Archivo diario: 10 febrero , 2007

Reseña: Freakonomics

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La verdad es que no había oído hablar de “Freakonomics” hasta el pasado verano, cuando me lo encontré de sopetón en la céntrica librería Waterstones en Edinburgo, Cinco horas más tarde ya lo había terminado. En definitiva, se trata de un libro muy divertido y terriblemente adictivo. Por desgracia, hay pocos así.

¿De qué va Freakonomics? Difícil de decir, porque trata de muchas cosas. De luchadores de sumo, profesores de enseñanza media, agentes inmobiliarios, el Ku-kux-klan, vendedores de droga y muchas cosas más. Sus autores (Steven Levitt y Stephen Dubner) son dos economistas jóvenes e iconoclastas que, armados de sus herramientas estadísticas, se lanzan a investigar los aspectos más sorprendentes de la conducta humana. Al parecer, su juego sólo tiene tres reglas: 1) que el tema les parezca interesante; 2) que sus conclusiones se basen en datos, y 3) que les importa un rábano lo que hayan podido opinar previamente los “expertos” en el tema. No puedo estar más de acuerdo con este planteamiento. Además, pensándolo bien, las tres premisas mencionadas constituyen la base de cualquier investigación que se precie en el campo que sea. No pretendo quitarle gracia a la lectura de este libro, así que sólo mencionaré dos de las muchas historias que discurren por él: ¿qué tienen en común los luchadores de sumo con los maestros de escuela?

En 1996, la administración responsable de las escuelas públicas de Chicago empezó a hacer exámenes anuales a todos los alumnos, aunque los verdaderos examinados eran los profesores, ya que los resultados repercutían de forma considerable sobre su sueldo y sus posibilidades de promoción. Los autores se preguntaron si tal vez, algunos profesores harían trampa, ya que los incentivos eran grandes y las trampas de los profesores constituyen un fenómeno raro, pocas veces investigado (como todo el mundo sabe, son los alumnos lo que engañan) ¿cómo abordar esta cuestión? Afortunadamente para los autores, todos los resultados de los tests, entre 1996 y 2000, estaban accesibles en Internet (algo así como 100 millones de preguntas individuales), incluyendo información precisa sobre la marcha de cada alumno a lo largo de los años. Sobre esta base, los autores construyeron un algoritmo informático que identificaba bloques sospechosos, esto es, bloques de preguntas cuyo porcentaje de aciertos resultase sorprendentemente alto e incoherente con el resto del examen. De esta forma estimaron que aproximadamente un 5% de los profesores hacía trampas (una estimación conservadora, ya que el algoritmo sólo identificaba los casos más flagrantes). Después de publicado el artículo, el responsable de educación de Chicago pidió ayuda a los propios autores para identificar a los profesores tramposos, lo cual acabó con el despedido de aproximadamente una docena de ellos (sin duda una minoría, pero con un efecto ejemplarizante sobre el resto).

Este dato ni me sorprende ni me escandaliza. En realidad son buenas noticias, ya que el 95% de los profesores (probablemente) no hizo trampas, a pesar de que no parecía que hacerlas tuviera consecuencias negativas. Seguramente encontraríamos porcentajes de tramposos iguales o mayores en cualquier otro colectivo (si se trata concejales de urbanismo, mejor no hablar). Los autores no se preguntan si hacer trampas está en la naturaleza humana o no, se limitan a estudiar la conducta aquí y ahora. Pero la pregunta es muy relevante para los psicólogos evolucionistas. No voy a entrar hoy de lleno en el tema, pero conviene mencionar que la capacidad de engañar no es exclusiva de nuestra especie y seguramente es, en parte biológica y tiene un asiento en nuestros genes (aunque todavía no hayamos identificado dichos genes).

Lo que sí me sorprende (y escandaliza) es que los autores no habrían podido realizar un estudio similar en España por la sencilla razón de que no hay datos fiables y accesibles. De hecho, no ha datos en absoluto. Nuestro sistema educativo es perfectamente opaco. Me explico. Los niños empiezan el colegio a los 3 años y acaban la universidad a los 22 (o los que sea). Ese proceso educativo conlleva miles de horas de esfuerzo y grandes sumas de dinero público y privado ¿cuál es el resultado? No lo sabemos. El único dato, externo y más o menos objetivo es el examen de acceso a la universidad, que se produce una vez en la vida del estudiante (sólo de aquellos interesados en ir a la universidad). Por supuesto, los profesores evalúan a los alumnos, pero el problema es que los profesores son (somos) juez y parte. La calificación que obtienen los alumnos también es la del profesor (o debería serlo). Este problema –el de la opacidad de nuestro sistema educativo- no parece ser objeto de preocupación general, pero sin duda, se trata del asunto más importante en política educativa. El número uno. Por una razón sencilla: sin exámenes generales, externos y (en lo posible) objetivos sencillamente no podemos saber si el proceso educativo está funcionando o no (podemos especular, opinar, participar en tertulias, etc…pero no podemos saber). En los últimos años, todos los intentos de la administración por cambiar la situación en este sentido han sido combatidos con éxito por la comunidad educativa, utilizando argumentos (en mi opinión) absolutamente débiles (tal vez el tipo de prueba que se ha empleado no sea idóneo, pero ante esto cabe proponer mejoras, no oponerse al proceso).

Sin datos fiables, cualquier política educativa es un fiasco.

[Si alguien tiene una opinión al respecto, me gustaría que dejara un comentario. Gracias]

Pero, vayamos a la otra historia. Ya habréis adivinado que lo que tiene en común los profesores con los luchadores de sumo es que ambos hacen trampas. En el caso de estos últimos, la cosa es bastante más complicada. Los luchadores de sumo de élite se enfrentan en torneos bi-mensuales de 15 combates; un luchador necesita ganar al menos 8 para mantenerse en primera división. Por tanto, el último día del torneo, un luchador que se encuentre en la burbuja (7 ganados y 7 perdidos) tendrá mucha más motivación por ganar el último combate que un luchador que ya está salvado (al menos 8 victorias). Estas circunstancias son ideales para que los combates se arreglen. De nuevo, lo que reveló el análisis estadístico de los datos es que muchos (aunque no todos) los luchadores tenían un acuerdo tácito, mediante el cual los favores se devolvían, si se daban las circunstancias, en el plazo de unos meses. Al parecer, el acuerdo se producía no sólo entre luchadores individuales sino entre las casas (agrupaciones a las que pertenecen los combatientes). Hoy por ti, mañana por mí. En este caso, las conclusiones fueron confirmadas por luchadores arrepentidos (los cuales murieron muy pronto en extrañas circunstancias).

La historia es realmente buena y creo que puede que generalizarse a muchas esferas (si no a todas). Grupos o individuos que llegan a acuerdos tácitos de ayuda mutua; ¿a qué me suena esto? Grupos parlamentarios que condicionan su voto (independientemente de lo que se esté votando) a un intercambio de apoyos. Miembros de tribunales de oposición que pactan tácitamente el apoyo a sus candidatos ¡El comportamiento de los luchadores de sumo es la vida misma! Y conste, que el intercambio de favores no tiene por qué ser ilegal o inmoral. Puede ser una forma de cooperación perfectamente lícita. El factor clave de esta conducta es que los participantes tienen que encontrarse en el camino con relativa frecuencia (como los arrieros) y tienen que recordar el historial de pasado de ayudas de los otros. Estas condiciones no son exclusivas de nuestra especie, sino que ocurren en numerosos animales sociales. Así que no es raro que el altruísmo recíproco, como denominan los etólogos a este tipo de conducta, se haya desarrollado muchas veces. Sin ir más lejos en animales tan vilipendiados como el vampiro.

Se ha visto que entre algunas especies de vampiros sociales es normal que los individuos compartan el alimento obtenido con otros animales que no son sus parientes cercanos. Este hecho está probablemente relacionado con el incierto modo de alimentación del vampiro, el cual accede a un alimento bastante nutritivo (la sangre) pero con una frecuencia relativamente baja. Por tanto, es fácil pensar que esta conducta altruista resulta beneficiosa en conjunto, ya que compartir el alimento puede salvar la vida de aquellos animales que no hayan sido afortunados una noche, los cuales podrán, tal vez devolver el favor a sus benefactores.

Quiero acabar este post con un proverbio oriental, que para mí constituye una especie de lema:

La información es cara, la opinión es gratis

 

Freakonomics ha sido traducido al español recientemente:
http://www.freakonomics.es/freakonomics.htm

 

Un abrazo a tod@s

Pablo

 

 

 

 

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