Archivo diario: 26 noviembre , 2007

Infancia dura, individuo promiscuo

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Casi todo el mundo piensa que engañar a su pareja es algo moralmente reprobable. Según los estudios, entre el 68 y el 83% de la gente desaprueba el sexo extra-marital[1], aunque la tolerancia social al adulterio es sumamente variable: se castiga con pena de muerte en algunos países, mientras que en otros apenas provoca algún que otro levantamiento de cejas.

Por alguna razón, las sociedades sexualmente abiertas son escasas y de corta duración (p.e. las comunas hippies de los años sesenta). La tendencia a formar parejas estables para el cuidado de los hijos constituye una particularidad de los humanos, ausente en nuestros parientes más próximos. No estoy tratando de afirmar que los humanos seamos estrictamente monógamos, sino que lo somos en mayor grado que otras especies cercanas. En casi todas las culturas conocidas existe algún tipo de ritual relativo al matrimonio, y la familia constituye la célula de organización social en prácticamente todas las sociedades. Por supuesto, las formas y los detalles varían, pero en todos los casos se trata de una alianza más o menos estable, donde se produce un acceso sexual exclusivo (en teoría) y donde se supone que los hijos constituyen un fin, o al menos una parte importante.

Como es sabido, las relaciones sexuales fuera del matrimonio no son algo demasiado infrecuente. Por ejemplo, se han realizado estudios en Estados Unidos y Canadá[2] para medir con qué frecuencia los padres biológicos son diferentes del marido o compañero habitual de la madre; los resultados que arrojaron estos estudios fueron que entre el 70 y el 95% de los casos, los hijos son efectivamente de sus padres ‘teóricos’. En otro estudio, el 6% de las mujeres británica entrevistadas reconocieron que la última vez que habían practicado el sexo había sido con un hombre diferente a su pareja.

Los científicos utilizan el término técnico EPC (del inglés, extra-pair copulation) para designar a los cuernos. Y distinguen entre EPC-s (self), que consiste en engañar a la propia pareja (cuernos propiamente dichos) y EPC-o (others), que consiste en tener relaciones sexuales con alguien que tiene pareja estable. La EPC ha sido estudiada en diversas especies teóricamente monógamas y, en general, ha resultado más frecuente de los que se esperaba. Para los machos, las ventajas evolutivas de esta conducta son obvias: más descendientes potenciales. Para las hembras, las ventajas no son tan evidentes, pero se ha sugerido que de esta forma obtienen mejores genes para su descendencia si se aparean con un macho con mayor “fitness” aparente. No obstante, la EPC tiene ventajas, pero también tiene costes. El más inmediato, que tu pareja se entere y te deje plantado; además, el riesgo de vérselas con un marido engañado es legendario.

¿Pero, qué es lo que hace que algunas personas se vean involucradas en EPC y otras no? Según un artículo muy reciente de Nicole Koehler y James Chrisholm en Evolutionary Psychology [3], la clave está en la historia personal del individuo. Su hipótesis es que individuos que sufren un mayor nivel de estrés durante la niñez tienden a una mayor frecuencia de EPC. Para contrastar esta hipótesis, los autores entrevistaron a una muestra de hombres y mujeres y encontraron, en general, una asociación entre ambas variables. Cuando se divide la muestra en dos grupos, en función de haber reportado o no EPC, siempre se encontraba que el grupo del “sí” había sufrido un mayor estrés psicocial en la niñez y adolescencia (utilizando una batería de indicadores). La asociación resultó estadísticamente significativa en el caso del EPC-s pero no lo fue en el caso de EPC-o.

Estos datos pueden interpretarse desde un punto de vista “clásico” (mecanicista) o bien desde un punto de vista “adaptacionista”. En el primer caso, en línea con la Psicología tradicional, la asociación entre estrés y EPC se debería a la ausencia de una figura paterna y/o a la falta de interés del/los progenitor/es por la educación del niño. Ello ocasionaría una tendencia general a realizar actividades de riesgo, incluida la EPC. La explicación adaptacionista (preferida por los autores), se basa en que las mujeres del grupo de alto estrés (en oposición al de bajo estrés) estarían más inclinadas a engañar a sus parejas con objeto de obtener mejores genes para su descendencia o incrementar la diversidad genética de la misma. Análogamente, los hombres del grupo de alto estrés buscarían en las EPCs simplemente mayor oportunidades de apareamiento. Esta explicación asume que el estrés psicosocial “activa” determinadas estrategias reproductivas, las cuales estarían hasta cierto punto “programadas” y habrían sido seleccionadas por su valor adaptativo durante nuestra evolución como especie.

Personalmente, creo que aunque la asociación entre estrés psicosocial y EPC es un hecho muy interesante, la explicación que sugieren los autores del artículo va a necesitar bastante más apoyo del que tiene ahora mismo para resultar convincente. Tampoco veo nada claro cuál es el papel concreto que desempeña el estrés. A priori, las supuestas ventajas de la EPC aplicarían también en su ausencia.

 

 


[1] Medora, N.P. and Burton, M.M. (1981). “Extramarital sexual attitudes and norms of an undergraduate student population.” Adolescence 16:251-262.

[2] Bellis, M.A. and Baker, R.R. (1990) “Do females promote sperm competition? Data for humans” Animal Behavior 40:997-999

[3] Koehler, N. and Chrisholm, J.S. (2007) “Early Psychosocial stress predicts extra-pair copulations” Evolutionary Psychology 5:184-201.

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