Archivo diario: 25 marzo , 2007

Sexo hasta en la sopa

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Desde luego, decir que el sexo es importante equivale a hacer una afirmación poco arriesgada. Echo un vistazo alrededor y lo encuentro por todas partes, infiltrando cada minuto de la vida cotidiana. Naturalmente, el sexo (y el amor) constituyen el tema preferente de las canciones populares y de las películas. Se emplea como reclamo para vender todo tipo de productos: perfumes, coches, chocolate e incluso chicle. Doy un paseo por la ciudad y encuentro alusiones sexuales en cada esquina; en determinadas calles recibo proposiciones explícitas para intercambiar sexo por dinero; en la mayoría de las ocasiones, sin embargo, el tema no recibe un tratamiento tan directo pero está presente en la forma en que nos vestimos y arreglamos. Encuentro imágenes con con alto contenido sexual prácticamente en todos los kioscos de prensa de la ciudad, y –no tan explícitas- en la mayoría de los museos de arte. Por supuesto, no se trata de un fenómeno local. El interés por el sexo es una característica común de todas las culturas que  han sido estudiadas hasta la fecha, si bien existen considerables diferencias en cuanto a qué conductas se consideran aceptables en público. No necesitamos un estudio científico para aceptar la idea de que el sexo es importante.

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       Si nos fijamos en otras especies, la situación no es demasiado diferente. Muchas de las cosas bellas e interesantes de la Naturaleza tienen que ver con el sexo. Los vistosos colores de algunas aves no están hechos para deleitar nuestros ojos, sino los ojos de las hembras correspondientes. El ruiseñor que canta entre los árboles no lo hace por amor al arte; su canción tiene un único mensaje repetido sin cesar: “elígeme, elígeme”. Idéntico significado tiene el resplandor de la luciérnaga, los bramidos de los ciervos en otoño o el incesante sonido de la chicharra. Por supuesto, el significado de la palabra sexo varía para cada especie. Para los machos de muchos peces significa eyacular sobre una excitante y apetecible puesta de huevas. Para algunos insectos, el sexo significa depositar una bolsa con esperma en algún lugar visible, que será recogida por la hembra para fertilizar sus huevos. Para la mayoría de las plantas, el sexo implica confiar la semilla al viento o bien ‘seducir’, no a una planta de sexo contrario, sino a un insecto. Incluso las humildes bacterias practican una forma particular de sexo consistente en intercambiar fragmentos de material genético. No cabe duda de que sin sexo las cosas serían mucho menos interesantes para todos.

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La gran paradoja consiste en que no sabemos a ciencia cierta por qué existe el sexo ni cómo surgió. Sólo muy recientemente la Biología nos ha proporcionado algunas hipótesis y no puede decirse que el tema del origen del sexo haya sido objeto de un debate general ni que haya ocupado la mente de los estudiosos, a pesar de su evidente importancia. Es necesario precisar algo esta cuestión; la pregunta de ‘para qué sirve el sexo’ tiene una respuesta trivial, que es: ‘para la perpetuación de la especie’. Se trata, en realidad de una pseudo-respuesta que no nos explica nada. Evidentemente, si no existiese algún tipo de reproducción los seres vivos habrían desaparecido, pero de esto no se deduce que tenga que haber reproducción sexual.  Detengámonos un instante a considerar lo que significa tener este modo de reproducción, frente a uno asexual. En el primer caso, un individuo que quiera reproducirse tiene que encontrar y ‘ponerse de acuerdo’ con otro de diferente sexo y de la misma especie. Para ello, ambos individuos fabrican células especiales, gametos, que contienen sólo la mitad de los cromosomas de las células normales, de modo que cuando los dos gametos se fusionan recuperan el número normal de cromosomas que corresponde a la especie. En definitiva, cuando un individuo se reproduce sexualmente, cada uno de sus hijos lleva la mitad de los genes de cada progenitor. Esto es, en principio, un mal negocio ya que la ‘inversión’ en la descendencia se reduce a la mitad. Desde un punto de vista individual sería preferible que los hijos llevasen el 100% de nuestros genes. Por otra parte, el juego de aparearse es sumamente incierto y en muchísimas ocasiones los seres vivos mueren sin dejar descendencia. A primera vista, sería mucho más conveniente un modo de reproducción de tipo asexual, que nos ahorrase todos estos avatares. Esto puede parecer una discusión absurda, ya que en nuestra especie no tenemos otra opción que la reproducción sexual (dejando de lado la posibilidad todavía remota de la clonación artificial). Ciertamente, la mayoría de las especies de vertebrados (aunque no todas) se encuentran abocadas al sexo sin que puedan escapar a este destino, pero esto no es generalizable a todas las criaturas. La reproducción asexual no es infrecuente en insectos y es bastante corriente en hongos y plantas, aunque en general, alterna con formas de reproducción sexual.

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Desde el punto de vista evolutivo, el sexo no es un imperativo, ya que formas alternativas de reproducción asexual pueden surgir a lo largo del tiempo. Por otra parte, los cambios necesarios para pasar de reproducción sexual a asexual no son demasiado grandes en teoría. El óvulo recibe señales químicas de que ha sido fecundado e inicia un programa de divisiones celulares que pone en marcha el proceso de reproducción. Bastaría con que un óvulo ignorase estas señales y realizase una replicación adicional del material genético (para compensar la ausencia de espermatozoide) y  tendríamos hembras capaces de engendrar hijas sin tener que ser inseminadas. El misterio del sexo consiste justamente en que, pese a sus aparentes desventajas, es bastante raro que una especie se reproduzca de forma exclusivamente asexual. Por razones que resultan en parte misteriosas, cuando esto ocurre y una especie abandona por completo el sexo parece estar condenada a la extinción, lo cual sugiere que el sexo confiere alguna ventaja a los seres que lo practican, pero ¿qué ventaja?

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Una gran diferencia entre reproducción sexual y asexual estriba en la cantidad de variabilidad genética que se genera en las poblaciones. El sexo fuerza la combinación de genes, de manera que cada individuo es, de hecho, único y diferente a todos los que han existido y existirán, ya que representa una combinación de genes que no van a volver a encontrarse en otro individuo  (o al menos, la probabilidad de que esto ocurra es increíblemente baja). En cambio, en una población cuyo único modo de reproducción sea asexual, podemos esperar que las diferencias genéticas entre los individuos de la población sean pequeñas; no es que no se produzcan mutaciones, éstas ocurrirán y se transmitirán a la descendencia, pero en ausencia de los mecanismos sexuales de ‘barajeo’ de genes, la cantidad de variabilidad genética que se produce por vía de las mutaciones es pequeña. Por tanto, la pregunta puede reformularse como: ¿es bueno que exista variabilidad genética en las poblaciones? Desde  un punto de vista evolutivo y considerando un plazo de tiempo bastante largo, la respuesta es ‘sí’. La variabilidad genética es buena para una especie porque aumenta las posibilidades de que ésta pueda adaptarse si las condiciones cambian. Evidentemente, si se produce un cambio brusco en el hábitat de una especie particular, la supervivencia dependerá de que existan variantes del tipo normal que resulten más ventajosas en las nuevas condiciones. Durante algún tiempo los biólogos especularon con la posibilidad de que la única función del sexo fuera incrementar la variabilidad en las poblaciones. Según esto, podríamos pensar que la reproducción sexual tiene lugar por ‘el bien de la especie’; sin embargo, esta línea de pensamiento tiene un problema serio, y es que la selección natural no funciona así. Se trata de una fuerza ciega que no puede anticiparse al futuro. Sencillamente, si un gen confiere a los que lo poseen una característica ventajosa para la supervivencia, dicho gen tiende a extenderse en la población; pero para ello la ventaja tiene que producirse ‘aquí y ahora’. Ningún gen es seleccionado ‘por si acaso las condiciones cambian y entonces resulta ventajoso’. Una explicación coherente sobre la reproducción sexual tiene que decirnos qué tipo de beneficios ‘inmediatos’ se producen como consecuencia de ella.

       

 

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