Archivo diario: 26 octubre , 2007

Bésame mucho

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Basta escuchar un momento la letra de nuestras canciones para comprobar que el beso –entiéndase, el beso romántico y apasionado- constituye una parte importante de la sexualidad humana. Lo que no es tan corriente es que el beso sea también objeto de estudio de los biólogos; aunque no debería extrañarnos, después de todo, el objetivo de la Psicología Evolucionista es precisamente buscar las bases biológicas y evolutivas de la conducta humana.
“La biología evolutiva del beso” es el tema de un artículo publicado en el último número de la revista Evolutionary Psychology (1) y cuyo título es: “Sex differences in romantic kissing among collage students: an evolutionary pesrpective”. Debo adelantar que en mi opinión este trabajo está un poquito regular. No me entiendan mal. No es que esté en contra de este tipo de estudios. Todo lo contrario. Mis reparos se centran este trabajo concreto. Pero vayamos primero a los hechos.
Los autores se proponen contrastar tres hipótesis. La primera: el beso podría ser un mecanismo para evaluar a las parejas potenciales. Por ejemplo, mediante el intercambio de saliva los hombres podrían percibir sustancias indicativas de la ovulación y esta información sobre la fertilidad de su compañera podría tener relevancia evolutiva (sobre esto, vésase el post anterior “Chicas alegres y psicología evolucionista”). De la misma forma -sugieren los autores- el beso permite inferir algo sobre el estado de salud de la persona besada (al menos de su salud bucodental). Otra posibilidad (aunque esta no la han considerado los autores) es que también proporcionara información sobre el grado de des-semejanza genética de la pareja con objeto de evitar la consanguinidad.
La segunda hipótesis es que el beso podría servir como un mecanismo fortalecedor de los lazos de unión de la pareja (bonding). Los autores llegan a sugerir que esto se produciría mediante intercambio de hormonas a través de la saliva. Es posible que suene un poco raro (y terriblemente anti-romántico) pero la monogamia debe tener una base bioquímica, aunque sabemos poco de cómo funciona en nuestra especie. En cambio sabemos por qué es monógamo el campañol de las praderas, un roedor perteneciente al género Microtus que habita en gran parte de América y Europa. Este animal excava profundas galerías y se alimenta de raíces y tubérculos, causando en ocasiones graves daños en los cultivos, como la plaga que afectó a Castilla y León la pasada campaña. Este roedor exhibe una característica excepcional, y es la de formar parejas monógamas extraordinariamente fieles. Habitualmente, macho y hembra cooperan en el cuidado de la prole, lo que dura varias semanas. En contraste, el campañol de montaña, una especie muy relacionada, exhibe el característico comportamiento polígamo de los roedores, donde los cuidados paternos brillan por su ausencia. Los científicos han podido estudiar la base bioquímica de este comportamiento y resulta depender de dos hormonas: oxitocina y vasopresina.
La tercera hipótesis resulta un pelín trivial: el beso incrementa la excitación y receptividad sexual. De acuerdo. Sí, pero la investigación debe hacerse para contestar preguntas que nadie sabe y no aquellas cuya respuesta es de dominio público. Con respecto a las dos primeras, nada que objetar. Son interesantes y plausibles.
Para contestar a estas preguntas, los investigadores hicieron encuestas a un buen número de estudiantes universitarios de la costa Este sobre sus actitudes y sentimientos en torno al beso. Encontraron que las mujeres dan más importancia al beso que los hombres. Un 85% de ellas manifestó que no estaría dispuesta a practicar el sexo sin besar (frente a un 50% de los chicos). En la misma línea, las mujeres dieron más importancia al beso, antes, durante y después del sexo. Un 66% de las mujeres declaró que en alguna ocasión había perdido interés por un hombre tras besarlo por primera vez. Análogamente, los hombres resaltaron la importancia del beso como un medio hacia el fin último: el sexo.
En mi opinión, estos datos no carecen totalmente de valor científico, pese a parecer horriblemente obvios. El problema es que no sirven para contrastar las hipótesis iniciales de los autores. Éstas siguen siendo igual de hipotéticas después de leer la sección de Resultados. Conste que tampoco creo que las hipótesis carezcan de interés. Simplemente, no están apoyadas por los datos. Los investigadores tendrían que encontrar pruebas de que realmente a través de un beso se puede establecer el momento del ciclo ovulatorio o que se intercambie alguna sustancia relacionada con los lazos de pareja. Naturalmente, demostrar esto es bastante más complicado que hacer encuestas. Así que, mientras no presenten pruebas más sólidas no retiraré una pegatina de mi coche que dice:
El beso no se explica, se practica

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1) Hughes, S., Harrison, M., and Gallup, G.G. (2007) “Sex differences in romantic kissing among collage students: an evolutionary perspective” Evolutionary Psychology 3:612-631.

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