Archivo diario: 6 mayo , 2007

Reseña de una obra polémica

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Reseña publicada en http://www.madrimasd.org

Naturalezas humanas. Genes, culturas y la perspectiva humana. Ehrlich, Paul R. Editorial Fondo de Cultura Económica. Madrid, 2006. 782 páginas.

El hombre que nunca aprendió de sus errores

En el año 2000 se publicó la primera edición de “Human Natures. Genes, Cultures and Human Prospect” de Paul Ehrlich, que ha sido traducido al español como “Naturalezas Humanas. Genes, culturas y la perspectiva humana” por la editorial mejicana Fondo de Cultura Económica. Entre los propósitos del libro está (cito textualmente) “suministrar un antídoto evolucionista contra el extremo determinismo de la herencia que contamina muchas de las discusiones actuales sobre la conducta humana: la idea de que somos algo así como simples cautivos de unas diminutas y autorreproducibles entidades llamadas genes”. Lo primero que podemos preguntarnos es quiénes son esos malvados deterministas genéticos. En el párrafo aludido, Ehrlich cita un oscuro trabajo del año 1987 como ejemplo de esta prevalente concepción del mundo. Sin embargo, los principales exponentes de la psicología evolucionista (Pinker, Cosmides, Dennett, etc… verdaderos objetivos de esta crítica) nunca han negado la importancia de la cultura, el ambiente y la educación para explicar la conducta humana. Se limitan a afirmar que los genes tienen cierta influencia sobre aspectos importantes de nuestra vida, como la inteligencia, la personalidad o la propensión a contraer determinadas enfermedades; y para ello se basan un conjunto de datos bastante extenso que incluye los estudios de gemelos idénticos y de adopción, los descubrimientos sobre genes y conducta en otras especies y, en general, los avances de la biología evolutiva. Más aun, esta afirmación de los psicólogos evolucionistas se hace frente al modelo estándar de las ciencias sociales, que niega toda influencia de los genes en la conducta humana. En definitiva, Ehrlich comienza su libro construyendo un imaginario y conveniente determinista genético radicalizado, que resulte fácil de refutar.

Intercaladas en el libro, podemos distinguir dos partes muy diferentes e incluso contradictorias. La primera ocupa el 95% del mismo y podríamos denominarla como la letra pequeña. En ella, el autor expone con claridad y superabundancia de citas la mayoría de las cuestiones que trata la psicología evolucionista (y de paso, algunas más): la evolución, el origen del hombre, cómo funciona el cerebro, el lenguaje, la sexualidad humana, la guerra, el desarrollo de la agricultura, el estado y el arte. En general, el libro no está mal escrito, aunque no tiene nada de original, y el autor parece asumir muchas de las hipótesis que mantienen los propios psicólogos evolucionistas. La mayor objeción que puede hacerse a esta parte es su enorme extensión, cercana a las 800 páginas. Como libro divulgativo resulta demasiado largo y, como enciclopedia, demasiado confuso y desorganizado. Pero no está mal.

Los problemas surgen con la parte del libro que podría considerarse original, que podríamos denominar como el mensaje, y que ocupa aproximadamente un 5%, aunque intercalado entre la letra pequeña. Lo primero que se observa es una desconcertante contradicción entre ambas. En el mensaje, el autor se posiciona claramente entre los ambientalistas dentro de la polémica genes vs ambiente. El argumento principal empleado por Ehrlich en contra de la influencia de los genes es absolutamente desconcertante (aunque he leído la misma formulación en otros escritos) y se basa en afirmar que el número de genes que se ha identificado en el genoma humano es demasiado pequeño para poder explicar la conducta. Ehrlich utiliza la estimación de 100.000 genes, dato que ya está desfasado. En cualquier caso, el problema no radica en el número exacto sino su vacuidad ¿cuál tendría que ser el número total de genes para que pudiéramos pensar que éstos afectan a la conducta? Erhlich no lo aclara. Siguiendo el argumento, en especies donde los genes sí afectarían a la conducta (todas las demás) el número de genes tendría que ser muy superior, y no es así. Aparentemente, lo que los defensores de este argumento deben pensar es algo así: imaginemos que existe un gen para un tipo de conducta determinada, digamos la inclinación a subir montañas; sería posible hacer una lista verdaderamente larga de conductas para las cuales tendría que existir el correspondiente gen; si el número total de genes es relativamente pequeño no nos salen las cuentas; luego, los genes no pueden explicar la conducta humana.

Evidentemente, los genes no funcionan de esa forma. Esto puede aclararse con un ejemplo. El gen SERT[1] codifica un transportador del neurotransmisor serotonina. Diversos estudios han encontrado correlaciones entre la secuencia de dicho gen y ciertas características de la personalidad, como la tendencia a la depresión, al suicidio, al alcoholismo y a enfermedades como el autismo o el síndrome de hiperactividad y déficit de atención. Pequeñas variaciones en el gen (más correctamente, en el alelo) deben dar lugar a transportadores con diferentes propiedades, lo que se traduciría en diferentes niveles de serotonina en el cerebro del individuo correspondiente. Se sabe desde hace tiempo que esta molécula tiene una profunda influencia sobre los estados de ánimo. Así pues, en el caso del gen SERT podemos postular un mecanismo que entronca genes y conducta pasando por la actividad cerebral. En la mayoría de los casos no tenemos una vía de explicación tan clara, aunque es esperable que la investigación logre llenar bastante huecos en un futuro próximo. El argumento empleado (repetidamente) por Ehrlich está completamente vacío de contenido y denota un extraño desconocimiento de la forma en que funcionan los genes.

El segundo argumento empleado por Ehrlich para explicar por qué los genes no pueden afectar a la conducta humana es igualmente simplista y desconcertante. Cito textualmente:

[Se ha descubierto] en experimentos de selección empleando muchos organismos distintos [que] por lo general, es muy difícil seleccionar para una sola característica. Esto sugiere, entre otras cosas, lo poco probable que es en realidad el hecho de que los rasgos de la conducta humana sean un resultado directo de la selección natural, como suele afirmarse.

En primer lugar, no es demasiado difícil seleccionar para una sola característica. La rápida evolución de las poblaciones de insectos, hacia resistencia al insecticida que se emplea contra ellos sería un buen ejemplo (que Ehrlich menciona varias veces). Lo que resulta difícil, en general, es seleccionar para varias características a la vez, como han demostrado muchas veces los mejoradores genéticos. En todo caso, el argumento proviene de una vieja polémica entre los biólogos evolutivos acerca de los límites de la selección natural, pero no aplica particularmente a la conducta ni a los humanos. Se admite generalmente que la selección positiva o direccional de un carácter (cuando un alelo tiene una influencia muy grande sobre la supervivencia del individuo y por tanto es seleccionado) es un suceso relativamente raro, aunque ocurre. En cambio, la selección negativa o purificadora (cuando una mutación tiene consecuencias negativas para el individuo y por tanto es eliminada) es sumamente frecuente[2]. En la actualidad, los biólogos evolutivos tienen pocas dudas de que la selección natural existe y es determinante, aunque muchos de los cambios genéticos no tienen consecuencias sobre la capacidad de supervivencia de los organismos portadores. La aplicación del argumento de Ehrlich a la posibilidad de que los genes influyan en la conducta humana es del todo inconsistente. Era de noche y sin embargo, llovía.

No puedo dejar de mencionar la principal tesis del libro, sucintamente contenida en el título: naturalezas humanas. Sostiene Ehrlich que no existe una sola naturaleza humana, sino muchas, al igual que no existe un genoma humano, sino que cada individuo es único y difiere en algo con el de otros individuos. Según esta analogía (empleada por el propio autor), el término aludiría al hecho de que existe variabilidad genética dentro de nuestra especie. Sin embargo, no es esto lo que quiere decir, sino algo mucho más farragoso. Por naturalezas humanas entiende […] las diversas evolucionadas conductas, creencias y actitudes que gobiernan, soportan y participan en el singular funcionamiento de nuestra mente. Esta acepción del término es completamente diferente a la que se emplea comúnmente: rango de conductas humanas que se consideran universales en nuestra especie e invariables en amplios intervalos de tiempo, por lo que deben tener una fuerte influencia genética. Ehrlich deja claro a lo largo del libro que en su definición no entran los genes y además niega implícitamente que existan patrones de conducta universales, por tanto el término naturalezas humanas sería equivalente a conductas humanas, tal como lo emplea el autor. Obviamente, no es nada fácil deslindar la influencia de los genes y del ambiente, pero ese es justamente el objetivo de la psicología evolucionista: identificar patrones de conducta universales e invariantes, y establecer hipótesis sobre cómo dichos patrones llegaron a establecerse en nuestra especie. Lo que hace Ehrlich de manera implícita, con su definición de naturalezas es negar que exista una naturaleza humana. Hubiera sido mejor y menos confuso que hubiera hecho esta negación de forma explícita (como han hecho otros muchos autores) y expusiera las razones que le llevan a pensar así.

En cualquier caso, resulta muy difícil valorar este libro sin tener en cuenta el historial previo de su autor, el cual ha sido un personaje muy notorio en los medios de comunicación. En los últimos 30 años, el profesor Ehrlich ha realizado decenas de predicciones catastrofistas sobre el hambre, la producción de alimentos, el precio de las materias primas y otras cuestiones relativas al medio ambiente. A pesar de ser enunciadas con solemnidad y sin el menor atisbo de duda, la inmensa mayoría de las predicciones ha resultado falsa. Sin duda, Paul Ehrlich se ha ganado el apelativo de el hombre que nunca aprendió de sus errores. Por ejemplo, en su libro “The Population Bomb” de 1968 escribía estas palabras:

La batalla por alimentar a la humanidad está perdida. A lo largo de los años 70 el mundo sufrirá hambrunas; cientos de millones de seres humanos morirán de hambre a pesar de los programas de emergencia existentes. A estas alturas nada puede impedir un aumento sustancial de la tasa de mortalidad mundial […]

Evidentemente, la predicción resultó falsa. El problema del hambre no está resuelto ni mucho menos, pero el porcentaje de la población malnutrida ha disminuido notablemente desde 1968 al momento actual.

En 1970 sentenciaba en “Eco-catastrophe Environmental Handbook” (página 174): “hacia Septiembre de 1979, toda forma de vida marina estará extinguida. Grandes áreas de costa tendrán que ser evacuadas […]”.

Y otra de sus famosas predicciones (1969): “Apostaría dinero a que ni siquiera Inglaterra existirá en el año 2000”.

Lo de apostar no era de boquilla. En 1980 Ehrlich se apostó una buena suma con el economista Julian Simon acerca del precio que alcanzarían las materias primas al cabo de diez años; Ehrlich a que estarían por las nubes y Simon a que no. El primero acabó enviando un cheque por valor de 576.07$.

En 1974, en su ensayo “The end of Affluence” mostraba su preocupación porque el inminente enfriamiento global del planeta sin duda disminuiría los rendimientos de las cosechas (los cuales aumentaron aproximadamente un 70% entre 1970 y 2000).

En mi opinión (siempre es difícil adivinar los motivos de otras personas), las predicciones no estaban motivadas por datos, modelos u otro tipo de evidencia disponible, sino que estaban destinadas a llamar la atención del público y lograr notoriedad. No eran predicciones de verdad sino mera retórica. Seguramente, Ehrlich pertenece al nutrido grupo de personas que piensa que la mentira es aceptable si se hace por una buena causa y ésta (la salvación del mundo) lo es. El fondo del problema es que lo que Ehrlich lleva décadas haciendo es mentir o (lo que viene a ser lo mismo) llevar sus conclusiones mucho más lejos de los que permiten los datos. Esto es algo inexcusable en cualquier persona pero mucho más tratándose de un científico profesional.

El fin nunca justifica los medios; además, no creo que las mentiras del Dr Ehrlich hayan favorecido a la causa ecologista ni al medio ambiente. Al contrario, la repetición de predicciones fallidas ha provocado una reacción de tipo “pastorcillo mentiroso”. Como el lobo no apareció cuando se dijo muchas personas han llegado a creer que el lobo no existe. Y eso tampoco es cierto. Hay buenas razones para creer que los problemas ecológicos son graves y acuciantes -como es el caso del calentamiento global- pero estas razones tienen que estar fundadas en la mejor evidencia disponible y no en meras opiniones o consignas (el fundamentado informe del panel internacional de expertos en cambio climático (IPCC) constituye un modelo a seguir). Así, hay algunas personas convencidas de que el petróleo no se va acabar en mucho tiempo porque las predicciones catastrofistas llevan muchos años incumpliéndose. Mientras tanto, Paul Ehrlich se ha convertido en un icono del movimiento ecologista y el inevitable fallo de sus predicciones no parece que le haya perjudicado demasiado, ya que conserva su trabajo en la Universidad de Stanford.

[1] Serretti A, Calati R, Mandelli L, De Ronchi D. Serotonin transporter gene variants and behavior: a comprehensive review. Curr Drug Targets. 2006 Dec;7(12):1659-69.

[2] Futuyma, D.J. (1998) Evolutionary Biology. 3th Edition. Sinauer Associated, Inc. Sunderland, Massachusetts

Pablo Rodríguez Palenzuela
Universidad Politécnica de Madrid

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