos sexos. De aquí puede concluirse que el ‘peso’ relativo de las pruebas es, en cierto modo arbitrario.

En definitiva, el CI no lo es todo. Seguramente, muchas capacidades cognitivas humanas (inteligencia emocional, creatividad) se escapan a este índice. Y sin embargo, sería un error pensar que el CI es completamente inservible. Para empezar, constituye una medida estandarizada, sistemática y generalmente aceptada por los psicólogos. Tendrá limitaciones, pero nadie ha propuesto una alternativa mejor. El CI es el mejor indicador disponible para medir la capacidad cognitiva general de la población. Para seguir, el CI constituye un índice estable a lo largo de la vida del individuo y con una importante capacidad predictiva. Un amplio estudio (Deary et al., 2004) de una cohorte de 500 personas durante 68 años encontró una correlación de 0.66 entre los CIs de la misma persona medidos a los 11 y a los 79 años . Más importante aun es el hecho de que el CI constituye el mejor predictor conocido de éxito académico (Neisser et al., 1996) y uno de los mejores del éxito profesional (Schmidt and Hunter, 1998). Si el CI no vale para nada, tendríamos que pensar que nuestro sistema educativo tampoco. Además, existe una relación estadísticamente significativa entre el CI de una persona y los años que ésta vive (Whalley and Deary, 2001) (aunque las razones que explican esto último no están claras). Ninguna persona prudente afirmaría hoy día que el CI no tiene ninguna validez para medir la capacidad cognitiva de las personas.

 

El segundo argumento empleado por Gould tiene que ver con el empleo de una técnica estadística denominada “Análisis de Factores”. Los estudios en Psicometría han podido demostrar la existencia de un factor de inteligencia general, denominado g. Este factor no representa ninguna habilidad mental particular, es tan sólo un ente matemático que refleja el hecho de que las personas que puntúan alto en ciertas pruebas –digamos de habilidad verbal- también suelen puntuar alto en las demás pruebas. Esto refleja a su vez la existencia de una capacidad cognitiva general, la llamada ‘inteligencia general’ o, abreviadamente g. La existencia de este factor g tiene gran importancia para los científicos porque contribuye a ‘validar’ lo que miden los test de inteligencia. A pesar de los que diga Gould, el hecho de que capacidades mentales muy diversas y, en principio independientes, muestren una alta correlación, sugiere que g es algo real y constituye una herramienta valiosa. La existencia de g como ente matemático sugiere, aunque no demuestra, que este factor tiene una existencia real en los genes y en la estructura del cerebro.De modo que el problema de la “cosificación” del factor g, de la que se queja repetidamente Gould, difícilmente constituye un problema. Genuínamente, g es una hipótesis que habrá que contrastar. Tendrán que ser la Neurobiología y la Genética las que digan finalmente si g tiene un asiento en nuestro cerebro y nuestro genoma. Es posible que el concepto de “inteligencia” sea nebuloso, como afirma Gould, pero tanto los estudios sobre CI como el concepto de g lo hacen un poco menos nebuloso y más inteligible. Conviene destacar además que la existencia de este factor único, subyacente a todos los dominios cognitivos, constituye uno de los hallazgos más repetibles y repetidos en la historia de la Psicología.

 

La búsqueda de los genes que afectan a la inteligencia equivale a buscar los ‘genes de g’. A pesar de que a esta empresa se han dedicado un buen número de laboratorios de ‘primera’, los resultados están muy lejos de proporcionar una respuesta. Se ha encontrado un cierto número de genes candidatos tanto por asociación con retraso mental y demencia, como por asociación con inteligencia en personas sanas (en realidad, la asociación se estable con determinados alelos de genes que tienen polimorfismo). Entre los hallazgos más prometedores está el gen de la apoliproteína E (asociado a una forma de demencia), así como una asociación entre la dislexia y una región del cromosoma 6 (Plomin, 1999). Otros genes candidatos prometedores son un receptor colinérgico-muscarínico (Commings et al., 2003) y el gen de la catepsina D (Payton et al., 2003). Asimismo, hay pruebas de la asociación entre el gen que codifica la catecol-O-metil-esterasa y las capacidades cognitivas de tipo prefrontal/ejecutivo (Winterer and Goldman, 2003). Está claro que todavía no conocemos la base genética de la inteligencia, no obstante, es pronto para darse por vencido, ya que están surgiendo nuevas herramientas para estudiar el problema.

 

Existen buenas razones para creer que estos genes actúan de forma cuantitativa, esto es, que dicho carácter está determinado por un cierto número de genes, de los cuales coexisten diversas variantes en la población. El resultado es que los individuos no pueden clasificarse de acuerdo a distinciones de tipo blanco/negro, sino que el valor de la variable se distribuye de acuerdo con una curva normal. Estos genes cuantitativos (técnicamente QTL) deben ser los responsables de las variaciones observadas (o más correctamente, del componente genético de la misma). No debe descartarse que se produzcan descubrimientos espectaculares en este campo en un futuro próximo.

 

La cuestión de la heredabilidad de la inteligencia (o mejor dicho, del CI) ha sido objeto de un intenso estudio en las últimas tres décadas, realizado a través de proyectos de gran envergadura. A menudo, la recopilación de los datos requirió muchos años de esfuerzo continuado. En octubre de 1990 se publicó en la prestigiosa revista Science (Bouchard Jr. et al., 1990) un artículo que resumía las investigaciones de muchos años, el denominado ‘estudio de Minnesota’, y que significó el punto de inflexión en este campo. El estudio incluía 56 pares de gemelos idénticos criados aparte, a los que se había sometido a una extensa batería de pruebas, incluyendo la medida del CI. Éste se ha sumado a un buen número de estudios existentes, entre los que se debe destacar al Proyecto de Adopción de Colorado (Plomin and DeFries, 1983). A diferencia del estudio de Minnesota, éste último se basa en la comparación, durante un largo intervalo de tiempo, entre hijos biológicos y adoptados. Un artículo de revisión publicado en 1997 recogía un total de 212 estudios sobre esta materia (Devlin et al., 1997). Existe un amplio consenso entre los expertos con respecto a la alta heredabilidad del CI. Con todo, estas investigaciones no están exentas de posibles críticas y limitaciones, pero lo que no es admisible es ignorarlas.

 

La conclusión inescapable es que Gould hizo trampas y antepuso una ideología mal entendida a la honestidad intelectual. Admitir que el CI es, en parte, heredable y que éste tiene algo que ver con la inteligencia no significa adscribirse a una ideología racista ni de derechas, ni mucho menos abogar por la reducción de políticas sociales (más sobre esto en: https://pablorpalenzuela.wordpress.com/2007/10/18/todos-somos-negros/) No quiero decir con esto que la totalidad de la obra de Gould, como paleontólogo y divulgador científico, carezca de valor. Eso es una historia diferente y requería un análisis diferente. Pero por la “La falsa medida del hombre” se merece un rapapolvo.

 

 

 

 

Bouchard Jr., T.J., Lykken, D.T., McGue, M., Segal, N.L., and Tellegen, A. (1990) Sources of human psychological differences: the Minnesota study of twins reared apart. Science 250: 223-229.

Commings, D.E., Wu, S., and Rostamkhani, M.e.a. (2003) Role of the cholinergic muscarinic 2 receptor (CHRM2) gene in cognition. Molecular Psychiatry 8: 10-13.

Deary, I.J., Whiteman, M.C., Starr, J.M., Whalley, L.J., and Fox, H.C. (2004) The impact of chilhood intelligence on later life: following up the Scottish mental Surveys of 1932 and 1947. Intelligence 32: 130-147.

Devlin, B., Daniels, M., and Roeder, K. (1997) The heritability of IQ. Nature 388: 468-471.

Kamin, L. (1974) The Science and Politics of IQ. New York: Potomac.

Neisser, I.J., Boodoo, G., and Bouchard, T.J. (1996) Intelligence: knowns and unknowns. American Psychologist 51: 77-101.

Payton, A., Holland, F., and Diggle, P.e.a. (2003) Cathepsin D exon 2 polymorphism associated with general intelligence in a healthy older population. Molecular Psychiatry 8: 1-5.

Plomin, R., and DeFries, J.C. (1983) The Colorado Adoption Project. Child Development 54: 276-289.

Plomin, R. (1999) Genetics and general cognitive ability. Nature 402(supp): c25-c29.

Schmidt, F.L., and Hunter, J.E. (1998) The validity and utility of selection methods in personnel psychology: practical and theoretical implications of 85 years of research findings. Psychology Bulletin 124: 262-274.

Whalley, L.J., and Deary, I.J. (2001) Longitudinal cohort study of childhood IQ and survival up to age 76. British Medical Journal 322: 1-5.

Winterer, G., and Goldman, D. (2003) Genetics of human prefrontal function. Brain Res Brain Res Rev 43: 134-163.

 

 


[1] Una revisión de los trabajos de Binet en: Wolf, T.H. (1961) “An individual who made a difference” American Psychologist 16:245-248

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