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Sonríe o Muere

Smile or Die (How Positive Thinking Fooled America & The World)

Barbara Ehrenreich. 2009. Granta Publication. London

Publicado en español. “Sonríe o Muere”. 2011. Turner.

Me topé con este libro en la magnífica librería Blackwells de Oxford, hace aproximadamente un año, y lo leí inmediatamente con muchísimo gusto y avidez. Unos meses más tarde, y recién vuelto de una larga temporada en USA (y por tanto, después de una cieta exposición a los efluvios del “Pensamiento Positivo”) encuentro que el libro se ha revalorizado notablemente a mis ojos. Diría que es un libro inteligente -brillante a veces- cómico y trágico a la vez, desmitificador y vivificante. La mayor pega es que su discurso no resulta (todavía) demasiado aplicable al ambiente cultural de la Península Ibérica; por lo que es posible que un lector que no haya vivido en Estados Unidos no sepa muy bien de qué le están hablando (en tal caso, el lector puede considerarse afortunado). Pero los tiempos cambian y la “letanía” del Pensamiento Positivo (en adelante, PP) ya está siendo exportada a todo el mundo, sobre todo dentro del mundo de “Business Management”.

Vayamos al grano. El PP se define en primer término como una “actitud positiva ante la vida”, con la implicación de manifiestar constantes signos externos de felicidad personal y autoconfianza. Hasta aquí la cosa no va demasiado mal; es innegable que un cierto grado de optimismo puede ayudarnos a conseguir nuestros fines. Pero el PP, según la autora, va mucho más lejos, constituyendo una verdadera ideología, a menudo opresiva, y una especie de pensamiento mágico del siglo XXI. Se espera que las personas mantengan, en general, este tipo de actitud positiva y no es imposible que alguien pierda su empleo si incumple esta norma no escrita. Aunque a los españoles nos pueda parecer raro, quejarse estámuy  mal visto en USA.

Barbara Ehrenreich, conocida escritora y activista social, comienza su exploración del universo PP a través de su propia experiencia como enferma de un cáncer de mama. Desde el momento del diagnóstico, nos cuenta que se vio presionada por todo el entorno social a mantener una actitud positiva, a llevar en todo un momento un lazo rosa ya  manifestar su determinación a luchar contra la enfermedad. En realidad, lo que le pedía el cuerpo era manifestar su cabreo, dado que muy probablemente su enfermedad había sido de origen iatrogénico,  una consecuencia del tratamiento hormonal para combatir los efectos de la menopausia ¿No sería más saludable mostrar nuestros verdaderos sentimientos en lugar de sonreir todo el rato? Un problema añadadido es que (en contra de la creencia común) la supervivencia al cáncer tiene poco que ver con la “actitud” del paciente y mucho con el tratamiento y el momento en que se detecte. El símil de la “batalla” contra el cáncer es un mal símil, porque nos hace pensar que el éxito depende de la “voluntad de luchar”. Según la autora, la evidencia experimental muestra claramente que tal cosa no es cierta. Y además tiene un lado oscuro: si pierdes la batalla es porque tu actitud no es lo suficientemente positiva. Nos cuenta la autora que algunas enfermas terminales eran expulsadas del grupo de apoyo (obviamente cuando más lo necesitaban)  porque su mera presencia “desmoralizaba” a las demás, al hacer patente que el PP no estaba funcionando.

El relato del PP continúa en el mundo de los negocios, particularmente en las escuelas de  MBA (Master in Business and Administration), donde la letanía del pensamiento positivo ha sido ascendida a Dogma. Recuerdo que hace ya algunos años, un compañero que cursaba uno de estos famosos MBA me comentó (con admiración) una especie de lema que le habían dado en clase: Lo importante no es tomar una decisión buena o mala; lo importante es tomar una decisión y hacer que sea un éxito. Creo que fu mi primera exposición al PP (corrían los años ochenta del siglo pasado) y la frase se antojó como una completa estupidez. Si no recuerdo mal, lo que hacen las personas que administran negocios es tomar decisiones; si estas decisiones no son importantes, ¿qué es lo que hace que el negocio vaya bien o mal? ¿Cómo hacemos que una mala decisión sea un éxito? Al parecer, la respuesta es simple: basta mantener una actitid en línea con el PP.

En la cuestión económica, el lado oscuro del PP es particularmente sangrante: si usted es pobre la culpa es suya por no tener una actitud sufcientemente positiva. En definitiva, coincido con Barbara Ehrenreich en que la Ciencia que se practica en las Escuelas de Negocios tiene poco que ver con la Ciencia de verdad y se trata más bien de una colección de anécdotas barnizadas con términos pomposos (p.e. método del caso). Sin embargo, creo que la autora llega demasiado lejos cuando culpa al PP de la actual crisis económica global.

La autora sigue explorando la influencia del Pensamiento Positivo en otros rincones de la sociedad norteamericana: las Iglesias, que según ella constituyen su origen, las Universidades, la Psicología, etc… En Resumen, “Sonríe o Muere” me ha parecido un libro brillante, ilustrativo y radicalmente no-convencional. La editorial Turner ha tenido la buena idea de traducirlo al español en 2011, aunque en este caso le costará casi 20 eurazos, frente a las 3.3 libras + gastos de envío del original en Amazon.uk.

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La ciencia de la felicidad (2)

¿El dinero da la felicidad? De acuerdo con la información disponible, la respuesta es: sí pero hasta cierto punto. Observemos al mapa (adjunto) de la distribución mundial de felicidad, del instuto Gallup. Está basado en una amplia encuesta mundial en la que se evaluaba el nivel de auto-satisfacción. El mapa coincide, en primera aproximación, con la distribución mundial de la riqueza. Consistentemente, los ciudadanos de los países más pobres declaran ser menos felices que los de los más ricos. Análogamente, dentro de cada país, los ciudadanos más pobres reportan menores niveles de sentimientos positivos y felicidad en general. Esto no puede causar demasiada extrañeza. El hecho de ser pobre está directamente relacionado con mayor frecuencia de enfermedades diversas y menor esperanza de vida y muchas cosas más, en general poco agradables (aunque este tema será tratado en el futuro con el detalle que merece).

Sin embargo, una vez que nuestras necesidades básicas están cubiertas, el dinero no parece tener una contribución importante a nuestra felicidad. Por ejemplo, el siguiente gráfico nos muestra que la renta per capita se duplicó entre 1975 y 2005, pero  el nivel de felicidad se mantuvo constante. Los datos del gráfico se refieren a Reino Unido, pero se han relaizado estudios semejantes en otros países con resultados similares.

Es posible, incluso que el nivel económico esté inversamente relacionado con la felicidad. Jordi Quoidbach, de la Universidad de Lieja, realizó el siguiente experimento: le pidieron a un grupo de voluntarios que probaran una tableta de (excelente) chocolate; resultó que los individuos con mayor nivel económico dedicaron menos tiempo a saborear el chocolate y declararon, posteriormente, un menor nivel de satisfacción con la experiencia. En otro experimento, “primaron” a los voluntarios con imágenes relativas al dinero y luego realizaron la ya descrita experiencia del chocolate; la conclusión fue que la mera explosición al vil metal disminuye la capacidad de gozar los pequeños placeres de la vida (Quoidbach, J., Dunn E.W., Petrides, K.V., & Mikolajczak, M. (in press). Money giveth,
money taketh away: The dual effect of money on happiness. Psychological Science). Como decía Pablo Picasso, me encantaría vivir como un hombre pobre, pero con mucha pasta.

¿Influyen los genes en la felicidad? Eso parece, ya que los estudios han encontrado que aproximadamente el 50% de las variaciones individuales en el grado de felicidad es atribuíble a los genes. Sin embargo, esto no excluye que los facotres ambientales  cuenten. En un estudio muy reciente realizado (doi 10.1073/pnas.1008612107)  por el equipo de Bruce Headey, de la Universidad de Melbourne (Australia), se encontró que había 3 factores que tenían una influencia notable en el nivel de felicidad. El primero es el nivel de neuroticismo de tu pareja, factor definitivamente negativo que al parecer puede amargar la vida de la otra persona mientras la relación dure. El segundo es el hecho de tener fuertes sentimientos religiosos; las personas que atendían regularmente a los oficiosos religiosos se declararon más felices. El tercero es el peso corporal, aunque curiosamente sólo en el caso de las mujeres. El exceso de peso parece ser un factor de tormento psicológico para ellas. En cambio, los hombres gordos resultaron tan felices como el resto (al menos en este estudio). Conviene indicar que los dos últimos factores no están exentos de influencia genética, siendo esta muy alta para el peso corporal y menor pero significativa para el nivel de fervor religioso.

Más info: New scientist, 25 September 2010, p44.

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La ciencia de la felicidad (1)

Es curioso. Se supone que para las personas lo más importante es ser feliz, y sin embargo la ciencia ha dedicado (hasta hace poco) muy poca atención a este asunto. No así la filosofía. Prácticamente todos lo filosófos conocidos le han dedicado algún pensamiento al asunto, lo que normalmente va acompañado de alguna receta sobre lo que hay que hacer para ser feliz. Naturalmente, muy pocos filósofos se han preocupado en investigar de forma rigurosa si sus recetas funcionan o no, ya que los experimentos de cualquier tipo están, de alguna forma, vedados a los filosófos.

Para los psicólogos evolucionistas, los sentimientos negativos son -en general- fáciles de explicar en términos de fitness. P.e. el miedo nos lleva a huir de los peligros, el asco evita que consumamos alimentos potencialmente tóxicos. Los sentimientos positivos resultan un poco más difíciles. Evidentemente, el placer que nos proporciona una buena comida o encontrar una pareja atractiva tienen un conexión directa con la supervivencia/reproducción. Sin embargo, no parece obvio que la sensación profunda y prolongada de bienestar, que asociamos generalmente al término felicidad, tenga algún efecto positivo sobre nuestra fitness.

No obstante, la profesora Barbara Fredrickson, de la Universidad de Carolina del Norte (USA) ha iniciado una fructífera línea de trabajo encaminada a entender las bases evolutivas de la felicidad. Según la hipótesis de Bárbara, los sentimientos positivos aumentan nuestras capacidades cognitivas y nos permiten acumular recursos psicológicos para aguantar las malas rachas en el futuro. Evidentemente, este tipo de estado de ánimo sólo tiene lugar cuando nos encotramos “bien” (seguros, alimentados, etc); en una situación de crisis, la felicidad se evaporaría y nuestra mente entraría en un estado diferente para sobrevivir a la crisis (huir, pelear,etc). Fredrickson ha denominado a su teoría “broaden and built” en alusión a que la felicidad “expande” la mente y “construye” nuestra personalidad. Si alguien tiene interés en profundizar en este tema, debería echar un vistazo en la página de esta investigadora (aquí).

Lo importante es que Fredrickson y son colaboradores llevan años reuniendo pruebas experimentales que apoyan esta teoría. Por ejemplo, han visto que después de visionar un vídeo cómico, los sujetos del experimento resolvieron mejor un test de creatividad que los del grupo control (Journal of Personality and Psychology, 52:1122). En otro experimento vieron que un estado de “buen humor” mejoraba las capacidades verbales (PNAS, 104:383).

En la parte del “built”, Fredrickson y colaboradores comprobaron que los individuos que reportaron mayor frecuencia de sentimientos positivos antes del 11S, también tuvieron menos problemas de depresión en los meses siguientes (Journal of Personality and Psychology, 84:365).

Aunque la teoría está lejos de poder considerarse totalmente probada, la evidencia acumulada en su favor sugiere que la felicidad y los sentimientos positivos, al igual que los negativos, probablemente tienen un valor adaptativo y han sido objeto de la selección natural. Esto es normalemente difícil de probar má allá de toda duda razonable, pero como hipótesis resulta totalmente plausible. El hecho de que los estudios realizados con gemelos idénticos indiquen que aproximadamente la mitad de las variaciones individuales en el grado (auto-reportado) de felicidad son heredables genéticamente, está en corcodancia con la teoría de Fredrickson. Deben existir pues, variantes alélicas que nos predispongan hacia desarrollar personalidades más o menos felices, de la misma manera que se han encontrado genes que nos predisponen hacia otras características psicológicas (más info aquí ).

Es evidente que la ciencia de la felicidad es un tema interesante y nos deja muchas preguntas en el tintero ¿Existe relación entre felicidad y nivel económico?¿Existen sociedades más felices que otros?¿Han encotrado los científicos “recetas” para la felicidad?

Continuará

Más info: New scientist, 25 September 2010, p44.

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La izquierda darwinista

Al hilo de la tertulia del martes pasado en el pub Savoy, cuelgo aquí este artículo de Peter Singer (incluido en su libro “Writings on an ethical life” Ed Harper Collins, 2000). El artículo es una sinopsis de su libro “The Darwinian left”. Espero que este interesante debate puede continuar a través de este foro.

El texto original, traducido por Marianela Santoveña está aquí

La izquierda darwinista

Peter Singer

La izquierda necesita un nuevo paradigma. Los partidos socialistas democráticos han abandonado el tradicional objetivo socialista de la propiedad pública, y esto, junto con la caída del comunismo, ha dejado a la izquierda sin las metas que anheló durante los dos siglos en que alcanzó una posición de gran poder político e influencia intelectual. Me ocupo aquí no tanto de la izquierda como una fuerza política organizada, sino de la izquierda como un amplio cuerpo de pensamiento, un espectro de ideas en torno a la consecución de una sociedad mejor. En tanto tal, la izquierda necesita urgentemente de ideas nuevas. Quiero proponer como fuente de tales ideas una aproximación al comportamiento humano basada firmemente en la comprensión moderna de la naturaleza del hombre. Ya es tiempo de que la izquierda tome en serio el hecho de que hemos evolucionado desde otros animales; llevamos las pruebas de esta herencia no sólo en nuestra anatomía y en nuestro ADN, sino en nuestros anhelos y en la manera en que muy probablemente tratemos de satisfacerlos. En otras palabras, ya es tiempo de desarrollar una izquierda darwinista.

¿Podría la izquierda adoptar a Darwin y, aún así, seguir siendo izquierda? Depende de lo que se considere esencial. Permítaseme responder de manera personal a esta cuestión. El año pasado hice un documental para la televisión y también un libro sobre Henry Spira. Para la mayoría de la gente este nombre no significará nada, pero Spira es la persona más extraordinaria con la que jamás haya trabajado. Cuando tenía doce años, su familia vivía en Panamá. Su padre tenía una pequeña tienda que no marchaba del todo bien; para ahorrar dinero, la familia aceptó la oferta de un acaudalado amigo que les propuso vivir en su casa. La casa era una mansión que ocupaba una manzana entera de la ciudad. Un día, dos hombres que trabajaban para el dueño de la propiedad le preguntaron a Henry si quería acompañarlos a cobrar las rentas. Henry lo hizo y vio cómo se financiaba la lujosa existencia del benefactor de su padre: se dirigieron a las barriadas, donde la gente pobre fue amenazada por los cobradores armados. En aquella época Henry no tenía ningún concepto de “la izquierda”, pero de ese día en adelante formó parte de ella. Más tarde, Spira se mudó a Estados Unidos, se volvió trotskista, trabajó como marinero, formó parte de las listas negras durante la era de McCarthy, fue al sur para apoyar a la gente negra, dejó a los trotskistas porque habían perdido contacto con la realidad y dio clases a niños de los guetos de Nueva York. Y como si esto no fuera suficiente, en 1973 leyó mi ensayo Liberación animal y decidió que había aún otro grupo de seres explotados que necesitaba ayuda. Con el tiempo, Spira llegó a ser el activista más empeñoso del movimiento por los derechos de los animales en Estados Unidos.

Spira posee la habilidad de plantear las cosas de manera simple y llana. Cuando le pregunté por qué había pasado su vida defendiendo todas esas causas, me dijo sencillamente que estaba del lado de los débiles, y no de los poderosos; de los oprimidos, y no del opresor; de la montura, y no del jinete. Spira me habló de la inmensa cantidad de dolor y sufrimiento que existe en nuestro universo, y de su deseo de hacer algo para disminuirlo. Y esto, según creo, es de lo que se trata la izquierda. Si nos encogemos de hombros frente al sufrimiento evitable de los débiles y los pobres, de los que son explotados y despojados, entonces no somos de izquierda. La izquierda quiere cambiar esta situación. Existen muchas ideas diversas sobre la igualdad que son compatibles con esta imagen amplia de la izquierda. Y en un mundo en el que las cuatrocientas personas más ricas poseen conjuntamente una riqueza neta mayor a la del 45 por ciento de la población mundial situada en la base de la pirámide, no resulta difícil encontrar puntos comunes en el camino hacia una distribución más equitativa de los recursos.

Hasta aquí sobre la izquierda. Pero, ¿qué hay de la política del darwinismo? Una forma de responder a la pregunta consiste en invocar la distinción entre hechos positivos y valores normativos. Puesto que “ser de izquierda” quiere decir tener ciertos valores, y puesto que la teoría de Darwin es una teoría científica, la imposibilidad de deducir valores a partir de hechos significa que la evolución no tiene nada que ver con la izquierda ni con la derecha. Por lo tanto, tan fácilmente puede existir una izquierda darwinista como una derecha darwinista.

Sin duda, ha sido la derecha la que más ha retomado el pensamiento darwiniano. Andrew Carnegie, por ejemplo, recurrió a la evolución para sostener que la competencia económica nos conduciría a la “supervivencia del más apto”, y haría mejorar así la vida de la mayor parte de la gente. También se invoca el pensamiento darwiniano en la afirmación según la cual las políticas sociales podrían contribuir a la supervivencia de los “menos aptos” y tener consecuencias genéticas nocivas. Esta afirmación es sumamente especulativa. Su base fáctica es más sólida en lo que respecta a la prestación de tratamientos médicos a personas con enfermedades genéticas; sin tratamiento, estas personas morirían incluso antes de poder reproducirse. No cabe duda de que hoy existen muchas más personas que nacen con diabetes prematura debido al descubrimiento de la insulina. Pero nadie propondría seriamente retirar la insulina a los niños con diabetes a fin de evitar las eventuales consecuencias genéticas que comporta el surtir dicha sustancia.

Hay un aspecto más general del pensamiento darwiniano que sí se debe tomar en serio. Es la afirmación según la cual comprender la naturaleza humana, a la luz de la teoría evolutiva, puede ayudarnos a estimar el precio que habremos de pagar por lograr nuestras metas sociales y políticas. Esto no quiere decir que cualquier política social sea incorrecta por ser contraria a las ideas darwinianas; antes bien, deja en nuestras manos la evaluación ética y se limita a proporcionar datos relevantes para poder tomar una decisión.

El núcleo de la concepción izquierdista del mundo es un conjunto de valores; pero también existe una nebulosa de creencias fácticas que se suelen asociar con la izquierda. Debemos preguntarnos si estas creencias fácticas se oponen al pensamiento darwiniano, y si lo hacen, cómo sería la izquierda sin ellas.

En términos generales, la izquierda intelectual, y sobre todo los marxistas, se han mostrado entusiastas ante el recuento que Darwin da sobre el origen de las especies, siempre y cuando las implicaciones que tenga para los seres humanos se limiten a la anatomía y la fisiología. La teoría materialista de la historia, según Marx, implica que no existe una naturaleza humana definida. La naturaleza humana cambia con cada nuevo modo de producción. Ya ha cambiado en el pasado –del comunismo primitivo al feudalismo, y del feudalismo al capitalismo– y podría cambiar de nuevo en el futuro.

La creencia de que la naturaleza humana es maleable ha sido importante para la izquierda, porque le ha proporcionado fundamentos para tener la esperanza de que un tipo distinto de sociedad es posible. La verdadera razón por la cual la izquierda rechazó el darwinismo es porque éste destrozaba el gran sueño de la izquierda: la perfectibilidad del hombre. La idea de construir una sociedad perfecta había estado presente en la conciencia occidental incluso antes de la República de Platón. Desde que la izquierda existe, ha buscado una sociedad en la que todos los seres humanos vivan en armonía y cooperen los unos con los otros, en paz y libertad. Para Darwin, en cambio, la lucha por la existencia, o al menos por la existencia de la propia prole, es interminable.

En el siglo XX, el sueño de la perfectibilidad del género humano se convirtió en las pesadillas de la Rusia estalinista, de la China de la Revolución Cultural y de Camboya bajo el régimen de Pol Pot. La izquierda despertó ofuscada de estas pesadillas. Se han registrado intentos por crear una sociedad nueva y mejor con resultados menos terribles –la Cuba de Castro, los kibbutzim israelíes– pero ninguno ha sido un éxito rotundo. Tenemos que dejar atrás el sueño de la perfectibilidad y eliminar así una barrera más para una izquierda darwinista.

Pero, ¿qué hay de la maleabilidad de la naturaleza humana? ¿Qué queremos decir por maleabilidad y qué tan esencial resulta para la izquierda? Dividamos el comportamiento humano en tres categorías: aquel que varía en gran medida de cultura a cultura; aquel que muestra algo de variación de cultura a cultura, y aquel que presenta poca o ninguna variación.

En la primera categoría, mostrando una inmensa variación, incluiría las distintas formas en que producimos nuestro alimento –recolectando y cazando, criando animales domésticos o sembrando. A estas diferencias corresponden diferencias en los estilos de vida –nómada o sedentario– así como en el tipo de comida que ingerimos. En esta primera categoría también incluiría algunas estructuras económicas, prácticas religiosas y formas de gobierno, pero no –y esto resulta significativo– la existencia de alguna forma de gobierno, que parece ser casi universal.

En la segunda categoría, como comportamiento que muestra ligeras variaciones, incluiría la sexualidad. Los antropólogos victorianos quedaron muy impresionados por las diferencias en la actitud que su propia sociedad y las sociedades que eran objeto de su estudio mostraban hacia la sexualidad; por ello, tendemos a exagerar el grado en que la moral sexual es relativa a cada cultura. Por supuesto, existen diferencias importantes entre las sociedades que permiten a un hombre tener una esposa y las que autorizan a los hombres a tener más de una esposa; pero casi toda sociedad cuenta con un sistema de matrimonio que implica restricciones a las relaciones sexuales fuera de la institución. Además, mientras que a los hombres se les permite una esposa o más, según la cultura, los sistemas de matrimonio en que se permite a las mujeres tener más de un marido son escasos. Sean cuales fueren las reglas del matrimonio, y sin importar qué tan severas sean las sanciones por infringirlas, la infidelidad y los celos sexualmente motivados parecen ser elementos universales del comportamiento humano.

En esta segunda categoría también incluiría la identificación étnica y sus contrarios, la xenofobia y el racismo. Vivo en una sociedad multicultural con un nivel relativamente bajo de racismo, pero sé que existen sentimientos racistas entre los australianos y que los demagogos pueden azuzar estos sentimientos. La tragedia de Bosnia ha demostrado cómo el odio étnico puede resurgir entre pueblos que han convivido pacíficamente durante décadas. El racismo se puede aprender y se puede olvidar, pero el hecho es que los demagogos racistas elevan sus antorchas sobre un material sumamente inflamable.

En la tercera categoría, como un comportamiento que muestra poca variación de una cultura a otra, contaría el hecho de que somos seres sociales preocupados por los intereses de nuestra estirpe. Nuestra presteza para establecer relaciones de cooperación y para reconocer obligaciones recíprocas es igualmente universal. Aunque de manera más controvertida, agregaría que la existencia de una jerarquía o un sistema de rangos es una tendencia casi generalizada. Existen muy pocas sociedades humanas sin distinciones de estatus social; y cuando se hacen intentos por abolir dichas distinciones, estas tienden a reaparecer muy pronto. Finalmente, los roles de género también presentan variaciones muy ligeras. Las mujeres casi siempre desempeñan el papel principal en el cuidado de los niños, mientras que los hombres, más que las mujeres, suelen involucrarse en el enfrentamiento físico, tanto en el interior del grupo social como en la guerra entre distintos grupos. Además, los hombres tienden a desempeñar un papel desproporcionado en el liderazgo político del grupo.

Por supuesto, la cultura influye para agudizar o atenuar las tendencias más profundamente enraizadas en la naturaleza humana. Y puede haber variaciones de individuo a individuo. Nada de lo que he dicho se contradice con la existencia de personas que no se preocupan por su estirpe, o de parejas en las que el hombre cuida de los niños mientras que la mujer trabaja en el ejército. También debo subrayar que mi clasificación general del comportamiento humano no conlleva matices valorativos. No estoy diciendo que si el predominio masculino es característico de casi todas las sociedades, esto signifique que es bueno, o aceptable, o que no deberíamos tratar de cambiarlo. No intento deducir el deber ser a partir del ser, sino evaluar el precio que tendríamos que pagar por la consecución de nuestras metas.

Por ejemplo, si vivimos en una sociedad cuya jerarquía se basa en una aristocracia heredada y abolimos dicha aristocracia, como lo hicieron los revolucionarios franceses y estadou-nidenses, probablemente nos topemos con que una nueva jerarquía emerja, basada quizás en el poder militar o en la riqueza. Cuando la revolución bolchevique en Rusia abolió tanto la aristocracia hereditaria como la riqueza privada, se desarrolló sin demora una jerarquía fundada en el rango y la influencia dentro del Partido Comunista; esto se convirtió en la base de toda suerte de privilegios. La tendencia a constituir jerarquías puede verse en toda clase de conductas mezquinas dentro de las corporaciones y las burocracias, en las que la gente otorga una enorme importancia a qué tan grande es su oficina y cuántas ventanas tiene. Nada de lo anterior significa que la jerarquía sea buena, o deseable, o incluso inevitable; pero sí que deshacerse de ella no será tan fácil como los revolucionarios de antes pensaban.

La izquierda debe aceptar y comprender nuestra naturaleza de seres producto de la evolución. Pero hay distintas maneras de lidiar con las tendencias inherentes a la naturaleza humana. La economía de mercado se funda en la idea de que los seres humanos pueden trabajar duro y mostrar iniciativa sólo si, al hacerlo, les es dado alimentar sus propios intereses económicos. Para satisfacer nuestros intereses lucharemos por producir bienes mejores que los de nuestros competidores, o por producir bienes similares a un menor costo. Así, como dijera Adam Smith, los deseos egoístas de una multitud de individuos se conjuntan, como por obra de una mano invisible, para trabajar en beneficio de todos. Garrett Hardin resumió este punto de vista en The Limits of Altruism, cuando escribió que las políticas públicas debían basarse en “una adhesión inquebrantable a la regla cardinal: nunca le pidas a una persona que actúe contra sus propios intereses”. En teoría –esto es, en una teoría abstracta, libre de cualquier suposición sobre la naturaleza humana–, un monopolio estatal debería ser capaz de proporcionar los servicios públicos más baratos y eficientes, y también el transporte y, para el caso, el suministro de pan; a decir verdad, dicho monopolio tendría enormes ventajas en materia de escala y no estaría obligado a generar ganancias para sus propietarios.

Sin embargo, cuando tomamos en cuenta la suposición popular de que el interés –más específicamente, el deseo de enriquecerse– impulsa a los seres humanos a trabajar bien, el panorama cambia. Si la comunidad es dueña de una empresa, los gerentes no se benefician de su éxito. Sus intereses económicos personales y los de la empresa apuntarían en direcciones distintas. El resultado es, en el mejor de los casos, la ineficacia; en el peor de los casos, la corrupción generalizada y el robo. Privatizar la empresa asegurará que los propietarios tomen las medidas necesarias para recompensar a sus gerentes de acuerdo con su desempeño; a su vez, los gerentes tomarán las medidas necesarias para asegurar que la empresa opere tan eficazmente como sea posible.

Esta es una manera de ajustar nuestras instituciones a la naturaleza humana, o al menos a una cierta concepción de la naturaleza humana. Pero no es la única. Incluso en términos de la regla cardinal de Hardin, aún debemos preguntarnos qué queremos decir con “interés propio”. La adquisición de riquezas materiales, más allá de un nivel relativamente modesto, tiene poco que ver con el interés en el sentido biológico de maximizar el número de descendientes que uno deja atrás como futuras generaciones. No existe razón alguna para suponer que el crecimiento de la riqueza personal deba ser, ya sea consciente o inconscientemente, la meta que la gente se fije. A menudo se dice que el dinero no puede comprar la felicidad. Esto puede sonar trillado, pero implica que estamos más interesados en ser felices que en ser ricos. Entendido de manera adecuada, el interés va más allá del interés económico. La mayoría de la gente quiere que sus vidas sean felices, satisfactorias o significativas, y reconocen que el dinero es, cuando mucho, un medio para lograr algunos de estos fines. Las políticas públicas no deben fundarse, pues, en el interés, entendido éste en un estrecho sentido económico.

El pensamiento darwiniano moderno abarca tanto la competencia como el altruismo recíproco (un término técnico para la cooperación). Al enfocarse en el factor de la competitividad, la economía moderna de mercado tiene sus premisas en la idea de que nos mueven deseos de adquisición y competencia. Las economías de mercado libre están diseñadas para canalizar nuestros deseos adquisitivos y competitivos de manera tal que operen en beneficio de todos. Sin duda, esto es mejor que una situación en la que dichos deseos operaran sólo para el beneficio de algunos. Pero incluso cuando las sociedades de consumo competitivas trabajan de la mejor manera posible, no constituyen la única vía para armonizar nuestra naturaleza con el bien común. En lugar de ello, deberíamos buscar el fomento de un sentido más amplio del interés individual, una concepción de interés por la que tratemos de construir sobre la faceta social y cooperativa de nuestra naturaleza, antes que sobre la faceta individualista y competitiva.

El trabajo de Robert Axelrod sobre el dilema del prisionero nos brinda una base para la construcción de una sociedad más cooperativa. El dilema del prisionero describe una situación en la que dos personas pueden escoger entre cooperar o no cooperar la una con la otra. El inconveniente es que a cada una le va mejor en el nivel individual si no coopera; pero si ambas toman esta misma decisión, a ambas les irá peor que si las dos hubieran optado por cooperar. El resultado de las decisiones a la vez racionales e interesadas, por parte de dos o más personas, puede hacer que a todos les vaya mejor que si hubieran actuado sólo por interés personal. Actuar motivados sólo por intereses individuales puede ser contraproducente en el ámbito colectivo.

La gente que a diario acude al trabajo en automóvil se enfrenta cada día a esta situación. A todos les iría mejor si, en lugar de estar sentados en medio del intenso tráfico, abandonaran sus automóviles y usaran los autobuses, que entonces viajarían sin demora por las calles despejadas. Pero a ningún individuo le interesa cambiar su auto por el autobús, ya que mientras la gente continúe usando un automóvil propio, los autobuses siempre serán más lentos que los automóviles.

A Axelrod le interesaba saber qué tipo de estrategia –si la cooperativa o la no cooperativa– genera los mejores resultados para las partes que se enfrentan una y otra vez a situaciones de este tipo. ¿Deben cooperar siempre? ¿Deben dar siempre la espalda, como la estrategia de no cooperación lo sugiere? ¿O deben adoptar alguna estrategia mixta, que de alguna manera pase de cooperar a dar la espalda? Axelrod invitó a la gente a proponer estrategias que dieran los mejores resultados a la persona que las adoptara, si es que esta se hallaba repetidamente en situaciones similares al dilema del prisionero.

Cuando recibió las respuestas, Axelrod comparó, con ayuda de una computadora, cada una de ellas con todas las demás unas doscientas veces a través de un torneo. La ganadora fue una estrategia simple llamada tit for tat.1 Cada vez que daba inicio un certamen contra un nuevo jugador, el ejecutante de esta estrategia comenzaba por cooperar. Después de esto, simplemente hacía lo que el otro jugador había hecho en su turno anterior. Así que, si el otro cooperaba, entonces él cooperaba, y seguía haciéndolo a menos que el otro le diera la espalda: entonces, también daba la espalda y seguía haciéndolo hasta que el otro jugador cooperaba de nuevo. Tit for tat también ganó un segundo torneo organizado por Axelrod, incluso aunque esta vez la gente que proponía estrategias sabía que tit for tat había ganado el torneo anterior.

Los resultados de Axelrod, respaldados por trabajos posteriores en este mismo campo de estudio, pueden servir como base para una planeación social que debería ser atractiva para la izquierda. Cualquier persona de izquierda debería darle la bienvenida al hecho de que la estrategia con mejores resultados comience por una acción cooperativa, y de que nunca sea la primera en abandonar la idea de cooperar o de intentar explotar la “bondad” de la otra parte. Aunque los miembros de la izquierda más idealista podrían lamentar que tit for tat no siga cooperando pase lo que pase, una izquierda que comprenda a Darwin debe darse cuenta de que esto resulta esencial para el éxito. Al ser reactiva, tit for tat genera una espiral virtuosa en la que la vida se vuelve más difícil para los abusivos, y en la que, por ende, hay menos de ellos. En palabras de Richard Dawkins, si hay “bobos”, entonces hay “abusivos” que pueden prosperar aprovechándose de los primeros. Al rehusarse a ser tomado por un bobo, el estratega de tit for tat puede lograr que las partes que cooperan obtengan mejores resultados que los abusivos. Una izquierda no darwinista culparía a la pobreza o a la falta de educación o al legado de formas retrógradas de pensamiento por la existencia de los abusivos. Una izquierda darwinista se daría cuenta de que, aun cuando todos estos factores inciden en el nivel a que llegan los abusos, la única solución permanente consiste en modificar los resultados finales de manera tal que los abusivos no prosperen.

La cuestión que debemos abordar es: ¿bajo qué circunstancias la estrategia tit for tat sería una estrategia exitosa para todos? El primer problema es de escala. Tit for tat no puede funcionar en una sociedad de extraños que nunca se encuentren los unos con los otros. Esta es la razón por la cual la gente de las grandes ciudades no siempre muestra la consideración hacia los demás que resulta común en asentamientos rurales, donde la gente se conoce de toda la vida. Necesitamos encontrar estructuras capaces de sobreponerse al anonimato de las sociedades en que vivimos, sociedades enormes, sumamente móviles, y que al parecer no harán más que seguir creciendo.

El siguiente problema es aún más difícil. Si nada de lo que tú haces cambia de verdad algo para mí, tit for tat no funcionará. Así que, aun cuando la estrategia no necesita la igualdad, una disparidad muy grande en materia de poder o de riqueza eliminará el incentivo de la cooperación mutua. Si dejáramos a un grupo de personas tan fuera de la riqueza social mancomunada que no tuvieran nada con qué contribuir, las estaríamos enajenando de las prácticas sociales y de las instituciones de las que forman parte, y casi sin duda estas personas se convertirían en adversarios que representarían una amenaza para dichas instituciones. La lección política del pensamiento darwiniano del siglo XX es totalmente diferente de la del darwinismo social del siglo XIX. Los darwinistas sociales consideraban que, si los menos aptos eran abandonados en el camino, esto no era más que la forma en que la naturaleza descartaba a los débiles: un resultado inevitable de la lucha por la existencia. Tratar de superar esto les parecía inútil, si no es que claramente dañino. Una izquierda darwinista que comprende las condiciones para la cooperación mutua, así como sus beneficios, luchará por evitar las condiciones económicas que generan marginación.

Permítaseme entretejer algunas líneas de pensamiento. ¿Qué distingue a una izquierda darwinista de las versiones anteriores de la izquierda? En primer lugar, la izquierda darwinista no negaría la existencia de una naturaleza humana, ni insistiría en que la naturaleza humana es intrínsecamente buena, ni infinitamente maleable. En segundo lugar, esta izquierda no pretendería poner fin a todo conflicto y toda lucha entre los seres humanos. En tercer lugar, no supondría que todas las desigualdades se deben a la discriminación, al prejuicio, a la opresión o al condicionamiento social. Algunas se deberán a estos factores, pero no todas. Por ejemplo, el hecho de que entre los directores ejecutivos haya menos mujeres que hombres puede deberse a que los hombres están más dispuestos a subordinar sus vidas e intereses personales a sus metas profesionales; las diferencias biológicas entre hombres y mujeres pueden ser un factor en la medida en que puede haber entre los primeros una mayor disposición a sacrificar todo con tal de llegar a la cima.

¿Y qué hay de aquello que una izquierda darwinista sostendría? En primer lugar, esta izquierda reconocería que hay algo llamado naturaleza humana, e intentaría saber más sobre ella, de manera tal que lograra fundarse en la mejor evidencia disponible sobre lo que los seres humanos son. En segundo lugar, anticiparía que, aun bajo sistemas sociales y económicos muy distintos, mucha gente actuará de manera competitiva para afianzar su estatus, ganar poder y alimentar los intereses de su estirpe y los propios. En tercer lugar, la izquierda darwinista esperaría que, sin importar el sistema social y económico en que viva, la mayoría de la gente responderá positivamente a una invitación a involucrarse en formas de cooperación que resulten en el beneficio mutuo, siempre y cuando la invitación sea genuina. En cuarto lugar, esta izquierda promovería estructuras que fomentaran la cooperación antes que la competencia, e intentaría canalizar la competencia hacia fines socialmente deseables. En quinto lugar, reconocería que la manera en que explotamos a los animales es el legado de un pasado predarwiniano que exageró el abismo entre los humanos y otros animales y, por ende, trabajaría en pos de un estatus moral más alto para los animales. Y en sexto lugar, la izquierda darwinista sustentaría los valores tradicionales de la izquierda poniéndose del lado de los débiles, de los pobres y de los oprimidos, pero pensando muy cuidadosamente qué opciones sí funcionarían para beneficiarlos de verdad.

En algunos sentidos, esta es una visión mucho más modesta de la izquierda, en la que se sustituye sus ideas utópicas por una visión realista y desapasionada de lo que puede lograrse. Sin embargo, en el plazo largo, no sabemos si nuestra capacidad de razonar nos pueda llevar más allá de las restricciones darwinistas convencionales sobre el grado de altruismo que una sociedad puede fomentar. Somos seres racionales. Una vez que comenzamos a razonar, podemos sentirnos impulsados a seguir una cadena de argumentos hasta una conclusión que no habíamos anticipado. La razón nos permite reconocer que cada uno de nosotros es sencillamente un ser entre otros, otros que tienen deseos y necesidades que los preocupan, de la misma manera en que nos preocupan nuestros deseos y necesidades. ¿Podrá esta concepción sobreponerse algún día a la fuerza de otros elementos en nuestra naturaleza evolucionada que actúan contra la idea de velar imparcialmente por todos los demás seres humanos o, lo que sería aún mejor, por todos los demás seres que sienten?

Un defensor del darwinismo como Richard Dawkins, ni más ni menos, sostiene la posibilidad de “cultivar y alimentar deliberadamente un altruismo puro y desinteresado, algo que no tiene lugar en la naturaleza, algo que nunca ha existido antes en la historia entera del mundo”. Aunque “estamos construidos como máquinas de genes”, nos dice Dawkins, “tenemos el poder de oponernos a nuestros creadores”. He aquí una verdad importante. Somos la primera generación que comprende no sólo que hemos evolucionado, sino también los mecanismos por los cuales hemos evolucionado. En su épica filosófica, la Fenomenología del espíritu, Hegel esbozaba el fin de la historia como un estado de sabiduría absoluta, en el que la mente se conoce a sí misma tal como es, y de esta manera obtiene su propia libertad. No tenemos que aceptar la metafísica de Hegel para darnos cuenta de que algo parecido ha sucedido durante los últimos cincuenta años. Por primera vez desde que la vida surgiera del caldo primigenio, hay seres que entienden cómo han llegado a ser lo que son. En un futuro más distante, que apenas alcanzamos a vislumbrar, esto podría ser un requisito para una nueva forma de libertad: la libertad de moldear nuestros genes para que, en lugar de vivir en sociedades limitadas por su origen evolutivo, podamos construir esa sociedad que consideremos la mejor de todas.

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¡Al fin libres!

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Me parece evidente que los humanos tomamos decisiones a diario y, de vez en cuando, tomamos decisiones realmente importantes para nuestra vida (y esas decisiones son, al menos en parte, conscientes) ¿Debería comprar un piso ahora? ¿Me cambio de trabajo? Con frecuencia este proceso es bastante penoso y torturado. Simulamos una y otra vez las posibles consecuencias de cada posible modo de acción. Sin duda, nuestro pasado, nuestro carácter, y la opinión de personas cercanas constituyen condicionantes fuertes, pero también es evidente que decidimos y ¡ay de aquel que no tome decisiones!

Curiosamente, los filósofos nos han dado la vara con el “problema del libre albedrío” durante siglos ¿existe?¿no existe?¿somos libres? Lo del libre albedrío puedo entenderlo en un contexto cristiano. Si Dios nos ha creado y es infinitamente sabio, Él sabe que (algunos) vamos a pecar y a condenarnos; dado que es  moralmente discutible crear criaturas para que vayan directamente al infierno ¿cómo puede ser Él al mismo tiempo infinitamente bondadoso? Entiendo que Tomás de Aquino se comiera el tarro ante una contradicción así. Los no-creyentes no tenemos ese problema.

Pero en los últimos 30 años han surgido unos extraños defensores del determinismo, que no son filósofos cristianos sino ¡neurobiólogos ateos! La cosa tiene su origen en un experimento realizado por Benjamin  Libet en 1983. El experimento transcurrió más o menos así: a un sujeto experimental (típicamente (¡ay!) un estudiante universitario) lo sentaron en una silla con el cráneo repleto de electrodos y le dijeron que moviera el dedo en el momento que él quisiera. El punto clave es que unas décimas antes de que el movimiento se produjera, los aparatos detectaban una señal. Puesto que la señal precedía a la decisión, Libet y sus colaboradores concluyeron que la propia decisión de mover el dedo no podía tomarla la consciencia, sino alguna parte del inconsciente.

Sin duda, el experimento es interesante ya que sabemos muy poco del proceso neurológico subyacente a la toma de decisiones. Pero lo que ha generado mucha controversia, y con razón, es su conclusión: la libertad no existe. Para empezar, no hay ninguna evidencia de que la señal que  precedía al movimiento (denominada RP) representara la decisión propiamente dicha. Podría ser una simple pre-alerta; para que mi cerebro tome una decisión tiene que “encenderse” alguna parte del mismo y al “encenderse” emite una señal, que es la que captaba Libet y colaboradores.

Sin embargo, disponemos ahora de nueva evidencia experimental que parece contradecir la interpretación de Libet. Jeff Miller y Judy Trevena, de la Universidad de Otago (Dunedin, Nueva Zelanda) decidieron repetir el experimento, pero añadiendo un pequeño matiz. Colocaron los electrodos en el cráneo del sujeto de experimentación y le pidieron que moviera un dedo; pero esta vez le dijeron que no tomara la decisión hasta oir un pitido. Si la interpretación de Libet era correcta, la señal debería ser mayor cuando se produjera la decisión del movimiento. En cambio, estos investigadores, encontraron que la RP era exactamente igual, independientemente de que hubiera movimiento o no. Miller y Trevena interpretan esta RP como una mera señal de que el cerebro está poniendo atención y no como un reflejo del acto mismo de tomar una decisión (Consciousness and Cognition, DOI:10.1016/j concog.2009.08.006).

Naturalmente, no todo el mundo está de acuerdo con esta nueva interpretación.Y hay bastantes más experimentos cuyos datos señalan en una u otra dirección, dependiendo de quién los interprete. Me temo que habrá polémica para rato.

Debo señalar que la cuestión que aquí se comenta no es exactamente una discusión puramente científica, desde el momento en que junta un experimento en neurobiología (Brain, vol 106. p623) con un concepto filosófico (libertad/libre albedrí0), el cual requeriría una definición más precisa para poderlo contrastar experimentalmente. Desde mi punto de vista, el hecho de que un agente (cualquiera de nosotros) sea capaz de anunciar a priori que va a realizar una acción (mover un dedo) y sea posible comprobar a posteriori que la acción se realiza (efectivamente, he movido el dedo), debería ser suficiente para garantizar el libre albedrío. Para mí esta es, de hecho, una buena definición de “libertad”.

Mi certeza de que podemos decidir algunas cosas (aunque la mayoría sean triviales) no quita que estudiar el fenómeno neurológico de toma de decisiones sea enormemente interesante. No sería raro que dicho proceso fuera en parte inconsciente; cuando uno toma una decisión no tiene ni idea de lo que ocurre dentro de su cabeza, pero de ahí no se deduce que la libertad no exista.Y para demostrarlo, me voy  a tomar ahora mismo un helado de chocolate (que no de vainilla) porque me da la gana.

Más info

PS Agradezco al profesor Francisco Rubia y a Alvaro Cortina y demás miembros de la tertulia Unamuno-Prim por las interesantes discusiones generadas sobre este tema los dos últimos martes

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Humancé: híbrido de humano y chimpancé

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La mañana del 28 de febrero de 1927, el científico ruso Ilya Ivanovich Ivanov se encontraba en la estación experimental de Kindia, en la Guinea francesa (hoy República de Guinea) con una importante misión que le había encomendado el propio Stalin: crear el primer híbrido entre humano y chimpancé.

Probablemente no se encontraba de muy buen humor. Ivanov era un científico de reconocido prestigio. Su laboratorio había sido pionero en la puesta a punto de diversos de métodos de inseminación artificial y había logrado crear animales híbridos de cebra y caballo (entre otros éxitos), cosa que se creía imposible entonces. Y sin embargo, esos estúpidos funcionarios franceses le estaban poniendo las cosas difíciles. Tenía que actuar de tapadillo, como si fuera un criminal y si descubrían sus verdaderas intenciones podría tener un problema serio. Por otra parte, si no conseguía llevar a cabo su misión, las cosas también podían ponerse muy mal cuando volviera a Rusia. Stalin no tenía fama de ser muy comprensivo con los que fracasaban.

En esta tesitura, el doctor Ivanov se enjuagó el sudor, echó una mirada de reojo y procedió a insertar un instrumento metálico diseñado por él mismo, en la vagina de una de las dos hembras de chimpancé que habían sido capturadas y transportadas bajo su supervisión. Debe señalarse que el esperma (humano) no era suyo, sino de un donante no identificado. Ilya tenía que trabajar deprisa y en condiciones que no eran las ideales. Los dos intentos de inseminación fracasaron. Meses después volvió a intentarlo con otra hembra distinta. De nuevo, fracaso.

¿Por qué querría Stalin crear un híbrido de humano y chimpancé? Obviamente, es imposible saberlo. Las malas lenguas aseguran que su intención era crear una raza de super-guerreros: feroces en la guerra y obedientes en la paz (lo que le evitaría, supuestamente, tener que recurrir a las deportaciones masivas y a los campos de concentración). Según otra teoría (igualmente infundada), la creación de tal híbrido tendría un valor simbólico: mostrar los avances de la Biología soviética y fastidiar a los occidentales de orientación religiosa y, muy particularmente, al Papa.

Fracasado el primer intento, Ivanov no se dio por vencido: tenía un plan B. De vuelta en Rusia se dispuso a intentar el cruce recíproco, inseminar a una mujer con semen de un simio. Sorprendentemente, no le resultó difícil encontrar una voluntaria, a pesar de que ésta fue informada de la naturaleza del experimento y de las severas medidas de aislamiento a las que tendría que someterse. Faltaba el donante. En este caso, se trató de un orangután llamado “Tarzán”. Para bien o para mal, el experimento tuvo que suspenderse por la inesperada muerte de Tarzán debido a una fulminante hemorragia cerebral. Podemos estar seguros de que Ivanov, un hombre muy persistente, hubiera seguido intentándolo. Sin embargo, Ilya cayó en desgracia y fue detenido y condenado al exilio en Kazajstán. Murió un año después.

 Pero los experimentos de Ivanov, aunque éticamente cuestionables, plantean una interesante pregunta: ¿sería posible? Sin poder estar absolutamente seguros, la respuesta es –en principio- sí. La cercanía genética entre humanos y chimpancés es muy alta. La secuencia de los genes de estas dos especies tiene (en promedio) una similitud del 98% . Los caballos y los burros se cruzan con facilidad y aunque no sé exactamente cuál diferencia genética entre estas dos, no creo que sea muy diferente del 98% anterior. En cualquier caso, nadie sabe cuál es el “umbral” de diferencia a partir del cual la hibridación es imposible. Esta no es una ciencia exacta.

 Suele citarse el hecho de que existe una diferencia en el número de cromosomas entre el hombre (46) y en el chimpancé (48), por lo que probablemente el híbrido no sería fértil. No obstante, esto no representa una barrera absoluta. Además, el cromosoma 2 humano deriva de una fusión de dos cromosomas que no se produjo en el linaje del chimpancé. Por ello, es posible que los dos cromosomas correspondientes del chimpancé (2a y 2b) pudieran aparearse durante la meiosis con el cromosoma 2 humano, lo que resolvería el problema (o al menos lo paliaría). Otra “solución” consistiría en la duplicación del genoma completo del híbrido, dando lugar a un alo-poliploide genéticamente estable. Naturalmente, todo esto es una mera posibilidad.

 Otra pregunta, igualmente interesante, es si sería ético crear a este híbrido. Muchas personas piensan no sólo que no sería ético, sino que podría calificarse de acto abominable. La hostilidad a este tipo de experimentos suele ir de la mano de las ideas religiosas. La tradición filosófica judeo-cristiana ha tendido a exagerar las diferencias entre los humanos y el resto de las especies, en línea con la creencia de que los humanos tienen alma y los otros animales no. Por otra parte, la superación de la barrera de especie por métodos artificiales es algo que siempre ha generado mucha hostilidad entre los cristianos.

En cambio, algunos grupos relacionados con el activismo pro-animal contemplan esta ida (la del híbrido) con cierto entusiasmo. La mera existencia del humancé pondría de manifiesto la fragilidad de las barreras de especie y forzaría a los gobiernos a obrar en consecuencia ¿Qué derechos tendría el humancé? Las autoridades se verían obligadas a legislarlos.

Desde mi punto de vista (materialista/naturalista/utilitarista) no creo que la creación del humancé fuera una buena idea, aunque no por las mismas razones que los grupos religiosos. En el caso de que fuera posible, nadie podría garantizar al humancé una buena vida ¿Tendría que vivir confinado? ¿Sufriría discriminación? ¿Podría recibir tratamiento médico adecuado? ¿Estarían los bancos dispuestos a concederle una tarjeta de crédito?

Aunque no existe constancia de que el híbrido sea posible, el humancé no ha dejado nunca de aparecer en las cabeceras de los tabloides, junto con “Big Foot” y las consabidas apariciones de Elvis, así que –de momento- tendremos que dejarlo en el reino de los seres imaginarios. Pero, ¿se imaginan al primer humancé, Kalashnikov al hombro (proporcionado por los activistas de PETA *), defendiendo a las últimas poblaciones de chimpancés en la reserva de Gombe?

¡Menuda película harían en Holywood!

 

* Personas por la Ética en el Trato de los Animales

Boese, A. (2009). “Elephants on acid and other bizarre experiments”.p. 15-18. Pan Macmillan.

Rossiianov, K. (2002). “Beyond species: Ilya Ivanov and his experiments on cross-breeding humans with anthropoid apes” Science in Context 15:277-316.

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La rebelión de los objetos

dormitorio

“Son las siete de la mañana. Es horra de levantarrse. Tienes que ir a trabajarr…”

Le tiro la almohada al despertador, pero sigue hablando desde el suelo, con su desagradable voz metálica y su acento alemán.

“¿Acaso carreces por completo de prrincipios morales?”

Acabo dándome por vencido y me dispongo a ducharme.

“Buenos Días, mi señor; No hay nada como el agua caliente para empezar el día”

En cambio, la ducha tiene la buena costumbre de hacerme la pelota. Le pido 10 minutos de sauna, seguidas de agua fría y masaje.

Evito cuidadosamente a la báscula porque sé que me va a echar otra bronca.

Cuando entro en la cocina me recibe una algarabía de sonidos. La cafetera está echando humo en anticipación y el tostador no puede parar de dar chispazos de emoción.

“¡Café calentito!” “¡Tostadas!”

Las dos sillas comienzas su habitual pelea para ver en cuál de las dos me siento.

“¡Me toca a mi!” “¡No, a mí!”

“Creí que ya habíamos zanjado esta cuestión: los días pares a la derecha ¿qué día es hoy?”

“¡Ventiuno!” “¡Ventidós!”

El reloj de la pared indica que estamos a 22 de abril, pero ¡horror! ya son las nueve menos cuarto. Un segundo después aparece la hora correcta -siete y media- junto con otro mensaje: Ja ja ja.

Cuando acabo el desayuno, la nevera me informa que los contramuslos de pollo llevan 3 días y deberían ser cocinados con carácter urgente. Al mismo tiempo, la lavadora y la secadora han empezado un dúo “Colada, colada, no la dejes para mañana… no la dejes para mañana”.

Algunas veces pienso que las cosas  han ido demasiado lejos, pero qué puedo hacer. Les he cogido cariño a mis electrodomésticos.

Material awarenes in everday life. J.Pierce (2009).

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Genes y Memes

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Aunque pueda parecer lo contrario, una de las motivaciones principales de este blog es refutar la dicotomía Naturaleza vs Crianza. En el momento en el que nos tragamos este cuento y empezamos a argumentar a favor o en contra de alguna de las dos posturas la hemos fastidiado irremediablemente. Es cierto que me han acusado de biologicista algunas veces y ninguna de ambientalista; pero también es cierto que nadie entre los primeros niega la influencia de la educación y bastantes entre los segundos niegan la influencia genética (afortunadamente, cada vez son menos).

Pero el objetivo no es llegar a un conciliador “empate y todos contentos”, sino identificar los genes implicados, los mecanismos bioquímicos y neurológicos que están detrás de esos genes y (más importante) qué cosas pueden cambiarse y cuáles son las estrategias óptimas de aprendizaje. El primer paso consiste en abandonar para siempre el maniqueísmo genes/educación. Los siguientes pasos requieren ir a los detalles…

La imagen adjunta es un mapa de la “calidad del cableado” de un cerebro, esto es, una medida de la cantidad de conexiones en distintas partes del mismo (1, lóbulo parietal; 2, cuerpos callosos, 3, lóbulo frontal; 4, lóbulo temporal; y 5, corteza visual) empleando una técnica denominada HARDI. Se trata de una variante de la Resonancia Magnética, capaz de mostrar la cantidad de agua que difunde a través de la materia blanca; esta medida está relacionada con la integridad de las vainas de mielina y esto a su vez con la rapidez del impulso nervioso. La imagen puede considerarse, pues, como un mapa de la velocidad mental.

Cuando Paul Thomson y sus colegas de la Universidad de California aplicaron esta técnica a un conjunto de gemelos idénticos y no-idénticos pudieron comprobar que esta característica tenía un importante componente genético (el trabajo aquí).


Estos investigadores estimaron la importancia del componente genético en el 85,100,65,45 y 76% respectivamente para las áreas 1-5. Por otro lado, la integridad de la mielina en esas áreas está correlacionada con las puntuaciones en los test de inteligencia.

Pero el que esta característica se herede genéticamente no significa que no pueda cambiarse; de hecho, los científicos creen que la integridad de la mielina es una diana susceptible de manipulación, al contrario que otras, como la cantidad de materia gris. El identificar los genes responsables y estudiarlos a nivel bioquímico tal vez permita desarrollar nuevas terapias frente a enfermedades como el autismo o la esclerosis múltiple, o simplemente, mejorar la capacidad cognitiva de las personas (podemos preguntarnos si esto último es o no deseable). En todo caso, todavía estamos bastante lejos de cualquier aplicación práctica de este tipo.

En otro trabajo parecido, publicado esta semana en Science, un grupo de la Universidad de Aachen (Alemania) empleó la resonancia magnética funcional (fMRI) para estudiar cómo diferentes individuos emplean distintas estrategias mentales cuando son confrontados con tareas complejas. De nuevo, al estudiar gemelos idénticos y fraternos observaron que la tendencia a emplear una estrategia determinada tenía una heredabilidad el 60-90%.


En el otro lado de la (falsa) polémica, tenemos este artículo publicado en el Journal of Neuroscience.


Para este trabajo se seleccionó (aleatoriamente) a un grupo de 15 colegiales de 6 años de edad y se los “sometió” a un entrenamiento musical moderado (consistente en lecciones semanales de teclado). Al cabo de tan sólo 15 meses, los investigadores comprobaron mediante escáner que se habían producido cambios estructurales en el cerebro de los chicos musicalmente entrenados, y no en el grupo de control. Adicionalmente, este entrenamiento estaba correlacionado con mejoras cognitivas en tareas relacionadas (capacidad de recocer melodías y coordinación manual) pero no en actividades no relacionadas, como la aritmética.

No todo el mundo puede ser un Mozart, pero incluso los genios tienen que practicar.

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Estoy planeando tirarte piedras

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Se llama Santino, tiene 30 años y odia a las personas.

Tal vez no lo falte razón. Santino es un chimpancé del zoo de Furuvik (Suecia) y a pesar de que las instalaciones en las que habita son de primera, es posible que su vida sea muuuuy abuuuurrida. Luego están esos tipos mirándole como si no tuviesen otra cosa que hacer. Santino los detesta y empezó a tirarles piedras cuando era un chimpancé adolescente.

Pero no es el hecho en sí de arrojar piedras a los visitantes lo que le está haciendo famoso, sino más bien el modo de hacerlo (podría decirse que es un verdadero modus operandi). Santino recolecta su munición del foso que rodea la zona. Generalmente por las mañanas, cuando todavía no ha empezado a llegar la gente. Lo más notable, es que mientras se hace con los proyectiles parece estar  completamente calmado y pacífico. Sus movimientos son lentos y deliberados. Ningún asomo de ira o temor en su ánimo (de momento).

Pero cuando llegan los visitantes la cosa cambia. Santino se muestra cada vez más agitado y empieza a lanzar piedras a diestro y siniestro  e incluso -si puede- grandes pedazos de cemento. Los administradores del zoo no están muy tranquilos con esta costumbre y han colocado carteles de advertencia y vallas en algunos lugares.

Las actividades “preparatorias” de Santino han sido grabadas en video en numerosas ocasiones. Resulta muy difícil explicar esta conducta sin admitir que este chimpancé  tiene capacidad de planear la acción y anticipar los acontecimientos. Incluso ha llegado a hacer varios “arsenales” en lugares estratégicos desde los cuales lanza sus ataques.

No es la primera vez que se describe una conducta planeada en el chimpancé, pero hasta ahora se trataba de observaciones esporádicas. El trabajo ha sido publicado recientemente en la revista Current Biology y la comunidad de primatólogos está muy excitada.

No puedo dejar de identificarme con Santino; yo también querría tirarles piedras.

El trabajo aquí.

Proyecto Gran Simio

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¿Y a mí…quién me protege?

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De un mal gusto indescriptible. Así se podría calificar la campaña de la Conferencia Episcopal frente al proyecto de modificación de la Ley de interrupción voluntaria del embarazo. Y de una demagogia incalificable.

En primer lugar, los niños de unos 10 meses de edad, como el de la foto de la campaña, están protegidos por la leyes de este país (como no podría ser de otra manera). En segundo lugar, ¿qué tendrá que ver la protección de la Naturaleza con la cuestión del aborto? Para empezar, al proteger al lince se está conservando todo un ecosistema único, sin el cual el lince no puede sobrevivir; así que no se trata sólo del lince, sino de la liebre, al perdiz roja, el buitre negro, las encinas y muchas más especies de animales y plantas. Se me ocurren muchas razones para desear que el tesoro de biodiversidad que hemos heredado no desaparezca en pocos años.

La campaña no sólo dibuja una ecuación surrealista (protección al feto vs protección a la naturaleza), sino que lo hace en el país europeo que está a la cabeza en el maltrato animal y el único donde la tortura organizada constituye un motivo de diversión (y es difundida por las cadenas públicas de televisión).

Dejando de lado el mal gusto de la campaña publicitaria, vamos al fondo de la cuestión, en cuyo núcleo nos encontramos un problema biológico: el hecho que el desarrollo de un nuevo individuo sea un proceso gradual.  Cierto que el momento de la fecundación y el del nacimiento constituyen hitos del mismo, pero no por ello el proceso deja de ser gradual. El recién nacido es muy parecido al feto un momento antes de nacer.

En general, nuestros conceptos (sobre todo en materia legal) se adaptan mal a este tipo de procesos y preferimos distinciones claras y tajantes. Los problemas vienen cuando tratamos de “imponer” categorías claras y disjuntas sobre procesos que no las tienen.

Es evidente que todo ser humano tiene derecho a la protección de las leyes, y es igualmente evidente, que los padres no tienen derecho sobre la vida de sus hijos, aunque en un momento se la dieran. Ninguna legislación (que yo sepa) admite el infanticidio, aunque en algunas sociedades ha sido relativamente frecuente.

Por otra parte, es también evidente que los humanos (en particular, las mujeres) tienen derecho a decir cuándo y cuántos hijos desean tener. En las condiciones sociales “normales” en Europa, las mujeres tienen muchos menos hijos de los que son biológicamente posibles. Por lo tanto, es muy importante (para la madre, para el hijo y para la sociedad) que la reproducción se produzca cuando la madre considere que las condiciones son favorables para ello. Tener hijos supone un compromiso importante y duradero: es muy importante que salga bien.

Si ninguna mujer puede ser obligada a tener hijos, tendrá que poder decidir en qué punto para el proceso: no teniendo relaciones sexuales, empleando métodos anticonceptivos, interrumpiendo voluntariamente el embarazo ¿dónde acaba el derecho de la madre a decidir? ¿cuándo empieza a tener derechos legales el feto? Se pongan donde se pongan los límites, éstos serán (hasta cierto punto) arbitrarios y el tema es naturalmente opinable y debatible, pero la ley tiene que trazar una raya en algún sitio.

El debate se complica cuando entran en juego las consideraciones religiosas. Al parecer, la Iglesia Católica cree que el alma se crea en el momento de la fecundación, por lo que un zigoto (formado por una sola célula más un núcleo paterno) sería un ser humano de pleno derecho. Esto es problemático porque no hay ninguna evidencia de que el alma exista, en primer lugar, menos aun que se “incorpore” al proceso en el momento de la fecundación. Los católicos tienen derecho a creer en lo que quieran, pero deberían reconocer, al menos, que las creencias basadas puramente en la “Fe” no pueden introducirse en un debate que afecta a todos, católicos y no católicos.

Este es el punto clave. Si no hay evidencia de la existencia del alma, no pueden emplear el argumento. Las creencias religiosas son completamente respetables, pero tienen que quedarse en el ámbito privado. En un post anterior, comentaba que si una religión creyese literalmente en Papá Noel podría exigir que los aviones no volasen el 24 de diciembre, no fueran a chocar contra su trineo de renos. Recibí algún comentario indignado por “equiparar las creencias religiosas a creencias infantiles”. El problema es que si el argumento de la “Fe” se admite para una cosa, puede admitirse para (literalmente) cualquier otra.

En el mundo hay suficiente sufrimiento (padecido por humanos y otros seres sentientes) como para preocuparse demasiado por si el zigoto tiene o no “alma”… creo yo.

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¿Experimentan las aves placer sensorial?

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Esta es la atrevida pregunta que se hace Michel Cabanac, de la Universidad de Laval en Canadá y nos cuenta en una artículo reciente en la revista Evolutionary Psychology. Debo decir en primer lugar en que a mí el artículo me ha parecido bastante confuso en su planteamiento y conclusiones, pero al mismo tiempo nos cuenta una historia fascinante.

La pregunta lleva largo tiempo rodando entre los filósofos con formulaciones ligeramente distintas. Por ejemplo, el filósofo Thomas Nagel se preguntaba ¿Cómo es ser un Murciélago? La pregunta es bastante retórica a menos que dispongamos de un sistema experimental para avanzar. Y eso es justamente lo que ha conseguido Cabanac (o al menos, él lo cree así). La aproximación que ha elegido este investigador es tan simple que produce cierto estupor: para saber cómo piensa un animal lo que hay que hacer es enseñarle primero a hablar y después preguntárselo.

Como modelo experimental eligieron a Aristóteles, un ejemplar de loro gris (Psittacus erythacus) y procedieron a enseñarle a hablar (en francés) siguiendo el clásico método triangular: dos personas hablaban entre ellas y sólo miraban a Aristóteles cuando pronunciaba palabras de forma correcta (o al menos entendible). De esta forma, el bueno de Aristóteles aprendió unas cuantas palabras que le permitían conseguir juguetes, “donne bouchon” (dame el corcho), o la atención del experimentador, “donne gratte” (ráscame). En el estado 3, la palabra “bon” se añadió al limitado vocabulario de Aristóteles. Cabanac decía bon cuando le daba al loro el objeto/estímulo pedido, el cual –presumiblemente- le resultaba agradable. Aristóteles empezó a transferir la palabra bon a otros estímulos y a emplear frases cortas como “yaourt bon” (yogur bueno). Finalmente, Aristóteles llegó a transferir el concepto a objetos tales como las pasas (raisin bon), una asociación que el experimentador asegura que nunca hizo.

A partir de este uso del vocabulario (por otra parte limitado) y, sobre todo, a la capacidad de transferir un adjetivo a otras palabras, Cabanac concluye que las aves (al menos Aristóteles) tienen la capacidad de experimentar placer sensorial.

Cabanac acaba el artículo agradeciendo la paciencia de su mujer al permitir que realizase estos experimentos en su casa. En esto blog nos solidarizamos con ella.

Felicitaciones, Madame Cabanac.

El artículo aquí.

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Polimorfismo genético asociado a la aversión al riesgo

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A pesar de los comentarios críticos que han recorrido últimamente la blogosfera especializada (más sobre el tema aquí), lo cierto es quela idea de interpretar la conducta humana a la luz de la Biología y, concretamente, de la Biología Evolutiva, no deja de ganar fuerza. No quiere esto decir que los aspectos “ambientales” que tradicionalmente han dominado en las ciencias sociales carezcan de importancia. Y tampoco quiere decir que las conclusiones de los psicólogos evolucionistas individuales sean siempre correctas (a menudo no lo son).

La Evolución proporciona un marco conceptual; llenarlo de contenido requiere integrar resultados de disciplinas muy distintas. La Genética del comportamiento constituye seguramente una de las puntas de lanza. Al identificar genes (más correctamente alelos) asociados a determinadas tendencias de comportamiento,  se abre la veda para que otros especialistas puedan entrar en el juego. Los neurobiólogos podrán buscar relaciones entre los genes y determinadas propiedades del cerebro (estructuras morfológicas, abundancia de determinadas moléculas, mayor o menor actividad en zonas concretas). Los psicólogos podrán refinar este trabajo, contrastando si las asociaciones encontradas son sólidas. Los biólogos evolutivos compararán las secuencias de los genes procedentes de distitintos individuos, poblaciones o especies relacionadas y, tal vez, podrán decir algo acerca de su origen y grado de selección por el que han pasado. Los genetistas podrán emplear algunos modelos animales para contrastar estos resultados, por ejemplo, modificando un gen en particular en el ratón y estudiando cómo se comporta el animal. Finalmente, los filósofos tratarán de entenderlo todo en conjunto. La integración con la Biología no arrinconará a las Ciencias Sociales, las hará mucho más interesantes.

Tal vez piensen que todo esto es ciencia ficción o, al menos, “wishful thinking”, pero no. Los resultados están llegando. A pasos cortos y con algunas vacilaciones e incluso meteduras de pata. Esa es la forma normal de avanzar. Y mostrar estos avances constituye el principal objetivo de este blog.

El “pasito” de esta entrada tiene un protagonista ya conocido: el gen DRD4 (tratado aquí), el cual está relacionado con la mayor o menor aversión que manifiestan diferentes individuos a asumir riesgos. No cabe duda de que las “preferencias de riesgo” constituyen un elemento central en cualquier modelo de “toma de decisiones” en humanos (y en el resto de las especies). Numerosos trabajos han mostrado que existe una considerable variabilidad individual en este aspecto. Sorprendetemente, variables tales como edad, raza, sexo, religión, nivel educativo y estatus socio-económico, explican tan sólo un porcentaje pequeño de esta variabilidad. En cambio, los estudios de gemelos idénticos señalan que aproximadamente el 25% de la varianza es heredable.

Se sabe desde hace tiempo que D4DR, un gen que codifica un receptor de dopamina, está relacionado con el control de las “conductas de riesgo”. En concreto, una parte de dicha proteína formada por siete repeticiones (denominada 7R) está implicada en la unión del receptor con la dopamina; en los individuos 7R+ es necesaria una mayor concentración de esta sustancia para producir una respuesta equivalente. Al mismo tiempo, se ha observado que la variación alélica en esta región también está asociada con una mayor tendencia a la “búsqueda de novedad”. En concreto, 7R se ha asociado a alcoholismo, conducta desinhibida, impulsividad, ludopatía e hiperactividad. Por supuesto, se trata de una asociación estadística, no quiere decir que cualquier individuo portador de este alelo manifieste inevitablemente estos rasgos.

Lo que han encontrado los autores de un trabajo (que se publicará próximamente en Evolution and Human Behaviour) es que 7R también está asociado a la tendencia a asumir riesgos financieros. Para obtener este resultado, los investigadores estudiaron a un conjunto de 24 individuos7R+ y 70 7R-, a los que sometieron a un juego que les permitía medir estas tendencias. Su conclusión: el polimorfismo 7R parece explicar tan sólo un 5% de la parte heredable de la variación.

Se trata de un pequeño efecto y de un pequeño paso

El trabajo aquí

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A mala idea duele más

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Supongamos que alguien le pisa un pie en el Metro, con tan mala suerte que le “lamina” un juanete. El dolor es insoportable y a éste se añade una sospecha ¿lo habrá hecho a propósito el muy cabrito? La cuestión filosófico-psicológica es si el mismo pisotón duele más cuando percibimos una clara intención de hacernos daño. En teoría no debería ser así. La presión sobre nuestro desgraciado juanete es la misma. Sin embargo, hay datos que sugieren que el cerebro no procesa de la misma manera el mismo estímulo, dependiendo de la percepción de intencionalidad.

Esta pregunta está relacionada con la de un post anterior “Ojos que no ven…” acerca de si los alimentos saben mejor cuando “creemos” que son de buena calidad. En el caso que estamos considerando hoy se trataría, de alguna forma, de lo contrario. Podríamos hablar de “efecto nocebo”.

El sentido común no tiene muy difícil aceptar la idea de que “a mala idea duela más”, sin embargo, para poder abordar la cuestión empíricamente necesitamos realizar experimentos en condiciones controladas. Hay que estar seguros de que administramos exactamente el mismo pisotón en condiciones neutras e intencionales, y esto requiere un cierto dispositivo experimental.

Kurt Gray y Daniel Wegner, de la prestigiosa Universidad de Harvard, han ideado un método y no los cuentan en un artículo publicado en Psychological Science. Para ello emplearon a un grupo de voluntarios y les pidieron que evaluaran el grado de dolor que les producía un shock eléctrico, equivalente al pisotón con la diferencia de que podía reproducirse de forma exacta. El punto crucial estaba en que el mismo estímulo era evaluado en dos situaciones distintas: en la primera se decía al sujeto que el hecho de recibir el shock había sido decidido por uno de sus “compañeros” que se encontraba en una habituación contigua. En la segunda, la descarga se presentaba como accidental.

Cuando se percibía intencionalidad, el mismo estímulo fue calificado de 3.6 en una escala arbitraria (cuanto más alto el número, más doloroso), mientras que en condiciones de no-intencionalidad la evaluación fue de 3.0. La diferencia resultó significativa estadísticamente, pero la magnitud de la diferencia es de alrededor del 20%. Estos resultados sugieren que el efecto existe, pero no la diferencia no es enorme.

Imagino que los sujetos habrían experimentado una sensación bastante agradable si hubieran podido darle una bofetada al causante de la descarga.


“Intentional Pain” K. Gray and D. Wegner


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Ojos que no ven…

wine

Hace unos meses me regalaron una botella de Vega Sicilia del 81. Cuando se acabó pensé que era una pena tirar el envase y decidí hacer un pequeño experimento: la volví a llenar con un Pesquera reserva del 93 (10 veces más barato) y traté de dar el pego a mis invitados. Aparentemente funcionó. Mis amigos estuvieron alabando el vino hasta que confesé mi pequeña fechoría. Acabaron reconociendo que el vino “sabía mejor” si la etiqueta tenía un nombre de prestigio. La conversación se fue por derroteros francamente filosóficos ¿realmente saben mejor los alimentos si estamos convencidos de que son de excelente calidad? ¿Existe un efecto placebo para la degustación? Ignoro si el tema ha sido abordado experimentalmente, pero el consenso esa noche era claramente afirmativo.

Supongamos que la “imagen” de un alimento tenga un efecto en la percepción subjetiva de la calidad. Esta “imagen” está frecuentemente asociada al empleo de técnicas tradicionales en su preparación, así como al uso de la palabra “natural”. Al menos en Europa, las imágenes que suelen emplearse para un anuncio de vino suelen ser campos verdes e idílicos, barricas de madera, vendimia manual, etc… Nada da tecnología del siglo XXI a ser posible. La paradoja es que la tecnología moderna ha demostrado ser utilísima para lograr vinos con unas características organolépticas apreciadas y predecibles. Prensas mecánicas, cubas de fermentación de acero inoxidable, control automatizado de los parámetros de vinificación… son elementos imprescindibles para hacer un buen vino, esto es, un vino que alcance una valor alto en el mercado.

De manera que la tecnología moderna es buena para el producto pero mala para su imagen. La solución utilitarista a este problema consistiría en emplear la tecnología (siempre que funcione y sea segura) y después aparentar por todos los medios que no se ha empleado dicha tecnología, con lo que se maximiza la felicidad de los consumidores y los productores. Y… bueno, eso es lo que hacen en general los fabricantes. Después de todo, la vinificación es un proceso químico –aunque bastante complejo- a pesar de que nos gusta pensar que existe una elusiva fuerza vital vinificadora que sólo funciona si el proceso tiene lugar en determinadas circunstancias.

Pues parece que este divorcio conceptual entre venta y producción está a punto de aumentar considerablemente, si se confirman los resultados de un equipo de investigadores de la Universidad del Sur de China en Guangzhou. Lo que ha descubierto Xi An Zeng y sus colaboradores es que es posible acelerar mucho el proceso de envejecimiento del vino sometiéndolo a la acción de un intenso campo eléctrico.

Como todo el mundo sabe, el vino demasiado joven es un caldo intragable. Son necesarios al menos seis meses para poder dar salida al vino más joven y en algunos casos hasta veinte años. Durante esta fase de maduración, el etanol reacciona con los diversos ácidos orgánicos originando multitud de compuestos químicos volátiles (sobre todo ésteres) que son responsables en buena parte del olor característico. Al mismo tiempo, el pH aumenta y otros compuestos químicos precipitan, mejorando con ello el sabor.

Al parecer, este lento y romántico envejecer en barrica de roble puede sustituirse por unos minutos en una cuba con electrodos de titanio a alto voltaje, obteniéndose un caldo “armonioso y equilibrado” con un buen bouquet. El vino así tratado logró engañar a un panel de catadores profesionales. O al menos, eso dicen en el artículo publicado en Innovative Food Science and Emerging Technologies, vol 9, pág. 463.

La próxima que tenga invitados tal vez compre el vino en un “todo a cien”.

Ojos que no ven…

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La obesidad está en el cerebro

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Como todo el mundo sabe, en la sociedad en que vivimos, estar gordo es fatal. El exceso de peso no sólo es malo para la salud, sino sobre todo, es malo para la autoestima y la vida social. En teoría, disminuir el peso es facilísimo: basta ingerir menos calorías de las que se queman. Pero por debajo de esta aparente simplicidad se esconde un proceso bioquímico enormemente complejo, el cual influye poderosamente en nuestra conducta alimentaria e indirectamente en nuestro peso. De hecho, más del 90% de las personas que inician una dieta de adelgazamiento fallan miserablemente (es decir, no mantienen los kilos perdidos 5 años después). Justo esa es la definición de algo difícil: una cosa que el 90% de los que lo intentan no lo consiguen.

Pero ¿por qué están gordos los gordos? ¿son los genes?¿son los hábitos de alimentación? Ustedes ya saben que este tipo de dicotomías suelen tener truco. Y lo tienen. Por un lado, los estudios de gemelos idénticos nos dicen que la heredabilidad del peso corporal es alta: tienen que ser los genes. Por otro lado, en las últimas décadas estamos viviendo (sobre todo en USA y otros países ricos) una verdadera epidemia de obesidad, y el “pool” genético no ha variado sustancialmente en tan poco tiempo: tienen que ser los hábitos.

Naturalmente, son las dos cosas. Cójase a un grupo de gente y sométanlos a una vida disciplinada: ejercicio físico frecuente y alimento racionado. Todos estarán delgados. Ahora, tomemos al mismo grupo y dejemos que ellos decidan libremente qué y cuánto comen. Ocurrirá que algunos se mantendrán delgados y otros se pondrán como focas. Esta propensión a engordar está fuertemente influida por los genes. Tampoco es imposible que un individuo con propensión a engordar se mantenga delgado gracias a una enorme fuerza de voluntad. Sólo que esto es estadísticamente infrecuente.

Así que los genes influyen, pero ¿cuáles? El 2008 nos ha traído una cosecha excepcional de genes candidatos, posiblemente relacionados con la obesidad. En mayo se identificaron dos: MC4R y FTO. En un estudio publicado recientemente en Nature Genetics se describen ¡seis genes más! En el estudio han participado 90.000 voluntarios y fue realizado por investigadores de 60 instituciones diferentes. En esencia, lo que se hace es buscar cambios puntuales en la secuencia del DNA que estén correlacionadas con un mayor peso corporal de los individuos correspondientes.

La conclusión más llamativa es que la gran mayoría de dichos genes parece estar actuando en el cerebro, y afectando –presumiblemente- al control del apetito. Según esto, los humanos tal vez no seamos muy distintos en cuanto a la eficiencia con la que utilizamos los alimentos. Más bien parece que diferimos en nuestra tendencia a ponernos morados.

Este conjunto de genes candidatos supone una especie de “tesoro” para los científicos, ya que podrán explorar a fondo el mecanismo de acción de los mismos. Con seguridad, obtendremos un conocimiento más detallado de cómo el organismo controla el peso corporal y, tal vez (sólo tal vez), nuevos tratamientos para atajar el problema.

Volviendo al dilema filosófico-moral sobre la responsabilidad que tiene cada individuo sobre su propio peso, me gustaría recalcar que el descubrimiento de genes implicados no significa que los individuos estemos “libres de culpa”, ni que sea imposible mantener un peso corporal adecuado. Sólo significa que algunos individuos tenemos que luchar denodadamente contra los kilos de más, mientras que para otros resulta facilísimo.

La vida es injusta

Willer CJ, Speliotes EK, Loos RJF, Li S. Six new loci associated with body mass index highlight a neuronal influence on body weight regulation. Nature Genetics DOI: 10.1038/ng.287

PS, un tratamiento más amplio del tema en este post

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La píldora de la inteligencia

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Si pudiera aumentar su inteligencia tomando una píldora ¿lo haría?

Esta es la interesante pregunta que plantea un equipo de notables científicos en el último número de la revista Nature (“Hacia el uso responsable de medicamentos que mejoran la capacidad cognitiva”). La pregunta no es retórica ni una cuestión de ciencia-ficción, ya que diversas drogas con capacidad de aumentar la capacidad cognitiva (eso sí, de forma modesta) ya están siendo utilizadas, y de forma masiva, en algunos campus universitarios. La píldora de la inteligencia ya está aquí.

Las más empleadas son el modalfinil, el ritalin y el adderall. La primera se emplea para combatir los efectos de problemas tales como la apnea del sueño y la narcolepsia. Las otras dos se utilizan para tratar la hiperactividad, sobre todo en niños y jóvenes. Los autores estiman que en algunas universidades de USA, aproximadamente un 25% de los alumnos las utilizan.

Los firmantes del artículo se refieren a tres cuestiones relacionadas con el uso de dichas sustancias.

La primera es la cuestión de la seguridad. No parece ser un problema muy grave, al menos en el caso de las sustancias mencionadas. Todas han pasado controles exhaustivos y son recetadas con mucha frecuencia (sobre todo las dos últimas). Cierto que no hay demasiados estudios sobre los efectos a largo plazo y cierto también que sus efectos no han sido estudiados en individuos sanos. Pero ninguna de estas objeciones parece demasiado grave.

La segunda es la cuestión de la libertad. Irónicamente, los soldados estadounidenses pueden ser obligados a consumir modalfinil si sus superiores consideran que su trabajo requiere imperiosamente un estado de máxima alerta. Podría darse el caso que directores de algunos colegios, deseosos de que sus alumnos tuvieran buena puntuación en tests estatales les obligaran a tomar esta sustancia antes del examen.

La tercera es la cuestión de la justicia. Si los exámenes son “competitivos”, p.e. pruebas de acceso en la universidad, o en oposiciones, los que no tomen estas sustancias estarían en inferioridad de condiciones ¿no?

No creo que estas preguntas tengan todavía una respuesta clara. Más bien se trataría de generar un debate en la sociedad para ver si se llega a algún tipo de consenso. Evidentemente, son preguntas que se nos plantean como consecuencia de los avances en Biología y que son completamente nuevas. En cierto modo, este debate está relacionado con el del uso de drogas modificadoras del humor (“¿Más placebo y menos Prozac?”).

En el influyente libro de Francis Fukuyuma (“Our post-human future”, Profile Books, 2003), este autor arremete contra el uso de este tipo de sustancias, alegando que atentan contra el concepto tradicional de “ser humano”. Lo que dice Fukuyuma es que emplear una píldora para mejorar el carácter (prozac) o la inteligencia (modalfinil) es “trampa” y debería estar regulado (léase, prohibido). Los autores del artículo de Nature son menos beligerantes. Más bien piensan que si una píldora puede aumentar nuestra capacidad cognitiva y su uso es razonablemente seguro, ¿por qué no hacerlo? En todo caso, nos lo podríamos plantear.

Me pregunto si en el próximo examen que haga tendré que someter a los alumnos a un control anti-doping.

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La felicidad es contagiosa

happiness

¿Qué nos hace felices? Sin duda, esta es una de las grandes preguntas de la humanidad y darle una respuesta satisfactoria debería tener profundas consecuencias, tanto teóricas como prácticas. Curiosamente, es una pregunta que los filósofos llevan haciéndose miles de años (Epicuro de Samos nació hace 2349 años). Sin embargo, la ciencia experimental no ha intentado abordarla hasta hace relativamente poco, y eso que nada impedía –en principio- un abordaje experimental. Todo lo que necesitamos es una medida cuantitativa del “nivel de felicidad” para buscar luego factores o circunstancias que puedan estar correlacionadas con ésta.

El panorama ha cambiado radicalmente en los últimos años. Investigadores de campos muy diversos, tales como la Economía, la Psicología, la Neurobiología y la Biología Evolutiva se han lanzado a la piscina de la “Ciencia de la Felicidad” ¿O debería llamarse Hedología?(Canli et al., 2005; Clark and Oswald, 2002; Delamothe, 2005; Easterlin, 2003; Kahneman et al., 2006). No resulta nada extraño que estas investigaciones hayan identificado un amplio rango de circunstancias que afectan a nuestra felicidad (para bien o para mal), tales como el hecho de que te toque la lotería, el nivel de sueldo, el divorcio, factores genéticos, la desigualdad social o en hecho de ganar unas elecciones.

Lo que no se habían planteado los científicos era la hipótesis de que la “felicidad fuera contagiosa”, esto es, si el hecho de interaccionar con gente feliz aumente nuestro nivel de felicidad (y viceversa). Probablemente, la idea se les habría ocurrido a bastantes personas. Después de todo, hay muchas cosas que son socialmente contagiosas. Pero han sido dos profesores de Harvard y la Universidad de California los que se han puesto a contrastar experimentalmente esta hipótesis, en un artículo publicado en BMJ (Fowler and Christakis, 2008).

Para ello se han servido de dos valiosas herramientas. Una es el famoso estudio longitudinal de Framingham, iniciado en 1948 con objeto de analizar las relaciones entre salud cardiovascular y múltiples factores. Este trabajo ha estudiado pormenorizadamente la vida y costumbres de una cohorte de unas 5000 personas durante tres generaciones. Cada cierto tiempo, los participantes acudían a un centro para ser encuestados y examinados. La segunda herramienta es una rama de las matemáticas conocida como Teoría de Grafos y que se emplea para resolver problemas en áreas extraordinariamente diversas tales como el diseño de circuitos electrónicos, diseñar una red de distribución de un producto comercial o estudiar la estructura de Internet. En pocas palabras, esta disciplina estudia las relaciones entre distintas “entidades”, lo que permite aplicar técnicas estadísticas no sólo a las entidades sino a las relaciones entre ellas.

Cuando estos investigadores examinaron las redes sociales existentes entre los participantes del estudio, encontraron que los individuos felices o infelices tendían a agruparse en redes separadas, lo que nos dice que el grado de felicidad de un individuo puede afectar al de aquellos con los que interacciona y que este efecto alcanza hasta tres grados de relación: los amigos de los amigos de los amigos. También encontraron que las personas más felices solían situarse en un lugar central de la red social; aunque puntualizan que es probablemente la “centralidad” la que lleva a la felicidad y no a la inversa. Encontraron que cada amigo feliz aumenta nuestro nivel de felicidad en aproximadamente un 9%.

Me apresuro a hacer una matización que reconocen los propios autores del trabajo. No está claro cuál es el sentido de la “causalidad” en este caso. Es posible que la felicidad de una persona “irradie” a las demás y también que las personas felices (y desgraciadas) tiendan a interaccionar socialmente entre ellas. Otro efecto curioso es que el fenómeno de “contagio” es más fuerte entre individuos del mismo sexo. El efecto disminuye con la distancia y es bastante débil entre compañeros de trabajo.

Sin duda, este trabajo constituye una interesante pieza que abrirá las puertas de nuevas y seguramente originales investigaciones. Ya se están empleando las redes sociales de Internet, p.e. Facebook, para seguir explorando el fenómeno.

No man is an island

Canli, T., Cooney, R.E., Goldin, P., Shah, M., Sivers, H., Thomason, M.E., Whitfield-Gabrieli, S., Gabrieli, J.D., and Gotlib, I.H. (2005) Amygdala reactivity to emotional faces predicts improvement in major depression. Neuroreport 16: 1267-1270.

Clark, A.E., and Oswald, A.J. (2002) A simple statistical method for measuring how life events affect happiness. Int J Epidemiol 31: 1139-1144; discussion 1144-1146.

Delamothe, T. (2005) Happiness. Bmj 331: 1489-1490.

Easterlin, R.A. (2003) Explaining happiness. Proc Natl Acad Sci U S A 100: 11176-11183.

Fowler, J.H., and Christakis, N.A. (2008) Dynamic spread of happiness in a large social network: longitudinal analysis over 20 years in the Framingham Heart Study. Bmj 337: a2338.

Kahneman, D., Krueger, A.B., Schkade, D., Schwarz, N., and Stone, A.A. (2006) Would you be happier if you were richer? A focusing illusion. Science 312: 1908-1910.

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La política del chimpancé

Mi amigo y colega bloguero Jesús Zamora Bonilla me envió el otro día una especie de “desafío” consistente en “salvar” un libro entre todos los que haya uno leído. Me he pasado unos días dándole vueltas al asunto y al final opté por hacer una aproximación sentimental al problema. Recorrí con la vista mi biblioteca tratando de analizar los sentimientos que me provocaban los libros. El corazón manda.

Y el ganador ha sido este que ven en portada: “La Política del chimpancé” de Frans de Waals (Traducido al español: “La Política de los Chimpancés. El poder y el sexo entre los simios”, de Frans de Waal (Alianza Editorial).

La “política” surge entre los animales sociales cuando 2 o más individuos forman una coalición para lograr -típicamente- comida o ventajas reproductivas. Entre los gorilas no existe la política. Un sólo macho “acapara” a un grupo de hembras y las “defiende” frente a otros machos. Sólo el vencedor se reproduce. Entre los chimpancés las cosas son bastante más complicadas. Los chimpancés forman grupos claramente jerarquizados y los machos dominantes son los que más se reproducen. Pero para alcanzar la (evolutivamente) envidiable posición de macho dominante, no sólo cuenta la fuerza física. Más importante aun es la capacidad de formar alianzas con otros individuos del grupo. El libro cuenta las intrigas de tres chimpancés, Yeroen, Nikkie y Luit para llegar al poder.

Curiosamente, hasta que lo leí pensaba que el libro que más me había influido era “El Príncipe” de Macchiavello. Y, de alguna manera, ambos están relacionados. Cuando lees el de Frans de Waals entiendes el otro en toda su dimensión. No pretendo con esto quitar mérito al genial escritor italiano. Pero las bases de “El Príncipe” llevan millones de años desarrollándose en nuestros linaje.

El libro contiene una maravillosa combinación de dos cosas difícilmente combinables. Por un lado, es un “cuaderno de campo” que resume largos años de investigación etológicas. Nos cuenta los hechos de forma precisa y directa. Por eso resulta tan creíble. Por otra parte, contiene una historia apasionante de amor, odio, poder y celos. Casi diría que es una especie de culebrón. No cuento más para no estropear el final.

He leído críticas al trabajo de de Waals acusándole de antropomorfismo, es decir, interpretar la conducta de los animales atribuyéndolos pensamientos e intenciones humanas. No es así. Los etólogos pueden confundirse al interpretar la conducta de los animales, pero ésta es imposible de entender si no admitimos que los animales tienen “fines”. De hecho, el mero concepto de “conducta” no tiene sentido sin esto. El mejillón que abre o cierra su concha tiene “fines” (aunque por supuesto no sea “consciente” de ello).

Lo verdaderamente extraordinario es que los chimpancés tengan fines tan parecidos a los nuestros.


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Niveles de organización

Aunque el mecanicismo sea aceptado por la mayoría de los biólogos hoy día, esta doctrina ha recibido una crítica que no podemos pasar por alto. Para explicar este argumento necesitamos recurrir primero a un concepto esencial en Biología, la idea de que los seres vivos poseen una estructura jerárquica organizada en niveles de organización. Yendo de lo grande a lo pequeño, observamos todas las formas de vida de la Tierra coexisten dentro de hábitats definidos, denominados ecosistemas, dentro de los cuales hay poblaciones de distintas especies. Cada población está formada por individuos y dentro de éstos podemos distinguir una estructura corporal a simple vista. Con mayor nivel de amplificación, distinguimos aparatos, órganos, tejidos y células. La célula constituye claramente la unidad funcional de los seres vivos, pero en su interior podemos distinguir varias estructuras sub-celulares, que están compuestas por moléculas. Las moléculas por átomos, los átomos por partículas sub-atómicas como electrones y neutrones y éstas por quarks. Lo que hay en el interior de los quarks no lo sabemos, pero según una teoría física no contrastada (y muy difícil de entender) la última división de la materia está constituida por cuerdas diminutas, las cuales vibran a ciertas frecuencias y estas vibraciones explican las propiedades de la materia y la energía. Según este esquema, la vida se asimila a una gran muñeca rusa.

Esta digresión viene a cuento porque los niveles de organización mencionados constituyen a su vez disciplinas de estudio. Por ejemplo, el biólogo molecular se ocupa preferentemente de los cambios que se producen en las moléculas en el interior de la célula, mientras que un ecólogo podría interesarse por los cambios que se producen en la población de una determinada especie. En cierto modo, esta distinción se hace por conveniencia. Resulta muy difícil abordar problemas científicos si no elegimos a priori el ámbito en el que se van a mover nuestras observaciones. Idealmente, la explicación completa de un fenómeno requeriría unir cadenas de explicaciones realizadas a diferentes niveles. Por ejemplo, si estamos interesados en estudiar un virus que afecta a las focas en el mar del Norte, podemos mirar los cambios que se producen en el interior de la célula infectada, los daños que se perciben en determinados tejidos, la alteración de órganos vitales de la foca, y también cuánto ha disminuido la población de focas a causa del virus y cómo ha afectado esto, por ejemplo, a las poblaciones de peces que constituyen sus presas. En principio, querríamos saberlo todo y para ello necesitaríamos un equipo de expertos eficaces y dispuestos a intercambiar información (no es tarea fácil, créanme).

El argumento contra el mecanicismo se basa en que las propiedades de un sistema en un nivel de organización no pueden ser enteramente explicadas en términos del nivel de organización inferior, ya que requieren esquemas conceptuales propios. Reconozco que la frase anterior es algo oscura y me apresuro a poner algunos ejemplos. Si queremos describir inteligentemente una catedral gótica no podremos hacerlo exclusivamente en función de las propiedades de las rocas que la componen. Estas propiedades pueden ayudarnos a entender algunas de las características de la catedral, tal vez el color, o tal vez el grosor de algunos muros pueda explicarse por la resistencia mecánica de la piedra. En todo caso, una explicación satisfactoria necesitará tener en cuenta factores históricos, como el desarrollo de los estilos artísticos y de la tecnología de la época.

Otro ejemplo; por lo que sabemos las neuronas son esenciales para el pensamiento consciente de los humanos; no es extraño que se esté dedicando tanto esfuerzo para entender su funcionamiento. Sin embargo, algunas de estas células pueden cultivarse en una placa de Petri; parece claro que las neuronas aisladas en una placa no son capaces de pensar; el pensamiento surge después de la integración de las neuronas en el nivel de organización superior. Por lo tanto, los procesos mentales no pueden explicarse exclusivamente en términos de neuronas. Tendremos que conocer también cómo éstas se ensamblan en estructuras cerebrales, las cuales serán capaces de interactuar y podemos suponer que el conjunto sea responsable del acto de pensar. En definitiva, entender los procesos mentales requiere desarrollar esquemas conceptuales que se apoyan, pero son diferentes, a aquellos que explican el comportamiento de las neuronas individuales.

En Biología, es frecuente que cuando pasamos a un nivel superior de organización, aparezcan propiedades que no son predecibles por el nivel de organización que se encuentra más abajo. A esta propiedad se le ha denominado emergencia y (cómo no) también ha sido objeto de una enconada polémica. A algunos mecanicistas, la idea les parece una forma semioculta de vitalismo y, recíprocamente, muchos vitalistas la consideran toscamente mecanicista. Polémicas aparte, es preciso reconocer que para explicar un fenómeno a determinado nivel tendremos que resolver problemas intrínsecos de nuestro nivel de organización, así como (idealmente) encontrar conexiones con los niveles superior e inferior. Que esto merezca o no el nombre de emergencia es, tal vez, una cuestión de nomenclatura. En todo caso, la idea resulta útil.

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Mecanicismo vs Vitalismo

Aun a riesgo de generalizar demasiado, puede decirse que las personas que han abordado el estudio de los seres vivos lo han hecho utilizando dos aproximaciones radicalmente distintas: el vitalismo y el mecanicismo (hay algunas posturas intermedias, pero es mejor no liarse ahora). Según el vitalismo, los seres vivos poseen un tipo de fuerza misteriosa, elusiva e inmaterial, denominada fuerza vital. Esta ‘entidad especial’ es la que confiere a los seres vivos sus propiedades. El vitalismo dominó el pensamiento biológico durante varios siglos y no está totalmente muerto; de vez en cuando resurge con una formulación ligeramente distinta. En particular, cuando se pretende explicar alguna actividad biológica ‘superior’, como la consciencia o la capacidad de razonamiento humana, es probable que alguien saque a relucir argumentos de tinte vitalista. En cualquier caso, es necesario hacer dos comentarios sobre esta doctrina filosófica. El primero es que no aporta ninguna explicación sobre el funcionamiento de los seres vivos; simplemente se limita a declarar que no son explicables. El segundo es que no tiene ninguna base empírica: no tenemos ninguna constancia de que la fuerza vital exista; de hecho, según los vitalistas, ésta es indetectable por sí misma, al estar intrínsecamente unida a los procesos vitales que alimenta.

El mecanicismo representa, naturalmente, la postura contraria y constituye, naturalmente, la postura oficial de este blog. Los seres vivos están formados de materia y energía, igual que los seres inertes; por lo tanto son explicables, en principio, en términos físico-químicos. Esto no quiere decir que la explicación sea fácil; en la mayoría de los casos no lo es, sólo que si persistimos en el intento, eventualmente llegaremos a ella. Evidentemente, el mecanicismo se encuentra perfectamente asimilado en la Biología moderna, mientras que el vitalismo es, sencillamente incompatible con ésta. No es de extrañar que el vitalismo sea una doctrina filosófica en retirada. En las últimas décadas, el avance espectacular de la Biología Molecular ha consistido justamente en esto: explicar más y más fenómenos vitales empleando términos y herramientas de la Física y la Química.

La polémica entre vitalismo y mecanicismo ha estado dando vueltas durante siglos, con buenos argumentos en cada uno de los bandos (quiero decir, argumentos elegantemente construidos). Independientemente de cómo fuera el curso de esta batalla, la ciencia ha tenido que ponerse del lado mecanicista. Esto puede parecer una postura dogmática, pero en realidad se trata de un imperativo lógico: la ciencia tiene que hacer como si las cosas fueran explicables por causas naturales. Sencillamente, sin esta suposición es imposible el avance científico. En el caso hipotético de que un fenómeno no fuera explicable por causas naturales (conste que yo no lo creo), por ejemplo un fenómeno para-normal, la ciencia fracasaría en el intento de explicar el fenómeno. Mala suerte. Pero durante el proceso tendría que hacer como si el fenómeno fuera explicable.

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¿Qué es la vida? Un frenesí

Empecemos por el principio. ¿Qué es la vida? Es posible que entre sus recuerdos del bachillerato encuentre una especie de definición: “los seres vivos son aquellos que nacen, crecen, se reproducen y mueren”. Si pensamos un poco, en seguida resulta evidente que esta definición no es satisfactoria. En primer lugar, nacer y morir aluden al paso de la no-vida a la vida, y viceversa, de modo que el concepto de ‘vida’ está incluido en su propia definición. En segundo lugar, si bien es cierto que la mayoría de los seres vivos crece en algún momento, también lo hacen las montañas (muy despacito) y las cuentas bancarias (no la mía). En tercer lugar, no todos los organismos vivos llegan a reproducirse y, en general, no consideramos que aquellos que no lo hacen estén menos vivos. Está claro que la definición del bachillerato no es muy buena y me temo que no puedo ofrecerle otra mejor. El caso es que la Biología no tiene una definición rigurosa del concepto de vida y, sin embargo, esto no ha impedido a los biólogos aprender muchísimas cosas. Por otra parte, usted sabe lo que es un ser vivo y seguramente ésta le parece una discusión bizantina. No obstante, creo que merece la pena insistir un poco más en este tema, cambiando ligeramente nuestro punto de vista. En lugar de buscar una definición precisa, es posible fijarse en un conjunto de características que nos permitan definir por extensión el concepto de vida. Empecemos de nuevo.

Uno. Todos los seres vivos tienen una estructura compleja, tanto si los observamos a simple vista como si (sobre todo) los miramos por el microscopio. Al cabo de trescientos años de observaciones, los microscopistas han descrito con enorme detalle las estructuras organizadas en sistemas, órganos, tejidos y células que componen un organismo. Nos han mostrado que dichas estructuras son estables y reconocibles en cualquier individuo de la misma especie o incluso de otras especies. Para un profano no es fácil distinguir a simple vista un riñón de cerdo de uno humano. A medida que se construían microscopios más potentes, se han ido descubriendo nuevas e igualmente complejas estructuras, cada vez más pequeñas. En el interior de las células, los seres vivos disponemos de máquinas diminutas capaces de las funciones más variadas. Algunas actúan, por ejemplo, como motores, otras como pilas y otras como cerraduras de seguridad, permitiendo el paso al interior de la célula a determinadas sustancias.

Dos. Estas estructuras que componen a los seres vivos son altamente ordenadas. Aunque me estoy refiriendo aquí al concepto termodinámico de ‘orden’ o ‘entropía negativa’, nuestro concepto intuitivo de ‘orden’ es perfectamente aplicable. Los componentes de la células no están colocados al azar sino en lugares precisos y siguiendo ciertas reglas (de ahí que las estructuras sean reconocibles en diferentes individuos o especies). El Segundo Principio de la Termodinámica nos informa que todas los sistemas evolucionan espontáneamente hacia un mayor grado de desorden (como sabe bien cualquiera tenga hijos pequeños). Por lo tanto, las estructuras altamente ordenadas que vemos en las células son también altamente improbables, y el hecho de que existan y se mantengan estables durante largos periodos de tiempo contradice, en apariencia, las leyes de la Física.

Tres. El truco que emplean universalmente los seres vivos para ‘burlar’ a la Física consiste en emplear energía externa para mantener el grado de orden en el interior. Es posible encontrar una relación matemática entre entropía negativa (orden) y energía, pero por ahora nos basta con la idea intuitiva de que hay que gastar mucha más energía para ordenar un armario que para desordenarlo. Lo que en realidad nos dice el Segundo Principio es que la entropía tiende a aumentar en el Universo en conjunto, pero no es imposible que en una región concreta, como es el cuerpo de un ser vivo, esta tendencia se invierta, siempre y cuando sea posible gastar energía en el proceso. Naturalmente, en esto consiste el hecho de comer. La energía contenida en el solomillo que cené ayer se está empleando en mantener el grado de orden de mis estructuras celulares (y para algunas cosas más). Todos los seres vivos nos vemos obligados a ‘comer’, aunque el término signifique una cosa distinta para cada uno. Para una planta significa tomar el sol y el aire mientras absorbe despacito agua y sales minerales. En cambio, hay bacterias capaces de ‘comer y respirar’ rocas, es decir, de obtener energía a partir de reacciones químicas entre elementos minerales que encuentran en el interior de la Tierra. Para un amigo mío, ´comer´ significa acudir a un local con no menos de tres estrellas Michelin. Ya ven que hay gustos para todo.

Cuatro. Al fin y al cabo, no estaban tan descaminados nuestros profesores del colegio: el hecho de reproducirse constituye una característica muy especial de los seres vivos. Tal vez porque nos resulta cotidiano, es difícil apreciar lo asombroso de este proceso. Alejémonos un poco para adquirir perspectiva. Una sola célula (o un pequeño número) es capaz de construir un individuo completo, y para ello sólo necesita un cierto aporte de nutrientes y unas mínimas condiciones ambientales. Por ejemplo, en el caso de un huevo de gallina, todos los nutrientes están contenidos en el propio huevo y la única condición ambiental es que la temperatura se mantenga en torno a 38 grados. Este proceso es tan fantástico como si un Boeing 747 fuera capaz de auto-ensamblarse con la simple aportación de plástico, metal y otros materiales. Conviene recordar que un avión es un objeto menos complejo que un pollo (aunque mucho más caro). Una implicación importante es que la célula germinal contiene todas las ‘instrucciones’ necesarias para el ‘ensamblaje´ del organismo al que dará lugar. Es decir, contiene las instrucciones necesarias para fabricar un hígado, un cerebro, unos pies, etc… en el lugar y momento adecuados. En verdad, una tarea muy complicada de la que todavía no conocemos todos los detalles.

Cinco. Otra característica de los seres vivos es la que el Premio Nobel Jaques Monod (*) denominó ‘teleonomía’. Se trata de un concepto un tanto elusivo y proclive a crear confusión, pero discutirlo resulta esencial para nuestro propósito. El concepto alude al hecho de que los seres vivos parecen estar diseñados conforme a un ‘proyecto’ con objeto de cumplir ciertas funciones. Un ejemplo. Si criamos un pájaro en cautividad, éste desarrollará alas, plumas y otras estructuras que facilitan el vuelo. Tal vez no llegue a hacerlo si no le dejamos salir de la jaula, pero resulta evidente que el plan corporal del pájaro está encaminado al acto de volar. En definitiva, decir que los seres vivos son ‘teleonómicos’ equivale a afirmar que sus estructuras corporales están ‘diseñadas’ para realizar ciertas funciones en su hábitat natural. El concepto no es, en realidad, nuevo. Santo Tomás de Aquino empleó un argumento parecido como prueba de la existencia de Dios, y aun hoy, este argumento es aceptado por muchas personas creyentes. Como veremos, el argumento fue pulverizado a mediados del siglo XIX por Darwin y su teoría de la Selección Natural.

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Generación espontánea (3)

A mediados del siglo XVIII, los partidarios de la generación espontánea empezaban a batirse en retirada, pero aun no daban por perdida su causa, ni mucho menos. De acuerdo -decían- el experimento de Redi demuestra que los insectos proceden de los huevos de otros insectos, pero las formas de vida ‘auténticamente inferiores’ que había descubierto Leeuwenhoek eran otro cantar. Los protagonistas de este segundo asalto fueron dos curas católicos; un inglés, John Needham y un italiano, Lazzaro Sapallanzani. Needham, que debía ser un gran aficionado a la cocina, preparó varios frascos de salsa de carne de cordero. Calentó los frascos en el fuego y puso tapones de corcho. Al cabo de unos días todos los frascos contenían salsa estropeada y un ejército de microbios nadaba en sus aguas. Lo que demuestra, fuera de toda duda –afirmaba el clérigo- que la generación espontánea de microorganismos es posible.

Pero Spallanzani no estaba impresionado. Éste había estudiado Física en la Universidad de Bolonia y había trabajado largos años como naturalista, realizando largas expediciones por todo el Mediterráneo, recolectando y clasificando especimenes de todas clases. Para él era evidente que el experimento de Needham tenía fallos. En primer lugar, los tapones de corcho no cierran herméticamente los frascos y, en segundo lugar, el hecho de calentar la salsa no asegura la muerte de todos los microorganismos que contiene. Por tanto, Lazzaro se aprestó a realizar una versión mejorada del experimento. Para ello empleó una salsa parecida a la del anterior. Colocó la salsa en frascos de vidrio, los cuales fueron calentados y permanecieron en ebullición a tiempos crecientes y rigurosamente controlados. Nada más terminar, los frascos fueron sellados herméticamente. Tal como se esperaba, los frascos que habían sido hervidos por encima de un cierto tiempo se conservaron inalterados. Un elegante experimento que debía haber zanjado la cuestión.

Pero no fue así. Lo que usted ha hecho, señor Spallanzani –vociferaban- es ‘torturar’ la fuerza vital e impedir que el aire fresco entre en contacto con la salsa. De este modo ha impedido la generación espontánea, para la cual el oxígeno es indispensable. La polémica continuó otros cien años, con los ánimos bien caldeados y un mínimo de experimentación.

El siguiente asalto lo protagoniza un biólogo alemán, Theodor Schwann. En 1838 repite el experimento: pone a hervir salsa de carne en un frasco. Esta vez, el aire puede acceder al frasco después de hervido, pero ese mismo aire es calentado previamente con un mechero con objeto de matar a los microorganismos, que de otro modo re-infectarían la salsa. A su vez, el aire que ha pasado por el frasco de salsa es recogido y se demuestra que contiene oxígeno. Queridos oponentes, supongo que estarán satisfechos.

No lo estaban. Nada más publicarse estos resultados, el eminente químico Justus von Liebieg lanzó todo el peso de su considerable prestigio a favor de la teoría de la generación espontánea, a pesar de que no tenía absolutamente ningún dato experimental en ese sentido. La polémica continuó hasta los años 70 del siglo XIX, en los que Luis Pasteur logró convencer a la comunidad científica mediante experimentos similares a los de Schwann. En casi trescientos años, éste fue prácticamente el único avance ‘conceptual’ de la Biología. Un balance muy pobre si lo comparamos con lo que ocurriría desde la mitad del siglo XIX hasta el presente.

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Generación espontánea (2)

Nuestra historia continúa en la ciudad holandesa de Delft. Es fácil imaginar la escena, basta pensar en alguno de los maravillosos cuadros de la pintura flamenca de la época. El cuadro representa a don Antón van Leeuwenhoek, maestro pulidor de lentes, comerciante de telas y alto funcionario del Ayuntamiento de Delft. El maestro es un hombre alto y rubio de unos 40 años. Sabemos que es un hombre de gran inteligencia y que sus contemporáneos le tienen en gran estima. Huérfano desde los 16 años, ha sido capaz de labrarse un porvenir con sus propias fuerzas. Primero, como aprendiz en un comercio de telas. Más tarde en su propio establecimiento, que administra con eficacia y acierto. Unos años después, el Consejo de Síndicos le pide que participe en la administración de la ciudad, labor que acepta y a la que dedica buena parte de su energía.

Sin embargo, no es esto lo más importante. Lo que de verdad apasiona a Leeuwenhoek, es el arte de construir lentes y en esto es un consumado maestro; seguramente uno de los mejores de su tiempo. Las lentes de aumento son una herramienta esencial para un comerciante de telas y esta demanda ha favorecido el desarrollo de una tecnología compleja. Pulir las lentes es una labor sumamente delicada. Después hay que montarlas en un bastidor de metal y un delicado tornillo permitirá ajustar la distancia del objeto a la lente, posibilitando el enfoque de la imagen. El cuadro nos muestra algunas lentes terminadas y numerosas herramientas empleadas en el proceso, con el característico amor al detalle de los pintores flamencos. Sin embargo, no puede decirse que la escena sea completamente cotidiana; la mirada agitada del maestro, el gesto de su joven aprendiz, nos indican que el momento representado es muy especial. El maestro acaba de terminar de pulir una lente y se apresura a probar su funcionamiento. Al parecer, un trabajo excelente. En ese momento, una mosca se posa justo encima. Irritado, el maestro la atrapa con un rápido movimiento y ya va arrojarla al suelo cuando una idea le cruza por la cabeza ¿Por qué no utilizar la lente para observar la mosca? A mediados del siglo XVII esta idea es completamente ridícula; las lentes sirven para mirar telas, no moscas. Pero Leeuwenhoek es un hombre especial, capaz de pensar de forma diferente a sus contemporáneos. Coloca la mosca en el microscopio y ajusta el tornillo con delicadeza. Lo que ve le llena de sorpresa. Con el aumento, la mosca no parece una mosca, sino un terrible monstruo de ojos saltones y extraños apéndices que mueve sin cesar.

El maestro está muy excitado. En las siguientes horas va a mantener una actividad frenética observando con la lente los objetos más variados. De pronto, se le ocurre una idea aun más absurda que la primera. Coloca en el microscopio una gota del agua sucia del jarrón que contiene unas flores marchitas ¿qué puede haber en una gota de agua, excepto agua? Sin embargo, cuando logra enfocar lo que aparece le hiela la sangre en las venas ¡El agua está rebosante de vida! Extraños animales que no pueden verse a simple vista, que se mueven y que poseen las más variadas formas. Todo un mundo microscópico que hasta ahora había pasado inadvertido. Nadie en el mundo, en todos los siglos de historia, había imaginado la existencia de este mundo microscópico. Este es el momento que ha representado nuestro artista imaginario.

Afortunadamente, Leeuwenhoek no se llevó su secreto a la tumba, sino que escribió a la Royal Society inglesa sobre su hallazgo, y aunque no resultó fácil, acabaron creyéndole y eligiéndole miembro de la Sociedad. Leeuwenhoek es considerado, con justicia, el fundador de la Microbiología.

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Generación espontánea (1)

Nuestra historia comienza en la bella ciudad de Pisa, a mediados del siglo XVII y su protagonista es Francesco Redi, físico, poeta y miembro de la prestigiosa ‘Academia del Cimento’, que había sido fundada en Florencia para continuar la obra de Galileo. Por aquel entonces la idea de la ‘generación espontánea’ era ampliamente aceptada; según ésta, la vida podía surgir espontáneamente a partir de materia en descomposición. La idea tenía su origen (cómo no) en Aristóteles y, hasta entonces, a nadie se le había ocurrido cuestionarla. Es preciso matizar que en aquella época no se pensaba que animales ‘superiores’, digamos un perro o un gato, podían surgir espontáneamente del ‘lodo’. El tipo de vida que podía generarse era de ‘naturaleza inferior’, por ejemplo, gusanos o larvas de insecto. Insisto en que no se sabía prácticamente nada sobre el funcionamiento interno de los seres vivos; de ahí es fácil suponer que seres ‘simples’ en apariencia fueran también ‘simples’ por dentro, por lo que no es tan difícil pensar que pudieran surgir espontáneamente.

Podemos imaginar al bueno de Francesco paseando por el ‘Campo del Miracoli’, junto a la famosa torre de Pisa, enfrascado en sus pensamientos. Lo cierto es que no tenemos ni idea de qué le llevó a cuestionar una visión aristotélica que parecía cuadrar bien con la intuición. Fuera lo que fuera, Redi intuyó que había algo erróneo en la idea y para comprobarlo se le ocurrió un experimento. Los gusanos se desarrollan sobre la materia en descomposición –pensó Redi- pero yo sé que tales gusanos son las larvas de las moscas, las cuales visitan con fruición estos lugares ¿no será que las moscas ponen huevos y de los huevos salen los gusanos? Redi preparó en su cocina cuatro pares de frascos iguales. En el primero puso serpientes muertas, en el segundo pescado, en el tercero anguilas y en el cuarto carne de ternera. Luego tapó uno de los frascos de cada pareja con una muselina, que impedía el paso a los insectos, y dejó los otros al aire. Era verano y las moscas empezaron a llegar, con gran satisfacción de Redi, pero no tanta de su cocinera. Tal como esperaba, los gusanos aparecieron exclusivamente en los frascos al aire. También observó que las moscas se sentían atraídas hacia los frascos tapados y que con frecuencia se posaban en la muselina. Hoy día, esta forma de proceder nos parece elemental, pero para un físico y poeta del siglo XVII debió ser algo completamente original. Lo más importante es que Redi se dio cuenta de que en un experimento de estas características podían influir muchas variables y que la única forma de llegar a alguna conclusión residía en utilizar pares de frascos que sólo difirieran en un factor: el hecho de estar o no tapados. Acaba de inventar la idea de experimento control que sigue siendo esencial para la experimentación biológica.

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Reseña: El Mito de la Educación

A medida que avanza este blog, la polémica genes vs educación resulta irrelevante, o aun peor, cansina. Por supuesto, los genes cuentan. Elíjase un ambiente lo bastante homogéneo y los efectos de los genes aflorarán. Por supuesto, el ambiente cuenta. Elíjanse ambientes culturalmente muy distintos y las consecuencias se harán patentes. Ya estamos aburridos de esto. Lo que queremos saber es cuáles son los genes implicados y cómo actúan. Y sobre todo, queremos saber cuáles son los factores ambientales relevantes. Los estudios de heredabilidad son bastante inútiles para ambos fines. En el caso de los genes, la caza ya está en marcha y aunque de momento no ha sido tan fructífera como se esperaba, tenemos que darle algún tiempo. En el caso de los factores ambientales, la situación es más complicada. Hemos visto que, en la mayoría de los caracteres estudiados, cerca de la mitad de la varianza se debía a factores ambientales únicos, pero no tenemos nada claro cuáles son estos factores. En la opinión de los autores de estos estudios, tal cosa resulta un misterio. Para explicarlo, llegan a insinuar que los padres no se esfuerzan lo suficiente en la educación de los hijos, lo cual se encuentra a una distancia de tres micras de decir que la educación no tiene ninguna influencia. Transcribo textualmente:

Nuestros resultados, así como los de otros grupos, no implican que la educación carezca de efectos a largo plazo. La increíble similitud de los gemelos criados aparte en sus actitudes sociales (p.e. conservadurismo y religiosidad) no muestran que los padres no puedan influir sobre estos rasgos, muestran simplemente que esta influencia no suele producirse en la mayoría de los casos.

(Bouchard et al., 1990 Science 250:223-229)

Estos investigadores tienen que hilar muy fino. No es que no se pueda influir sobre los hijos, es que los padres no se lo toman en serio. Parece como si estuvieran haciendo un esfuerzo denodado por salvar los muebles, esto es, nuestra querida y arraigada noción de que los padres son importantes en determinar la personalidad de los hijos. Un punto de vista mucho más radical, y en cierto modo, incendiario es el de la psicóloga Judith Rich Harris, presentado en su libro “El Mito de la Educación[1]. Harris afirma a grandes rasgos tres cosas: 1) que los miles de estudios de ‘socialización’, cuyo fin es identificar la efectividad de diferentes ‘estilos de crianza’, son básicamente inválidos; 2) que los padres tienen una influencia escasa o nula sobre la personalidad de los hijos, tal como se deduce de los estudios de gemelos y de adopción; y 3) que la socialización de los niños y jóvenes se produce a través del contacto con sus amigos. Serían pues, los colegas los verdaderos padres y maestros.

En la primera parte de su libro, Harris, ataca sin piedad los métodos empleados en los estudios de socialización, los cuales se realizarían más o menos así: se elige un niño dentro de una familia y se analiza tanto el ‘estilo de crianza’ como la personalidad/inteligencia del niño; se realizan suficientes observaciones de manera que se pueda encontrar alguna correlación entre ambas cosas. Típicamente, estos estudios encuentran que las personas inteligentes y sensatas, capaces de controlar su vida, y que educan ‘bien’ a sus hijos, tienen, en general, hijos, inteligentes y sensatos y capaces de controlar su vida (y a la inversa). De aquí concluyen que ‘las buenas prácticas educativas tienen efectos positivos sobre la personalidad’ ¿Es eso cierto? Debería serlo, miles de psicólogos y educadores no pueden estar equivocados. Lo están, afirma Harris, estos científicos están llevando sus conclusiones mucho más lejos de los que permitirían los datos. En primer lugar, estos estudios no permiten distinguir los efectos genéticos de los educativos. Pudiera ocurrir que las personas inteligentes y equilibradas tengan hijos con estas características, debido a que les transmiten sus genes. De hecho, cuando se diseña el estudio para distinguir este tipo de efectos, como ocurre con los gemelos criados aparte, lo que se ve es que la educación tiene poca influencia.

Harris emplea otros argumentos adicionales. El primero es que el ‘estilo de crianza’ es característico de cada cultura. Por ejemplo, en USA los ‘asiáticos’ suelen emplear un estilo de crianza más autoritario que los ‘blancos’, a pesar de los cual no se ha detectado un efecto negativo en la personalidad (y de hecho su media del CI es más alta). Por otro lado, el estilo educativo ha cambiado en los últimos años en muchos países, haciéndose menos autoritario y más ‘correcto’ ¿dónde están los beneficios de estos cambios? Harris apunta la idea de que cada sociedad tiene su Mito de la Educación, es decir, un estilo de crianza socialmente aceptado, aunque no necesariamente el mejor ni el único posible.

Otro argumento se basa en la falta de efectos detectables en las familias no convencionales. Si el papel de los padres es fundamental, qué ocurrirá si no hay padre o si ambos ‘esposos’ son del mismo sexo u otras combinaciones por el estilo. La respuesta es: nada. Los hijos de madres solteras, de parejas homosexuales o de padres divorciados no son significativamente distintos del resto de los niños, de acuerdo con muchos trabajos. Sin olvidar que el proceso de ‘educación’ es una carretera de doble vía. Solemos asumir que la influencia va de padres a hijos, pero también fluye en sentido contrario. Un niño de carácter muy difícil va a generar respuestas negativas de sus padres, lo que se traduce un ambiente emocional y educativo peor. Como dice el viejo chiste: “Pobre Jaimito, viene de una familia destrozada”. “No me extraña; Jaimito puede destrozar a cualquier familia.”

Más razones esgrimidas por Harris. El sistema educativo tradicional de las clases altas europeas y americanas consistía en minimizar el contacto de padres e hijos, ‘encasquetando’ la educación de la prole a niñeras, institutrices o colegios internos. Y sin embargo, los hijos de las clases acomodadas se convertían en adultos muy parecidos a sus padres y enseguida adquirían su acento y, casi siempre, sus gustos sofisticados.

En definitiva, lo que Judith Harris dice es: “¡Oigan, el Emperador está desnudo, y si tienen alguna duda, no le pregunten a los sastres!” Hay que decir que esta investigadora estaba completamente fuera del ‘sistema’ cuando publicó sus trabajos; de hecho, no pertenecía a ninguna universidad y su trabajo remunerado consistía en escribir libros de texto de Psicología. Por tanto, podemos pensar que se encontraba aislada del adoctrinamiento y fuera de los círculos de intereses que existen en todas las disciplinas. Ella no tenía nada que perder por ‘tocar el silbato’.

En la segunda parte del libro la cosa cambia completamente, y hay que decir que resulta muy poco convincente. Harris no presenta pruebas concluyentes con las que sostener su teoría. Ya sabemos que los ‘amigos’ son importantes para niños y adolescentes. Tenemos mucha evidencia anecdótica respecto a la importancia de los grupos, pero lo que se exigía aquí era ir más allá de la anécdota. El problema de fondo es que no está nada claro de qué está hablando Harris. Bien puede ser cierto que el grupo de amigos constituya una influencia cultural importante y explique por qué los jóvenes se vistan de determinada manera o se hagan ‘piercing’; pero eso no es lo que estábamos tratando de averiguar. La pregunta se refería a características de la personalidad medibles mediante tests. Harris no presenta, por ejemplo, datos de correlación en el CI de los grupos de colegas o si pertenecer a determinada ‘tribu urbana’ sea la causa de que tu personalidad evolucione en determinado sentido. Se limita a dar argumentos que simplemente ‘suenan bien’, pero no ‘suenan mejor’ que la vieja idea de que la influencia de los padres es decisiva.

Lo cierto es que la mayoría de las personas piensa intuitivamente que el argumento de Harris debe ser equivocado; los padres tienen que importar. E importan, pero ¿para qué importan? Quizá el problema esté en que cuando nos referimos a la influencia de los padres estemos hablando de muchas cosas diferentes. Claramente, los padres proveen cuidados, apoyo emocional, educación formal y otras experiencias educativas y recreativas; imponen un determinado nivel de disciplina, pueden transmitir valores culturales y conocimientos prácticos y poseen cierta influencia sobre el ambiente social en el que se mueven sus hijos; por si fuera poco, les dejan su dinero y propiedades en herencia. Todas estas cosas afectan a la vida de los hijos, lo que no está tan claro es que afecten a su personalidad o a su inteligencia. Lo que podría esperarse de este proceso educativo es que los niños crezcan relativamente sanos (si nada se tuerce), que se integren en la vida social del barrio/colegio, que adquieran información y habilidades y, tal vez, ciertos valores culturales. Por ejemplo, la mayoría de los judíos ortodoxos son hijos de judíos ortodoxos; el ‘credo’ que uno adopta es un valor cultural (aunque el nivel de religiosidad tiene influencia de los genes). Sin embargo, esto no es generalizable a cualquier carácter. En general, no pensamos que la elevada estatura de algunas personas se deba a que de pequeño le obligaban a comer, digamos, hígado de cerdo (y hacemos bien en no creerlo); a pesar de que la alimentación puede influir en la estatura, una vez que el niño en crecimiento tiene una alimentación adecuada, el que sea alto o bajo depende más que nada de sus genes. Análogamente, no hay ninguna razón para pensar que características psicológicas como la tendencia a la ‘búsqueda de novedad’ o a la ‘evitación del daño’ sea consecuencia de un programa educativo concreto.

En resumen, los estudios de gemelos y las observaciones de Judith Harris han puesto el dedo en la llaga acerca de lo que sabemos realmente: ¿en qué rasgos de la conducta tienen los padres influencia? ¿Cómo afecta una infancia ‘dura’ al desarrollo de la personalidad? ¿Cómo debería manejarse la desigualdad natural? No parece que tengamos una respuesta contundente a estas preguntas. Por desgracia, nadie tiene una receta infalible para conseguir hijos listos y equilibrados. Y sin embargo, culpar a los padres por nuestros defectos y limitaciones constituye una conveniente forma de auto-justificarse.



[1] Harris, J, “The Nurture Assumtion: why children turn out the way they do” Free Press, New York. 1998. Edición española: “El Mito de la Educación” Debolsillo, Barcelona. 1999

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Nos vemos en Septiembre

Se acercan mis vacaciones y voy a pasar unas semanas sin poder ocuparme del blog (aunque espero volver con renovados ánimos después del verano). Así que me ha parecido una buena idea rescatar estas “conclusiones preliminares”, sobre qué cosas nos puede explicar la Psicología Evolucionista acerca de la Naturaleza Humana. Imagino que no todo el mundo estará de acuerdo y podremos hablar de ello después del verano.
Un abrazo a tod@s

1 ) La razón es un producto de la evolución. Somos animales y hemos evolucionado a partir de un antecesor probablemente parecido a los actuales chimpancés, pero evidentemente, somos muy distintos de las demás especies. El lenguaje, la cultura y la capacidad de razonar han cambiado (en buena parte) las reglas del juego de la Evolución. No obstante, estas características han surgido (probablemente) como adaptaciones a un ambiente dado y constituyen una parte esencial de nuestro fenotipo.

2 ) La conducta constituye un objeto de la Evolución. Todas las especies manifiestan conductas características, que son importantes para la supervivencia de los individuos. Estas conductas están determinadas genéticamente, aunque muchas veces también tienen que ser refinadas mediante aprendizaje. En muchas especies de animales se han identificado mutaciones que afectan a aspectos particulares del comportamiento. Es evidente que la conducta de los animales está sujeta a la variación y a la selección natural, de la misma forma que lo están las características anatómicas y fisiológicas.

3 ) El determinismo genético es un invento. Los genes no determinan el 100% del destino de los humanos y la influencia del ambiente siempre tiene una gran importancia. El hecho de que los genes tengan alguna influencia en la determinación de bastantes características (peso, propensión a enfermar, CI y varios aspectos de la personalidad) no excluye que la educación sea esencial para todos los individuos.

4 ) Todos los humanos somos genéticamente muy semejantes, por lo que no tiene sentido hablar de ‘razas’. La hipótesis, ampliamente aceptada, de la Eva Mitocondrial indica que todos los humanos actuales tenemos una antecesora común relativamente reciente. Además, numerosos estudios sobre la variabilidad humana indican que las diferencias entre las denominadas ‘razas’ se limitan a algunos caracteres superficiales, y son muy pequeñas comparadas con la variabilidad que encontramos dentro de cada población.

5 ) ‘Explicar’ no implica ‘justificar’. Que algo sea ‘natural’ no quiere decir que sea moralmente bueno. El estudio de la Naturaleza Humana no permite sacar conclusiones morales. Este es el pivote esencial de la Psicología Evolucionista.

6 ) Todas las culturas contienen elementos comunes. Esto nos indica que existe una Naturaleza Humana, la cual es maleable, pero no infinitamente maleable.

7 ) Existen diferencias innatas (pequeñas pero significativas) entre hombres y mujeres, particularmente en lo que atañe a los criterios de elección de pareja y otros aspectos de la reproducción. Esto no implica que un sexo sea mejor que otro ni que esté justificada la discriminación en modo alguno. Este hecho no debería ser un obstáculo para las revindicaciones feministas, sino una parte integral de las mismas.

8 ) Aunque la tendencia a la agresión debe tener componentes genéticos, su manifestación depende mucho de la herencia cultural. Las distintas sociedades (o grupos dentro de las sociedades) varían muchísimo en cuanto a la frecuencia de los comportamientos violentos, lo que indica que se trata de un carácter muy susceptible al condicionamiento. No obstante, se han identificado algunas características genéticas que pueden pre-disponer a algunos individuos hacia la agresión.

9 ) El lenguaje es un instinto. La facilidad con que los humanos aprenden a hablar cuando tienen aproximadamente dos años de edad sugiere que esta capacidad está pre-programada. Los estudios en Neurobiología y la Genética sugieren que existen circuitos cerebrales/genes especialmente implicados en esta tarea.

10 ) En todos los grupos humanos existe algún tipo de organización jerárquica, aunque ésta pueda ser muy laxa. La preocupación por el propio estatus constituye una de las motivaciones individuales más importantes, aunque este rasgo no esté exento de variabilidad entre individuos y, sobre todo, los factores que contribuyen al estatus personal varían enormemente en distintas sociedades.

11 ) El ‘altruísmo recíproco’, expresado como una tendencia a devolver los favores (y vengar las ofensas) tiene, posiblemente un origen evolutivo, y un asiento en las estructuras cerebrales. Este fenómeno parece estar en el núcleo de los códigos morales que han desarrollado las distintas sociedades.

12 ) Si desciframos la ‘lógica del titiritero’ estaremos en mejor posición para cambiar lo que no nos guste.

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Sexo en las aulas

Aprovechando que el calor reina en todo el Hemisferio norte, quiero desenterrar el tórrido tema de las “preferencias de apareamiento” en nuestra especie. Dicho en cristiano, qué es lo que nos hace encontrar sexualmente atractivas a determinadas personas. El tema es espinoso, además de tórrido, y me ha costado alguna que otra “bronca”, por decir que estas preferencias no son iguales en hombres y en mujeres. Naturalmente, no es que lo diga yo. Lo dicen muchísimas publicaciones (en revistas internaciones y con revisores) (más info aquí), lo que tampoco significa que haya que creerlas a pies juntillas, pero sí que habrá que leérselas para poder rebatirlas.

Los estudios han encontrado repetidas veces que los hombres valoran más la belleza física y la juventud en sus potenciales parejas que las mujeres. La parte de la juventud se explicaría, en términos evolutivos, en función de la rápida disminución del potencial reproductivo de las mujeres después de los treinta y tantos. La parte de la belleza física es un poco más misteriosa, ya que nuestros parientes cercanos no son tan escrupulosos. En general, un chimpancé macho se apareará con cualquier hembra en celo (si puede) y un gorila acogerá con gusto a cualquier hembra en su harén. La explicación de este hecho no está muy clara aun. Seguramente, implica que en las condiciones de relativa monogamia típicas de nuestra especie, la elección de pareja la realizan ambos sexos. Pero antes de entrar en posibles explicaciones, tendríamos que dar por sentado que el fenómeno (criterios de elección diferenciales) existe en realidad.

Dicho sea de paso, siempre he pensado que la fijación de los hombres con el “físico” es un pelín ridícula en estos tiempos (“Pasaré el resto de mi vida contigo por tu boquita de piñón” ??!!! ) independientemente de que tenga o no una base biológica.

¿De qué otras maneras podríamos investigar esta hipótesis (a parte de hacer encuestas)?

A Satoshi Kanazawa, un investigador de la prestigiosa London School of Economics, se le ocurrió una forma. Si la preferencia por mujeres jóvenes está profundamente grabada en la psique masculina –pensó Kanazawa- el contacto frecuente con mujeres jóvenes podría tener un efecto negativo en los hombres, en el sentido de percibir a su pareja como menos deseable. En un trabajo previo se había comprobado que si los hombres ojeaban un Playboy antes de contestar un cuestionario, declararon estar menos satisfechos con su pareja que los del grupo de control (a los cuales, imagino, les darían una revista de numismática o algo así). Si esto es lo que ocurre simplemente por echar un vistazo al Playboy, qué no pasará con la exposición cotidiana a mujeres jóvenes de carne y hueso.

La respuesta obvia, cuenta Kanawaza, era investigar una profesión donde se produjera tal contacto y ver si la frecuencia de divorcio era mayor que en otros trabajos. Y la profesión obvia número uno era el mundo del espectáculo. Demasiado obvia, pensó este investigador ¿quién va a financiar un estudio para averiguar si los actores de Hollywood se divorcian con mayor frecuencia que el resto de la población? La siguiente profesión –en obviedad- era la de profesor de universidad o bachillerato.

Kanazawa y sus colaboradores realizaron cerca de 33.000 entrevistas y, después de tener en cuenta numerosos factores que podrían inducirlos a error (edad, nivel de educación, nivel económico y otros conocidos por tener influencia sobre el estatus marital), llegaron a la conclusión de que, en efecto, los profesores tenían una probabilidad sustancialmente mayor que otras profesiones de divorciarse o de seguir solteros. Es importante decir que entre sus compañeras de profesión no se producía tal efecto (Es cierto que ha habido algunas historias aireadas por la prensa de profesoras que acaban teniendo un lío con un alumno, pero a pesar de las publicidad, son menos del 10%)

Según Kanawaza, los profesores no eran en absoluto conscientes de este fenómeno. Ninguno pensaba algo así como “Ahí está otra vez ese “bombón” de cuarto curso; evidentemente, mi “señora” no puede compararse con ella”. Y sin embargo, el contacto visual con el “bombón” de cuarto curso acaba produciendo la suficiente insatisfacción como para erosionar sus relaciones de pareja.

(el artículo en cuestión aquí)

No todo el mundo está de acuerdo. Algunos críticos han señalado que los profesores de dicho estudio tendrían que ser realmente estúpidos para preferir “sueños eróticos” a una pareja real. A lo que Kanawaza responde que el objetivo de su trabajo no era determinar si los hombres son, o no, estúpidos.

Evidentemente, se trata de un solo estudio. Ahora llega el momento de sacar el tópico ese de “… serán necesarias otras investigaciones para zanjar esta cuestión…”. Entretanto, y dado que el divorcio es económicamente gravoso, yo voy a pedir a mi universidad un plus de peligrosidad.

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El verdugo de Skinner

Algunos días, cuando salgo del laboratorio, me voy a pasear por el mínimo y recoleto “Vilas Zoo”, situado al oeste de la ciudad de Madison, muy cerca del arboreto. Lo que más me gusta es quedarme observando a nuestros parientes cercanos (en este caso, un grupo de chimpancés y una pareja de orangutanes). Fue precisamente en este lugar donde el psicólogo Harry Harlow inició sus experimentos con crías de macaco, que acabarían destronando al “conductismo” como teoría psicológica imperante (en USA) y, en definitiva, cambiando algunas ideas importantes y generalmente aceptadas sobre cómo tratar a nuestras propias crías. Hoy damos por sentado que los niños necesitan el cariño de sus padres y familiares, pero hace menos de 100 años los expertos advertían que “un exceso de afecto” podía tener consecuencias desastrosas sobre el carácter de los niños. Harry Harlow fue un científico brillante (aunque sus experimentos no estaban exentos de crueldad) y contribuyó a cambiar esta idea.

La idea básica del conductismo era que la psicología debe ocuparse sólo de fenómenos observables, esto es la conducta, y excluir por completo ideas, emociones o la experiencia subjetiva. Esta escuela surgió, en parte, como reacción al ‘estructuralismo’, el cual concebía la Psicología como la ciencia de la ‘vida mental’ y empleaba como herramienta principal la ‘introspección’, o sea, la observación y análisis de la propia mente. Los conductistas consideraban que la introspección es totalmente inaceptable como método de investigación ‘serio’ y conminaban a los demás psicólogos a ‘romper con los conceptos trasnochados y comenzar una nueva vía’. Para John B. Watson, sin duda el fundador de esta escuela, la ‘consciencia’ era un concepto inútil e imposible de definir y constituía un mero sinónimo del término ‘alma’. Había que desterrar por completo la introspección y basar los estudios psicológicos exclusivamente en la evidencia experimental, de forma similar a lo que hacen los físicos y químicos.

En su formulación inicial, hay que conceder que este punto de vista no dejaba de tener algunas cosas a su favor. Es cierto que el estructuralismo representaba una escuela de pensamiento francamente ‘filosófica’ y que la introspección es una herramienta ‘imposible’ para hacer experimentos precisos y repetibles. Por otra parte, los conductistas moderados no negaban la realidad de la experiencia subjetiva, sólo mantenían que era imposible estudiarla científicamente. En cambio, los conductistas radicales iban bastante más lejos. Sin duda el miembro más destacado de los radicales, y en cierto modo su ‘cabecilla’ fue Burrhus Frederic Skinner, quien dominó por completo la Psicología americana hasta los años 60s. En palabras de Skinner; “la cuestión no es saber si los animales piensan, la cuestión es saber si el hombre lo hace”.

Para Skinner, cualquier conducta podía explicarse mediante los principios de ‘estímulo-respuesta’ y ‘condicionamiento operante’[1]. Según esto, creencias y deseos no tenían nada que ver con la conducta. Para Skinner, los animales (y también el humano) emiten una respuesta frente a un estímulo, bien porque previamente existía un reflejo condicionado, o bien porque la respuesta era recompensada en presencia del estímulo. Se pensaba que conductas complejas en humanos también podían explicarse por ese procedimiento. Por ejemplo, Skinner sostenía que un concepto nebuloso, como el de ‘peligro’ constituía una especie de ‘estímulo’, el cual producía una ‘respuesta’, por ejemplo, de huida. En realidad, se trata de una explicación bastante hueca, ya que la capacidad de responder a un conjunto complejo de señales, interpretadas como ‘peligro’, es el enigma que queremos resolver y no la solución al problema.

El programa experimental de los conductistas se basaba en colocar animales en cajas y ‘enseñarles’ a responder a ciertos estímulos, por ejemplo luces, sonidos o pequeñas descargas eléctricas, de modo que respondieran apretando botones o palancas o artefactos similares. Para ello se emplearon diversas especies de animales, frecuentemente ratas y palomas, por la facilidad de su cría. Los conductistas creían que el cerebro de los animales funciona de manera similar en todas las especies, por lo que resultaba irrelevante la elección de la misma. Por otra parte, nunca consideraron las observaciones de algunos críticos, sobre el hecho de emplear un ambiente sumamente artificial y simplificado. Una rata colocada en una ‘caja de Skinner’ podía, sin duda, aprender a asociar estímulos y acciones, pero ¿no era ese un repertorio muy limitado de las conductas normales en una rata?

Ahora nos parece evidente que el conductismo se salió de madre. Su dogmatismo resulta asombroso, teniendo en cuenta que nadie tenía explicaciones satisfactorias para las cuestiones que estaban investigando, por lo que resultaba elemental mantener una ‘mentalidad abierta’ al respecto. Más aun, Skinner y sus colegas estaban convencidos de la aplicabilidad de sus resultados a los humanos y, de hecho, sus teorías fueron muy influyentes en el sistema educativo de USA. El propio Skinner diseñó una ‘cuna’ artificial, que controlaba la temperatura y mecía al bebé a determinados intervalos. Incluso llegó a emplear esta cuna para criar a su propia hija, lo que contemplamos ahora con horror, aun reconociendo la coherencia interna del personaje. Watson sugirió la idea de electrificar todos los objetos de la casa que no debieran tocar los niños, de manera que las descargas eléctricas (presumiblemente inocuas) enseñasen a los infantes qué cosas no debían ser tocadas. Los conductistas estaban convencidos de que la mayoría de los problemas sociales podían resolverse mediante un ‘condicionamiento’ adecuado, lo que Skinner llamaba ‘ingeniería de la conducta’. Dado que, en el fondo, el conductismo opinaba que los animales (incluido el humano) son meros autómatas, el control de la conducta mediante el ‘correcto entrenamiento’ se convertía en un objetivo central de la educación. Después de todo, los niños no se convertían en seres más libres si no se los condicionaba (ya que según ellos, no existe tal cosa); más bien, rechazar la idea del control de la conducta humana por ‘métodos científicos’ constituía una falta de responsabilidad y una amenaza para la sociedad, ya que los jóvenes acabarían siendo condicionados por ‘asociaciones’ estímulo-respuesta incorrectas y perniciosas. En definitiva, el conductismo poseía el dogmatismo y la retórica necesaria para haberse convertido en una pesadilla al estilo del Gran Hermano de Orwell. Hubo suerte y no sucedió así.

Otro ejemplo del posicionamiento de los conductistas en el tema educativo es la denominada ‘bravata de Watson’. Traduzco literalmente sus palabras. “Dadme 12 niños saludables y bien formados y permitidme que sean educados enteramente bajo mi influencia; garantizo que puedo entrenar a cualquiera de ellos para que se convierta en el tipo de ‘especialista’ que digamos: médico, abogado, artista, comerciante, incluso mendigo o ladrón, y todo ello con entera independencia de sus talentos, tendencias, habilidades, vocación u origen racial”. Por supuesto, se trata de una fanfarronada. Watson no tenía pruebas sólidas en que basar sus palabras. No sé ustedes, pero, en todo caso, yo no le habría confiado la educación de mis hijos. Por cierto, Watson fue un adolescente violento, un marido infiel y un padre dominante, y (posiblemente) tuvo mucho que ver en el suicidio de uno de sus hijos.

A la ‘caída’ del conductismo contribuyó de forma importante el trabajo de un joven investigador de la Universidad de Madison: Harry Harlow[2]. Harry había iniciado un experimento de cría artificial de macacos; los pequeños monos eran criados por ‘madres artificiales’, una especie de tosco muñeco de alambre cuya forma recordaba vagamente al de una hembra de macaco. No obstante, estas ‘madres’ tenían un dispositivo que proporcionaba comida a los pequeños, por lo que éstos no debían tardar en asociar a la ‘madre de alambre’ con la ‘comida’, o al menos esa era la predicción de los conductistas. No obstante, Harlow observó que los macacos criados en estas condiciones manifestaban ciertas carencias cuando llegaban adultos, en particular en su capacidad de interaccionar con sus congéneres. Tal vez, pensó Harlow, a los cachorros criados por las madres de alambre les faltaba algo. Esto le llevó a preguntarse qué factor era más importante para las crías de macacos criadas en cautividad, si el ‘tacto’ de la madre o el hecho de que proporcionase ‘comida’. Para contestar a esta pregunta colocó grupos de bebés macacos en jaulas al ‘cuidado’ de dos tipos de ‘madre’ artificial. La primera estaba hecha de alambre y tenía un dispositivo que alimentaba a la cría, como en el caso anterior; la segunda estaba forrada de tela, pero no ofrecía alimento alguno. Según la teoría conductista, la cuestión estaba clara: los jóvenes macacos no tardarían en ‘asociar’ a la madre de alambre con la comida y pronto la preferirían. Lo que ocurrió fue todo lo contrario: los monitos preferían a la madre de tela y hacían rápidas incursiones en la otra para beberse el biberón. La conclusión que parece inevitable es que no sólo de leche viven los pequeños monos y que el mínimo ‘calor’ que proporcionaba la madre de tela resultaba muy preferible. En definitiva, el cerebro del macaco debe contener una noción ‘innata’ sobre cómo es una madre y el muñeco de tela se parecía más a ésta. Por el contrario, les resultó imposible ‘aprender’ a preferir a la madre de alambre, en flagrante oposición a las teorías conductistas.


[1] Skinner, B.F. Behavior of organisms” Appleton-Century-Crofts, New York. 1958

[2] Harlow, H.F. (1958) “The Nature of Love” American Psychologist, 13: 573-685

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Recuerdos desde Madison

Escribo este post desde el “Genome Evolution Laboratory” de la Universidad de Wisconsin-Madison, que dirige mi (querida y admirada) colega, Nicole Perna. Debo pedir disculpas por el estado de relativo abandono de este blog (en el caso hipotético de que esto suponga un inconveniente para alguien). El problema no es, ciertamente, la falta de tiempo, sino más bien la falta de energía mental para escribir algo después de una agotadora jornada de trabajo enganchado al ordenador. En cualquier caso, un laboratorio de biología evolutiva parece un buen sitio para hablar de selección natural.

Un problema importante en la teoría evolutiva es que resulta muy difícil obtener evidencia experimental que apoye las hipótesis que se formulan. No me estoy refiriendo al hecho de la Evolución en sí, sino al mecanismo de evolución mediante variación y selección natural. La Evolución, como tal, es un hecho incontrovertible apoyado por una montaña de pruebas, por lo que no hace falta extenderse en esto. También existen abundantes pruebas de que la selección natural existe, de que opera de forma continua y de que es un factor esencial en la evolución. Lo que no es nada fácil es saber en qué grado opera este mecanismo ¿Realmente todos los caracteres que apreciamos en los seres vivos están optimizados por la selección natural? Esta pregunta ha originado una división entre los estudiosos de la evolución. Por un lado, algunos investigadores se han mantenido fieles a la premisa ‘seleccionista’ de que básicamente todos los caracteres están ‘optimizados’ por la selección natural. La otra escuela, denominada, ‘neutralista’, mantiene por el contrario que la mayoría de las mutaciones no afectan ni positiva ni negativamente a la supervivencia de los individuos; son por tanto mutaciones ‘neutrales’. Los neutralistas no niegan que la selección natural exista, solamente afirman que la acción de ésta tiene límites y que existe un margen considerable para la variación genética. En particular, los ‘neutralistas’ señalan que la ‘selección positiva’ de un gen debido a las características favorables que confiere a los individuos portadores, es un suceso raro. Hay que señalar que esta diferencia es en el fondo una cuestión ‘de matiz’ y no cuestiona básicamente las ideas de Darwin. Desgraciadamente, los medios de comunicación tienen cierta tendencia a exagerar las discrepancias de los científicos sobre este asunto; esto también tiene cierta lógica: si los científicos están dispuestos a ‘cortar cabezas’ por discrepancias sobre el grado de selección natural en las poblaciones, las personas ajenas a la polémica tienden a pensar que las discrepancias son realmente profundas. En todo caso, los biólogos evolutivos parecen haber superado esta polémica hace ya algunos años,

Con frecuencia se acusa a los darwinistas ortodoxos de que sus razonamientos son ‘circulares’: los individuos que han sobrevivido son las más supervivientes y, por ello, los mejor dotados para la supervivencia. Más que circularidad, lo que hay es una afirmación implícita, la de que la supervivencia y la reproducción no dependen nada de la suerte y todo de los genes del individuo ¿Es posible probar que determinadas características de los seres vivos son adaptaciones, esto es, son consecuencia directa de la selección natural? En general esto es bastante difícil; para lograrlo tendríamos que comparar las características en cuestión de la especie actual y de la antecesora, la cual normalmente ha desaparecido y de la cual quedarán, o no, restos fósiles. Por otra parte, tendríamos que transportarnos al pasado para poder estudiar in situ si se ha habido o no selección natural para las características que postulamos, lo cual obviamente es imposible. El trabajo del biólogo evolutivo se parece al de un detective, sólo que éste ha llegado millones de años tarde a la escena del crimen. No obstante, existen muchos casos de caracteres complejos, que han aparecido en una especie o grupo de especies determinado y cuya función e importancia para la supervivencia resulta tan evidente, que nadie duda de que se trata de adaptaciones. El problema radica en que existen otros muchos casos donde las cosas no están tan claras. Veamos un ejemplo.

Las orquídeas son una familia de plantas emparentadas con los lirios, y de la que existen miles de especies. La mayoría de estas plantas habita en regiones tropicales, pero hay unas cuantas especies en la región mediterránea. En la Península Ibérica son abundantes en la mayoría de las regiones y resulta fácil localizarlas en primavera. La característica más fascinante de estas plantas radica en el modo en que atraen a los insectos para facilitar su polinización. En general, la mayoría de las flores logra atraer insectos debido a la presencia de sustancias comestibles para éstos, como néctar o polen. La diferencia con las flores de orquídeas es que han evolucionado hasta adquirir una forma que recuerda a la hembra de determinadas especies, lo que estimula a los machos a acercarse a estas flores. La ‘trampa’ incluye también sustancias aromáticas que ‘recuerdan’ al olor de la hembra. El engañado insecto acude así dispuesto a aparearse e incluso realiza la llamada pseudo-copulación, que no es otra cosa que el vano intento del infortunado insecto por hacer lo que la Naturaleza le ‘ordena’. El resultado es que el macho queda cubierto con el polen de la orquídea y lo llevará hasta otra planta, en la siguiente ocasión en la que sea engañado por esta artera especie vegetal. Dado que la orquídea llega a ‘imitar’ el aspecto y el olor de sus especies de insectos polinizadores, y dada la importancia que tiene la dispersión del polen para el éxito reproductivo de las plantas, nadie duda que este mecanismo sea consecuencia de la selección natural.

Consideremos ahora un ejemplo menos claro. Una de las críticas más frecuentes a la teoría de la evolución se basa en que las proposiciones ‘seleccionistas’ son ‘indemostrables’ y, por tanto, basta con que alguien considere plausible el hecho de que un carácter haya sido seleccionado para dar por sentado que esto es precisamente lo que ha ocurrido ¿Por qué tienen rayas los tigres? Según el darwinismo ortodoxo, en algún momento apareció por casualidad un tigre rayado; este animal habría resultado un cazador más eficaz, ya que las rayas actúan como un camuflaje en el interior de la selva tropical. De aquí que ese tigre se reprodujera en mayor medida que otros animales sin rayas y pasara este carácter a la descendencia. Según los críticos del darwinismo, este tipo de explicaciones ‘ad hoc’ no tienen carácter probatorio.

Y tienen razón. Sin embargo la dificultad surge al tratar de sacar conclusiones precipitadas. En el caso del tigre, podemos pensar en principio que la pigmentación rayada represente una ventaja para el animal; eso nos llevaría a establecer una hipótesis. En primer lugar, tendríamos que estar seguros de que el carácter se hereda genéticamente (cosa que ocurre). Seguramente no existe un gen específico para las rayas del tigre, pero seguramente existen unos cuantos genes implicados en este carácter (los cuales, probablemente tienen también influencia sobre otros caracteres). En segundo lugar, tendríamos que fijarnos en la variabilidad que existe en la población. Si todos los tigres tienen el mismo rasgo, sin variación alguna, tendremos una razón adicional para suponer que la selección natural interviene. De no ser así, de vez en cuando aparecería un mutante diferente que tendría las mismas posibilidades de sobrevivir que los animales rayados. De nuevo, no podemos estar seguros. Es posible que la selección tenga lugar en un gen cercano y las rayas sean una consecuencia indirecta de la selección. Alternativamente, sigue siendo posible que el carácter no tenga una influencia significativa sobre la supervivencia o reproducción del animal y la razón por la que lo observamos en el 100% de los tigres es que todos ellos son descendientes de una pequeña población fundadora, que resultó ser rayada. Con todo, la ausencia de variabilidad de un carácter en una especie, habla a favor de que dicho carácter cumpla una función. Nuestro siguiente paso consistiría en examinar especies relacionadas que ocupen un hábitat diferente. Al hacerlo caeríamos en la cuenta de que el tigre de Siberia, una sub-especie que habita en la tundra, tiene unas rayas mucho más tenues, que dan la impresión de un pelaje claro y uniforme. El hecho de que el carácter varíe de forma congruente con la función supuesta, esto es, las rayas se desvanezcan cuando la supuesta ventaja desaparece, pueden interpretarse como otra prueba a favor de la hipótesis. De nuevo, no es definitiva. Podría ocurrir que el pelaje claro fuera objeto de selección en el tigre de Siberia y que el pelaje rayado no lo fuera en el tigre de Bengala. La prueba definitiva consistiría en identificar los genes implicados en la coloración del pelaje y tratar de deducir, mediante comparación con otros genes relacionados, en qué medida ha actuado la selección natural. De momento, la controversia sigue.

Puesto que las mutaciones se producen al azar (todo el mundo está más o menos de acuerdo en esto), el hecho de observar una distribución no aleatoria de las variaciones en la secuencia de un gen prueba que algunas mutaciones están siendo ‘eliminadas’. Ciertamente, hay que recorrer un largo camino para llegar a una conclusión de este tipo y en muchos casos, sencillamente, no tenemos datos que nos permitan hacerlo. Claramente, no todo el cambio genético se debe al efecto de la selección, pero en la medida que una especie está adaptada a un ambiente, la única forma razonable de explicar dicha adaptación es la selección natural.

A partir de la década de los setenta, el increíble desarrollo de la Ingeniería Genética ha permitido estudiar los genes de forma directa. Por primera vez en la Historia ha sido posible aislar un gen individual en un tubo de ensayo, analizar la secuencia de bases de su DNA y deducir la secuencia de aminoácidos de la proteína que codifica. Asimismo, los investigadores han podido comparar las secuencias de numerosos genes en diferentes especies. Incluso es posible en algunos casos estudiar la secuencia completa de todos los genes de una especie, es decir, su genoma completo, y compararlo con el de otras especies. En el momento de escribir este post se ha secuenciado (entre otros muchos) el genoma del humano, perro, chimpancé, orangután, caballo, ratón, arroz, la mosca Drosophila melanogaster, la levadura del pan, la crucífera Arabidopsis thaliana, el nematodo Caenobharditis elegans y un buen número de especies bacterianas. Si alguien tiene curiosidad sobre el número de genomas secuenciados puede consultarlo en este enlace: http://www.ensembl.genomics.org.cn/index.html . En las próximas décadas el número de genomas secuenciados seguramente va aumentar de forma muy considerable. Naturalmente, esto tiene que afectar muy profundamente al estudio de la evolución de los seres vivos. Si la evolución consiste en el cambio de los genes a través de las generaciones, la posibilidad de conocer de forma directa y completa el material genético nos abre una ventana al pasado remoto.

Los estudios moleculares han puesto de manifiesto que muchos cambios genéticos no tienen consecuencias sobre la capacidad de supervivencia de los individuos. En primer lugar, se ha visto que una buena porción del DNA no tiene como función codificar proteínas. Lo asombroso del caso es que este DNA no-codificante puede constituir la mayor parte del material genético de una especie, del orden del 90% o aun mayor ¿Cuál es la función de este DNA? No lo sabemos. Ni siquiera sabemos si tiene alguna función; es posible que no la tenga (aunque no es esta una cuestión que haya sido zanjada definitivamente) y de ahí que se le haya denominado DNA ‘basura’. La mayor parte de este DNA ‘basura’ puede sufrir mutaciones libremente sin que esto afecte a las características de los individuos.

En segundo lugar, dentro del DNA que sí codifica proteínas se pueden dar algunos cambios en la secuencia de bases que no dan lugar a cambios en los aminoácidos. Esto es consecuencia de la redundancia del código genético. Por ejemplo, los tripletes CTC, CTC, CTA y CTG codifican el aminoácido leucina, por lo tanto las mutaciones que se produzcan en la tercera base no tendrán consecuencias sobre la secuencia de la proteína. De hecho, muchas de las mutaciones en la tercera base tienen esta propiedad y se las denomina mutaciones ‘sinónimas’. En general, se acepta que las mutaciones sinónimas son neutrales (aunque hay alguna evidencia en contra de esto último, pero mejor hablar otro día de esto).

Incluso aquellas mutaciones que sí afectan a la secuencia de aminoácidos de la proteína pueden tener efectos muy diferentes sobre la función de la misma. Por ejemplo, el cambio de CTT por ATT hace que en la proteína correspondiente se produzca el cambio de una leucina por otro aminoácido muy similar, la isoleucina. En la mayoría de los casos, un cambio de este tipo no va a afectar gravemente a función. En general, las consecuencias de las mutaciones serán diferentes dependiendo de qué aminoácido cambie y en qué lugar concreto de la cadena de proteína ocurra el cambio. Si el aminoácido que varía tiene propiedades químicas muy diferentes o si el lugar donde se produce es particularmente importante para la función, puede pensarse que el efecto sea mayor.

La relación entre el cambio en los genes y el cambio en las características de los individuos no es en absoluto directa. El cambio de una sola base puede modificar una proteína esencial provocando un cambio drástico en el individuo. Al mismo tiempo, grandes segmentos de DNA pueden variar libremente sin consecuencias. Tal vez esto quede más claro con una metáfora. El material genético es como la receta que nos permite fabricar un pastel, que es el individuo. Si introducimos cambios al azar en la receta las consecuencias serán, claro, muy variables. Si donde dice ‘echar 6 huevos’ ponemos ‘echar 60 huevos’ los cambios serán muy sustanciales. Si en la receta insertamos varias páginas en blanco seguramente el cocinero las ignorará.

A primera vista, los resultados de la Evolución Molecular inclinan la balanza del lado de los neutralistas; es cierto que la mayoría de los cambios genéticos son neutrales. Sin embargo, puede argumentarse que aunque esto sea cierto, ello no cambia el núcleo central de la teoría darwinista: que la selección natural es el único mecanismo que nos permite explicar, no el cambio genético en general, sino el cambio genético que es adaptativo ¿Cómo distinguir el cambio adaptativo del no-adaptativo? Por supuesto, no es nada fácil y ese es justamente el quid de la cuestión. No obstante, tal vez podamos aceptar la proposición de Steven Pinker en su libro “How the Mind Works”: si una característica ha aparecido en una especie particular, si se trata de un cambio complejo e improbable y si parece tener una función que contribuya a la supervivencia, podríamos pensar –en principio- que se trata de una adaptación. En todo caso esta es una hipótesis contrastable. Hay que insistir en que los argumentos de tinte ‘seleccionista’ siempre tienen el peligro de ir demasiado lejos. Es evidente que no todas las características de los seres vivos han sido seleccionadas. Lo que sí puede afirmarse es que las características que observamos en los seres vivos son, o bien adaptaciones, o consecuencias indirectas de las adaptaciones o debidas al azar.

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¿Son inteligentes los humanos?

Una nave extraterrestre aterriza en nuestra planeta y, con gran sorpresa, descubre que está poblado por una especie que manifiesta indicios de inteligencia (nosotros). Resulta que los extraterrestres vienen de un planeta con una atmósfera muy turbia, donde la visión no resulta útil, por lo que utilizan para orientarse una forma de eco-locación similar a la de los murciélagos terrícolas. Los alienígenas ‘abducen’ a unos cuantos humanos y los envían a su planeta para realizar un estudio cuidadoso. Allí, los científicos extraterrestres se preguntan si estas extrañas criaturas pueden considerarse inteligentes y, no sin cierta lógica, comienzan estudiando la capacidad de eco-locación de los humanos. Los primeros experimentos son prometedores. Al parecer, los humanos pueden emitir sonidos, aunque de una frecuencia demasiado baja para que sean de verdadera utilidad. Además pueden percibir si están situados cerca de un objeto grande, debido al eco que producen sus sonidos. A pesar de estos auspiciosos comienzos, los avances se estacan rápidamente. Todo lo más, pueden hacer un cálculo sumamente incierto de la distancia a la que está situada una pared, pero su capacidad de eco-locación no pasa de ahí. Tras varios meses desesperantes, los científicos concluyen que los humanos son incapaces de eco-locar ‘una vaca en un garaje’. En un momento dado, a alguien se le ocurre que tal vez el problema no radique en la capacidad mental de los humanos, sino de que estos carecen de un aparato ultra-fonador apropiado. Para resolver esto, emplean un mecanismo capaz de convertir los sonidos que emiten en ultrasonidos. Sin embargo, esto no parece mejorar en nada las cosas. De nuevo, a alguien se le ocurre que quizá el problema radique en que son incapaces de ‘oir’ los ecos del ultrasonido. Para ello se aplica otro mecanismo capaz de convertir el eco en sonidos audibles para los humanos. Y sin embargo, la habilidad de éstos sigue sin mejorar. Al cabo de dos años, los científicos extraterrestres concluyen que el cerebro de los humanos es simplemente incapaz de procesar los ecos y declaran que estas criaturas están irremediablemente incapacitadas para la eco-locación. Los científicos están desolados, ya que han invertido mucho trabajo y el proyecto les ha costado una fracción no despreciable del presupuesto. El caso es que los humanos ‘parecían’ una especie inteligente ¿por qué su capacidad es tan limitada? Poco después, los exploradores extraterrestres anuncian que han encontrado dos especies de mamífero con capacidad de eco-locación en la Tierra: uno volador y otro marino. El estudio de los humanos es abandonado inmediatamente.

 

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