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Sonríe o Muere

Smile or Die (How Positive Thinking Fooled America & The World)

Barbara Ehrenreich. 2009. Granta Publication. London

Publicado en español. “Sonríe o Muere”. 2011. Turner.

Me topé con este libro en la magnífica librería Blackwells de Oxford, hace aproximadamente un año, y lo leí inmediatamente con muchísimo gusto y avidez. Unos meses más tarde, y recién vuelto de una larga temporada en USA (y por tanto, después de una cieta exposición a los efluvios del “Pensamiento Positivo”) encuentro que el libro se ha revalorizado notablemente a mis ojos. Diría que es un libro inteligente -brillante a veces- cómico y trágico a la vez, desmitificador y vivificante. La mayor pega es que su discurso no resulta (todavía) demasiado aplicable al ambiente cultural de la Península Ibérica; por lo que es posible que un lector que no haya vivido en Estados Unidos no sepa muy bien de qué le están hablando (en tal caso, el lector puede considerarse afortunado). Pero los tiempos cambian y la “letanía” del Pensamiento Positivo (en adelante, PP) ya está siendo exportada a todo el mundo, sobre todo dentro del mundo de “Business Management”.

Vayamos al grano. El PP se define en primer término como una “actitud positiva ante la vida”, con la implicación de manifiestar constantes signos externos de felicidad personal y autoconfianza. Hasta aquí la cosa no va demasiado mal; es innegable que un cierto grado de optimismo puede ayudarnos a conseguir nuestros fines. Pero el PP, según la autora, va mucho más lejos, constituyendo una verdadera ideología, a menudo opresiva, y una especie de pensamiento mágico del siglo XXI. Se espera que las personas mantengan, en general, este tipo de actitud positiva y no es imposible que alguien pierda su empleo si incumple esta norma no escrita. Aunque a los españoles nos pueda parecer raro, quejarse estámuy  mal visto en USA.

Barbara Ehrenreich, conocida escritora y activista social, comienza su exploración del universo PP a través de su propia experiencia como enferma de un cáncer de mama. Desde el momento del diagnóstico, nos cuenta que se vio presionada por todo el entorno social a mantener una actitud positiva, a llevar en todo un momento un lazo rosa ya  manifestar su determinación a luchar contra la enfermedad. En realidad, lo que le pedía el cuerpo era manifestar su cabreo, dado que muy probablemente su enfermedad había sido de origen iatrogénico,  una consecuencia del tratamiento hormonal para combatir los efectos de la menopausia ¿No sería más saludable mostrar nuestros verdaderos sentimientos en lugar de sonreir todo el rato? Un problema añadadido es que (en contra de la creencia común) la supervivencia al cáncer tiene poco que ver con la “actitud” del paciente y mucho con el tratamiento y el momento en que se detecte. El símil de la “batalla” contra el cáncer es un mal símil, porque nos hace pensar que el éxito depende de la “voluntad de luchar”. Según la autora, la evidencia experimental muestra claramente que tal cosa no es cierta. Y además tiene un lado oscuro: si pierdes la batalla es porque tu actitud no es lo suficientemente positiva. Nos cuenta la autora que algunas enfermas terminales eran expulsadas del grupo de apoyo (obviamente cuando más lo necesitaban)  porque su mera presencia “desmoralizaba” a las demás, al hacer patente que el PP no estaba funcionando.

El relato del PP continúa en el mundo de los negocios, particularmente en las escuelas de  MBA (Master in Business and Administration), donde la letanía del pensamiento positivo ha sido ascendida a Dogma. Recuerdo que hace ya algunos años, un compañero que cursaba uno de estos famosos MBA me comentó (con admiración) una especie de lema que le habían dado en clase: Lo importante no es tomar una decisión buena o mala; lo importante es tomar una decisión y hacer que sea un éxito. Creo que fu mi primera exposición al PP (corrían los años ochenta del siglo pasado) y la frase se antojó como una completa estupidez. Si no recuerdo mal, lo que hacen las personas que administran negocios es tomar decisiones; si estas decisiones no son importantes, ¿qué es lo que hace que el negocio vaya bien o mal? ¿Cómo hacemos que una mala decisión sea un éxito? Al parecer, la respuesta es simple: basta mantener una actitid en línea con el PP.

En la cuestión económica, el lado oscuro del PP es particularmente sangrante: si usted es pobre la culpa es suya por no tener una actitud sufcientemente positiva. En definitiva, coincido con Barbara Ehrenreich en que la Ciencia que se practica en las Escuelas de Negocios tiene poco que ver con la Ciencia de verdad y se trata más bien de una colección de anécdotas barnizadas con términos pomposos (p.e. método del caso). Sin embargo, creo que la autora llega demasiado lejos cuando culpa al PP de la actual crisis económica global.

La autora sigue explorando la influencia del Pensamiento Positivo en otros rincones de la sociedad norteamericana: las Iglesias, que según ella constituyen su origen, las Universidades, la Psicología, etc… En Resumen, “Sonríe o Muere” me ha parecido un libro brillante, ilustrativo y radicalmente no-convencional. La editorial Turner ha tenido la buena idea de traducirlo al español en 2011, aunque en este caso le costará casi 20 eurazos, frente a las 3.3 libras + gastos de envío del original en Amazon.uk.

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Por qué cometemos errores

Why We Make Mistakes. Joseph T. Hallinan. Broadway Books, New York.

Un estudio post-mortem realizado sobre pacientes de cáncer de pulmón mostró que un porcentaje elevadísimo de los tumores ya eran claramente visibles en radiografías que habían sido tomadas meses antes y que los especialistas habían pasado por alto. En otro estudio sobre la eficacia de los anestesistas, hecho en Estados Unidos en los años 70, se vio que los errores en la mesa de operaciones eran frecuentes, a veces con consecuencias letales para el paciente. Las  cifras mejoraron muchísimo cuando se tomaron medidas tan elementales como utilizar válvulas “a prueba de errores” o adoptar la costumbre de emplear un “check-list” antes de iniciar el proceso.

Es evidente que los humanos cometemos errores con frecuencia, ya sean leves o catastróficos, en todos los ámbitos de nuestra existencia. Errar es humano. Sin embargo, reconocer este hecho es un pobre consuelo cuando sufrimos las consecuencias de los errores propios o ajenos  ¿Por qué cometemos errores? ¿Y hay alguna forma de evitarlos (o al menos minimizarlos)? Estas son las dos preguntas que aborda el periodista, ganador de un Pulitzer, Joseph T. Hallinan y con las que nos introduce al fascinante mundo de la “errorología” científica. Para ello no duda en utilizar fuentes tan diversas como la Psicología, la Neurobiología, la Economía e incluso la Aviación Civil.

Según Hallinan, existen diversos factores que tienen una gran influencia a la hora de hacernos meter la pata. El primero de ellos es lo que los psicólogos denominan “sesgo perceptual”: la manera parcial y sesgada con la que observamos el mundo que nos rodea y que deriva sencillamente de la forma en que está organizado nuestro sistema nervioso. Aunque nos parezca que la vista es una especie de cámara de fotos, en realidad se parece más a un gigantesco software de reconocimiento de imágenes, no superado hasta el momento por los verdaderos ordenadores. Pese a su enorme potencia, nuestro sistema visual es susceptible de ser engañado, como demuestran las ilusiones ópticas. Miramos pero no vemos y vemos menos de lo que creemos ver. En un experimento ya clásico, realizado en la Universidad de Cornell, un investigador preguntaba a un (involuntario) sujeto de la investigación cómo llegar a cierto sitio; mientras éste se explayaba, unos falsos operarios que transportaban una enorme mampara se interponían entre ambos. En esos segundos, el experimentador que había preguntado era sustituido por otro individuo, sin que hubiese un parecido especial entre ambos. En la mayoría de los casos, la persona a la que se preguntaba siguió dando explicaciones al nuevo, sin percatarse de que se trataba de una persona diferente.

Otra fuente de errores se debe a nuestra tendencia (difícil de superar) a aferrarnos a nuestras primeras impresiones y a dejarnos llevar por nuestra intuición. Además, las circunstancias que nos rodean y el estado fisiológico en el que nos encontremos parecen tener una importancia mucho mayor de los que solemos pensar. Por ejemplo, en un divertido estudio sobre hábitos de consumo se vio que la música de fondo que sonaba en el supermercado tenía una notable influencia sobre el tipo de vino que los clientes tendían a comprar: p. e. si sonaba música francesa compraban vino francés con mucha mayor frecuencia, a pesar de que los sujetos negaron vehemente esta conexión cuando fueron preguntados. Otra investigación (nada tranquilizadora) realizada en Israel mostró que la severidad de la condena que imponían los jueces de un tribunal estaba relacionada con el tiempo que quedaba para la hora de comer (jueces hambrientos solían ser más severos que cuando sus señorías estaban bien desayunados).

La imagen que tenemos de nosotros mismos tampoco ayuda. Numerosos estudios muestran que la mayoría de nosotros nos consideramos por encima de la media (algo estadísticamente imposible) y que  tendemos a sobrevalorar nuestras capacidades y probabilidades de éxito. Curiosamente, algunas investigaciones apuntan a que las personas diagnosticadas con depresión  tienen parámetros de realidad mejor calibrados que personas sin esta condición. Al parecer, esta tendencia a minimizar los riesgos está más acentuada en hombres que en mujeres y, sin duda, el exceso de confianza es la fuente principal de error en nuestras vidas.

¿Qué podemos hacer? Hallinan no duda en “mojarse” y dar algunos consejos, bien apoyados por la literatura científica. Podemos hacer algunas cosas, aunque nunca eliminaremos por completo la posibilidad de cometer errores. Tratar de ser consciente de nuestros sesgos y limitaciones; comer y dormir bien antes de tomar una decisión importante; intentar que alguien compruebe lo que hacemos; incluso adoptar protocolos de actuación, como hacen los pilotos de avión antes del despegue.

En definitiva, se trata de un libro ameno y riguroso a la vez, que trata de ayudarnos a manejar nuestras vidas con la ayuda de las últimas investigaciones en este campo. En este sentido, “Why we make mistakes” se encuentra en la misma línea que el famosísimo “Freakconomics”. Irónicamente, el libro lo está libre de error. Un lector de Chicago señaló una falta de gramática, ¡en el mismo título!, debería llamarse “Why we do make mistakes”. Ni el autor ni los editores se dieron cuenta.

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Cómo ser feliz cuando estás muerto

Imagine que se encuentra totalmente paralizado, pero sus facultades mentales siguen intactas. Es lo más parecido a estar muerto sin estarlo ¿no? Siga imaginando. Podría decirse que su “calidad de vida” no es muy alta ¿verdad? Su vida social sería, lógicamente, muy reducida. Nada de gimnasio ni spa. Sexo sólo con la imaginación. Nada de restaurantes ni de vacaciones en el Caribe. En esas condiciones, es lógico pensar que usted sería tremenda infeliz ¿correcto?

Pues no. O al menos esa es la conclusión a la que llega un estudio reciente sobre pacientes que sufren el denominado “síndrome de enclaustramiento” (locked-in syndrome). Estos pacientes han perdido el control de los músculos voluntarios debido a una lesión en el tálamo cerebral, y sólo puede comunicarse utilizando los músculos oculares, es decir, guiñando un ojo o señalando con la mirada en una determinada dirección.  Podríamos pensar que este colectivo debería sentirse bastante desgraciado, y sin embargo,en  la encuesta realizada sobre 168 de ellos, casi el 80% se declaró razonablemente feliz.

Sólo un 7% de los pacientes declararon desear la eutanasia y, en general, éstos llevaban relativamente poco tiempo sufriendo esta condición. Los autores concluyen que el paciente debería tener tiempo para establizarse psicológicamente antes de considerar esta opción (en los países donde la eutanasia el legal).

Lógicamente, algunos pacientes expresaron su deseo de tener una mejor vida social y mejores opciones de entretenimiento. En este punto, la tecnología puede cambiar radicalmente la vida de los lis ante el desarrollo de tecnologías de acceso a internet para pesrsonas con discapacidad. La posibilidad de leer un libro o navegar por intenet debe suponer una gran diferencia en estos casos.

El resultado de esta encuesta me parece una muestra sorprendente de la capacidad de adaptación de la mente humana a circunctancias desfavorables. Sin embargo, los resultados requieren cierta cautela. No todos los encuestados respondieron a la encuesta y puede pensarse que esto introduce un sesgo: seguramente los que se tomaron el (considerable) trabajo de responder tenían una actitud más positiva. Más aun, un porcentaje elevado de los que sufre lis muere en los primeros meses de la enfermedad. de nuevo, puede pensarse que los supervivientes están hechos de “una pasta diferente” a la de la población normal. Otro fuente posible de sesgo.

Me pregunto si este grupo de optimistas impenitentes tendrá algo en sus genes que les facilite adaptarse a su destino.

El artículo aquí

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¿Las chicas difíciles son más deseadas?

¿Resultan más desables las mujeres difíciles de conseguir? ¿O por el contrario, las chicas fáciles tienen más éxito?

Por un lado, muchos autores se han inclinado por la primera  idea; en palabras de Ovidio: “nadie quiere las cosas fáciles, pero lo prohibido siempre es tentador“. Naturalmente, este era el consejo estándar que nuestras abuelas daban a nuestras madres y (supongo) esto sigue ocurriendo en algunos casos.

Sin embargo, esta idea de la preferencia masculina por mujeres que se muestran inaccesibles tampoco tiene una aceptación universal.Por ejemplo, la escritora Sor Juan Inés de la Cruz pensaba que los hombres viven en una constante contradicción al respecto:

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:

Si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por Qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?

Combatís su resistencia
y luego, con gravedad
decís que fue liviedad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.

Podríamos recorrer la Literatura con citas y opiniones al respecto, pero como este es un blog centrado en la ciencia experimental, la cuestión es: ¿alguien se ha puesto ha investigar esto? La respuesta (un tanto sorprendente) es: sí. Elaine Walster, de la Universidad de Wisconsin, USA  y colaboradores publicaron en 1973 sus resultados sobre esta cuestión.

Y como suele ocurrir en esto casos, el método experimental resulta un tanto heterodoxo. Estos investigadores convencieron a una prostituta que ejercía en un burdel de Nebraska para que jugase dos posibles roles y lo hiciera de forma aleatoria con cada cliente. En el rol nº 1, la chica sometía previamente al cliente a una “manipulación experimental” consistente en un discurso de aproximadamente un minuto acerca de ella misma del tipo “no creas que te va a resultar fácil volver a verme/ voy a  estar muy ocupada los próximos meses/ yo no le doy número de teléfono a cualquiera” y cosas por el estilo. En el rol nº 2, la chica omitía el discurso y entraba directamente en faena.

Los investigadores estimaron el interés de los clientes por la chica de varias formas: número de intentos posteriores de contacto, si dió o no dinero adicional y el grado de satisfacción expresado; la idea era ver si existían diferencias entre el  rol 1 y el 2, lo que (supuestamente) contestaría la pregunta de si las chicas difíciles eran más deseadas.

Y hubo diferencias. La hipótesis de  las chicas difíciles eran más deseadas resultó ser totalmente errónea. Aparentemente, a los clientes no les hacía demasiada gracia que la prostituta jugara el papel de inaccesible. Lo cual tiene bastante sentido y era, en realidad, fácilmente predecible.

Sin embargo, experimentos posteriores realizados con agencias de citas sugirieron que esta idea no sólo aplicaba a la relación cliente-prostituta sino también a relaciones de tipo romántico. Walster y colaboradores llegaron a la conclusión de que lo que les gusta a los hombres  son mujeres selectivamente inaccesibles, es decir, frías y distantes con otros tipos, pero fáciles y accesibles para ellos.

Pensándolo bien, esto también tiene bastante sentido.

Por desgracia, no sé de ninguna investigación que se haya centrado en las preferencias de las mujeres sobre la accesibilidad de los hombres.

Walster et al., 1973

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Test de salud mental

Definición de “salud mental” basada en el protocolo de diagnóstico psicológico  SWAP-200

(Shedler&Western (2007) Journal of Personality Assesment 89:41-55)

Una persona goza de salud mental si:

1) Es capaz de emplear sus talentos, capacidades y energía de forma efectiva y productiva.

2) Le gusta asumir retos; le complace alcanzar sus metas.

3) Es capaz de mantener una relación amorosa basada en el cariño y la complicidad.

4) Se siente realizad@ por el hecho de pertencer y contribuir a la comunidad (p.e. ONGs, asociaciones vecinales, parroquias, etc).

5) Le gusta ayudar, aconsejar y proteger a otras personas.

6) Tiene empatia; percibe y responde a los sentimientos y necesidades de los demás.

7) Es capaz de mantener una actitud asertiva de forma efectiva y apropiada cuando las circunstancias lo requieren.

8)Aprecia y responde al sentido del humor.

9) Es capaz de escuchar palabras con alto contenido emocional (por ejemplo, que sean contrarias a creencias o percepciones importantes,  o que atenten a la imagen de uno mismo) sin perder la calma, y de sacar provecho de las mismas.

10) Ha superado las experiencias desagradables del pasado; las ha asumido y ha reforzado su personalidad a consecuencia de ello.

11) Es articulad@; es capaz de comunicarse apropiadamente a través de la palabra.

12) Tiene una vida sexual satisfactoria.

13) Se encuentra cómodo en cualquier ambiente social.

14) Generalmente encuentra placer y felicidad en las actividades cotidianas.

15) Tiende a expresar sus afectos de forma apropiada, en calidad e intensidad, en la situación que sea.

16) Tiene la capacidad de reconocer puntos de vista alternativos, incluso en asuntos emocionalmente cargados.

17) Tiene principios éticos y morales, e intenta vivir de acuerdo con ellos.

18) Es creativ@; tiene la capacidad de ver y abordar problemas con soluciones originales.

19) Tiende a ser meticulos@ y responsable.

20) Tiende a ser activ@ y extrovertid@.

21) Tiene don de gentes; es capaz de entender las interacciones entre el “yo” y los “otros” de forma inteligente y sutil.

22) Es capaz de encontrar sentido y satisfacción en la persecución de fines y ambiciones a largo plazo.

23) Es capaz de formar y mantener relaciones amistosas a largo plazo, basadas en la comunicación y el apoyo mutuo.

PS, en el caso hipotético de que haya alguien que considere que tiene una salud mental normal, de acuerdo con esta definición, ruego dé señales de vida (el mundo necesita un líder).

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Unidos por los genes (un estudio sugiere que los genes influyen en los amigos que elegimos)

¿Qué tipo de razones nos llevan a elegir a nuestros amigos? ¿Son razones puramente circunstaciales (p.e. compañeros de clase) o hay claras afinidades psicológicas? ¿O (seguramente) una combinación de factores? Sin emabrgo, hasta ahora nadie había atribuido a los genes un papel en la determinación de nuestras relaciones amistosas. En constraste, hay pruebas claras de que los genes sí influyen en nuestras “decisiones de apareamiento”, aunque tal influencia parece ser pequeña en nuestra especie (más info aquí).

Un estudio publicado en PNAS (el artículo aquí) sugiere precisamente que estas decisiones están influidas (en parte) por algunos genes, en concreto dos. Curiosamente, un gen influye en el sentido de atraer a individuos con la misma versión particular de dicho gen (homofilia), mientras que el otro tiene el efecto contrario: juntar a personas con diferencias en el mismo (heterofilia). En otras palabras, los investigadores han encontrado un ejemplo de “Dios los cría y ellos se juntan” y otro de “los extremos se atraen”.

El primero es el gen DRD2, que codifica un receptor de dopamina; variantes de este gen han sido asociadas con una tendencia al alcoholismo y, en general, a manifestar una conducta compulsiva. Los autores señalan que esta tendencia a juntarse de los individuos con la misma variante de DRD2 puede reflejar simplemente el tipo de ambientes que frecuentan. Si, influido por tus genes, te pasas la vida en locales nocturnos, no es raro que tus amigos también frecuenten estos lugares, a su vez influidos por sus propios genes. Es también posible que el tipo de personalidad que se desarrolla a consecuencia de una variante particular de DRD2 resulte poco atractiva para los que no la comparten.

Mucho más misterioso y difícil de explicar es el otro gen, CYP2A6, que codifica una enzima implicada en la eliminación de sustancias tóxicas en el hígado. Alguna variante de CYP2A6 se ha relacionado con una mayor tendencia a fumar, lo que se explica porque esta enzima interviene en el metabolismo de la nicotina. De manera que los efectos de esta sustancia pueden ser diferentes en distintos individuos, por lo que no es difícil pensar que en algunos casos la variante haga más difícil el dejar de fumar. Al parecer, este gen tendría un efecto de “heterofilia”: la atracción se produce entre personas con distintas variantes del mismo. Los investigadores carecen de una explicación a este hecho.

En cualquier caso, conviene destacar que los efectos de estos genes son pequeños y que otros muchos factores, genéticos y culturales, deben estar influyendo en nuestras decisiones acerca de qué amigos hacemos y cuáles conservamos.

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Voulez-Vous Coucher Avec Moi (Ce Soir?): El extraño experimento de Clark & Hatfield

A finales de los ochenta los psicólogos R. Clark y E. Hatfield [1]realizaron un experimento muy poco convencional. Contrataron a una serie de jóvenes con notable atractivo físico (chicos y chicas) con la misión de pasearse por un campus universitario y, de forma aleatoria, abordar a un desconocido/a y decirle: ‘te encuentro muy atractivo/a’, y después una de las siguientes frases: 1) ‘¿quieres quedar conmigo esta noche?; 2) ‘¿quieres venir a mi apartamento esta noche?; o 3) ‘¿quieres acostarte conmigo esta noche?’. Naturalmente, el propósito consistía en estudiar si los hombres y las mujeres respondían de forma distinta a las tres preguntas. Y por supuesto, así fue. Más o menos el 50% en ambos casos respondió afirmativamente a la primera. En la segunda, sólo el 6% de las chicas dijeron que sí, frente al 69% de los chicos. En la tercera pregunta las diferencias fueron abismales: ninguna de las mujeres aceptó la proposición, frente al 75% de los hombres. Lo más gracioso es que el 25% de los chicos que se negaron a semejante proposición parecían muy ‘cortados’ y balbucearon excusas. El experimento se repitió en diversos campus con resultados semejantes. Los autores concluyen que los hombres son más proclives a tener relaciones sexuales a corto plazo. En cierto modo este experimento va a contracorriente; lo normal es que los científicos se esfuercen en averiguar cosas que nadie conoce y en este caso el objetivo era demostrar algo que todo el mundo sabe. Tenemos toneladas de evidencia anecdótica al respecto: los hombres son más promiscuos y menos selectivos que las mujeres. Reconozco que esto último es un tópico, pero considero que el tratamiento correcto con respecto a los tópicos consiste en no creer que son necesariamente ciertos, ni tampoco necesariamente falsos. Supongo que la razón de este pintoresco experimento era justamente obtener una evidencia experimental y cuantitativa sobre el tema, o sea el tipo de resultado que uno puede publicar en una revista científica. Admitiendo que el experimento estaba justificado, creo que la metodología tal vez no sea tan adecuada como parece. Es posible que las personas entrevistadas estuvieran tratando de defender su ‘reputación’. Después de todo, el comportamiento de los atractivos experimentadores resultaba inusual; así, los entrevistados debían estar preguntándose de qué iba el asunto. Por ejemplo, se me ocurre que los hombres podían pensar que se trataba de una broma de sus amigos o de un programa de cámara oculta o de una ‘trampa’ organizada por su esposa. Imagino que al entrevistado podía preocuparle que su novia se enterase de que había aceptado la proposición o (aun peor) que sus amigos se enterasen de que no la había aceptado.

No obstante, otros estudios confirman la idea de que los hombres tienen mayor interés por las relaciones de corto plazo. Por ejemplo, Buss y sus colaboradores abordaron la cuestión haciendo un gran número de entrevistas a estudiantes universitarios en Estados Unidos[2].  En todos los casos, los hombres manifestaron un mayor deseo por mantener relaciones de ‘una noche’ y por tener mayor número de compañeras sexuales. Para ellos, la media del número ideal de amantes en un año era de seis y para ellas, dos. Cuando se preguntaba por el mínimo tiempo de relación previa necesario para considerar la posibilidad de tener relaciones sexuales (con personas consideradas como atractivas) ambos grupos dieron respuestas muy diferentes. Para las mujeres, la media era un tiempo mínimo de seis meses, mientras que para los hombres fue de una semana. Hay que señalar que para los hombres, un tiempo de relación previa tan corto como una hora fue considerado como ligeramente inhibitorio; es decir, el factor tiempo disminuía algo, pero no mucho, las posibilidades de que estuvieran dispuestos a practicar el sexo con una pareja atractiva. En cambio, la mayoría de las mujeres manifestó una clara repulsa a acostarse con cualquier individuo si la relación previa era menor de una semana. En cualquier caso, creo que no necesitamos una publicación científica para aceptar que los hombres tienen más interés por el sexo rápido y por un mayor número de compañeras sexuales. El hecho de que los consumidores de ‘servicios sexuales’ y pornografía sean mayoritariamente hombres constituye una prueba abrumadora en este sentido. No estoy negando que las mujeres puedan comprar favores sexuales en ocasiones, pero es evidente que lo hacen en una proporción mucho menor que los hombres.

Esta diferencia es concordante con la conducta de apareamiento de la mayoría de las restantes especies de mamíferos, lo que sugiere una base biológica para esta diferencia. Es posible, sin embargo, que esta diferencia se deba exclusivamente al condicionamiento cultural y que desaparezca a medida que dicho condicionamiento diferencial termine. Veremos.


[1] Clark, R.D. and Hatfield, E. (1989) “Gender differences in recepeptivity to sexual offers” Journal of Psychology and Human Sexuality 2:39-55

[2] Buss, D.M. and Schmitt, D.P. (1993) “Sexual strategies theory: an evolutionary perspective on human mating” Psychological Review 100:204-232

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