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Sonríe o Muere

Smile or Die (How Positive Thinking Fooled America & The World)

Barbara Ehrenreich. 2009. Granta Publication. London

Publicado en español. “Sonríe o Muere”. 2011. Turner.

Me topé con este libro en la magnífica librería Blackwells de Oxford, hace aproximadamente un año, y lo leí inmediatamente con muchísimo gusto y avidez. Unos meses más tarde, y recién vuelto de una larga temporada en USA (y por tanto, después de una cieta exposición a los efluvios del “Pensamiento Positivo”) encuentro que el libro se ha revalorizado notablemente a mis ojos. Diría que es un libro inteligente -brillante a veces- cómico y trágico a la vez, desmitificador y vivificante. La mayor pega es que su discurso no resulta (todavía) demasiado aplicable al ambiente cultural de la Península Ibérica; por lo que es posible que un lector que no haya vivido en Estados Unidos no sepa muy bien de qué le están hablando (en tal caso, el lector puede considerarse afortunado). Pero los tiempos cambian y la “letanía” del Pensamiento Positivo (en adelante, PP) ya está siendo exportada a todo el mundo, sobre todo dentro del mundo de “Business Management”.

Vayamos al grano. El PP se define en primer término como una “actitud positiva ante la vida”, con la implicación de manifiestar constantes signos externos de felicidad personal y autoconfianza. Hasta aquí la cosa no va demasiado mal; es innegable que un cierto grado de optimismo puede ayudarnos a conseguir nuestros fines. Pero el PP, según la autora, va mucho más lejos, constituyendo una verdadera ideología, a menudo opresiva, y una especie de pensamiento mágico del siglo XXI. Se espera que las personas mantengan, en general, este tipo de actitud positiva y no es imposible que alguien pierda su empleo si incumple esta norma no escrita. Aunque a los españoles nos pueda parecer raro, quejarse estámuy  mal visto en USA.

Barbara Ehrenreich, conocida escritora y activista social, comienza su exploración del universo PP a través de su propia experiencia como enferma de un cáncer de mama. Desde el momento del diagnóstico, nos cuenta que se vio presionada por todo el entorno social a mantener una actitud positiva, a llevar en todo un momento un lazo rosa ya  manifestar su determinación a luchar contra la enfermedad. En realidad, lo que le pedía el cuerpo era manifestar su cabreo, dado que muy probablemente su enfermedad había sido de origen iatrogénico,  una consecuencia del tratamiento hormonal para combatir los efectos de la menopausia ¿No sería más saludable mostrar nuestros verdaderos sentimientos en lugar de sonreir todo el rato? Un problema añadadido es que (en contra de la creencia común) la supervivencia al cáncer tiene poco que ver con la “actitud” del paciente y mucho con el tratamiento y el momento en que se detecte. El símil de la “batalla” contra el cáncer es un mal símil, porque nos hace pensar que el éxito depende de la “voluntad de luchar”. Según la autora, la evidencia experimental muestra claramente que tal cosa no es cierta. Y además tiene un lado oscuro: si pierdes la batalla es porque tu actitud no es lo suficientemente positiva. Nos cuenta la autora que algunas enfermas terminales eran expulsadas del grupo de apoyo (obviamente cuando más lo necesitaban)  porque su mera presencia “desmoralizaba” a las demás, al hacer patente que el PP no estaba funcionando.

El relato del PP continúa en el mundo de los negocios, particularmente en las escuelas de  MBA (Master in Business and Administration), donde la letanía del pensamiento positivo ha sido ascendida a Dogma. Recuerdo que hace ya algunos años, un compañero que cursaba uno de estos famosos MBA me comentó (con admiración) una especie de lema que le habían dado en clase: Lo importante no es tomar una decisión buena o mala; lo importante es tomar una decisión y hacer que sea un éxito. Creo que fu mi primera exposición al PP (corrían los años ochenta del siglo pasado) y la frase se antojó como una completa estupidez. Si no recuerdo mal, lo que hacen las personas que administran negocios es tomar decisiones; si estas decisiones no son importantes, ¿qué es lo que hace que el negocio vaya bien o mal? ¿Cómo hacemos que una mala decisión sea un éxito? Al parecer, la respuesta es simple: basta mantener una actitid en línea con el PP.

En la cuestión económica, el lado oscuro del PP es particularmente sangrante: si usted es pobre la culpa es suya por no tener una actitud sufcientemente positiva. En definitiva, coincido con Barbara Ehrenreich en que la Ciencia que se practica en las Escuelas de Negocios tiene poco que ver con la Ciencia de verdad y se trata más bien de una colección de anécdotas barnizadas con términos pomposos (p.e. método del caso). Sin embargo, creo que la autora llega demasiado lejos cuando culpa al PP de la actual crisis económica global.

La autora sigue explorando la influencia del Pensamiento Positivo en otros rincones de la sociedad norteamericana: las Iglesias, que según ella constituyen su origen, las Universidades, la Psicología, etc… En Resumen, “Sonríe o Muere” me ha parecido un libro brillante, ilustrativo y radicalmente no-convencional. La editorial Turner ha tenido la buena idea de traducirlo al español en 2011, aunque en este caso le costará casi 20 eurazos, frente a las 3.3 libras + gastos de envío del original en Amazon.uk.

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Por qué cometemos errores

Why We Make Mistakes. Joseph T. Hallinan. Broadway Books, New York.

Un estudio post-mortem realizado sobre pacientes de cáncer de pulmón mostró que un porcentaje elevadísimo de los tumores ya eran claramente visibles en radiografías que habían sido tomadas meses antes y que los especialistas habían pasado por alto. En otro estudio sobre la eficacia de los anestesistas, hecho en Estados Unidos en los años 70, se vio que los errores en la mesa de operaciones eran frecuentes, a veces con consecuencias letales para el paciente. Las  cifras mejoraron muchísimo cuando se tomaron medidas tan elementales como utilizar válvulas “a prueba de errores” o adoptar la costumbre de emplear un “check-list” antes de iniciar el proceso.

Es evidente que los humanos cometemos errores con frecuencia, ya sean leves o catastróficos, en todos los ámbitos de nuestra existencia. Errar es humano. Sin embargo, reconocer este hecho es un pobre consuelo cuando sufrimos las consecuencias de los errores propios o ajenos  ¿Por qué cometemos errores? ¿Y hay alguna forma de evitarlos (o al menos minimizarlos)? Estas son las dos preguntas que aborda el periodista, ganador de un Pulitzer, Joseph T. Hallinan y con las que nos introduce al fascinante mundo de la “errorología” científica. Para ello no duda en utilizar fuentes tan diversas como la Psicología, la Neurobiología, la Economía e incluso la Aviación Civil.

Según Hallinan, existen diversos factores que tienen una gran influencia a la hora de hacernos meter la pata. El primero de ellos es lo que los psicólogos denominan “sesgo perceptual”: la manera parcial y sesgada con la que observamos el mundo que nos rodea y que deriva sencillamente de la forma en que está organizado nuestro sistema nervioso. Aunque nos parezca que la vista es una especie de cámara de fotos, en realidad se parece más a un gigantesco software de reconocimiento de imágenes, no superado hasta el momento por los verdaderos ordenadores. Pese a su enorme potencia, nuestro sistema visual es susceptible de ser engañado, como demuestran las ilusiones ópticas. Miramos pero no vemos y vemos menos de lo que creemos ver. En un experimento ya clásico, realizado en la Universidad de Cornell, un investigador preguntaba a un (involuntario) sujeto de la investigación cómo llegar a cierto sitio; mientras éste se explayaba, unos falsos operarios que transportaban una enorme mampara se interponían entre ambos. En esos segundos, el experimentador que había preguntado era sustituido por otro individuo, sin que hubiese un parecido especial entre ambos. En la mayoría de los casos, la persona a la que se preguntaba siguió dando explicaciones al nuevo, sin percatarse de que se trataba de una persona diferente.

Otra fuente de errores se debe a nuestra tendencia (difícil de superar) a aferrarnos a nuestras primeras impresiones y a dejarnos llevar por nuestra intuición. Además, las circunstancias que nos rodean y el estado fisiológico en el que nos encontremos parecen tener una importancia mucho mayor de los que solemos pensar. Por ejemplo, en un divertido estudio sobre hábitos de consumo se vio que la música de fondo que sonaba en el supermercado tenía una notable influencia sobre el tipo de vino que los clientes tendían a comprar: p. e. si sonaba música francesa compraban vino francés con mucha mayor frecuencia, a pesar de que los sujetos negaron vehemente esta conexión cuando fueron preguntados. Otra investigación (nada tranquilizadora) realizada en Israel mostró que la severidad de la condena que imponían los jueces de un tribunal estaba relacionada con el tiempo que quedaba para la hora de comer (jueces hambrientos solían ser más severos que cuando sus señorías estaban bien desayunados).

La imagen que tenemos de nosotros mismos tampoco ayuda. Numerosos estudios muestran que la mayoría de nosotros nos consideramos por encima de la media (algo estadísticamente imposible) y que  tendemos a sobrevalorar nuestras capacidades y probabilidades de éxito. Curiosamente, algunas investigaciones apuntan a que las personas diagnosticadas con depresión  tienen parámetros de realidad mejor calibrados que personas sin esta condición. Al parecer, esta tendencia a minimizar los riesgos está más acentuada en hombres que en mujeres y, sin duda, el exceso de confianza es la fuente principal de error en nuestras vidas.

¿Qué podemos hacer? Hallinan no duda en “mojarse” y dar algunos consejos, bien apoyados por la literatura científica. Podemos hacer algunas cosas, aunque nunca eliminaremos por completo la posibilidad de cometer errores. Tratar de ser consciente de nuestros sesgos y limitaciones; comer y dormir bien antes de tomar una decisión importante; intentar que alguien compruebe lo que hacemos; incluso adoptar protocolos de actuación, como hacen los pilotos de avión antes del despegue.

En definitiva, se trata de un libro ameno y riguroso a la vez, que trata de ayudarnos a manejar nuestras vidas con la ayuda de las últimas investigaciones en este campo. En este sentido, “Why we make mistakes” se encuentra en la misma línea que el famosísimo “Freakconomics”. Irónicamente, el libro lo está libre de error. Un lector de Chicago señaló una falta de gramática, ¡en el mismo título!, debería llamarse “Why we do make mistakes”. Ni el autor ni los editores se dieron cuenta.

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La explosión de hace 10.000 años

Los tiempos deben estar cambiando, porque hace unos años este libro hubiera desatado un huracán de críticas y, sin embargo, ha pasado relativamente desapercibido (o al menos no se ha montado un cirio demasiado grande) ¿La razón? Sus autores, Cochran y Harpending, abren uno de los “melones” más temidos de la Biología/Psicología, el de las (supuestas) diferencias cognitivas entre grupos étnicos.

Pero empecemos por el principio. La tesis fundamental del libro es que la evolución humana no se ha detenido en los últimos milenios, sino que por el contrario, se ha acelerado con la llegada de la civilización y el progreso. Los autores sostienen que las nuevas condiciones de vida creadas por el desarrollo de la agricultura -primero- y por la creación de los estados  -después- crearon nuevas presiones selectivas en las poblaciones humanas. Esta idea no es, en sí misma, particularmente revolucionaria; lo que es difícil es presentar evidencia experimental sólida que la avale. Sin duda, los autores hacen un esfuerzo por argumentar bien sus tesis aunque, en mi opinión, éstas son de momento hipótesis cuya confirmación empírica queda bastante lejos. Hay que reconocer también que los autores son bastante honrados en ese sentido: dicen claramente cuándo están especulando y cuándo sus afirmaciones están bien sustentadas.

En esencia, Cochran y Harpending lanzan tres (arriesgadas) ideas a la palestra. La primera es que los humanos modernos (cro-magnon) que reemplazaron en Europa a los neanderthales debieron adquirir de éstos algunos alelos mediante un proceso conocido como introgresión. Dichos genes habrían permitido a los cro-magnones adaptarse a las duras condiciones europeas durante la última glaciación. La idea no es disparatada. Por ejemplo, se ha visto que el color del pelaje de los lobos de Alaska y Canadá se debe en cierta medida a un fenómeno de introgresión (más info). Sin embargo, los datos genéticos obtenidos hasta el momento muestran que cro-magnones y neanderthales permanecieron genéticamente separados. Es posible que en el futuro nuevos datos cambien el panorama, pero en este momento esta evidencia es inexistente (véase).

La segunda hipótesis tiene que ver con la aparición de la tolerancia a lactosa en nuestra especie. Este tema ha sido tratado otras veces en este blog (aquí). Los autores van un poco más lejos y afirman que la aparición de esta mutación que permite a los adultos ingerir leche, constituyó una ventaja determinante para los pueblos indoeuropeos hasta el punto de ser la causa de que la migración indo-europea tuviera lugar. De nuevo, es posible que haya sido así pero los datos en los que se basa la hipótesis son todavía insuficientes.

Por último, nos vamos a la hipótesis más controvertida de todas: según los autores, los judíos ashkenazi se vieron obligados a dedicarse a profesiones relacionadas con la banca y las finanzas de forma casi exclusiva durante la Edad Media; debido a esta presión selectiva, los ashkenazi serían más inteligentes que otros grupos étnicos. Los autores emplean el número de premios Nobel conseguidos por individuos con esta ascendencia en el último siglo.

Este tipo de controversias siempre suponen una especie de raya en la arena: hay que estar en contra o a favor. Así que voy a definirme: me niego a aceptar rayas en la arena. Por un lado, creo que los argumentos empleados por los autores son insuficientes (aunque presentan su caso de forma convincente). Sería necesario encontrar alelos claramente ligados a la inteligencia (entendida como IQ, lo que tiene una evidente limitación) y luego demostrar que en determinados grupos étnicos dichos alelos son más frecuentes que en otros. A día de hoy, los datos no son conclusivos ni mucho menos.

Por otra parte, me parece posible que una hipótesis de este tipo llegue a estar fuertemente apoyada por los datos algún (¿acaso no hay poblaciones genéticamente más altas que otras?). Cuando eso ocurra, estoy dispuesto a dejarme convencer, porque creo que la ciencia es mucho más importante y menos dañina a largo plazo que la corrección política (más sobre esto).

Pero ese día no ha llegado.

PS. Sobre la evolución de la especie humana en la actualidad hablaremos otro día

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Reseña: Los cazafantasmas

Me encontré con este libro el pasado verano, en unas “rebajas” en la librería de la Universidad de Madison. Un rápido vistazo al interior (y su atractivo precio) me convencieron de inmediato. 48 horas más tarde leía la última página y lo guardaba en la estantería. Fascinante.

La trama transcurre a mediados del siglo XIX. Un grupo variopinto de científicos e intelectuales inician una investigación que pronto se convertirá en una obsesión personal para muchos de ellos, hasta el punto de poner en peligro sus carreras profesionales y sus vidas privadas. Liderados por el filósofo/psicólogo William James (uno de los padres fundadores de la Psicología) y por Russel Wallace (co-autor con Darwin de la Teoría de la Evolución), nuestros aventureros tratarán de contrastar empíricamente la existencia de fantasmas, espíritus y otros fenómenos psíquicos. Reconozco que no pude evitar identificarme con este puñado de aventureros intelectuales. Irónicamente, en su búsqueda de la “verdad” se encontraron con dos enemigos mortales: la Iglesia y los demás científicos.

Tal como dijo explícitamente uno de ellos, al intentar constrastar la existencia de fantasmas (la moda del espiritismo arrasaba en aquellos días), estaban al mismo tiempo poniendo en tela de juicio algunas ideas muy importantes. Si no encontraban evidencias del “más allá” tendrían que concluir que no hay nada después de la muerte. De aquí la lógica animadversión de la Iglesia. Pero ¿y si encontraban algo? Tendrían que admitir la existencia de una realidad “espiritual”. De aquí la actitud hostil de los científicos.

Sin embargo, estrictamente hablando, el punto de partida de James y los suyos era estrictamente científico. Si todo el mundo habla de los fenómenos paranormales ¿por qué no investigarlos con rigor?

No les contaré lo que encontraron, o no encontraron para no estropearles el libro. Iker jiménez debería dedicarles un programa.

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La política del chimpancé

Mi amigo y colega bloguero Jesús Zamora Bonilla me envió el otro día una especie de “desafío” consistente en “salvar” un libro entre todos los que haya uno leído. Me he pasado unos días dándole vueltas al asunto y al final opté por hacer una aproximación sentimental al problema. Recorrí con la vista mi biblioteca tratando de analizar los sentimientos que me provocaban los libros. El corazón manda.

Y el ganador ha sido este que ven en portada: “La Política del chimpancé” de Frans de Waals (Traducido al español: “La Política de los Chimpancés. El poder y el sexo entre los simios”, de Frans de Waal (Alianza Editorial).

La “política” surge entre los animales sociales cuando 2 o más individuos forman una coalición para lograr -típicamente- comida o ventajas reproductivas. Entre los gorilas no existe la política. Un sólo macho “acapara” a un grupo de hembras y las “defiende” frente a otros machos. Sólo el vencedor se reproduce. Entre los chimpancés las cosas son bastante más complicadas. Los chimpancés forman grupos claramente jerarquizados y los machos dominantes son los que más se reproducen. Pero para alcanzar la (evolutivamente) envidiable posición de macho dominante, no sólo cuenta la fuerza física. Más importante aun es la capacidad de formar alianzas con otros individuos del grupo. El libro cuenta las intrigas de tres chimpancés, Yeroen, Nikkie y Luit para llegar al poder.

Curiosamente, hasta que lo leí pensaba que el libro que más me había influido era “El Príncipe” de Macchiavello. Y, de alguna manera, ambos están relacionados. Cuando lees el de Frans de Waals entiendes el otro en toda su dimensión. No pretendo con esto quitar mérito al genial escritor italiano. Pero las bases de “El Príncipe” llevan millones de años desarrollándose en nuestros linaje.

El libro contiene una maravillosa combinación de dos cosas difícilmente combinables. Por un lado, es un “cuaderno de campo” que resume largos años de investigación etológicas. Nos cuenta los hechos de forma precisa y directa. Por eso resulta tan creíble. Por otra parte, contiene una historia apasionante de amor, odio, poder y celos. Casi diría que es una especie de culebrón. No cuento más para no estropear el final.

He leído críticas al trabajo de de Waals acusándole de antropomorfismo, es decir, interpretar la conducta de los animales atribuyéndolos pensamientos e intenciones humanas. No es así. Los etólogos pueden confundirse al interpretar la conducta de los animales, pero ésta es imposible de entender si no admitimos que los animales tienen “fines”. De hecho, el mero concepto de “conducta” no tiene sentido sin esto. El mejillón que abre o cierra su concha tiene “fines” (aunque por supuesto no sea “consciente” de ello).

Lo verdaderamente extraordinario es que los chimpancés tengan fines tan parecidos a los nuestros.


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Reseña: El Mito de la Educación

A medida que avanza este blog, la polémica genes vs educación resulta irrelevante, o aun peor, cansina. Por supuesto, los genes cuentan. Elíjase un ambiente lo bastante homogéneo y los efectos de los genes aflorarán. Por supuesto, el ambiente cuenta. Elíjanse ambientes culturalmente muy distintos y las consecuencias se harán patentes. Ya estamos aburridos de esto. Lo que queremos saber es cuáles son los genes implicados y cómo actúan. Y sobre todo, queremos saber cuáles son los factores ambientales relevantes. Los estudios de heredabilidad son bastante inútiles para ambos fines. En el caso de los genes, la caza ya está en marcha y aunque de momento no ha sido tan fructífera como se esperaba, tenemos que darle algún tiempo. En el caso de los factores ambientales, la situación es más complicada. Hemos visto que, en la mayoría de los caracteres estudiados, cerca de la mitad de la varianza se debía a factores ambientales únicos, pero no tenemos nada claro cuáles son estos factores. En la opinión de los autores de estos estudios, tal cosa resulta un misterio. Para explicarlo, llegan a insinuar que los padres no se esfuerzan lo suficiente en la educación de los hijos, lo cual se encuentra a una distancia de tres micras de decir que la educación no tiene ninguna influencia. Transcribo textualmente:

Nuestros resultados, así como los de otros grupos, no implican que la educación carezca de efectos a largo plazo. La increíble similitud de los gemelos criados aparte en sus actitudes sociales (p.e. conservadurismo y religiosidad) no muestran que los padres no puedan influir sobre estos rasgos, muestran simplemente que esta influencia no suele producirse en la mayoría de los casos.

(Bouchard et al., 1990 Science 250:223-229)

Estos investigadores tienen que hilar muy fino. No es que no se pueda influir sobre los hijos, es que los padres no se lo toman en serio. Parece como si estuvieran haciendo un esfuerzo denodado por salvar los muebles, esto es, nuestra querida y arraigada noción de que los padres son importantes en determinar la personalidad de los hijos. Un punto de vista mucho más radical, y en cierto modo, incendiario es el de la psicóloga Judith Rich Harris, presentado en su libro “El Mito de la Educación[1]. Harris afirma a grandes rasgos tres cosas: 1) que los miles de estudios de ‘socialización’, cuyo fin es identificar la efectividad de diferentes ‘estilos de crianza’, son básicamente inválidos; 2) que los padres tienen una influencia escasa o nula sobre la personalidad de los hijos, tal como se deduce de los estudios de gemelos y de adopción; y 3) que la socialización de los niños y jóvenes se produce a través del contacto con sus amigos. Serían pues, los colegas los verdaderos padres y maestros.

En la primera parte de su libro, Harris, ataca sin piedad los métodos empleados en los estudios de socialización, los cuales se realizarían más o menos así: se elige un niño dentro de una familia y se analiza tanto el ‘estilo de crianza’ como la personalidad/inteligencia del niño; se realizan suficientes observaciones de manera que se pueda encontrar alguna correlación entre ambas cosas. Típicamente, estos estudios encuentran que las personas inteligentes y sensatas, capaces de controlar su vida, y que educan ‘bien’ a sus hijos, tienen, en general, hijos, inteligentes y sensatos y capaces de controlar su vida (y a la inversa). De aquí concluyen que ‘las buenas prácticas educativas tienen efectos positivos sobre la personalidad’ ¿Es eso cierto? Debería serlo, miles de psicólogos y educadores no pueden estar equivocados. Lo están, afirma Harris, estos científicos están llevando sus conclusiones mucho más lejos de los que permitirían los datos. En primer lugar, estos estudios no permiten distinguir los efectos genéticos de los educativos. Pudiera ocurrir que las personas inteligentes y equilibradas tengan hijos con estas características, debido a que les transmiten sus genes. De hecho, cuando se diseña el estudio para distinguir este tipo de efectos, como ocurre con los gemelos criados aparte, lo que se ve es que la educación tiene poca influencia.

Harris emplea otros argumentos adicionales. El primero es que el ‘estilo de crianza’ es característico de cada cultura. Por ejemplo, en USA los ‘asiáticos’ suelen emplear un estilo de crianza más autoritario que los ‘blancos’, a pesar de los cual no se ha detectado un efecto negativo en la personalidad (y de hecho su media del CI es más alta). Por otro lado, el estilo educativo ha cambiado en los últimos años en muchos países, haciéndose menos autoritario y más ‘correcto’ ¿dónde están los beneficios de estos cambios? Harris apunta la idea de que cada sociedad tiene su Mito de la Educación, es decir, un estilo de crianza socialmente aceptado, aunque no necesariamente el mejor ni el único posible.

Otro argumento se basa en la falta de efectos detectables en las familias no convencionales. Si el papel de los padres es fundamental, qué ocurrirá si no hay padre o si ambos ‘esposos’ son del mismo sexo u otras combinaciones por el estilo. La respuesta es: nada. Los hijos de madres solteras, de parejas homosexuales o de padres divorciados no son significativamente distintos del resto de los niños, de acuerdo con muchos trabajos. Sin olvidar que el proceso de ‘educación’ es una carretera de doble vía. Solemos asumir que la influencia va de padres a hijos, pero también fluye en sentido contrario. Un niño de carácter muy difícil va a generar respuestas negativas de sus padres, lo que se traduce un ambiente emocional y educativo peor. Como dice el viejo chiste: “Pobre Jaimito, viene de una familia destrozada”. “No me extraña; Jaimito puede destrozar a cualquier familia.”

Más razones esgrimidas por Harris. El sistema educativo tradicional de las clases altas europeas y americanas consistía en minimizar el contacto de padres e hijos, ‘encasquetando’ la educación de la prole a niñeras, institutrices o colegios internos. Y sin embargo, los hijos de las clases acomodadas se convertían en adultos muy parecidos a sus padres y enseguida adquirían su acento y, casi siempre, sus gustos sofisticados.

En definitiva, lo que Judith Harris dice es: “¡Oigan, el Emperador está desnudo, y si tienen alguna duda, no le pregunten a los sastres!” Hay que decir que esta investigadora estaba completamente fuera del ‘sistema’ cuando publicó sus trabajos; de hecho, no pertenecía a ninguna universidad y su trabajo remunerado consistía en escribir libros de texto de Psicología. Por tanto, podemos pensar que se encontraba aislada del adoctrinamiento y fuera de los círculos de intereses que existen en todas las disciplinas. Ella no tenía nada que perder por ‘tocar el silbato’.

En la segunda parte del libro la cosa cambia completamente, y hay que decir que resulta muy poco convincente. Harris no presenta pruebas concluyentes con las que sostener su teoría. Ya sabemos que los ‘amigos’ son importantes para niños y adolescentes. Tenemos mucha evidencia anecdótica respecto a la importancia de los grupos, pero lo que se exigía aquí era ir más allá de la anécdota. El problema de fondo es que no está nada claro de qué está hablando Harris. Bien puede ser cierto que el grupo de amigos constituya una influencia cultural importante y explique por qué los jóvenes se vistan de determinada manera o se hagan ‘piercing’; pero eso no es lo que estábamos tratando de averiguar. La pregunta se refería a características de la personalidad medibles mediante tests. Harris no presenta, por ejemplo, datos de correlación en el CI de los grupos de colegas o si pertenecer a determinada ‘tribu urbana’ sea la causa de que tu personalidad evolucione en determinado sentido. Se limita a dar argumentos que simplemente ‘suenan bien’, pero no ‘suenan mejor’ que la vieja idea de que la influencia de los padres es decisiva.

Lo cierto es que la mayoría de las personas piensa intuitivamente que el argumento de Harris debe ser equivocado; los padres tienen que importar. E importan, pero ¿para qué importan? Quizá el problema esté en que cuando nos referimos a la influencia de los padres estemos hablando de muchas cosas diferentes. Claramente, los padres proveen cuidados, apoyo emocional, educación formal y otras experiencias educativas y recreativas; imponen un determinado nivel de disciplina, pueden transmitir valores culturales y conocimientos prácticos y poseen cierta influencia sobre el ambiente social en el que se mueven sus hijos; por si fuera poco, les dejan su dinero y propiedades en herencia. Todas estas cosas afectan a la vida de los hijos, lo que no está tan claro es que afecten a su personalidad o a su inteligencia. Lo que podría esperarse de este proceso educativo es que los niños crezcan relativamente sanos (si nada se tuerce), que se integren en la vida social del barrio/colegio, que adquieran información y habilidades y, tal vez, ciertos valores culturales. Por ejemplo, la mayoría de los judíos ortodoxos son hijos de judíos ortodoxos; el ‘credo’ que uno adopta es un valor cultural (aunque el nivel de religiosidad tiene influencia de los genes). Sin embargo, esto no es generalizable a cualquier carácter. En general, no pensamos que la elevada estatura de algunas personas se deba a que de pequeño le obligaban a comer, digamos, hígado de cerdo (y hacemos bien en no creerlo); a pesar de que la alimentación puede influir en la estatura, una vez que el niño en crecimiento tiene una alimentación adecuada, el que sea alto o bajo depende más que nada de sus genes. Análogamente, no hay ninguna razón para pensar que características psicológicas como la tendencia a la ‘búsqueda de novedad’ o a la ‘evitación del daño’ sea consecuencia de un programa educativo concreto.

En resumen, los estudios de gemelos y las observaciones de Judith Harris han puesto el dedo en la llaga acerca de lo que sabemos realmente: ¿en qué rasgos de la conducta tienen los padres influencia? ¿Cómo afecta una infancia ‘dura’ al desarrollo de la personalidad? ¿Cómo debería manejarse la desigualdad natural? No parece que tengamos una respuesta contundente a estas preguntas. Por desgracia, nadie tiene una receta infalible para conseguir hijos listos y equilibrados. Y sin embargo, culpar a los padres por nuestros defectos y limitaciones constituye una conveniente forma de auto-justificarse.



[1] Harris, J, “The Nurture Assumtion: why children turn out the way they do” Free Press, New York. 1998. Edición española: “El Mito de la Educación” Debolsillo, Barcelona. 1999

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Reseña de una obra polémica

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Reseña publicada en http://www.madrimasd.org

Naturalezas humanas. Genes, culturas y la perspectiva humana. Ehrlich, Paul R. Editorial Fondo de Cultura Económica. Madrid, 2006. 782 páginas.

El hombre que nunca aprendió de sus errores

En el año 2000 se publicó la primera edición de “Human Natures. Genes, Cultures and Human Prospect” de Paul Ehrlich, que ha sido traducido al español como “Naturalezas Humanas. Genes, culturas y la perspectiva humana” por la editorial mejicana Fondo de Cultura Económica. Entre los propósitos del libro está (cito textualmente) “suministrar un antídoto evolucionista contra el extremo determinismo de la herencia que contamina muchas de las discusiones actuales sobre la conducta humana: la idea de que somos algo así como simples cautivos de unas diminutas y autorreproducibles entidades llamadas genes”. Lo primero que podemos preguntarnos es quiénes son esos malvados deterministas genéticos. En el párrafo aludido, Ehrlich cita un oscuro trabajo del año 1987 como ejemplo de esta prevalente concepción del mundo. Sin embargo, los principales exponentes de la psicología evolucionista (Pinker, Cosmides, Dennett, etc… verdaderos objetivos de esta crítica) nunca han negado la importancia de la cultura, el ambiente y la educación para explicar la conducta humana. Se limitan a afirmar que los genes tienen cierta influencia sobre aspectos importantes de nuestra vida, como la inteligencia, la personalidad o la propensión a contraer determinadas enfermedades; y para ello se basan un conjunto de datos bastante extenso que incluye los estudios de gemelos idénticos y de adopción, los descubrimientos sobre genes y conducta en otras especies y, en general, los avances de la biología evolutiva. Más aun, esta afirmación de los psicólogos evolucionistas se hace frente al modelo estándar de las ciencias sociales, que niega toda influencia de los genes en la conducta humana. En definitiva, Ehrlich comienza su libro construyendo un imaginario y conveniente determinista genético radicalizado, que resulte fácil de refutar.

Intercaladas en el libro, podemos distinguir dos partes muy diferentes e incluso contradictorias. La primera ocupa el 95% del mismo y podríamos denominarla como la letra pequeña. En ella, el autor expone con claridad y superabundancia de citas la mayoría de las cuestiones que trata la psicología evolucionista (y de paso, algunas más): la evolución, el origen del hombre, cómo funciona el cerebro, el lenguaje, la sexualidad humana, la guerra, el desarrollo de la agricultura, el estado y el arte. En general, el libro no está mal escrito, aunque no tiene nada de original, y el autor parece asumir muchas de las hipótesis que mantienen los propios psicólogos evolucionistas. La mayor objeción que puede hacerse a esta parte es su enorme extensión, cercana a las 800 páginas. Como libro divulgativo resulta demasiado largo y, como enciclopedia, demasiado confuso y desorganizado. Pero no está mal.

Los problemas surgen con la parte del libro que podría considerarse original, que podríamos denominar como el mensaje, y que ocupa aproximadamente un 5%, aunque intercalado entre la letra pequeña. Lo primero que se observa es una desconcertante contradicción entre ambas. En el mensaje, el autor se posiciona claramente entre los ambientalistas dentro de la polémica genes vs ambiente. El argumento principal empleado por Ehrlich en contra de la influencia de los genes es absolutamente desconcertante (aunque he leído la misma formulación en otros escritos) y se basa en afirmar que el número de genes que se ha identificado en el genoma humano es demasiado pequeño para poder explicar la conducta. Ehrlich utiliza la estimación de 100.000 genes, dato que ya está desfasado. En cualquier caso, el problema no radica en el número exacto sino su vacuidad ¿cuál tendría que ser el número total de genes para que pudiéramos pensar que éstos afectan a la conducta? Erhlich no lo aclara. Siguiendo el argumento, en especies donde los genes sí afectarían a la conducta (todas las demás) el número de genes tendría que ser muy superior, y no es así. Aparentemente, lo que los defensores de este argumento deben pensar es algo así: imaginemos que existe un gen para un tipo de conducta determinada, digamos la inclinación a subir montañas; sería posible hacer una lista verdaderamente larga de conductas para las cuales tendría que existir el correspondiente gen; si el número total de genes es relativamente pequeño no nos salen las cuentas; luego, los genes no pueden explicar la conducta humana.

Evidentemente, los genes no funcionan de esa forma. Esto puede aclararse con un ejemplo. El gen SERT[1] codifica un transportador del neurotransmisor serotonina. Diversos estudios han encontrado correlaciones entre la secuencia de dicho gen y ciertas características de la personalidad, como la tendencia a la depresión, al suicidio, al alcoholismo y a enfermedades como el autismo o el síndrome de hiperactividad y déficit de atención. Pequeñas variaciones en el gen (más correctamente, en el alelo) deben dar lugar a transportadores con diferentes propiedades, lo que se traduciría en diferentes niveles de serotonina en el cerebro del individuo correspondiente. Se sabe desde hace tiempo que esta molécula tiene una profunda influencia sobre los estados de ánimo. Así pues, en el caso del gen SERT podemos postular un mecanismo que entronca genes y conducta pasando por la actividad cerebral. En la mayoría de los casos no tenemos una vía de explicación tan clara, aunque es esperable que la investigación logre llenar bastante huecos en un futuro próximo. El argumento empleado (repetidamente) por Ehrlich está completamente vacío de contenido y denota un extraño desconocimiento de la forma en que funcionan los genes.

El segundo argumento empleado por Ehrlich para explicar por qué los genes no pueden afectar a la conducta humana es igualmente simplista y desconcertante. Cito textualmente:

[Se ha descubierto] en experimentos de selección empleando muchos organismos distintos [que] por lo general, es muy difícil seleccionar para una sola característica. Esto sugiere, entre otras cosas, lo poco probable que es en realidad el hecho de que los rasgos de la conducta humana sean un resultado directo de la selección natural, como suele afirmarse.

En primer lugar, no es demasiado difícil seleccionar para una sola característica. La rápida evolución de las poblaciones de insectos, hacia resistencia al insecticida que se emplea contra ellos sería un buen ejemplo (que Ehrlich menciona varias veces). Lo que resulta difícil, en general, es seleccionar para varias características a la vez, como han demostrado muchas veces los mejoradores genéticos. En todo caso, el argumento proviene de una vieja polémica entre los biólogos evolutivos acerca de los límites de la selección natural, pero no aplica particularmente a la conducta ni a los humanos. Se admite generalmente que la selección positiva o direccional de un carácter (cuando un alelo tiene una influencia muy grande sobre la supervivencia del individuo y por tanto es seleccionado) es un suceso relativamente raro, aunque ocurre. En cambio, la selección negativa o purificadora (cuando una mutación tiene consecuencias negativas para el individuo y por tanto es eliminada) es sumamente frecuente[2]. En la actualidad, los biólogos evolutivos tienen pocas dudas de que la selección natural existe y es determinante, aunque muchos de los cambios genéticos no tienen consecuencias sobre la capacidad de supervivencia de los organismos portadores. La aplicación del argumento de Ehrlich a la posibilidad de que los genes influyan en la conducta humana es del todo inconsistente. Era de noche y sin embargo, llovía.

No puedo dejar de mencionar la principal tesis del libro, sucintamente contenida en el título: naturalezas humanas. Sostiene Ehrlich que no existe una sola naturaleza humana, sino muchas, al igual que no existe un genoma humano, sino que cada individuo es único y difiere en algo con el de otros individuos. Según esta analogía (empleada por el propio autor), el término aludiría al hecho de que existe variabilidad genética dentro de nuestra especie. Sin embargo, no es esto lo que quiere decir, sino algo mucho más farragoso. Por naturalezas humanas entiende [...] las diversas evolucionadas conductas, creencias y actitudes que gobiernan, soportan y participan en el singular funcionamiento de nuestra mente. Esta acepción del término es completamente diferente a la que se emplea comúnmente: rango de conductas humanas que se consideran universales en nuestra especie e invariables en amplios intervalos de tiempo, por lo que deben tener una fuerte influencia genética. Ehrlich deja claro a lo largo del libro que en su definición no entran los genes y además niega implícitamente que existan patrones de conducta universales, por tanto el término naturalezas humanas sería equivalente a conductas humanas, tal como lo emplea el autor. Obviamente, no es nada fácil deslindar la influencia de los genes y del ambiente, pero ese es justamente el objetivo de la psicología evolucionista: identificar patrones de conducta universales e invariantes, y establecer hipótesis sobre cómo dichos patrones llegaron a establecerse en nuestra especie. Lo que hace Ehrlich de manera implícita, con su definición de naturalezas es negar que exista una naturaleza humana. Hubiera sido mejor y menos confuso que hubiera hecho esta negación de forma explícita (como han hecho otros muchos autores) y expusiera las razones que le llevan a pensar así.

En cualquier caso, resulta muy difícil valorar este libro sin tener en cuenta el historial previo de su autor, el cual ha sido un personaje muy notorio en los medios de comunicación. En los últimos 30 años, el profesor Ehrlich ha realizado decenas de predicciones catastrofistas sobre el hambre, la producción de alimentos, el precio de las materias primas y otras cuestiones relativas al medio ambiente. A pesar de ser enunciadas con solemnidad y sin el menor atisbo de duda, la inmensa mayoría de las predicciones ha resultado falsa. Sin duda, Paul Ehrlich se ha ganado el apelativo de el hombre que nunca aprendió de sus errores. Por ejemplo, en su libro “The Population Bomb” de 1968 escribía estas palabras:

La batalla por alimentar a la humanidad está perdida. A lo largo de los años 70 el mundo sufrirá hambrunas; cientos de millones de seres humanos morirán de hambre a pesar de los programas de emergencia existentes. A estas alturas nada puede impedir un aumento sustancial de la tasa de mortalidad mundial [...]

Evidentemente, la predicción resultó falsa. El problema del hambre no está resuelto ni mucho menos, pero el porcentaje de la población malnutrida ha disminuido notablemente desde 1968 al momento actual.

En 1970 sentenciaba en “Eco-catastrophe Environmental Handbook” (página 174): “hacia Septiembre de 1979, toda forma de vida marina estará extinguida. Grandes áreas de costa tendrán que ser evacuadas [...]“.

Y otra de sus famosas predicciones (1969): “Apostaría dinero a que ni siquiera Inglaterra existirá en el año 2000″.

Lo de apostar no era de boquilla. En 1980 Ehrlich se apostó una buena suma con el economista Julian Simon acerca del precio que alcanzarían las materias primas al cabo de diez años; Ehrlich a que estarían por las nubes y Simon a que no. El primero acabó enviando un cheque por valor de 576.07$.

En 1974, en su ensayo “The end of Affluence” mostraba su preocupación porque el inminente enfriamiento global del planeta sin duda disminuiría los rendimientos de las cosechas (los cuales aumentaron aproximadamente un 70% entre 1970 y 2000).

En mi opinión (siempre es difícil adivinar los motivos de otras personas), las predicciones no estaban motivadas por datos, modelos u otro tipo de evidencia disponible, sino que estaban destinadas a llamar la atención del público y lograr notoriedad. No eran predicciones de verdad sino mera retórica. Seguramente, Ehrlich pertenece al nutrido grupo de personas que piensa que la mentira es aceptable si se hace por una buena causa y ésta (la salvación del mundo) lo es. El fondo del problema es que lo que Ehrlich lleva décadas haciendo es mentir o (lo que viene a ser lo mismo) llevar sus conclusiones mucho más lejos de los que permiten los datos. Esto es algo inexcusable en cualquier persona pero mucho más tratándose de un científico profesional.

El fin nunca justifica los medios; además, no creo que las mentiras del Dr Ehrlich hayan favorecido a la causa ecologista ni al medio ambiente. Al contrario, la repetición de predicciones fallidas ha provocado una reacción de tipo “pastorcillo mentiroso”. Como el lobo no apareció cuando se dijo muchas personas han llegado a creer que el lobo no existe. Y eso tampoco es cierto. Hay buenas razones para creer que los problemas ecológicos son graves y acuciantes -como es el caso del calentamiento global- pero estas razones tienen que estar fundadas en la mejor evidencia disponible y no en meras opiniones o consignas (el fundamentado informe del panel internacional de expertos en cambio climático (IPCC) constituye un modelo a seguir). Así, hay algunas personas convencidas de que el petróleo no se va acabar en mucho tiempo porque las predicciones catastrofistas llevan muchos años incumpliéndose. Mientras tanto, Paul Ehrlich se ha convertido en un icono del movimiento ecologista y el inevitable fallo de sus predicciones no parece que le haya perjudicado demasiado, ya que conserva su trabajo en la Universidad de Stanford.

[1] Serretti A, Calati R, Mandelli L, De Ronchi D. Serotonin transporter gene variants and behavior: a comprehensive review. Curr Drug Targets. 2006 Dec;7(12):1659-69.

[2] Futuyma, D.J. (1998) Evolutionary Biology. 3th Edition. Sinauer Associated, Inc. Sunderland, Massachusetts

Pablo Rodríguez Palenzuela
Universidad Politécnica de Madrid

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Reseña: la lógica del titiritero

http://www.madrimasd.org Noviembre 2006

Sobre la psicología evolucionista

La “psicología evolucionista” es la cara lavada de la vieja “sociobiología”, una disciplina que, según el etólogo Frans de Waal, nace en 1893 de la mano de Thomas Henry Huxley y que alcanzó su cénit con la obra de Edward O. Wilson, La sociobiología: una nueva síntesis (1975). El lavado de cara que la psicología evolucionista supone, incluye, además, una “crema reductora”: la eliminación de los excesos biologicistas de Wilson que le llevaron a proclamar la necesidad de que la ética pasara de las sucias manos de los filósofos a las expertas manos de los biólogos. El resultado de esa “refundación”, del noble intento de aplicar nuestros cada vez mayores conocimientos biológicos a la explicación de la conducta humana, fue The Adapted Mind de Jerome Barkow, John Tooby y Leda Cosmides, libro que apareció en 1992 y en cuya estela se sitúa la obra de Rodríguez Palenzuela que ocupa esta reseña.

La lógica del titiritero trata, pues, de mantenerse entre la Scilla de la “biofobia” (una reacción frente al temor de que la colonización de la biología destierre algunos conceptos básicos de nuestra vida moral tales como la igualdad y la responsabilidad) y la Caribdis de la “biofilia”, como fue paradigmáticamente la actitud de Wilson. Para ello, nada mejor que insistir en algo que, por otro lado, Hume denunció vehementemente hace unos cuantos siglos: de la constatación de ciertos datos (en nuestro caso, hechos de la naturaleza humana, verbigracia animal, explicados por la biología) no se siguen deberes morales. Pretender derivar dichas obligaciones de conducta supone incurrir en la “falacia naturalista”, como bien se encarga de insistirnos Rodríguez Palenzuela a lo largo del texto.

El programa de Rodríguez Palenzuela en este libro es también equidistante en cuanto a la vieja disyuntiva naturaleza-crianza. Ni los genes ni la educación adquieren el protagonismo absoluto como factor más relevante en la explicación de cómo llegamos a ser como somos, aunque la interpretación de la conducta humana debe en todo caso mirarse en el espejo de la evolución de las especies e incorporar la evidencia de la que ya disponemos en cuanto a la influencia de los genes en aspectos importantes de nuestra inteligencia y personalidad. Si no he entendido mal a Rodríguez Palenzuela, los genes serían algo así como las “propiedades disposicionales” de los individuos, necesitadas de ciertas condiciones del entorno para “expresarse”, de la misma manera que la propiedad de la solubilidad del azúcar precisa del agua para manifestarse.

El libro es finalmente reivindicativo de la libertad de los individuos – en el sentido de que no estamos absolutamente determinados-, y de nuestra especial condición como animales. Ella es producto no tanto de lo primero (la capacidad para no estar absolutamente gobernados por los instintos es lo que nos hace “agentes morales”), cuanto de la destreza lingüística de la que, según Rodríguez Palenzuela, gozamos en exclusiva dentro del reino animal.

Como libro de divulgación científica, la obra de Rodríguez Palenzuela es eficaz por varias razones. En primer lugar porque está muy bien escrito. En segundo lugar porque Rodríguez Palenzuela adereza el relato con buenas dosis de “contexto de descubrimiento”, es decir, de pormenorización sobre las bambalinas de muchos hallazgos importantes en la singladura de la psicología evolucionista. Para los expertos en la materia lo importante de dichos descubrimientos es si prueban o no algo; si justifican o no determinadas hipótesis previamente atisbadas. Para el lego, en cambio, resulta tanto o más arrebatador conocer los detalles del “fraude del caballo Hans” o los intríngulis del increíble accidente, y posterior cambio de personalidad, de Phineas Gage, episodio al que ya nos acercara magistralmente Antonio Damasio en El error de Descartes. Por último, y aunque pueda parecer paradójico, la eficacia de La lógica del titiritero como obra divulgativa radica en que Rodríguez Palenzuela no es un especialista en psicología evolucionista, pero sí una persona bien formada en el ámbito científico. Ello le permite huir de disquisiciones escolásticas, de matices sobre matices, renuncias casi siempre intolerables para quién sí es realmente experto y tiene en la retaguardia de sus pensamientos al colega de capilla académica. No por ello, sin embargo, Rodríguez Palenzuela se exime del rigor a la hora de acercar al lector a tales discusiones, de lo que da buena cuenta, por poner uno de entre varios ejemplos posibles, en la presentación que hace de la gramática generativa de Chomsky.

El libro de Rodríguez Palenzuela es sólo aparentemente modesto, como sólo aparentemente modesta es la misión de la psicología evolucionista por lo que parece. Repare si no el lector en la afirmación de la página 258: “Si desciframos la lógica del titiritero estaremos en mejor posición para cambiar lo que no nos guste”. Claro que mayor ambición, si cabe, desprende el propio título: La lógica del titiritero. ¿Existe un titiritero cuya lógica pueda desvelarse? ¿No deberíamos mantenernos más bien en la modestia de la mejor interpretación del darwinismo, aquella que nos muestra el propio autor y que no atribuye propósitos a la selección natural sino al puro azar?

Y es que entender la lógica del titiritero no solo supondría comprender las razones o raíces de nuestra conducta, sino también por qué estamos aquí. Como afirmara Jacques Monod, la humanidad lleva siglos desplegando un “[h]eroico esfuerzo… negando desesperadamente su propia contingencia”. Y es que no podemos creer que el universo no está grávido de vida ni la biosfera preñada del hombre. Mucho menos nos es dado convencernos de que nuestro número salió en la ruleta la fortuna. Rodríguez Palenzuela, comprensiblemente, se resiste a quedarse quieto. Por lo que parece, su alma de científico no le permite semejante resignación.
Pablo de Lora
Universidad Autónoma de Madrid

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Comentario en eVOLUCION

La Sociedad Española de Biología Evolutiva (SESBE), ha publicado en su boletín un comentario sobre la “La lógica del titiritero”, escrito por su presidente, Manuel Soler. El comentario está disponible aquí:  opiniontitiritero.pdf   y el boletín puede consultarse aquí: evolucion_02.pdf

Además, la SESBE mantiene una interesante página web: www.sesbe.org

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Reseña: Freakonomics

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La verdad es que no había oído hablar de “Freakonomics” hasta el pasado verano, cuando me lo encontré de sopetón en la céntrica librería Waterstones en Edinburgo, Cinco horas más tarde ya lo había terminado. En definitiva, se trata de un libro muy divertido y terriblemente adictivo. Por desgracia, hay pocos así.

¿De qué va Freakonomics? Difícil de decir, porque trata de muchas cosas. De luchadores de sumo, profesores de enseñanza media, agentes inmobiliarios, el Ku-kux-klan, vendedores de droga y muchas cosas más. Sus autores (Steven Levitt y Stephen Dubner) son dos economistas jóvenes e iconoclastas que, armados de sus herramientas estadísticas, se lanzan a investigar los aspectos más sorprendentes de la conducta humana. Al parecer, su juego sólo tiene tres reglas: 1) que el tema les parezca interesante; 2) que sus conclusiones se basen en datos, y 3) que les importa un rábano lo que hayan podido opinar previamente los “expertos” en el tema. No puedo estar más de acuerdo con este planteamiento. Además, pensándolo bien, las tres premisas mencionadas constituyen la base de cualquier investigación que se precie en el campo que sea. No pretendo quitarle gracia a la lectura de este libro, así que sólo mencionaré dos de las muchas historias que discurren por él: ¿qué tienen en común los luchadores de sumo con los maestros de escuela?

En 1996, la administración responsable de las escuelas públicas de Chicago empezó a hacer exámenes anuales a todos los alumnos, aunque los verdaderos examinados eran los profesores, ya que los resultados repercutían de forma considerable sobre su sueldo y sus posibilidades de promoción. Los autores se preguntaron si tal vez, algunos profesores harían trampa, ya que los incentivos eran grandes y las trampas de los profesores constituyen un fenómeno raro, pocas veces investigado (como todo el mundo sabe, son los alumnos lo que engañan) ¿cómo abordar esta cuestión? Afortunadamente para los autores, todos los resultados de los tests, entre 1996 y 2000, estaban accesibles en Internet (algo así como 100 millones de preguntas individuales), incluyendo información precisa sobre la marcha de cada alumno a lo largo de los años. Sobre esta base, los autores construyeron un algoritmo informático que identificaba bloques sospechosos, esto es, bloques de preguntas cuyo porcentaje de aciertos resultase sorprendentemente alto e incoherente con el resto del examen. De esta forma estimaron que aproximadamente un 5% de los profesores hacía trampas (una estimación conservadora, ya que el algoritmo sólo identificaba los casos más flagrantes). Después de publicado el artículo, el responsable de educación de Chicago pidió ayuda a los propios autores para identificar a los profesores tramposos, lo cual acabó con el despedido de aproximadamente una docena de ellos (sin duda una minoría, pero con un efecto ejemplarizante sobre el resto).

Este dato ni me sorprende ni me escandaliza. En realidad son buenas noticias, ya que el 95% de los profesores (probablemente) no hizo trampas, a pesar de que no parecía que hacerlas tuviera consecuencias negativas. Seguramente encontraríamos porcentajes de tramposos iguales o mayores en cualquier otro colectivo (si se trata concejales de urbanismo, mejor no hablar). Los autores no se preguntan si hacer trampas está en la naturaleza humana o no, se limitan a estudiar la conducta aquí y ahora. Pero la pregunta es muy relevante para los psicólogos evolucionistas. No voy a entrar hoy de lleno en el tema, pero conviene mencionar que la capacidad de engañar no es exclusiva de nuestra especie y seguramente es, en parte biológica y tiene un asiento en nuestros genes (aunque todavía no hayamos identificado dichos genes).

Lo que sí me sorprende (y escandaliza) es que los autores no habrían podido realizar un estudio similar en España por la sencilla razón de que no hay datos fiables y accesibles. De hecho, no ha datos en absoluto. Nuestro sistema educativo es perfectamente opaco. Me explico. Los niños empiezan el colegio a los 3 años y acaban la universidad a los 22 (o los que sea). Ese proceso educativo conlleva miles de horas de esfuerzo y grandes sumas de dinero público y privado ¿cuál es el resultado? No lo sabemos. El único dato, externo y más o menos objetivo es el examen de acceso a la universidad, que se produce una vez en la vida del estudiante (sólo de aquellos interesados en ir a la universidad). Por supuesto, los profesores evalúan a los alumnos, pero el problema es que los profesores son (somos) juez y parte. La calificación que obtienen los alumnos también es la del profesor (o debería serlo). Este problema –el de la opacidad de nuestro sistema educativo- no parece ser objeto de preocupación general, pero sin duda, se trata del asunto más importante en política educativa. El número uno. Por una razón sencilla: sin exámenes generales, externos y (en lo posible) objetivos sencillamente no podemos saber si el proceso educativo está funcionando o no (podemos especular, opinar, participar en tertulias, etc…pero no podemos saber). En los últimos años, todos los intentos de la administración por cambiar la situación en este sentido han sido combatidos con éxito por la comunidad educativa, utilizando argumentos (en mi opinión) absolutamente débiles (tal vez el tipo de prueba que se ha empleado no sea idóneo, pero ante esto cabe proponer mejoras, no oponerse al proceso).

Sin datos fiables, cualquier política educativa es un fiasco.

[Si alguien tiene una opinión al respecto, me gustaría que dejara un comentario. Gracias]

Pero, vayamos a la otra historia. Ya habréis adivinado que lo que tiene en común los profesores con los luchadores de sumo es que ambos hacen trampas. En el caso de estos últimos, la cosa es bastante más complicada. Los luchadores de sumo de élite se enfrentan en torneos bi-mensuales de 15 combates; un luchador necesita ganar al menos 8 para mantenerse en primera división. Por tanto, el último día del torneo, un luchador que se encuentre en la burbuja (7 ganados y 7 perdidos) tendrá mucha más motivación por ganar el último combate que un luchador que ya está salvado (al menos 8 victorias). Estas circunstancias son ideales para que los combates se arreglen. De nuevo, lo que reveló el análisis estadístico de los datos es que muchos (aunque no todos) los luchadores tenían un acuerdo tácito, mediante el cual los favores se devolvían, si se daban las circunstancias, en el plazo de unos meses. Al parecer, el acuerdo se producía no sólo entre luchadores individuales sino entre las casas (agrupaciones a las que pertenecen los combatientes). Hoy por ti, mañana por mí. En este caso, las conclusiones fueron confirmadas por luchadores arrepentidos (los cuales murieron muy pronto en extrañas circunstancias).

La historia es realmente buena y creo que puede que generalizarse a muchas esferas (si no a todas). Grupos o individuos que llegan a acuerdos tácitos de ayuda mutua; ¿a qué me suena esto? Grupos parlamentarios que condicionan su voto (independientemente de lo que se esté votando) a un intercambio de apoyos. Miembros de tribunales de oposición que pactan tácitamente el apoyo a sus candidatos ¡El comportamiento de los luchadores de sumo es la vida misma! Y conste, que el intercambio de favores no tiene por qué ser ilegal o inmoral. Puede ser una forma de cooperación perfectamente lícita. El factor clave de esta conducta es que los participantes tienen que encontrarse en el camino con relativa frecuencia (como los arrieros) y tienen que recordar el historial de pasado de ayudas de los otros. Estas condiciones no son exclusivas de nuestra especie, sino que ocurren en numerosos animales sociales. Así que no es raro que el altruísmo recíproco, como denominan los etólogos a este tipo de conducta, se haya desarrollado muchas veces. Sin ir más lejos en animales tan vilipendiados como el vampiro.

Se ha visto que entre algunas especies de vampiros sociales es normal que los individuos compartan el alimento obtenido con otros animales que no son sus parientes cercanos. Este hecho está probablemente relacionado con el incierto modo de alimentación del vampiro, el cual accede a un alimento bastante nutritivo (la sangre) pero con una frecuencia relativamente baja. Por tanto, es fácil pensar que esta conducta altruista resulta beneficiosa en conjunto, ya que compartir el alimento puede salvar la vida de aquellos animales que no hayan sido afortunados una noche, los cuales podrán, tal vez devolver el favor a sus benefactores.

Quiero acabar este post con un proverbio oriental, que para mí constituye una especie de lema:

La información es cara, la opinión es gratis

 

Freakonomics ha sido traducido al español recientemente:

http://www.freakonomics.es/freakonomics.htm

 

Un abrazo a tod@s

Pablo

 

 

 

 

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Reseña: Dawkins vs Dios

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“The GOD Delusion” (podríamos traducirlo como “La ilusión de la Fe”), el último libro del conocido escritor británico Richard Dawkins, es básicamente una obra contra la Religión. Con el estilo brillante que le caracteriza, Dawkins hace una crítica implacable de todos y cada uno de los aspectos del hecho religioso. Aun estando de acuerdo con muchos de los argumentos esgrimidos, creo que el libro es sesgado, innecesario y equivocado en al menos un aspecto fundamental.

En la primera parte del libro (aproximadamente hasta la página 160), Dawkins se dedica a examinar la hipótesis de la existencia de Dios desde el punto de vista científico, llegando a la conclusión inapelable de que “la evidencia experimental disponible no permite afirmar la existencia de un Creador”. And so what? La religión nunca ha sido formulada como una hipótesis científica. Ni siquiera los más convencidos creyentes lo han planteado así. Y naturalmente, los científicos tampoco han pensado que la existencia de Dios fuera una hipótesis que se pudiera contrastar y, en consecuencia, no se han ocupado de ella. La refutación “científica” que hace Dawkins está completamente fuera de lugar. Para ese viaje no necesitaba alforjas.

Además, se percibe un cierto matonismo en la forma de tratar –por ejemplo- a Tomás de Aquino. Por supuesto, la refutación de los argumentos tomistas es inmediata, así que tiene muy poco mérito y está sacada de contexto. En el medio social en que se desenvolvía Tomás de Aquino nadie podía negar la existencia de Dios sin poner su vida en peligro. Al argumentar que la Razón podía servir para llegar a la Revelación, Aquino no estaba tratando de contrastar la hipótesis de si Dios existía o no, puesto que de esto no se dudaba. Lo que estaba argumentando en realidad es que la Razón no era incompatible con la Revelación y que por tanto, el escrutinio racional sobre el significado de las cosas era algo bueno y que debía ser admitido. Ahora, puede parecernos un logro insignificante, pero en la Edad Media constituía un avance nada despreciable. Pensar era aceptable. Todo un comienzo.

La parte central del libro se dedica a buscar explicaciones científicas al hecho religioso. Lo cierto es que no tenemos ninguna en la que podamos confiar plenamente, así que el autor se pasea por las diferentes hipótesis que se han planteado y el lector puede quedarse con la que más le guste. Personalmente, a mi no me gusta demasiado la hipótesis que favorece Dawkins, pero ya hablaremos otro día se eso. En cualquier caso, encuentro esta parte bastante aceptable.

Al final, el autor hace un repaso implacable a los males que nos han traído las religiones a lo largo de la Historia. Sin negar la brillantez del estilo de Dawkins y estando básicamente de acuerdo con el hecho de que la Religión organizada ha sido un instrumento de control social y opresión, pienso que los argumentos están sesgados. La Religión debe tener aspectos positivos para muchas personas. De lo contrario no tendría tantos adeptos en muchos países donde la gente tiene la opción de ser ejercer libremente su Religión o declararse atea, sin que pase nada. Contrariamente a la opinión generalizada, la pérdida de creencias religiosas es un fenómeno restringido a Europa, particularmente a los países escandinavos y del Este. En el Mundo en general, la Religión goza de buena salud, sobre todo en América. Es fácil pensar que la Religión aporta beneficios a sus practicantes: consuelo psicológico, cohesión social, dar un sentido a la propia existencia, normas de conducta a las que atenerse, etc…Los aspectos positivos de la cuestión son sistemáticamente negados o ignorados por Dawkins.

Sin embargo, creo que la mayor crítica que puede hacerse al libro es que el antagonismo entre creyentes y no-creyentes que plantea de manera implícita es equivocado. El verdadero problema no estriba en las creencias de las personas (o la ausencia de creencias). Después de todo, lo que una persona crea o deje de creer es una cuestión personal que difícilmente puede tener un valor moral. El verdadero debate es el del “laicismo” de la sociedad y en esa cuestión estamos metidos hasta las corvas. Cuestiones tales como si la enseñanza de la Religión debe estar subvencionada por el Estado, si el uso público de símbolos religiosos o tradicionales es o no aceptable. O Si todas las religiones deberían tener el mismo trato por parte de las instituciones. Y un largo etc..

Sería erróneo plantear esta cuestión como una lucha entre creyentes y no-creyentes. De lo que estamos hablando es de normas de convivencia y respeto a la libertad individual y eso no tiene nada que ver –en principio- con las creencias. Por ejemplo, conozco no-creyentes que apoyan determinadas manifestaciones públicas de religiosidad por razones de tradición. Por otro lado, también conozco creyentes que opinan –como yo- que las creencias religiosas son una cuestión personal que no debe imponerse al resto de la sociedad, con independencia de qué tendencia sea mayoritaria. Es en este punto en el que considero que el libro de Dawkins puede resultar contraproducente.

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