Archivo diario: 18 octubre , 2007

TODOS SOMOS NEGROS

 

Gran parte de la tensión que siempre ha acompañado a la cuestión de la herencia del cociente de inteligencia (CI) es debida al tema de las razas. Y dadas las declaraciones recientes de James Watson resulta oportuno tratarlo en este blog. Así que empezaré por la conclusión: no existe evidencia científica convincente que indique que unas ‘razas’ sean más inteligentes que otras. Esta afirmación se basa en los siguientes argumentos: 1) lo que comúnmente llamamos ‘razas’, p.e. negros y blancos, carece de una definición genética precisa y por tanto, no puede utilizarse como base para ninguna comparación; 2) el estatus socioeconómico tiene una fuerte influencia en el CI; y 3) la medida del CI no está exenta de ‘sesgo cultural’. Examinemos estas razones una a una.

Homo sapiens es una especie muy joven; el análisis del DNA de la mitocondria revela que todos los humanos descendemos de una antecesora común que vivió hace 100.000-200.000 años (volveremos sobre esta cuestión en posts sucesivos). El grado de variabilidad genética en humanos es pequeño, por ejemplo si lo comparamos con el del chimpancé. La clasificación tradicional en cinco razas basadas en el color de la piel resulta inadecuadamente simplista. En Estados Unidos, que es donde el tema resulta verdaderamente incendiario, la clasificación tradicional se hace en ‘blancos’,‘afro-americanos’,‘hispánicos’, ‘americanos nativos’ y ‘asiáticos’. Para empezar, la denominada raza ‘negra’ alberga más variabilidad que todas las otras, lo cual no es raro, ya que sabemos que nuestra especie se originó en Africa. Esto quiere decir, que las diferencias genéticas entre un bosquimano y un masai pueden ser mayores que la que hay entre un español y un japonés. Para seguir, después de más de tres siglos de historia común, los afro-americanos tienen un tanto por ciento no despreciable de genes ‘blancos’ (aproximadamente un 25%) en buena parte debida a la violación frecuente de las esclavas negras por sus amos[1]. En el caso de los ‘hispánicos’ las cosas están todavía menos claras. El término ‘hispánico’ constituye un conglomerado de descendientes de españoles, portugueses, amerindios y africanos. Por lo tanto, los estudios realizados en USA que relacionan el CI con la raza están viciados de partida.

En parte debido a que es un tema ‘tabú’, la diversidad genética en humanos se ha estudiado menos de lo que sería deseable. No obstante, los datos disponibles indican que la variabilidad genética dentro de una ‘raza’ es superior a la que se puede observar ‘entre razas’[2], lo que hace que el concepto en sí sea difícilmente aplicable en nuestra especie. Desdichadamente, algunos caracteres muy visibles, como el color de la piel, dependen de un pequeño número de genes y parecen responder a presiones evolutivas con relativa rapidez. Es cierto que la mayoría de los noruegos son rubios y la mayoría de los chinos tienen el pelo negro. Pero si analizamos un mayor número de caracteres encontraremos un grado muy considerable de ‘mezcla’ entre poblaciones. De hecho, la caracterización genética de distintas poblaciones no se basa en encontrar genes ‘específicos’ de cada población, sino en analizar la frecuencia distinta con la que aparecen ciertos genes. En definitiva, aunque la diferencia de color entre negros y blancos sea ‘consistente’, de ello no se deduce que unos y otros sean muy diferentes ‘por dentro’, es decir en otros caracteres menos aparentes. Por ejemplo, los habitantes del sur de la India son genéticamente más próximos a los europeos que a los africanos, a pesar de tener la piel oscura. El hecho de que estas mínimas diferencias genéticas se traduzcan en características muy aparentes, nos lleva a pensar inconscientemente que somos más diferentes de los que somos en realidad.

Los trabajos de Sandra Scarr[3], de la Universidad de Virginia (USA), aportan pruebas adicionales sobre esta cuestión. Por ejemplo, esta investigadora detectó que en diversos estudios realizados con niños afro-americanos no se apreciaba una diferencia significativa entre gemelos idénticos y no idénticos criados en el mismo hogar. Esto se ha interpretado como un efecto de la ‘pobreza del ambiente’ en el que se han desarrollado los sujetos del estudio, la cual resulta tan extrema que impide que ‘afloren’ las diferencias genéticas. Estudios posteriores demostraron que el mismo efecto era observable en niños blancos criados en condiciones igualmente paupérrimas. En definitiva, en un ambiente poco estimulante para el desarrollo de la inteligencia, el resultado esperable es que las diferencias debidas al efecto de los genes no se manifiesten. Análogamente, si todos los niños fueran criados en ambientes estimulantes ‘perfectos’ esperaríamos que la mayor parte de las diferencias observadas sea debida a los genes.

En otra serie de estudios, Sandra Scarr hizo el siguiente razonamiento. Si el mayor CI de los escolares blancos se debiera a causas genéticas, esperaríamos que los hijos de matrimonios mixtos tuvieran resultados superiores a los de los afro-americanos. Los datos experimentales han demostrado que esto no ocurre así. Finalmente, al término de la Segunda Mundial se presentó la oportunidad de estudiar esta cuestión a través de un ‘experimento’ casual. Como es natural, algunos soldados americanos que fueron a luchar a Europa, tuvieron relaciones sexuales con mujeres locales y engendraron hijos. Entre estos soldados había bastantes afro-americanos. Bien, si existiera una diferencia genética entre negros y blancos con respecto a los genes que influyen sobre el CI, esperaríamos que los hijos de los soldados negros tuvieran peores resultados en los ‘tests’. Y sin embargo, ambos grupos no fueron significativamente diferentes. Dado que los niños objeto del estudio permanecieron en Europa y no tuvieron contacto directo con sus padres, no cabe hablar aquí de influencias culturales. Hay que reconocer que Sandra Scarr es una investigadora realmente valiente para atreverse a contrastar con datos experimentales unas hipótesis tan controvertidas.

Trabajos posteriores a los de Sandra Scarr tienden a confirmar este punto de vista. Por ejemplo, un estudio del psicólogo Eric Turkheimer[4], de la Universidad de Virginia, sobre las interacciones entre genes y ambiente y su influencia en la inteligencia, concluye que los genes explican la mayor parte de las diferencias en niños de clase media y alta y, sin embargo, los factores ambientales son los determinantes para explicar estas diferencias en niños empobrecidos. En palabras del autor “El número de libros que haya en tu casa o el hecho de tener buenos profesores puede tener cierta importancia para un chico de clase media, pero estas cuestiones son mucho más importantes si estamos hablando de chicos criados en condiciones de pobreza”. Lo que este estudio sugiere es que los programas educativos dirigidos a los niños más desfavorecidos pueden tener una influencia crucial y deben ser mantenidos. En definitiva, las diferencias sociales pueden sobrepasar por completo a las diferencias genéticas a la hora de explicar este carácter.

Finalmente, nos queda la objeción ya mencionada anteriormente del ‘sesgo cultural’. Este puede ser mucho más sutil y persistente de lo que parece. Incluso si los tests no tienen preguntas de tipo explícitamente cultural, pueden resultar mucho más difíciles a personas cuya experiencia cotidiana se encuentre muy alejada del tipo de pruebas que se utilizan, que suelen ser abstractas y estereotipadas. Estas pruebas están más o menos relacionadas con el tipo de actividad mental que se realiza en los colegios. Ya se ha mencionado que el CI aumenta con los años de escolarización, lo que desmiente una vez más la errónea premisa de que el hecho de que los genes influyan sobre un carácter excluye la posibilidad de que el ambiente también influya. Curiosamente, se ha visto que el CI de los escolares varía ligeramente dependiendo de la época del año en que se mida: es más alto si se mide en Junio que en Septiembre, debido al parecer, al efecto ‘embrutecedor’ de las vacaciones de verano.

 


[1] Cavalli-Sforza, L.L. and Bodmer, F. The Genetics of Human Populations” W.H. Freeman, San Francisco, 1971

[2] Lewontin, R.C. (1972) “The apportionment of human diversity” Evol. Biol. 6:381-398

[3] Scarr, S., Pakstis, A.J., Katz, S.H. and Barrer, W.B. (1977) “Absence of a Relationship between degree of white ancestry and intellectual skills within a black population” Human Genetics 39:69-86

[4] Turkheimer, E. (1998) “Heritability and biological explanation” Psychology Review 105:782-791

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