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Nuestros antepasados

The Journey of Man: a genetic Odissey.

Spencer Wells, 2003, Random House

Deep Ancestry: Inside the Genographic Project.

Spencer Wells, 2007, National Geographic.

Cro-magnon: How the Ice Age gave birth to the first modern humans

Brian Fagan, 2011, Bloomsbury Press

 

Nuestra especie, Homo sapiens, apareció hace relativamente poco tiempo (desde la perspectiva de la Evolución), entre 200.000 y 150.000 años, en algún lugar del Este de Africa. Al principio, nuestro modo de vida no debió ser muy diferente del de las otras especies del género Homo: H. heidelbergensis (nuestro probable antecesor directo) y H. erectus (mucho más antigua). Paradójicamente, en esa primera etapa nuestro aspecto físico debió ser muy semejante al de los humanos actuales pero los utensilios que fabricábamos eran casi indistinguibles de las especies anteriores.

Hace algo más de 70.000 años ocurrió algo que nos puso al borde de la extinción: la erupción del volcán Mount Toba, en Indonesia. Esta erupción, de una magnitud 1000 veces superior a la del Krakatoa, lanzó ingentes cantidades de gases y ceniza a la atmósfera. En consecuencia, un “invierno volcánico” se abatió sobre el planeta provocando un cambio climático a gran escala. A los H. sapiens no les pudo afectar la erupción directamente, pero las sequías y las bajas temperaturas hicieron que el número total de individuos descendiera peligrosamente. Se estima que tan sólo quedaron entre 1000 y 4000 hembras reproductoras; esto provocó un “cuello de botella genético” y es una de las razones por las que somos una especie con poca variabilidad genética.

Pero no nos extinguimos. Durante los siguientes 20.000 años nos fuimos recuperando lentamente y ocupando prácticamente la totalidad de continente africano. Debió llegar un momento en que la presión demográfica se hizo muy fuerte. Hace unos 55.000 años (la fecha es incierta) los humanos modernos salimos de Africa y comenzamos un viaje que nos llevaría a colonizar incluso los ambientes más duros del planeta. No era la primera vez que un grupo de homínidos abandonaba Africa, su patria ancestral. Homo erectus colonizó Eurasia hace 1,8 millones y Homo heidelbergensis hizo lo propio más tarde, dando lugar a los neandertales europeos. Pero a la postre, ninguna de estas especies ha sobrevivido.

Hace 40.000 años ya habíamos alcanzado Australia, Asia y Europa. Y 20.000 o 25.000 años después llegamos a América a través del estrecho de Behring. Muy probablemente, este viaje se realizó en buena parte siguiendo la línea de costa,  que entonces era  muy diferente de la actual. Las pruebas arqueológicas de esta migración deben de estar hoy día sumergidas bajo el agua, pero el estudio del DNA humano en combinación con los datos arqueológicos, paleoclimáticos y lingüísticos nos ha permitido reconstruir la imagen, aunque borrosa, de nuestro primer y definitivo viaje.

Aunque muy simplificado y con alguna licencia poética, este podría ser el relato que hace la Paleontología actual sobre el origen de los humanos modernos, una especie de Génesis con base científica, aunque seguramente no definitivo. El relato ha cambiado bastante en las últimas décadas y es muy probable que nuestro conocimiento sobre el tema siga aumentando. Esta historia fascinante sobre nuestros orígenes constituye el tema principal de los tres libro que he querido reseñar en esta entrada.

Spencer Wells, autor de los dos primeros, es uno de los científicos destacados en el estudio del DNA humano y líder del proyecto Genographics, cuyo objetivo es justamente obtener un mapa detallado de las migraciones humanas basado en la diversidad genética. Es, asímismo, un prolífico escritor de divulgación científica. Como suele ocurrir, ninguno de los libros está realmente disponible en español, a pesar de que ambos han sido traducido. “El viaje del Hombre” está descatalogado y “Nuestro Antecesores” agotado. Una muestra más de lo raquítico del mercado de libros de divulgación científica en nuestro idioma.

En “El viaje del Hombre”, Wells empieza por contarnos la historia de su particular campo de investigación. Tradicionalmente, la Paleontología se basaba sobre todo en el estudio de restos fósiles y artefactos de piedra. Sin embargo, en los últimos 25 años disciplinas muy dispares están haciendo contribuciones importantísimas; fundamentalmente la Genética Molecula, la Paleoclimatología y la Lingüística. Seguramente el gran pionero de gran fusión multidisciplinaria fue Luigi Cavalli-Sforza, el cual estaba convencido que el estudio combinado de la diversidad genética humana y la lingüística podía resolver muchos misterios históricos. Su trabajo, realizado en los años 60 y 70 empleó los marcadores genéticos que estaban disponibles en aquel momento, así que no es extraño que los métodos iniciales y algunas de sus conclusiones hayan sido superadas. No obstante, se le puede considerar como el fundador del campo.

Como casi siempre que se pronuncian juntas las palabras “genética” y “humana”, surge la polémica. Cavalli-Sforza y otros científicos (incluído Wells) son anti-racistas declarados. Aun así, el mero hecho de estudiar las diferencias genéticas humanas ha sido (y sigue siendo) un tema tabú. Todavía hay personas que piensan que hablar de diversidad genética en humanos es políticamente incorrecto. Paradójicamente, los estudios indican muy claramente que los humanos somos una especie con muy poca variabilidad genética comparada con otras especies, seguramente debido a lo reciente de nuestra evolución y al cuello de botella antes mencionado. Esto no significa que no pueda evaluarse el grado de parentesco genético entre individuos. Las nuevas tecnologías del DNA permiten distinguir muestras a nivel de individuo /pariente cercano, como las que se emplean en investigación forense. Técnicas similares permiten descifrar la genealogía de los indivuos de la población general. Esto es particularmente interesante si se trata de “nativos” (nativos son personas cuyos antecesores han vivido muchas generaciones en el mismo lugar); estos datos contribuirán en un futuro próximo (ya lo hacen) a  reconstruir nuestra historia.

Los dos libros de Wells tienen algunos puntos débiles ( particularmente el segundo). En primer lugar son algo desordenados. En ellos se  mezclan anécdotas personales varias con cuestiones de genética de poblaciones bastante especializadas (aunque no demasiado claramente expuestas) y, en cambio se trata otros asuntos de una forma muy elemental. En definitiva, no está claro a quién está dirigido el libro: el lector generalista puede quedarse in albis mientras que al lector especializado le puede llegar a aburrir. Otro aspecto negativo es el momento de la publicación. El Proyecto Genographics se encontraba a mitad de camino en el momento de escribir “Deep Ancestry” y el propio Wells no deja de recordarnos el carácter preliminar de los resultados ¿no hubiera sido mejor publicar el libro un poco más adelante? Con todo, ambos tienen un considerable valor para el lector interesado por este tema, siendo bastante  más compacto el primero que el segundo. De este último encuentro particularmente interesante los apéndices y figuras, que constituyen un resumen excelente y actualizado.

Cro-Magnon, de Brian Fagan es un libro mucho más logrado desde el punto de vista de la divulgación científica. Se centra un tema más concreto: los origenes de los europeos modernos ( o sea, lo Cro-Magnon), aunque de paso trata con bastante profundidad a los neandertales. Integra muy bien las diferentes fuentes de datos en las que se basa la paleonotología moderna, con particular énfasis en la paleo-climatología. También cuenta los avances en marcadores de DNA, de forma más sucinta y más eficaz que en los libros de Wells. Brian Fagan es, por otra parte un conocidísimo escritor en este campo que ha publicado varias obras de enorme éxito.

Cro-Magnon es un libro de divulgación que mantiene en todo momento el interés pero que muestra una vocación de libro de texto. El inconveniente es que el “tempo” resulta algo premioso, en su afán de ser didáctico. El autor no duda en repetir, resumir y volver a aclarar las cosas. Sin embargo, al final, el lector se queda con una clara imagen de Prehistoria europea, lo cual es más complicado de lo que parece ya que para ello tiene que manejar una cantidad notable de datos de fuentes diversas. En este sentido, las  figuras y esquemas ayudan mucho a retener y organizar la información. Sin duda, Cro-Magnon merece estar en la lista de best sellers del Los Angeles Times. La pregunta es: ¿cómo no se ha traducido todavía al español?

Si tuviera que elegir entre los tres me quedaría con este último, aunque (por supuesto) no son mutuamente incompatibles.

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Sonríe o Muere

Smile or Die (How Positive Thinking Fooled America & The World)

Barbara Ehrenreich. 2009. Granta Publication. London

Publicado en español. “Sonríe o Muere”. 2011. Turner.

Me topé con este libro en la magnífica librería Blackwells de Oxford, hace aproximadamente un año, y lo leí inmediatamente con muchísimo gusto y avidez. Unos meses más tarde, y recién vuelto de una larga temporada en USA (y por tanto, después de una cieta exposición a los efluvios del “Pensamiento Positivo”) encuentro que el libro se ha revalorizado notablemente a mis ojos. Diría que es un libro inteligente -brillante a veces- cómico y trágico a la vez, desmitificador y vivificante. La mayor pega es que su discurso no resulta (todavía) demasiado aplicable al ambiente cultural de la Península Ibérica; por lo que es posible que un lector que no haya vivido en Estados Unidos no sepa muy bien de qué le están hablando (en tal caso, el lector puede considerarse afortunado). Pero los tiempos cambian y la “letanía” del Pensamiento Positivo (en adelante, PP) ya está siendo exportada a todo el mundo, sobre todo dentro del mundo de “Business Management”.

Vayamos al grano. El PP se define en primer término como una “actitud positiva ante la vida”, con la implicación de manifiestar constantes signos externos de felicidad personal y autoconfianza. Hasta aquí la cosa no va demasiado mal; es innegable que un cierto grado de optimismo puede ayudarnos a conseguir nuestros fines. Pero el PP, según la autora, va mucho más lejos, constituyendo una verdadera ideología, a menudo opresiva, y una especie de pensamiento mágico del siglo XXI. Se espera que las personas mantengan, en general, este tipo de actitud positiva y no es imposible que alguien pierda su empleo si incumple esta norma no escrita. Aunque a los españoles nos pueda parecer raro, quejarse estámuy  mal visto en USA.

Barbara Ehrenreich, conocida escritora y activista social, comienza su exploración del universo PP a través de su propia experiencia como enferma de un cáncer de mama. Desde el momento del diagnóstico, nos cuenta que se vio presionada por todo el entorno social a mantener una actitud positiva, a llevar en todo un momento un lazo rosa ya  manifestar su determinación a luchar contra la enfermedad. En realidad, lo que le pedía el cuerpo era manifestar su cabreo, dado que muy probablemente su enfermedad había sido de origen iatrogénico,  una consecuencia del tratamiento hormonal para combatir los efectos de la menopausia ¿No sería más saludable mostrar nuestros verdaderos sentimientos en lugar de sonreir todo el rato? Un problema añadadido es que (en contra de la creencia común) la supervivencia al cáncer tiene poco que ver con la “actitud” del paciente y mucho con el tratamiento y el momento en que se detecte. El símil de la “batalla” contra el cáncer es un mal símil, porque nos hace pensar que el éxito depende de la “voluntad de luchar”. Según la autora, la evidencia experimental muestra claramente que tal cosa no es cierta. Y además tiene un lado oscuro: si pierdes la batalla es porque tu actitud no es lo suficientemente positiva. Nos cuenta la autora que algunas enfermas terminales eran expulsadas del grupo de apoyo (obviamente cuando más lo necesitaban)  porque su mera presencia “desmoralizaba” a las demás, al hacer patente que el PP no estaba funcionando.

El relato del PP continúa en el mundo de los negocios, particularmente en las escuelas de  MBA (Master in Business and Administration), donde la letanía del pensamiento positivo ha sido ascendida a Dogma. Recuerdo que hace ya algunos años, un compañero que cursaba uno de estos famosos MBA me comentó (con admiración) una especie de lema que le habían dado en clase: Lo importante no es tomar una decisión buena o mala; lo importante es tomar una decisión y hacer que sea un éxito. Creo que fu mi primera exposición al PP (corrían los años ochenta del siglo pasado) y la frase se antojó como una completa estupidez. Si no recuerdo mal, lo que hacen las personas que administran negocios es tomar decisiones; si estas decisiones no son importantes, ¿qué es lo que hace que el negocio vaya bien o mal? ¿Cómo hacemos que una mala decisión sea un éxito? Al parecer, la respuesta es simple: basta mantener una actitid en línea con el PP.

En la cuestión económica, el lado oscuro del PP es particularmente sangrante: si usted es pobre la culpa es suya por no tener una actitud sufcientemente positiva. En definitiva, coincido con Barbara Ehrenreich en que la Ciencia que se practica en las Escuelas de Negocios tiene poco que ver con la Ciencia de verdad y se trata más bien de una colección de anécdotas barnizadas con términos pomposos (p.e. método del caso). Sin embargo, creo que la autora llega demasiado lejos cuando culpa al PP de la actual crisis económica global.

La autora sigue explorando la influencia del Pensamiento Positivo en otros rincones de la sociedad norteamericana: las Iglesias, que según ella constituyen su origen, las Universidades, la Psicología, etc… En Resumen, “Sonríe o Muere” me ha parecido un libro brillante, ilustrativo y radicalmente no-convencional. La editorial Turner ha tenido la buena idea de traducirlo al español en 2011, aunque en este caso le costará casi 20 eurazos, frente a las 3.3 libras + gastos de envío del original en Amazon.uk.

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Descubierta una nueva “especie” afín al Neanderthal

Denisovianos (o denisovanos). Ese es el nombre que se ha asignado a esta nueva especie? descubierta en la cueva de Denisova (en la foto), en las montañas Altai, al sur de Siberia. El hallazgo ha sido publicado en la revista Nature por el archiconocido equipo de Svante Pääbo (y otros colaboradores) del Instituto Max-Planck. Según este trabajo, los denisovianos fueron una especie cercana al Nenderthal que habitó en zonas del centro y este de Eurasia hasta una fecha tan cercana como 30.000 años.

Muy pocos restos han sido encontrados hasta la fecha; tan sólo un molar (de un adulto) y un meñique (de una niña), así que de momento es imposible ponerle cara a este nuevo miembro de nuestra familia. Sin embargo, se ha podido purificar DNA a partir del dedo y se ha obtenido una secuencia del genoma completo, que tiene una calidad bastante buena. Los análisis genéticosindican que la poseedora del meñique tenía una cercanía genética con el neaderthal mayor que la nuestra. El árbol filogenético de la figura adjunta nos muestra a los denisovianos como una especia hermana del Neanderthal

Sin embargo, el descubrimiento más sorprendente se produjo al comparar cuidadosamente las secuencias comunes entre el genoma denisoviano y los humanos modernos. Los datos indican sin lugar a dudas que se produjo un intercambio de material genético entre éstos y algunas poblaciones de humanos modernos, cuyos descendientes habitan en la actualidad en Nueva Guinea. Esta situación es paralela a la que ocurrió con los neanderthales, los cuales también tuvieron intercambiaron material genético con los humanos modernos en Europa Occidental. Se calcula que una pequela parte del genoma de los europeos (1-4%) proviene del neanderthal.

En definitiva, la hipótesis out of Africa, según la cual se produjo un desplazamiento de las especies humanas que habitaban Eurasia por los humanos modernos procedentes de Africa, parece que es un poquito más complicada. Al menos en dos ocasiones, los humanos modernos pillaron genes de dos especies pre-establecidas en Eurasia. No puede descartarse que haya otros parientes en nuestro álbum de familia por descubrir.

Los autores del trabajo prefieren no entrar en la polémica de si se trata de una especie diferente del neanderthal o no, amparándose en que ya hay bastante discusión sobre si los neanderthales constituyen una especie diferente a la nuestra.

¡Démos la bienvenida a nuestros primos denisovianos!

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2011 ¿El año de la Diversidad Genética Humana?

Aunque a menudo estoy de acuerdo con los  fines de la Corrección Política, estoy convencido de que ésta tiene un lado oscuro y que muchas veces acaba teniendo un efecto exactamente contrario al que se pretendía. Por ejemplo, cuando nos referimos  a los ciegos como “personas con visibilidad limitada”, éstos pueden  sentirse aun más marginados por ello ¿acaso su condición es tan horrible que tenemos que usar un circunloquio para referirnos a ella? Yo creo que lo ciegos no necesitan Corrección Política, sino instituciones como la ONCE que les ayuden de verdad.

La Corrección Política ha hecho un daño incalculable al estudio de la diversidad genética humana, relegando a esta disciplina en la creencia (comprensible pero absurda) de que el mero reconocimiento de que existen diferencias genéticas en nuestra especie supone apoyar al racismo. En este blog mantenemos la idea de que la diversidad genética humana es algo para celebrar, no para esconderlo debajo de la alfombra. Sobre todo, si tenemos en cuenta que somos una especie muy homogénea genéticamente, ya que descendemos de una pequeña población africana que existió hace unos 200.000 años.

No obstante, algunos humanos salieron de Africa hace unos 80.000 años y se extendieron por el planeta ocupando muchos hábitats diferentes. En este proceso,  tuvieron que adaptarse genéticamente y culturalmente a los enormes retos que planteaba la supervivencia en estos nuevos lugares. Hasta hace muy poco, no se sabía casi nada de la evolución humana reciente, pero esta situación ha dado un vuelco en los últimos años con el descubrimiento de varios genes que parecen haber evolucionado en los últimos 50.000 años o menos. Por fortuna, parece que el tabú se ha levantado de una vez.

Un trabajo muy reciente publicado en Science nos cuenta cómo los pueblos tibetanos se han adaptado a vivir a más de 4.000 metros de altitud. Esto se debe, al parecer, a una mutación en el gen EPAS1  (Science. 2010 Jul 2;329(5987):75-8) que regula la percepción del oxígeno en en el cuerpo. Esta mutación debió resultar muy ventajosa, ya que se encuentra en el 90% de la población tibetana y tan sólo en el 10% de la (genéticamente cercana) población Han, que habita a nivel del mar.

Otra historia interesante nos la cuenta Mark Stoneking del Instituto Max Planck de Leizpig. Este equipo ha identificado un gen llamado TRPV6 , que regula la captación de calcio en el intestino (Proc Natl Acad Sci U S A. 2010 May 11;107 Suppl 2:8924-30. Epub 2010 May 5 ). Se han encontrado 23 variantes de este gen entre los europeos. Esta distribución sugiere la hipótesis que las variantes europeas se originaron en Africa, pero fueron seleccionadas posteriormente en poblaciones ganaderas al permitir una utilización más eficaz de la leche. De manera que este gen habría co-evolucionado con el que permite la utilización de lactosa en adultos (más info aquí).

El desarrollo de la agricultura supuso un cambio drástico en la dieta de nuestros antecesores, el cual pudo propiciar la selección de alelos que permitieran una mejor utilización del alimento y esta selección pudo producirse en poblaciones diferentes. Examinando los datos procedentes de individuos europeos y de oriente próximo se encontró que ambos grupos poseen una variante del gen PRLP2, el cual permite la rápida utilización de las grasas vegetales (PLoS One. 2008 Feb 27;3(2):e1686. ). Cuando se compara la frecuencia de este alelo en poblaciones distintas adaptadas y no-adaptadas a la agricultura, el resultado sugiere fuertemente que se trata de una adaptación a las nuevas condiciones (véase la figura adjunta).

Sin duda, la demostración de estos cambios representan genuinas adaptaciones al medio y no son una mera consecuencia de la frecuencia de dichos alelos en la población fundadora no es una tarea fácil y requerirá muchos años de trabajo, así como herramientas estadísticas sofisticadas. No obstante, hay una buena noticia para los investigadores de este campo (y por extensión para todas las personas interesadas en la Evolución Humana). El próximo mes de diciembre se harán públicos los resultados del Proyecto “1000 Genomes”. Mil genomas humanos de diversos orígenes étnicos serán accesibles en las bases de datos, lo cual permitirá sin duda encontrar nuevos casos de evolución humana reciente.

Permanezcan en antena.

(de Science (2010) 239: 740-742)

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La explosión de hace 10.000 años

Los tiempos deben estar cambiando, porque hace unos años este libro hubiera desatado un huracán de críticas y, sin embargo, ha pasado relativamente desapercibido (o al menos no se ha montado un cirio demasiado grande) ¿La razón? Sus autores, Cochran y Harpending, abren uno de los “melones” más temidos de la Biología/Psicología, el de las (supuestas) diferencias cognitivas entre grupos étnicos.

Pero empecemos por el principio. La tesis fundamental del libro es que la evolución humana no se ha detenido en los últimos milenios, sino que por el contrario, se ha acelerado con la llegada de la civilización y el progreso. Los autores sostienen que las nuevas condiciones de vida creadas por el desarrollo de la agricultura -primero- y por la creación de los estados  -después- crearon nuevas presiones selectivas en las poblaciones humanas. Esta idea no es, en sí misma, particularmente revolucionaria; lo que es difícil es presentar evidencia experimental sólida que la avale. Sin duda, los autores hacen un esfuerzo por argumentar bien sus tesis aunque, en mi opinión, éstas son de momento hipótesis cuya confirmación empírica queda bastante lejos. Hay que reconocer también que los autores son bastante honrados en ese sentido: dicen claramente cuándo están especulando y cuándo sus afirmaciones están bien sustentadas.

En esencia, Cochran y Harpending lanzan tres (arriesgadas) ideas a la palestra. La primera es que los humanos modernos (cro-magnon) que reemplazaron en Europa a los neanderthales debieron adquirir de éstos algunos alelos mediante un proceso conocido como introgresión. Dichos genes habrían permitido a los cro-magnones adaptarse a las duras condiciones europeas durante la última glaciación. La idea no es disparatada. Por ejemplo, se ha visto que el color del pelaje de los lobos de Alaska y Canadá se debe en cierta medida a un fenómeno de introgresión (más info). Sin embargo, los datos genéticos obtenidos hasta el momento muestran que cro-magnones y neanderthales permanecieron genéticamente separados. Es posible que en el futuro nuevos datos cambien el panorama, pero en este momento esta evidencia es inexistente (véase).

La segunda hipótesis tiene que ver con la aparición de la tolerancia a lactosa en nuestra especie. Este tema ha sido tratado otras veces en este blog (aquí). Los autores van un poco más lejos y afirman que la aparición de esta mutación que permite a los adultos ingerir leche, constituyó una ventaja determinante para los pueblos indoeuropeos hasta el punto de ser la causa de que la migración indo-europea tuviera lugar. De nuevo, es posible que haya sido así pero los datos en los que se basa la hipótesis son todavía insuficientes.

Por último, nos vamos a la hipótesis más controvertida de todas: según los autores, los judíos ashkenazi se vieron obligados a dedicarse a profesiones relacionadas con la banca y las finanzas de forma casi exclusiva durante la Edad Media; debido a esta presión selectiva, los ashkenazi serían más inteligentes que otros grupos étnicos. Los autores emplean el número de premios Nobel conseguidos por individuos con esta ascendencia en el último siglo.

Este tipo de controversias siempre suponen una especie de raya en la arena: hay que estar en contra o a favor. Así que voy a definirme: me niego a aceptar rayas en la arena. Por un lado, creo que los argumentos empleados por los autores son insuficientes (aunque presentan su caso de forma convincente). Sería necesario encontrar alelos claramente ligados a la inteligencia (entendida como IQ, lo que tiene una evidente limitación) y luego demostrar que en determinados grupos étnicos dichos alelos son más frecuentes que en otros. A día de hoy, los datos no son conclusivos ni mucho menos.

Por otra parte, me parece posible que una hipótesis de este tipo llegue a estar fuertemente apoyada por los datos algún (¿acaso no hay poblaciones genéticamente más altas que otras?). Cuando eso ocurra, estoy dispuesto a dejarme convencer, porque creo que la ciencia es mucho más importante y menos dañina a largo plazo que la corrección política (más sobre esto).

Pero ese día no ha llegado.

PS. Sobre la evolución de la especie humana en la actualidad hablaremos otro día

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Bioquímica del estatus

A mediados de los años setenta, McGuire y Raleigh[1] comenzaron una fructífera línea de investigación sobre las relaciones entre dominancia y química cerebral. Estos investigadores demostraron que en una especie de macaco, los cambios en el nivel de serotonina estaban relacionados con cambios en el estatus del animal. En una serie de fascinantes experimentos, encontraron que si se separaba un animal de bajo rango y se le trataba con el fármaco Prozac, el cual eleva la serotonina, se observa que el animal tratado subía de rango al reintegrarse al grupo, en algunos casos hasta convertirse en el líder o macho alfa. Este resultado es particularmente interesante porque nos indica que una propiedad bioquímica del cerebro puede ser el resultado de la interacción con el ambiente y, al mismo tiempo, la modificación de esta propiedad por métodos farmacológicos puede cambiar el tipo de interacción entre un individuo y el resto. Ambiente y cerebro son una carretera de doble vía.

En estos experimentos, los macacos dominantes mostraban una conducta ‘mesurada’ y ‘auto-controlada’; en cambio, los individuos subordinadas tendían a sobresaltarse y su conducta parecía estar gobernada por estímulos externos, más que internos. En estos individuos, se observó una conducta impulsiva e incluso una tendencia a la agresión compulsiva contra otros individuos. Los etólogos interpretan que en individuos de bajo rango, los bajos niveles de serotonina resultan beneficiosos ya que inhiben su actividad motora, permitiéndoles ahorrar energía y evitar confrontaciones con individuos de alto rango. La conducta impulsiva observada en estos individuos resulta, a primera vista, paradójica; sin embargo, la relación entre baja serotonina y conducta agresiva e impulsiva ha sido demostrada en muchas especies. Es posible que esta tendencia impulsiva en individuos de bajo rango también tenga un valor adaptativo. Recordemos que encontrarse al fondo de la escala de dominancia es una situación bastante mala desde el punto de vista reproductivo. Cabe pensar que un individuo que se encuentre en esta situación se enfrente a la ‘muerte darwiniana’, esto es a no dejar descendientes. En esas circunstancias, una conducta impetuosa, como arrebatar la comida a un individuo de mayor rango, puede resultar beneficiosa. No olvidemos que la incapacidad crónica para controlar la agresividad puede determinar que un individuo pierda su integración en el grupo. En la mayoría de los casos, esto tiene un coste reproductivo para dicho individuo, pero si éste se encuentra cerca del ‘fondo’ de la escala su salida del grupo puede resultar indiferente, o incluso beneficiosa en términos reproductivos mediante estrategias sociales alternativas (tales como copulaciones clandestinas o la búsqueda de un nuevo grupo).  A veces, una situación desesperada requiere una solución desesperada.


[1] Raleigh, M.J., McGuire, M.T., Brammer, G.L., Pollack, D.B., and Yuwiler, A. (1991) “Setoninergic mechanisms promote dominance acquisition in adult male vervet monkeys”  Brain Res. 559:181-190

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Infinitas maneras de ser importante

Ha llegado el momento de plantear la pregunta inevitable ¿somos los humanos una especie jerárquica? La respuesta es ‘probablemente, sí’. Reconozco que esta pregunta puede causar cierto resquemor y resultar, una vez más, políticamente incorrecta. No cabe duda de que la cuestión del estatus en nuestra especie constituye un tabú. Resulta muy sospechosa la escasez de estudios realizados sobre la materia. La mayoría de los textos de Psicología no dicen explícitamente que el deseo de estatus constituya una motivación importante en nuestra especie, a pesar de los muchos indicios que tenemos al respecto. Parece como si hubiéramos decidido tácitamente dejar de lado esta cuestión. Si miramos hacia otro lado, tal vez consigamos creer que la bestia no existe.

Pero la bestia existe. El deseo de estatus es universal. Lo encontramos en todas las sociedades que han sido estudiadas; eso sí, con gran variaciones sobre el tipo de cosas  que confiere estatus a los individuos. De hecho, la Antropología constituye una fuente de información sobre este tema mucho más valiosa que la Psicología. Veamos algunos ejemplos. Entre los kwakiult, un pueblo de la costa Oeste de Norteamérica, hoy desaparecido, los individuos de alto estatus se veían obligados a organizar monstruosas fiestas, llamadas potlatch, si querían mantenerlo. Las fiestas duraban varios días y se organizaban por las razones más diversas, como nacimientos, bodas o el ingreso en sociedades secretas. Otras veces se organizaban por motivos triviales, ya que el verdadero objeto de estas fiestas era mostrar la riqueza de los organizadores, a través del consumo exagerado de todo tipo de comida, así como el reparto de regalos fabulosos entre los invitados. En algunos casos, los anfitriones terminaban la fiesta quemando la casa para mostrar públicamente su generosidad y desprendimiento. Aunque esta costumbre nos pueda parecer chocante, los jefes tribales que la protagonizaban estaban actuando de forma egoísta, ya que cuanto mayor fuera el dispendio realizado mayor sería su prestigio dentro de esta sociedad. Evidentemente, nuestras ‘bodas’, ‘bautizos’ y ‘comuniones’ tienen algún elemento en común con los potlatch.

Para los yanomami, las formas de conseguir prestigio son bien distintas. Esta tribu habita en selvas ecuatoriales en las orillas del río Orinoco, entre Venezuela y Ecuador. En la actualidad se estima que deben quedar menos de 10.000 habitantes y se encuentran continuamente amenazados por las actividades de mineros  –garimpeiros- que penetran ilegalmente en sus tierras. La subsistencia de este pueblo se basa en una agricultura semi-nomádica de ‘corta y quema’. Esta cultura, que se caracteriza por una extrema agresividad, ha sido muy estudiada por los antropólogos[1] [2]. Para un joven yanomami el camino hacia el éxito social pasa por emboscar y matar a muchos hombres de poblados vecinos y violar a muchas mujeres. Dentro de un mismo grupo, las peleas y el maltrato de los hombres hacia las mujeres no son nada infrecuentes. Cabe esperar que incluso los partidarios acérrimos del relativismo cultural califiquen estas prácticas de ‘dudosas’.

Entre los ¡Kung del desierto del Kalahari, los criterios de estatus son bastante más pacíficos. Este pueblo mantiene (o lo hacía hasta hace poco) un modo de vida nómada basado en la recolección y la caza. Los ¡Kung forman pequeños grupos sin líder aparente y, en general, constituyen una sociedad pacífica, sin clases sociales claramente definidas. La desigualdad económica es virtualmente imposible en su modo de vida, ya que no tienen forma de acumular riqueza, y las piezas cobradas son frecuentemente compartidas entre los miembros de la tribu. A pesar de su aparente igualitarismo, los estudios antropológicos revelan la existencia de una jerarquía laxa basada en la experiencia y la habilidad de un individuo como cazador. Al parecer, los individuos de alto ‘rango’ ejercen el liderazgo de forma suave, influyendo sobre las decisiones del grupo pero sin imponer su voluntad. Por otro lado, la sociedad valora la modestia del cazador habilidoso y las normas de educación exigen que éste no alardee de su capacidad como tal.

De acuerdo. Para los cazadores-recolectores el estatus es importante, pero ¿nos afecta eso a nosotros, los occidentales del siglo XXI? Obviamente sí, incluso en mayor medida que a las sociedades antes mencionadas. Después de todo. Los cazadores-recolectores son relativamente igualitarios, ya que resulta casi imposible acumular riqueza en esas condiciones. Resulta evidente que la lucha por el estatus individual constituye uno de los factores esenciales para explicar muchas de las conductas que observamos de forma cotidiana en nuestra sociedad, hasta el punto de que no creo necesario aportar pruebas o argumentar al respecto.


[1] Changnon, N. “Yanomamo: the fierce people” Holt, Rinchart and Winston, Inc. 1997.

[2] Eibe-Eibesfeldt, I. “El Hombre Preprogramado”. Alianza Editorial, Madrid 1977.

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Los orígenes de la moral y la cultura

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Sin duda, “moral” y “cultura” son dos características eminentemente humanas. No es que estén totalmente ausentes en otras especies, pero entre los Homo sapiens han alcanzado muchísima más importancia y complejidad. No cabe duda de que ambas características han evolucionado en nuestra en especie y por tanto, deben tener una base biológica (que me perdonen lo ambientalistas fanáticos). Tampoco puede negarse la más que probable co-evolución entre genes y cultura (que me perdonen los biologicistas radicales). En cualquier caso, estoy seguro de que los dos artículos publicados en el último número de Science sobre el origen de (respectivamente) moral y cultura va a dar mucho que hablar a todos los interesados por estas cuestiones.

En ambos artículos, los autores llegan a explicaciones sorprendentes, atrevidas, contra-intuitivas y políticamente incorrectas, aunque (y esto es lo importante) las apoyan con datos y modelos matemáticos. No obstante, no creo que las dos cuestiones se vayan a zanjar aquí, sino más bien lo contrario. Entrando en materia, la hipótesis de Samuel Bowles (Bowles, S. 2009) afirma que el origen de la cooperación y la camaradería entre los humanos estriba justamente en…¡la guerra! Y para apoyar esta hipótesis ha “resucitado” una de las teorías más descalificadas en Biología Evolutiva en los últimos tiempos: la selección de grupo. Se trata, pues, de un tabú encima de un sacrilegio. Sin inmutarse, Bowles afirma que en el conflicto inter-tribal prolongado y letal puede promover la selección de genes “altruistas”. Pero antes de seguir comentando el artículo, conviene dar un pequeño rodeo.

Para empezar, la hipótesis de Bowles se mete de lleno en un pozo de “incorrección política”. Hasta hace pocos años, el Modelo Estándar en Ciencias Sociales favorecía la idea de Rousseau del “Buen salvaje” (el hombre es bueno por Naturaleza pero la sociedad lo hace malo), por lo que la mera sugerencia de que esta actividad forma parte de nuestro pasado evolutivo basta (o bastaba) para ser declarado indeseable. Aunque sea doloroso, hay que reconocer que el “Mito del Buen Salvaje” es notoriamente falso, como han puesto de relieve estudios antropológicos recientes. Por ejemplo, el arqueólogo Lawrence Keeley ha estimado la tasa de homicidios en diferentes sociedades. Veamos los datos: el récord de violencia lo tienen los legendarios jíbaros de Perú, donde cerca del 60% de los varones son víctimas de homicidio a manos de sus congéneres. Entre los yanomami, la tasa de homicidios varían entre el casi 40% de los ‘belicosos’ shamatari y el 20% de los más ‘pacíficos’ namowei. La mayor parte de las culturas estudiadas, procedentes sobre todo de Sudamérica y Nueva Guinea oscilaba entre estos valores. Incluso entre los pacíficos !Kung, el homicidio es más frecuente que entre los barrios considerados peligrosos de Los Ángeles. En contraste, la frecuencia de muerte por homicidio en Europa y Estados Unidos durante el siglo XX no pasa del 1%, y eso que incluye dos guerras mundiales con ‘armas de destrucción masivas’ y otros conflictos armados. En la actualidad y en algunos países, como Japón, la tasa frecuencia de homicidio es inferior al 0.1%, 100 veces menor que en la mayoría de los cazadores-recolectores y 600 veces menor que entre los jíbaros. O sea, que podemos reconocer que nuestro pasado evolutivo está plagado de conflictos inter-tribales, frecuentemente letales, sin hacer por ello una apología de la violencia y sin afirmar que ésta es inevitable. Pero los datos son los datos.

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El segundo berenjenal en el que se mete Bowles estriba en tratar de resucitar la teoría de selección de grupo, según la cual en animales sociales la unidad básica sobre la que opera la selección natural es el grupo, no el individuo. Por ejemplo, si pensamos en una manada de lobos, en una banda de macacos o en una bandada de grajillas, ninguno de estos animales puede sobrevivir por su cuenta, de manera que su destino individual se encuentra inevitablemente unido al del grupo. Si éste tiene éxito, aumentará de tamaño y si no lo tiene desaparecerá; por tanto, la selección natural puede mantener conductas que favorezcan al grupo en conjunto, aunque sean negativas para el animal que las ejecuta. Por poner un símil futbolístico, la selección natural estaría operando con equipos y no con jugadores individuales. Esta teoría es considerada poco plausible ya que incluso un flujo de genes moderado entre los grupos destruiría rápidamente las diferencias genéticas necesarias para que la teoría funcione; la mayoría de los biólogos acepta hoy día que la selección natural transcurre fundamentalmente a nivel de individuo.

Pero no todo el mundo está de acuerdo. Algunas publicaciones recientes han reabierto el debate al afirmar que, en algunos casos muy determinados, la selección de grupos puede ser importante. En este caso, Bowles hace una hipótesis realmente atrevida: que la estructura poblacional de los cazadores-recolectores del Paleolítico pudo permitir la selección (vía grupo) de genes que favorecen conductas altruistas. Bien es verdad que el modelo asume que la guerra entre tribus era frecuente y que ésta suponía un coste notable en vidas en todos los casos y, muy particularmente para los vencidos. Importa señalar que Bowles también admite la posibilidad de que el altruísmo se deba no sólo a los genes, sino a la aparición de memes relacionados con este tipo de conducta. Tanto los genes como los rasgos culturales son heredables (aunque no de la misma forma) y están sometidos al proceso evolutivo. El trabajo de Bowles se ha basado en datos arqueológicos previos según los cuales, como promedio, la guerra causó el 14-16% de las muertes en sociedades de cazadores-recolectores, tanto históricas como recientes. De acuerdo con el modelo matemático de Bowles, el coste de perder un conflicto armado es lo suficientemente alto como para equilibrar los riesgos individuales de la guerra, particularmente si el grupo es relativamente endógamo y sus miembros comparten muchos alelos comunes. Es evidente que construir un modelo matemáticamente correcto no es suficiente por sí mismo para demostrar una hipótesis. Y la validación de este modelo es, al menos, complicada. Los aficionados a las discusiones tendrán un filón aquí.

Además, el modelo deja algunos cabos sueltos. Muy notablemente no distingue entre los sexos a pesar de que las consecuencias de la guerra eran generalmente muy diferentes en cada caso; p.e. las mujeres no solían participar directamente y en caso de derrota podían ser “absorbidas” por los vencedores (eufemismo para “violación sistemática, esclavitud y eventual integración tras varias generaciones). El problema es que el apareamiento entre los hombres del grupo vencedor y las mujeres del vencido tendería a diluir los genes altruistas, y no a concentrarlos. Bowles argumenta que a pesar de todo, el modelo predice la selección de genes altruistas, aunque de forma más lenta respecto a la alternativa radical de liquidar a todos los vencidos.

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El segundo trabajo, firmado por Powell y colaboradores (Powell et al., 2009), aborda el misterio del rápido desarrollo de la tecnología y el arte en el Paleolítico superior (hace unos 45.000 años) a pesar de que los humanos genéticamente modernos habían surgido en África en un periodo muy anterior (tema tratado aquí recientemente). Según estos autores, el factor clave para que se produjera el Gran Salto Adelante fue la densidad demográfica. Por supuesto, las capacidades cognitivas necesarias va estaban allí, pero sin este elemento clave todavía podríamos estar empleando una tecnología no muy diferente de la del neanderthal.

Thomas y colaboradores también se basan en modelos matemáticos que tratan de explicar el patrón de “idas y venidas” en la aparición de la moderna cultura y tecnología. Aunque los humanos aparecimos hace 150-200.000 años, los primeros vestigios de cultura moderna (tales como collares, arpones, o el empleo de pigmentos) aparece brevemente en Africa hace unos 90.000 años. Después estos vestigios desaparecen y no volverán hasta la Edad de Oro del Paleolítico superior europeo, alrededor de 35.000 BC y coincidiendo con las pinturas rupestres del Cantábrico. La idea central de estos investigadores es que es necesario un número mínimo de personas para mantener tal nivel de conocimientos y destrezas en una población. Si no se alcanza el mínimo, la capacidad tecnológica tiende a fluctuar. Es posible que algunos avances se pierdan por que sus poseedores desparezcan sin trasmitirlos. Además, el avance tecnológico es más rápido cuando hay más personas tratando de resolver los mismos problemas. El modelo matemático establecido sugiere que cuando el número de grupos que interaccionan llega a 50, la capacidad tecnológica no aumenta con el número de grupos, sino con la densidad de población. Los autores sugieren que la tímida “revolución africana” de hace 90.000 años se vio truncada por una disminución de la población debida –seguramente- a un cambio climático.

Curiosamente, ambos trabajos plantean escenarios de evolución humana bien distintos, incluso contrapuestos. Por un lado, los humanos debían masacrarse unos a otros con frecuencia para ser altruistas; por otro lado, habría sido necesario la interacción cooperativa y el intercambio entre grupos humanos bastante amplios para que pudiera surgir la cultura moderna ¿O tal vez no? Una vez leí que durante la Guerra Civil española los soldados de las trincheras organizaban intercambios entre los dos bandos; tabaco por papel de fumar (vale lo de matarse unos a otros, pero… ¿quedarse sin fumar?).

Somos animales complicados.

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Dominancia masculina y éxito reproductivo

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Uno de los temas calientes de la Psicología Evolucionista (y recurrente en este blog) es el de las diferencias entre hombres y mujeres. No voy a repetir aquí toda la retahíla de post anteriores, sino comentar un artículo reciente que –en mi opinión-tiene una importancia capital para sostener el edifico de la PE. En apariencia, no se diría que el trabajo tenga tanta importancia. Se limita a demostrar que en una población de chimpancés existe una clara correlación entre el “rango” que ocupa un macho en la jerarquía del grupo y su éxito reproductivo.

El tema no es nuevo en absoluto. Desde hacía mucho tiempo se suponía que tal correlación era cierta. Sin embargo, una cosa es suponer y otra muy distinta probar. En este caso, los investigadores estudiaron a una población de chimpancés en la reserva de Gombe (Tanzania) durante 22 años, estableciendo claramente quiénes eran los machos dominantes así como la paternidad de todas las crías nacidas en ese periodo. Los resultados mostraron sin ambigüedad las ventajas reproductivas que tiene para un chimpancé ser dominante, aunque también mostraron que no es una cuestión de blanco/ negro. Los machos de bajo rango también ser reprodujeron. No es el primer trabajo que publica unos resultados similares, pero sí uno de los más completos realizados en chimpancés salvajes.

Nosotros somos diferentes de los chimpancés, pero también hemos evolucionado en grupos donde existe una jerarquía. Diversos estudios en cazadores-recolectores modernos también indicaron una relación entre jerarquía y éxito reproductivo. El problema es que la inmensa mayoría de las sociedades de cazadores-recolectores que existieron en el pasado han desaparecido en la actualidad, por lo que es imposible contrastar esta hipótesis de forma general.

Las consecuencias de este hecho siguen estando presentes (y de qué modo) en la sociedad actual. Si los machos dominantes siempre se han reproducido más, habrán dejado una generosa ración de sus genes para las siguientes generaciones, incluyendo aquellos genes que favorecen en desarrollo de personalidades dominantes. Cabe esperar que los machos actuales de nuestra especie sigan tratando de ser dominantes y ocupar altas posiciones en la jerarquía (cualquiera que sea), aunque en la actualidad el proceso no esté necesariamente ligado a la reproducción.

Entender este hecho no implica aceptarlo, al contrario, es el primer paso para cambiarlo.

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La primera huella del hombre

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Un equipo científico describe en el último número de Science el descubrimiento de huellas humanas en Ileret (Kenia) con una antigüedad de aproximadamente 1.5 millones de años. No son las más antiguas que se conocen; las famosas “pisadas de Lucy” en Laetoli (Tanzania) tienen 3.5 millones de años. Sin embargo, éstas últimas corresponden a un diminuto (o diminuta) Australophithecus afarensis mientras que las primeras corresponden a alguno de los primeros representantes del género Homo. Por ello pueden considerarse propiamente como las primeras huellas humanas de las que se tiene noticia.

Los investigadores han comparado las huellas de Ileret con las de Laetoli empleando herramientas estadísticas sofisticadas. La principal conclusión es que las pisadas de los primeros Homo son difícilmente distinguibles de las de los humanos actuales, pero muy diferentes de las de Laetoli y de las de los chimpancés actuales. El dedo gordo es más corto y tiene una posición paralela a los otros, mientras que en el chimpancé está torcido hacia fuera. Además, las huellas de Ileret muestran que el “puente” del pie ya existía hace 1.5 millones de años.

El hallazgo es particularmente importante dado que nuestra forma de caminar erecta constituye una de las adaptaciones más características del ser humano. Podría decirse que las huellas encontradas en Kenya son lo más parecido a una “conducta fosilizada”.

M. R. Bennett et al., Science 323, 1197 (2009).

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¿Kilos de más? Culpa a tus ancestros

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¿Tiene problemas de sobrepeso? ¿Una comida suculenta constituye una tentación irresistible? Según el antropólogo William Leonard, de la Universidad de Illinois, USA, la causa está en ciertos cambios metabólicos que tuvieron lugar en la evolución humana, unos dos millones de años atrás.

Por entonces, el linaje que lleva al género Homo se había separado de los australopitecinos. Al mismo tiempo se produjo una notable expansión del tamaño del cerebro y la aparición de las primeras “economías de cazadores-recolectores”. Tener un cerebro grande tiene sus ventajas –qué duda cabe- pero sale caro en términos energéticos. Los humanos gastamos aproximadamente un 25% de la energía en reposo para abastecer al cerebro; bastante más que otros primates (8-10%) u otros mamíferos (3-5%). Para mantener un órgano tan costoso, nuestros antecesores tuvieron que pasarse a dietas más ricas en energía, y de aquí nuestra tendencia innata a ponernos morados.

Para los cazadores-recolectores, el ansia por dietas hipercáloricas rara vez constituye un problema. En estas sociedades, las personas tienen que recorrer una media de 12 Km diarios a pie para conseguir alimento. A nosotros nos basta llamar a tele-pizza.

El cambio a un estilo de vida realmente sedentario se ha producido en las últimas décadas y con él los consabidos problemas de obesidad, diabetes y enfermedades cardio-vasculares.

Así que podemos culpar a nuestros antepasados por nuestros problemas presentes. Alternativamente, podemos hacer ejercicio todos los días.

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Nacidos para la fiesta

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Es evidente que hay personas tremendamente sociales y otras que no lo son tanto. Entendámonos, todos los humanos somos bastante sociales comparados con las especies realmente solitarias. Este hecho en sí mismo clama por una explicación biológica. Los únicos humanos que podríamos considerar verdaderamente no-sociales serían los autistas y el autismo está considerado (con lógica) una enfermedad y no simplemente un tipo de personalidad “diferente”. No debería extrañarnos que el autismo tenga una importante base genética, como demuestran los estudios con gemelos idénticos.

Pero dentro de las “personas normales” existe una gran variabilidad individual en este carácter. De nuevo, la sospecha de que los genes tienen algo que ver está justificada. Más difícil es pasar de la sospecha a la demostración. Sin embargo, Nicholas Christakis, de la Harvard Medical School, y sus colaboradores han dado un paso importante en este sentido a juzgar por el artículo recientemente publicado en la prestigiosa revista PNAS.

Muy sucintamente, lo que hacen los autores del artículos son dos cosas. En primer lugar, establecen una forma objetiva de medir la sociabilidad de los individuos. Para ello analizaron las redes sociales de un buen número de adolescentes y contaron el número de veces en que un individuo particular era citado como “amigo cercano”. En segundo lugar, estudiaron estas redes sociales en el contexto genético, esto es, estudiando gemelos idénticos/gemelos no-idénticos. El resultado, no por esperable menos importante, fue que la posición de cada persona en las redes sociales en un carácter genéticamente heredable en buena medida.

¿Cómo pueden los genes determinar nuestro lugar en una red social? Los genes pueden tener una gran influencia sobre el tipo de personalidad y ésta es clave para determinar si estamos en el centro en los bordes del universo social. Este conexión entre genes -> neurotransmisores -> conducta la hemos visto ya varias veces (p.e. Serotonina y control de las emociones y Polimorfismo genético ligado a la aversión al riesgo). De nuevo, no quiere decir esto que con los genes esté todo el pescado vendido. Muy probablemente, si exponemos a un adolescente a experiencias particularmente traumáticas es probable que su personalidad se aleje bastante de un hermano gemelo criado en un ambiente normal.

Algunos científicos le han buscado una explicación “adaptativa” a este fenómeno, según la cual el hecho de estar en el centro de la red tendría ventajas (p.e. mayor cooperación de otros individuos) e inconvenientes (p.e. mayor probabilidad de contraer enfermedades infecciosas). La variabilidad individual que se observa sería el resultado de dichas presiones selectivas. Personalmente no estoy convencido. Un carácter puede manifestar variación individual en una población y ser más o menos “neutral” con respecto a la selección natural.

Nadie duda (entre los biólogos evolutivos) que la selección natural sea una pieza clave, pero no es la única ni lo ve todo. Y desde luego, no podemos invocarla siempre sin pruebas.

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Retratos de familia

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Koobi Fora, Kenia 1.750.000 años antes del presente.

Este Homo habilis lleva varios días sin comer. Los leones han abatido una presa y el olor de la carne resulta irresistible. No obstante, sabe bien lo que le pasa a los que molestan a los leones. También sabe que se irán tarde o temprano. Tal vez le de tiempo a llegar antes que las hienas…

Retrato: The Last Humans. G.J.Sawyer and V. Deak. 2007. Yale University Press.

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El gen del “culo inquieto”

Jaimito no para. No deja de moverse. No aguanta 5 minutos delante del televisor. No soporta las normas. No acaba los deberes. Contesta antes de que termines la pregunta. Pierde constantemente lápices y cuadernos en el cole. Jaimito padece un trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH). Se calcula que aproximadamente un 5% de los niños lo tienen y lógicamente suele traer de cabeza a los padres.

¿Cuál es la causa? ¿Una educación inapropiada? Como dice el chiste: “Pobre Jaimito, viene de una familia destrozada”. “No me extraña, Jaimito puede destrozar a cualquier familia”. A riesgo de ganarme la enemistad de algunos profesionales de la Psicología, debo decir que no hay pruebas contundentes de que el “estilo parental” sea la causa (aunque seguramente puede empeorar las cosas). Por el contrario, hay una evidencia considerable que apunta a factores genéticos (Bellgrove and Mattingley, 2008). Curiosamente, si uno navega por páginas de psicología, verá que en la mayoría de los casos esta evidencia se omite o se desconoce. Un ejemplo: aquí

Esta enfermedad probablemente representa la máxima expresión de un rasgo psicológico denominado ‘búsqueda de novedad’. Las personas que dan puntuaciones altas en este carácter suelen mostrar un marcado gusto por la novedad y amor al riesgo. Se trata de personas excitables, impulsivas, a veces desordenadas, incluso extravagantes. Son dadas a explorar y corren el peligro de aburrirse con rapidez. Este rasgo puede expresarse de diferentes maneras; a veces se da una preferencia por las sensaciones físicas, como sucede en los deportes de aventuras y otras actividades arriesgadas. Saltar en parapente, deslizarse por pendientes vírgenes en el esquí extremo o, más modestamente, montarse en la montaña rusa del parque de atracciones. También puede manifestarse en el gusto por los viajes exóticos, la exploración de nuevas culturas o probar diferentes tipos de cocina. Lógicamente, este rasgo afecta marcadamente a la forma en que una persona se desenvuelve en su trabajo. Los `buscadores de novedad’ suelen manifestar una tendencia hacia a la innovación, un periodo de atención corto y gustan de tomar decisiones rápidas. Son ‘hombres’ de acción. En el ejército podrían ser buenos comandos, pero malos centinelas. También les van los trabajos de tipo ejecutivo, pero resultan pésimos contables.

En las relaciones de pareja este rasgo también tiene consecuencias. En general, tienden a ser desinhibidos e infieles. No es extraño que la tasa de divorcio sea más alta entre estos individuos que en la media de la población. Y tampoco es extraño que las parejas en que ambos difieran mucho en este rasgo sean muy problemáticas. “Cariño, no me estarás diciendo en serio que quieres volver a veranear en Murcia, ¿no?”. El famoso estudio de gemelos de Minnesota (y otros similares) indican que la heredabilidad de este rasgo es de aproximadamente el 60% y que el ambiente familiar influye poco o nada (Bouchard, 1994).

Sabemos algo (aunque no todo) sobre los genes responsables de la variabilidad que se observa en las personas y cuáles son los mecanismos que nos predisponen a desarrollar una personalidad de este tipo. Los datos apuntan claramente a un sospechoso: la dopamina. Este compuesto es un neurotransmisor: una molécula que actúa como mensajero químico en el cerebro, y está implicada (entre otras cosas) en los circuitos cerebrales del placer. La dopamina es liberada después de un orgasmo, una comida deliciosa o de ‘esnifar’ cocaína. En la enfermedad de Parkinson, caracterizada por temblores incontrolables, se produce una disminución de las células que producen esta sustancia, y la personalidad de los que la sufren se torna más seria, tranquila y taciturna. Recientemente, se ha descubierto que el gen D4DR, que codifica un receptor de dopamina, puede estar relacionado con este rasgo (Ebstein et al., 1996). El hallazgo es particularmente excitante porque apunta hacia un mecanismo bioquímico que bien pudiera explicarnos su función. La unión de la dopamina con su receptor específico constituye el primer paso para la acción de esta neurotransmisor. En concreto, lo que se ha visto es que la longitud de la proteína del receptor está correlacionada con la intensidad de este rasgo psicológico.

El TADH constituye un inconveniente serio en la mayoría de las culturales actuales, pero ¿siempre ha sido así? ¿Es posible que los alelos largos del gen D4DR y el tipo de personalidad que propicia represente una ventaja en otras condiciones? Hace unos años, un equipo de investigadores se preguntó si los alelos largos serían más abundantes en poblaciones que todavía practican un tipo de vida nómada. Y ¡Bingo! Encontraron una fuerte correlación entre ambas (Chen C. et al., 1999): cuantos más Km recorría una etnia en el estudio, mayor abundancia de alelos largos.

La hipótesis, pues, es que el tipo de personalidad asociado al TDAH podría ser una ventaja en sociedades nómadas, donde no hay escuelas, ni normas rígidas y los individuos se mueven en grandes extensiones de terreno. Para contrastar esta hipótesis, Dan Eisenberg y sus colaboradores, de la Universidad de Illinois, USA, se fijaron en una tribu de pastores nómadas de Kenia, los Ariaal (en la foto). En concreto, en dos poblaciones de esta tribu: una que mantiene el modo de vida tradicional y otra que se “asentó” hace unos treinta y cinco años. Encontraron que aproximadamente el 20% de los individuos (en ambas poblaciones) poseían alelos largos. La diferencia radicaba en que, en la población nómada estos mismos individuos estaban mejor nutridos que el resto de la población, mientras que en la población sedentaria ocurría exactamente lo contrario (Eisenberg et al., 2008) ¿Cuál es la explicación? No está clara. Tal vez, estos alelos permiten utilizar la comida más eficientemente en ciertas condiciones o tal vez, el tipo de personalidad típica de los alelos largos resulta más exitosa en condiciones de nomadismo. En cualquier caso, los datos sugieren que estos individuos podrían estar en ventaja o desventaja dependiendo del tipo de sociedad en el que vivan.

Seguramente, el término conducta apropiada es relativo. Entiendo que los padres de niños con este tipo de problema no tienen fácil reconvertirse al nomadismo, pero quizá hay que pensar que el sistema de escolarización que tenemos (clases, horarios, normas, disciplina) significa una verdadera pesadilla para algunos chicos.

Bellgrove, M.A., and Mattingley, J.B. (2008) Molecular genetics of attention. Ann N Y Acad Sci 1129: 200-212.

Bouchard, T.J., Jr. (1994) Genes, environment, and personality. Science 264: 1700-1701.

Chen C., Burtonb, M., Greenbergerc E., and Dmitrievac J. (1999) Population Migration and the Variation of Dopamine D4 Receptor (DRD4) Allele Frequencies Around the Globe. Evolution and Human Behavior 20: 309-324.

Ebstein, R.P., Novick, O., Umansky, R., Priel, B., Osher, Y., Blaine, D., Bennett, E.R., Nemanov, L., Katz, M., and Belmaker, R.H. (1996) Dopamine D4 receptor (D4DR) exon III polymorphism associated with the human personality trait of Novelty Seeking. Nat Genet 12: 78-80.

Eisenberg, D.T., Campbell, B., Gray, P.B., and Sorenson, M.D. (2008) Dopamine receptor genetic polymorphisms and body composition in undernourished pastoralists: an exploration of nutrition indices among nomadic and recently settled Ariaal men of northern Kenya. BMC Evol Biol 8: 173.

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Parentesco entre esposos y crecimiento demográfico

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Es un hecho indiscutible que la “fertilidad” (número de hijos por mujer), ha disminuido en prácticamente todos los países durante las últimas décadas. Para explicar este hecho se han propuesto varias teorías, todas ellas basadas en cambios en las condiciones sociales. Una posibilidad (que parece evidente) es que la disminución del número de hijos sea consecuencia directa de las mayores facilidades de control que ofrecen los métodos anticonceptivos modernos. Otras explicaciones se basan en la necesidad de tener hijos para que éstos se ocupen de los padres en sociedades donde no existe un sistema de pensiones ni seguridad social. Sin embargo nunca había oído de ninguna teoría que explicase el declive de la fertilidad en función de causas biológicas, y más concretamente genéticas, pero esto es justo lo que hace un provocador artículo publicado recientemente en Science (Helgason et al., 2008).

 

Los autores se han basado en DeCode, la base de datos que contiene datos médicos, genealógicos y genéticos de los habitantes de Islandia (véase: http://pablorpalenzuela.wordpress.com/2008/02/06/gripe-espanola-en-islandia-no-fueron-los-genes/). Esta colección de datos es absolutamente excepcional porque es enormemente completa y porque la sociedad islandesa está considerada como una de las más homogéneas del planeta, tanto desde el punto de vista genético como social. De modo que constituye una especie de “experimento nacional en genética humana”, ya que permite buscar correlaciones entre variaciones genéticas y otros factores, como susceptibilidad a enfermedades. En este caso, lo que han encontrado los investigadores es una asociación estadística entre el grado de parentesco entre los esposos y la fertilidad del matrimonio. Esta asociación –inesperada- resulta ser enormemente “fuerte”, desde el punto de vista estadístico, lo que lleva a los autores a afirmar que este fenómeno puede explicar (en buena parte) la observada disminución de fertilidad en todo el planeta.

 

La conclusión es algo “contra-intuitiva”. Es bien sabido que la excesiva consanguinidad tiene efectos negativos, ya que aumenta las posibilidades de que mutaciones deletéreas presentes en ambos progenitores produzcan enfermedades genéticas en la descendencia (más sobre esto en:http://pablorpalenzuela.wordpress.com/2007/11/09/las-malhadadas-novias-taiwanesas/). Sin embargo, también es posible que la excesiva exogamia tenga consecuencias negativas, en el sentido de que disminuyan el nivel de fertilidad. Los autores sugieren que esto se debe a la rotura de complejos génicos que se han adaptado mediante co-evolución (aunque expresan esta idea de forma bastante vaga, puede suponerse que algunos alelos tienen interacciones negativas y que por ello se han seleccionado “conjuntos” de alelos entre los cuales no se producen tales interacciones). Estos conjuntos de alelos se romperían en los cruzamientos entre progenitores muy alejados genéticamente, pero no lo harían si el grado de parentesco entre los mismos fuese mayor. En definitiva, según esta hipótesis existe un grado de parentesco entre esposos óptimo, para el cual la fertilidad es máxima. En concreto, los resultados del trabajo sugieren que este nivel óptimo se produce entre primos en tercer o cuarto grado. Si el nivel de parentesco es menor, la fertilidad disminuye.

 

Y esto es justamente lo que ha sucedido en casi todo el planeta en la transición de las típicas sociedades rurales a las sociedades modernas. En las primeras, las posibilidades de elección de pareja eran más reducidas y los matrimonios solían realizarse entre localidades geográficamente cercanas, lo que también supone un alto grado de parentesco genético. En las sociedades urbanas, dicho “patrón” se rompe. En las ciudades las posibilidades de emparejamiento con personas más lejanas (genéticamente) aumenta enormemente y este factor sería fundamental, según los autores del artículo, para explicar el fenómeno.

 

Es posible que los partidarios de las explicaciones culturales frente a las biológicas protesten. Desde luego, mi opinión es que aun es pronto para aceptar la hipótesis de este trabajo y se impone mantener una mentalidad abierta al respecto. Los autores argumentan que la correlación entre fertilidad y parentesco es robusta y detectable a lo largo de toda la serie temporal examinada (1800-1965),  la cual precede al uso generalizado de la píldora anticonceptiva.

 

Los datos islandeses permiten estudiar la relación entre parentesco genético y fertilidad durante varias generaciones. Seguramente, el dato más contundente es el que aparece en el gráfico adjunto, sacado del trabajo, y que representa en el eje vertical el número de “nietos por pareja” y en el eje horizontal el grado de parentesco. El primer nivel (a la izquierda) corresponde a los primos en segundo grado, y así sucesivamente (tercer, cuarto, quinto grado…) hasta el último nivel (a la derecha) que corresponde a un grado de parentesco equivalente a primos en octavo grado o menor. Los datos son bastante elocuentes.

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Naturalmente, los islandeses han experimentados los cambios asociados a la modernización como muchos otros países. Entonces ¿cómo afirman los autores que el cambio en la fertilidad no es consecuencia de dichos cambios sociales y culturales? El argumento clave es que la asociación es clara tanto al principio como al final del periodo de estudio. Esto es, lo que han visto es que tanto en las condiciones sociales de 1800 como en las de 1965, la fertilidad varía con el parentesco de forma parecida a la de la figura. Es un argumento poderoso, pero ¿definitivo? Más bien, serán necesarios otros estudios para determinar hasta qué punto la disminución del parentesco genético es responsable de la bajada en fertilidad.

 

Conviene decir que las explicaciones “sociales” se han basado siempre en correlaciones menos controladas que las de este trabajo. Por ejemplo, la siguiente figura muestra una relación negativa entre el nivel de estudios de la madre y el número de hijos en algunos países ((Roodman, 1999) página 345). No niego que pueda existir una relación causa efecto entre ambas (y es posible que así sea), pero existen multitud de factores sociales y genéticos operando a la vez. En todo caso, estos datos no son incompatibles con la hipótesis formulada por Helgason y colaboradores. Con la modernización se producen numerosos cambios sociales en paralelo con la modificación del patrón de parentesco entre esposos; de modo que encontraríamos correlaciones entre baja fertilidad y diversos factores. Correlación no implica causa-efecto.

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Helgason, A., Palsson, S., Guöbjartsson, D.F., Kristjansson, P., and Stefansson, K. (2008) An association between the kinship and fertility of human couples. Science 319: 813-816.

Roodman, D.M. (1999) La construcción de una sociedad sostenible: Icaria editorial.

 

 

 

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Los últimos “hombres primitivos”

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El 25 de enero de 2006, Sunder Raj y Pandit Tiwari, dos pescadores indios con mala reputación, se encontraban pescando cangrejos cerca de las islas Andaman, en el océano Indico. La jornada se estaba dando bastante mal, así que decidieron probar suerte en el arrecife de la isla North Sentinel, donde abunda el cangrejo de los manglares. Esta opción no estaba exenta de riesgos. Para empezar, la pesca en esa zona es ilegal. Para seguir, los habitantes de la isla no tienen fama de ser amistosos con los forasteros. Según el testimonio de otro pescador que los avistó –y que denunció su desaparición unos días después- habían echado el ancla (una rudimentaria piedra atada a una cuerda) cerca de la isla. Hay razones para pensar que Sunder y Pandit hacían la espera menos larga consumiendo vino de palma en grandes cantidades. Al parecer, el ancla se soltó durante la noche y la corriente derivó a los pescadores (profundamente dormidos) hasta la playa cercana.

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Dos días después, un helicóptero de rescate sobrevoló la isla y encontró su barca. El equipo de rescate pudo tomar las imágenes que se adjuntan, donde se puede apreciar la barca rodeada de nativos. Los cuerpos de los infortunados pescadores yacían sin vida en la playa (los sentineleses no se los comieron, como dijeron algunos periódicos, sino que los enterraron someramente en la playa). Cuando trataron de aterrizar en la isla fueron recibidos con una lluvia de flechas, tal como vemos en la foto.

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Dharmendra Kumar, jefe de la policía de la Bahía de Bengala, decidió dejar que la cosa se enfriara un tiempo, con idea en enviar un equipo a la isla por sorpresa y recuperar los cuerpos unos días después. Sin embargo, este plan no llegó a llevarse a cabo. Los familiares de Sunder y Pandit tuvieron que conformarse con observar desde un barco las someras tumbas que hicieron los nativos. Finalmente, se decidió (con buen criterio) no hacer nada y dejar a los sentineleses en paz. Conviene mencionar que las tribus que han permanecido aisladas mucho tiempo son enormemente sensibles a enfermedades que en otras poblaciones no resultan graves. Nosotros somos los hijos de los supervivientes al sarampión, a la viruela, a las paperas…Ellos no has sufrido ese tipo de selección, por lo que infecciones corrientes pueden resultar fatales.

 

Con seguridad, los sentineleses son una de las tribus más aisladas del planeta y una de las pocas que continúan viviendo como cazadores-recolectores. Se calcula que deben ser unos 250 (más de 40, menos de 500). Sorprendentemente, sobrevivieron al terrible tsunami de 2004 sin recibir (ni permitir) ningún tipo de ayuda exterior. Es muy posible que en su larga historia hayan sobrevivido a catástrofes aun mayores. Los sentineleses viven de la pesca en el arrecife cercano, la caza de tortugas y cerdos salvajes, y la recolección de frutos y vegetales procedentes de la selva. Sin duda, sus condiciones de vida deben ser bastante duras. Si no fuera así, el crecimiento demográfico acabaría destruyendo los recursos de la isla.

 

Su fama de hostiles es merecida. En el siglo XIII, Marco Polo escribió sobre ellos: “si un extranjero llega a sus tierras lo matan inmediatamente y acto seguido se lo comen”.

Durante los años 80 y 90 se produjeron algunos incidentes violentos entre los nativos y guías turísticos desaprensivos, que pretendían organizar excursiones guiadas a la isla. Las autoridades indias realizaron algunas “visitas amistosas”, en las que un barco se acercaba a la orilla y arrojaba cocos. La mayoría de las veces, los sentineleses se limitaron a disparar sus flechas contra el barco; sólo en contadas ocasiones aceptaron el regalo. Esto nos ha permitido disponer de algunas imágenes grabadas en video, que pueden verse a través de este link. Los sentineleses van desnudos, excepto por un elegante cinturón de fibra vegetal (los hombres) y un mínimo taparrabos (las mujeres). De todos los vídeos, el que más me ha impresionado es este: http://www.andaman.org/BOOK/video/tans02.html en el que uno de los nativos se acerca demasiado a la costa y es “salvado” por su mujer (la cual luce un curioso bigote postizo), que se lo lleva a rastras.

 

Se ha especulado con la posibilidad de enviar a un antropólogo a la isla para que conviva con los sentineleses y los estudie. Sin duda la idea sería atractiva si no fuera porque es muy poco probable que la persona en cuestión sobreviviera a los primeros minutos del encuentro. Se ha sugerido que una mujer tendría más posibilidades de sobrevivir, aunque tampoco demasiadas. No es extraño que la operación haya sido pospuesta sin fecha.

Las otras tribus de las isla Andaman que han mantenido contacto con el exterior han acabado bastante mal: diezmados por las enfermedades, aculturados, alcoholizados y malviviendo (en reservas) de los alimentos que les proporciona el gobierno indio. Sólo quedan 99 individuos de la tribu Onge y 39 de los “Grandes Andamanenses”. Los jarawa aun mantienen buena parte de su aislamiento y su autonomía, pero su hábitat está constantemente amenazado por intereses turísticos y compañías madereras. Su futuro es francamente incierto.

 

Se cree que los sentineleses llegaron a las islas Andaman hace 50 o 60.000 años, formando parte del “primer éxodo” de los humanos modernos fuera de Africa. Esta migración debió producirse a lo largo de costa, desde el Mar Rojo hasta Australia. Los datos genéticos confirman que los habitantes originales de las islas Andaman han evolucionado en casi completo aislamiento durante muchos años. Prueba de ello es que el DNA mitocondrial ha revelado dos linajes muy antiguos, denominados M31 y M32, que sólo se han encontrado aquí.

 

En estos momentos, en la remota isla North Sentinel, existe una población humana que mantiene un modo de vida (posiblemente) similar al de hace 50.000 años. Si el resto de la humanidad se extinguiera, ellos acabarían saliendo de su isla y –en unos miles de años- volverían a repoblar el planeta. La idea me produce vértigo.

 

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Expresiva imagen de un sentiselense después de haber recogido los cocos que se le ofrecían. El mensaje es inequívoco.

 

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Los jarawa en la playa

 

Más info:

http://www.andaman.org/BOOK/chapter8/text8.htm#sentineli

http://www.andaman.org/BOOK/reprints/goodheart/rep-goodheart.htm

http://www.andaman.org/BOOK/text-group-BodyChapters.htm

 

 

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