Infancia dura, individuo promiscuo

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Casi todo el mundo piensa que engañar a su pareja es algo moralmente reprobable. Según los estudios, entre el 68 y el 83% de la gente desaprueba el sexo extra-marital[1], aunque la tolerancia social al adulterio es sumamente variable: se castiga con pena de muerte en algunos países, mientras que en otros apenas provoca algún que otro levantamiento de cejas.

Por alguna razón, las sociedades sexualmente abiertas son escasas y de corta duración (p.e. las comunas hippies de los años sesenta). La tendencia a formar parejas estables para el cuidado de los hijos constituye una particularidad de los humanos, ausente en nuestros parientes más próximos. No estoy tratando de afirmar que los humanos seamos estrictamente monógamos, sino que lo somos en mayor grado que otras especies cercanas. En casi todas las culturas conocidas existe algún tipo de ritual relativo al matrimonio, y la familia constituye la célula de organización social en prácticamente todas las sociedades. Por supuesto, las formas y los detalles varían, pero en todos los casos se trata de una alianza más o menos estable, donde se produce un acceso sexual exclusivo (en teoría) y donde se supone que los hijos constituyen un fin, o al menos una parte importante.

Como es sabido, las relaciones sexuales fuera del matrimonio no son algo demasiado infrecuente. Por ejemplo, se han realizado estudios en Estados Unidos y Canadá[2] para medir con qué frecuencia los padres biológicos son diferentes del marido o compañero habitual de la madre; los resultados que arrojaron estos estudios fueron que entre el 70 y el 95% de los casos, los hijos son efectivamente de sus padres ‘teóricos’. En otro estudio, el 6% de las mujeres británica entrevistadas reconocieron que la última vez que habían practicado el sexo había sido con un hombre diferente a su pareja.

Los científicos utilizan el término técnico EPC (del inglés, extra-pair copulation) para designar a los cuernos. Y distinguen entre EPC-s (self), que consiste en engañar a la propia pareja (cuernos propiamente dichos) y EPC-o (others), que consiste en tener relaciones sexuales con alguien que tiene pareja estable. La EPC ha sido estudiada en diversas especies teóricamente monógamas y, en general, ha resultado más frecuente de los que se esperaba. Para los machos, las ventajas evolutivas de esta conducta son obvias: más descendientes potenciales. Para las hembras, las ventajas no son tan evidentes, pero se ha sugerido que de esta forma obtienen mejores genes para su descendencia si se aparean con un macho con mayor “fitness” aparente. No obstante, la EPC tiene ventajas, pero también tiene costes. El más inmediato, que tu pareja se entere y te deje plantado; además, el riesgo de vérselas con un marido engañado es legendario.

¿Pero, qué es lo que hace que algunas personas se vean involucradas en EPC y otras no? Según un artículo muy reciente de Nicole Koehler y James Chrisholm en Evolutionary Psychology [3], la clave está en la historia personal del individuo. Su hipótesis es que individuos que sufren un mayor nivel de estrés durante la niñez tienden a una mayor frecuencia de EPC. Para contrastar esta hipótesis, los autores entrevistaron a una muestra de hombres y mujeres y encontraron, en general, una asociación entre ambas variables. Cuando se divide la muestra en dos grupos, en función de haber reportado o no EPC, siempre se encontraba que el grupo del “sí” había sufrido un mayor estrés psicocial en la niñez y adolescencia (utilizando una batería de indicadores). La asociación resultó estadísticamente significativa en el caso del EPC-s pero no lo fue en el caso de EPC-o.

Estos datos pueden interpretarse desde un punto de vista “clásico” (mecanicista) o bien desde un punto de vista “adaptacionista”. En el primer caso, en línea con la Psicología tradicional, la asociación entre estrés y EPC se debería a la ausencia de una figura paterna y/o a la falta de interés del/los progenitor/es por la educación del niño. Ello ocasionaría una tendencia general a realizar actividades de riesgo, incluida la EPC. La explicación adaptacionista (preferida por los autores), se basa en que las mujeres del grupo de alto estrés (en oposición al de bajo estrés) estarían más inclinadas a engañar a sus parejas con objeto de obtener mejores genes para su descendencia o incrementar la diversidad genética de la misma. Análogamente, los hombres del grupo de alto estrés buscarían en las EPCs simplemente mayor oportunidades de apareamiento. Esta explicación asume que el estrés psicosocial “activa” determinadas estrategias reproductivas, las cuales estarían hasta cierto punto “programadas” y habrían sido seleccionadas por su valor adaptativo durante nuestra evolución como especie.

Personalmente, creo que aunque la asociación entre estrés psicosocial y EPC es un hecho muy interesante, la explicación que sugieren los autores del artículo va a necesitar bastante más apoyo del que tiene ahora mismo para resultar convincente. Tampoco veo nada claro cuál es el papel concreto que desempeña el estrés. A priori, las supuestas ventajas de la EPC aplicarían también en su ausencia.

 

 


[1] Medora, N.P. and Burton, M.M. (1981). “Extramarital sexual attitudes and norms of an undergraduate student population.” Adolescence 16:251-262.

[2] Bellis, M.A. and Baker, R.R. (1990) “Do females promote sperm competition? Data for humans” Animal Behavior 40:997-999

[3] Koehler, N. and Chrisholm, J.S. (2007) “Early Psychosocial stress predicts extra-pair copulations” Evolutionary Psychology 5:184-201.

5 comentarios

Archivado bajo Adulterio, Evolución, Psicología, Sexo

5 Respuestas a “Infancia dura, individuo promiscuo

  1. Aloe

    Lo que me convence más es tu último párrafo.

    Porque a ver si va a ser eso tan viejo, y en lo que seguimos cayendo… que las correlaciones estadísticas las carga el diablo.
    Porque el estrés en la infancia puede estar asociado a muchas circunstancias que podrían ser relevantes para el asunto.
    Para las familias típicas en Occidente, la estabilidad familiar, económica y conyugal están bastante correlacionadas entre sí, según creo.
    Si no recuerdo mal, Marvin Harris hacía un despiece bastante pormenorizado (referido principalmente a familias pobres de USA, años 50-70) de los estudios al respecto, en que las conclusiones eran que las posibilidades de empleo, educación y en definitiva, renta, estaban bastante correlacionadas con la estabilidad conyugal. Cuanta más precariedad económica y social, menos estabilidad familiar y conyugal, más familias monoparentales con maridos temporales o superpuestos, vivir ahora con unos y luego con otros…
    La precariedad, vivir en malos barrios y demás, produce estrés a los niños con toda claridad. Pero además tiende a ser hereditaria (en el sentido social de la palabra).
    Así que el cuadro resultante es que niños criados en circunstancias económicas y sociales precarias tienden, por un lado, a criarse estresados, y por otro, a criarse con menos estabilidad familiar y con modelos familiares y ambientales menos fuertes de monogamia, estabilidad y de darle mucha importancia a esos valores (y de mentir menos en las encuestas al respecto, probablemente, que esa es otra).
    Además, por otro lado, tienen muchas probabilidades de seguir viviendo en circunstancias económicas y sociales precarias de mayores, lo cual se añadiría al anterior efecto.
    En definitiva, si ese estudio no deja claro como evita el sesgo social y cultural no me parece que demuestre nada, y tu observación sobre la falta de un mecanismo causal que le diera un poco de cuerpo, me parece muy acertada.
    Y no veo como podría evitar el sesgo fácilmente, si empieza por definir su muestra como la de los niños que se criaron ya con estrés. En nuestras sociedades, el estrés en los niños no es algo que le toque a uno porque sí: aparte de casos particulares, que los habrá, correlacionará fuertemente con las circunstancias económicas y sociales de su familia.
    Claro, que podría tomar una muestra de personas que sufrieron una guerra o catastrofe duradera de pequeños, o de personas que viven en un entorno muy estresado de pequeños (pobre y precario) pero en su cultura eso no implica precariedad conyugal y familiar, porque los lazos familiares y conyugales son férreos. Pero… vete a preguntar por sus infidelidades a gitanos, campesinos indios o iraquíes. O te apedrearán o te mentirán, como es lógico.
    Y si siguen siendo de mayores pobres y estresados, incluso si les sacaras la verdad, quedaría la explicación alternativa de que su conducta tiene que ver con su situación presente, no con su infancia. Porque por ejemplo, hay una explicación evidente para la EPC de una mujer en situación precaria, que no tiene que ver con los genes de sus hijos, sino con su comida, protección y otros recursos (o falta de ellos) de ese tipo. Para un hombre pobre la cosa funcionaría distinto, supongo (cuanto mas pobre, menos oportunidades de EPC-s pero mas motivación para EPC-o, si no puede conseguir esposa propia).
    Saludos.

  2. Esencialmente de acuerdo. Un sólo matiz, en el estudio empiezan dividiendo la muestra en función de si reportan EPC o no, y luego investigan el nivel de estrés en la infancia. Insisto en que el hecho de que se encuentre una corrrelación me parece interesante, pero no creo que la explicación adaptacionista esté bien sustentada en este caso (por la orientación de este blog, está claro que yo NO tengo un prejuicio contra las explicaciones adaptacionistas, siempre que estén bien sustentadas).
    Un saludo

  3. Aloe

    Vale. Error mio. Pero… el sesgo no se elimina, me parece: si partes de los que admiten EPC o no, y mides el estrés en la infancia, te queda por tener en cuenta el estrés de la edad adulta. Y las otras cosas.
    Por cierto, evaluar el grado de “mentirosidad” también debe tener lo suyo: mira que si los estresados y/o socialmente precarios son menos mentirosos, porque total, tienen menos que perder y no les han grabado tanto a fuego que está mu feo eso de EPCear al contrario… quiero decir, que espero que hagan algú control para verificar la escala de hipocresía de cada muestra, porque si no,… 😉
    Más saludos

  4. No sé si emplean algún método para verificar la veracidad de las encuestas. Imagino que no, que simplemente asumen que los encuestados dicen la verdad. Es evidente que cualquier dato que provenga de encuestas es susceptible de ser falso. Es imposible saber si realmente han tenido las EPC que dicen. Sin embargo, la frecuencia de EPC es similar a la obtenida en otros estudios, lo que sugiere que la gente dice la verdad o que el nivel de “mentirosidad” se mantiene constante.
    A mí me parece que los “estándares de evidencia” de este trabajo son bajos, aunque reconozco que es un tema difícil de investigar, pero esto no justifica sacar conclusiones precipitadas.

  5. Fuck off!!! Yo creo que sólo tiene que ver con la ausencia de una buena educación y moral sexual en la infancia.

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