Archivo diario: 30 enero , 2008

Por qué los hombres viven menos

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En casi todos los países del mundo, la esperanza de vida de los hombres es considerable menor que la de las mujeres. Lo generalizado de este hecho está pidiendo a gritos una explicación, pero antes de entrar en las hipótesis que se han propuesto, déjenme decirles algo: este “patrón” es mucho general de lo que parece, ya que se repite en la mayoría de las especies de mamíferos. Ciervos, leones marinos, gorilas… da igual; en (casi) todos los casos, los chicos viven menos años.

 

Los biólogos evolutivos achacan la “causa última” de este fenómeno a las diferentes estrategias reproductivas de machos y hembras (tema que se ha tratado repetidamente en este blog). Brevemente, los machos pueden aumentar mucho el número de descendientes si logran aparearse con muchas hembras (en contrapartida, tienen un riesgo mucho mayor de no dejar descendencia). En cambio, para las hembras no supone una ventaja (en términos reproductivos) el aparearse con muchos machos, siempre que consigan quedarse preñadas. En muchas especies, a los machos sólo les vale apostar fuerte y entrar de lleno en la competencia por las hembras (una actividad no exenta de riesgos). Por ejemplo, entre los leones marinos, un pequeño número de machos monopoliza a la totalidad de las hembras; el resto tiene que esperar pacientemente a que el “dueño” del harén de muestras de debilidad. La conquista (y mantenimiento) de un harem siempre exige peleas sangrientas. Pero para un macho de esta especie casi cualquier riesgo merece la pena en términos evolutivos. Por supuesto, desde el punto de vista individual quizá sería mejor pasar sus días pacíficamente pescando y tomando el sol en la playa. Pero… los machos de león marino indolentes en esta materia no tienen oportunidad de pasar a sus descendientes sus genes de indolencia.

 

La “causa próxima” de esta mortalidad diferencial hay que buscarla en una molécula famosa: la testosterona. Es bien sabido que la exposición a esta hormona durante el desarrollo embrionario y durante la pubertad es responsable de la mayoría de las diferencias morfológicas y de conducta entre machos y hembras (en el caso de los humanos, habrá que excluir las diferencias debidas al “condicionamiento” diferencial que reciben niños y niñas). En la mayoría de las especies, los machos tienen mayores niveles de testosterona, pero resulta interesante detenerse en alguna de las excepciones a esta regla, como es el caso del faloropo picogrueso (Phaloropus fulicarius). Se trata de un ave perteneciente al grupo de los limícolas (emparentado con la agachadiza y el chorlito) que habita en regiones árticas. En este caso son los machos los que realizan en solitario la mayor parte del trabajo reproductivo, ya que la hembra se limita a poner los huevos, dejando a su pareja la incubación y la crianza de los polluelos. Tal como predice la teoría, en este caso son las hembras –no los machos- las que tienen colores llamativos y manifiestan una agresiva conducta sexual. En la época de cría puede observarse a grupos de hembras persiguiendo a un macho, mientras emiten un característico sonido ‘prrut’ retumbante y de largo alcance No resulta extraño que las hembras de faloropo tengan mayor nivel de testosterona que los machos.

 

 

Se ha sugerido que la mortalidad diferencial entre machos y hembras se deba a múltiples causas. Una parte se deriva de las conductas de agresión y riesgo, ya mencionadas, que derivarían de la tendencia de los hombres (mediada por testosterona) a mostrarse dominantes, agresivos y arriesgados, debido seguramente a los beneficios reproductivos que estas conductas reportaban durante el Paleolítico (es muy posible que en la actualidad no sirvan para aumentar el número de descendientes, pero las tendencias están ahí de todas formas). Otra parte se debe a la mayor sensibilidad de los machos a enfermedades infecciosas (Zuk and McKean, 1996). Este hecho resultó sorprendente al principio. Resulta que el “sexo débil” es mucho más fuerte frente a las enfermedades. De nuevo, esto no es exclusivo de los humanos, sino que ha sido comprobado en muchas especies y, de nuevo, la culpable parece ser la testosterona. En cierto modo, la Naturaleza pone a los machos en un brete. Por un lado, la testosterona les proporciona características favorables para el apareamiento (apariencia masculina, agresividad, dominancia), por otro hace que su sistema inmunológico funcione peor. Tampoco se sabe a ciencia cierta por qué la testosterona debilita el sistema inmunológico; esta afirmación se basa sólo en la correlación entre ambos hechos.

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Limitándonos ya a nuestra especie, en la figura adjunta (tomada de un artículo de Science (Owens, 2002)) se muestran los datos de mortalidad total y la debida a homicidios, accidentes y enfermedades infecciosas. Está claro que los hombres salen malparados en todas las comparaciones. Sin embargo, las diferencias de conducta aparecen bruscamente en la pubertad (antes de los 20), mientras que las diferencias relacionados con enfermedades y parásitos no son mensurables hasta los 25 años. Observamos también que las diferencias van disminuyendo con la edad (y con la disminución de testosterona). Las compañías de seguros de vida y de automóviles son muy conscientes de que estas diferencias existen.

 

El grupo de Robin Dunbar (uno de los pioneros de la Psicología Evolucionista) se ha dedicado a explorar las diferencias de género en conductas de riesgo habituales (Pawlowski et al., 2008). Estos investigadores se dedicaron a estudiar a los humanos en la ciudad del mismo modo que los etólogos estudian a los animales en su ambiente. En concreto, se fijaron en la forma en que la gente cruza la calle, haciendo cuidadosas observaciones respecto al grado de riesgo asumido en cada caso. Los resultados (poco sorprendentes) indican con claridad que los hombres son mucho más proclives al riesgo. En el grupo de observaciones considerado de “alto riesgo” había 3 veces más hombres que mujeres. Más interesante (y más divertido) es el hecho de la conducta arriesgada de los hombres se incrementaba significativamente si había mujeres cerca. Mientras que en las mujeres no se detectó un efecto similar. Claramente, la tendencia de los chicos a alardear delante de las chicas tiene profundas raíces en la evolución.

 

 

Owens, I.P. (2002) Ecology and evolution. Sex differences in mortality rate. Science 297: 2008-2009.

Pawlowski, B., Atwal, R., and Dumbar, R.I.M. (2008) Sex differences in everyday risk-taking behavior in humans. Evolutionary Psychology 6: 29-42.

Zuk, M., and McKean, K.A. (1996) Sex differences in parasite infections: patterns and processes. Int J Parasitol 26: 1009-1023.

 

 

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