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Sonríe o Muere

Smile or Die (How Positive Thinking Fooled America & The World)

Barbara Ehrenreich. 2009. Granta Publication. London

Publicado en español. “Sonríe o Muere”. 2011. Turner.

Me topé con este libro en la magnífica librería Blackwells de Oxford, hace aproximadamente un año, y lo leí inmediatamente con muchísimo gusto y avidez. Unos meses más tarde, y recién vuelto de una larga temporada en USA (y por tanto, después de una cieta exposición a los efluvios del “Pensamiento Positivo”) encuentro que el libro se ha revalorizado notablemente a mis ojos. Diría que es un libro inteligente -brillante a veces- cómico y trágico a la vez, desmitificador y vivificante. La mayor pega es que su discurso no resulta (todavía) demasiado aplicable al ambiente cultural de la Península Ibérica; por lo que es posible que un lector que no haya vivido en Estados Unidos no sepa muy bien de qué le están hablando (en tal caso, el lector puede considerarse afortunado). Pero los tiempos cambian y la “letanía” del Pensamiento Positivo (en adelante, PP) ya está siendo exportada a todo el mundo, sobre todo dentro del mundo de “Business Management”.

Vayamos al grano. El PP se define en primer término como una “actitud positiva ante la vida”, con la implicación de manifiestar constantes signos externos de felicidad personal y autoconfianza. Hasta aquí la cosa no va demasiado mal; es innegable que un cierto grado de optimismo puede ayudarnos a conseguir nuestros fines. Pero el PP, según la autora, va mucho más lejos, constituyendo una verdadera ideología, a menudo opresiva, y una especie de pensamiento mágico del siglo XXI. Se espera que las personas mantengan, en general, este tipo de actitud positiva y no es imposible que alguien pierda su empleo si incumple esta norma no escrita. Aunque a los españoles nos pueda parecer raro, quejarse estámuy  mal visto en USA.

Barbara Ehrenreich, conocida escritora y activista social, comienza su exploración del universo PP a través de su propia experiencia como enferma de un cáncer de mama. Desde el momento del diagnóstico, nos cuenta que se vio presionada por todo el entorno social a mantener una actitud positiva, a llevar en todo un momento un lazo rosa ya  manifestar su determinación a luchar contra la enfermedad. En realidad, lo que le pedía el cuerpo era manifestar su cabreo, dado que muy probablemente su enfermedad había sido de origen iatrogénico,  una consecuencia del tratamiento hormonal para combatir los efectos de la menopausia ¿No sería más saludable mostrar nuestros verdaderos sentimientos en lugar de sonreir todo el rato? Un problema añadadido es que (en contra de la creencia común) la supervivencia al cáncer tiene poco que ver con la “actitud” del paciente y mucho con el tratamiento y el momento en que se detecte. El símil de la “batalla” contra el cáncer es un mal símil, porque nos hace pensar que el éxito depende de la “voluntad de luchar”. Según la autora, la evidencia experimental muestra claramente que tal cosa no es cierta. Y además tiene un lado oscuro: si pierdes la batalla es porque tu actitud no es lo suficientemente positiva. Nos cuenta la autora que algunas enfermas terminales eran expulsadas del grupo de apoyo (obviamente cuando más lo necesitaban)  porque su mera presencia “desmoralizaba” a las demás, al hacer patente que el PP no estaba funcionando.

El relato del PP continúa en el mundo de los negocios, particularmente en las escuelas de  MBA (Master in Business and Administration), donde la letanía del pensamiento positivo ha sido ascendida a Dogma. Recuerdo que hace ya algunos años, un compañero que cursaba uno de estos famosos MBA me comentó (con admiración) una especie de lema que le habían dado en clase: Lo importante no es tomar una decisión buena o mala; lo importante es tomar una decisión y hacer que sea un éxito. Creo que fu mi primera exposición al PP (corrían los años ochenta del siglo pasado) y la frase se antojó como una completa estupidez. Si no recuerdo mal, lo que hacen las personas que administran negocios es tomar decisiones; si estas decisiones no son importantes, ¿qué es lo que hace que el negocio vaya bien o mal? ¿Cómo hacemos que una mala decisión sea un éxito? Al parecer, la respuesta es simple: basta mantener una actitid en línea con el PP.

En la cuestión económica, el lado oscuro del PP es particularmente sangrante: si usted es pobre la culpa es suya por no tener una actitud sufcientemente positiva. En definitiva, coincido con Barbara Ehrenreich en que la Ciencia que se practica en las Escuelas de Negocios tiene poco que ver con la Ciencia de verdad y se trata más bien de una colección de anécdotas barnizadas con términos pomposos (p.e. método del caso). Sin embargo, creo que la autora llega demasiado lejos cuando culpa al PP de la actual crisis económica global.

La autora sigue explorando la influencia del Pensamiento Positivo en otros rincones de la sociedad norteamericana: las Iglesias, que según ella constituyen su origen, las Universidades, la Psicología, etc… En Resumen, “Sonríe o Muere” me ha parecido un libro brillante, ilustrativo y radicalmente no-convencional. La editorial Turner ha tenido la buena idea de traducirlo al español en 2011, aunque en este caso le costará casi 20 eurazos, frente a las 3.3 libras + gastos de envío del original en Amazon.uk.

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Por qué cometemos errores

Why We Make Mistakes. Joseph T. Hallinan. Broadway Books, New York.

Un estudio post-mortem realizado sobre pacientes de cáncer de pulmón mostró que un porcentaje elevadísimo de los tumores ya eran claramente visibles en radiografías que habían sido tomadas meses antes y que los especialistas habían pasado por alto. En otro estudio sobre la eficacia de los anestesistas, hecho en Estados Unidos en los años 70, se vio que los errores en la mesa de operaciones eran frecuentes, a veces con consecuencias letales para el paciente. Las  cifras mejoraron muchísimo cuando se tomaron medidas tan elementales como utilizar válvulas “a prueba de errores” o adoptar la costumbre de emplear un “check-list” antes de iniciar el proceso.

Es evidente que los humanos cometemos errores con frecuencia, ya sean leves o catastróficos, en todos los ámbitos de nuestra existencia. Errar es humano. Sin embargo, reconocer este hecho es un pobre consuelo cuando sufrimos las consecuencias de los errores propios o ajenos  ¿Por qué cometemos errores? ¿Y hay alguna forma de evitarlos (o al menos minimizarlos)? Estas son las dos preguntas que aborda el periodista, ganador de un Pulitzer, Joseph T. Hallinan y con las que nos introduce al fascinante mundo de la “errorología” científica. Para ello no duda en utilizar fuentes tan diversas como la Psicología, la Neurobiología, la Economía e incluso la Aviación Civil.

Según Hallinan, existen diversos factores que tienen una gran influencia a la hora de hacernos meter la pata. El primero de ellos es lo que los psicólogos denominan “sesgo perceptual”: la manera parcial y sesgada con la que observamos el mundo que nos rodea y que deriva sencillamente de la forma en que está organizado nuestro sistema nervioso. Aunque nos parezca que la vista es una especie de cámara de fotos, en realidad se parece más a un gigantesco software de reconocimiento de imágenes, no superado hasta el momento por los verdaderos ordenadores. Pese a su enorme potencia, nuestro sistema visual es susceptible de ser engañado, como demuestran las ilusiones ópticas. Miramos pero no vemos y vemos menos de lo que creemos ver. En un experimento ya clásico, realizado en la Universidad de Cornell, un investigador preguntaba a un (involuntario) sujeto de la investigación cómo llegar a cierto sitio; mientras éste se explayaba, unos falsos operarios que transportaban una enorme mampara se interponían entre ambos. En esos segundos, el experimentador que había preguntado era sustituido por otro individuo, sin que hubiese un parecido especial entre ambos. En la mayoría de los casos, la persona a la que se preguntaba siguió dando explicaciones al nuevo, sin percatarse de que se trataba de una persona diferente.

Otra fuente de errores se debe a nuestra tendencia (difícil de superar) a aferrarnos a nuestras primeras impresiones y a dejarnos llevar por nuestra intuición. Además, las circunstancias que nos rodean y el estado fisiológico en el que nos encontremos parecen tener una importancia mucho mayor de los que solemos pensar. Por ejemplo, en un divertido estudio sobre hábitos de consumo se vio que la música de fondo que sonaba en el supermercado tenía una notable influencia sobre el tipo de vino que los clientes tendían a comprar: p. e. si sonaba música francesa compraban vino francés con mucha mayor frecuencia, a pesar de que los sujetos negaron vehemente esta conexión cuando fueron preguntados. Otra investigación (nada tranquilizadora) realizada en Israel mostró que la severidad de la condena que imponían los jueces de un tribunal estaba relacionada con el tiempo que quedaba para la hora de comer (jueces hambrientos solían ser más severos que cuando sus señorías estaban bien desayunados).

La imagen que tenemos de nosotros mismos tampoco ayuda. Numerosos estudios muestran que la mayoría de nosotros nos consideramos por encima de la media (algo estadísticamente imposible) y que  tendemos a sobrevalorar nuestras capacidades y probabilidades de éxito. Curiosamente, algunas investigaciones apuntan a que las personas diagnosticadas con depresión  tienen parámetros de realidad mejor calibrados que personas sin esta condición. Al parecer, esta tendencia a minimizar los riesgos está más acentuada en hombres que en mujeres y, sin duda, el exceso de confianza es la fuente principal de error en nuestras vidas.

¿Qué podemos hacer? Hallinan no duda en “mojarse” y dar algunos consejos, bien apoyados por la literatura científica. Podemos hacer algunas cosas, aunque nunca eliminaremos por completo la posibilidad de cometer errores. Tratar de ser consciente de nuestros sesgos y limitaciones; comer y dormir bien antes de tomar una decisión importante; intentar que alguien compruebe lo que hacemos; incluso adoptar protocolos de actuación, como hacen los pilotos de avión antes del despegue.

En definitiva, se trata de un libro ameno y riguroso a la vez, que trata de ayudarnos a manejar nuestras vidas con la ayuda de las últimas investigaciones en este campo. En este sentido, “Why we make mistakes” se encuentra en la misma línea que el famosísimo “Freakconomics”. Irónicamente, el libro lo está libre de error. Un lector de Chicago señaló una falta de gramática, ¡en el mismo título!, debería llamarse “Why we do make mistakes”. Ni el autor ni los editores se dieron cuenta.

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La explosión de hace 10.000 años

Los tiempos deben estar cambiando, porque hace unos años este libro hubiera desatado un huracán de críticas y, sin embargo, ha pasado relativamente desapercibido (o al menos no se ha montado un cirio demasiado grande) ¿La razón? Sus autores, Cochran y Harpending, abren uno de los “melones” más temidos de la Biología/Psicología, el de las (supuestas) diferencias cognitivas entre grupos étnicos.

Pero empecemos por el principio. La tesis fundamental del libro es que la evolución humana no se ha detenido en los últimos milenios, sino que por el contrario, se ha acelerado con la llegada de la civilización y el progreso. Los autores sostienen que las nuevas condiciones de vida creadas por el desarrollo de la agricultura -primero- y por la creación de los estados  -después- crearon nuevas presiones selectivas en las poblaciones humanas. Esta idea no es, en sí misma, particularmente revolucionaria; lo que es difícil es presentar evidencia experimental sólida que la avale. Sin duda, los autores hacen un esfuerzo por argumentar bien sus tesis aunque, en mi opinión, éstas son de momento hipótesis cuya confirmación empírica queda bastante lejos. Hay que reconocer también que los autores son bastante honrados en ese sentido: dicen claramente cuándo están especulando y cuándo sus afirmaciones están bien sustentadas.

En esencia, Cochran y Harpending lanzan tres (arriesgadas) ideas a la palestra. La primera es que los humanos modernos (cro-magnon) que reemplazaron en Europa a los neanderthales debieron adquirir de éstos algunos alelos mediante un proceso conocido como introgresión. Dichos genes habrían permitido a los cro-magnones adaptarse a las duras condiciones europeas durante la última glaciación. La idea no es disparatada. Por ejemplo, se ha visto que el color del pelaje de los lobos de Alaska y Canadá se debe en cierta medida a un fenómeno de introgresión (más info). Sin embargo, los datos genéticos obtenidos hasta el momento muestran que cro-magnones y neanderthales permanecieron genéticamente separados. Es posible que en el futuro nuevos datos cambien el panorama, pero en este momento esta evidencia es inexistente (véase).

La segunda hipótesis tiene que ver con la aparición de la tolerancia a lactosa en nuestra especie. Este tema ha sido tratado otras veces en este blog (aquí). Los autores van un poco más lejos y afirman que la aparición de esta mutación que permite a los adultos ingerir leche, constituyó una ventaja determinante para los pueblos indoeuropeos hasta el punto de ser la causa de que la migración indo-europea tuviera lugar. De nuevo, es posible que haya sido así pero los datos en los que se basa la hipótesis son todavía insuficientes.

Por último, nos vamos a la hipótesis más controvertida de todas: según los autores, los judíos ashkenazi se vieron obligados a dedicarse a profesiones relacionadas con la banca y las finanzas de forma casi exclusiva durante la Edad Media; debido a esta presión selectiva, los ashkenazi serían más inteligentes que otros grupos étnicos. Los autores emplean el número de premios Nobel conseguidos por individuos con esta ascendencia en el último siglo.

Este tipo de controversias siempre suponen una especie de raya en la arena: hay que estar en contra o a favor. Así que voy a definirme: me niego a aceptar rayas en la arena. Por un lado, creo que los argumentos empleados por los autores son insuficientes (aunque presentan su caso de forma convincente). Sería necesario encontrar alelos claramente ligados a la inteligencia (entendida como IQ, lo que tiene una evidente limitación) y luego demostrar que en determinados grupos étnicos dichos alelos son más frecuentes que en otros. A día de hoy, los datos no son conclusivos ni mucho menos.

Por otra parte, me parece posible que una hipótesis de este tipo llegue a estar fuertemente apoyada por los datos algún (¿acaso no hay poblaciones genéticamente más altas que otras?). Cuando eso ocurra, estoy dispuesto a dejarme convencer, porque creo que la ciencia es mucho más importante y menos dañina a largo plazo que la corrección política (más sobre esto).

Pero ese día no ha llegado.

PS. Sobre la evolución de la especie humana en la actualidad hablaremos otro día

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Reseña: Los cazafantasmas

Me encontré con este libro el pasado verano, en unas “rebajas” en la librería de la Universidad de Madison. Un rápido vistazo al interior (y su atractivo precio) me convencieron de inmediato. 48 horas más tarde leía la última página y lo guardaba en la estantería. Fascinante.

La trama transcurre a mediados del siglo XIX. Un grupo variopinto de científicos e intelectuales inician una investigación que pronto se convertirá en una obsesión personal para muchos de ellos, hasta el punto de poner en peligro sus carreras profesionales y sus vidas privadas. Liderados por el filósofo/psicólogo William James (uno de los padres fundadores de la Psicología) y por Russel Wallace (co-autor con Darwin de la Teoría de la Evolución), nuestros aventureros tratarán de contrastar empíricamente la existencia de fantasmas, espíritus y otros fenómenos psíquicos. Reconozco que no pude evitar identificarme con este puñado de aventureros intelectuales. Irónicamente, en su búsqueda de la “verdad” se encontraron con dos enemigos mortales: la Iglesia y los demás científicos.

Tal como dijo explícitamente uno de ellos, al intentar constrastar la existencia de fantasmas (la moda del espiritismo arrasaba en aquellos días), estaban al mismo tiempo poniendo en tela de juicio algunas ideas muy importantes. Si no encontraban evidencias del “más allá” tendrían que concluir que no hay nada después de la muerte. De aquí la lógica animadversión de la Iglesia. Pero ¿y si encontraban algo? Tendrían que admitir la existencia de una realidad “espiritual”. De aquí la actitud hostil de los científicos.

Sin embargo, estrictamente hablando, el punto de partida de James y los suyos era estrictamente científico. Si todo el mundo habla de los fenómenos paranormales ¿por qué no investigarlos con rigor?

No les contaré lo que encontraron, o no encontraron para no estropearles el libro. Iker jiménez debería dedicarles un programa.

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La política del chimpancé

Mi amigo y colega bloguero Jesús Zamora Bonilla me envió el otro día una especie de “desafío” consistente en “salvar” un libro entre todos los que haya uno leído. Me he pasado unos días dándole vueltas al asunto y al final opté por hacer una aproximación sentimental al problema. Recorrí con la vista mi biblioteca tratando de analizar los sentimientos que me provocaban los libros. El corazón manda.

Y el ganador ha sido este que ven en portada: “La Política del chimpancé” de Frans de Waals (Traducido al español: “La Política de los Chimpancés. El poder y el sexo entre los simios”, de Frans de Waal (Alianza Editorial).

La “política” surge entre los animales sociales cuando 2 o más individuos forman una coalición para lograr -típicamente- comida o ventajas reproductivas. Entre los gorilas no existe la política. Un sólo macho “acapara” a un grupo de hembras y las “defiende” frente a otros machos. Sólo el vencedor se reproduce. Entre los chimpancés las cosas son bastante más complicadas. Los chimpancés forman grupos claramente jerarquizados y los machos dominantes son los que más se reproducen. Pero para alcanzar la (evolutivamente) envidiable posición de macho dominante, no sólo cuenta la fuerza física. Más importante aun es la capacidad de formar alianzas con otros individuos del grupo. El libro cuenta las intrigas de tres chimpancés, Yeroen, Nikkie y Luit para llegar al poder.

Curiosamente, hasta que lo leí pensaba que el libro que más me había influido era “El Príncipe” de Macchiavello. Y, de alguna manera, ambos están relacionados. Cuando lees el de Frans de Waals entiendes el otro en toda su dimensión. No pretendo con esto quitar mérito al genial escritor italiano. Pero las bases de “El Príncipe” llevan millones de años desarrollándose en nuestros linaje.

El libro contiene una maravillosa combinación de dos cosas difícilmente combinables. Por un lado, es un “cuaderno de campo” que resume largos años de investigación etológicas. Nos cuenta los hechos de forma precisa y directa. Por eso resulta tan creíble. Por otra parte, contiene una historia apasionante de amor, odio, poder y celos. Casi diría que es una especie de culebrón. No cuento más para no estropear el final.

He leído críticas al trabajo de de Waals acusándole de antropomorfismo, es decir, interpretar la conducta de los animales atribuyéndolos pensamientos e intenciones humanas. No es así. Los etólogos pueden confundirse al interpretar la conducta de los animales, pero ésta es imposible de entender si no admitimos que los animales tienen “fines”. De hecho, el mero concepto de “conducta” no tiene sentido sin esto. El mejillón que abre o cierra su concha tiene “fines” (aunque por supuesto no sea “consciente” de ello).

Lo verdaderamente extraordinario es que los chimpancés tengan fines tan parecidos a los nuestros.


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Reseña: El Mito de la Educación

A medida que avanza este blog, la polémica genes vs educación resulta irrelevante, o aun peor, cansina. Por supuesto, los genes cuentan. Elíjase un ambiente lo bastante homogéneo y los efectos de los genes aflorarán. Por supuesto, el ambiente cuenta. Elíjanse ambientes culturalmente muy distintos y las consecuencias se harán patentes. Ya estamos aburridos de esto. Lo que queremos saber es cuáles son los genes implicados y cómo actúan. Y sobre todo, queremos saber cuáles son los factores ambientales relevantes. Los estudios de heredabilidad son bastante inútiles para ambos fines. En el caso de los genes, la caza ya está en marcha y aunque de momento no ha sido tan fructífera como se esperaba, tenemos que darle algún tiempo. En el caso de los factores ambientales, la situación es más complicada. Hemos visto que, en la mayoría de los caracteres estudiados, cerca de la mitad de la varianza se debía a factores ambientales únicos, pero no tenemos nada claro cuáles son estos factores. En la opinión de los autores de estos estudios, tal cosa resulta un misterio. Para explicarlo, llegan a insinuar que los padres no se esfuerzan lo suficiente en la educación de los hijos, lo cual se encuentra a una distancia de tres micras de decir que la educación no tiene ninguna influencia. Transcribo textualmente:

Nuestros resultados, así como los de otros grupos, no implican que la educación carezca de efectos a largo plazo. La increíble similitud de los gemelos criados aparte en sus actitudes sociales (p.e. conservadurismo y religiosidad) no muestran que los padres no puedan influir sobre estos rasgos, muestran simplemente que esta influencia no suele producirse en la mayoría de los casos.

(Bouchard et al., 1990 Science 250:223-229)

Estos investigadores tienen que hilar muy fino. No es que no se pueda influir sobre los hijos, es que los padres no se lo toman en serio. Parece como si estuvieran haciendo un esfuerzo denodado por salvar los muebles, esto es, nuestra querida y arraigada noción de que los padres son importantes en determinar la personalidad de los hijos. Un punto de vista mucho más radical, y en cierto modo, incendiario es el de la psicóloga Judith Rich Harris, presentado en su libro “El Mito de la Educación[1]. Harris afirma a grandes rasgos tres cosas: 1) que los miles de estudios de ‘socialización’, cuyo fin es identificar la efectividad de diferentes ‘estilos de crianza’, son básicamente inválidos; 2) que los padres tienen una influencia escasa o nula sobre la personalidad de los hijos, tal como se deduce de los estudios de gemelos y de adopción; y 3) que la socialización de los niños y jóvenes se produce a través del contacto con sus amigos. Serían pues, los colegas los verdaderos padres y maestros.

En la primera parte de su libro, Harris, ataca sin piedad los métodos empleados en los estudios de socialización, los cuales se realizarían más o menos así: se elige un niño dentro de una familia y se analiza tanto el ‘estilo de crianza’ como la personalidad/inteligencia del niño; se realizan suficientes observaciones de manera que se pueda encontrar alguna correlación entre ambas cosas. Típicamente, estos estudios encuentran que las personas inteligentes y sensatas, capaces de controlar su vida, y que educan ‘bien’ a sus hijos, tienen, en general, hijos, inteligentes y sensatos y capaces de controlar su vida (y a la inversa). De aquí concluyen que ‘las buenas prácticas educativas tienen efectos positivos sobre la personalidad’ ¿Es eso cierto? Debería serlo, miles de psicólogos y educadores no pueden estar equivocados. Lo están, afirma Harris, estos científicos están llevando sus conclusiones mucho más lejos de los que permitirían los datos. En primer lugar, estos estudios no permiten distinguir los efectos genéticos de los educativos. Pudiera ocurrir que las personas inteligentes y equilibradas tengan hijos con estas características, debido a que les transmiten sus genes. De hecho, cuando se diseña el estudio para distinguir este tipo de efectos, como ocurre con los gemelos criados aparte, lo que se ve es que la educación tiene poca influencia.

Harris emplea otros argumentos adicionales. El primero es que el ‘estilo de crianza’ es característico de cada cultura. Por ejemplo, en USA los ‘asiáticos’ suelen emplear un estilo de crianza más autoritario que los ‘blancos’, a pesar de los cual no se ha detectado un efecto negativo en la personalidad (y de hecho su media del CI es más alta). Por otro lado, el estilo educativo ha cambiado en los últimos años en muchos países, haciéndose menos autoritario y más ‘correcto’ ¿dónde están los beneficios de estos cambios? Harris apunta la idea de que cada sociedad tiene su Mito de la Educación, es decir, un estilo de crianza socialmente aceptado, aunque no necesariamente el mejor ni el único posible.

Otro argumento se basa en la falta de efectos detectables en las familias no convencionales. Si el papel de los padres es fundamental, qué ocurrirá si no hay padre o si ambos ‘esposos’ son del mismo sexo u otras combinaciones por el estilo. La respuesta es: nada. Los hijos de madres solteras, de parejas homosexuales o de padres divorciados no son significativamente distintos del resto de los niños, de acuerdo con muchos trabajos. Sin olvidar que el proceso de ‘educación’ es una carretera de doble vía. Solemos asumir que la influencia va de padres a hijos, pero también fluye en sentido contrario. Un niño de carácter muy difícil va a generar respuestas negativas de sus padres, lo que se traduce un ambiente emocional y educativo peor. Como dice el viejo chiste: “Pobre Jaimito, viene de una familia destrozada”. “No me extraña; Jaimito puede destrozar a cualquier familia.”

Más razones esgrimidas por Harris. El sistema educativo tradicional de las clases altas europeas y americanas consistía en minimizar el contacto de padres e hijos, ‘encasquetando’ la educación de la prole a niñeras, institutrices o colegios internos. Y sin embargo, los hijos de las clases acomodadas se convertían en adultos muy parecidos a sus padres y enseguida adquirían su acento y, casi siempre, sus gustos sofisticados.

En definitiva, lo que Judith Harris dice es: “¡Oigan, el Emperador está desnudo, y si tienen alguna duda, no le pregunten a los sastres!” Hay que decir que esta investigadora estaba completamente fuera del ‘sistema’ cuando publicó sus trabajos; de hecho, no pertenecía a ninguna universidad y su trabajo remunerado consistía en escribir libros de texto de Psicología. Por tanto, podemos pensar que se encontraba aislada del adoctrinamiento y fuera de los círculos de intereses que existen en todas las disciplinas. Ella no tenía nada que perder por ‘tocar el silbato’.

En la segunda parte del libro la cosa cambia completamente, y hay que decir que resulta muy poco convincente. Harris no presenta pruebas concluyentes con las que sostener su teoría. Ya sabemos que los ‘amigos’ son importantes para niños y adolescentes. Tenemos mucha evidencia anecdótica respecto a la importancia de los grupos, pero lo que se exigía aquí era ir más allá de la anécdota. El problema de fondo es que no está nada claro de qué está hablando Harris. Bien puede ser cierto que el grupo de amigos constituya una influencia cultural importante y explique por qué los jóvenes se vistan de determinada manera o se hagan ‘piercing’; pero eso no es lo que estábamos tratando de averiguar. La pregunta se refería a características de la personalidad medibles mediante tests. Harris no presenta, por ejemplo, datos de correlación en el CI de los grupos de colegas o si pertenecer a determinada ‘tribu urbana’ sea la causa de que tu personalidad evolucione en determinado sentido. Se limita a dar argumentos que simplemente ‘suenan bien’, pero no ‘suenan mejor’ que la vieja idea de que la influencia de los padres es decisiva.

Lo cierto es que la mayoría de las personas piensa intuitivamente que el argumento de Harris debe ser equivocado; los padres tienen que importar. E importan, pero ¿para qué importan? Quizá el problema esté en que cuando nos referimos a la influencia de los padres estemos hablando de muchas cosas diferentes. Claramente, los padres proveen cuidados, apoyo emocional, educación formal y otras experiencias educativas y recreativas; imponen un determinado nivel de disciplina, pueden transmitir valores culturales y conocimientos prácticos y poseen cierta influencia sobre el ambiente social en el que se mueven sus hijos; por si fuera poco, les dejan su dinero y propiedades en herencia. Todas estas cosas afectan a la vida de los hijos, lo que no está tan claro es que afecten a su personalidad o a su inteligencia. Lo que podría esperarse de este proceso educativo es que los niños crezcan relativamente sanos (si nada se tuerce), que se integren en la vida social del barrio/colegio, que adquieran información y habilidades y, tal vez, ciertos valores culturales. Por ejemplo, la mayoría de los judíos ortodoxos son hijos de judíos ortodoxos; el ‘credo’ que uno adopta es un valor cultural (aunque el nivel de religiosidad tiene influencia de los genes). Sin embargo, esto no es generalizable a cualquier carácter. En general, no pensamos que la elevada estatura de algunas personas se deba a que de pequeño le obligaban a comer, digamos, hígado de cerdo (y hacemos bien en no creerlo); a pesar de que la alimentación puede influir en la estatura, una vez que el niño en crecimiento tiene una alimentación adecuada, el que sea alto o bajo depende más que nada de sus genes. Análogamente, no hay ninguna razón para pensar que características psicológicas como la tendencia a la ‘búsqueda de novedad’ o a la ‘evitación del daño’ sea consecuencia de un programa educativo concreto.

En resumen, los estudios de gemelos y las observaciones de Judith Harris han puesto el dedo en la llaga acerca de lo que sabemos realmente: ¿en qué rasgos de la conducta tienen los padres influencia? ¿Cómo afecta una infancia ‘dura’ al desarrollo de la personalidad? ¿Cómo debería manejarse la desigualdad natural? No parece que tengamos una respuesta contundente a estas preguntas. Por desgracia, nadie tiene una receta infalible para conseguir hijos listos y equilibrados. Y sin embargo, culpar a los padres por nuestros defectos y limitaciones constituye una conveniente forma de auto-justificarse.



[1] Harris, J, “The Nurture Assumtion: why children turn out the way they do” Free Press, New York. 1998. Edición española: “El Mito de la Educación” Debolsillo, Barcelona. 1999

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Reseña de una obra polémica

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Reseña publicada en http://www.madrimasd.org

Naturalezas humanas. Genes, culturas y la perspectiva humana. Ehrlich, Paul R. Editorial Fondo de Cultura Económica. Madrid, 2006. 782 páginas.

El hombre que nunca aprendió de sus errores

En el año 2000 se publicó la primera edición de “Human Natures. Genes, Cultures and Human Prospect” de Paul Ehrlich, que ha sido traducido al español como “Naturalezas Humanas. Genes, culturas y la perspectiva humana” por la editorial mejicana Fondo de Cultura Económica. Entre los propósitos del libro está (cito textualmente) “suministrar un antídoto evolucionista contra el extremo determinismo de la herencia que contamina muchas de las discusiones actuales sobre la conducta humana: la idea de que somos algo así como simples cautivos de unas diminutas y autorreproducibles entidades llamadas genes”. Lo primero que podemos preguntarnos es quiénes son esos malvados deterministas genéticos. En el párrafo aludido, Ehrlich cita un oscuro trabajo del año 1987 como ejemplo de esta prevalente concepción del mundo. Sin embargo, los principales exponentes de la psicología evolucionista (Pinker, Cosmides, Dennett, etc… verdaderos objetivos de esta crítica) nunca han negado la importancia de la cultura, el ambiente y la educación para explicar la conducta humana. Se limitan a afirmar que los genes tienen cierta influencia sobre aspectos importantes de nuestra vida, como la inteligencia, la personalidad o la propensión a contraer determinadas enfermedades; y para ello se basan un conjunto de datos bastante extenso que incluye los estudios de gemelos idénticos y de adopción, los descubrimientos sobre genes y conducta en otras especies y, en general, los avances de la biología evolutiva. Más aun, esta afirmación de los psicólogos evolucionistas se hace frente al modelo estándar de las ciencias sociales, que niega toda influencia de los genes en la conducta humana. En definitiva, Ehrlich comienza su libro construyendo un imaginario y conveniente determinista genético radicalizado, que resulte fácil de refutar.

Intercaladas en el libro, podemos distinguir dos partes muy diferentes e incluso contradictorias. La primera ocupa el 95% del mismo y podríamos denominarla como la letra pequeña. En ella, el autor expone con claridad y superabundancia de citas la mayoría de las cuestiones que trata la psicología evolucionista (y de paso, algunas más): la evolución, el origen del hombre, cómo funciona el cerebro, el lenguaje, la sexualidad humana, la guerra, el desarrollo de la agricultura, el estado y el arte. En general, el libro no está mal escrito, aunque no tiene nada de original, y el autor parece asumir muchas de las hipótesis que mantienen los propios psicólogos evolucionistas. La mayor objeción que puede hacerse a esta parte es su enorme extensión, cercana a las 800 páginas. Como libro divulgativo resulta demasiado largo y, como enciclopedia, demasiado confuso y desorganizado. Pero no está mal.

Los problemas surgen con la parte del libro que podría considerarse original, que podríamos denominar como el mensaje, y que ocupa aproximadamente un 5%, aunque intercalado entre la letra pequeña. Lo primero que se observa es una desconcertante contradicción entre ambas. En el mensaje, el autor se posiciona claramente entre los ambientalistas dentro de la polémica genes vs ambiente. El argumento principal empleado por Ehrlich en contra de la influencia de los genes es absolutamente desconcertante (aunque he leído la misma formulación en otros escritos) y se basa en afirmar que el número de genes que se ha identificado en el genoma humano es demasiado pequeño para poder explicar la conducta. Ehrlich utiliza la estimación de 100.000 genes, dato que ya está desfasado. En cualquier caso, el problema no radica en el número exacto sino su vacuidad ¿cuál tendría que ser el número total de genes para que pudiéramos pensar que éstos afectan a la conducta? Erhlich no lo aclara. Siguiendo el argumento, en especies donde los genes sí afectarían a la conducta (todas las demás) el número de genes tendría que ser muy superior, y no es así. Aparentemente, lo que los defensores de este argumento deben pensar es algo así: imaginemos que existe un gen para un tipo de conducta determinada, digamos la inclinación a subir montañas; sería posible hacer una lista verdaderamente larga de conductas para las cuales tendría que existir el correspondiente gen; si el número total de genes es relativamente pequeño no nos salen las cuentas; luego, los genes no pueden explicar la conducta humana.

Evidentemente, los genes no funcionan de esa forma. Esto puede aclararse con un ejemplo. El gen SERT[1] codifica un transportador del neurotransmisor serotonina. Diversos estudios han encontrado correlaciones entre la secuencia de dicho gen y ciertas características de la personalidad, como la tendencia a la depresión, al suicidio, al alcoholismo y a enfermedades como el autismo o el síndrome de hiperactividad y déficit de atención. Pequeñas variaciones en el gen (más correctamente, en el alelo) deben dar lugar a transportadores con diferentes propiedades, lo que se traduciría en diferentes niveles de serotonina en el cerebro del individuo correspondiente. Se sabe desde hace tiempo que esta molécula tiene una profunda influencia sobre los estados de ánimo. Así pues, en el caso del gen SERT podemos postular un mecanismo que entronca genes y conducta pasando por la actividad cerebral. En la mayoría de los casos no tenemos una vía de explicación tan clara, aunque es esperable que la investigación logre llenar bastante huecos en un futuro próximo. El argumento empleado (repetidamente) por Ehrlich está completamente vacío de contenido y denota un extraño desconocimiento de la forma en que funcionan los genes.

El segundo argumento empleado por Ehrlich para explicar por qué los genes no pueden afectar a la conducta humana es igualmente simplista y desconcertante. Cito textualmente:

[Se ha descubierto] en experimentos de selección empleando muchos organismos distintos [que] por lo general, es muy difícil seleccionar para una sola característica. Esto sugiere, entre otras cosas, lo poco probable que es en realidad el hecho de que los rasgos de la conducta humana sean un resultado directo de la selección natural, como suele afirmarse.

En primer lugar, no es demasiado difícil seleccionar para una sola característica. La rápida evolución de las poblaciones de insectos, hacia resistencia al insecticida que se emplea contra ellos sería un buen ejemplo (que Ehrlich menciona varias veces). Lo que resulta difícil, en general, es seleccionar para varias características a la vez, como han demostrado muchas veces los mejoradores genéticos. En todo caso, el argumento proviene de una vieja polémica entre los biólogos evolutivos acerca de los límites de la selección natural, pero no aplica particularmente a la conducta ni a los humanos. Se admite generalmente que la selección positiva o direccional de un carácter (cuando un alelo tiene una influencia muy grande sobre la supervivencia del individuo y por tanto es seleccionado) es un suceso relativamente raro, aunque ocurre. En cambio, la selección negativa o purificadora (cuando una mutación tiene consecuencias negativas para el individuo y por tanto es eliminada) es sumamente frecuente[2]. En la actualidad, los biólogos evolutivos tienen pocas dudas de que la selección natural existe y es determinante, aunque muchos de los cambios genéticos no tienen consecuencias sobre la capacidad de supervivencia de los organismos portadores. La aplicación del argumento de Ehrlich a la posibilidad de que los genes influyan en la conducta humana es del todo inconsistente. Era de noche y sin embargo, llovía.

No puedo dejar de mencionar la principal tesis del libro, sucintamente contenida en el título: naturalezas humanas. Sostiene Ehrlich que no existe una sola naturaleza humana, sino muchas, al igual que no existe un genoma humano, sino que cada individuo es único y difiere en algo con el de otros individuos. Según esta analogía (empleada por el propio autor), el término aludiría al hecho de que existe variabilidad genética dentro de nuestra especie. Sin embargo, no es esto lo que quiere decir, sino algo mucho más farragoso. Por naturalezas humanas entiende […] las diversas evolucionadas conductas, creencias y actitudes que gobiernan, soportan y participan en el singular funcionamiento de nuestra mente. Esta acepción del término es completamente diferente a la que se emplea comúnmente: rango de conductas humanas que se consideran universales en nuestra especie e invariables en amplios intervalos de tiempo, por lo que deben tener una fuerte influencia genética. Ehrlich deja claro a lo largo del libro que en su definición no entran los genes y además niega implícitamente que existan patrones de conducta universales, por tanto el término naturalezas humanas sería equivalente a conductas humanas, tal como lo emplea el autor. Obviamente, no es nada fácil deslindar la influencia de los genes y del ambiente, pero ese es justamente el objetivo de la psicología evolucionista: identificar patrones de conducta universales e invariantes, y establecer hipótesis sobre cómo dichos patrones llegaron a establecerse en nuestra especie. Lo que hace Ehrlich de manera implícita, con su definición de naturalezas es negar que exista una naturaleza humana. Hubiera sido mejor y menos confuso que hubiera hecho esta negación de forma explícita (como han hecho otros muchos autores) y expusiera las razones que le llevan a pensar así.

En cualquier caso, resulta muy difícil valorar este libro sin tener en cuenta el historial previo de su autor, el cual ha sido un personaje muy notorio en los medios de comunicación. En los últimos 30 años, el profesor Ehrlich ha realizado decenas de predicciones catastrofistas sobre el hambre, la producción de alimentos, el precio de las materias primas y otras cuestiones relativas al medio ambiente. A pesar de ser enunciadas con solemnidad y sin el menor atisbo de duda, la inmensa mayoría de las predicciones ha resultado falsa. Sin duda, Paul Ehrlich se ha ganado el apelativo de el hombre que nunca aprendió de sus errores. Por ejemplo, en su libro “The Population Bomb” de 1968 escribía estas palabras:

La batalla por alimentar a la humanidad está perdida. A lo largo de los años 70 el mundo sufrirá hambrunas; cientos de millones de seres humanos morirán de hambre a pesar de los programas de emergencia existentes. A estas alturas nada puede impedir un aumento sustancial de la tasa de mortalidad mundial […]

Evidentemente, la predicción resultó falsa. El problema del hambre no está resuelto ni mucho menos, pero el porcentaje de la población malnutrida ha disminuido notablemente desde 1968 al momento actual.

En 1970 sentenciaba en “Eco-catastrophe Environmental Handbook” (página 174): “hacia Septiembre de 1979, toda forma de vida marina estará extinguida. Grandes áreas de costa tendrán que ser evacuadas […]”.

Y otra de sus famosas predicciones (1969): “Apostaría dinero a que ni siquiera Inglaterra existirá en el año 2000″.

Lo de apostar no era de boquilla. En 1980 Ehrlich se apostó una buena suma con el economista Julian Simon acerca del precio que alcanzarían las materias primas al cabo de diez años; Ehrlich a que estarían por las nubes y Simon a que no. El primero acabó enviando un cheque por valor de 576.07$.

En 1974, en su ensayo “The end of Affluence” mostraba su preocupación porque el inminente enfriamiento global del planeta sin duda disminuiría los rendimientos de las cosechas (los cuales aumentaron aproximadamente un 70% entre 1970 y 2000).

En mi opinión (siempre es difícil adivinar los motivos de otras personas), las predicciones no estaban motivadas por datos, modelos u otro tipo de evidencia disponible, sino que estaban destinadas a llamar la atención del público y lograr notoriedad. No eran predicciones de verdad sino mera retórica. Seguramente, Ehrlich pertenece al nutrido grupo de personas que piensa que la mentira es aceptable si se hace por una buena causa y ésta (la salvación del mundo) lo es. El fondo del problema es que lo que Ehrlich lleva décadas haciendo es mentir o (lo que viene a ser lo mismo) llevar sus conclusiones mucho más lejos de los que permiten los datos. Esto es algo inexcusable en cualquier persona pero mucho más tratándose de un científico profesional.

El fin nunca justifica los medios; además, no creo que las mentiras del Dr Ehrlich hayan favorecido a la causa ecologista ni al medio ambiente. Al contrario, la repetición de predicciones fallidas ha provocado una reacción de tipo “pastorcillo mentiroso”. Como el lobo no apareció cuando se dijo muchas personas han llegado a creer que el lobo no existe. Y eso tampoco es cierto. Hay buenas razones para creer que los problemas ecológicos son graves y acuciantes -como es el caso del calentamiento global- pero estas razones tienen que estar fundadas en la mejor evidencia disponible y no en meras opiniones o consignas (el fundamentado informe del panel internacional de expertos en cambio climático (IPCC) constituye un modelo a seguir). Así, hay algunas personas convencidas de que el petróleo no se va acabar en mucho tiempo porque las predicciones catastrofistas llevan muchos años incumpliéndose. Mientras tanto, Paul Ehrlich se ha convertido en un icono del movimiento ecologista y el inevitable fallo de sus predicciones no parece que le haya perjudicado demasiado, ya que conserva su trabajo en la Universidad de Stanford.

[1] Serretti A, Calati R, Mandelli L, De Ronchi D. Serotonin transporter gene variants and behavior: a comprehensive review. Curr Drug Targets. 2006 Dec;7(12):1659-69.

[2] Futuyma, D.J. (1998) Evolutionary Biology. 3th Edition. Sinauer Associated, Inc. Sunderland, Massachusetts

Pablo Rodríguez Palenzuela
Universidad Politécnica de Madrid

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