Archivo mensual: febrero 2011

La mujer sin miedo

Podemos llamarla Sara Martin. Es unamujer de mediana edad y por su aspecto diríamos que es una persona completamente normal. Excepto por un importante detalle: Sara es incapaz de tener miedo.

Sara padece el (rarísimo) síndrome de Urbach-Wiethe. Durante su adolescencia esta enfermedad destruyó dos estructuras simétricas del cerebro del tamaño de una nuez, denominadas amígdalas. Debido a este daño cerebral,es incapaz de asociar determinadas memorias con emociones negativas, de ahí que estímulos que deberían resultarle negativos (porque son peligrosos) le resulten irresistiblemente atractivos; p.e. insiste en tocar a la mamba del zoo.

El caso de Sara ha sido estudiado por un equipo de neurobiólogos y los resultados se publicaron en el número de enero de Current Biology. En estudios anteriores se había visto que este tipo de pacientes era incapaaz de reconocer emociones negativas en las expresiones faciales de otras personas (p.e. tus invitados están a punto de vomitar y tú crees que les ha encantado la cena). En el caso de Sara, los autores han podido hacer pruebas mucho más variadas e inusuales.

Por ejemplo, Sara declaró que no tenía miedo a hablar en público, de la muerte, de la taquicardia o de ser juzgado negativamente por otras personas. En otro experimento, se llevaron a Sara al parque de atracciones y se partió de risa en la “La Casa Encantada”; asímismo, “visionó” varias películas de terror, con interés pero sin el menor atisbo de miedo.

Estarán de acuerdo conmigo en que el conjunto de cosas que le asustan a uno es algo muy personal. Coincidiría con Sara en cuanto a la mayoría de estas cosas: “La Casa Encantada”, las películas de terror, elmiedo a hablar en público, a la taquicardia y a que te juzguen mal. Por supuesto, tengo mi lista personal de terrores, pero obviamente no estoy dispuesto a revelarla.

¿La ausencia de miedo es una bendición o un castigo? Yo diría que, en general, más bien lo último. Algo parecido ocurre con las personas que no pueden sentir dolor y pueden fácilmente freírse la mano en aceite hirviendo sin darse cuenta o sacarse un ojo porque se les ha metido un mosquito. Análogamente, la capacidad de clasificar algunas memorias como emocionalmente negativas nos ayuda o construir un mapa del mundo en el que sabemos lo que tenemos que evitar y a quiénes tenemos que evitar. Es casi seguro, que esta capacidad es adaptativa y que los portadores del gen defectuoso no dejarían muchos descendientes en las sociedades de cazadores recolectores de las que procedemos.

Feinstein J.S et al. (2011) Current Biology 21:34-38

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Psicología Evolucionista de “San Valentín”

Factores que predicen cúando y con qué frecuencia se enamoran las personas

A pesar de algunas opiniones contrarias, el amor romántico ocurre en todas (o la inmensa mayoría) de las culturas conocidas, por lo que puede considerarse como una característica de nuestra especie, que no parecen compartir los otros primates antropomorfos. Así pues, si el amor ha surgido en algún momento de nuestra evolución es probable que cumpla alguna función. Teorías no han faltado, pero tal vez la que ha adquirido más relevancia es la “hipótesis de Frank” (Frank, 1988) , según la cual el amor romántico constituye una especie de “dispositivo de compromiso”.

Los humanos diferimos de nuestros primos los chimpancés y los gorilas en nuestra tendencia a formar parejas estables dentro de grupos más amplios. Es cierto que existe una enorme variedad de costumbres en lo que respecta al matrimonio y el papel del padre en la crianza de los hijos; también es cierto que más del 50% de las sociedades tradicionales son polígamas en cierto grado. Aún así, la (relativa) monogamia de nuestra es innegable cuando nos comparamos con gorilas y chimpancés. Lo que viene a decir Frank es que el estado psicológico derivado del enamoramiento nos ayuda a enfocarnos en la persona amada y evita (hasta cierto punto) que persigamos otras alternativas.

Es razonable pensar que la monogamia puede ser adaptativa en nuestra especie, dado lo largo y dificultoso de la crianza en humanos. La institución de la pareja debió proporcionar mejores opciones de supervivencia a los hijos, de la misma manera que les ocurre a las aves nidificantes. Con ello no quiero decir que la ventaja evolutiva de la institución esté completamente demostrada (sólo que es plausible) y, por supuesto, no quiero decir que los humanos contemporáneos debamos ser monógamos en aras de la falacia naturalista. Ya saben, cualquier cosa que ocurra entre adultos que consienten…

Según Frank, las alteraciones de la conducta que frecuentemente acompañan al amor romántico servirían para “señalizar” a la pareja potencial nuestra disposición a realizar una inversión intensa y duradera de nuestros recursos. La naturaleza “costosa” del enamoramiento hace que esta señal sea problabemente cierta. Un galán que se pasa las noches en vela junta a la ventana de su dama, probablemente está mostrando sentimientos verdaderos, sobre todo si hace frío y el número de noches en vela es alto.

Al hilo de los argumentos de la Psicología Evolucionista sobre el amor romántico, he encontrado este artículo publicado en 2010, en el que Andrew Galperin, de la Universidad de California, acomete la difícil tarea de contrastar algunas hipótesis sobre diferencias de género respecto al enamoramiento. No puedo decir que el trabajo me haya entusiasmado (encuentro las hipótesis a contrastar un tanto artificiales y farragosas); y para contrastarlas, recurre tanto a la literatura publicada como a la realización de nuevos exeperimentos. Por último, tampoco los datos parecen ofrecer más que un modesto apoyo a las hipótesis, pero en fin…

En esencia, el autor encuentra un modesto apoyo experimental a la idea de que los hombres se enmoran más fácilmente que las mujeres. En cambio, en mujeres (pero no en hombres) encontró una relación entre el interés por el sexo (sex drive) y la frecuencia de enamoramiento.

Frank, R.H. (1988). Passion within reason: The strateguc role of emotions. New YorK: W.W. Norton and Company.

 

El artículo aquí


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Premio Nobel afirma que es posible teletransportar DNA

¡Menuda ha armado el Premio Nobel Luc Montagnier con el asunto del teletransporte de DNA! Y no es para menos. Aunque los detalles del trabajo  no son conocidos (todavía no ha sido aceptado para su publicación en una revista), lo que dicen Luc y sus colaboradores, en esencia, es que es posible transportar una mólecula a través de las ondas electromagnéticas y reconstruirla físicamente en otro lugar. De confirmarse, se trataría de un descubrimiento importantísmo y con grandes aplicaciones prácticas (en potencia). Sin embargo, a casi todos los científicos les parece imposible que lo sea. Personalmente, me sumo a la ola de escepticismo.

El experimento de Montagnier es, en principio, bastante simple. Requiere dos tubos, adyacentes pero físicamente separados; el primero contiene una solución diluida de una molécula de DNA de unos 100 pares de bases, mientras que el segundo sólo contiene agua. Los tubos son sometidos a un campo electromagnético de muy baja intensidad durante varias horas. Después, muestras de ambos tubos son sometidas a una reacción en cadena de la polimerasa (PCR) con objeto de amplificar el DNA. En el segundo tubo, que sólo contenía agua, no debía amplificarse nada. Y sin embargo, se obtienen moléculas de DNA del mismo tipo que las del primer tubo. La explicación, según Montagnier y colaboradores, es que la radiación electromagnética forma una “huella” en el agua del segundo tubo, dando lugar a una estructura “fantasma” que refleja exactamente la forma de la molécula de DNA original. En la amplificación posterior,  la Taq polimerasa “confunde” dicha huella con la molécula verdadera y realiza una copia de la misma. A partir de ahí, el proceso de PCR transcurriría normalmente.

Sin embargo, la inmensa mayoría de los químicos argumenta que la dinámica de las moléculas del agua impide que tal cosa pueda ocurrir; la molécula “fantasma”, de existir, tendría una existencia efímera en el agua, del orden de picosegundos. Tampoco es fácil explicar cómo la polimerasa sería capaz de confundir al “fantasma” por una molécula real. No obstante, hay que reconocer que el experimento tiene una ventaja: es, en principio, fácil de replicar. Si otros grupos son capaces de obtener el mismo resultado, habrá que admitir que el fenómeno es real, aunque resulte muy difícil de explicar. Como ocurrió con el asunto de la “fusión fría”, habrá que esperar algunos meses desde que se publique el artículo para saber a qué atenerse.

Naturalmente, buena parte de este tinglado descansa en la “autoridad científica” de Luc Montagnier, co-descubridor del virus del SIDA y Premio Nobel de Medicina. Pero una de las caracterísiticas de la ciencia es la falta de respeto hacia la “autoridad”  de las personas, tengan el premio Nobel o no. Por otro lado,  no sería la primera vez que un “laureado” sostiene un disparate. Recordemos la “cagada” de Linus Pauling sobre la vitamina C y el resfriado. Si los resultados no se confirman, Montagnier puede haberse fumado su prestigio.

En cualquier caso, habría que esperar a que otros laboratorios repliquen este resultado para empezar a pensar que hay algo serio detrás de todo esto. Como dice un refrán, conviene tener la cabeza abierta, pero no tanto como para que se te salgan los sesos.

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