Primates y filosofos

Decepcion. Esta es la palabra que me viene a la mente cuando pienso en el libro de Frans de Waal “Primates y Filosofos”. Me apena decirlo porque Fran de Waals es uno de autores favoritos de divulgación científica. Sin embargo, en este caso el libro tiene en mi opinión muy poca miga y se basa fundamentalmente en el prestigio de de Waal. Como esos restaurantes que tienen éxito nada mas empezar y que cuando vuelves otra vez descubres que la calidad ha empeorado notablemente.

Lo primero que huele mal es la minima longitud del “cuerpo principal” del libro, exactamente 55 paginas impresas con una letra muuuy grande. El resto son ‘apendices’ donde se incluyen algunos comentarios de otros autores y posteriormente la respuesta de de Waals a dichos comentarios. Este “cuerpo principal” es un ensayo bastante académico y simplista sobre el origen biológico de la moral, en el que el autor utiliza básicamente material reciclado de sus propios trabajos, sin aportar ninguna idea nueva (ni prácticamente ningún dato) nuevo. Parece un trabajo propio de un universitario. No quiero decir con ello que el libro este mal escrito o que diga cosas disparatadas. Por el contrario, posiblemente resultaría interesante a un lector completamente nuevo en el tema, asi que mi critica debería moderarse en este sentido.

La pregunta fundamental que plantea de Waals es: cual es el origen de los códigos morales de las sociedades humanas? El autor argumenta que la “empatía”, un sentimiento que constituye el germen de todos los sistemas éticos, es una ‘adaptacion’; esto es, la empatía ha surgido a lo largo de la evolución de nuestra especie (y no solo de nuestra especie) debido a los beneficios en términos de supervivencia y reproducción para quienes la practican. En definitiva, que los individuos capaces de cooperar con otros tienen muchas mas probabilidades de sobrevivir y reproducirse que los menos cooperativos. Al menos en algunas especies sociales donde los individuos aislados tienen pocas opciones.

La hipótesis es bastante razonable y el autor la fundamenta bien con datos y ejemplos. La alternativa, naturalmente es la “tabula rasa”; en este caso, que los códigos morales surgieran de repente al tiempo que las sociedades complejas. Dado que todas las sociedades conocidas, incluidos los cazadores-recolectores de los que tenemos información, tienen códigos éticos a menudo tan complejos y sofisticados como los de las sociedades tecnológicamente avanzadas, el presumir un origen biológico a la moral es una apuesta bastante segura. Como ya hemos visto tantas veces, la refutación de la tabula rasa es cosa fácil, sin embargo de ahí no surge directamente una explicacion completa y satisfactoria del origen de la moral, aunque posiblemente nos ponga en el buen camino para ello.

Sin duda lo mejor del libro son las historias que cuenta de Waals sobre su propia experiencia con chimpancés o los experimentos sobre el sentido de la justicia en monos capuchinos.

Los apéndices se refieren solo tangencialmente al cuerpo principal del libro y a mi no me resultaron particularmente interesantes.

El libro fue publicado en español por la editorial Paidos en 2007.

PS. Pido disculpas por la horrorosa ortografía de este post, que he tenido que escribir en un teclado en ingles en el que no se pueden poner acentos a menos que el propio Word se ocupe de ello.

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10 comentarios

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10 Respuestas a “Primates y filosofos

  1. “Encontrar” indicios de una supuesta moral pre-humana no la convierte el “moral”, esto es hacer antropomosfirsmo y/o una “lectura ideológica” que siempre se hace “hacia atrás”. Tampoco puede tomarse esos “descubrimientos” (interpretaciones o lecturas en realidad) para deducir un origen “biológico” o “genético” de los mismos, lo que es “reduccionismo” (así se puede llegar a ver la moral en la estructura atómica o sus “fuerzas”) Lo suyo sería a mi entender, (a) respetando las instancias de cada discurso y dando a lo biológico, lo físico y lo sociológico sus espacios de discurso (que eso son y no “parcelas de la realidad”), (b) reconsiderar “lo moral” humano como RESPUESTA “EMERGENTE” que parece tener lugar en los individuos que se “orientan” a la “supervivencia en grupo”, al margen de que sean autoconcientes de ello en sentido estricto (o sea, “seres humanos”). Los códigos morales (liberados de un juicio moral que los juzgaría “virtuosos” o “dignos”… algo que depende de la visión del grupo, como demuestran las evidencias históricas) no serían sino reglas nacidas de la necesidad de las relaciones de coheción grupales (que determinan, más complejamente en humanos y más rudimentariamente en pre-humanos, lealtades y traiciones, identificación grupal propia y autoengaños, debilidades, mentiras necesarias, subordinación y predominio, que ya exclusivamente en humanos son base de las creencias, los mitos, los juicios, las interpretaciones, etc.). Como se ha dicho muy atinadamente (y “más allá del bien y del mal”) hasta la banda de ladrones necesita y se da una reglas de conducta. ¿Por qué no, con el mismo objeto cohesionador o antidesgrador, no se verían los primates obligados sociológicamente por tanto a adoptar códigos de ese tipo? Llamarlos morales no sirve sino para dejar de nuevo entrar la “metafísica” (el racionalismo sacralizador de la conciencia humana) por debajo de la puerta. Cada vez más insisto en este enfoque no antropocéntrico.
    Un saludo.

  2. Fede

    Gran aporte Carlos (aunque no sé hasta que punto estoy de acuerdo).

  3. McCourtain

    Un abrazo, Pablo. Deduzco que estás rodeado de anglosajones allá donde mires. Ya sabes dónde estamos los martes :-)

  4. Gracias Fede (¿ya habíamos coincidido alguna vez antes?, bueno, es sólo para saber si “hablaba” con alguien conocido o era la primera vez; en fin…). En cuanto a tus dudas, tengo igualmente curiosidad por saber si qué las motiva: ¿el estómago?, ¿una postura ideológica?, ¿una convicción teórica?… A veces nos encontramos con enfoques excéntricos que merecen ser confrontados “a pesar de” lo que podría ser algo a lo que sólo nos aferramos sin confrontación, por eso del “debe (o debería) ser”. Sin duda, aceptaré con mucho interés cualquier objeción seria y bienintencionada que me permita afinar o incluso revisar mi enfoque “en desarrollo”. Aquí o en mis blogs.
    Un abrazo y encantado.
    Carlos.

  5. Sí, hay muchos libros que abordan el origen de la ética humana como un producto de la selección natural. Digamos que sólo aquellos grupos entre cuyos miembros existía un cierto grado de empatía (respeto a la vida y a la integridad física ajena) pudieron sobrevivir, porque allí donde no había empatía las luchas entre los miembros del grupo serían terriblemente autodestructivas. Al mismo tiempo es notable que esa empatía es sólo entre los miembros del grupo o tribu, porque respecto de los no-miembros sí estaba permitido herirlos y matarlos. Así pues, el instinto moral se alió desde el principio con el instinto tribal: Todo para los compatriotas (incluso, llegado el caso, “morir por la patria”), nada para los foráneos (llegado el caso -la lucha, la guerra-, la muerte para ellos). Se ve que ambos instintos eran necesarios para la supervivencia.

    Se me hace curioso pensar que los grandes moralistas de la humanidad (Buda, Cristo, etc), al afirmar aquello de “no hagas a tu prójimo lo que no desees para ti”, sin saberlo eran tributarios de ese instinto ético surgido de la selección natural.

    Por lo demás, el reto actual para la humanidad es salvaguardar el instinto ético (que sigue siendo necesario para la supervivencia de la especie) pero al mismo tiempo suprimir el instinto tribal, haciéndo innecesario este último por la vía de suprimir las tribus (las patrias, los Estados), de tal modo que la única tribu sea la Humanidad en su conjunto. Parece utópico pero me temo que finalmente habrá que elegir entre esto o la autodestrucción.

  6. Se me ocurre también añadir que estos instintos -moral y tribal- no precisan de un desarrollo intelectivo complejo, como el de los humanos, pues también se dan en animales sociales, incluso en los insectos (las hormigas del mismo hormiguero se ayudan entre sí -solidaridad- y llegado el caso están dispuestas a dar su vida por el hormiguero -heroicidad: “Todo por la Patria”-), pero al mismo tiempo son brutales en sus luchas -guerras- territoriales con las hormigas de otro hormiguero distinto.

    Se parecen mucho, en este sentido y “mutatis mutandis”, a los humanos. Matar a un compatriota es un gravísimo delito, pero matar a un extranjero (en caso de guerra) es un deber patriótico.

  7. Si, al parecer los humanos tenemos una especie de “actitud bipolar” respecto a otros individuos en funcion de que los consideremos o no dentro del “grupo”. Esto ha sido tratado muchas veces por muchos autores (p.e. el famoso libro de Konrad Lorenz, “Sobre la agresion…”). Una aproximacion mas moderna y muy interesante puede encontrarse en “Demonic Males” de Whrangam y Peterson.
    Un saludo

  8. Digamos que existen las hormigas y los hormigueros, pero no la Hormiguidad.

    Por la misma razón existen los humanos y los Estados, pero no existe (no propiamente, al menos todavía) la Humanidad.

  9. Disculpad que insista con este tema, pero estoy suscrita a “Investigación y ciencia” y en el número de este mes de febrero de 2011 (págs. 58 y ss) viene un estudio de Mark W. Moffett sobre “Las hormigas y el arte de la guerra”, en que pone de manifiesto las similitudes entre las luchas entre hormigas de colonias rivales y las guerras entre humanos.

    Señala que algunos tipos de hormigas viven en colonias muy cohesionadas y pelean con otras colonias por el territorio y el alimento.

    Las tácticas de combate muestran asombroso parecido con las estrategias bélicas humanas.

    La capacidad de las hormigas para la guerra se ve potenciado por su inquebrantable lealtad a la colonia, siendo frecuentes los casos de hormigas “suicidas” (lo que recuerda a los kamikazes japoneses durante la II guerra mundial).

  10. En efecto. El truco esta en que las hormigas son (desde el punto de vista genetico) un solo individuo (la reina). La cohesion dentro del hormiguero es equivalente a la de las celulas dentro del cuerpo.

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