Infanticidas condicionales y el “efecto Bruce”

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Seguramente usted ha contemplado miles de asesinatos en la pantalla (basta ver un ratito la tele), sin embargo, es improbable que en esa misma pantalla haya visto muchas escenas explícitas de infanticidio. Quiero decir, en plan bestia, recreándose en los detalles. Naturalmente. la imagen de un adulto cargándose a un niño pequeño da muy mal rollo y sería considerado “hard core”. El infanticidio es tabú.Y sin embargo ha estado presente en todas las sociedades pasadas y presentes. Pero no es mi inteción hablar hoy de este fenómeno en nuestra especie sino en otros mamíferos.

Resulta que en muchas especies de mamíferos, el infanticidio es muy, muy frecuente, tal como demostró un largo y meticuloso estudio publicado en Science (el trabajo aquí). Un caso bien estudiado es el de los monos langures (Semnopithecus), un género que habita en la India y muchas áreas de la cordillera del Himalaya. Naturalmente, la matanza de crías no es el resultado de una conducta caprichosa, sino que es una estrategia deliberada. Los perpetradores son siempre machos y las víctimas nunca son los hijos biológicos de éstos. Cuando un grupo de machos se apodera de un grupo de hembras, desplazando a los anteriores machos dominantes, comienza la matanza sistemática de las crías. Por supuesto, las madres se resisten todo lo que pueden. Nada es más contrario a los intereses reproductivos de una madre que la destrucción de su crianza. El problema es que el tiempo juega en contra de la cría; tarde o temprano el macho asesino encontrará una oportunidad.

Por mucho que esta conducta ofenda nuestras convicciones morales, constituye una buena estrategia reproductiva para los machos. Evidentemente, los perpetradores no pueden ser los padres biológicos; la muerte de las crías acelerará el siguiente celo de las hembras y los nuevos dominadores tendrán la opción de aparearse y engendrar ellos nuevas crías. Crimen perfecto. El problema es que (en la medida en que esta conducta está controlada por genes, y debe estarlo) la reacción de las hembras perpetúa el instinto infanticida en los machos. En buena lógica ellas no deberían aparearse con los asesinos de sus hijos. Y sin embargo eso es precisamente lo que hacen , porque las hembras tienen que atender a sus intereses reproductivos aquí y ahora, y no pueden permitirse el lujo de hacer una huelga sexual como las mujeres de Lisístrata. Es una pena que las crías hayan sido asesinadas pero eso ya no tiene remedio y hay que mirar hacia adelante. Un comentario. Esto no tienen nada que ver con el bien de la especie. Tiene que ver con que los intereses reproductivos de ambos sexos son en este caso muy diferentes hasta el punto de chocar de manera dramática. La lista de infanticidas es larga. Ocurre, por ejemplo, entre los leones y los gorilas. En estos últimos se han dado cifras de hasta un 14% de mortalidad en las crías a manos de machos externos al grupo y entre los langures tan altas como el 33%.

Las hembras de langur no pueden, la mayoría de las veces, salvar a sus crías. Sin embargo, si aparece un grupo de machos deambulando, se ha visto que las hembras tienden a solicitar sus atenciones y a aparearse con ellos, incluso hembras que ya están preñadas, lo que a primera vista no tiene mucho sentido. Es posible que la conducta de estas hembras sea “preventiva”. Si la banda de machos deambulantes llega a desplazar a los residentes, éstos no podrán estar seguros de que las crías no son suyas si se han apareado previamente. Si las hembras no pueden evitar el infanticidio, al menos pueden manipular la información que tienen los machos acerca de la paternidad de las crías. Y esto es clave. Conductas similares han sido descritas en chimpancés. Por ejemplo, cuando los científicos del famoso bosque de Gombe pudieron estudiar la paternidad de las crías mediante análisis del DNA, descubrieron que una alta proporción de padres eran individuos externos al grupo y completamente desconocidos incluso para los científicos, que seguían a los chimpancés 24/7. Y mira por dónde, que un buen número de hembras se las ha  arreglado para despistar a los machos residentes, y a los científicos, con objeto de realizar actividades extracurriculares con machos desconocidos ¿Se trata de una estrategia de prevención de infanticidios o es mera atracción por lo desconocido?

Debora Cantoni y Richard Brown (el trabajo aquí) estudiaron a una especie de ratón californiano que nos proporciona una historia mucho más constructiva. En esta especie los dos sexos trabajan hombro con hombro para sacar adelante a las crías. Los machos son fieles (por lo que sabemos) y pueden estar razonablemente seguros de su paternidad, ya que no dejan a la hembra ni a sol ni a sombra y practican el sexo cientos de veces al día. Y claro, en esas condiciones uno puede estar seguro. Ni que decir tiene que aquí el infanticidio es impensable. Y la virtud es recompensada: el porcentaje de supervivencia de las crías es cuatro veces mayor que en especies que practican la crianza monoparental. No todos los roedores son así ni mucho menos. Y lo que resulta fascinante son las variaciones entre especies en la conducta de los machos a este respecto. Más aun, en algunos casos empezamos a conocer los fundamentos genéticos y moleculares del este comportamiento y tiene que ver con la distribución de los receptores de la hormona vasopresina en el cerebro de los machos. Sí señores, sí. La distribución de estas proteínas cerebrales es lo que separa a un padre amantísimo de un incurable Don Juan. Pero  eso es tema para otro post.

En las especies con machos desaprensivos, el problema no se limita a la falta de colaboración de éstos, sino -una vez más- a sus intentos pertinaces de controlar la reproducción de las hembras por la vía del infanticidio. De nuevo, la pregunta clave para el ratón infanticida es: ¿es mío o no? Para resolver este conudro algunas especies han desarrollado una estrategia curiosa. Por defecto, un macho devora a cualquier cría que se encuentre, pero si se aparéa con alguna hembra, se pone en marcha un reloj biológico que inhibe esta conducta durante 21 días. Pasado este plazo, retornará a sus hábitos caníbales. La cosa es que al cabo de 21 días las crías que haya podido engendrar estarán criadas, destetadas y emancipadas y si se encuentra con alguna ¡seguro que no es mía! ¡me la como! Evidentemente, el ratón macho no necesita tener una idea explícita de su estrategia reproductiva. Lo único que necesita es una inquina sin límites contra todas las crías a menos que se haya apareado dentro del plazo de seguridad. La Naturaleza es sabia.

De nuevo, las ratonas necesitan estrategias para contrarestar esto, o al menos para limitar los daños. Necesitan saber qué machos tienen altas probabilidades de devorar a su prole y cuáles están dentro del periodo de gracia. En otras especies, no todos los machos son infanticidas (sólo los machos alfa) y el resto es más o menos de fiar. Tener esta información es de capital importancia. En este sentido, la hembra puede verse en la necesidad de decidir si merece la pena o no seguir invirtiendo recursos en la crianza. Si la probabilidad de que ésta acabe en el estómago de algún macho es muy alta, a lo mejor merece la pena abandonar y esperar a que las circunstancias mejoren para reproducirse. Y aquí es donde entra el efecto Bruce, así nombrado por su descubridora, la zoóloga británica Hilda Margaret Bruce. Lo que observó esta científica es que las hembras inducían una reabsorción de los embriones si eran expuestas de forma persistente al olor de ratones macho distintos del padre biológico. Puede pensarse que el efecto Bruce es una estrategia defensiva frente al más que probable infanticidio de la camada no-nacida. Resulta irónico que en esta especie las hembras provoquen el aborto de toda la camada en aras de maximizar su eficacia reproductiva a largo plazo. Así que en esta especie, “pro-choice” es “pro-vida”. Las cosas son complicadas.

 

 

 

 

 

 

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Ciento nueve premios Nobel contra Greenpeace

Ciento nueve premios Nobel se reunieron el otro día y escribieron un manifiesto durísimo contra la organización ecologista Greenpeace (cualquiera puede sumarse aquí). Estamos de acuerdo con muchas de vuestras reivindicaciones -vienen a decir los laureados- en particular con la importancia de atajar el cambio climático, pero en el tema de los transgénicos os habéis pasado  unos cuantos pueblos. Y el problema no es sólo que os paséis la evidencia científica por ahí abajo, sino que la irracional campaña anti-transgénicos se ha convertido en un obstáculo para la lucha contra la malnutrición: si dejarais que se cultivara arroz dorado (rico en pro-vitamina A) habría muchos menos niños ciegos… ergo sois culpables de crímenes contra la Humanidad. Greenpeace ya ha respondido de forma bastante virulenta, por boca de su portavoz Wilhelmina Pelegrina. La mantenemos y no la enmendamos. Los ecologistas tenemos razón y los laureados no sabéis de qué están hablando. Los transgénicos son malos. Fin de la cita.

Vayamos al grano. Los científicos tienen razón. Las plantas transgénicas son tan seguras como las convencionales; posiblemente más, porque han pasado unos controles super-estrictos y super-costosos. Después de 25 años y millones de hectáreas cultivadas nadie ha podido demostrar que los transgénicos causen el menor daño a las personas o al medio ambiente. La tecnología del DNA recombinante nunca ha perjudicado a nadie. Bueno, a Bill Clinton sí, pero eso es otra historia. El tema ha sido estudiado hasta la saciedad y empieza a aburrir. Los transgénicos son seguros. Fin de la cita.

Hace unas semanas contactó conmigo un periodista que estaba escribiendo un artículo sobre este tema (el artículo aquí). Pregunta: si los transgénicos son seguros por qué tienen tanto rechazo. Respuesta: no tengo ni idea. Eso se lo tienes que preguntar a los científicos sociales y la pregunta es “si los transgénicos son demostrablemente seguros, por qué lo anti-transgénicos han ganado la batalla mediática”. La gente cree en cosas muy raras. Algunos, incluso creen en Dios. O sea, que el proceso de formar opiniones no parece ser estrictamente racional. La emotividad cuenta. Si nos presentan una buena historia con un Malo de película (Monsanto) que conspira para hacerse con el control de la Humanidad a través de la Agricultura y que es muy, muy poderoso. Esa historia es irresistible. Yo no estoy diciendo que el comportamiento de Monsanto sea modélico. Las compañías grandes tienden a hacer de las suyas si les dejan, ya sea Monsanto o Google o Microsoft. Pero eso no tiene nada que ver con los transgénicos. No vamos a estar en contra de los ordenadores porque Microsoft abuse de su posición.

Y, sí, el mundo es injusto. Hay muchas personas que nacen en una situación de pobreza y están jodidas. Y habría que ayudarlas, pero de verdad, no en plan retórico. Seguramente Monsanto tiene una posición de cuasi-monopolio que habría que revisar. Pero de esto no se sigue que la Biotecnología sea mala. Todo lo contrario, la Biotecnología es buena, y segura y la necesitamos, además de otras muchas cosas. Para luchar contra la pobreza necesitamos que no haya guerras, que los gobiernos no sean corruptos y administren sabiamente el dinero, que las instituciones del ramo (FMI, Banco Mundial, FAO, ONU, etc…) hagan bien su trabajo, que las compañías mineras no interfieran con los gobiernos en países en desarrollo (diamantes, coltán…), que los aranceles agrícolas no machaquen a los países pobres, que las armas no se vendan descontroladamente, que las grandes potencias no apoyen a gobiernos infames por intereses estratégicos… y también que los científicos desarrollen nuevas variedades de plantas más productivas, más resistentes a enfermedades y con mejores características nutritivas. La Biotecnología podría contribuir a esto último (si la dejan), aunque por supuesto no es LA SOLUCION. Pero es que cuando un problema es complejo no hay nada que sea LA SOLUCION. Como mucho, hay cosas que pueden contribuir a LA SOLUCION. Y la Biotecnología es una de ellas. Si la dejan.

Como el arroz dorado. Un arroz transgénico que contiene cantidades muy considerables de beta-caroteno, por eso tiene un color dorado. Su consumo podría mejorar la situación de muchas personas, porque la deficiencia en esta sustancia es frecuente y produce ceguera. Greenpeace se ha opuesto con uñas y dientes porque no es LA SOLUCION, dicen, la SOLUCION es que todo el mundo tenga una dieta rica y variada y no que tengan que consumir un cultivo transgénico. Pero mientras esta solución ideal no llega, lo siento, tendréis que quedaros ciegos o ver cómo vuestros hijos se quedan ciegos.  Greenpeace va un paso más allá y dice que no se ha demostrado que el beta-caroteno del arroz dorado se convierta en vitamina A en el organismo del consumidor. Lo que pasa es que el beta-caroteno de cualquier fuente (p.e. las zanahorias) se convierte en vitamina en el organismo de cualquier humano que lo consuma. Es como si obligaran a demostrar que el Viagra funciona en Bhutan. La Madre que los parió.

Lo que tendrían que hacer los de Greenpeace está clarísimo. Reconocer que se han equivocado, que la evidencia sobre la seguridad de los transgénicos es apabullante y que la Biotecnología debería aplicarse cuanto antes a conseguir nuevas variedades que CONTRIBUYAN a mejorar la vida de las personas ¿Es tan difícil rectificar? Y dicho esto, seguir presionando para que se afronten los verdaderos problemas medioambientales, que son muchos y muy serios. Y seguramente los 109 laureados (y la inmensa mayoría de la comunidad científica) estarán codo con codo en esa lucha.

Pero lo que ocurre de momento es todo lo contrario. Los activistas se han convertido en políticos profesionales. Mal asunto.

 

 

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Las superbacterias te matarán (probablemente)

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Hace ya tiempo contaba en este mismo blog la triste historia de Albert Alexander, un policía inglés que murió a consecuencia de un accidente de jardinería: se pinchó con una rosa. Suena un poco raro ¿no? En general, no pensamos que la jardinería sea una actividad de alto riesgo. Bueno, esto ocurrió  en el año 1941, justo antes de la Era de los Antibióticos. La trágica muerte de Albert contribuyó precisamente al desarrollo de la penicilina, ya que Florey y Chain (los verdaderos descubridores de la misma) utilizaron todas sus existencias para tratar la septicemia de Albert, el cual mejoró notablemente al principio, y luego empeoró rápidamente al cesar el tratamiento. Un resultado perfecto para la Ciencia aunque trágico para Albert, ya que hizo que se redoblasen los esfuerzos en el proceso de obtención del antibiótico.

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El problema es que en el mismo momento que empezaron a utilizarse los antibióticos se inició un proceso de selección natural que favore a las bacterias resistentes. El propio Fleming advirtió de este proceso, que por otra parte es “inescapable”. La Evolución actuando delante de nuestras narices. Parte del problema está en que la llegada de superbacterias resistentes a los antibióticos es un proceso insidioso, que está entrando de forma callada, sin provocar muchas muertes de golpe (de hecho está provocando muchas muertes pero de una en una y en muchas partes del mundo). No es una pandemia que se presenta de repente, como la gripe aviar o el zika. En un goteo. Así es difícil estar en los titulares y en las agendas de los políticos. Pero el problema es muy grave y es altamente probable que acabe afectando a todo el mundo. A usted, también.

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Algunos datos. El número de muertes por sepsis bacteriana en USA ha aumentado un 35% en los últimos 8 años. La lista de villanos es amplia: Staphiloccocus aureus, Klebsiella pneumoniae, Acinetobacter baumanni y Pseudomonas aeruginosa ya campan por sus respetos por los hospitales de todo el mundo. Clostridium difficile y diversas enterobacterias acechan en los productos alimenticios.La gonorrea, una enfermedad de transmisión sexual considerada hasta hace poco como relativamente leve, resulta cada vez más difícil de controlar. La tuberculosis ha vuelto a ser un problema de salud pública de primera magnitud (incluso en países ricos) y cada vez es más resistente a los fármacos que solían ser eficaces. La lista es larga. Ya están aquí.

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¿Quiénes serán los más afectados? Aquellos cuyo sistema inmunológico no funcione al 100%, niños, ancianos y enfermos con inmunodepresión. Está claro que las superbacterias se cebarán en las residencias de tercera edad y también -trágicamente- en las guarderías infantiles. La muerte de un ser querido siempre es un asunto serio; pero es evidente que morir a los 80 es menos trágico que hacerlo a los 8. Para los padres modernos, acostumbrados a que sus hijos sobrevivan prácticamente en el 100% de los casos, la vuelta a una mortalidad infantil elevada será sencillamente inimaginable. Por otra parte, muchos de los procedimientos hoy considerados rutinarios en medicina pasarían a ser de alto o riesgo o simplemente tendrán que descartarse. Estoy pensando en una implantación de una prótesis de cadera o en un simple transplante de riñón ¿Se imagina un mundo sin cirugía?

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¿Qué podemos hacer? No podemos evitar la evolución de las bacterias, pero sí podemos retrasar el proceso. Para empezar, usando los antibióticos en pacientes humanos de forma responsable, es decir, no utilizándolos si no es estrictamente necesario y, una vez iniciado un tratamiento, siguiéndolo meticulosamente hasta el final. España ha sido uno de los países líderes en irresponsabilidad; los antibióticos se conseguían sin receta médica hasta hace poco y el control de la dosis sigue siendo muy pobre. En otros países, sólo es posible conseguir la dosis exacta que haya prescrito un médico preparada por el farmaceútico de forma personalizada. Otro problema relacionado es que, al parecer, existe una curiosa des-información sobre cómo funciona la resistencia a antibióticos. Según un estudio reciente, mucha gente piensa que la resistencia se genera en las personas no en las bacterias. Es decir, si yo abuso de los antibióticos éstos dejarán de hacer efecto en mi organismo. Evidentemente esta idea es totalmente errónea, pero incita a las personas a abandonar el tratamiento en cuanto se ha producido una mejora, en la creencia errónea de que así no dejarán de funcionar.

Otro importante campo de batalla en la lucha contra la resistencia a antibióticos está en costumbre del sector ganadero de emplearlos de forma masiva para estimular el crecimiento y evitar la proliferación de bacterias en las condiciones de hacinamiento típicas de la producción animal. Estas prácticas han sido denunciadas repetidas veces por la comunidad científica (unánime en este asunto). Es evidente que la producción de carne debe adaptarse a la no-utilización de antibióticos, admitiendo que esto puede incrementar los costes. En la Unión Europea se han hecho importantes avances en la legislación en este sentido, pero el problema es global.

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Algunos problemas son de índole económico. Es posible que las compañías farmaceúticas tengan pocos incentivos para desarrollar nuevos antibióticos. Deben ser los Estados, por tanto, los que intervengan. Sería particularmente importante que las intstituciones públicas desarrollasen nuevos antibióticos y no los pusieran inmediatamente en uso, reservándolos como “última línea” de defensa; y es evidente que no puede esperarse que las compañías privadas lleven a cabo una acción como esta.

Y por supuesto, hace falta mucha más investigación en este campo. Los avances en genómica podrían permitit a los médicos saber rápidamente las características del agente infeccioso al que se enfrenta, permitiendo una toma de decisiones mucho más inteligente sobre qué tipo de antibiótico se debe recetar (si es que se debe recetar). Aunque cada vez resulta más difícil encontrar nuevas sustancias antibióticas, esto no es descartable. Ni es descartable que se encuentren nuevas estrategias para combatir las infecciones. Políticos: hace falta dinero para esto.

Mi última reflexión es que a pesar de los posibles avances de la Biología, es probable que la Época de los Antibióticos esté a punto de acabarse y en un futuro próximo nuestra relación con las enfermedades bacterianas será mucho más problemática ¿Se acabó la fiesta?

 

 

 

 

 

 

 

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Mentiras y Camelos

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Por lo que yo sé, fue Harry Frankfurt el primero en introducir en el debate filosófico la distinción entre ´mentira´y ´camelo´, en su famosa obra “On Bullshit”. He traducido “bullshit” como “camelo” a falta de un término mejor (si algún amable lector me sugiere otra palabra lo agradecería). Para el resto del post emplearé el término bullshit que ya es un referente universal. Para Frankfurt la diferencia esencial radica en que el mentiroso sabe que lo que está diciendo es mentira (luego conoce la verdad). Al camelista en cambio, le trae sin cuidado si lo que afirma es cierto o falso. Incluso podría ser cierto, lo que no va a hacer es molestarse en comprobarlo si la afirmación en sí está en línea con su argumento.

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Veamos algún ejemplo. Cuando el Presidente del Gobierno en funciones nos dice que va a bajar los impuestos y cumplir con el defícit, nos está mintiendo lisa y llanamente. Cuando el naturópata nos recomienda una “terapia ortomolecular” entramos en el terreno del bullshit ¿Qué es la terapia ortomolecular? les dejo con un texto sacado de internet, cuya fuente no citaré:

Es la parte de la medicina dedicada a la rehabilitación celular. Su objetivo es el restablecimiento del equilibrio químico del organismo. Este objetivo se consigue a través del uso de substancias y elementos naturales,como vitaminas, minerales, oligoelementos, aminoacidos, probioticos, coenzimas, los cuales van a permitir un reequilibrio bioquimico,neutralizando efectos tóxicos y mejorando la calidad de vida.
La medicina ortomolecular puede aportar a la célula los nutrientes necesarios, y podríamos hablar de nutrición celular. La medicina ortomolecular, como medicina solo debe ser practicada por un médico que previo análisis de nutrientes le indicará la terapia más adecuada a su status o a su enfermedad.

Si examinan atentamente el texto verán que no contiene ninguna mentira flagarante, sin embargo, la terapia ortomolecular es un caso claro de bullshit. En la práctica recomienda el consumo de vitaminas y otras sustancias en cantidades muy superiores a las consideradas óptimas. Sólo en el caso de que la persona en cuestión tenga alguna deficiencia nutricional específica se puede esperar algún beneficio, y el abuso de algunas vitaminas y minerales tiene efectos negativos bien reportados. Los adeptos a este tipo de cosas me recordarán que fue inventada por Linus Pauling que fue sin duda uno de los grandes científicos del siglo XX. En cualquier caso, la idea de que el consumo masivo de vitamina C tuviera efectos beneficiosos para la salud ha sido refutada de forma clara. Los genios también pueden cagarla.

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Pero mi intención no  es hablar de la terapia ortomolecular en concreto, sino del concepto de bullshit ¿Cómo podemos distinguirlo de la mentira y por qué esta distinción en importante? En primer lugar, el camelista siempre trata de convencernos de algo, ya sea por ideología política, interés comercial o mera paranoia; para ello sustituye la evidencia por palabrería vacua, lugares comunes, el empleo emocional de las palabras y (generalmente) una astuta mezcla de verdades, medias verdades y mentiras. En definitiva, el bullshit no puede encajarse en una categoría clara (verdad/mentira) de las que tanto le gustaban a Aristóteles, sino que tenemos que vérnoslas con algo mucho más difuso y difícil de identificar y analizar.

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¿Por qué es tan peligroso ? En mi opinión por dos razones. La primera es que  ¡está en todas partes! Vivimos literalmente sepultados por toneladas de defecación bovina. En parte es una consecuencia inevitable de la vida moderna. Si todos los humanos tenemos que tener una opinión sobre asuntos de los que no sabemos casi nada, es difícil que no asome un poco de bullshit por algún sitio. Pero el verdadero problema es que ¡resulta muy útil como herramienta de persuasión! Por la sencilla razón de que es muy difícil comprobarlo todo. Y aquí el enunciado de  de la Primera Ley Fundamental del Camelo: La energía necesaria para refutarlo es (al menos) de un orden de magnitud mayor que la necesaria para crearlo.

La segunda razón por la que el bullshit es tan peligroso es que no hemos desarrollado una maquinaria moral para contrarrestarlo. Mentir está mal. El mentiroso se arriesga a sufrir un estigma (al menos en los países de origen protestante). Pero el camelista siempre se va de rositas. Algunas profesiones están orientadas específicamente a la generación masiva de bullshit ¡Y te felicitan por ello!

¿Qué podemos hacer? Inevitablemente, la Primera Ley nos dice que tendremos que dedicar bastante tiempo a la refutación y no hay recetas mágicas. Consultar la bibliografía científica puede ayudar en algunos casos cuando ésta está disponible, pero esto no ocurre siempre ni la bibliografía científica es la Verdad Absoluta. No obstante, para el camelo relacionado con temas de salud, una pequeña excursión por Entrez-Pubmed puede hacer maravillas.

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Pero no se trata solamente de un problema de información (o falta de ella), la resistencia al bullshit requiere también de una cierta actitud moral, más en concreto, de honradez intelectual y esto me remite directamente a la Apuesta de Pascal. Me preguntarán, ¿qué tiene que ver Pascal con el bullshit? Permítanme que explique el argumento.

Después de una etapa personalmente difícil, Blaise Pascal, insigne matemático, físico y filósofo, entró en una fase mística y abandonó sus estudios para dedicarse exclusivamente a la Teología. Durante esos años desarrolló su famosa “apuesta” que puede formularse más o menos así:

No podemos estar seguros de la existencia de Dios; a juzgar por lo que vemos ésta es incluso improbable. Sin embargo, los beneficios de la Fe son potencialmente infinitamente buenos (el Paraíso para los que mueren en Gracia de Dios) y los perjuicios del ateísmo infinitamente malos (condenación sin remedio). Así  pues, la solución racional al problema consiste en creer, porque el coste/beneficio siempre es positivo para el creyente, incluso en el caso de que la probabilidad de la existencia de Dios fuese muy baja.

El argumento tiene cierta gracia (no voy  entrar a ahora a discutirlo en profundidad, aunque su refutación es fácil), pero sí quiero señalar la flagrante falta de ‘honradez intelectual’ del mismo. O sea, que creer en que una cosa sea cierta o no, no depende de un análisis detallado de la evidencia disponible a favor o en contra, ¡sino de lo que me convenga o no!

La honradez intelectual es un prerequisito para adquirir conocimiento. Si alguien no está dispuesto a mancharse los dedos examinando la evidencia y si no está dispuesto (en principio) a cambiar de opinión en función de lo que encuentre, entonces Todo es bullshit. O peor aun, no hay diferencia entre la verdad y el bullshit (algo que quizá suscribirían algunos filósofos posmodernos). Por desgracia, veo a mi alrededor muchas personas que no tienen ningún interés en cotejar los hechos y que piensan que cosas como la Terapia Ortomolecular, el Calentamiento Global o la teoría de la Evolución son simplemente “opinables” y que ambos lados de la cuestión son neutrales y equiparables.

Aunque la Verdad Absoluta no exista, podemos acercarnos a la Verdad Relativa (es decir a la mejor hipótesis en este momento) si lo hacemos con Humildad, Honradez intelectual y Esfuerzo.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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La paradoja del dolor

He aquí la paradoja: el dolor intenso y continuado es seguramente una de las experiencias más horribles por las que se puede pasar y, al mismo tiempo, el dolor es tu amigo porque te avisa de que hay algún proceso en marcha sumamente negativo para tu integridad corporal y para tu supervivencia. Por ejemplo, la señorita C (un personaje frecuente en los libros de texto de Psicología) no podía percibir dolor alguno ¿qué suerte, no? Pues no. La señorita C podía estar charlando tranquilamente en la cocina mientras su mano se freía inadvertidamente en una sartén; la señorita C casi se arranca la lengua de un mordisco sin darse cuenta, y así un largo etcétera. La señorita C murió a los 29 años después de múltiples traumas en la piel y los huesos. Por otro lado, millones de personas sufren jaquecas recurrentes e incapacitantes, que constituyen un problema médico en sí, y no por ser el síntoma de algún otro mal subyacente. En estos casos el síntoma es la enfermedad y el dolor el mal a combatir.
El utilitarismo, que en mi opinión es la filosofía moral más avanzada que tenemos, nos induce a maximizar la felicidad y a minimizar el dolor, afirmando implícitamente que el dolor es malo o por lo menos, aquello que produce dolor debe ser evitado. Algunos filósofos utilitaristas, Peter Singer a la cabeza, afirman que la consideración de minimizar el dolor no debe limitarse a los humanos sino a todos los seres “sentientes”. No es la capacidad de hablar, ni la de razonar lo que hace a un ser vivo digno de consideración moral, sino su capacidad de sufrir. El dolor no es menos desagradable y traumático por el hecho de que quien lo sufra tenga una limitada capacidad cognitiva. Independientemente de que estemos de acuerdo o no con esta perspectiva “animalista”, esta cuestión nos lleva a una pregunta interesante: cómo podemos estar seguros de si otro ser vivo puede sentir dolor, sobre todo si se trata de un miembro de otra especie y no puede decírnoslo alto y claro. En este punto el filósofo moral tiene que pedir ayuda al biólogo.
El biólogo nos dice que el primer requisito consiste en tener un sistema nervioso. Los humanos tenemos varios tipos de sensores en la piel y en los órganos internos (corpúsculos de Pacini, discos de Merkel, terminaciones de Ruffini…) que pueden detectar presiones, temperaturas y otras circunstancias potencialmente peligrosas. No tiene sentido hablar de dolor en bacterias, hongos, plantas y otros eucariotas considerados “inferiores”. Las plantas no sufren dolor a pesar de que algunas personas afirman todo tipo de cosas raras al respecto; eso sí, las plantas perciben muchas cosas (luz, temperatura, gravedad, presencia de patógenos e insectos, agua y nutrientes en el suelo, días más cortos o más largos…) pero eso es otro cantar. Por otro lado, existen pocas dudas de que mamíferos y aves son perfectamente capaces de sentir dolor de forma similar a la nuestra (por supuesto es imposible comprender plenamente la experiencia subjetiva de otro ser vivo, sea éste un murciélago o un filósofo ). Algunos partidarios de las corridas de toros han argumentado que estos animales no sufren dolor durante la lidia. El argumento es sumamente endeble y ha sido refutado para el caso específico de los toros durante la corrida. Si los mamíferos pueden sufrir y las plantas no ¿en qué grupo taxonómico comienza esta capacidad? La pregunta es relevante no sólo desde el punto de vista de la zoología sino que además, obviamente, tiene consecuencias éticas.
Un grupo de animales donde tiene sentido que nos hagamos esta pregunta es el de los peces; seres con los que solemos empatizar muy poco y que nos causan escasos remordimientos cuando nos los comemos o los pescamos. En general, los pescadores son considerados (y se consideran ellos mismos) en una categoría muy distinta de las cazadores. Estos últimos matan a seres (relativamente) inteligentes y (a veces) adorables como por ejemplo los ciervos o los zorros. Así que la caza es una actividad mucho más cuestionada que la pesca desde un punto de vista ético. Es imposible que la muerte violenta de un besugo nos afecte de la misma manera que la de una cría de foca. Pero para que nuestra coherencia fuera total tendríamos que estar seguros de que el besugo es un ser menos “sentiente” que la cría de foca. Reconozco que la matanza de besugos no va a generar muchos titulares, al menos de momento, pero ¿qué nos dice el biólogo del potencial sufrimiento del besugo?
Los peces obviamente tienen un sistema nervioso bien desarrollado. También se sabe que poseen abundantes terminaciones nerviosas en la boca, así que es seguro que pueden percibir el anzuelo que se clava. Sin embargo, esto no es suficiente. La percepción del daño no implica necesariamente que haya una experiencia dolorosa. Para esto necesitaríamos algo más: que se produjera una “representación mental” del dolor, lo que corresponde aproximadamente con el sentido habitual del término “sufrimiento”. Esto es particularmente relevante para la práctica de la pesca sin muerte. Los pescadores de esta modalidad dicen que esta actividad es “impecable” desde el punto de vista ético y medioambiental. Cómo no, algunos animalistas aducen que se produce un daño innecesario a los peces. Nos vemos obligados a reformular la pregunta: ¿sufren las truchas al ser pescadas y devueltas al río?
Victoria Braithewaite, una profesora de la Universidad de Pennsylvania afirma que así es (http://www.psu.edu/dept/braithwaite/victoria.html) después de largos años investigando este asunto. Durante años los científicos creían que los peces no pueden sufrir porque carecen de amígdala, la estructura cerebral que en mamíferos almacena información relevante sobre experiencias notablemente malas o buenas y que es indispensable para aportar un contenido emocional a la percepción de estímulos. Pero hace unos años los zoólogos descubrieron una estructura equivalente en los peces, lo cual cambia por completo la cuestión. El equipo de Braithewaite comenzó inyectando una pequeña cantidad de ácido en el labio de los peces y puso en evidencia una conducta típica de animales que sufren: se frotaban el labio insistentemente y no mostraban interés por la comida (frente a individuos de control que no mostraban esta conducta). Seguidamente los investigadores diseñaron un test que permitiera poner en evidencia si los peces tratados por ácido estaban o no en un “estado mental perturbado” que pudiéramos catalogar como “doliente”. Para ello entrenaban a los peces en una especie de laberinto construido en la pecera; en uno de los puntos clave, donde el pez tenía que decidir entre dos posibles caminos, colocaban un estímulo nuevo. La reacción normal en un pez sano consistía en detenerse ante el nuevo objeto y nadar rápidamente hacia el lado correcto, sin perder contacto visual con el objeto. Sin embargo, los individuos que estaban bajo la influencia del dolor ignoraban el peligro potencial de forma significativa. Esta diferencia en lo que puede considerarse una conducta normal sugiere que los peces objetos del experimento experimentan una representación mental del dolor que interfiere con sus capacidades. En definitiva, los peces pueden sufrir.
Aunque estos datos son sugestivos, seguramente no son suficientes para zanjar completamente la cuestión. Para empezar, no es seguro que la inyección con ácido sea equivalente al efecto del anzuelo, aunque es posible que así sea. En otro orden de cosas, es posible aceptar la validez científica de estos resultados y no aceptar la conclusión de que es éticamente incorrecto pescar con caña. Se puede argumentar que el dolor que sufren los peces está justificado por el placer que la pesca reporta a los humanos que la practican. En cualquier caso, es importante que seamos capaces de separar los hechos (que los peces son capaces de sufrir) con los valores (si es no moralmente correcto hacer sufrir a los peces).

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Golondrinas alicortas y polillas cambiantes

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Volverán las oscuras golondrinas

en tu balcón sus nidos a colgar,

y, otra vez, con el ala a sus cristales

      jugando llamarán;

pero aquéllas que el vuelo refrenaban

tu hermosura y mi dicha al contemplar,

aquéllas que aprendieron nuestros nombres…

      ésas… ¡no volverán!

Muy Bonito. Gustavo Aldolfo Béquer basa su imagen poética en la idea de que las golondrinas que vuelven cada año son esencialmente iguales que las del año anterior, excepto en el hecho crucial de que no nos han visto a tí y a mí juntos. Sin embargo, de acuerdo con un trabajo reciente en Current Biology, es muy posible que las golondrinas estén evolucionando muy rápidamente y que los “culpables” de este fenómeno sean (curiosamente) los automovilistas.

Se trata de una especie particular de golondrina americana (Petrochelidon pyrrhonota), que construye sus característicos nidos de barro debajo de los puentes de las carreteras. No es extraño pues,  que a las golondrinas les guste posarse en el asfalto situado directamente encima del nido y ahí está el problema. A pesar de que esta ave maniobra maravillosamente bien en vuelo, debido a la escasa longitud de sus patas, les cuesta levantarlo, de aquí la frecuente mortandad por atropellos que sufre.  Los autores del artículo se han pasado cerca de 30 años recogiendo datos sobre esta especie y han podido establecer con claridad dos hechos: primero, que la frecuencia de atropellos ha disminuido significativamente a lo largo de los años y, segundo, que las alas de las golondrinas se han acortado también de manera significativa.  A partir de estos hechos, los autores proponen que ambas cosas pueden estar relacionadas. Una golondrina de alas largas vuela más rápido, pero unas alas más cortas facilitarían a las aves levantar el vuelo con más rapidez. Ergo, las golondrinas estarían adaptándose a la peligrosa presencia de automóviles modificando su morfología de forma apropiada. Evolución a ojos vistas.

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Primates y filosofos

Decepcion. Esta es la palabra que me viene a la mente cuando pienso en el libro de Frans de Waal “Primates y Filosofos”. Me apena decirlo porque Fran de Waals es uno de autores favoritos de divulgación científica. Sin embargo, en este caso el libro tiene en mi opinión muy poca miga y se basa fundamentalmente en el prestigio de de Waal. Como esos restaurantes que tienen éxito nada mas empezar y que cuando vuelves otra vez descubres que la calidad ha empeorado notablemente.

Lo primero que huele mal es la minima longitud del “cuerpo principal” del libro, exactamente 55 paginas impresas con una letra muuuy grande. El resto son ‘apendices’ donde se incluyen algunos comentarios de otros autores y posteriormente la respuesta de de Waals a dichos comentarios. Este “cuerpo principal” es un ensayo bastante académico y simplista sobre el origen biológico de la moral, en el que el autor utiliza básicamente material reciclado de sus propios trabajos, sin aportar ninguna idea nueva (ni prácticamente ningún dato) nuevo. Parece un trabajo propio de un universitario. No quiero decir con ello que el libro este mal escrito o que diga cosas disparatadas. Por el contrario, posiblemente resultaría interesante a un lector completamente nuevo en el tema, asi que mi critica debería moderarse en este sentido.

La pregunta fundamental que plantea de Waals es: cual es el origen de los códigos morales de las sociedades humanas? El autor argumenta que la “empatía”, un sentimiento que constituye el germen de todos los sistemas éticos, es una ‘adaptacion’; esto es, la empatía ha surgido a lo largo de la evolución de nuestra especie (y no solo de nuestra especie) debido a los beneficios en términos de supervivencia y reproducción para quienes la practican. En definitiva, que los individuos capaces de cooperar con otros tienen muchas mas probabilidades de sobrevivir y reproducirse que los menos cooperativos. Al menos en algunas especies sociales donde los individuos aislados tienen pocas opciones.

La hipótesis es bastante razonable y el autor la fundamenta bien con datos y ejemplos. La alternativa, naturalmente es la “tabula rasa”; en este caso, que los códigos morales surgieran de repente al tiempo que las sociedades complejas. Dado que todas las sociedades conocidas, incluidos los cazadores-recolectores de los que tenemos información, tienen códigos éticos a menudo tan complejos y sofisticados como los de las sociedades tecnológicamente avanzadas, el presumir un origen biológico a la moral es una apuesta bastante segura. Como ya hemos visto tantas veces, la refutación de la tabula rasa es cosa fácil, sin embargo de ahí no surge directamente una explicacion completa y satisfactoria del origen de la moral, aunque posiblemente nos ponga en el buen camino para ello.

Sin duda lo mejor del libro son las historias que cuenta de Waals sobre su propia experiencia con chimpancés o los experimentos sobre el sentido de la justicia en monos capuchinos.

Los apéndices se refieren solo tangencialmente al cuerpo principal del libro y a mi no me resultaron particularmente interesantes.

El libro fue publicado en español por la editorial Paidos en 2007.

PS. Pido disculpas por la horrorosa ortografía de este post, que he tenido que escribir en un teclado en ingles en el que no se pueden poner acentos a menos que el propio Word se ocupe de ello.

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